viernes, 19 de junio de 2020

Crítica: SEX NO #CUARENTENA


Humor en cuarentena

“La función debe continuar” reza una popular frase que en estos tiempos cobra más vigencia que nunca, debido al gran desafío que enfrenta el sector cultural en nuestro país, ante la pandemia mundial y la crisis que esta ha provocado.

Si algo positivo hay que rescatar, son las ganas y motivación de muchos artistas escénicos, que han volcado toda su creatividad y esfuerzo para mantenerse en pie y adaptarse a las nuevas circunstancias que vivimos. Es así que Fabiola Coloma y Poly Ávila se han unido para crear una comedia, escrita e interpretada por ellas a través de la plataforma ‘Zoom’.

Al ingresar al evento, la voz de una de las actrices va anunciando la primera, la segunda y la tercera llamada; entonces aparecen los dos personajes en pantalla: ‘María Julia’ (Coloma) y ‘Juliana’ (Ávila), dos amigas que se han juntado en medio de la cuarentena para hablar sin tabúes de sus conquistas en *Tinder, del amor en cuarentena y de sexo o no sexo en este periodo de distanciamiento. Los personajes tienen personalidades diferenciadas, pues mientras una de ellas es extrovertida y decidida, la otra es tímida e insegura. Ahora bien, el tema principal de esta comedia gira en torno a las dudas y preferencias sexuales de estas dos mujeres –en épocas de citas on line-, siendo los diálogos bastante coloquiales y mostrando una conversación natural, divertida, ‘picante’, y no por ello vulgar; consideramos que se logró un acertado manejo de humor, contrastado con un tema que si bien puede parecer trivial en estos momentos, también es válido tratar.

En cuanto al ambiente elegido, las actrices provistas de sus cámaras mostraron sus espacios personales tales como un dormitorio o el baño, lo cual también funciona para dinamizar la imagen que se proyecta. Con relación a las interpretaciones, Coloma, como ‘pez en el agua’, manejando el código de comedia muy bien; por su parte, Ávila, con la energía correcta y haciendo buena dupla con su compañera.  

SEX NO #CUARENTENA es una comedia presentada correctamente en un formato audiovisual y en tiempo real; no obstante, considero de forma muy particular que aún falta camino por andar para reconocer a estos nuevos formatos como ‘obras de teatro’ en su sentido más estricto.      

Maria Cristina Mory Cárdenas
19 de junio de 2020

*Aplicación de citas, considerada como una red social.  

domingo, 14 de junio de 2020

Crítica: PARALELOS SECANTES


Nosotros, que nos queremos tanto…

“Y pensar que existen quienes creen que la felicidad es algo estático, una planta que se riega con cariño. Un día despiertan y ven a la planta ahogada por tanto riego implorante, mientras por el aire un breve pájaro azul migra sin detenerse a mirar a esos huérfanos, que tampoco se percatan de él.” Iván Thays, “Escena de caza” (1995)

En su segunda temporada de lecturas dramatizadas, “BUTACA Arte & Comunicación” puso en la cartelera virtual Paralelos secantes, obra del dramaturgo nacional Juan Manuel Sánchez, escrita en 1993 y ganadora del Primer Concurso de Dramaturgia Joven en 1999 convocado por el entonces Teatro Nacional del INC. Esta obra presenta la historia íntegra de una pareja, desde el enamoramiento hasta la separación, jugando con dos visiones paralelas de la misma: la de los personajes como niños inmersos en la dinámica de un juego, y la de ellos mismos como adultos a lo largo de los años que la relación dura. La dirección de esta lectura estuvo a cargo de Herbert Corimanya (quien también leyó las acotaciones en off) y su ejecución, a cargo de Mayella Lloclla y Luis Cárdenas Natteri en la parte actoral.  

La elección del texto de Sánchez es peculiar. Habiendo sido escrita hace 27 años y abordando un tema que, digámoslo así, rara vez gana concursos de dramaturgia en la actualidad, podría pensarse que Paralelos secantes no es una opción que resulte de interés para el espectador promedio. Sin embargo, “Butaca” volvió a apuntar bien, apostando por un texto que se mantiene vigente, precisamente por tratar sobre la naturaleza de las relaciones de pareja en tiempos postmodernos, y por hacerlo a través de una dramaturgia cargada de frescura y realidad. Quizás por estas mismas razones encontramos que esta obra ha sido montada en más de una ocasión (y no solo en Lima) a lo largo de sus casi 30 años de existencia. La visión en paralelo del juego infantil con la dinámica de pareja y los saltos temporales entre una realidad y otra, ofrece múltiples interpretaciones que cautivan al espectador y lo enganchan en esta historia.

La dirección de Corimanya encausa con fluidez la dinámica que propone la obra, entre el inocente juego infantil y la permanente negociación de la vida adulta en pareja. El director parece confiar y dejarse llevar por el instinto de sus actores, que alternan sin inconvenientes entre ambas realidades. Y he aquí la mayor dificultad que la obra ofrece: convencer al espectador de aceptar con la misma disposición el código infantil y el adulto. Creemos que esta lectura lo logra sin dificultad y este es un mérito importante tanto del director como de la pareja actoral. La dirección también parece haber cuidado el aspecto técnico de la ejecución de la lectura. El actor y la actriz miran a la cámara mientras dicen sus parlamentos e “intercambian” elementos a través de la pantalla, como si ambos interactuaran mirándose y como si no se tratara de una lectura dramatizada sino de una interpretación sin el auxilio del texto. Este detalle es doblemente valioso para maximizar la realidad de la experiencia. El uso de earphones de teléfono celular no significó problema alguno en esta ocasión, facilitando el movimiento de los ejecutantes sin mellar la calidad del audio. La estabilidad de la transmisión fue adecuada en general, a pesar de que, en la función a la que asistimos, hubo un abrupto corte en la señal del actor faltando apenas cinco minutos para el final. Afortunadamente, la actriz y el director resolvieron el inconveniente  para cerrar la lectura. Posteriormente, tras reincorporarse el actor a la conferencia y con la anuencia de los asistentes virtuales, los lectores repitieron el último pasaje de la obra. 

En cuando a lo actoral, “Butaca” acierta al apostar por la calidad y solvencia actoral de Mayella Lloclla y Luis Cárdenas Natteri. El trabajo de ambos es eficiente y parejo. La química que exhiben contribuye a generar la atmósfera de pareja entre los personajes, sobre todo durante la primera mitad de la obra. El juego infantil resulta entrañable para el espectador, quien entra con facilidad en el código de dos adultos interpretando niños. Si hubiera algo que observar es, quizás, la elección de estrategias durante las discusiones. Quienes lleven vida de pareja de años saben que se puede discutir y hasta insultar a los gritos durante una crisis. Pero saben también que las palabras más hirientes son también las más arteras, las que vienen del conocimiento de los puntos débiles del otro, de sus heridas sin sanar. Vienen en frases que se disparan como dardos envenenados, y se pronuncian con esmero, a cuentagotas, incluso en voz baja, desde la amargura y el dolor, y con la certeza de su poder destructivo. Una mayor dosis de ponzoña en lugar de gritos en los momentos de ruptura quizás hubiera contribuido a hacer más creíble el carácter definitivo e irremediable de estas peleas conyugales.

Esta lectura de Paralelos secantes nos recuerda, una vez más, que las relaciones humanas, como la vida, pueden ser efímeras como un juego de niños. Nuestros paralelos no se prolongan hasta el infinito teórico. Por el contrario, colisionan en algún punto y hasta sucumben, como nosotros mismos, al desgaste del tiempo. Ese tiempo que, por breve, es también invaluable. Y, en algunos casos, hasta hermoso.

David Huamán
14 de junio de 2020

Crónica: PLAZA TOMADA

Los privilegios y valores de la hegemonía blanca

El homicidio de George Floyd en Minneapolis ha despertado muchos debates a nivel mundial sobre cómo la discriminación y el racismo todavía son instituciones vigentes actualmente. La Plaza Tomada es un espacio de reflexión en torno a una problemática relacionada con los derechos humanos que se emite todos los martes en la mañana. En esta oportunidad, los invitados fueron la activista y actriz Ebelin Ortiz y la docente universitaria Ana Lucía Mosquera, con la moderación de Orlando Sosa.

Tanto Ebelin como Ana Lucía son mujeres afrodescendientes que han vivido experiencias de discriminación en diferentes ámbitos de sus desarrollos profesionales y personales. Por un lado, Ebelin reflexionó sobre cómo la familia peruana, incluso afrodescendiente, reproduce el discurso racista cuando indican que “eres el orgullo de tu raza”: un mensaje que esconde la dificultad de un individuo afrodescendiente para lograr ser profesional, es decir, es un mensaje que edulcora la discriminación. También puntualizó sobre el “ideal hegemónico” asociado a la belleza en la sociedad peruana. Por ejemplo, la sociedad asocia, en el discurso, el pelo lacio al “orden” y el ondulado (rasgo físico más común en los afros) a los “desordenado”. Por otro lado, criticó fuertemente las cuotas en la publicidad que tampoco ayudan, pues no es que la empresa crea en la igualdad, sino que lo hace como decoración y en el fondo hiere al individuo. La diversidad desde la cuota no solo es insuficiente como política pública, sino que es inútil. Angela Davis indicaba la importancia de involucrarse activamente en el antirracismo. El racismo no solo queda como un discurso, sino que se materializa también cuando mucha gente de improviso quiere tocarle el pelo a un afrodescendiente solo porque es ondulado. Ebelin resalta que esta es no solo una invasión a la privacidad, sino que un acto humillante y racista.

Ana Lucía abordó el tema de la discriminación desde un plano más personal. Ella indica que tener una piel ligeramente más clara que el resto de los afrodescendientes le ha permitido transitar en muchos otros espacios, pero que eso no ha impedido que los prejuicios tarde o temprano afloren y que le generen un ambiente de incomodidad. Por otro, lado menciona que el discurso del “blaqueamiento” en América Latina se asocia a estar ligado a un ideal hegemónico y esto se refleja en chistes hirientes como el “¿Eres negro porque te dio más el sol?”. Lo mejor es no reproducir estos estereotipos desde las escuelas.

La conversación fue por otras experiencias tangentes, pero bajo la misma línea: el ideal hegemónico. Para entenderlo hay que recurrir a la academia que lo explica de manera clara: es una ideología asociada al racismo y que estereotipos asociados a la belleza, poder desproporcionado y toma de decisiones, generen que los que no se encuentran dentro de estos “ideales” naufraguen en ámbitos diferentes. También, esto ha generado privilegios, pues se debe tener siempre presente que el racismo es un sistema institucionalizado (desde la esclavitud y luego colonización) que siempre ha generado desigualdades estructurales. Un ejemplo de ello es que las comunidades afrodescendientes en América Latina son particularmente vulnerables y con pocas oportunidades.

Es un paradigma difícil de superar. El Perú es sociedad racista y el resto de las personas tienen que hacer un doble esfuerzo para acceder a muchos espacios como la educación y esto se ha transmitido por generaciones. Orlando lo resalta con la siguiente pregunta: “¿Acaso es normal ver afrodescendientes en las universidades?”

¿Quién instrumentaliza el racismo en Perú? Nadie asume la responsabilidad y basta con tener una amistad afro para liberarse de la culpa. Y para profundizar la problemática, los medios de comunicación no paran de reproducir estereotipos y en algunos casos, el victimismo. Sin embargo, hace unos años el gobierno peruano ofreció disculpas públicas por la esclavitud, pero esto no se materializó en políticas públicas reales contra la discriminación.

Laissez faire no debe ser una opción definitivamente. Una respuesta concreta es usar la escuela como herramienta pedagógica, por ejemplo, para visibilizar la importancia de la comunidad afrodescendiente en la historia del Perú. Es vital luchar contra la naturalización del racismo en nuestra vida cotidiana, sobre todo en lo discursivo. El ahogamiento de Floyd es como el racismo lento e institucionalizado al cual debemos combatir.

Enrique Pacheco
14 de junio de 2020

sábado, 13 de junio de 2020

Entrevista: RENATO MEDINA-VASSALLO


“Debemos confiar en nosotros mismos”

El viernes 12 de junio fue el estreno de la serie web LEO EN EL ESPACIO, proyecto virtual escrito, dirigido e interpretado por Renato Medina-Vassallo. La post-producción se encuentra a cargo de Jorge Cárdenas, quien realizó la edición de video en Adobe Premiere y algunos efectos fueron agregados con Adobe After Effects. La serie tendrá una temporada de 10 episodios, trasmitidos de forma gratuita a través de la plataforma YouTube.  

Renato ha tomado los cambios producidos por la pandemia con actitud positiva, pues crear esta serie web ha sido una oportunidad para aprender acerca del lenguaje audiovisual, además de aprovechar este momento para contar una historia de ciencia ficción y humor: En el siglo XXII, Leo despierta en una nave espacial sin recordar nada de su pasado ni el motivo de estar en tal lugar, solo le queda seguir adelante y llegar a su objetivo… sea cual sea.

Grabada con una cámara de teléfono celular, esta serie ha sido adaptada a un lenguaje estándar, a fin de ser conocida por un público nacional e internacional.    

A continuación, Renato Medina-Vassallo responde nuestras preguntas:

-¿Cuál ha sido el mayor desafío en el proceso de creación de la serie web? Quizá alguna anécdota que puedas contarnos.
Nos hemos enfrentado a muchas cosas, durante todas las etapas del trabajo. Creo que lo más difícil siempre es empezar. La idea llegó a mí en plena pandemia, yo estaba escribiendo las escenas finales de una obra de teatro, un drama, que ha sido puesto en "cuarentena" hasta que todo lo de Leo termine. Hay dos anécdotas que me gustaría contar:
La primera fue en el lugar de grabación, que era una habitación vacía de la casa de mis padres. Llené la ventana de colchones para evitar los ruidos pero aún así tenía que detener las grabaciones cada vez que ladraba un perro o pasaba un vendedor ofreciendo a gritos sus productos. Solo quedaba ser paciente.
La segunda tiene que ver con el tema tecnológico, por mi parte ha habido varios aprendizajes y ¡mucho riesgo! Hace unos días, cuando ya teníamos todo grabado, pensé que había borrado todos los archivos y sus copias de seguridad, pero solo se habían cambiado de lugar. No recuerdo haber sentido tanto pánico en la vida. Casi me desmayo (risas). Luego de eso hice triple copia de todos los archivos.

- ¿Qué edad tiene Leo, el personaje de la serie?
Leo, al empezar esta aventura sin memoria, no recuerda cuántos años tiene exactamente, pero él considera que no tiene más de 85 años. Aunque dice que tranquilamente podría pasar por alguien de 60. En el siglo XXII, la gente vive mucho más (risas).

-Como artista escénico y profesor de teatro, ¿se ha hecho difícil para ti adaptarte a los cambios debido a la pandemia? En todo caso, ¿cuáles serían los pro y contra de interactuar de forma virtual con alumnos y compañeros de escena? 
Sin duda ha sido difícil. A todos nos está costando. Pero creo que debemos aceptar rápidamente estas nuevas dificultades para poder convivir con ellas, así será por un buen tiempo. Yo trabajo con la Asociación Cultural Diantres, donde estoy dictando actuación para teatro de manera virtual. Los proyectos escénicos que tenía para el 2020 han sido cancelados o postergados. Pero volveremos, los artistas estamos acostumbrados a luchar, porque el arte en sí mismo es lucha.

-¿Por qué ver ‘LEO EN EL ESPACIO’?
Porque es una historia honesta y divertida, con un personaje que toma la decisión de embarcarse en una aventura, sin saber cuál será el resultado, pero que siempre tiene mucha fe en sí mismo. Creo que es algo parecido a lo que sentimos todos ahora: no sabemos del todo cómo terminará esta crisis, cómo será nuestro futuro. Pero debemos confiar en nosotros mismos y en que superaremos lo que venga. Por eso amo la comedia para contar historias, porque es capaz de regalarnos mensajes realmente profundos. Además, porque es una historia que ha sido realizada en tiempo récord y durante el período de cuarentena, y donde únicamente hemos trabajado dos personas. También porque es una historia de ciencia ficción peruana que, desde el guion, tiene los elementos necesarios para atrapar al espectador, sin necesidad de costosos efectos especiales o locaciones gigantescas.

Finalmente, el actor deja un mensaje a los nuevos artistas: “Que se atrevan a realizar sus proyectos, que sean ordenados y se pongan plazos porque sí se puede lograr”.

Las redes de la serie ‘LEO EN EL ESPACIO’:

Maria Cristina Mory Cárdenas
13 de junio de 2020

jueves, 11 de junio de 2020

Crítica: CASI LAS DOCE


¿Un cortometraje en vivo o teatro virtual?

El teatro virtual sigue siendo teatro. En esta obra dirigida por Samoa Alvarez encontramos que su principal comunicación y publicidad es el hecho de que se juntan dos lenguajes: el teatral y el cinematográfico. Esto me hace reflexionar sobre si es correcto decir que en esta obra exclusivamente se juntan dos lenguajes. Al fin y al cabo, un actor performando frente a una cámara incluye siempre un lenguaje cinematográfico. Por lo tanto, el teatro virtual o frente a una cámara siempre tendrá un lenguaje de medios audiovisuales.

Sobre la obra: dura quince minutos y trata sobre una mujer atrapada en una casa donde hay un fantasma que la atormenta. Su relación, bastante desgastada, se va problematizando mientras avanza el tiempo. Los dos actores están permanentemente en personaje y nos invitan a entrar a un espacio que parece muy privado. Nosotros, el público, estamos invadiéndolos. Y durante los quince minutos se siente así.

Me pareció muy interesante el uso de dos cámaras para retratar la historia. Ambas ubicadas en lugares diferentes de la locación para ver qué hace un personaje, mientras el otro está en escena. Esto me llamó mucho la atención, debido a que la dirección fotográfica se enfocaba en lo que había o no en cámara, en qué nos llevaba la dirección a observar y qué no. Por momentos, el terror estaba dirigido a aquello que no podíamos ver; pero los personajes, sí. Algo que se consigue muy difícil en el teatro debido a que lo que vemos en escena es lo que existe. Las luces y el lenguaje audiovisual, sumado al terror de lo que sabemos que está pero no vemos fuera de cámaras, me hizo cuestionar si lo que veíamos no era más un cortometraje en vivo que una obra de teatro. De igual manera, ambos son formatos que valen la pena explorar.

Sobre la puesta, se sentía por momentos que el teléfono en la mano estorbaba a los actores. Además, la trama se vuelve un poco extraña mientras se va sintiendo más la presencia de aquello que los atormenta. La sensación que queda en el espectador es una sensación de confusión al no saber a qué prestarle atención, más que de terror. Quizás algo más interior y con mayor ensayo en los movimientos hubiera confundido menos. Un aspecto que puede mejorar con mayor aporte de parte de dirección.

Odisea 2020 (que incluye varios proyectos, entre ellos Casi las doce) es parte del movimiento teatral intentando realizar teatro en mitad de una pandemia. Cada vez más iremos explorando nuevas maneras de mostrar y entregar nuestras historias. Lo virtual es totalmente explotable y explorable para seguir trabajando y realizando nuevas historias, con propuestas cada vez mejor elaboradas y más interesantes.

María Fernanda Gonzales
11 de junio de 2020

Crítica: PAUSA (O EL ELEFANTE SOBRE LA PELOTA)

Recoger nuestros pedazos

Y, de pronto, el COVID-19 estaba ahí. En esta obra observamos a Paula, una mujer que había encontrado un equilibrio cuando de repente, llega la pandemia. Entonces, recurre a su psicóloga y al TAROT.  Es aquí donde nos encontramos con nosotros mismos, contando nuestros problemas únicamente por una pantalla. Observando a nuestros doctores, psicólogos, consejeros, a través de nuestras cámaras.

Y así va a ser por un tiempo más.

Esta obra nos confronta con esa realidad. Con una Paula, interpretada por Melissa Lindley, confundida, harta, hastiada, preocupada y con el remolino de emociones de una chica que no está segura cuál será el futuro y si es necesario seguir dando pasos hacia adelante ante tanta incertidumbre.

Nadie lo sabe.

La plataforma en la que hemos observado esta obra fue muy acertada. Todxs lxs afortunadxs de tener un trabajo, hoy en día, utilizamos zoom para laborar, para reunirnos, para continuar con nuestras vidas como si allá afuera no hubiese nada. Ver una conversación en esta plataforma fue parte de esa rutina diaria que ahora nos envuelve. Un acierto muy interesante.

Sobre el texto, me da la impresión que la trama se diluye mucho entre conversaciones no tan relevantes para la acción dramática y, por momentos, las actrices no están teniendo una conversación real, presente, tanto como la podemos tener en estos momentos por los medios digitales. Esto quizás es debido a que toda la obra se presenta en conversaciones sobre emociones y tarda en llegar a los picos dramáticos. Vale la pena explorar el por qué de cada texto, cada palabra y cada emoción que quiere comunicar Paula. Es ahí donde encontramos el verdadero drama en el que estamos envueltos como un barco en naufragio.

Por último, es importante seguir comunicando a través de estos medios. Seguir tomando los medios audiovisuales que no cambian nada, ya que los actores siempre están preparados para performar frente a una cámara. La televisión y el cine nos dan eso. Nadie está inventando la pólvora, por lo que debemos enfocarnos en cómo crear historias cada vez más potentes, reales y conmovedoras. Pausa (o el elefante sobre la pelota) es un buen comienzo para la productora “Tubo de ensayo”.

María Fernanda Gonzales
11 de junio de 2020

miércoles, 10 de junio de 2020

Crítica: ÚLTIMA LLAMADA


Salto de fe

“De modo que no eran las ideas las que salvaban al mundo, no era el intelecto ni la razón, sino todo lo contrario: aquellas insensatas esperanzas de los hombres, su furia persistente para sobrevivir, su anhelo de respirar mientras sea posible, su pequeño, testarudo y grotesco heroísmo de todos los días frente al infortunio.”
Ernesto Sábato, Sobre héroes y tumbas

En el contexto de la actual crisis sanitaria, una de las primeras propuestas audiovisuales que la escena local nos ofreció fue la de “Odisea 2020”. De la mano de Samoa Producciones, este proyecto agrupa obras de formato corto, interpretadas en vivo a través de una plataforma digital y en distintos horarios a lo largo de un día, siempre bajo la dirección de Nella Samoa Álvarez. Este medio se ha encargado ya de criticar algunas de las obras que comprendieron su primera y breve temporada en mayo, tales como Asunto de tres y Empanada parisina. La que nos ocupa en esta oportunidad es Última llamada de Álvaro Pajares, interpretada por Julian Falconi, Ángela Mesa y Natalia Mejía.

La historia que nos relata Última llamada es sencilla y directa: la pesadilla de cualquier actor o actriz se hace realidad cuando, a pocos minutos de salir a escena en la función de estreno, el protagonista no logra llegar al teatro y uno de sus compañeros (el más novel) tiene que interpretar su papel sin estar realmente preparado para ello. En medio de la incertidumbre, dos voces atribulan al actor sobre el que ha caído tan pesada carga. Por un lado, la directora del montaje, que “enyuca” al actor (¿existe mejor expresión?) con la exigencia de interpretar, sí o sí, al personaje del colega ausente;  y por otro, la actriz ambiciosa que, buscando para sí el rol protagónico, socava la tranquilidad y poca confianza del actor, augurándole el más rotundo fracaso si acepta el encargo. Esta es, pues, una analogía escénica del conflicto entre el sentido del deber a regañadientes y el cúmulo de miedos que embargan al ser humano ante una situación absolutamente sorpresiva y adversa. Por supuesto, todo lo anterior sumado a las historias y conflictos de cada uno de los personajes. Muy en sintonía con lo que nos toca vivir hoy.

La plataforma digital elegida para esta obra fue YouTube, ideal para evitar cualquier interrupción ocasionada por el ingreso de los espectadores a la sala virtual (cosa que suele suceder vía Zoom). La presentación a la que asistimos no sufrió percances o interrupciones en cuanto a la transmisión de la obra: la imagen y el audio fueron lo suficientemente nítidos como para no perder detalle alguno. Por supuesto, esto es más producto del azar (léase “estado de la infraestructura de telecomunicaciones existente entre los actores y los espectadores”) y escapa al esfuerzo que la producción suele invertir para evitar sobresaltos en vivo.

El planteamiento escénico resulta interesante. La acción se realiza en dos espacios contiguos: un camerino en el que se desarrolla el grueso de la historia, y un pasillo en el que transcurren algunas escenas y contraescenas sutiles. Para lograr este efecto, la obra propone el uso de dos cámaras, una en cada ambiente, y dispone sus imágenes de forma contigua en la pantalla del espectador, con lo cual se genera la ilusión de que ambos espacios están, efectivamente, uno al lado del otro. La ubicación de las cámaras permite, además, generar un mayor nivel de intimidad con los personajes, quienes se colocan en primer término e, incluso, “mirando” directamente al espectador, en momentos particulares de la obra.

En cuanto al trabajo actoral, hay que decir que es notoria la disparidad entre los ejecutantes. Ángela Mesa brilló con luz propia. Su ejecución fue impecable y fluyó sin tropiezos a lo largo de la historia. Nos queda claro que conoce a cabalidad el rol que le tocó interpretar: además de actriz, Mesa es directora, como su personaje. Además, su ir y venir frenético a lo largo del pasillo añadieron una simpática dosis de humor en contraescena, sin llegar a distraernos de lo que sucede en la obra. En contraste, el trabajo de Julian Falconi adolecía de urgencia, algo que resulta inexplicable, considerando las circunstancias extraordinariamente complejas de su personaje. No es que se esperara una actuación “grande”, como para que el espectador de la fila “k” lo alcance a ver. De hecho, eso hubiera sido contraproducente. Lo que se esperaba era algo más de particularización en el trabajo con el texto. Esta carencia fue patente en su monólogo hacia la cámara. Si bien hubo destellos de conmoción, nuestra percepción fue que gran parte del texto -escrito desde la verdad de quien se dedica a las artes escénicas y se estrella contra la decepción y el desaliento- fue ejecutado por mero trámite, sin más acción que el de culminarlo. Quizás haya que revisar con detenimiento el subibaja emocional por el que su personaje transita para entender cómo y por qué llega a donde llega, y buscar estrategias que mantengan ese estado a flor de piel, durante toda la obra. El caso de Natalia Mejía es muy especial. Ella no es actriz de profesión. De hecho, esta es la primera vez que participa en una obra de teatro. Lanzarse al ruedo actoral sin más, y en circunstancias tan particulares, es un acto de absoluta osadía…y desde aquí lo celebramos. Dicho esto, si Mejía ha tenido el coraje de participar en una obra profesional, lo menos que podemos hacer es comentar su trabajo como lo hemos hecho con el de sus compañeros. Lo primero que hay que decir es que la actriz parecía divertirse en escena, y eso es muy agradable de ver. Encarnó con corrección la base de lo que su personaje es (o aparenta ser) y discurrió con relativa verdad, aunque con algunas notas de exageración que, por otro lado, también son atribuibles al disfuerzo del mismo personaje. Sin embargo, el proceso de su personaje (o arco) fue difuso: no queda claro qué es lo que va sucediendo en su interior y cómo se refleja esto en su comportamiento. Era como si evolucionara hacia algo por momentos, para luego regresar al punto de partida, una y otra vez. Por ejemplo, la secuencia de la llamada telefónica a su madre fue clave para entender el conflicto que el personaje vivía con su familia. Después de ello, la vida en el camerino siguió como si esa llamada nunca hubiera sucedido (lo cual es perfectamente plausible) hasta que, en un diálogo acalorado, el personaje de Mejía debería sangrar por la herida abierta que esa llamada dejó. Decimos debería, porque eso no fue lo que sucedió. En su lugar, hubo un atisbo de tibia amargura que se confundía con el trance de querer soltar el texto para deshacerse de él. Y, de allí, siguió siendo el personaje del inicio. En cuanto al trabajo físico, su desplazamiento en el espacio es un tanto errático, con una evidente preocupación por no querer dar la espalda a la cámara (o sea, al público). Nada que la experiencia en la cancha actoral no pueda pulir en el tiempo.

Última llamada es una parábola de nuestros días: nos habla de la resolución heroica ante la incertidumbre, sin dejarnos ver el destino que aguarda a sus personajes, que se aprestan a saltar a escena, ya sea para triunfar o para fracasar. En el fondo, no es importante saberlo. Porque, así como en estos días de pandemia, salir a escena (o la calle o la vida) en circunstancias tan extremas requiere de un salto de fe. Ese pequeño, pero tan necesario salto que encierra una historia digna de ser contada. Lo que de ella sigue no es el final. Es, apenas, el comienzo de algo mayor.

David Huamán
10 de junio de 2020

lunes, 8 de junio de 2020

Crítica: “DE TAL PALO” MINO


Seis personajes para una función especial  

Las propuestas virtuales continúan en ascenso debido a los momentos difíciles que estamos atravesando; son cada vez más producciones, directores y actores del medio teatral los que están apostando por mostrar su trabajo a través de distintos canales digitales. No obstante, considero que es aventurado decir que hablamos de ‘teatro’ propiamente dicho; en todo caso, será muy interesante ver cómo evoluciona esta nueva forma de mantener el contacto entre el público y los artistas escénicos.

En esta ocasión, el actor y autogestor teatral Cristhian Palomino reúne a seis de los personajes más entrañables de su carrera artística, en una función virtual a través de la plataforma ‘Zoom’, en beneficio de la salud de su padre. La presentación se compone básicamente de monólogos, todos interpretados por Palomino y presentados por Carolina Silva Santisteban (activista y youtuber), quien realiza una pequeña introducción acerca de las obras y los personajes, entre cada presentación, lo cual funciona para darle tiempo al actor de cambiar su vestuario y algunos elementos que diferencian una escena de otra.

Tito, inspirado en el Azul Resplandor de Eduardo Adrianzén es el primer personaje que vemos, un anciano que recuerda sus épocas de juventud y le envía un mensaje a través de video a su amada; aquí cabe resaltar la variación en el monólogo, relacionándolo con el tema virtual. El siguiente personaje es Pacheco, de la obra Promoción escrita por Aldo Miyashiro, un adolescente que sufre de acoso escolar y piensa en el suicidio; en esta intervención el actor logra conmover y representar la vulnerabilidad del colegial de manera natural. La tercera representación trae a Zenobio, de la obra Muertos que aún respiran, un joven que pierde a su familia por causa del conflicto interno, narrando con profundo dolor –que traspasa la pantalla- el horror que vivió el día que perdió a su madre y hermana. El cuarto monólogo corresponde a la obra “Y ahora… ¿Qué hacemos con Jacinto?, aquí el actor interpreta a un muchacho con habilidades diferentes que logra superarse y se convierte en un reconocido cocinero. Luego llega Emil, de la obra El último verano, quien le confiesa a su compañera de colegio que le han diagnosticado esquizofrenia y que oye siempre la voz de un famoso pianista. Para cerrar con broche de oro, una obra de Microteatro: Todo por los 15 mil presenta a Roxy, una llamativa Dragqueen, quien pone la nota festiva con su performance de baile, pero termina confesando parte de su historia con tristeza; en este punto, menciono la habilidad del actor para transformarse rápidamente en este personaje con pocos elementos como el vestuario, peluca y accesorios, resolviendo la ausencia del característico maquillaje ‘drag’ con un par de lentes oscuros. Además, resaltar el sobrado dominio del baile, la voz y movimientos por parte del actor.

Sin duda, esta propuesta resulta satisfactoria debido al cuidado en los diferentes vestuarios, el juego de luces  (desde una tenue luz blanca hasta las divertidas luces de discoteca), la música, las proyecciones en el fondo, que acompañaron al actor y complementaron su esforzado trabajo para sacar adelante a seis personajes, los cuales representan obras en su mayoría escritas por él. Visiblemente emocionado al final de esta función especial en favor de su padre, Cristhian Palomino contagió esa emoción a un nutrido público virtual que cambió los aplausos en vivo, por mensajes en el chat de la plataforma expresándole sus felicitaciones.

Maria Cristina Mory Cárdenas
8 de junio de 2020

domingo, 7 de junio de 2020

Crítica: CONEXIÓN

De lo convencional a lo no convencional

El aislamiento obligatorio, por motivos de la pandemia, no solo ha ocasionado cambios de estados emocionales en las personas, sino también experiencias nuevas, como la manera de buscar y utilizar distintas plataformas para hacer videollamadas con nuestros amigos, adaptarnos a la migración de las clases presenciales a las virtuales, la falta de sueño por las noches, llantos involuntarios a mitad de la madrugada, entre otros. Asimismo, nos ha hecho valorar más a las personas que nos rodean y extrañar a aquellos familiares que no tenemos cerca, deseando con todas las fuerzas poder darles ese abrazo afectuoso, de los cuales nos hemos vistos privados desde que inició esta cuarentena. Precisamente es la historia que nos cuentan Isabel y Gonzalo en la obra Conexión, quienes al igual que todos nosotros se enfrentan a una realidad que jamás habían experimentado.

Bajo la dirección de Sebastián Eddowes y Lorenzo Zumaeta, Isabel Martínez y Gonzalo Castro escribieron estas historias y son ellos mismos los actores que protagonizan esta nueva forma de hacer teatro, a través de plataformas virtuales, en este caso Zoom. Ambos personajes lograron sumergir a los televidentes, logrando identificarnos con alguna de sus vivencias narradas, a lo largo de estos 25 minutos que duró la transmisión, usando un lenguaje ligero, fresco y sencillo, sintiéndolos no solo compenetrados con lo que iban narrando, sino también conectados y sincronizados. Aunque por momentos, a Isabel no se le entendió algunas palabras.

La propuesta de estos dos jóvenes no solo fue buscar que sea un texto honesto y natural, seguramente proveniente de vivencia propias; también sumó a la obra los momentos de música. Fue muy interesante ver y escuchar a Gonzalo cantar mientras tocaba un charanguito, que al igual que el personaje, en la realidad, buscamos estrategias para lograr levantar el ánimo de alguna persona (en este caso, de su amiga Isabel), especialmente en las circunstancias actuales. Los cambios de ropa y la proyección de los días en la pantalla fueron de gran ayuda, dando entender que pasa el tiempo y aún seguimos protegiéndonos en nuestros hogares de este virus invisible.

Cabe resaltar la buena dirección de Eddowes para lograr transformar una historia convencional en algo no convencional. Sin embargo, si bien es cierto nadie estaba preparado para una pandemia y menos aún para empezar a hacer teatro desde casa, debemos tomar en cuenta pequeños detalles que puede aportar a mejorar esta nueva forma de mostrar contenidos teatrales. Al iniciar Conexión, vemos a Isabel en un espacio, pero detrás de ella se observa una pared con afiches de bandas de K-POP, aunque distraía la vista, supuse que era parte de la obra, pero mientras fue avanzando, empezó a hablar que escuchaba música del género “reggaetón”, entonces ¿qué hacían estos posters detrás de ella?

Pero, en definitiva, una comedia dramática fresca, que te engancha de principio a fin, dejando la sensación de querer seguir escuchando sus experiencias, especialmente en estos días en que no podemos ser indiferentes a la realidad, donde aún no terminamos de adaptarnos a esta nueva forma de vida temporal y estamos constantemente buscando respuestas de qué hacer y cómo sobrellevar mejor estos tiempos de encierro obligatorio. Aprovechen para verla, solo quedan dos funciones (jueves 11 y sábado 13 de junio a las 8.00 p. m.) y son gratuitas.

Milagros Guevara
7 de junio de 2020

miércoles, 3 de junio de 2020

Crítica: FANTASMA


Ensayo de una crítica a un teatro fantasma

El teatro como parte de muchas actividades culturales restringidas por la pandemia detuvo sus proyectos. Esta recesión conflictuó a todos los artistas, no solo a nivel económico, sino a nivel artístico. Sobre todo, a los escénicos que nunca habríamos imaginado, el año pasado, el preguntarnos por la existencia de un “teatro virtual” Ante todo ello y en medio de miles de preguntas que aún no terminan de responderse, empiezan a aparecer los primeros “prototipos” de propuestas teatrales vía web. Luego de unos meses de para creative, los artistas escénicos decidieron resolver algunas cosas. Como siempre, sin ayuda del Estado, que los últimos días está ocupado descubriendo algunos recientes enigmas del Ministerio de Cultura.  

Luego de este pequeño context, solo me queda decir que “ensayaré también cómo criticar una obra virtual”; pues sí, ninguno de nosotros está tan preparado para estas propuestas. Sin más, centrémonos en la obra:

Fantasma es una obra de Mariana de Althaus, proveniente de un texto suyo, escrito para micro teatro que fue adaptado y actualizado consiguiendo esta “performance virtual”. La sinopsis de la obra es muy sencilla: una actriz (reconocida en la televisión) y su directora de teatro ensayan el pronto estreno de su obra, todo por vía virtual dada la cuarentena establecida por la emergencia sanitaria. En el transcurso del desafortunado ensayo, nos vamos chocando con fragmentos de sus propias experiencias durante la cuarentena, dejándonos ver un poco más sobre la psicología de estos personajes. 

La obra tuvo su trasmisión a través de la plataforma virtual de Joinnus, teniendo lugar los días viernes 29 y sábado 30 de mayo del presente año, a las 9.00 p.m. y cuya duración fue de 20 min.  En las actuaciones estuvieron Denise Arregui y Jely Reátegui.

La propuesta busca darnos la sensación de observar un ensayo teatral virtual, con todas las dificultades que esto acarrea. La simplicidad de una cámara frontal colocada en sus respectivos espacios establecidos para trabajar por ambos personajes desde sus casas no permite mayor sorpresa ni recursos para contar. Pero sí consigue acercarnos a la carga emotiva de la psicología de estos dos personajes.  En gran parte de la performance, observamos el rostro de las actrices, con excepción de dos momentos en donde ellas se alejan de las computadoras. La obra nos invita a un juego con “meta-teatralidades” si podemos decirlo así. Como parte del ensayo teatral del personaje de la actriz, observamos intentos fallidos de una representación teatral, con convenciones de actuación “más exageradas” o a un registro de actuación teatral, a manera de adaptarse a los nuevos medios.
Sin embargo, lo que mejor funcionó fueron los momentos emotivos, donde los personajes se conectaron con la realidad de hoy en día, a la que nadie puede ser indiferente; es decir, el juego con la “hiperrealidad” es lo que causó mayor impacto.

Por otra parte, el nombre de la obra hace referencia al tema central de esta: “la vulnerabilidad humana ante la (s) ausencia (s)”. Vulnerabilidad a la que nos hemos visto sometidos estos casi ochenta días de cuarentena. El nombre de la performance, Fantasma, es el juego de la actriz que constantemente debe hablar con un fantasma (el otro receptor, público, etc.), pero al mismo tiempo puede hacer referencia a los muertos por el Covid que han empezado a dejar vacíos en la mayoría de las familias.

La ausencia corpórea que generan las tecnologías reclama orgánicamente que se hable sobre las ausencias y presencias. Temas que han estado circulando dentro de las nuevas estéticas que algunos grupos teatrales experimentales han ido abordando ya, en los últimos años anteriores a la pandemia. La virtualidad de los cuerpos, y la ausencia & presencia es centralmente el tema de debate actual entre los teatristas. La pregunta sobre si la aparición de estas propuestas online ¿son teatro o no?, es muy compleja. La complejidad de esta reside, como menciona Koss (2019), en que la virtualidad del cuerpo y desmaterialización de este chocan con una de las características más importantes con las que hemos definido el concepto de teatro: “la presencia”. Este cuerpo virtualizado (ausente) carece de aura y está liberado de su realidad. La pregunta que Koss se realiza es: ¿Podemos seguir llamando “teatro” a eso que acontece sin cuerpo? A pesar de que esta señala la carencia de convivio en ausencia de los cuerpos, y por lo tanto, la dificultad de considerarlo teatro.  Nos habla del intento tecnovivial, término que proviene de una escena neotecnológica que hace referencia al intento de generar un acontecimiento liminal entre la presencia- ausencia del cuerpo diluido (virtual) del artista.  Por el momento, no seguiré ahondando en la búsqueda de respuestas concretas, ya que el fenómeno reciente se encuentra aún en observación, y continuaré analizando algunos detalles sobre la performance virtual Fantasma, que es de nuestro estudio.

Aun cuando esta, una obra sencilla, sin mayor artilugio ni sorpresa, cumple con contarnos las dificultades, miedos y dolencias de los personajes durante la cuarentena. Logra conmover e identificar al espectador con la vulnerabilidad a la que todos estamos expuestos, en circunstancias de emergencia como las que vivimos.

A manera de reflexión, pienso que las exploraciones virtuales deben tener en cuenta que “el espectador” no está comprometido a sentarse a mirarlos como en el teatro, y por ello se debe ver las formas en las que se puede capturar la atención. Por ejemplo: “¿El qué se cuenta? Es decir, la historia.” Una historia simple puede funcionar mejor en teatro, donde se suele jugar mucho más con la estética, pero no tanto en el caso de una pantalla. Y mucho menos, con la elección sencilla de dos simples primeros planos.

Si bien la obra mantiene una estética “hiperrealista”, donde la ficción de los personajes se mezcla con nuestra realidad, lo cual funciona, creo que el medio audiovisual invita a tomar mayores riesgos y a aprender a jugar con otros lenguajes. Por lo que considero que las obras online que continuarán apareciendo tienen mucho por hacer en cuanto a exploración del lenguaje audiovisual. Plantearse el jugar con los planos como con las luces del escenario, o como medio para ampliar los espacios ficticios posibles, etc.  Me es imposible abordar todo lo que genera la aparición de estos intentos, que podrían o no convertirse en una forma liminal proveniente de la performance escénica, performance visual, cine, TV, pero sobre todo, las plataformas virtuales.

Como menciona mi compañera Stefany Olivos en su crítica Empanada parisina: “Todo el gremio artístico está probando herramientas para que el teatro no pare a pesar de la coyuntura.” Ella se pregunta: “¿Podemos decir que estas experiencias son teatro per se? Definitivamente, no.” Y estoy de acuerdo momentáneamente con ello; sin embargo, me mantengo atenta, observando la evolución de esta nueva corriente. Considerando que el teatro contemporáneo había ya ampliado tanto sus posibilidades desde las recientes liminalidades escénicas. Que como diría un maestro hoy en día: No se puede hablar de “Teatro”, sino de teatro(s), puesto que el término está referido a todos los híbridos y exploraciones que se encuentran en los márgenes en mayor o menor medida del concepto teatral.

Asegurar algo sobre esta tan nombrada pregunta es limitar y como crítica, lo que me gustaría es promover e invitar a que se siga explorando y arriesgando. Ya que la respuesta de si es o no teatro se irá construyendo en el proceso de realización durante el tiempo.
Conversar con las formas que exige nuestra nueva realidad es una de las principales tareas del artista, diría que hasta mayor que saber qué está haciendo. Es necesario ser sincero y en hablar desde la vida, esta vida virtual a la que nos ha arrinconado la pandemia.

La respuesta de la posibilidad de hablar o no de “un teatro virtual” dependería, según mi punto de vista, del cumplimiento de dos premisas: la primera, es la persistencia en la búsqueda de un lenguaje o en otras palabras, de sus propias reglas del juego; y la segunda, depende de su duración en el tiempo; es decir, que a pesar de que se regrese a las formas regulares, estas continúen siendo una opción. Solo así, esta podría establecerse como una posibilidad más de hacer presente un teatro liminal. ¿Por qué no? Yo, por mi parte, no cambiaría la experiencia de ir a un teatro; sin embargo, si hay un público que asista a estas propuestas, no veo por qué negar lo que está sucediendo.

El tema es extenso e invita a volver a revisar conceptos tan antiguos y perseguir las etimologías conocidas, contrastándolas con conceptos del teatro contemporáneo, que en esta pequeña crítica no da para la discusión. Podrían o no estar de acuerdo con mi pequeño ensayo de crítica, pero lo que sí propongo es que nos enfrentemos cara a cara a estas propuestas y saquemos nuestras propias conclusiones. Por el momento, estos intentos son aleteos a poder gritar “Hey, el teatro sigue vivo” y sé que está intentando renacer.
Para empezar, Fantasma tendrá dos nuevas funciones, a las cuales invito a asistir: los días viernes 5 y sábado 6 de junio a las 9 pm por Joinnus live. Sigamos asistiendo, por el momento, virtualmente a estas experiencias, para continuar debatiendo sobre el futuro teatral.

Kiara Castro
3 de junio de 2020