jueves, 2 de julio de 2026

Crítica: CRISTOFER


Resignificando la fe a través de una semiótica popular desde el unipersonal

El pasado viernes 26 de julio, el Teatro CEIA de la Universidad Científica del Sur abrió sus puertas para el estreno de Cristofer, proyecto del egresado Jack Meza en el marco del XII Festival Escena Sur de la carrera de Artes Escénicas. Cristofer, pieza denominada como creación colectiva, cuenta con la dirección de Mario Ballón, la asistencia de dirección de Ivi Cordero y la producción de Auxilio Perú.

Un actor camina hacia el escenario acompañado de una guitarra en un tono celebrativo. Se trataba de Meza, quien, con un arquetipo de catequista y una atmósfera solemne, empezaba a construir el universo de la obra dentro del teatro. Bajo esa mirada es interesante cómo este proyecto nace a partir de una búsqueda personal, de una pregunta que construye una narrativa corporal, actoral y sonora.

En esa línea, la obra introduce al espectador dentro de una convención católica, donde el público deja de ser un observador pasivo para convertirse en un espect-actor que pertenece a una iglesia y es consciente de lo que está observando. A partir de ello se crea una cercanía con el público que se mantiene de inicio a fin, permitiendo descubrir el discurso escénico de la obra, cuya propuesta gira en torno a la resignificación de la fe dentro de un contexto estético popular.

Cristofer es denominada como una creación colectiva, y parte del proceso inicial de la obra responde justamente a esa búsqueda por reconfigurar y restaurar la fe desde una nueva mirada que cuestiona los cánones convencionales ligados al mundo religioso. En ese sentido, la obra parte de un discurso político y de una necesidad por realizar una intervención, en tono de sátira, sobre acontecimientos que suceden dentro de nuestro país, como el cinismo del gobierno, la injusticia del Estado, la religión como fuente conservadora y la fe entendida como una hipocresía moral.

Por lo tanto, el acto de resignificar se convierte en una cuestión de denuncia. Meza comienza a entender cómo su fe lo ha acompañado a lo largo de su vida, desde su experiencia como catequista hasta el hecho de haber crecido dentro de una familia profundamente religiosa. Al comprender ese bagaje personal, descubre también su relación con Cristofer, y es ahí donde la creación colectiva adquiere un carácter testimonial que, finalmente, termina siendo colectivo.

La dirección de Ballón es clara y atrevida. Junto con la interpretación de Meza, permite construir una dramaturgia actoral y corporal única, capaz de crear un formato escénico lleno de irreverencia lúdica. A través del hacer escénico se observa cómo el intérprete busca estrategias y formas de deconstruir la religión para proponer una nueva mirada. Desde su performatividad se crea un espacio de apertura que rompe la cuarta pared, mantiene un contacto constante con el público y genera humor al exponer las dinámicas de poder que atraviesan una nación silenciada.

En cuanto a la estética que propone la obra, esta es popular e irreverente. Se apoya en telas que descienden desde lo alto para crear una suerte de templo católico, así como en proyecciones visuales coloridas que van desde el rojo, el verde y el morado hasta un celeste que amplifica la mirada espiritual. Asimismo, la utilería incorpora cajas de cerveza como un símbolo popular perteneciente a lo grotesco y lo cotidiano. En esa línea, no es gratuito el uso de carteles con frases creadas para reivindicar el pensamiento religioso mediante tipografías y texturas chabacanescas. Desde la dirección de arte, Cristofer propone una mirada clara y concisa al construir un universo visual que aporta oportunamente al lenguaje escénico desde la conceptualización del proyecto.

Además, la obra propone un lenguaje escénico propio, donde el intérprete deconstruye, a través de su hacer, la palabra de Dios. Interviene fuentes bíblicas y actos propios de la misa para construir un lenguaje contemporáneo inscrito dentro del teatro popular. Cristofer mantiene un ritmo y un tono adecuados en todo momento. Desde el inicio hasta el final, la obra se convierte en una fiesta compartida con el espectador, donde el hacer y la vehemencia escénica se entrelazan como un conjunto semiótico que representa aquello que resulta incómodo.

Por consiguiente, surge la siguiente pregunta: ¿Qué ocurre cuando un performer deconstruye su fe a través del hacer escénico? Como se ha señalado en los párrafos anteriores, la intención de la obra es deconstruir la mirada normativa que se tiene sobre la religión, donde comúnmente todo recae en un contexto de alabanza a las creencias religiosas. En este caso, a partir de sus símbolos nace una nueva lectura de la fe desde un mecanismo popular que resignifica aquello que parecía inamovible.

Bajo esta propuesta, se abre un camino de nuevas posibilidades para la creación y la exploración escénica. El actor deja de ser únicamente actor para asumir una presencia performativa absoluta, despojándose de la construcción convencional del personaje y situándose en un espacio donde lo testimonial, lo político y lo ritual convergen. Bajo esa premisa, Meza se desnuda metafóricamente en escena, habitando el espacio con conchudez, goce e irreverencia, cualidades que convierten su experiencia personal en una experiencia colectiva.

En definitiva, Cristofer no llega al teatro para complacer ni para convertirse en una experiencia pasiva para el espectador. Por el contrario, se posiciona desde la resignificación de la memoria personal para incomodar al otro, desde la fiesta, el goce se cuestionan los discursos que históricamente han permanecido intactos. Desde el unipersonal, Meza sostiene la escena con carisma, humor y una presencia escénica contundente, demostrando que la deconstrucción de la fe también puede convertirse en un acto de creación.

Y es precisamente allí donde radica la potencia de Cristofer: al desmontar sus propias creencias íntimas, Jack Meza encuentra un lenguaje escénico capaz de transformar el testimonio en un acto político, la memoria se convierte en un dispositivo teatral y la fe en una experiencia profundamente popular. No pretende ofrecer respuestas ni reconciliar al espectador con la religión; por el contrario, convierte el escenario en un espacio de disputa simbólica donde creer también significa interpelar. Por ende, Cristofer confirma que el unipersonal sigue siendo un territorio fértil para convertir la memoria, la fe y la irreverencia en un acontecimiento escénico que incomoda, dialoga y permanece.

Juan Pablo Rueda

2 de julio de 2026

Crítica: UN SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO


Una noche artificial envuelta en un sueño

El Teatro Británico abre sus puertas para inducirnos a un universo irreverente y completamente grotesco. Esta vez se trata de Un sueño de una noche de verano de William Shakespeare, bajo la dirección de Jean Pierre Gamarra, con Leonardo Torres Vilar, Alonso Cano, Kareen Spano, Amaranta Kun, Óscar Yépez, Carolina Cano, André Silva y Alejandro Tagle.

Hay mucho que decir sobre el grupo: Éxodo, una vez más, se consolida como una compañía de teatro clásico que desempolva los textos para reformularlos desde una mirada completamente contemporánea. Desde su primer debut hasta ahora, ha logrado consolidarse con un público propio que los recibe, aplaude y recuerda.

La dirección de Gamarra abandona los clásicos solemnes para convertirse en una musicalidad irreverente, llena de mecanismos estéticos y estilísticos grotescos. En primer plano observamos la mirada impecable de Albani, que nos adentra en un espacio caótico y místico donde habitarán personajes de un lado y del otro vislumbrados por el anochecer, generando una atmósfera paradisíaca de pérdida, fantasía y comicidad.

Desde ese punto de vista, no es gratuito que se proponga un vestuario que va de marrones a colores grisáceos, donde la suciedad y lo atrevido desbordan. Este clásico es ocurrente y, sin duda alguna, bajo el concepto propuesto se construye una lectura oportuna. Desde ese primer vistazo observamos que la adaptación transforma la tradicional comedia shakesperiana en un recorrido por un entorno marcado por los excesos y personajes bohemios alejados de las convenciones sociales.

En ese sentido, la propuesta es voraz, no solo por su alcance de salir de lo no convencional, sino porque sugiere un entorno onírico enmarcado por la suciedad. Como sabemos, uno de los principales hitos emblemáticos de aquella obra es el enredo y, bajo esa lógica, cada elemento que forma parte de la escenografía juega con la idea del teatro dentro del teatro, donde las falencias y lo verosímil son una oportunidad para el hecho escénico.

Asimismo, es interesante cómo la obra toma ese aspecto del teatro de época isabelina, donde los hombres representaban personajes femeninos, y desde la escritura Shakespeare utiliza lo fantástico a su favor. Desde la dirección se hace honor a la mirada del dramaturgo al proponer un coro de predicadores obscenos para la reina Titania, interpretada por la vehemente Spano. Es ahí donde Un sueño de una noche de verano deja de ser una propuesta inocente para convertirse en una exploración de los deseos y anhelos de lo romántico.

Por otra parte, la obra juega con este aspecto de la teatralidad dentro de la representación escénica. Es decir, hay un esfuerzo por demostrar el tono shakesperiano y su voz. Gamarra propone una convención donde los actores juegan con el estado del humor y el desborde de la corporalidad escénica. Es ahí donde aparece el esperpento, muy al estilo valleinclanesco, donde lo absurdo es una técnica explorada para jugar con el onirismo; la lógica queda envuelta por lo ilógico. Vale decir que los animales y las cosas se humanizan, mientras que los seres humanos se animalizan y caen en un profundo sueño.

Por otro lado, el elenco acompaña de manera estratégica y coral la obra. Desde el canto, Carolina Cano cautiva y hace su debut dentro de Éxodo Teatro, donde logra habitar y crear a una Helena inocente, astuta y perversa, empecinada en dejarse dominar por la romanticidad y la vanidad. Kun, en la piel de Hermia, comienza derrochando amor y termina siendo atravesada por la desdicha. Ella forma parte del repertorio de Éxodo y, en esta obra, logra una vez más encontrar ese arquetipo clásico desdichado.

No puede pasar por alto el humor caricaturesco que trae Alonso Cano desde Oberón, creando un personaje completamente atrevido, marcado por la irreverencia, que abusa de su condición de poder desde lo sucio. Y Tagle logra algo mágico en escena: crea un Bottom enternecedor, atrevido y clownesco, donde, semióticamente, la figura del burro representa el arco dramático del personaje, que termina siendo ridiculizado bajo la ironía.

En definitiva, Un sueño de una noche de verano llega al Teatro Británico para convertirse en una experiencia de enredos desde el lenguaje shakesperiano, pero también al estilo de Gamarra, poniendo la noche como protagonista de la obra. Entendida como un símbolo del bosque, lleno de luces artificiales, la noche se vuelve erótica, exuberante y fabulesca. Es así que… Éxodo lo hace una vez más.

Juan Pablo Rueda

2 de julio de 2026

lunes, 29 de junio de 2026

Crítica: 138 CITAS PARA ENCONTRAR EL AMOR


Buscar adentro

En un momento en que las aplicaciones de citas parecen haber convertido el amor en una sucesión interminable de perfiles, coincidencias y desencuentros, 138 citas para encontrar el amor parte de una pregunta aparentemente sencilla: ¿cuántas veces tenemos que buscar afuera antes de entender que la respuesta está dentro?

La obra nos presenta a Daniel, un hombre que parece tener una habilidad especial para que el amor se le escape. Cita tras cita, conversación tras conversación en aplicaciones, la historia se repite y algo sale mal. Pero la vida, con sus giros inesperados y un encuentro casual, cambian el rumbo de su historia. Lo que comienza como una posibilidad romántica se convierte en un viaje mucho más complejo: Daniel no solo tendrá que conquistar a alguien más, sino enfrentarse a la imagen que tiene de sí mismo.

Uno de los grandes aciertos de la obra es que no presenta el amor desde una mirada idealizada. Daniel se enamora, pero también carga con inseguridades, con la sensación de no ser suficiente y con la dificultad de aceptar que alguien pueda elegirlo. 

La obra también destaca por la manera natural en que aborda la diversidad. El personaje del roommate, un auténtico contraste frente al protagonista vive sus relaciones con una libertad absoluta: disfruta su vida sentimental y sexual, y lo hace sin que el texto convierta esto en un conflicto. 

Precisamente este personaje se convierte en uno de los motores cómicos de la puesta. El mejor amigo funciona como una válvula de escape dentro de la historia, descomprime los momentos más emocionales y aporta un ritmo ligero que equilibra la búsqueda interna del protagonista.

El elenco sostiene una historia que transita entre la comedia, el romance y la introspección. Hay una química especial en las relaciones entre personajes, especialmente en ese contraste entre quien todavía está buscando su lugar en el mundo y quien parece haberlo encontrado, aunque también tenga sus propias heridas.

Además, la puesta tiene un valor especial dentro del circuito independiente limeño. El Teatro Juanita Tarnawiecki, con su atmósfera cercana y acogedora, sigue siendo un espacio que permite que nuevas propuestas tengan un lugar de encuentro con el público. Ese espíritu íntimo favorece a obras como esta.

138 citas para encontrar el amor no habla únicamente de encontrar a otra persona. Habla de esa cita pendiente que muchas veces dejamos de lado. La cita que tenemos con nosotros mismos. Porque quizá la búsqueda no termina cuando aparece alguien que nos ama, sino cuando finalmente aprendemos a mirarnos con la misma paciencia y cariño que esperamos recibir de los demás.

Cristina Soto Arce

29 de junio de 2026

domingo, 28 de junio de 2026

Crítica: EL DOLOR DEL SILENCIO


Sí están solas

La nueva propuesta escénica del incombustible Gianfranco Mejía (todo un mérito dentro de nuestra comunidad teatral) denota, sin duda, un auspicioso avance como dramaturgo y director. Si bien es cierto, todavía adoleciendo de ciertos aspectos temáticos y estéticos como el vuelo creativo aún sin despegar del todo y las escenas de lucha todavía por ajustar, El dolor del silencio refleja desde el título su sana evolución. Lejos de títulos como Eutanasia, Anorexia o Maltratos, Mejía se anima a darle algo de sutileza al nombre de su puesta, que ya no sabemos de entrada ni la trama y ni el (previsible) final.

Otro acierto de este y de sus últimos montajes, ¡qué duda cabe!, es el de haberse rodeado de un grupo de competentes actores que, muchas veces, elevan con sus actuaciones ciertos diálogos y escenas muy sencillas, y que sobre el escenario resultan más que efectivas. En el presente montaje, la historia de Eliana (Giselle Collao), una mujer atormentada por su expareja que no la deja ir, se convierte en un eterno calvario para ella y su familia pues no se anima a realizar la denuncia, por miedo y vergüenza, al haber ocurrido lo peor. Interminables minutos de duda y frustración que son manejados con oficio y solvencia por una sólida Collao (en un difícil rol bien resuelto por la actriz), junto a Trilce Cavero, Paco Varela y Jorge Bardales, quienes componen esta familia disfuncional con sus propios conflictos internos. Incluso, el antagonista (Patricio Villavicencio) no cae en el fácil estereotipo, pues lejos de inútiles justificaciones, también aparecen atisbos de ser este una víctima más del carácter opresor de nuestra sociedad.

Lejos de convertir a nuestro sistema de justicia en el gran enemigo de las mujeres maltratadas (que en buena medida, lo es), Mejía opta hábilmente por representarla en una postura distante y fría, con el policía de espaldas sobre el escenario, dialogando de una manera correcta pero impersonal con la víctima. Bien además, la decisión de mostrar a los amigos del agresor como hombres con ciertos escrúpulos, superando así la debilidad del dramaturgo y director por mostrar, como ocurre en sus obras anteriores, los roles secundarios casi siempre como meros personajes decorativos.

Sin embargo, sí hay un reparo mayor que hacerle a El dolor del silencio, y este aparece en el epílogo. Luego de la última escena en el que conocemos la decisión final de Eliana, se leen frases en la pantalla del fondo del Nuevo Teatro Julieta, en el que se nos informa del triste (y nada sorprendente) final del conflicto, uno muy común en nuestra violenta y machista sociedad. Y Mejía se anima a concluir la puesta con un mensaje esperanzador hacia todas las mujeres maltratadas: “No están solas.” La aparición de esta frase desdibuja la cruel realidad de las mujeres y juega en contra, en cierta medida, del mismo montaje: Eliana y muy buena parte de las mujeres violentadas en la vida real que están solas, desamparadas por un sistema ineficiente y expuestas al peligro en todo momento. La misma obra se encarga de restregárnoslo en el rostro. Retirando esta última frase, el montaje ganaría varios puntos, pues el mensaje sería contundente. 

A pesar de los aspectos ya mencionados, El dolor del silencio es un paso adelante en la carrera de Mejía y su productora, con innegables virtudes apreciadas en sus nuevos estrenos, que saltan a la vista cada cierto tiempo cuando se decide a reciclar textos pasados, y que comprueban que se encuentra en el camino correcto.

Sergio Velarde

28 de junio de 2026

sábado, 27 de junio de 2026

Crítica: EL SÍNDROME DE LA ABEJA REINA & VELAS AL MAR


Risas y performance

La Noche de Creadoras en Casa Bulbo de Barranco no se detiene y sigue ofreciendo, como todos los miércoles, una interesante variedad de propuestas de teatro en formato breve, interviniendo las habitaciones con las que cuenta su espacio no convencional. Si bien no existe en los ciclos presentados alguna temática clara en común, salvo la destacada presencia femenina en los equipos creativos, todos los microespectáculos estrenados han sabido llegar a buen puerto en su particular manera; por supuesto, existiendo siempre públicos que podrían tener preferencias hacia ciertos géneros o estilos. Ya terminando mayo, Oficio Crítico tuvo oportunidad de asistir a dos microobras tituladas El Síndrome de la Abeja Reina⁠ y Velas al Mar; ambas muy distintas entre sí, pero que coinciden en lo bien que han resuelto, tanto las actrices como las directoras, la ejecución en escena de sus respectivas historias.     

Una divertida comedia breve es la que nos propone la dramaturga y directora Jimena Salas Pomarino con El Síndrome de la Abeja Reina⁠, en medio del típico conflicto laboral entre la gerenta autoritaria y superficial (Isabel Chappell) y la subgerenta sensata y espiritual (Gabriela Jordán). La coartada dramática aparece como una especie de “maldición kármica” que recae en la primera mujer en cuestión y que la va convirtiendo inexorablemente en una abeja, ante los incrédulos ojos de la segunda. Bien resuelta la convención de esta suerte de “metamorfosis progresiva”, apoyada por el buen desempeño actoral, especialmente Chappell, en un rol que pudo caer que en gratuito estereotipo, pero que la actriz asume con absoluta convicción.   

Por su parte, Velas al Mar⁠ arriba a Casa Bulbo, luego de su auspicioso paso por Microbutaca a inicios de año, aprovechando al máximo el espacio disponible. Esta pieza breve performática mantiene el formato cálido e intimista, invitando al público a una inmersiva celebración de cumpleaños a orillas del mar, en la que los espectadores tienen una participación activa. La ingeniosa dirección de Karla Reluz, la entrañable actuación de Catalina Santillán y la precisa producción de Metanoia Colectivo convierten este conmovedor ritual en una oportunidad para recordar el pasado y enfrentar con empatía y esperanza el futuro.

Felicitaciones a Casa Bulbo y La Noche de Creadoras, por consolidarse como un espacio de visita obligatoria para los amantes del buen teatro.

Sergio Velarde

27 de junio de 2027

jueves, 25 de junio de 2026

Crítica: SECRETOS COMPARTIDOS


Celulares en acción (verdad o mentira)

Un grupo de amigos se reúne y por decisión o casualidad inician un juego que terminaría delatando todos sus secretos y verdades. La actuación es espontánea, casual, con buenos momentos personales, cargados de drama. La ilación de la historia es divertida, la estructura de los ejes temáticos permite una buena conexión con el público; es refrescante, las situaciones van sucediendo y las acciones van atando los hilos de una trama, que finalmente deja como inocentes a solo dos personajes, que al fin y al cabo fueron los más honestos todo el momento. La honestidad es un concepto que merece ser reflexionado, es una sensación muy antigua, como la humanidad.

El juego consistía en leer cualquier mensaje que llegue al celular en voz alta, un juego no tan ofensivo en apariencia, pero según la acción dramática de la obra, desarrolla a los personajes desde sus mentiras. Los va conectando con sus prejuicios, sus manías, sus estrategias, un modo de operación que sin duda puede generar reflexión en los espectadores, ya sea por reconocimiento o por distanciamiento. 

Es necesario mencionar que las personas que están en la reunión son parejas, exactamente tres parejas y un amigo que llegó solo, una pareja que está por casarse y otras dos que tienen un aparente matrimonio consolidado. El libreto está bien desarrollado, permite la aparición de las verdades como un incitador de la acción. La tensión que los actores van generando en escena deja una sensación extraña en el cuerpo, porque es de forma realista que se nos presenta el conflicto, la realidad frente a nuestros ojos.

Dentro del quiebre dramático hay un momento, donde el amigo que no ha llevado pareja resulta ser gay, y pese a que no se le había descubierto nada, fue el más maltratado por ser gay; es en ese momento que la situación se termina de romper, las parejas destruidas por la misma razón, la mentira, algunos más inocentes que otros quizá, al final la verdad es de quien la cuenta. 

Después de que los amigos han ido cayendo en el juego del mensaje, su desarrollo como personaje va creciendo, los quiebres son interesantes, cada actor y actriz ha desempeñado un buen rol interpretativo; sin embargo, el hecho de que haya dos personajes sin mentiras, es una sensación de ilusión, de tierna caricia. La obra hace reír, es amena, pero deja un sin sabor. El otro personaje que al final no se le descubrió nada, estuvo todo el tiempo apuntado por su esposa, para descubrir alguna debilidad o mentira, finalmente pese a sus impulsos resultó generando acciones responsables y llenas de gallardía; por ejemplo respetar y guiar la vida sexual de su hija adolescente, decidir tomar terapia para mejorar la relación matrimonial. No obstante, su pareja terminó siendo cruel y desagradable, aparte de que fue descubierta, engañaba a su esposo con su amigo, generó una reflexión, por qué instó al juego, por qué termina la escena con ella desgarrándose en llanto, dicho sea de paso muy buen cambio de acción, siempre tuvo una presencia dramática, una sensación como una bomba de tiempo, algo esperaba ser revelado, algo iba a explotar.

Finalmente tenemos una obra bien trabajada en cuanto al equipo, a la solidez de tantos intérpretes en escena y la fluidez verbal, la claridad de la acción y del momento, los quiebres dramáticos son buenos, los momentos de dolor, de lágrimas, funcionan como momentos de enganche con la obra. Obras sencillas, divertidas, pero que topan fibras profundas dentro del pensamiento.

Moises Aurazo

25 de junio de 2026

lunes, 22 de junio de 2026

Crítica: MENTIROSOS


Enredos

Una madre intolerante y llena de prejuicios, un padre sometido a la voluntad de su esposa, una joven novia, un esposo que guarda demasiados secretos y una pareja de empleados domésticos tan irreverentes como entrometidos serán los responsables de una serie de situaciones tan inesperadas como divertidas. Esta es la puesta en escena de Mentirosos, una propuesta que apuesta por el humor, los enredos y las situaciones disparatadas para mantener al público atento de principio a fin.

Desde los primeros minutos, podemos ver personajes muy bien definidos que logran conectar rápidamente con el espectador. Cada uno aporta elementos particulares a la historia y contribuye al crecimiento de los conflictos. A medida que avanza la trama, también crecen las mentiras, los malentendidos y los enredos, generando situaciones cada vez más absurdas y divertidas. Con un ritmo ágil y personajes extravagantes, la obra construye una comedia de equívocos en la que cada mentira alimenta una nueva confusión, llevando al público a disfrutar de una sucesión de momentos hilarantes que provocan constantes risas.

El elenco de Mentirosos, conformado por Paco Varela, Caroll Chiara, Leito Monteverde, Paola Vera, Betto Gómez y Pau Simons, nos regala una comedia muy entretenida y llena de energía. Sobre el escenario puede percibirse la confianza entre los actores, así como la naturalidad con la que interpretan a sus personajes. Cada uno encuentra su espacio dentro de la historia y aporta al desarrollo de una dinámica que funciona muy bien en conjunto. La química entre ellos es evidente y se convierte en uno de los puntos fuertes de la puesta en escena.

Sin duda, la escenografía, las luces, los efectos y el vestuario han sido elementos importantes dentro de la propuesta. Cada detalle contribuye a construir el entorno adecuado para el desarrollo de la historia y ayuda a que el espectador se sumerja en el universo planteado por la obra. Aunque la comedia se sostiene principalmente por el trabajo actoral, los aspectos técnicos complementan acertadamente la experiencia teatral.

Asimismo, no cabe duda de que la dirección ha sabido guiar al elenco con una propuesta dinámica, entretenida y bien estructurada. El ritmo de la obra se mantiene constante, permitiendo que los momentos de humor fluyan con naturalidad y que los enredos se desarrollen de manera efectiva.

Mentirosos es una puesta en escena recomendada de principio a fin. Más allá de las diferentes interpretaciones que cada espectador pueda darle al mensaje de la obra, hay algo que todos se llevarán al salir de la sala: diversión. Una comedia ligera, ágil y muy entretenida, que vale la pena ver. 

Javier Gutiérrez

22 de junio de 2026

Crítica: PERROS (AL FINAL DE LA CARRETERA)


En el olvido

Un encuentro cara a cara con la indiferencia, pero al mismo tiempo con la realidad de nuestra sociedad. La puesta en escena de Perros (Al final de la carretera) nos muestra, desde el ingreso, una escenografía que nos envuelve en el contexto donde se desarrolla la obra. La historia sigue a Raphael, un hombre que dedica sus días a recoger y dar sepultura a perros atropellados en los alrededores de la Panamericana. A su alrededor se encuentran Pedro, Jorge, Lucía y Lolo, personajes marcados por la exclusión, la precariedad y la constante sensación de no pertenecer a ningún lugar.

A través de los diálogos y las acciones de cada actor, quienes cargan las escenas de memoria, humor y melancolía, la puesta en escena construye un retrato de vidas invisibilizadas que luchan por conservar su dignidad en medio del abandono. Más que centrarse en la marginalidad como un problema social, la obra explora la necesidad universal de ser reconocidos, recordados y aceptados.

Sin duda, los actores muestran una energía increíble, llevando a sus personajes por distintos estados emocionales de manera clara y convincente. Si bien existen algunos momentos de menor intensidad, en conjunto la obra mantiene el interés del espectador y permite disfrutar plenamente de la experiencia teatral.

Los aspectos técnicos de la puesta en escena, como la iluminación, la música y la escenografía, contribuyen a crear la atmósfera adecuada. Cada uno de estos elementos ayuda a construir el espacio dramático y a sumergirnos en el universo donde transcurre la historia.

Sin duda, Perros (Al final de la carretera) nos presenta una narrativa íntima y emotiva que invita al espectador a reflexionar sobre quienes permanecen al margen de la sociedad y sobre el valor de la empatía frente a la indiferencia. Su mayor acierto radica en convertir historias aparentemente pequeñas en una poderosa reflexión sobre la identidad, la memoria y la búsqueda de un lugar al que pertenecer. Una obra que, sin duda, vale la pena ver.

Javier Gutiérrez

22 de junio de 2026

Crítica: EL RÍO EN MÍ


El lado salvaje de la humanidad

El río en mí es más que un drama. Es un thriller que conecta la vulnerabilidad de la humanidad con su lado salvaje.

Dos mujeres, madre e hija (Grapa Paola y Alejandra Guerra) viven solas en un hospedaje de un lugar apartado de la selva que casi no recibe visitantes; cerca de un río cuya contaminación, por la actividad de una empresa, ha modificado la vida de las personas. Algunos visitantes, huéspedes del hostal, han fallecido en circunstancias extrañas y un monstruo extraño las acecha.

La soledad de estas mujeres no es pacífica sino cargada de reproches mutuos y desesperanza compartida. La crisis estalla con la llegada de un nuevo huésped (Alfonso Dibos) que trae recuerdos, cuestionamientos y evidencias de las oscuras relaciones de los personajes que las ponen en riesgo.

Como en las antiguas tragedias, una joven ajena canta desde un rincón y con las notas de su guitarra establece un ambiente de desventura y soledad. Luego, ella (Karla Quispe) se incorpora como un personaje más del conflicto, para evidenciar con su dramatismo la violencia de esas vidas, consumidas por la venganza como objetivo vital.

El río en mí nos introduce, con un lenguaje descarnado, al misterio y la tragedia. Al mismo tiempo, revela y denuncia los daños de la contaminación ambiental en las personas. Más allá de los signos evidentes de deterioro  en la  naturaleza,el daño está en la conciencia y las personas están envenenadas por su odio. Así como el río está enfermo, las personas están física y moralmente perturbadas. Frente a los dos visitantes, relacionados con las víctimas de los asesinados, ellas parecen dos monstruos. El katupirí (animal fantástico creado por el dramaturgo) amenaza devorarlas, pero Marta (la hija) parece convertirse, con muecas cómicas, en ese monstruo. Ella también necesita devorarlo todo para que esa realidad desaparezca. Su maquinación es la materialización de ese objetivo y su madre no puede controlarla.

A partir de la obra trágica El malentendido de Albert Camus, el dramaturgo argentino Francisco Lumerman construye un thriller que toca fibras y temas profundos y nos atrapa desde el primer momento. Como director, aprovecha la disposición circular para lograr un contacto más directo con el público y así la atmósfera se "contamina" totalmente con la amenaza y sufrimiento de los personajes, sin que podamos escapar a sus miradas.

Para lograr la potencia de esta puesta, Lumerman reúne a dos maestras del teatro peruano: Grapa Paola y Alejandra Guerra, que cargan con personajes de gran intensidad. Junto a ellas, Alfonso Dibos y Kiara Quispe aportan el equilibrio de las víctimas desconcertadas que buscan respuestas.

Muy buena puesta,solo hasta el 6 de julio, en el auditorio del Británico de Miraflores.

David Cárdenas (Pepedavid)

22 de junio de 2026

Crítica: REFUGIO


Sanar aquello que no sabías que requería cura

Refugio es el nombre elegido para denominar una peculiar y casi inclasificable propuesta artística interdisciplinaria dirigida por Analucía Rodríguez y Jimena Acuña, y protagonizada por la actriz bordadora Diana Chávez. La Sala Quilla, ubicada en Barranco, es el telón de fondo de una experiencia teatral que combina, entre otras cosas, bordado en vivo, música inédita original y realización audiovisual. El montaje, de poco más de una hora de duración, no tiene nada de diálogo; más bien apuesta por comunicar sus ideas de forma netamente sensorial. ¿Logran las realizadoras hacer que todas las disciplinas artísticas que conforman esta obra converjan armoniosamente en un mismo escenario, o es que la abundancia de estímulos e ideas hacen que el producto final termine siendo uno demasiado disperso y confuso como para realmente funcionar? 

Diana Chávez ocupa el centro del escenario y borda apaciblemente mientras el barullo del público va haciéndose cada vez más bajo. A su derecha, una gran tela rectangular muestra proyectado en primer plano lo que una pequeña cámara ubicada a la altura del hombro de la actriz está registrando en tiempo real: el bordado de Diana visto desde un ángulo semi picado que nos permite ver el proceso a gran detalle. El efecto es inmediato y cautivador. No solo vemos a la artista realizando su labor, sino que vemos el arte que está siendo creado por ella momento a momento magnificado gracias al poder de la cámara. La imagen la completa otra gran tela (ubicada a la izquierda de la actriz), de cuyo centro se desprenden varios hilos que van conectando distintos retratos (momentos) de la vida de la actriz. Este es solo el inicio de Refugio, pero lo describo para evidenciar el cuidado, la meticulosidad y el amor con que indudablemente fue realizado este montaje. Lo que ocurre a partir de aquí no lo describiré con tanta precisión; basta con decir que la actriz empieza a interactuar con todos los elementos que la rodean, y es precisamente la naturaleza de estas interacciones lo que revela el mayor acierto de Refugio: su habilidad para conmocionar al público, sin el uso de las palabras, evocando sensaciones y emociones concretas a partir de momentos y acciones abstractas. 

¿Por qué ver una obra como Refugio? Tres razones se me vienen inmediatamente a la mente. Primero, porque es un portal de emociones mutable, cuyo efecto dependerá de nuestra propia interpretación, lo cual lo hace sumamente interesante y único. Segundo, porque vivimos en un mundo tan sobre estimulado, tan bullicioso, inmediato y urgente que a veces nos olvidamos del poder del silencio. El hecho de que este montaje elija no usar palabras, en el contexto en el que vivimos, es muy valiente y arriesgado, ya que nos obliga a hacer eso que a veces parece habérsenos olvidado: ver y escuchar de verdad; prestar toda nuestra atención a una sola cosa; conectar con otra persona y dejarnos afectar por sus experiencias, lo cual en consecuencia nos hace conectar con nosotros mismos. Y finalmente, porque creo que más que nunca, el mundo necesita más empatía. Y esto no es algo que aparezca mágicamente en nosotros. La empatía -y la sensibilidad-, se entrenan, se desarrollan. Y ver obras de este tipo es una gran forma de hacerlo, ya que, al carecer de texto, el impacto de sus mensajes es mucho más directo, primitivo en el mejor sentido de la palabra, y altamente emocional.

Salí muy conmovido después de ver Refugio. Pero no solo eso. Salí con mil ideas revoloteando en mi cabeza; metáforas de vida y simbolismos que me regaló el montaje y que no menciono porque creo que será mucho más valioso que cada persona reciba de esta puesta escénica lo que necesita en ese momento. Tienen solo una función más, el 26 de junio. No la dejen pasar. Vayan con la mente y el corazón abiertos y regálense un momento de paz y de introspección. Ya saben. Esos que en el mundo actual son lamentablemente cada vez más escasos. 

Sergio Lescano

22 de junio de 2026