lunes, 31 de agosto de 2026

Crítica: UNA MUERTE LIGHT


Una muerte divertida

Divertida es la primera palabra que describe esta obra. Dos trabajadores acaban de ser despedidos y no pueden irse sin resolver una situación inesperada: un antiguo compañero acaba de morir en el baño y ellos se sienten involucrados y por ello cometen una serie de torpezas que los enredan cada vez más. Luego, lo que parece resolverse entre ellos se complica al intervenir un tercer personaje: el vigilante de la empresa y su relación con el fallecido y finalmente, la gerenta que acaba de completar la tarea de despedir a más de mil trabajadores para facilitar la absorción de la empresa y con ello ha provocado una protesta incontrolable.

Comedia de enredos a partir de una desgracia es una fórmula efectiva, que Carlos La Rosa, autor y director de la obra, ha sabido utilizar. El escenario minimalista, con algunas cajas de depósito en el suelo, nos enfoca en la situación: lo único que le queda a los despedidos son sus cajas de mudanza. En ellas se encierran sus historias personales de estrés y ansiedad laboral y las cargan con resignación. La desesperación que nos hace reír no es más que la desolación que produce el desempleo, la incertidumbre por el futuro. Todo queda en suspenso hasta que se decida qué hacer con el muerto. El humor negro atravieza la obra de manera efectiva.

La muerte no es motivo de risa sino las conductas absurdas que adoptamos frente a ella. El miedo a las investigaciones, el sentido de culpa, ambos sin fundamento, la oportunidad de convertir la tragedia en una salida a la crisis que representa el despido.

El texto hace varias referencias al teatro, como es común en los grupos en formación actoral y casi siempre es un exceso. En este caso hay una excusa: el difunto ha dejado un juguete que permite que las personas digan lo que no podrían hacerlo naturalmente. La obra desaprovecha las posibilidades que brinda ese personaje animado, que podría desarrollar para otra puesta.

Las actuaciones son aceptables, entre las que destaca Roni Ramírez, que personifica a Manuel, el trabajador que estuvo con el fallecido cuando murió. Su compañero Brian Cano lo sigue atropelladamente. Su dicción defectuosa nos recuerda al gordo Casaretto y cuando se enreda al leer un correo electrónico hace estallar en risa al auditorio y él tampoco puede contener la risa (disculpen el spoiler). Entonces, lo que sería un imperdonable en un drama resulta ser un aliciente para que el público se ría con él y desde allí la obra se afirma como comedia y toma un mayor ritmo.

Con mayor control de sus personajes, los ingresos del vigilante Daniel Cano y la gerenta Valquiria Che-Piú permiten ampliar el enredo de oficina inicial y elevarlo a magnitudes sociales, con mayores elementos.

Una muerte light logra su objetivo: divertir y así es una buena experiencia de La Patriota que augura mejores puestas.

David Cárdenas (Pepedavid)

31 de agosto de 2026 

Crítica: NO ESTOY LOCA

 


¿Y qué si estoy loca?

Tras siete años del estreno de su último musical original, la Asociación Cultural Playbill regresa con No estoy loca, un musical inédito escrito y protagonizado por Anahí de Cárdenas, dirigido por Diego Gargurevich y con letra y música de Rowi Prieto. El resto del elenco lo conforman Andrés Salas, Juan Carlos Rey de Castro, Vanessa Escudero, Vera Pérez-Luna, Junior Baglietto, Miguel Álvarez, Trilce Cavero, Majo Bueno, Raúl Romero y el mismo Rowi en un papel secundario. El Teatro Municipal de Surco, ubicado al interior del ya emblemático Parque de la Amistad, es sede de esta locura musical que busca conquistar a su público abordando el complicado tema de la salud mental desde una mirada cómica, pero a la vez realista. ¿Logra el espectáculo tocar las notas correctas de comicidad y drama, o es que el tema prueba ser demasiado extenso y controversial como para funcionar en el formato propuesto? 

Hablar de No estoy loca es fácil y difícil a la vez. Fácil porque no hay mucho (nada, en realidad que podría “criticar”), pero difícil porque quiero realmente hacerle justicia a toda la labor puesta sobre la página y sobre las tablas. Empecemos por la trama. La historia sigue a Ana, una mujer que después de haberse intentado matar es ingresada al hospital psiquiátrico Amor y Paz, lugar donde conoce a un puñado de personajes que no solo pondrán a prueba la poca cordura que le queda, sino que la ayudarán a descubrir cosas sobre sí misma que jamás pudo haber descubierto sola. A través de canciones alegres, emotivas, catárticas y empoderadoras -a veces todo a la vez-, Ana nos hace partícipes de su viaje personal de sanación, el cual termina de forma climática e inesperada. 

El texto de Anahí brilla desde el primer diálogo. Está escrito de manera económica; cada frase es importante ya que cumple un objetivo específico, y destaca sobre todo por su acertado uso del humor, el cual a pesar de valerse de unas cuantas lisuras, increíblemente nunca llega a caer en lo vulgar. Los momentos más dramáticos conmueven y los chistes aterrizan siempre, y aquí debo de hacer un necesario punto de inflexión. Un texto puede ser muy logrado a nivel dramatúrgico, pero por más gracioso y/o conmovedor que este sea, su efecto requiere -y depende- de la destreza actoral de su elenco, quienes son finalmente sus encargados y portavoces. Afortunadamente, el elenco de esta obra está más que a la altura de la dramaturgia de Anahí, exprimiendo cada texto, haciéndolo suyo, otorgándole peso, ritmo y gracia con una facilidad admirable que no solo denota el gran talento de cada uno, sino el arduo trabajo actoral involucrado. Pero no solo el manejo de texto es bueno; la construcción de personajes a nivel físico y vocal es sumamente divertida, extrema y plenamente interiorizada. Gargurevich aprovecha el código absurdo que propone el texto de Anahí y lo lleva al límite en su dirección de actores, extrayendo de su elenco personajes estrambóticos, chistosísimos y muy particulares que podrían tranquilamente aparecer en una película de Tim Burton. De hecho, Trilce Cavero como la enfermera María parece directamente sacada de Sweeney Todd, musical dirigido por Burton. Menciono al renombrado director norteamericano como referencia porque tal como su cine, esta obra tiene una visión estética muy específica y un look muy cuidado. Apoyándose mucho del color verde, el equipo de vestuario y caracterización liderado por Tito Icochea logra otorgar a los personajes una cualidad visual imposible de no admirar. Incluso en los personajes del ensamble, quienes portan prendas similares, existen decisiones estéticas que los diferencian entre sí (el cabello, una prenda reimaginada, algún detalle que es único de ellos). De la misma forma, la dirección de arte liderada por Bea Chung logra transportarnos de verdad a un sanatorio lúgubre, pero cómico, rodeado por cuervos cuyos esporádicos graznidos aportan al ambiente demencialmente gótico construido. Finalmente, la música compuesta por Rowi Prieto logra conquistarnos con ritmos pegajosos, letras con las que es sencillo identificarse, y melodías que evocan una gama completa de emociones en el público que van desde la melancolía hasta el empoderamiento. Las canciones no solo expanden el universo emocional único de cada personaje, sino que yuxtaponen momentos narrativos cumbre y ayudan a que la trama avance de forma dinámica e interesante. 

Si tuviera que elegir el elemento que más me gustó del montaje creo que sería la destreza con la cual logra intercalar comedia y drama. La risa es inevitable, pero a lo largo de prácticamente todo el texto, camuflado en secuencias musicales, cómicas y también dramáticas, abundan las verdades incómodas sobre las instituciones psiquiátricas, un atisbo a las amistades que pueden surgir al interior de una, reflexiones punzantes sobre salud mental, un comentario social muy importante acerca del suicidio, observaciones sobre la naturaleza verdadera de la locura, meditaciones sobre la convivencia con el dolor, y sobre todo una oda a la resiliencia que demanda el vivir con un trastorno de salud mental. Brindar todo este contenido emocionalmente cargado empaquetado de forma tan vistosa y cómica es algo que hace Disney de forma magistral (los que han visto Intensamente 2 entenderán a lo que me refiero), y lo aplaudo porque ese balance no se suele ver seguido en nuestra cartelera, precisamente por la dificultad que implica conseguirlo.

No estoy loca es, pues, más que una obra: es una celebración del dolor como portal hacia la fortaleza, un recordatorio de la importancia de vivir el presente, y un aplauso al valor que implica pedir ayuda cuando uno no se encuentra bien. Es también un gran ejemplo de lo que sucede cuando todos y cada uno de los componentes que hacen del teatro buen teatro funcionan y trabajan al unísono y al servicio del material, creando así algo que va más allá de un espectáculo: una verdadera y literal obra de arte. Les quedan cuatro funciones más, el 3, 4, 5 y 6 de setiembre. Véanla. Van a reír, van a llorar, y van a salir distintos de como entraron. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

31 de agosto de 2026

domingo, 30 de agosto de 2026

Crítica: LLAMADA MOFA


Entre lo que vemos y lo que queda fuera de escena

Hay algo particularmente interesante en una obra que decide hacer del teatro su propio territorio de exploración. Llamada Mofa, presentada por el Grupo Espacio Libre en el marco de sus 27 años de trayectoria, parte justamente de ese universo: el escenario, sus códigos, sus expectativas y aquello que ocurre cuando la representación deja de responder a lo que estaba previsto.

La propuesta de Karlos López Rentería, bajo la dirección de Diego La Hoz, construye una situación en la que los límites entre ficción y realidad se vuelven progresivamente más permeables. El espectador es invitado a observar no solamente aquello que sucede frente a sus ojos, sino también las relaciones, tensiones y circunstancias que pueden modificar el curso de una función. Es, en cierta medida, una mirada al teatro desde el propio teatro.

Uno de los elementos que atraviesa la experiencia es el humor, utilizado como vía para aproximarse a situaciones que adquieren distintos niveles de tensión. Esta convivencia entre lo cómico y lo conflictivo genera una dinámica particular en la que los personajes deben responder constantemente a circunstancias que escapan de su control. La puesta apuesta así por un movimiento continuo entre diferentes estados, dejando espacio para que el público complete y cuestione aquello que observa.

Más allá de las distintas lecturas que pueda suscitar la obra, resulta importante valorar el hecho de que una agrupación como Espacio Libre continúe generando temporadas y convocando a artistas alrededor de nuevas propuestas. Mantener vivo un proyecto teatral durante 27 años implica una constancia que merece ser reconocida, especialmente en un contexto en el que producir y sostener una temporada supone un esfuerzo considerable. Cada función concretada y cada sala que logra convocar espectadores forman también parte de ese trabajo silencioso que sostiene la actividad teatral.

En ese sentido, Llamada Mofa encuentra uno de sus mayores valores en la posibilidad de propiciar un encuentro entre artistas y espectadores alrededor de una pregunta que el propio teatro parece formularse constantemente: ¿qué ocurre cuando aquello que debía permanecer detrás de escena termina irrumpiendo en nuestra mirada?

Finalmente, desde la experiencia de Oficio Crítico, es importante destacar la disposición del equipo de producción, cuya puntualidad, coordinación y trato amable contribuyeron a una recepción especialmente cordial. El trabajo de una puesta en escena no comienza ni termina con lo que sucede sobre las tablas; también se construye en cada una de las personas que hacen posible que una función ocurra.

Llamada Mofa cuenta con la dirección de Diego La Hoz, la producción del Grupo Espacio Libre y las actuaciones de Sadith Arévalo, Silvana Arditto, Nicolás Audala, Alonso Olazábal, Tahili Sánchez e Ysmael Uriarte, quienes asumen el desafío de sostener esta propuesta y llevarla al encuentro directo con el público.

Tammy Alfaro

30 de agosto de 2026

Crítica: CARTOGRAFÍAS DE UN AMOR LATINOAMERICANO


Amar sin fronteras: el refugio de la nostalgia

Cartografías de un amor latinoamericano es una producción de Liminal Teatro —con el apoyo del Club de Teatro de Lima, Se Logra Producciones y Pacae Café— escrita y dirigida por César Ulloa Cuéllar. Protagonizada por Steven Buendía y Jesús Oro, la obra sigue a dos hombres que exploran el deseo, el amor queer y la nostalgia de estar lejos de casa, mientras intentan construir una relación libre de fronteras físicas y emocionales.

El texto de Ulloa Cuéllar evita el realismo tradicional y se construye con recuerdos, escenas breves y reflexiones metafóricas sobre la migración en Latinoamérica. Su gran acierto es mostrar que migrar no es solo cruzar una frontera, sino quedar emocionalmente desprotegido, convirtiendo al amor entre los protagonistas en su único refugio. Sin embargo, por momentos el lenguaje es demasiado denso y el intento de abarcar tantos problemas sociales opaca la relación principal. Aun así, la obra se mantiene firme gracias a la belleza de sus diálogos.

La química y la fuerza física de los actores son el verdadero motor de la obra. Su trabajo destaca porque construyen una intimidad muy real y muestran la vulnerabilidad de los personajes con respeto, sin caer en clichés o caricaturas sobre el migrante. Va más allá de las palabras: el miedo a la deportación, la nostalgia y la necesidad de afecto se transmiten a través de sus miradas, gestos y un desgaste físico notable.

La dirección acierta al adaptar una historia tan amplia al espacio íntimo del Club de Teatro de Lima. Con pocos recursos, logra transformar el escenario de forma dinámica y mantener un buen ritmo durante toda la obra. Para ello, el trabajo de producción es sobresaliente, sobre todo tratándose de una obra independiente. La escenografía es sencilla y práctica, pero cobra vida gracias a la iluminación y el sonido. El uso de sombras, luces cálidas y frías, junto con los ruidos de ciudad y la música de fondo, crean la atmósfera perfecta sin recargar el escenario.

Finalmente, Cartografías de un amor latinoamericano es una obra que vale la pena ver. Aunque el texto puede reducir sus excesos poéticos, la puesta triunfa al ofrecer un retrato honesto, conmovedor y esperanzador sobre el derecho a amar y encontrar un hogar en una Latinoamérica dividida.

Javier Bendezú

30 de agosto de 2026

Crítica: II FESTIVAL CORAZÓN ABIERTO


Donde los cuerpos disidentes se vuelven protagonistas

Hay algo profundamente político en abrir una sala y permitir que ciertos cuerpos, ciertas voces y ciertas historias dejen de pedir permiso para existir. Sala Quilla se convierte, durante el II Festival Corazón Abierto, en un territorio de pertenencia, resistencia y disidencia, un espacio que no solamente recibe tres obras, sino que hace lugar a una comunidad históricamente desplazada hacia los márgenes de la representación. El teatro, tantas veces ocupado por miradas ajenas sobre lo queer, aquí decide devolverle el centro a quienes han sido narrados desde afuera.

Gestado por Juan Velasco y Andrew Taype, Corazón Abierto nace de una necesidad que todavía resulta urgente: reclamar espacios de representación para la comunidad TLGBIQ+, cuyas existencias han sido reducidas con demasiada frecuencia al estereotipo, a la tragedia, al personaje secundario o a la condición de objeto de deseo. Frente a ello, el festival propone algo elemental y, precisamente por eso, radical: que sean los propios creadores de la comunidad quienes escriban, dirigan y encarnen sus historias. Tres obras, tres aproximaciones distintas a lo disidente y una misma pulsión por hacer del escenario un lugar donde estas vidas puedan mirarse sin traducirse para nadie.

La primera pieza, ¿Te volveré a ver?, escrita por Luciano Perochena y dirigida por Germán Díaz, se instala en el territorio de la tragicomedia realista para observar una relación queer atravesada por el desgaste, la pérdida y ese último intento casi desesperado de salvar un vínculo que ya parece roto. Renito Morales Bermúdez y Samir Sayac, sostienen una dinámica escénica que se construye desde la intimidad, pero que encuentra en la dirección de Díaz una dimensión mucho más amplia.

Resulta particularmente estimulante la apuesta de Díaz por una narrativa de resonancias audiovisuales, donde la música, la iluminación y la composición de los cuerpos construyen una gramática que excede la palabra. La obra parece dialogar con una sensibilidad heredera de Love - La obra, no tanto por reproducir una estética determinada, sino por la manera en que convierte la banda sonora en una extensión emocional de aquello que los personajes no consiguen verbalizar. La luz deja de ser un elemento meramente funcional y empieza a esculpir los cuerpos queer, a hacerlos visibles, deseables, vulnerables. Hay una voluntad de mirar aquello que todavía incomoda cuando aparece sin pedir disculpas. Y quizá allí radique uno de los gestos más interesantes del montaje: no esconder lo queer dentro del escenario, sino permitir que ocupe toda su superficie.

Luego aparece Amores (Ale)torios, escrita por Chiara Rodríguez Marquina y dirigida por Estrella Páucar, una comedia de enredos protagonizada por Sol Gonzales y Gada Perales que se introduce en uno de los grandes dispositivos afectivos de nuestra contemporaneidad: las aplicaciones de citas. Tinder, los algoritmos, el deseo convertido en interfaz y la promesa absurda de que un movimiento de dedo puede acercarnos al amor.

La pieza consigue llevar este universo tecnológico hacia una experiencia reconocible y cotidiana, pero lo verdaderamente significativo radica en quiénes ocupan ese territorio afectivo. Durante demasiado tiempo, las narrativas lésbicas y sáficas han permanecido relegadas incluso dentro de las propias representaciones de la diversidad sexual. Por eso resulta necesario y todavía subversivo encontrar personajes femeninos queer que no estén construidos únicamente desde el sufrimiento, la marginalidad o la tragedia. Aquí hay mujeres que desean, que se equivocan, que buscan, que coquetean y que también pueden ser ridículas en nombre del amor.

En un contexto teatral peruano donde la representación de las experiencias lésbicas continúa siendo escasa, Amores (Ale)atorios abre una grieta importante: la posibilidad de pensar lo femenino queer desde otros lugares, particularmente desde el humor. Porque también hay algo profundamente político en permitir que una mujer que siente atracción por otra mujer pueda ser simplemente humana sobre un escenario: imperfecta, divertida, contradictoria, enamorada. No todo cuerpo disidente tiene que sufrir para justificar su presencia.

Finalmente aparece ContrActual, escrita por Marden y dirigida por José Carlos Goytizolo. Una pieza que se vale del humor, la fantasía y la metateatralidad para enfrentarse al determinismo afectivo: dos letras destinadas a amarse que, desde esa premisa aparentemente ingenua, terminan construyendo una alegoría sobre la identidad, la aceptación y el amor propio. Eduardo Pinillos y Numa Quintana encarnan este universo con una energía que encuentra su mayor potencia en la aparente sencillez de la propuesta.

ContrActual es idílica y grandiosa. No porque necesite levantar un universo espectacular para sostenerse, sino porque consigue algo mucho más complejo: cautivar desde la inocencia. La fantasía funciona como una puerta de entrada hacia discursos que podrían resultar solemnes si fueran abordados desde una lógica exclusivamente reivindicativa. Aquí, en cambio, la disidencia juega, imagina y se permite ser luminosa.

Hay, además, una particular complejidad en el trabajo de Pinillos y Quintana. Ambos construyen una relación que no se queda en la superficie de la alegoría, sino que encuentra momentos de verdadera organicidad y verdad escénica. Sus cuerpos, sus pausas, sus miradas y, sobre todo, el manejo del timing producen una dinámica que sostiene el juego metateatral sin dejar que la ficción se desarme. El humor aparece entonces no como un simple recurso para provocar la risa, sino como una herramienta para desmontar aquello que parecía inevitable: quién debe amar a quién, cómo debe hacerlo y bajo qué reglas.

Las tres obras de Corazón Abierto no son homogéneas y qué bueno que no lo sean. Una mira hacia el desgaste amoroso, otra hacia el deseo atravesado por la tecnología y otra hacia la fantasía como posibilidad de emancipación. Sus lenguajes también difieren: realismo, comedia de enredos, metateatro. Sin embargo, las atraviesa una misma necesidad: hacer del escenario un lugar donde la experiencia queer no tenga que justificarse para ser representada.

Y quizá allí reside la verdadera potencia del festival. No en presentar obras sobre la comunidad TLGBIQ+, sino en permitir que la comunidad produzca sus propias imágenes, construya sus propios relatos y decida cómo quiere ser mirada. Porque ocupar un escenario también es disputar el derecho a imaginarse.

Corazón Abierto abre, entonces, algo más que las puertas de una sala. Abre un territorio. Uno donde los cuerpos disidentes no aparecen como excepción, como tragedia o como nota al pie, sino como protagonistas de sus propias ficciones. Y en un teatro que todavía necesita ampliar desesperadamente aquello que considera digno de ser contado, abrir ese espacio no es un gesto menor: es una forma de resistencia.

Juan Pablo Rueda

30 de agosto de 2026

jueves, 27 de agosto de 2026

Crítica: AHÍ


El juego de la espontaneidad y la complicidad en escena

Ahí – lectura performática para 6 actores es una experiencia interesante de observar. Parte con la premisa de ser un juego teatral que pueda ser realizado por absolutamente cualquier persona. Diseñada por Bel Eiff en Buenos Aires y traída al medio local bajo la dirección de Isabel Chappell y Laura Delgado, la pieza parte de la premisa de ser un juego teatral diseñado para ser activado por cualquier persona, donde ni el elenco ni el espectador conocen de antemano el rumbo que tomará la noche.

A lo largo de veinticinco minutos, seis performers ocupan una mesa larga provistos únicamente de hojas de papel y retos secretos. Lo que se despliega ante los ojos del espectador es un ejercicio de instinto puro y respuesta inmediata. La disposición del espacio y la cercanía espacial convierten al público en una especie de observador participante, generando la sensación de ser testigos de una reunión social a través de una lupa, reconociendo un espacio de indagación sobre las dinámicas de la convivencia humana, la camaradería y la complicidad.

Ahí radica, justamente, el atractivo de la propuesta. En su rechazo a las estructuras dramáticas tradicionales para dar paso a la espontaneidad pura en tiempo real. Más que una obra convencional, la puesta funciona como un dispositivo performativo sobre el valor del presente y el juego colectivo. ahí ofrece una experiencia ligera, curiosa y profundamente honesta que apela a la frescura de lo imprevisto, recordando que a veces el teatro también puede ser el reflejo sin filtros de una reunión de amigos elevada a la categoría de evento escénico.

Daniela Ortega

27 de agosto de 2026

lunes, 24 de agosto de 2026

Crítica: YO ME QUERÍA MORIR ANTES QUE TÚ


Importante en su fondo, tibio en su forma

Fui a Campo Abierto para ver Yo me quería morir antes que tú, obra escrita por Magalí Meliá, dirigida por Nazira Atala Kahatt, interpretada por Jennifer Gorriti, Luisa María Tafur y Luis Jesús, y producida por Sie7e Preguntas.

Yo me quería morir antes que tú aborda la violencia de género, el duelo y los mandatos patriarcales desde una premisa sensible y cruda. Sin embargo, tropieza en su estrategia narrativa: al recurrir al dato explicativo y a la exposición didáctica de las red flags, el diálogo abandona la poesía de lo no dicho, reduciendo la tragedia humana a un simple estudio de caso.

Atala Kahatt es una buena directora; sin embargo, en este caso no logró una progresión que asfixiara gradualmente la sala. Las interpretaciones se estancaron en una meseta donde las escenas se sucedían sin contraste ni peligro. Faltó una mano firme que dosificara las pausas, potenciara los silencios y convirtiera la proximidad del espacio en una tensión implosiva; sin una atmósfera bien construida, la tragedia pierde inminencia y se vuelve predecible.

Aunque Gorriti y Tafur logran momentos de entrañable complicidad que sostienen la ternura del vínculo fraternal, su aproximación al sufrimiento decae en el exceso. La representación del dolor habría ganado en impacto si se hubiese trabajado desde la contención y la fractura interna, en lugar de recurrir a una saturación expresiva que desborda la escena sin profundizar en la herida.

Por su parte, el trabajo de Jesús trastabilla al intentar representar la violencia, reduciéndola a un mero boceto. Al no profundizar en los matices de la manipulación ni en la perversidad de lo cotidiano, la figura del opresor pierde densidad psicológica; sin una amenaza tangible y creíble en escena, la dinámica de sometimiento se diluye y la sensación de peligro real desaparece.

Si hablamos de la producción, las interpretaciones musicales a cargo de Pamela Llosa resaltaron notablemente en la obra, sobre todo al enmarcar la atmósfera de extrañamiento y nostalgia, funcionando como un ancla emocional cuando la escena amenaza con estancarse.

El diseño de iluminación fue bastante austero, al igual que la propuesta escenográfica. Si bien el espacio de Campo Abierto ofrece una cercanía física privilegiada que debió propiciar la inmersión del público, la puesta desaprovechó esta intimidad. Al no existir un trabajo de luces que moldeara las atmósferas ni acentuara las tensiones, la proximidad se diluyó y el relato terminó sintiéndose distante.

Finalmente, surge la pregunta de rigor: ¿vale la pena ver esta obra? Respondería que sí, sobre todo para quienes buscan una propuesta que aborde la memoria y la denuncia social, especialmente sostenido por la fuerza inevitable de su temática.

Javier Bendezú

24 de agosto de 2026

sábado, 22 de agosto de 2026

Crítica: PRIMA FACIE


La violencia de tener que demostrar la verdad

La gran Prima Facie de Suzie Miller llega a Lima en Teatro La Plaza, bajo la dirección de Juan Carlos Fisher y con Wendy Vásquez Larraín como protagonista, en una puesta que convierte el escenario en un campo de combate verbal. Aquí no hay una conferencia complaciente ni una exposición jurídica sobre la violencia: hay una mujer intentando sostener su propia verdad mientras el mismo sistema que alguna vez dominó comienza a devorarla. La obra se instala desde una dramaturgia de denuncia que encuentra en la palabra su principal arma y, también, su espacio de destrucción.

Tessa se presenta desde un aire performático como abogada que conoce las reglas del juego. Las domina, las utiliza y ha construido su éxito dentro de ellas. Por eso resulta tan potente observar cómo aquella mujer audaz, voraz y aparentemente invencible comienza a ser despojada progresivamente de las certezas que la sostenían. Prima Facie no plantea únicamente la violencia ejercida sobre una mujer, sino la violencia de obligarla a demostrar aquello que ha vivido. El tono de denuncia se convierte entonces en otro juicio: esta vez contra ella misma.

Vásquez Larraín asume el texto desde una vehemencia escénica que no permite que el discurso permanezca estático, logrando brindar una conferencia performática voraz de inicio a fin. Su interpretación posee una fuerza progresiva: comienza desde el dominio, desde la seguridad de quien conoce perfectamente el terreno que pisa, y poco a poco ese territorio comienza a fracturarse. El combate verbal se transforma en combate corporal, psicológico y emocional. La palabra deja de ser una herramienta de poder para convertirse en aquello que la confronta.

Y es precisamente ahí donde la puesta encuentra una de sus mayores potencias: la destrucción del textocentrismo. Aunque la palabra ocupa un lugar central, Fisher no permite que el espectáculo dependa únicamente de ella. El cuerpo, las pausas, la iluminación y la espacialidad construyen una narración paralela. El diseño de luces realizado por Marvin Calle no solamente acompaña la escena, sino que produce una textura de violencia que atraviesa estéticamente el cuerpo de la protagonista. La iluminación parece observarla, perseguirla y, en determinados momentos, exponerla. Aquí el diseño se convierte en un lenguaje contemporáneo que devora y se vuelve una experiencia narrativa dentro del Teatro La Plaza.

La dramaturgia de Miller trabaja desde una especie de antiacción: aparentemente no ocurre demasiado fuera del discurso, pero dentro de él ocurre todo. La progresión no depende de grandes acontecimientos, sino de la transformación de una mujer frente a aquello que comienza a desestabilizarla. El escenario se convierte entonces en una especie de confesionario, tribunal y campo de batalla al mismo tiempo. Tessa habla, recuerda, reconstruye y, sobre todo, intenta comprender cómo la realidad que conocía puede volverse contra ella.

Hay algo profundamente incómodo en observar cómo la duda comienza a instalarse en su propia percepción. Aquella mujer que durante años fue capaz de interrogar, argumentar y desmontar los relatos de otros termina enfrentándose a la posibilidad de que su propia historia sea puesta en duda. Y allí aparece una de las preguntas más violentas de la obra: ¿qué ocurre cuando una mujer deja de confiar incluso en la versión de sí misma que ha construido?

Prima Facie también permite observar cómo el patriarcado no necesita presentarse siempre como una figura masculina evidente. Puede aparecer en los mecanismos, en las instituciones, en el lenguaje y, sobre todo, en la manera en que las propias mujeres pueden terminar reproduciendo estructuras que cuestionan a otras mujeres. La feminidad aparece aquí atravesada por una civilización que históricamente ha construido formas específicas de mirar, juzgar y destruir a las mujeres.

La referencia a Shakespeare resulta particularmente sugerente, porque la obra parece recuperar aquella tradición de mujeres llevadas al límite por estructuras de poder para trasladarla a una contemporaneidad donde el escenario ya no necesita una tragedia clásica para producir violencia. El esperpento aparece desde otra dimensión: en la deformación de una realidad que, cuanto más intenta ser racional, más absurda y brutal termina resultando.

Y quizá esa sea la mayor fuerza de Prima Facie: no mostrarnos una víctima, sino introducirnos en su fractura. Una dirección que devora y confronta una Lima teatral atravesada por el patriarcado. Eso es Prima Facie: voracidad absoluta. Y en las manos de Vásquez Larraín, esa voracidad se vuelve cuerpo, voz y combate.

Juan Pablo Rueda

22 de agosto de 2026


Crítica: ALGO DE RUIDO HACE


El estatismo de un ruido latente

Pareciera que Algo de ruido hace de Romina Paula es uno de los textos más provocadores y liberadores dentro de la dramaturgia latinoamericana. A pesar de haberse estrenado y de llevar en el panorama teatral más de una década, la obra continúa siendo vigente para el teatro contemporáneo actual y llega a Lima bajo la dirección de Manuel Alegría en el Teatro Lucía, con un elenco particular que sostiene el texto desde un hacer orgánico, conformado por Luis Baca, Daniel Cano y Valquiria Huerta.

El texto se posiciona desde una dramaturgia estática donde prima la imaginación sobre el ruido. Los personajes habitan dentro de una casa hostil, donde un hecho ha marcado el silencio de quienes viven en ella, y resulta interesante cómo, al llegar una visita, existe una contraposición con la realidad que habita dentro de este hogar. Es decir, la textura del personaje que ingresa a la casa delimita el conflicto inicial de la propuesta textual. La llegada de un cuerpo externo altera aquello que parecía permanecer suspendido y permite que emerjan, poco a poco, las tensiones que ya estaban instaladas dentro del espacio.

La mirada de Alegría resulta pertinente en todos los sentidos, debido a que nos remueve y logra mantener este estatismo que viven los personajes, como si por un momento estuviéramos observando aquellos textos del absurdo donde el diálogo limita la progresión de la acción y donde prima la absurdidad de los personajes, casi como en Esperando a Godot de Samuel Beckett. Al introducir el tiempo, la casa como referencia metafórica y la pausa como una herramienta estática, se observa un estatismo que no necesariamente significa inmovilidad, sino una forma distinta de hacer avanzar la escena. Aquí el conflicto no necesita explotar para existir: permanece contenido, respirando debajo de cada silencio.

De igual manera, existe una lucha de poderes permanente donde se visualizan características muy particulares del teatro latinoamericano de la dramaturga Griselda Gambaro, donde los códigos teatrales funcionan desde el rol de la víctima y el victimario. La fuerza que tienen los personajes para contradecir y oponerse al otro es realmente potente. El elenco seleccionado encuentra habitar el texto de Paula desde una actuación realista pertinente, donde prima lo genuino y lo orgánico: Huerta destaca desde una presencia escénica que libera el espacio, Baca sostiene un perfil verosímil que habita la cotidianidad del conflicto y Cano desarrolla un personaje contenido, cuya vehemencia se desprende de una tensión interna que se manifiesta en cada una de sus intervenciones. No pareciera existir una necesidad de demostrar el conflicto, sino de permitir que este se filtre en los cuerpos, en las miradas, en las pausas y en aquello que los personajes deciden no decir.

Resulta interesante observar cómo, mediante la escenografía y la iluminación, la obra cobra mayor sentido desde el diseño de arte, puesto que este es introducido como un lenguaje escénico más de la obra. La casa deja de ser únicamente un espacio físico para convertirse en una extensión de los personajes: un lugar que contiene, encierra y, al mismo tiempo, expone aquello que ellos intentan ocultar. La iluminación acompaña esta dimensión y permite construir una atmósfera donde la cotidianidad adquiere una textura extraña, casi incómoda. No estamos frente a un espacio que simplemente contextualiza la acción, sino frente a uno que participa de ella.

Y quizá ahí radica una de las mayores potencias de la propuesta: en comprender que el ruido no necesariamente tiene que ser estruendoso. A veces el ruido aparece justamente cuando nada sucede. En el silencio prolongado, en una mirada que se sostiene demasiado, en una pausa que incomoda o en un personaje que permanece dentro de una habitación cuando sabemos que debería salir. Algo de ruido hace parece construir su universo desde esa contradicción: hacer ruido desde aquello que permanece callado.

La vigencia del texto de Romina Paula también parece encontrarse allí. En una época donde muchas veces el teatro busca producir constantemente acontecimientos, imágenes o estímulos, la obra permite detenerse y observar qué ocurre cuando la acción se dilata, cuando los personajes no resuelven y cuando el conflicto permanece suspendido. Alegría no intenta acelerar esa experiencia, sino abrazar su incomodidad y permitir que el espectador permanezca dentro de ella.

Algo de ruido hace no busca entregarnos respuestas inmediatas, sino obligarnos a mirar aquello que permanece debajo de la superficie. Quizás por eso su ruido resulta tan potente: porque cuando finalmente aparece, entendemos que siempre estuvo ahí. Necesaria, incómoda y profundamente silenciosa, una obra que no grita para ser escuchada: hace ruido desde aquello que oculta.

Juan Pablo Rueda

22 de agosto de 2026

lunes, 17 de agosto de 2026

Crítica: NOCHES DE ARABIA


La magia de la lámpara

Una película rueda ante mis ojos, pero es a tiempo real, en vivo. La sensación de estar en el cine es algo particular al observar las acciones de Noches de Arabia. Los visuales apoyan en este sentido, generando una escenografía cambiante, con colores dinámicos y vívidos, permitiendo al cerebro diseñar escenas cinematográficas.

Aladín y la lámpara maravillosa es un clásico del arte; llevarlo a escena siempre va a significar un reto. Por un lado, la musicalidad estuvo adecuada, pero algunos arreglos de volúmenes estarían mejor para entender lo que los personajes dicen con más facilidad mientras cantan, algunos dispares en volumen debido al uso de micros en algunos casos y voz a capella en otros, desafinaba por momentos.

En cuanto a la actuación considero que todavía se tiene que explorar un poco más las relaciones de los personajes y la acción teatral, la interacción aún está muy puesta, no quiere decir que sea un mal trabajo, al contrario, hay muchas posibilidades de mejorar y de llegar a un gran espectáculo, es importante siempre tener al cielo como límite, para que nuestras aspiraciones sean grandes.

Trabajos a nombrar en actuación serían las del niño y el genio; por un lado, un niño con una plasticidad muy causal, aun permaneciendo en el estado del juego que necesita el teatro, pero parecía por momentos ir a otro ritmo, no terminaba de encajar con los otros personajes. Sin embargo, su soltura y el trabajo de la voz estuvieron muy correctos, aparte de generar una sensación de ternura, esa sensación que te hace perderte entre la realidad y la ficción, cuando descubres que no estás pensando en nada más que en el acontecimiento artístico. Por otro lado, el genio manejaba un buen tiempo de improvisación, con diálogos fluidos y salidas muy ingeniosas, a parte el ritmo de sus textos generaba expectativa y una sensación de interés.

Las bailarinas aportaban belleza y presencia, pero la voz aún faltaba un poco de trabajo, era extraño escuchar a la princesa con micro y a sus doncellas sin micro, se generaba un desbalance en el oído, que desconectaba un poco del tiempo de la obra. No obstante, manejaron bien sus desplazamientos y sus transformaciones, como el caso particular de la alfombra, que adquiría mucha más presencia al convertirse en un ser mágico, buen cambio de energía y docilidad del carácter.

La música me gustó, me traslado a un espacio de ficción, las canciones provocaban algo en cada uno de nosotros, recordábamos, añorábamos un momento, el teatro te hace viajar en el tiempo, te otorga sensaciones, esta obra me causo mucho, alegría, sorpresa, curiosidad, lejanía, sueños, ilusión…

Moises Aurazo

17 de agosto de 2026