domingo, 28 de junio de 2026

Crítica: EL DOLOR DEL SILENCIO


Sí están solas

La nueva propuesta escénica del incombustible Gianfranco Mejía (todo un mérito dentro de nuestra comunidad teatral) denota, sin duda, un auspicioso avance como dramaturgo y director. Si bien es cierto, todavía adoleciendo de ciertos aspectos temáticos y estéticos como el vuelo creativo aún sin despegar del todo y las escenas de lucha todavía por ajustar, El dolor del silencio refleja desde el título su sana evolución. Lejos de títulos como Eutanasia, Anorexia o Maltratos, Mejía se anima a darle algo de sutileza al nombre de su puesta, que ya no sabemos de entrada ni la trama y ni el (previsible) final.

Otro acierto de este y de sus últimos montajes, ¡qué duda cabe!, es el de haberse rodeado de un grupo de competentes actores que, muchas veces, elevan con sus actuaciones ciertos diálogos y escenas muy sencillas, y que sobre el escenario resultan más que efectivas. En el presente montaje, la historia de Eliana (Giselle Collao), una mujer atormentada por su expareja que no la deja ir, se convierte en un eterno calvario para ella y su familia pues no se anima a realizar la denuncia, por miedo y vergüenza, al haber ocurrido lo peor. Interminables minutos de duda y frustración que son manejados con oficio y solvencia por una sólida Collao (en un difícil rol bien resuelto por la actriz), junto a Trilce Cavero, Paco Varela y Jorge Bardales, quienes componen esta familia disfuncional con sus propios conflictos internos. Incluso, el antagonista (Patricio Villavicencio) no cae en el fácil estereotipo, pues lejos de inútiles justificaciones, también aparecen atisbos de ser este una víctima más del carácter opresor de nuestra sociedad.

Lejos de convertir a nuestro sistema de justicia en el gran enemigo de las mujeres maltratadas (que en buena medida, lo es), Mejía opta hábilmente por representarla en una postura distante y fría, con el policía de espaldas sobre el escenario, dialogando de una manera correcta pero impersonal con la víctima. Bien además, la decisión de mostrar a los amigos del agresor como hombres con ciertos escrúpulos, superando así la debilidad del dramaturgo y director por mostrar, como ocurre en sus obras anteriores, los roles secundarios casi siempre como meros personajes decorativos.

Sin embargo, sí hay un reparo mayor que hacerle a El dolor del silencio, y este aparece en el epílogo. Luego de la última escena en el que conocemos la decisión final de Eliana, se leen frases en la pantalla del fondo del Nuevo Teatro Julieta, en el que se nos informa del triste (y nada sorprendente) final del conflicto, uno muy común en nuestra violenta y machista sociedad. Y Mejía se anima a concluir la puesta con un mensaje esperanzador hacia todas las mujeres maltratadas: “No están solas.” La aparición de esta frase desdibuja la cruel realidad de las mujeres y juega en contra, en cierta medida, del mismo montaje: Eliana y muy buena parte de las mujeres violentadas en la vida real que están solas, desamparadas por un sistema ineficiente y expuestas al peligro en todo momento. La misma obra se encarga de restregárnoslo en el rostro. Retirando esta última frase, el montaje ganaría varios puntos, pues el mensaje sería contundente. 

A pesar de los aspectos ya mencionados, El dolor del silencio es un paso adelante en la carrera de Mejía y su productora, con innegables virtudes apreciadas en sus nuevos estrenos, que saltan a la vista cada cierto tiempo cuando se decide a reciclar textos pasados, y que comprueban que se encuentra en el camino correcto.

Sergio Velarde

28 de junio de 2026

sábado, 27 de junio de 2026

Crítica: EL SÍNDROME DE LA ABEJA REINA & VELAS AL MAR


Risas y performance

La Noche de Creadoras en Casa Bulbo de Barranco no se detiene y sigue ofreciendo, como todos los miércoles, una interesante variedad de propuestas de teatro en formato breve, interviniendo las habitaciones con las que cuenta su espacio no convencional. Si bien no existe en los ciclos presentados alguna temática clara en común, salvo la destacada presencia femenina en los equipos creativos, todos los microespectáculos estrenados han sabido llegar a buen puerto en su particular manera; por supuesto, existiendo siempre públicos que podrían tener preferencias hacia ciertos géneros o estilos. Ya terminando mayo, Oficio Crítico tuvo oportunidad de asistir a dos microobras tituladas El Síndrome de la Abeja Reina⁠ y Velas al Mar; ambas muy distintas entre sí, pero que coinciden en lo bien que han resuelto, tanto las actrices como las directoras, la ejecución en escena de sus respectivas historias.     

Una divertida comedia breve es la que nos propone la dramaturga y directora Jimena Salas Pomarino con El Síndrome de la Abeja Reina⁠, en medio del típico conflicto laboral entre la gerenta autoritaria y superficial (Isabel Chappell) y la subgerenta sensata y espiritual (Gabriela Jordán). La coartada dramática aparece como una especie de “maldición kármica” que recae en la primera mujer en cuestión y que la va convirtiendo inexorablemente en una abeja, ante los incrédulos ojos de la segunda. Bien resuelta la convención de esta suerte de “metamorfosis progresiva”, apoyada por el buen desempeño actoral, especialmente Chappell, en un rol que pudo caer que en gratuito estereotipo, pero que la actriz asume con absoluta convicción.   

Por su parte, Velas al Mar⁠ arriba a Casa Bulbo, luego de su auspicioso paso por Microbutaca a inicios de año, aprovechando al máximo el espacio disponible. Esta pieza breve performática mantiene el formato cálido e intimista, invitando al público a una inmersiva celebración de cumpleaños a orillas del mar, en la que los espectadores tienen una participación activa. La ingeniosa dirección de Karla Reluz, la entrañable actuación de Catalina Santillán y la precisa producción de Metanoia Colectivo convierten este conmovedor ritual en una oportunidad para recordar el pasado y enfrentar con empatía y esperanza el futuro.

Felicitaciones a Casa Bulbo y La Noche de Creadoras, por consolidarse como un espacio de visita obligatoria para los amantes del buen teatro.

Sergio Velarde

27 de junio de 2027

jueves, 25 de junio de 2026

Crítica: SECRETOS COMPARTIDOS


Celulares en acción (verdad o mentira)

Un grupo de amigos se reúne y por decisión o casualidad inician un juego que terminaría delatando todos sus secretos y verdades. La actuación es espontánea, casual, con buenos momentos personales, cargados de drama. La ilación de la historia es divertida, la estructura de los ejes temáticos permite una buena conexión con el público; es refrescante, las situaciones van sucediendo y las acciones van atando los hilos de una trama, que finalmente deja como inocentes a solo dos personajes, que al fin y al cabo fueron los más honestos todo el momento. La honestidad es un concepto que merece ser reflexionado, es una sensación muy antigua, como la humanidad.

El juego consistía en leer cualquier mensaje que llegue al celular en voz alta, un juego no tan ofensivo en apariencia, pero según la acción dramática de la obra, desarrolla a los personajes desde sus mentiras. Los va conectando con sus prejuicios, sus manías, sus estrategias, un modo de operación que sin duda puede generar reflexión en los espectadores, ya sea por reconocimiento o por distanciamiento. 

Es necesario mencionar que las personas que están en la reunión son parejas, exactamente tres parejas y un amigo que llegó solo, una pareja que está por casarse y otras dos que tienen un aparente matrimonio consolidado. El libreto está bien desarrollado, permite la aparición de las verdades como un incitador de la acción. La tensión que los actores van generando en escena deja una sensación extraña en el cuerpo, porque es de forma realista que se nos presenta el conflicto, la realidad frente a nuestros ojos.

Dentro del quiebre dramático hay un momento, donde el amigo que no ha llevado pareja resulta ser gay, y pese a que no se le había descubierto nada, fue el más maltratado por ser gay; es en ese momento que la situación se termina de romper, las parejas destruidas por la misma razón, la mentira, algunos más inocentes que otros quizá, al final la verdad es de quien la cuenta. 

Después de que los amigos han ido cayendo en el juego del mensaje, su desarrollo como personaje va creciendo, los quiebres son interesantes, cada actor y actriz ha desempeñado un buen rol interpretativo; sin embargo, el hecho de que haya dos personajes sin mentiras, es una sensación de ilusión, de tierna caricia. La obra hace reír, es amena, pero deja un sin sabor. El otro personaje que al final no se le descubrió nada, estuvo todo el tiempo apuntado por su esposa, para descubrir alguna debilidad o mentira, finalmente pese a sus impulsos resultó generando acciones responsables y llenas de gallardía; por ejemplo respetar y guiar la vida sexual de su hija adolescente, decidir tomar terapia para mejorar la relación matrimonial. No obstante, su pareja terminó siendo cruel y desagradable, aparte de que fue descubierta, engañaba a su esposo con su amigo, generó una reflexión, por qué instó al juego, por qué termina la escena con ella desgarrándose en llanto, dicho sea de paso muy buen cambio de acción, siempre tuvo una presencia dramática, una sensación como una bomba de tiempo, algo esperaba ser revelado, algo iba a explotar.

Finalmente tenemos una obra bien trabajada en cuanto al equipo, a la solidez de tantos intérpretes en escena y la fluidez verbal, la claridad de la acción y del momento, los quiebres dramáticos son buenos, los momentos de dolor, de lágrimas, funcionan como momentos de enganche con la obra. Obras sencillas, divertidas, pero que topan fibras profundas dentro del pensamiento.

Moises Aurazo

25 de junio de 2026

lunes, 22 de junio de 2026

Crítica: MENTIROSOS


Enredos

Una madre intolerante y llena de prejuicios, un padre sometido a la voluntad de su esposa, una joven novia, un esposo que guarda demasiados secretos y una pareja de empleados domésticos tan irreverentes como entrometidos serán los responsables de una serie de situaciones tan inesperadas como divertidas. Esta es la puesta en escena de Mentirosos, una propuesta que apuesta por el humor, los enredos y las situaciones disparatadas para mantener al público atento de principio a fin.

Desde los primeros minutos, podemos ver personajes muy bien definidos que logran conectar rápidamente con el espectador. Cada uno aporta elementos particulares a la historia y contribuye al crecimiento de los conflictos. A medida que avanza la trama, también crecen las mentiras, los malentendidos y los enredos, generando situaciones cada vez más absurdas y divertidas. Con un ritmo ágil y personajes extravagantes, la obra construye una comedia de equívocos en la que cada mentira alimenta una nueva confusión, llevando al público a disfrutar de una sucesión de momentos hilarantes que provocan constantes risas.

El elenco de Mentirosos, conformado por Paco Varela, Caroll Chiara, Leito Monteverde, Paola Vera, Betto Gómez y Pau Simons, nos regala una comedia muy entretenida y llena de energía. Sobre el escenario puede percibirse la confianza entre los actores, así como la naturalidad con la que interpretan a sus personajes. Cada uno encuentra su espacio dentro de la historia y aporta al desarrollo de una dinámica que funciona muy bien en conjunto. La química entre ellos es evidente y se convierte en uno de los puntos fuertes de la puesta en escena.

Sin duda, la escenografía, las luces, los efectos y el vestuario han sido elementos importantes dentro de la propuesta. Cada detalle contribuye a construir el entorno adecuado para el desarrollo de la historia y ayuda a que el espectador se sumerja en el universo planteado por la obra. Aunque la comedia se sostiene principalmente por el trabajo actoral, los aspectos técnicos complementan acertadamente la experiencia teatral.

Asimismo, no cabe duda de que la dirección ha sabido guiar al elenco con una propuesta dinámica, entretenida y bien estructurada. El ritmo de la obra se mantiene constante, permitiendo que los momentos de humor fluyan con naturalidad y que los enredos se desarrollen de manera efectiva.

Mentirosos es una puesta en escena recomendada de principio a fin. Más allá de las diferentes interpretaciones que cada espectador pueda darle al mensaje de la obra, hay algo que todos se llevarán al salir de la sala: diversión. Una comedia ligera, ágil y muy entretenida, que vale la pena ver. 

Javier Gutiérrez

22 de junio de 2026

Crítica: PERROS (AL FINAL DE LA CARRETERA)


En el olvido

Un encuentro cara a cara con la indiferencia, pero al mismo tiempo con la realidad de nuestra sociedad. La puesta en escena de Perros (Al final de la carretera) nos muestra, desde el ingreso, una escenografía que nos envuelve en el contexto donde se desarrolla la obra. La historia sigue a Raphael, un hombre que dedica sus días a recoger y dar sepultura a perros atropellados en los alrededores de la Panamericana. A su alrededor se encuentran Pedro, Jorge, Lucía y Lolo, personajes marcados por la exclusión, la precariedad y la constante sensación de no pertenecer a ningún lugar.

A través de los diálogos y las acciones de cada actor, quienes cargan las escenas de memoria, humor y melancolía, la puesta en escena construye un retrato de vidas invisibilizadas que luchan por conservar su dignidad en medio del abandono. Más que centrarse en la marginalidad como un problema social, la obra explora la necesidad universal de ser reconocidos, recordados y aceptados.

Sin duda, los actores muestran una energía increíble, llevando a sus personajes por distintos estados emocionales de manera clara y convincente. Si bien existen algunos momentos de menor intensidad, en conjunto la obra mantiene el interés del espectador y permite disfrutar plenamente de la experiencia teatral.

Los aspectos técnicos de la puesta en escena, como la iluminación, la música y la escenografía, contribuyen a crear la atmósfera adecuada. Cada uno de estos elementos ayuda a construir el espacio dramático y a sumergirnos en el universo donde transcurre la historia.

Sin duda, Perros (Al final de la carretera) nos presenta una narrativa íntima y emotiva que invita al espectador a reflexionar sobre quienes permanecen al margen de la sociedad y sobre el valor de la empatía frente a la indiferencia. Su mayor acierto radica en convertir historias aparentemente pequeñas en una poderosa reflexión sobre la identidad, la memoria y la búsqueda de un lugar al que pertenecer. Una obra que, sin duda, vale la pena ver.

Javier Gutiérrez

22 de junio de 2026

Crítica: EL RÍO EN MÍ


El lado salvaje de la humanidad

El río en mí es más que un drama. Es un thriller que conecta la vulnerabilidad de la humanidad con su lado salvaje.

Dos mujeres, madre e hija (Grapa Paola y Alejandra Guerra) viven solas en un hospedaje de un lugar apartado de la selva que casi no recibe visitantes; cerca de un río cuya contaminación, por la actividad de una empresa, ha modificado la vida de las personas. Algunos visitantes, huéspedes del hostal, han fallecido en circunstancias extrañas y un monstruo extraño las acecha.

La soledad de estas mujeres no es pacífica sino cargada de reproches mutuos y desesperanza compartida. La crisis estalla con la llegada de un nuevo huésped (Alfonso Dibos) que trae recuerdos, cuestionamientos y evidencias de las oscuras relaciones de los personajes que las ponen en riesgo.

Como en las antiguas tragedias, una joven ajena canta desde un rincón y con las notas de su guitarra establece un ambiente de desventura y soledad. Luego, ella (Karla Quispe) se incorpora como un personaje más del conflicto, para evidenciar con su dramatismo la violencia de esas vidas, consumidas por la venganza como objetivo vital.

El río en mí nos introduce, con un lenguaje descarnado, al misterio y la tragedia. Al mismo tiempo, revela y denuncia los daños de la contaminación ambiental en las personas. Más allá de los signos evidentes de deterioro  en la  naturaleza,el daño está en la conciencia y las personas están envenenadas por su odio. Así como el río está enfermo, las personas están física y moralmente perturbadas. Frente a los dos visitantes, relacionados con las víctimas de los asesinados, ellas parecen dos monstruos. El katupirí (animal fantástico creado por el dramaturgo) amenaza devorarlas, pero Marta (la hija) parece convertirse, con muecas cómicas, en ese monstruo. Ella también necesita devorarlo todo para que esa realidad desaparezca. Su maquinación es la materialización de ese objetivo y su madre no puede controlarla.

A partir de la obra trágica El malentendido de Albert Camus, el dramaturgo argentino Francisco Lumerman construye un thriller que toca fibras y temas profundos y nos atrapa desde el primer momento. Como director, aprovecha la disposición circular para lograr un contacto más directo con el público y así la atmósfera se "contamina" totalmente con la amenaza y sufrimiento de los personajes, sin que podamos escapar a sus miradas.

Para lograr la potencia de esta puesta, Lumerman reúne a dos maestras del teatro peruano: Grapa Paola y Alejandra Guerra, que cargan con personajes de gran intensidad. Junto a ellas, Alfonso Dibos y Kiara Quispe aportan el equilibrio de las víctimas desconcertadas que buscan respuestas.

Muy buena puesta,solo hasta el 6 de julio, en el auditorio del Británico de Miraflores.

David Cárdenas (Pepedavid)

22 de junio de 2026

Crítica: REFUGIO


Sanar aquello que no sabías que requería cura

Refugio es el nombre elegido para denominar una peculiar y casi inclasificable propuesta artística interdisciplinaria dirigida por Analucía Rodríguez y Jimena Acuña, y protagonizada por la actriz bordadora Diana Chávez. La Sala Quilla, ubicada en Barranco, es el telón de fondo de una experiencia teatral que combina, entre otras cosas, bordado en vivo, música inédita original y realización audiovisual. El montaje, de poco más de una hora de duración, no tiene nada de diálogo; más bien apuesta por comunicar sus ideas de forma netamente sensorial. ¿Logran las realizadoras hacer que todas las disciplinas artísticas que conforman esta obra converjan armoniosamente en un mismo escenario, o es que la abundancia de estímulos e ideas hacen que el producto final termine siendo uno demasiado disperso y confuso como para realmente funcionar? 

Diana Chávez ocupa el centro del escenario y borda apaciblemente mientras el barullo del público va haciéndose cada vez más bajo. A su derecha, una gran tela rectangular muestra proyectado en primer plano lo que una pequeña cámara ubicada a la altura del hombro de la actriz está registrando en tiempo real: el bordado de Diana visto desde un ángulo semi picado que nos permite ver el proceso a gran detalle. El efecto es inmediato y cautivador. No solo vemos a la artista realizando su labor, sino que vemos el arte que está siendo creado por ella momento a momento magnificado gracias al poder de la cámara. La imagen la completa otra gran tela (ubicada a la izquierda de la actriz), de cuyo centro se desprenden varios hilos que van conectando distintos retratos (momentos) de la vida de la actriz. Este es solo el inicio de Refugio, pero lo describo para evidenciar el cuidado, la meticulosidad y el amor con que indudablemente fue realizado este montaje. Lo que ocurre a partir de aquí no lo describiré con tanta precisión; basta con decir que la actriz empieza a interactuar con todos los elementos que la rodean, y es precisamente la naturaleza de estas interacciones lo que revela el mayor acierto de Refugio: su habilidad para conmocionar al público, sin el uso de las palabras, evocando sensaciones y emociones concretas a partir de momentos y acciones abstractas. 

¿Por qué ver una obra como Refugio? Tres razones se me vienen inmediatamente a la mente. Primero, porque es un portal de emociones mutable, cuyo efecto dependerá de nuestra propia interpretación, lo cual lo hace sumamente interesante y único. Segundo, porque vivimos en un mundo tan sobre estimulado, tan bullicioso, inmediato y urgente que a veces nos olvidamos del poder del silencio. El hecho de que este montaje elija no usar palabras, en el contexto en el que vivimos, es muy valiente y arriesgado, ya que nos obliga a hacer eso que a veces parece habérsenos olvidado: ver y escuchar de verdad; prestar toda nuestra atención a una sola cosa; conectar con otra persona y dejarnos afectar por sus experiencias, lo cual en consecuencia nos hace conectar con nosotros mismos. Y finalmente, porque creo que más que nunca, el mundo necesita más empatía. Y esto no es algo que aparezca mágicamente en nosotros. La empatía -y la sensibilidad-, se entrenan, se desarrollan. Y ver obras de este tipo es una gran forma de hacerlo, ya que, al carecer de texto, el impacto de sus mensajes es mucho más directo, primitivo en el mejor sentido de la palabra, y altamente emocional.

Salí muy conmovido después de ver Refugio. Pero no solo eso. Salí con mil ideas revoloteando en mi cabeza; metáforas de vida y simbolismos que me regaló el montaje y que no menciono porque creo que será mucho más valioso que cada persona reciba de esta puesta escénica lo que necesita en ese momento. Tienen solo una función más, el 26 de junio. No la dejen pasar. Vayan con la mente y el corazón abiertos y regálense un momento de paz y de introspección. Ya saben. Esos que en el mundo actual son lamentablemente cada vez más escasos. 

Sergio Lescano

22 de junio de 2026

Crítica: AMANTES TEMPORALES


Cuando un buen texto promete, pero la puesta en escena se queda corta

Este fin de semana fui a ver la obra Amantes Temporales en la Casa de la Juventud, en Surquillo. La dramaturgia estuvo a cargo de Flavio Giribaldi, la dirección fue de Moisés Vera, y contó con las actuaciones de Diego Zavala-Molina, María Angélica Sotomayor, Alejandra Villavicencio, Fátima Matheus y Camila Málaga.

Es necesario comenzar destacando que el texto fue galardonado en el Concurso de Dramaturgia de la ENSAD. Se trata de una historia estructurada en cuatro monólogos que hablan sobre los vínculos que nos transforman, las personas que dejamos atrás y aquellas que se quedan a vivir en la mente de los demás para siempre.

Personalmente, el texto me pareció bastante bueno, lo cual resulta evidente al tratarse de una obra premiada. Lamentablemente, la dirección no estuvo a la altura. Entiendo que es una propuesta independiente y que los monólogos deben captar la atención del espectador por sí mismos, sin embargo, me hubiera encantado ver una escenografía transversal a las cuatro historias presentadas, en lugar de un espacio vacío con una mesa y cuatro focos que solo se encendían conforme terminaba cada relato.

Si bien la decisión de que todos los actores usaran un vestuario uniforme me pareció acertada, el uso de pelucas doradas resultó un elemento bastante distractor que, por momentos, me alejaba de lo que cada uno de ellos intentaba transmitir.

A pesar de lo mencionado, considero importante resaltar el compromiso de los actores al dar vida a sus monólogos. Entiendo que la experiencia brinda más herramientas para desenvolverse en escena; sin embargo, pese a su entrega, sentí que faltó un poco más de soltura en el escenario para evitar la rigidez que asomaba por momentos.

En conclusión, la obra Amantes Temporales presenta un evidente desbalance entre un texto resaltante, poderoso y que merece ser contado, y la puesta en escena en sí. Me hubiera encantado ver un mayor desarrollo en la propuesta escenográfica, menos elementos distractores y un elenco más relajado sobre el escenario.

Javier Bendezú

22 de junio de 2026

viernes, 19 de junio de 2026

Crítica: MM* (MARÍA MARICÓN)


Un valiente testimonio de vida

En enero del 2025, la cucufatería limeña presionó a la PUCP para cancelar el estreno de María Maricón, porque su afiche presentaba a un homosexual ataviado como una santa católica. No conocían el contenido de la obra. La censuraron por el afiche.

Poco tiempo después, con otro nombre y otro afiche, por fin se estrenó. Grupos religiosos ofendidos rezaron en las afueras del centro cultural.

Han pasado dos años y MM* (María Maricón) ha madurado, como ha madurado Gabriel Cárdenas, su autor, director e intérprete.

Su obra es un testimonio de la vida de ese joven que ama las danzas folklóricas y cree en Dios, pero que ha sido víctima de la violencia homofóbica desde la adolescencia. La obra nos introduce a la simbología de la misa, que es una adoración al cuerpo del hijo de Dios, representado también en las danzas folclóricas, y nos convoca a un rito singular. Creyentes o no, somos parte de ese acto solemne, colorido y potente.

El amor de Gabriel por la danza está presente en toda la obra. Él afirma el concepto del folklore como manifestación andrógina. En diversas danzas peruanas los roles femeninos son representados por hombres.

El simbolismo abre paso a la denuncia como víctima de agresiones por su identidad sexual. Entre ritos y danzas, MM* invita a la reflexión sobre los miedos y los sueños de un artista, pero que corresponden a toda la comunidad LGBT y por ello nos compromete como sociedad.

El protagonista se interroga: “¿Qué podemos esperar de quienes protestan por un afiche pero son capaces de ocultar delitos?” Así visibiliza los ataques, el acoso y la violencia, casi normalizados, que sufren las personas homosexuales con un relato profundamente humano, sin caer en el discurso o la explicación, impropios para la escena.

Lo político no es ajeno a la obra, pues las agresiones son respaldadas por autoridades públicas y privadas que revelan los valores decadentes de una derecha conservadora. La farsa, como antiguo recurso teatral, permite ponerlos en escena para condenarlos con nuestra burla. No obstante, la reiteración de este recurso hace decaer por un momento el buen ritmo de la obra rozando con el panfleto. Felizmente solo es un instante y no afecta al mensaje ni estructura.

En el mes del orgullo LGBT una obra como MM* (María Maricón) resulta necesaria y su calidad merece todo el apoyo que se le pueda brindar. Vayan a verla en la Sala Quilla de Barranco.

David Cárdenas (Pepedavid)

19 de junio de 2026

martes, 16 de junio de 2026

Crítica: MM* (MARÍA MARICÓN)


La fiesta patronal del exceso

Hace poco estuve presente en la función de preestreno de María Maricón, actualmente conocida como MM*. La obra se presenta en Sala Quilla con las actuaciones de Jorge Guerra, Paul Lazo, Wedner Velásquez y Santiago Montoya, además de Gabriel Cárdenas, quien también es el director y productor de la puesta en escena.

Era la primera vez que veía MM* y, la verdad, me pareció una propuesta que desafía las normas tradicionales de género y los prejuicios religiosos con los que hemos crecido. Es sabido que se trata de una apuesta arriesgada que camina sobre la cuerda floja, balanceándose entre la genialidad de su protesta y el riesgo de caer en el egocentrismo artístico.

En cuanto a la dirección, Cárdenas demuestra una gran ambición: maneja con fluidez la composición espacial en este formato reducido, utilizando esa cercanía para incomodar y envolver al espectador. Sin embargo, en su afán por mantener la pieza en constante ebullición, satura el montaje con estímulos que por momentos asfixian las transiciones.

Sabemos que Cárdenas asume la responsabilidad de ser el conductor de esta ceremonia de rebeldía: su entrega física es incuestionable, ya que en esta puesta no solo hay actuación, sino también danza y canto. Sin embargo, al ser una creación con un arraigo testimonial tan profundo, el protagonista parece atrapado en su propia catarsis.

Quienes acompañan al protagonista en el escenario demuestran una gran entrega física; sin embargo, cada uno de ellos maneja un código interpretativo distinto en esta puesta. Es necesario mencionar que para esta temporada se incluyó a Guerra en el elenco, quien aporta una fuerza de atracción innegable; no obstante, su tono de realismo psicológico descarnado y su propio peso mediático terminan por eclipsar y quebrar la homogeneidad coral del grupo.

Asimismo, el hecho de que MM* se desarrolle en Sala Quilla juega totalmente a su favor, dado que se genera un espacio íntimo ideal para el encierro que la historia requiere. De hecho, la proximidad del público con el lado más oscuro y descarnado de los personajes transforma la función en una experiencia puramente emocional y física.

Sin duda, el elemento que más destaca en la puesta en escena es el vestuario. La deconstrucción de los trajes folclóricos y los mantos religiosos para revelar la corporalidad y la disidencia de los personajes está lograda con una factura notable.

Finalmente, tomando todo lo mencionado en cuenta, puedo decir que MM* es una propuesta necesaria en nuestra cartelera local. Si bien tiene toda la furia necesaria para transgredir, siento que todavía tienen cosas por mejorar, pero van por buen camino.

Javier Bendezú

16 de junio de 2026