El cuerpo como vehículo de la memoria
Hace poco estuve en el auditorio del Teatro Británico para ver Cáscaras, la obra escrita por Eduardo Adrianzén, dirigida y coprotagonizada por Giovanni Arce junto a Rodrigo Chávez, y producida por el colectivo Dilectos Teatreros.
Cáscaras se presenta como un tríptico de ciencia ficción, drama psicológico y memoria histórica. La obra se compone de tres piezas independientes de aproximadamente 30 minutos cada una (Capón, Tres dedos y Cleopatra y Chechezade) en las que, si bien se abordan diversos temas, la noción del tiempo y la del cuerpo humano son transversales.
En cuanto a la dramaturgia, sabemos que la pluma de Adrianzén destaca por su agudeza para formular preguntas e invitarnos a reflexionar sobre diversos temas. Cáscaras cumple con esta premisa al presentar tres historias distintas, cada una más interesante que la anterior, entre las cuales la tercera es la más lograda en términos dramáticos, pues el texto adquiere un peso emocional orgánico y desgarrador.
Si bien se presentan tres historias diversas, la propuesta enfrenta el reto de la disparidad. La premisa del cuerpo como “cáscara” se siente por momentos forzada, lo que hace que la primera historia funcione como un ejercicio conceptual distante en comparación con el impacto cercano y emotivo de la última.
Al hablar de dirección sabemos que Arce, como director y actor de esta obra, evidencia un gran reto asumido. Él logra que cada una de las tres piezas mantenga un ritmo único y una atmósfera bastante particular, marcando una clara distancia entre ellas.
Sin embargo, es sabido que dirigir y actuar en un mismo montaje entraña sus riesgos. Si bien la puesta en escena se sostiene gracias a un fluir constante, en algunas transiciones se echa de menos una dirección más firme que ajuste el ritmo y dinamice los pasajes donde el texto pesa más que la acción.
Sobre el trabajo de los actores, el peso recae sobre el dúo conformado por Arce y Chávez, quienes deben transformarse radicalmente tres veces consecutivas. Lo mejor de su trabajo fue la entrega física y emocional, el cambio de piel que exigen los personajes a través del tiempo y las épocas es notable. Si bien Chávez ha demostrado una gran flexibilidad interpretativa, destacando en el choque psicológico de Tres dedos, Arce brilla especialmente en la pieza final donde la complicidad entre ambos actores alcanza su punto más alto, construyendo una interacción honesta y desprovista de artificios.
A pesar de esto, el punto débil ha sido la primera pieza, ya que la caracterización inicial bordea por momentos cierto tono mecánico o formal que resta naturalidad a las interacciones, un detalle que se va puliendo a medida que avanza la función y los actores entran en terrenos de mayor vulnerabilidad.
Es necesario mencionar que el trabajo realizado por Dilectos Teatreros en cuanto a la producción ha sido bastante bueno. El diseño de iluminación puede ser considerado como un protagonista adicional, considerándose como un punto positivo; algunos elementos de la utilería se perciben excesivamente funcionales, perdiendo la oportunidad de profundizar estéticamente en el universo futurista de la primera historia, que requería una atmósfera visual más inmersiva para terminar de convencer.
Entonces, después de haber realizado estos comentarios, puedo decir que Cáscaras es una propuesta sincera y valiente que llama a la reflexión. Si bien la estructura fragmentada hace que cada una de las historias no brillen con la misma intensidad emocional, la historia final fue mi favorita.
Espero que puedan verla y así poder leer sus comentarios. La recomiendo muchísimo.
Javier Bendezú
9 de agosto de 2026



.jpg)
.png)




