miércoles, 21 de octubre de 2026

Crítica: CASA DE MUÑECAS


Una casa que no se sostiene, una muñeca que no termina de despertar.

Casa de muñecas, de Henrik Ibsen, es uno de esos clásicos teatrales cuya vigencia no depende únicamente de la historia que cuenta, sino de las preguntas que deja abiertas sobre la libertad, la identidad y las estructuras que convierten a una persona en propiedad de otra. Bajo la dirección de Sebastián Cafferata, la propuesta de Ciempies Producciones traslada este universo a un contexto contemporáneo, con una Nora que, aun cuando parece haber alcanzado cierta estabilidad profesional y afectiva, empieza a reconocer que la vida que lleva no necesariamente es la que desea. Sin embargo, las posibilidades de esta actualización se debilitan cuando la puesta en escena no consigue articular con claridad sus conflictos, ni sostener la tensión que debería conducir a su protagonista hacia la ruptura.

El espacio se organiza mediante dos zonas diferenciadas por la iluminación: un tocador acompañado de un mueble elegante y una banca al otro lado. La disposición ofrece un punto de partida para construir un universo íntimo, donde lo profesional y lo personal puedan revelar las relaciones de poder que atraviesan a los personajes. También resulta interesante la decisión de aprovechar el espacio más allá del escenario e incorporar el área del público. No obstante, este recurso aparece de manera aislada. Una exploración más constante del espacio habría podido reforzar la cercanía con los espectadores y, sobre todo, la sensación de que el conflicto de Nora no se limita a las paredes de una casa, sino que responde a una estructura que la excede.

La adaptación plantea una Nora cuya carrera artística parece avanzar gracias al esfuerzo sostenido y a una profesión que su padre le impuso, aunque ese desarrollo no se traduzca en satisfacción personal. A esta herencia se suma la relación con Torvaldo, quien reproduce, desde otro vínculo, una dinámica en la que ella parece ocupar el lugar de una muñeca: alguien a quien se dirige, se corrige y se dispone según las necesidades ajenas. La premisa contiene una tensión sugerente: ¿qué ocurre cuando una mujer descubre que aquello que ha aprendido a hacer bien no es necesariamente lo que quiere hacer con su vida? El problema es que la obra dispersa esta pregunta entre información, personajes y conflictos que no siempre encuentran una función dramática reconocible. Algunas relaciones quedan poco desarrolladas y ciertos acontecimientos aparecen sin suficiente preparación, por lo que seguir el recorrido de Nora exige completar conexiones que la puesta no termina de hacer visibles.

Esta falta de claridad también afecta la construcción de los personajes. En el caso de Nora, interpretada por Alessia Small, cuesta percibir una transformación interna progresiva. La actuación se mantiene en un registro relativamente uniforme, con pocas variaciones de intención y transiciones emocionales que no terminan de sentirse orgánicas. Por momentos, las emociones parecen presentarse como un resultado que debe comunicarse, antes que como una consecuencia inevitable de lo que la protagonista está atravesando. Henry Nugent, como Torvaldo, recurre a una expresividad facial y vocal muy marcada que, lejos de profundizar el personaje, termina por evidenciar el esfuerzo interpretativo. La exageración no encuentra nunca un correlato en la situación dramática, y la relación entre ambos carece de una química escénica que permita comprender cómo se ha sostenido ese vínculo y qué mantiene a Nora dentro de él.

El problema no reside en que los personajes deban agradar ni en que sus relaciones tengan que resultar saludables. Una pareja conflictiva puede ser profundamente convincente en escena. Lo necesario es que sus comportamientos respondan a objetivos reconocibles y que las tensiones se acumulen con suficiente precisión. Aquí, en cambio, la actuación y la dirección no siempre permiten distinguir qué buscan los personajes en cada encuentro ni cómo cambia su relación a partir de lo sucedido. Los desplazamientos y las caminatas, particularmente dentro de un código de actuación que parece apostar por el realismo, tampoco encuentran una motivación legible. Si existe una lógica detrás de estas decisiones, no termina de traducirse en una experiencia clara para el espectador.

La dramaturgia incorpora, además, situaciones humorísticas que parecen diseñadas para aliviar la tensión o producir complicidad con el público. Algunas podrían funcionar dentro de la propuesta, pero dependen de un ritmo, una escucha y una espontaneidad que no terminan de aparecer. Los intérpretes parecen demasiado pendientes del siguiente momento del texto, y los tropiezos con las líneas, sumados a problemas de volumen y a la disparidad entre los registros actorales, interrumpen la continuidad de las escenas. La iluminación, por su parte, se apoya en cambios reiterados que resultan planos y poco expresivos, mientras que el vestuario no establece con suficiente claridad la identidad de los personajes ni acompaña una evolución visible de sus circunstancias.

Dentro de este conjunto, la presencia de Ana Lucía Burga destaca por una frescura y una elegancia escénicas que encajan con su personaje. Aunque su participación es breve, logra imprimirle una cualidad propia y una naturalidad que contrasta con la rigidez presente en otros momentos del montaje. Es un aporte puntual, pero significativo, porque permite entrever la vitalidad que la propuesta podría alcanzar si sus elementos trabajaran con mayor coherencia. Sobre todo porque, como sabemos, en el teatro la energía se comparte, es su presencia que me hizo notar cierta chispa e impulso en los demás personajes cuando interactuaban entre ellos.

La escena final concentra, quizá, la dificultad más importante de la puesta. Después de que Torvaldo grita, insulta y agrede físicamente a Nora, ella decide hablar con él y él acepta sentarse mientras ella permanece de pie. La violencia debería modificar de manera irreversible las condiciones del encuentro: no necesariamente porque deba conducir a una única reacción posible, sino porque el cuerpo, la palabra y la confianza ya han sido atravesados por una experiencia límite. Sin embargo, la escena no consigue sostener suficientemente las consecuencias de lo ocurrido. La transición hacia la conversación se siente abrupta y debilita la tensión acumulada, como si el montaje quisiera alcanzar su desenlace sin concederle al conflicto el tiempo necesario para transformarse. Así, la decisión de Nora de abandonar su vida anterior pierde parte de la fuerza que podría tener.

La producción deja entrever una premisa valiosa y algunas posibilidades espaciales e interpretativas, pero estas no llegan a articularse en una experiencia escénica consistente. Una obra como Casa de muñecas no necesita reproducir intactas las formas de su época para conservar su potencia; necesita comprender qué sostiene su conflicto y encontrar una forma propia de hacerlo visible en el presente. En esta versión, la libertad de Nora se anuncia con mayor claridad de la que llega a construirse. Y cuando el camino hacia una decisión trascendental resulta confuso, la ruptura final corre el riesgo de sentirse menos como una conquista que como una salida apresurada.

Al cerrar la puerta, Nora tendría que dejar resonando una pregunta. En esta ocasión, lo que permanece es la impresión de una historia con posibilidades que no terminan de encontrar su forma.

Naomi Noblecilla

21 de octubre de 2026

Crítica: LO NUNCA VISTO


Reír para no detener el tiempo

¿Qué hacemos con aquello a lo que no podemos volver? ¿Nos aferramos, lo negamos o lo convertimos en escena? Lo nunca visto, del dramaturgo español José Troncoso, apuesta por lo tercero, y Fiorella Pennano elige este texto para su debut en la dirección.

La premisa nos sitúa frente a Araceli (Kareen Spano), una maestra de ballet que se niega a aceptar el retiro y convoca a sus antiguas alumnas para montar un espectáculo irrepetible que rescate lo que queda de su academia. Al llamado solo responden Maricarmen (Claudia Bérninzon) y Sofía (Tamara Jhiareth). Lo que pretendía ser la gran obra de la maestra se desvía inevitablemente hacia las heridas de cada una, habitando un universo donde el absurdo y la farsa convergen. El texto exige que la risa y la vulnerabilidad convivan sin estorbarse, y Pennano lo consigue. Las repeticiones en el texto funcionan como mantras que delatan la angustia de que el tiempo pase y no cure nada.

La autoridad de Spano habita en el cuerpo de Araceli, que va sostenido por un bastón; desde esa corporalidad marca el pulso de la función y regula la intensidad de la escena. Verla sostener aquella energía es un disfrute absoluto.

Por su parte, Bérninzon demuestra un dominio absoluto de la comedia. Le basta un gesto o la propia respiración para detonar la risa en la sala, pero su mayor acierto reside en cómo habita el dolor. Cuando expone el episodio más devastador de su vida, el montaje alcanza su punto más alto. También debe destacarse la iluminación, que permite proyectar un teatro de sombras donde las siluetas caricaturescas parecen burlarse de la tragedia relatada, mientras el recurso audiovisual le otorga una carga testimonial desoladora. Es una gran muestra de cómo todos los recursos se unen para ofrecer un momento potente y completamente cohesionado.

Las tres intérpretes y la dirección logran articular una propuesta que divierte y conmueve. Pennano firma un debut prometedor, demostrando que, a veces, la mejor respuesta al paso del tiempo es una carcajada con un nudo en la garganta.

Daniela Ortega

21 de octubre de 2026

Crítica: FEDRA


En la era de la posverdad

Actualmente, vivimos en la era de la posverdad. Eso es lo que denuncia Fedra, en esta versión adaptada a nuestros días. Bajo la dirección de Jorge Robinet y adaptada por Gonzalo Rodríguez Risco y Marcela Cossíos, el personaje de Fedra (interpretada por Alexandra Graña) es una influencer que se dedica a “destapar la verdad” en sus transmisiones en vivo. A Graña le acompañan en escena Gonzalo Molina, José Miguel Argüelles, Monica Ross y María Rubio Arregui.

La propuesta ofrece una adaptación interesante hacia la contemporaneidad. En escena, Graña entrega un trabajo actoral fenomenal, lo mejor de la noche. Su presencia impone y su quiebre dramático se ve brillantemente sostenido, logrando mantener su figura de autoridad, pero derrumbada por dentro. A su trabajo, le sigue de cerca Ross, quien encarna perfectamente a Laura, la prometida de Christian (Argüelles). Fue bastante orgánica, y transmitió aquella indignación y dolor al descubrir las mentiras y el egoísmo de su esposo.

Sin embargo, cabe señalar que en el aspecto dramatúrgico y de ritmo, la obra queda un poco corta respecto a la profundidad que promete. El conflicto principal tarda en aparecer debido a un prólogo extenso cargado de escenas que entregan ciertas “migajas” de contexto; un recurso que podría evaluarse teniendo en cuenta la familiaridad del público con el mito clásico. Esto genera que el desenlace, aunque resuelto con gran intensidad, se sienta apresurado. Asimismo, la tensión e inclinación incestuosa entre Fedra y su hijastro, sugerida en el texto, podría acentuarse aún más, pues aparece con fuerza en el clímax, mas deja una sensación de revelación retrospectiva y no tanto de un proceso dramático vivo.

En la puesta en escena se destaca el uso de la cámara en vivo, que enfoca intermitentemente a los actores. Como elemento suma significativamente, porque aporta una perspectiva distinta para la mirada del espectador, y funciona como un comentario visual sobre cómo el encuadre mediático altera la percepción de la realidad. Con todo ello, Fedra se presenta como una experiencia atractiva y altamente recomendada.

Daniela Ortega

21 de octubre de 2026

Crítica: ABRUMADORA Y SOBRE-ESTIMULANTE


Sobre-vivir en un mundo digital

¿Qué tan conscientes somos de cuánto la tecnología y las redes sociales nos consumen? Abrumadora y Sobre-estimulante nos sumerge en la vida de este “influencer” interpretado por Sebastián Ramos. Bajo la dirección de Vian L. King, observamos cómo la cotidianidad del personaje de Ramos se ve marcada fuertemente por su conexión con el universo de su celular. Desde que despierta, hasta que duerme (y aún dormido, podría decirse que continúa viviendo en un metaverso).

La dirección de arte complementa el discurso detrás de la obra. Nos vemos rodeados de proyecciones alucinantes que bañan todas las paredes, techo y suelo del local; y de sonidos propios de Instagram y TikTok. Todo ello nos termina por sumergir en el fenómeno del doomscrolling por completo, y la obra le hace honor a su nombre, volviéndose abrumadora y sobreestimulante para los espectadores y haciéndonos parte de aquello mismo que busca denunciar.

Ramos realiza una interpretación marcada por los constantes estímulos externos, y logra verse afectado por la fatiga audio-visual que su personaje sufre. Su corporalidad se modifica para encarnar las subidas y bajadas de dopamina, y muestra una ansiedad inherente, que pareciera ya natural de sí mismo.

Finalmente, Abrumadora y Sobre-estimulante no solo expone el colapso del sujeto contemporáneo; nos sitúa frente a un espejo hiperconectado del cual resulta difícil apartar la mirada.  En ese cruce entre la fatiga y la sobrecarga digital, la obra deja de ser solamente una representación para convertirse en el retrato inmediato de nuestra propia adicción cotidiana.

Daniela Ortega

21 de octubre de 2026

Crítica: MIGRANTES


¿Acaso no tienen hambre, miedo? 

Vanessa Vizcarra escribe y dirige Migrantes, obra de teatro familiar basada en el premiado cuento ilustrado del mismo nombre de la autora peruana Issa Watanabe. Tornillo Teatro y el Centro Cultural de la Universidad del Pacífico producen la obra que, además, fue beneficiaria de los Estímulos Económicos para la Cultura 2025 del Ministerio de Cultura del Perú. Apostando por una experiencia escénica completa que combina teatro físico, música en vivo, máscaras, títeres y hasta proyecciones, la dramaturga y directora asume la difícil tarea de traer a la vida las ilustraciones de Watanabe en una historia original que busca cautivar tanto a chicos como a grandes. La pregunta es, ¿lo logra? 

Debo admitir que no he visto mucho teatro familiar u orientado para niños. Tampoco conocía el trabajo de Watanabe, pero por fortuna esta vez llegué temprano al teatro y pude recorrer con calma la exhibición dedicada a Migrantes, su celebrado libro de ilustraciones, en el primer piso del moderno e imponente Centro Cultural de la Universidad del Pacífico. Las imágenes de Watanabe me sobrecogieron de inmediato. Muy detalladas, surreales en naturaleza (mostrando animales con cuerpos de humanos), pero con trazos realistas cargados de una inesperada melancolía. La impresión visual de ver un grupo grande de animales humanoides avanzando en la misma dirección, con bolsos, maletas y demás, es bastante impactante, y no hizo más que elevar mis expectativas (algo muy peligroso) y causarme mucha curiosidad sobre cómo iba a ser la versión escénica de estas bellas piezas gráficas. Afortunadamente, Vizcarra no decepciona en su adaptación, y más bien aporta lo que me parece un complemento fenomenal al de por sí logrado libro de ilustraciones.

La obra arranca con buen pie. En lugar de aparecer en el escenario, Eduardo Cardozo, Deysi Forcades, Muriel García, Sol Nacarino y Luigi Valdizán aparecen bajando por las escaleras, por donde ingresó el público, como si el teatro fuese una parada más de su viaje. Cantando llegan por fin al escenario y con un divertido número musical (uno de varios) se presentan al público, haciendo evidente así la dinámica que la directora-dramaturga ha elegido para contar esta historia: la de usar diversos narradores. La decisión es a mi parecer acertada: primero, porque es una gran forma de mantener la atención de los niños; segundo, porque al cambiar constantemente de narrador, los demás artistas escénicos quedan libres para mostrar lo que se cuenta oralmente; y finalmente, porque enfatiza y refuerza el hecho de que esta no es una historia individual, sino colectiva. Esta no es más que una de decenas de decisiones acertadas que tomó Vizcarra. La implementación de música en vivo (con composiciones originales de José San Miguel Dammert), el uso dinámico del espacio, la variedad de estímulos presentados (en un momento hay incluso danza aérea en telas), la utilización de biombos y el juego que logra con sus sombras, y el minimalismo del escenario son algunos otros de sus aciertos. A nivel de dramaturgia, debo resaltar que a pesar de que la obra sea obviamente orientada a un público infantil, el texto logra poner sobre la mesa temas profundos que seguramente no habrán calado tanto en las mentes infantiles, pero definitivamente lo hicieron en las adultas. De hecho, considero que este es el acierto principal de este texto: el conseguir hablar sobre la inevitabilidad de la muerte, la resiliencia que conlleva una migración, el sentido que esta tiene y su naturaleza de búsqueda permanente, entre otras cosas, todo dentro de un código claramente infantil y adecuadamente mágico.  

A nivel de producción, no tengo nada que criticar. Más bien, debo elogiar a la producción por ser tan cuidadosa con cada detalle mostrado en el escenario, desde el vestuario de los migrantes hasta la manera en la que confeccionaron y presentaron a cada animal en escena. Tanto el diseño de arte como el de luces y sonoro, todo el rubro de diseño en realidad, destila una sensibilidad muy elevada, un respeto y admiración por el material gráfico, y una voluntad por crear un espectáculo visual realmente memorable para grandes y especialmente para chicos.

A nivel actoral, el equipo conformado por Cardozo, Forcades, García, Nacarina y Valdizán demuestra amplia destreza musical, vocal y física, y un alto compromiso con sus papeles. Por un momento me pregunté qué hubiera pasado si a estos personajes se les hubiese dotado de una personalidad más definida, pero después de pensarlo, restringirlos a su código de narradores/intérpretes permitía que la historia que nos contaban tome primer plano, y que la belleza visual y poética de los animales migrantes no sea opacada. De la misma manera, hay una autorreferencialidad interesante y muy unificadora que se logra al revelarse que ellos son un grupo de migrantes tal como los animales de la historia que nos contaban. Es un detalle pequeño pero potente que demuestra que por más que cada grupo de migrantes es distinto, todos comparten ciertas cosas en común, siendo quizá la principal de ellas la búsqueda de un cambio, que no es otra cosa que la búsqueda de la felicidad.

Qué bien me la pasé con Migrantes. Y si yo la pasé bien, no puedo ni imaginar cuánto lo disfrutó un niño. Y ese es un detalle interesante. Ir a Disney de niño es muy diferente que ir de adulto. Pero ambas experiencias son igual de válidas, poderosas, y a mi parecer, necesarias. Que sigan las propuestas de este tipo, que generen eso que tanto anhelamos todos los artistas escénicos: cultura de teatro. Porque, ¿adivinen qué? Si queremos que la asistencia al teatro se incremente, debemos pensar también (¡quizá primero!) en los más pequeños. Si yo voy al cine regularmente es porque me inculcaron el hábito desde chiquito y vaya que caló. Lo mismo puede pasar con el teatro, así que ya saben, lleven a sus hijos, sobrinos, ahijados, nietos. Y si no tienen, tranquilos, pueden llevar a su niño interior. Ese que aún cree en la magia. Migrantes está todos los sábados y domingos hasta el 29 de noviembre. Vayan. No tiene pierde. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

21 de octubre de 2026

sábado, 17 de octubre de 2026

Crítica: ENTRE LÍNEAS Y SILENCIOS


Lo que no se dice no desaparece

La obra Entre líneas y silencios, presentada como parte del ciclo Teatro en el Centro, trata uno de los más comunes dramas de los ciudadanos de a pie: el amor y sus dificultades. La historia sigue a una pareja, Ponciano y Hermelinda, quienes atraviesan problemas y desconfianzas tras la sospecha de una infidelidad por parte de él. Ambos, que han tratado de progresar juntos y buscaban formar una familia, verán su mundo trastocado por las consecuencias de sus propias acciones, así como de su silencio. A raíz de la extraña desaparición de ella, entrará a escena el personaje del policía, quien llegará para complejizar la trama y sumergirnos aún más en el misterio. 

Escrita y dirigida por Godo Lozano, la obra destaca por una sensibilidad que dota de profundidad a sus personajes, tan contrariados como apasionados. Hermelinda, encarnada por Darill Hanna, es una mujer fuerte y cuidadosa, aunque se siente poco apreciada en su matrimonio, con justa razón. Ponciano, interpretado por Emmanuel Caffo, agobiado por la cotidianidad y el trabajo debe también demostrar su amor frente a la acusación de infidelidad. Ambos, tanto un poco culpables como algo inocentes, nos hacen reflexionar, con su dinámica, sobre que no todos somos completamente buenos o malos. Asimismo, el personaje de Onasis Toro, el policía, va a encarnar todas las características que asociamos a tal institución, y también funcionará como un alivio cómico ante los problemas de la pareja. 

Nos vemos en la necesidad de resaltar también el trabajo de producción, con una escenografía impecable y un vestuario muy pensado. La construcción de una atmósfera doméstica, que en ocasiones podía volverse hostil, pasaba por un juego de luces y música, muy cuidados, que encerraban a los personajes y la utilería en su tensión. Así, la cama y mesa, sobre todo, son estos muebles en los que nuestros personajes descansaban, pero también donde descargaban sus problemas. Los elementos en escena nos demostraban la existencia de un hogar que por un lado se mantenía, y por otro, proyectaba una sombra sobre quienes lo consideraban su casa.

La puesta en escena de Entre líneas y silencios nos genera mucha emoción, por constituir un proyecto que explora el drama íntimo de una pareja, y nos demuestra que hay en ello un universo que merece ser visto. Asimismo, la idea de ciclos de teatro en la sede ICPNA Centro genera espacios nuevos para la cultura, en distintos puntos de la ciudad, lo cual valoramos muchísimo: el telón se abre así, enormemente.

Jimena Muñoz

17 de octubre de 2026

Crítica: ANNIE


¡Annie es nuestra!

Hay historias que cautivan, escenas que quedan grabadas en la cabeza y canciones que, a la primera nota, reconoces y hacen que se te vuelva a llenar el pecho. Eso es Annie para esta amante de los musicales que conoció por primera vez a la niña pelirroja en un Betamax y lloró al verla hecha realidad sobre el escenario del teatro Marsano allá por los noventa. Y toda esa emoción estuvo presente mientras aplaudía lo que hoy nos trae Preludio al Teatro Municipal de Surco: una puesta maravillosa.

La historia ya la conocemos: una niña huérfana que busca a sus padres, una villana que utiliza a las niñas para lucrar y un millonario que ha dejado de vivir para trabajar y que recupera el disfrute de la vida cuando la niña pelirroja llega a su casa. Annie lo salva, incluso cuando nos dicen que es él quien la salva a ella. La obra también nos habla de desigualdad, de tristeza y de hartazgo. De maldad y de poca empatía hacia los niños, hacia quienes tienen hambre. De brechas. Y, en medio de todo eso que duele, también hay glamour, luz y esperanza de un mañana mejor. Porque basta escuchar su emblemática canción para imaginarlo posible, contagiados por la actitud y la inocencia de quien mira el mundo desde los ojos ingenuos y juguetones de la niñez.

A esta fanática de los musicales, que le agradece infinitamente a Denisse Dibós y a su equipo por todo lo que vienen haciendo desde hace tantísimos años, le resulta imposible separar la esperanza de la obra de la emoción que le produce ver una producción de esta calidad, con un reparto genial, un ensamble maravilloso y nuevos talentos. Es imposible no emocionarse, no solo porque las niñas de ese orfanato estarán a salvo, sino también porque nuestro país tiene todo lo que necesita para hacer teatro musical con un nivel envidiable.

Y quizás ahí esté una de las cosas más bonitas de ver Annie: recordar que la esperanza no solo vive en las historias que nos cuentan, sino también en las cosas que somos capaces de hacer realidad. En un escenario, en la armonía de las voces, en la elegancia del ensamble, en las niñas que brillan y en todo un equipo que hace posible que la magia suceda.

Salí con el corazón lleno, como aquella niña que descubrió que las historias también podían contarse con canciones y danza. Y con la alegría de saber que, tantos años después, todavía hay musicales capaces de emocionar así. Me quedé también con la imagen de tantos niños y niñas que llenaban las butacas, quizá viviendo su primer encuentro con un musical. Quién sabe si, entre esas canciones y esas historias, alguno descubrirá un amor que lo acompañe durante años. Qué suerte la mía, la nuestra, poder encontrarnos otra vez con Annie hecha espectáculo por el talento de nuestros artistas.

Cristina Soto Arce

17 de octubre de 2026

viernes, 16 de octubre de 2026

Crítica: TRAMPOLÍN


Crítica a través del entretenimiento

Una cadena de sucesos que no tienen mucha relación entre ellos, pero cada una tiene su encanto y su manera ingeniosa de hacerte reír y cuestionarte algunas situaciones del día a día. Escenas que te dejan con la sensación de no saber qué acabas de ver o por qué, pero de alguna forma igual te gustó y te hace aplaudir. Esto es solo un intento de definir lo que es la obra ganadora del Premio Víctor Falcón de Teatro de Cámara, categoría profesional: Trampolín, de César Vera Latorre.

Fito Bustamante, Franco Ocaña, Yaremís Rebaza y el mismo Vera Latorre son los cuatro actores que se suben a las tablas del Teatro Racional para dar vida a este mosaico de eventos que involucran a un mesero y su cliente, un verdugo y un condenado inmigrante, un grupo de mujeres de élite y sus parejas, y los empleados y usuarios de un club exclusivo. Cada una de estas escenas, acompañadas de una escenografía sencilla pero funcional y que da la impresión de estar siendo parte de un juego, sobre todo por los elementos usados por el mesero y su cliente: un trampolín para transitar de un lado a otro, una mesa plegable con el plato de comida pegado, el mismo plato con pinturas de colores neón que hacen de comida, ayudan a invitar al espectador a unirse a este intento por representar y parodiar lo cotidiano.

Las buenas interpretaciones de los cuatro actores, que radicaban en los extremos hasta caer en lo ridículo, y un libreto que potenciaba aún más ese sentimiento de lo absurdo, inevitablemente nos lleva a cuestionar nuestras propias acciones y las de los demás, todo a través de las risas y el sentido del humor. Es como tener un montón de cosas de las que quieres hablar, de las que quieres renegar y criticar; y en lugar de decirlas tal cual o escribir alguna nota o artículo al respecto, escribes una obra para expresar todo eso, pero de la manera más absurda posible, y te ayuda a reirte de ti mismo y los demás, de esas dinámicas de poder y prácticas sociales tan normalizadas pero que en realidad deberían ser cuestionadas.

La escena independiente actual limeña es muy diversa, hay obras que se dirigen más por lo superficial y no buscan despertar tantas emociones o pensamiento en el espectador, pero también aparecen puestas como esta, que parecen estar hechas desde una especie de resignación por su realidad; pero que aún no se dan por vencidos y creen en el teatro como herramienta de crítica a través del entretenimiento, y es precisamente eso lo que le da un sentido a este arte. Existir para algo que vaya más allá de las carcajadas y que toque los temas de siempre; pero desde otra óptica, seguir experimentando con eso que nos incomoda para comunicarlo en más de una manera y sentirnos acompañados en ese proceso.

Barbara Flores

16 de octubre de 2026

jueves, 15 de octubre de 2026

Crítica: EL BAILE DEL OLVIDO


Caos senil

El fin de semana pasado pude asistir a una de las funciones de El Baile del Olvido, una comedia en código clown dirigida por Luis Gustavo Gonzalez y protagonizada por Katherina Sánchez, Cinthya Schreiber, Judith Chihua, Juan Carlos Díaz, Luis Felipe Gonzales y el mismo Luis Gustavo Gonzales. La obra está actualmente en temporada en el agradable CAFAE-SE, ubicado en plena avenida Arequipa, en el distrito de Lince. Producida por el Grupo Puesta, el montaje coloca una satírica lupa encima de los elementos más estereotipados de la vejez. ¿Pero es una sátira que nos genera genuina risa? ¿O es que la forma en que aborda el tema termina provocando la reacción contraria? 

Cuando pienso en el “clown” el referente que inmediatamente viene a mi mente es Pataclaun, la popular serie televisiva peruana que conquistó los corazones de millones con sus entrañables e icónicos personajes de nariz roja allá a finales de los años noventa. La huella que dejó ese programa es indeleble y su presencia en este texto se debe a que, tras haber visto El Baile del Olvido, entiendo mejor la raíz de su éxito. Pataclaun triunfó porque cada episodio tenía una narrativa claramente definida, cuidadosamente estructurada, y por supuesto, brillantemente interpretada. La obra de Luis Gustavo Gonzales, desafortunadamente, carece de por lo menos dos de estos componentes y el tercero no llega a los niveles alcanzados por Pataclaun. Mi intención con el presente texto no es la de comparar ambas propuestas. De hecho, hacerlo no tendría mucho sentido ya que estas no solo están en formatos distintos, sino que tienen más de veinte años de diferencia entre sí. Pero sí me valdré del mencionado programa noventero para ilustrar aquello que funcionó en la obra y lo que no.

La trama en El Baile del Olvido es prometedora sobre el papel, pero termina siendo bastante floja a nivel de ejecución. Un grupo de actores se da con la noticia de que el teatro en el que solían actuar de jóvenes está a punto de ser demolido, lo cual desata en ellos todo tipo de reacciones. La interesante premisa es, lamentablemente, abordada de forma bastante atropellada a nivel narrativo. El director propone pequeñas viñetas humorísticas que poco o nada tienen que ver entre sí, se sienten desordenadas, y dependen casi enteramente del elenco para su éxito con el público, ya que el texto carece de una estructura coherente, haciendo saltos en el tiempo un tanto bizarros, y terminando por diluir lo que podría haber sido una propuesta entretenida y cohesiva a la vez. 

El problema, sin embargo, no termina con el texto y su estructura narrativa, sino que va aún más profundo, ya a nivel temático. El montaje opta por hacer mofa de la senectud de forma vertiginosa y estereotipada. Y aunque es cierto que el formato clown precisamente abraza el reírse de uno mismo y de tratar con humor la miseria propia, el tipo de focalización de esta propuesta, tan incisiva en los males y pesares que trae consigo la vejez, termina siendo repetitivo, innecesariamente cruel y eventualmente cansino sobre todo porque no hay un norte claro hacia dónde está yendo la historia. Recuperando una vez más a Pataclaun, es imposible no recordar a Don Carlos, papá de Machín, un personaje anciano que efectivamente recibe burla y escarnio por su edad, pero estamos hablando de un solo personaje dentro de todo un elenco con distintos rasgos de personalidad. En el caso de El Baile del Olvido, cada personaje es uno que ya está en la etapa otoñal de su vida y cada uno ejemplifica una cualidad típica de las personas mayores (su incontinencia urinaria, su falta de memoria, su torpeza, etc.), ocasionando básicamente una saturación del mismo estímulo por el mero placer de hacerlo y no tanto porque la historia lo pide. Y desagradecidamente, desde el momento en que esta puesta se animó a ser una obra teatral, empezó a regirse por la misma vara que el resto de las obras (exceptuando quizá a las del teatro del absurdo), las cuales demandan un mínimo de coherencia narrativa. 

Si hay un factor que puedo rescatar del montaje es el actoral. Los seis protagonistas la pasan de lo lindo en escena. Durante poco más de una hora, ellos gesticulan, accionan, reaccionan, bailan, cantan, hacen piruetas, y hasta corretean alrededor del público. Y todo esto lo hacen con el más sincero júbilo. Ver a actores, sobre todo a actores ya de edad venerable, divertirse tanto en escena es realmente gratificante y totalmente aplaudible. La construcción de su clown no es quizá tan pulcra y definida como la de los actores de Pataclaun, pero creo que esto se debe, como ya mencioné, a fallas estructurales del texto, y no desmerece de ninguna manera el potencial histriónico de cada uno de ellos. La dirección, justamente, encuentra su mayor acierto en la dirección de actores, dejando a sus protagonistas libres de hacer lo que mejor saben hacer, y además logra plantear usos novedosos y dinámicos del espacio. Finalmente, la musicalización del montaje y el recurso de una voz en off en vivo que aparece por ratos e interactúa con los protagonistas son también aciertos de esta producción. 

El Baile del Olvido es para mí, apropiadamente, eso: olvidable. Y lo que más frustra es que con el talento y nivel de juego que hubo en escena pudo ser mucho, mucho más. Creo que la vejez es un tema totalmente válido y muy necesario por tratar en las tablas, y justamente por eso me apena que la obra lo vea desde una perspectiva tan limitada, que perpetúa estereotipos en su mayoría negativos y nefastos. Su temporada va hasta el 31 de octubre. Vayan y decidan por sí mismos qué opinan de esta particular visión de la vejez. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

15 de octubre de 2026

domingo, 11 de octubre de 2026

Crítica: INFORME PARA UNA ACADEMIA


El precio de sobrevivir

El audaz cuento de Franz Kafka, Informe para una Academia, publicado en 1917, se estrenó en la cartelera teatral limeña. La adaptación y dirección a cargo de Lucho Tuesta, tiene como protagonista a Rotpeter, un simio capturado en África Occidental y llevado a bordo de un barco, que decide transformarse en humano para escapar del encierro y conseguir su libertad.     

Así, el escenario del Teatro Ricardo Blume, acoge la intensa y magistral interpretación de Bruno Odar, quien da vida a este “nuevo ser humano”, convocado por los miembros de la academia científica para dar testimonio de su anterior condición de simio. Entonces, relata con detalles las duras condiciones de su cautiverio y los motivos que lo llevaron a imitar el comportamiento de los hombres que lo rodeaban.  

Una historia que combina el humor y las verdades incómodas que se desvelan a través de la actuación de Odar, quien utiliza el espacio e interactúa con el público, alternando entre el simio y el hombre, con una destreza física y vocal que amplifica la narrativa ácida de Kafka. Complementan la propuesta escénica el vestuario, la música y el diseño de luces, los cuales crean una atmósfera que atraviesa el doloroso pasado y el presente solitario de este peculiar personaje; que simboliza la deshumanización y la supervivencia.  

Informe para una Academia es un relato que no deja indiferente al espectador, confrontándolo con sus propios conceptos acerca de la transformación, la adaptación, la soledad y la libertad del ser humano. Llevándonos a cuestionarnos el precio de sobrevivir y pertenecer, a través de una narración tan hilarante como dramática, que aunada a la lograda interpretación, hacen de la propuesta un viaje hacia la reflexión acerca de la hostilidad que nos rodea.      

Maria Cristina Mory Cárdenas

11 de octubre de 2026