sábado, 25 de julio de 2026

Crítica: EL HOMBRE QUE RÍE


Cuando el sufrimiento humano es rentable

Escrita en 1869, algunos años después de Los Miserables, El Hombre que ríe es una novela que confirma el estilo, pero también el compromiso político de la literatura de Víctor Hugo, que en esta novela denuncia las diferencias sociales en la Inglaterra del siglo XVII.

En la versión fílmica muda de 1928 del cineasta expresionista Paul Leni, la historia se resume en que un noble orgulloso que se niega a besar la mano del despótico rey Jacobo II de Inglaterra, es ejecutado y su hijo quirúrgicamente desfigurado es vendido a los “comprachicos”. Así nace la sonrisa burlona, inevitable y triste de Gwynplaine, que en 1940 aparece como rasgo principal del villano archienemigo de Batman, el Guasón o Joker en los comics.

La adaptación teatral de la novela de Víctor Hugo nos llega gracias a la dramaturgia y dirección de Francisco Cabrera. El autor advierte que se trata de una versión libre (no hay otra adaptación al teatro). La puesta recoge lo esencial de la historia, el ambiente y las circunstancias. La novela original se caracteriza por su lenguaje barroco, la minuciosa descripción de los espacios y de las características de cada uno de sus personajes y resulta un enorme desafío llevarla a escena.

Cabrera logra representar esas descripciones, con un escenario casi minimalista. Nos muestra un circo, pero no hay carpas coloridas ni otros adornos luminosos sino un tono oscuro, propio de un drama. Quien conduce ese circo ambulante es Ursus, un hombre extraño, mezcla de vago y sabio, que viaja con un lobo domesticado; Dea, una joven ciega; y Gwynplaine, el joven que sufre esa rara característica que atrae la curiosidad morbosa del público en las ferias, pero también la de los nobles. Es una sociedad que convierte el sufrimiento humano en espectáculo rentable.

En esta versión, Ursus (Beto Benites) es el narrador y por su mayor presencia, pareciera el personaje principal, pero quien carga el estigma es Gwynplaine (Santiago Magill). Él es el miserable que ríe y la historia gira en torno a su desgracia.

Una novela extensa y riquísima en monólogos y descripciones en sus varios capítulos era imposible de trasladar a escena. Por ello, Cabrera toma lo esencial y reconstruye los personajes, dotándoles de sus características. El drama es enfocado con una mirada muy lúdica (lo hizo con Metamorfosis y Dr. Jekill & Mr Hyde). El lenguaje barroco se simplifica, sin perder la atmósfera de época. La puesta de desarrolla a través de cuadros ligeros. Sin embargo, hacia el último tercio de la obra, el ritmo decae por el exceso de cortes entre uno y otro cuadro, sin usar nuevos elementos de luz o sonido, lo que impide alcanzar la intensidad necesaria, especialmente para el final, cuando por fin el bufón descubre la verdadera identidad de Gwynplaine, su origen noble y se frustra el matrimonio de la duquesa Josiana (hija del rey Jacobo II) y lord David, y en el afán de capturar o eliminar a Gwynplaine, son muertos Ursus y Dea. 

Al final, queda claro el mensaje: los pobres siempre son los que pagan con sus vidas los desarreglos de los ricos.

David Cárdenas (Pepedavid)

25 de julio de 2026

Crítica: EL ENFERMO IMAGINARIO


La medicina del engaño y la comedia de la verdad

La puesta en escena de El enfermo imaginario, esta icónica sátira escrita por Molière en 1673, gira en torno a Argán, un burgués adinerado profundamente hipocondríaco. Obsesionado con sus supuestas dolencias y manipulado por un séquito de médicos charlatanes, el protagonista urde un plan para casar a su hija Angélica con un doctor, asegurándose así la atención médica gratuita y permanente durante el resto de sus días.

Para este montaje, la dirección de Rodrigo Vargas le imprime un ritmo ágil y un sello cómico sumamente particular. Vargas logra estructurar una atmósfera en donde la ironía y el humor ácido del texto original no solo se respetan con rigor, sino que se potencian en el escenario. El trabajo de dirección permite que el choque entre la ridiculez de las obsesiones humanas y la crítica social fluya de forma orgánica de principio a fin.

Por su parte, el elenco sostiene la propuesta con un desempeño notable. Cada intérprete logra construir y habitar con precisión los arquetipos planteados por Molière: figuras exageradas, obsesivas y de una vanidad desmedida que retratan lo más absurdo de la burguesía de la época. A esta labor actoral se le suma un diseño técnico impecable. La iluminación y el sonido operan en perfecta sincronía para delimitar con claridad los espacios donde transcurre cada pasaje, mientras que la musicalización acentúa la intención dramática de los momentos clave. Asimismo, el vestuario destaca no solo por su fidelidad temática y de época, sino por lograr una armonía visual estilizada con la ambientación general.

En definitiva, se trata de un montaje sólido y sumamente entretenido que logra un equilibrio afortunado entre la comedia directa y la vigencia del clásico. Una propuesta accesible para todo espectador que no solo garantiza carcajadas en la sala, sino que deja abierta una lúcida reflexión sobre nuestras propias obsesiones humanas. Sin duda, un espectáculo imperdible.

Javier Gutiérrez

25 de julio de 2026

Crítica: UNA HISTORIA ORIGINAL


El poder sanador de la narración de historias

Ganadora del V Concurso de Dramaturgia Peruana "Ponemos tu obra en escena 2014, la pieza Una historia original de Vanessa Vizcarra explora una interesante temática: la narración de historias como una importante herramienta sanadora. El poder expresar emociones, reconstruir experiencias difíciles y darle real sentido a los acontecimientos de la vida suelen ser los puntos más positivos de esta práctica. Al contar o escuchar relatos, las personas desarrollan empatía, fortalecen su identidad y encuentran nuevas perspectivas para afrontar conflictos y pérdidas.

Pero a su vez, Vizcarra aborda en su texto una problemática vigente, dolorosa y muy latente: la violencia de género en una sociedad tan machista como la nuestra. El protagonista, que busca convertirse en narrador profesional, se involucra sentimentalmente con la mujer que le realiza la audición, quien carga sobre sus hombros un doloroso pasado; posteriormente, él cruza los límites del respeto mutuo que ambos deberían asumir. Con una secuencia de escenas en constante disrupción temporal, y con dos intérpretes adicionales que ayudan a contar esta historia, la puesta escena combina varios niveles entre realidad y ficción.

El elenco, conformado por Ángel Coila Rojas, Diego Nomberto Flores, Lidia Navarro Cárdenas y Melannie MV, se muestra sólido y convincente en sus interpretaciones, bien guiados por la dirección de Josefo Palomino, quien consigue crear esa atmósfera de irrealidad, combinando las luces y los efectos de sonido, que la dramaturgia propone. Esta nueva reposición de Una historia original en el Club de Teatro de Lima, con la producción del colectivo escénico Al borde, resulta en un valioso montaje que, además de acusar la violencia que lamentablemente todavía se mantiene vigente en nuestro ámbito social, señala la narración como una valiosa herramienta de bienestar emocional, aprendizaje y crecimiento personal.

Sergio Velarde

25 de julio de 2026

Crítica: EL MATRIMONIO


AMOR, LOCURA Y UN SÍ, ACEPTO

El matrimonio propone un universo dinámico donde personajes sumamente peculiares irrumpen de diferentes espacios del ambiente para terminar en escena. Cada uno llega cargado de matices únicos y motivaciones particulares, pero todos terminan entrelazados por un mismo hilo conductor: la inocencia y la vulnerabilidad puestas al desnudo mediante el humor.

Lo que en apariencia inicia como una celebración cotidiana se transforma, bajo la mirada irreverente del clown, en un territorio fértil para el exceso, la contradicción y el absurdo. La propuesta realiza una apuesta firme por un lenguaje predominantemente físico y visual, convirtiendo el cuerpo del actor en la herramienta narrativa central. En un montaje de esta naturaleza, la precisión en el tiempo cómico, la complicidad del elenco y la escucha escénica resultan determinantes; apenas un segundo a destiempo basta para marcar la frontera entre una carcajada orgánica y una rutina que pierde impacto.

Si bien existen pasajes donde la comicidad apoya demasiado su peso en el gesto exagerado —un detalle que valdría la pena matizar para no fatigar el ritmo de la función—, el trabajo de caracterización destaca de manera notable. Cada intérprete logra construir una identidad clara y definida, complementada de forma impecable por un diseño sonoro y una ambientación que potencian la atmósfera del espectáculo.

En definitiva, se trata de una pieza atractiva y disfrutable que consigue conectar con la puesta desde la sensibilidad. El verdadero valor de la obra no reside únicamente en provocar la risa inmediata del público, sino en su capacidad para ofrecer una perspectiva distinta y honesta sobre El matrimonio; sin duda, una propuesta que vale la pena ver.

Javier Gutiérrez

25 de julio de 2026 

lunes, 20 de julio de 2026

Crítica: EL FANTASMA DE LA ÓPERA


La belleza de lo diferente: el triunfo de El Fantasma de la Ópera en La Plaza

Este fin de semana tuve la oportunidad de ir al teatro La Plaza para ver El fantasma de la ópera. La obra, basada en la novela de Gastón Leroux, contó con la adaptación de Els Vandell, quien también la dirigió conjuntamente con Rod Díaz. El elenco estuvo integrado por Paul Martin, Gabriel Iglesias, Anaí Padilla, Nicolás Ostolaza y Avril Gil.

Tenía muchas ganas de ver esta obra desde hace tiempo y, honestamente, creo que La Plaza acertó por completo al adaptar una historia tan grande a un espacio tan íntimo. La dirección de Els Vandell y Rod Díaz no solo brilla por su impecable nivel técnico, sino que logra transformar lo visual en un profundo mensaje sobre la empatía y la redención.

Creo que los directores lograron una transición fluida entre el misterio, el humor y la profunda vulnerabilidad de los personajes. En lugar de apoyarse en el terror efectista, la dirección decide poner el foco en el aislamiento emocional del Fantasma, transformando el suspenso en una lección sobre la inclusión y el miedo al rechazo.

Es sabido que La Plaza destaca por la proximidad que ofrece con el espectador y esta puesta en escena exprime esa intimidad al máximo. La recreación de los laberintos de la Ópera de París y sus catacumbas no depende de una escenografía hiperrealista o monumental, sino de un diseño inteligente del espacio. La puesta en escena es dinámica y sumamente lúdica: el escenario muta con rapidez cinematográfica ante nuestros ojos, envolviendo a niños y adultos en una atmósfera envolvente de fantasía puramente artesanal.

El manejo de actores es impecable, permitiendo un balance perfecto entre la comedia ligera y la carga dramática. Martin, quien interpreta al fantasma, entrega una gran interpretación y nos entrega a un ser atormentado, cuya gestualidad y voz transpiran una profunda necesidad de afecto. Por su parte, la Christine de Gil brilla con luz propia, mostrando una evolución orgánica desde la inocencia hasta la valentía de la compasión. El ensamble compuesto por figuras como Padilla, Iglesias y Ostolaza dota a la obra de un ritmo cómico y un soporte escénico brillante.

En torno al diseño del vestuario, necesita una mención aparte. Funciona como el puente estético definitivo entre la época original de la historia y el lenguaje visual contemporáneo de una obra familiar. Es una propuesta rica en colores, texturas y detalles que no solo embellecen la visualidad del escenario, sino que definen la psicología de los personajes. El contraste entre los trajes estructurados del personal de la ópera y la capa andrajosa pero imponente del Fantasma refuerza visualmente la narrativa de la exclusión.

La adaptación a cargo de Vandell es, en última instancia, el mayor acierto de la producción. Reducir las más de dos horas de la composición tradicional a un formato dinámico, sin perder la columna vertebral del relato, ha sido un gran reto. Esta es una puesta conmovedora, estéticamente impecable y éticamente necesaria la cual espero puedan disfrutar mientras se encuentra en temporada.

Javier Bendezú

20 de julio de 2026

Crítica: CARIÑO MALO


Un desafío a los prejuicios desde el humor y la música criolla

Llegamos al centro comercial a la hora en que los clientes salen y las tiendas cierran. La penumbra de la antesala del teatro nos recibe. Parece que estamos convocados en secreto para algo fuera de las normas, acaso prohibido. Ese es el ambiente en el que se desarrolla Cariño Malo.

Nos instalamos frente al estudio de una radio de mediados del siglo pasado. Dos mesas separadas parecen enfrentar el pasado con el presente. En una, los clásicos recursos sonoros de las radionovelas; en la otra, una laptop y otros recursos modernos. Dos micrófonos de pie y tres personajes estrafalarios completan este cuadro.

Empieza la historia. Cariño Malo trata de Silvio, un cuarentón que vive con su mamá y quiere independizarse, trabajar y dejar de ser virgen. Él es homosexual, pero debe ocultarlo para ser seleccionado en la radio de una organización moralista contra el homosexualismo. Lo logra por su voz, fingida y exageradamente varonil. 

Por su parte, Olga, su madre, dominante y posesiva al extremo, lo acusa de ser maricón. Ella, como la radio, representan el poder homofóbico por el cual Silvio vive reprimido.

En la radio conoce a Maxton, falsamente varonil como Silvio y pronto se verán envueltos en una relación en la que Silvio encuentra el placer y la libertad que siempre había deseado. Paralelamente aparece Ernesto, un personaje misterioso que acude a cuidar a la madre en las horas en que Silvio debe estar ausente, pero luego devela una historia que revuelve todo.

Todos estos datos son insuficientes para describir el excelente planteamiento de la obra. Lo farsesco y lo obsceno son elementos fundamentales. Los grandes trajes oscuros e iguales, con hombreras exageradas representan la masculinidad exorbitada. Las descripciones minuciosas pero divertidas de los encuentros sexuales de Silvio con su pareja o de su madre con su cuidador nos conducen a lo obsceno, pero fiel al lenguaje de radioteatro, esas escenas se escuchan y se describen, reiterando que la mente puede construir más que la vista. Para que ese efecto sea posible, el sonido tiene una gran presencia. El apoyo en efectos de sala (Foley) es extraordinario para hacernos “vivir” el relato y lograr un contacto ambiguo entre la historia contada y la realidad. 

Con un maravilloso juego de voces, los tres actores interpretan temas criollos de época (valses y boleros) reinterpretados desde una mirada queer: “Este secreto que tienes conmigo nadie lo sabrá”.

Cariño Malo es provocadora y arriesgada tanto por el tema, que invita a reflexionar sobre los conflictos que enfrenta la comunidad LGTB para vivir el amor, así como por la propuesta escénica y los recursos utilizados. Con esos elementos, el dramaturgo Alejandro Clavier ha logrado una gran radionovela para ser vista y aplaudida por su excelente calidad. Clavier es también uno de actores y lo acompañan Sebastián Stimman y Diego Salinas, con excelentes interpretaciones.

Está en el teatro La Plaza, en funciones de trasnoche (10:30 PM) solo los viernes y sábados de julio.

David Cárdenas (Pepedavid)

20 de julio de 2026

Crítica: ESPASMOS DESPUÉS DEL ADIÓS


Tema interesante que pudo estar mejor desarrollado

Este fin de semana estuve en el Teatro Esencia de Barranco viendo la obra Espasmos después del adiós. La pieza fue escrita por Piere Lugo y dirigida por Marilyn Molina Hijar, y cuenta con las actuaciones del propio Lugo junto a Shari.

Si hablamos del texto, la temática de la obra me pareció bastante interesante, sobre todo el hecho de cerrar ciclos en momentos clave de nuestra vida para poder avanzar con una nueva actitud. Sin embargo, considero que los diálogos presentados representan más una catarsis personal que una estructura dramática sólida. Lo que sí pude ver mientras la obra transcurría es que un par de personas se sintieron tocadas por el texto y es por eso que derramaron varias lágrimas durante la función.

La temática que aquí se presenta, en torno al conflicto del adiós y el duelo amoroso, es un terreno sumamente transitado en la actualidad. Lamentablemente, sentí que le faltaba ese "plus" que hubiera convertido la propuesta en algo más intrigante. Al carecer de giros o picos de intensidad, el montaje cae por momentos en una melancolía plana que estanca el ritmo y termina por desconectar al espectador del drama.

En torno a la dirección, me hubiera gustado que Molina Hijar se involucrara más en su labor. Me habría encantado que motivara a los intérpretes a fluir más con sus emociones y a trabajar la química de la pareja, ya que por momentos se percibían distanciados; a pesar de habitar el mismo espacio físico, daba la impresión de que operaban en galaxias actorales completamente opuestas.

Sobre las actuaciones, puedo decir que, al confundir la contención dramática con la apatía, la rígida e inexpresiva interpretación de Lugo le resta empatía con el espectador. Asimismo, al no encontrar un estímulo real en su compañero, el gran esfuerzo emocioncolal de Shari se vuelve mecánico, transformando su dolor en una afectación forzada por el libreto.

Al hablar de la puesta en escena, la disposición de los actores en un espacio tan pequeño como el del Teatro Esencia se siente forzada y tan fríamente calculada que pareciera buscar una fotografía antes que un tránsito dramático vivo.

Finalmente, con todo lo mencionado, puedo decir que Espasmos después del adiós subestima el drama psicológico al reducirlo a una estampa melancólica, pulcra y superficial. Si me preguntan si la recomendaría, diría que no; aunque la temática de la obra es interesante, uno asiste al teatro esperando preguntas que lo conmuevan o lo incomoden, algo que lamentablemente no se encuentra aquí.

Javier Bendezú

20 de julio de 2026

sábado, 18 de julio de 2026

Crítica: LOS CHISMES DE LAS MUJERES


Donde el chisme también es arte

Hay funciones que recuerdan por qué seguimos yendo al teatro. No únicamente porque cuentan una buena historia, sino porque consiguen que todos sus elementos trabajen en una misma dirección. Los chismes de las mujeres, dirigida por Martín Velásquez y producida por Alumbra, es uno de esos montajes donde resulta evidente que el escenario no se sostiene solo sobre el talento del elenco, sino sobre un trabajo colectivo que entiende que el teatro siempre es un esfuerzo compartido.

Desde el inicio, la producción deja ver un cuidado poco habitual. Aunque la escenografía física es relativamente sencilla, dialoga constantemente con las proyecciones y los escenarios digitales construidos mediante inteligencia artificial. Lejos de sentirse como un recurso accesorio, estas imágenes amplían el espacio escénico y construyen con claridad los distintos ambientes de la obra. La iluminación acompaña esa propuesta con precisión, reforzando la secuencialidad de las escenas y permitiendo que el espectador identifique con naturalidad los cambios de espacio y de tiempo. El resultado es una experiencia visual que invita a permanecer dentro del universo de la obra y facilita una inmersión constante en aquello que ocurre sobre el escenario.

Ese cuidado estético encuentra un aliado en el vestuario. Quienes disfrutamos especialmente de la dirección de arte sabemos que una buena caracterización puede convertirse en una herramienta narrativa tan importante como el propio texto. Aquí sucede exactamente eso. Cada decisión visual contribuye a transportar al público hacia la Italia de Carlo Goldoni sin necesidad de recurrir a explicaciones. La propuesta comprende que ambientar una época no consiste únicamente en vestir a los personajes con trajes antiguos, sino en construir una atmósfera capaz de hacer creíble ese mundo.

Y es precisamente esa atmósfera la que permite que la dramaturgia despliegue toda su fuerza. Goldoni, uno de los grandes representantes de la comedia de costumbres, construye una historia que mantiene viva la acción dramática de principio a fin gracias a un conflicto que nunca deja de avanzar. La adaptación respeta esa esencia y consigue que un texto escrito hace siglos continúe siendo cercano y comprensible para un público contemporáneo. Nunca existe la sensación de estar frente a un clásico inaccesible; por el contrario, la dirección encuentra el equilibrio entre conservar su contexto histórico y hacer que sus personajes sigan resultando profundamente humanos.

El elenco sostiene esa tarea con un nivel interpretativo que merece ser destacado. Más allá de la energía escénica, lo que aparece sobre el escenario es un trabajo actoral sólido, construido desde la escucha, la transformación y el compromiso con los personajes. Se percibe oficio. Se percibe entrenamiento. Y, sobre todo, se percibe una comprensión del ritmo que exige la comedia, donde cada acción y cada réplica necesitan una precisión particular para sostener el humor sin perder la verdad escénica.

Naturalmente, existen pequeños momentos donde algunos intérpretes dejan escapar gestos o respuestas más cercanas a códigos contemporáneos y muy reconocibles dentro de nuestra cotidianidad peruana. En ciertos instantes aparece un movimiento, una inflexión o una actitud que rompe brevemente con la época propuesta. Sin embargo, son detalles mínimos dentro de un trabajo colectivo que, en términos generales, mantiene una notable coherencia y un alto nivel interpretativo.

Hay un aspecto que pocas veces recibe el reconocimiento que merece y que esta producción vuelve imposible ignorar: el trabajo de producción. Con frecuencia se habla del director o del elenco, pero pocas veces se piensa en la producción como una presencia activa dentro del resultado artístico. En Los chismes de las mujeres esa diferencia se siente desde antes de que comience la función. Existe una cercanía, una organización y un cuidado que atraviesan toda la experiencia. No se percibe una división entre quienes producen y quienes actúan; por el contrario, da la impresión de que ambos equipos trabajan como una sola unidad, compartiendo una misma convicción sobre el espectáculo que están ofreciendo. Esa cohesión termina reflejándose inevitablemente en escena.

Quizá esa sea la mayor virtud del montaje. No depende únicamente de un buen texto, ni exclusivamente de un elenco talentoso o de una propuesta visual atractiva. Funciona porque todas esas piezas encuentran un equilibrio poco frecuente. Cada departamento parece comprender cuál es su lugar dentro del conjunto y ninguno intenta imponerse sobre el otro. Esa armonía permite que el espectador haga exactamente lo que espera cuando entra a un teatro: olvidarse por un momento de la realidad y dejarse llevar por la ficción.

Después de asistir a varias producciones donde las buenas intenciones no siempre consiguen traducirse en un resultado escénico sólido, Los chismes de las mujeres devuelve la confianza en el enorme nivel profesional que existe dentro del teatro peruano. Es una obra que merece una temporada extensa, nuevos públicos y, por qué no, un recorrido mucho más amplio por distintos escenarios de la ciudad. Sobre todo, recuerda algo que nunca debería perderse de vista: el teatro alcanza su mejor versión cuando el talento del elenco y el compromiso de la producción dejan de competir para convertirse en un mismo lenguaje.

Naomi Noblecilla

18 de julio de 2026

Crítica: CARMILLA


Una mirada íntima al deseo y la libertad de amar

En su última función en el Club de Teatro de Lima, Carmilla se despidió del escenario con una propuesta que apuesta por la intimidad de los vínculos y por una lectura sensible del amor, el deseo y la identidad. Bajo la dramaturgia y dirección de Susan Pinedo Calderón, la puesta construye un universo donde el conflicto nace de las decisiones afectivas de sus personajes y del encuentro entre aquello que se conoce y aquello que despierta una nueva forma de habitar el mundo.

Uno de los mayores aciertos del montaje es el trabajo interpretativo: Pinedo, Mayte Montalva y Gabriela Artieda sostienen la obra con actuaciones comprometidas y honestas, logrando que las relaciones entre Anna, Laura y Carmilla se desarrollen con naturalidad y profundidad. Cada una encuentra un registro propio sin perder la escucha escénica, permitiendo que los vínculos evolucionen de manera orgánica y que el espectador conecte con los conflictos emocionales de la historia. La propuesta incorpora un lenguaje corporal trabajado por la coreógrafa de movimiento y asistente de arte, María Suárez, cuya intención se percibe como un recurso para expandir el universo emocional de la puesta. Aunque por momentos este lenguaje podría adquirir una mayor definición dentro de la narrativa, aporta imágenes que dialogan con el carácter poético de la obra y la enriquecen.

El ritmo constituye otro de los puntos fuertes de la dirección. La historia avanza con dinamismo y mantiene el interés del público durante toda la función. Si bien algunos cambios de escena resultan breves y podrían beneficiarse de transiciones más pausadas, el flujo general de la puesta consigue sostener la tensión dramática sin perder continuidad.

La propuesta visual funciona con coherencia. La escenografía acompaña el desarrollo de la acción sin sobrecargar el espacio y permite que la atención permanezca en las intérpretes y en las relaciones que construyen. La música, aunque recurre a algunos motivos de manera reiterativa, termina integrándose adecuadamente a la atmósfera del montaje y contribuye a reforzar su identidad.

También es importante reconocer la labor de Valerie Arias, como productora de campo y de Maggie Junco, como asistente de producción, se refleja en una función que transcurre con fluidez y orden, mientras que la asistencia de dirección de Daniela Ortega acompaña la propuesta manteniendo la cohesión entre las distintas áreas del montaje.

Carmilla propone una reflexión sobre la libertad de amar y sobre el proceso de reconocerse a una misma. El desenlace ofrece una sensación de cierre coherente, dejando al espectador con la impresión de haber acompañado un viaje emocional que encuentra una resolución justa para sus personajes. En tiempos en los que el teatro continúa siendo un espacio para abrir preguntas y generar encuentros, Carmilla concluye su temporada como una propuesta construida desde el compromiso de un equipo que entiende la escena como un trabajo colectivo. Su mayor fortaleza reside en el equilibrio entre dirección, interpretación y producción, recordándonos que son precisamente esos esfuerzos compartidos los que permiten que una historia cobre vida frente al público.

Tammy Alfaro

18 de julio de 2026

Crítica: ANTES DE IRNOS PARA SIEMPRE


Decir adiós diciendo hasta pronto

La obra Antes de irnos para siempre, del reconocido grupo teatral Yuyachkani, es una invitación a recorrer la vida artística de grandes creadores que hicieron del teatro una forma de existencia desde su juventud hasta la vejez. Es una reivindicación de la vida del artista cuando el tiempo deja sus huellas: cuando el cuerpo comienza a deteriorarse, los huesos se vuelven más frágiles y las enfermedades empiezan a limitar el movimiento.

Sin embargo, frente a esas adversidades, Yuyachkani encuentra en la vejez una nueva materia de creación. Los artistas vuelven a crear como en sus primeros años, como cuando podían hacer saltimbanquis, desplazarse con libertad y entregar toda la energía del cuerpo al escenario. Porque es justamente ahí donde el teatro encuentra su sentido: en desafiar los límites, en hacerle una pequeña trampa a la muerte, en demostrar que la creación puede mantenerse viva incluso cuando el cuerpo cambia.

La obra nos invita a preguntarnos si todo aquello que hace un artista tiene sentido sabiendo que, al final, llegará la muerte. Y la respuesta que propone Yuyachkani es que sí: el arte encuentra su valor precisamente porque es efímero, porque existe en ese instante compartido con otros y porque permite dejar una huella más allá de la propia existencia.

Antes de irnos para siempre también abre las puertas al universo creativo de sus integrantes. A través de distintos momentos y búsquedas personales, cada artista revela parte de su propio camino, sus lenguajes y sus experiencias, para luego encontrarse en una creación colectiva. Son confesiones de creadores que comparten cómo una obra muchas veces nace desde el caos, desde materiales dispersos y preguntas sin respuestas, hasta que poco a poco ese desorden encuentra una estructura y se convierte en una pieza viva.

El humor aparece como una herramienta fundamental para enfrentar las tragedias de la edad adulta. Yuyachkani se ríe de sus propias limitaciones, transforma las dificultades en juego escénico y reafirma la dimensión social y política que ha acompañado su trayectoria teatral. La música, los instrumentos que forman parte de su identidad, la incorporación de sonidos psicodélicos, los proyectores y los recursos tecnológicos dialogan con su historia y con los nuevos lenguajes del presente. Sobre todo la poética imagen del cementerio en donde todos danzan y se mueven como entes libres. 

Sin duda, Antes de irnos para siempre es una manera de contemplar el arte sin miedo a la muerte. Es recordar que el artista no deja de crear porque el cuerpo ya no sea el mismo; al contrario, encuentra en esas transformaciones nuevas razones para seguir. Porque despedirse no siempre significa terminar: a veces significa decir hasta pronto.

Edu Gutiérrez

18 de julio de 2026