miércoles, 3 de junio de 2026

Crítica: HÁBLAME DE AMOR


Historias que encuentran eco en el público

¿Qué significa amar? Esa es la pregunta que atraviesa la obra Háblame de amor, propuesta dirigida por Araceli Campos que reúne a nueve intérpretes en un recorrido por distintas formas de afecto: el amor hacia una madre, un padre, un hijo, una pareja, un hermano e incluso hacia uno mismo.

La obra apuesta por una estructura de testimonios personales que dialogan con la música, las proyecciones y el movimiento escénico. Sobre el escenario, Gastón Ciganda, Víctor A. Wilson, Franco Arévalo, Paolo Teevin, Miguel Seminario, Deni'al Rojas, Jean Pierre Carrión, Víctor Jhon Domínguez y Alken Miquelena construyen un mosaico de experiencias íntimas que conectan rápidamente con el público gracias a la honestidad de sus interpretaciones.

Algunos relatos destacan especialmente por su sensibilidad, como aquellos que abordan la migración, la paternidad o las huellas que dejan los vínculos familiares en la vida adulta. El trabajo coral del elenco, junto con unas transiciones bien resueltas y el aporte de las proyecciones audiovisuales, permite que las escenas fluyan con naturalidad y mantengan un ritmo dinámico durante gran parte de la función.

En ciertos momentos, la puesta se detiene con mayor calma en algunos recursos escénicos y narrativos, una elección que abre espacio para la contemplación y distintas interpretaciones. Sin embargo, el corazón de la propuesta permanece siempre claro: compartir historias reales que hablan de aquello que nos une como seres humanos.

Más que intentar definir el amor, Háblame de amor lo presenta en toda su complejidad: como compañía, ausencia, memoria, aprendizaje y transformación. El resultado es una obra cercana, emotiva y humana, que encuentra su mayor fortaleza en la generosidad con la que sus intérpretes ponen sus experiencias al servicio de la escena. Una propuesta que confirma que las historias más personales suelen ser también las más universales.

Les queda una última función este jueves 4 de junio en el Teatro Barranco. ¡No se la pierdan!

Tammy Alfaro

3 de junio de 2026

lunes, 1 de junio de 2026

Crítica: LA GOLONDRINA


Intimidad a flor de piel

Hace unos días se estrenó la obra La golondrina en Campo Abierto, en Miraflores. El texto es del autor español Guillem Clua, bajo la dirección de Rodrigo Torres y con las actuaciones de Attilia Boschetti y Eduardo Camino.

La golondrina, obra inspirada en el ataque terrorista al bar Pulse de Orlando, es un drama de alto voltaje emocional que confronta directamente al espectador con las heridas del duelo, la homofobia e incapacidad de comunicarnos. La historia sigue a Ramón (Eduardo Camino), quien acude a la casa de Amelia (Attilia Boschetti) para recibir clases de canto y preparar un homenaje a su madre fallecida y lo que comienza como un encuentro fortuito se va convirtiendo en un juego donde las verdades a medias de desarman de manera desgarradora.

En esta ocasión resalto el trabajo del director Torres, quien supo controlar la intensidad de la historia sin exagerar; si se hubiera dejado llevar por el drama fácil, habría arruinado por completo la sorpresa. Por ello, comenzó la obra con calma, permitiendo que el público sintiera la tensión y la incomodidad inicial de los personajes: con mano firme, Torres manejó la evolución de ambos, demostrando que en este montaje los silencios dicen tanto como las palabras.

Sin embargo, el corazón del montaje late gracias al trabajo de los actores. Boschetti maneja la severidad de su personaje con maestría, haciendo que las grietas de su vulnerabilidad aparezcan sutilmente antes de un devastador colapso final. Asimismo, Camino ofrece una actuación conmovedora al interpretar a un Ramón que contrasta el nerviosismo de una urgencia contenida con la profunda necesidad de ser escuchado. Definitivamente, la química y la complicidad entre ambos se sienten sobre el escenario.

Es necesario mencionar que el espacio, Campo Abierto, juega a favor de la intimidad exigida por la obra. La escenografía logra que la puesta en escena se sienta viva, mientras que la iluminación está diseñada para acentuar el paso del tiempo y el aislamiento de los personajes. Por su parte, el uso del sonido y los fragmentos cantados se convierten en el vehículo principal de la catarsis, demostrando que la música funciona como un lenguaje capaz de unir lo que la intolerancia y el orgullo han separado.

En conclusión, La golondrina es una obra necesaria que confronta al espectador con la empatía y la redención. El montaje de Torres se concentra en la belleza de la reconciliación a través del arte y el dolor compartido, mientras que Boschetti y Camino entregan actuaciones profundamente conmovedoras.

Javier Bendezú

1° de junio de 2026

Crítica: DOS CALCULADORES


La antítesis del teatro comercial

Arte ConSentido, grupo escénico fundado en el 2023, trajo por dos únicas funciones Dos Calculadores, peculiar puesta que combina danza y teatro en un solo viaje sensorial altamente impactante. Yadhira Chaney y Giacomo Ossio son los artistas escénicos que asumen la ardua tarea de sostener un montaje que desafía toda estructura narrativa clásica, apelando al movimiento como principal herramienta de comunicación, y asumiendo el absurdo como parte central de su identidad. ¿Cumple esta pieza con su objetivo de sumergirnos en un mar de emociones, o es que el carácter abstracto y complejo de la misma es tan extremo que termina por alienar a su audiencia? 

Dos Calculadores no tiene una historia propiamente dicha. Ni siquiera tiene mucho texto, de hecho, y el poco que tiene (escrito por José Manuel Lázaro) es absurdo en su naturaleza. Los personajes tampoco tienen nombre. Simplemente son seres (¿entes?) que, vestidos de forma etérea, ocupan el espacio y se contorsionan en movimientos erráticos individuales y en conjunto mientras van soltando frases sueltas, muchas veces repetitivas, que van construyendo un sendero narrativo que nosotros como audiencia tenemos potestad de llenar con lo que sintamos y queramos. En otras palabras, a pesar de que probablemente podría llegarse a un consenso acerca de los temas centrales del montaje (la rutina, el tedio, la infelicidad, la incapacidad de aceptar una realidad que no es la que queríamos para nosotros, etc.), los detalles más específicos de la trama quedan enteramente a interpretación del público. 

La propuesta de dirección de Fabián Moschietti, secundado por el mismo Ossio, apuesta por el minimalismo, despojando al escenario de cualquier elemento y en su lugar otorgándole al actor y a la actriz un terreno libre en el cual moverse, explayarse, existir y afectarse el uno al otro. La dirección coreográfica encuentra en Yadhira y Giacomo dos cuerpos aptos, entregados, y completamente rendidos a los requerimientos del montaje. El manejo corporal de ambos es aplaudible, e igual de efectivo es su manejo de texto, el cual suena siempre habitado, lleno de intención, y con una carga emocional fuerte. La música juega un rol crucial y nos transporta a otro universo. Lejos de ser placentera, es agresiva, tensa, y utiliza los in crescendos para interpelarnos, para sacudirnos, para estremecernos. La iluminación, finalmente, define momentos, los realza; los hace brillar de tal forma que todas las acciones cobran niveles artísticos muy superiores al que tendrían con un manejo de iluminación más rudimentario. 

Quizá tras haber dicho todo esto resulte un tanto contradictorio que no recomiende esta pieza a todo el mundo, pero en realidad creo que es lo más adecuado en este caso. Después de todo, no todos van a estar satisfechos con un texto que en gran medida está constituido por frases absurdas y/o sueltas repetidas hasta el cansancio. No todos van a apreciar la dedicación que toma y la intención que existe detrás de la repetición de un mismo movimiento durante varios minutos para enfatizar el estancamiento de los personajes. No todos tendrán la paciencia necesaria para adecuarse al cadencioso, pesado y muchas veces perturbador ritmo que tiene el montaje. Finalmente, no todos tendrán la voluntad de llenar de color el lienzo a blanco y negro que nos propone esta obra. 

Pero para los que estén del otro lado del espectro, creo que Dos Calculadores será la experiencia que busca ser y que particularmente yo aprecié, sobre todo, por ser lo suficientemente valiente para apostar por un producto que requiere de tiempo para revelarse, de voluntad para entenderse, y de mucha inteligencia emocional para digerirse. En un mundo que va tan rápido que si un video no captura nuestra atención en tres segundos lo pasamos, Dos Calculadores es un verdadero y necesario acto de rebeldía. Uno que nos recuerda que hay productos artísticos que escapan categorización, necesitan de nuestra concentración plena, y nos retan intelectual y emocionalmente. Por último, solo diré que fue muy refrescante ver una obra que no solo se ríe del cliché de lo muchas veces absurdo que puede ser el teatro independiente, sino que lo abraza, y, más importante aún, le da significado y trasfondo al aparente sin sentido, redimiendo así uno de los tipos de teatro más polarizantes y controversiales que existen.

Sergio Lescano

1° de junio de 2026

Crítica: LOVE - LA OBRA


Un amor diferente

Una historia de amor diferente, eso es sin duda Love - La obra, escrita por Jesús Oro y dirigida por Germán Díaz. Es una propuesta que aborda una historia de amor desde una perspectiva "diferente". En un contexto y momento donde se construyen muchas narrativas sobre diversidad sexual que, en su mayoría, suelen centrarse en la tragedia, la discriminación o la pérdida, esta obra apuesta por un final feliz.

La historia gira en torno a Norman y Sebas, dos jóvenes que se conocen por casualidad en un bus de Lima y que, a partir de ese encuentro, inician un recorrido por su descubrimiento personal, el miedo al rechazo y las dificultades de asumir públicamente su identidad. La elección de escenarios y situaciones cotidianas permite que el relato conecte fácilmente con el público, acercando una experiencia universal de enamoramiento a una realidad social local.

La interpretación de Jesús Oro, Augusto Gutiérrez y Gretha Bazán aporta frescura y sensibilidad al desarrollo de la trama. El elenco logra transmitir con mucha naturalidad la vulnerabilidad, la ilusión y los temores propios de quienes enfrentan el desafío de aceptarse y ser aceptados. La química entre los personajes principales favorece la construcción de una historia cercana y emocionalmente efectiva; el histrionismo que cada actor aporta es, sin duda, clave para que el público conecte con la obra.

Asimismo, la parte técnica, las luces y el sonido, sin duda complementan cada escena, logrando que cada una nos brinde el entorno adecuado y permitiendo que el espectador conecte con mayor intensidad con la historia.

En general, Love - La obra es una propuesta valiente y necesaria dentro del panorama teatral actual. Su principal mérito radica en ofrecer una representación positiva del amor LGTBIQ+ sin caer en estereotipos ni en relatos marcados exclusivamente por el sufrimiento. Aunque algunos conflictos podrían profundizarse para fortalecer la construcción dramática, la obra cumple con su objetivo de emocionar, generar reflexión y abrir espacios de diálogo sobre la diversidad, consolidándose como una experiencia escénica significativa para el público contemporáneo.

Javier Gutiérrez

1° de junio de 2026

martes, 26 de mayo de 2026

Crítica: DON DIMAS Y EL DIABLO


Entre la yunza y el exceso

Don Dimas y el Diablo, de La Máquina Producciones, parte de una premisa atractiva: una comedia popular que mezcla imaginario religioso, tradición andina, música, yunza y sátira. La obra tiene energía, intención festiva y momentos donde el cuerpo y el juego escénico funcionan bien. Se percibe un deseo claro de conectar con una raíz popular andina desde el humor y lo sobrenatural.

El punto más fuerte del montaje está en Don Dimas: el actor que lo interpreta (Gunter Torres) sostiene buena parte de la obra con carisma, presencia física y una buena energía escénica. Su manejo corporal, especialmente en el baile, le da vida al personaje y permite ver una evolución más clara que en el resto.

Sin embargo, la obra confunde por momentos sátira con exceso. El humor recurre demasiado al insulto como mecanismo cómico. El problema no es el uso de ese lenguaje, sino en el abuso de repetición, que lo vuelve predecible y poco trabajado. Algo similar ocurre con ciertos arquetipos andinos: la intención parece ser jugar con la tradición popular, pero algunas exageraciones pueden sentirse más como burla que como humor.

El inicio resulta caótico. Hay música, baile, movimiento y todo al mismo tiempo, pero no siempre se entiende qué ocurre ni qué dicen los actores. La falta de proyección vocal, especialmente en varias actrices, hace que parte del texto se pierda entre el alboroto y la música. En una comedia de este tipo, el ritmo es clave, pero también que se entienda lo que se dice.

Dramatúrgicamente, la obra es sencilla y bastante previsible. Varios personajes secundarios funcionan más como tipos cómicos que como personajes con objetivos claros. Esto se nota en Santa Rosa, Jesucristo y La Muerte. Santa Rosa no parece aportar a la historia; Jesucristo carece del peso escénico que su figura exige; y La Muerte queda desaprovechada como presencia simbólica.

El Diablo tiene mayor claridad como antagonista y algunos recursos efectivos, sobre todo desde lo musical. Aun así, su construcción resulta cliché y le faltan matices. Su energía pasa muchas veces de lo suave al golpe sin una progresión más fina, lo que debilita el conflicto con Don Dimas.

Uno de los problemas más importantes del montaje es la dicción, vocalización y proyección. Hay momentos claves, incluido el enfrentamiento final con el Diablo, que no se entienden del todo. Si el público no logra escuchar cómo se resuelve la acción principal, la obra pierde fuerza.

También hay detalles de control escénico por corregir. La bolsa de monedas, por ejemplo, se desparrama en escena y los actores continúan como si nada hubiera pasado. En una obra que permite juego e improvisación, ese tipo de accidente debería incorporarse, no ignorarse. A nivel técnico, el humo es excesivo, más aún en una sala pequeña invade al público, tapa la acción, incomoda y distrae. En varios momentos bastaría con un cambio de luz para generar atmósfera.

En conjunto, Don Dimas y el Diablo no es una obra fallida. Tiene energía, humor, música y una búsqueda popular interesante. Necesita más precisión. Hay una comedia potente ahí, pero todavía necesita limpieza, foco y mayor rigor actoral y dramatúrgico.

Milagros Guevara

26 de mayo de 2026

Crítica: MARIPOSAS ENJAULADAS


Adolescencia rota entre el exceso y el deseo de ser escuchados

En Mariposas enjauladas, dirigida por Kenyer Gudiño, un elenco de trece actores construye una ficción atravesada por la salud mental, las adicciones y el vacío afectivo adolescente. La obra abre con una imagen potente: varios cuerpos congelados en escena frente a telas suspendidas que recuerdan capullos ya abiertos. Luego aparece un personaje vestido de negro que inyecta un cerebro, como si activara un sistema dañado desde el inicio. Desde esa primera acción, la propuesta deja claro que busca ingresar a un territorio psicológico, simbólico y oscuro.

La dramaturgia plantea múltiples historias que se cruzan dentro de un mismo entorno juvenil. Hay relaciones prohibidas, prostitución adolescente, abuso, ideación suicida y vínculos familiares profundamente fracturados. El problema no radica en abordar estos temas, sino en la acumulación constante de conflictos sin el suficiente desarrollo individual. Al existir tantos personajes y tantas líneas narrativas simultáneas, gran parte de la historia termina resultando confusa. Muchas veces los propios personajes deben explicar explícitamente quiénes son o qué ocurre, rompiendo la naturalidad de la escena y dificultando la conexión emocional con lo que viven.

Aun así, detrás del caos hay una idea dramatúrgica genuinamente interesante. La figura de las mariposas funciona como el eje simbólico más sólido de la obra. No solo aparecen como representación de transformación adolescente, sino también como parte activa del universo ficcional: los capullos se convierten en una especie de droga capaz de llenar carencias emocionales profundas. Allí aparece el hallazgo más valioso del montaje. La obra comprende algo importante sobre la adolescencia: el deseo desesperado de sentirse amado, entendido o visto. Esa sensación de pérdida, de no reconocerse todavía en el propio cuerpo ni en la propia vida, atraviesa silenciosamente toda la propuesta.

Por momentos, la obra parece querer denunciar cómo ciertos contextos arrastran a los jóvenes hacia situaciones límite. Sin embargo, al insistir tanto en mostrar perversión y exceso, corre el riesgo de saturar el discurso y desdibujar el problema de fondo. Lo que podría convertirse en una reflexión compleja sobre la vulnerabilidad adolescente termina acercándose más a una acumulación de impactos constantes. La intención se percibe más profunda que el resultado final, y justamente por eso quedan visibles sus posibilidades de crecimiento.

También se percibe que una estructura más reducida podría haber fortalecido la experiencia. Menos personajes habrían permitido profundizar mejor los conflictos y construir vínculos más claros. La obra posee material suficiente para sostener un universo intenso sin necesidad de dispersarse tanto. Hay ideas poderosas que merecen más tiempo de respiración y desarrollo.

A nivel actoral existe una diferencia muy marcada entre interpretaciones. Algunos actores sostienen con mayor presencia y compromiso físico sus escenas, mientras otros todavía evidencian dificultades técnicas importantes: problemas de proyección, pronunciación, corporalidad y manejo emocional. En varios momentos las emociones parecen imitadas más que atravesadas, especialmente en escenas de llanto, enojo o confrontación. Las secuencias de intimidad física también habrían necesitado una construcción coreográfica más clara para integrarse mejor al código escénico y proteger la organicidad de los actores.

Sin embargo, incluso dentro de esas irregularidades, el elenco logra sostener una energía colectiva constante. Y eso también tiene valor. Hay una entrega evidente, una disposición a exponerse y habitar personajes emocionalmente complejos que exige valentía. La obra nunca se abandona a sí misma. Continúa avanzando aun en medio de sus tropiezos, sostenida por un impulso grupal que revela acompañamiento y contención dentro del proceso creativo.

Mariposas enjauladas todavía parece una obra en construcción, pero una construcción con una inquietud real detrás. Entre excesos, confusiones y desbalances, aparecen preguntas honestas sobre la adolescencia contemporánea, la necesidad de afecto y las formas en que el dolor juvenil busca escapar de sí mismo. Ahí, justamente ahí, es donde la obra encuentra sus momentos más íntimos y más verdaderos.

Naomi Noblecilla

26 de mayo de 2026

lunes, 25 de mayo de 2026

Crítica: KORTAS MAYO - MIÉRCOLES


A disfrutar la noche en Barranco

Un formato breve, irreverente y dinámico que permite encontrarse con distintas miradas del teatro contemporáneo peruano desde el humor, el absurdo y las tensiones humanas.

Inicia la noche 10 minutos, escrita por Mateo Durán Londero y dirigida por Gerardo Fernández. Esta comedia de enredos permite vislumbrar la versatilidad artística que poseen los actores que se encuentran en las tablas: Arom Cortez y Gessy Cochachi. Ambos crean una complicidad escénica interesante que permite disfrutar los conflictos y secretos que esconden Máximo y su madre. La propuesta encuentra en lo grotesco y en las acciones desdibujadas un mecanismo oportuno para sostener el humor y el ritmo de la pieza, construyendo una experiencia entretenida y ágil para el espectador.

La siguiente pieza es Agachaditos y Bistró, escrita por Juan José Oviedo y dirigida por Diego La Hoz. En esta historia de formato breve conocemos a John y Carla, una pareja marcada por las diferencias de clases sociales. Lo que debía ser una noche clave para iniciar un compromiso sentimental termina volviéndose una velada cargada de tensiones inesperadas. La dirección resulta interesante al incluir el rap como una suerte de mecanismo lúdico y didáctico que conecta rápidamente con el público. A ello se suma el trabajo escénico de Ilda Polo y Fabián Calle, quienes logran envolver al espectador de inicio a fin con los conflictos amorosos y sociales que atraviesan sus personajes.

Como tercera pieza tenemos Hamlet en 15 minutos, versión libre de Tom Stoppard, dirigida y adaptada por Christian Paredes. Resulta interesante que Kortas se permite incluir una propuesta basada en un texto clásico dentro de su programación, sobre todo desde una adaptación que es afrontada a través del recurso de la improvisación en escena. Daniela Paskavan y Gonzalo Candela construyen una complicidad oportuna al momento de asumir el gran reto de hacer Hamlet en quince minutos. La dirección le hace honor al texto desde una propuesta contemporánea, ágil y atrevida, donde el humor y la velocidad escénica permiten acercarse al clásico desde un lugar fresco y accesible para el público.

Y para cerrar la noche con karaoke tenemos Canta y Sana, escrita por Nancy Aguinaga y dirigida por Giancarlo Ian Mori, una propuesta que utiliza el karaoke como un espacio para sanar heridas y decir aquello que, muchas veces, ni la terapia logra resolver. El inicio resulta interesante porque vemos a los personajes habitar el espacio de una forma orgánica y lúdica, generando rápidamente cercanía con el espectador. Sin embargo, la propuesta no termina de quedar del todo clara en cuanto al formato dramatúrgico, especialmente a nivel de conflicto y acción. Aun así, vale mencionar que el uso del karaoke permite que la pieza mantenga una energía ágil y entretenida que conecta fácilmente con el público.

Kortas se consolida así como un espacio para disfrutar de lo nuevo, lo breve y lo irreverente dentro del teatro peruano contemporáneo. No se trata necesariamente de un formato para intelectualizar las propuestas, sino de una plataforma donde lo dinámico y lo inmediato encuentran un lugar frente al espectador. Un encuentro teatral que reúne historias breves para entretener, experimentar y acercar nuevas voces a la audiencia desde distintos lenguajes escénicos.

Juan Pablo Rueda

25 de mayo de 2026

Crítica: LOS HÉROES DE MI PATRIA


Un Hamlet frente al polvo del olvido

Dentro del Centro Cultural Inca Garcilaso, se encuentra un héroe guerrillero, muy cerca a un Hamlet que recibe el llamado de su padre para iniciar un viaje. Este guerrero se desnuda frente al espectador para contar sobre lo dicho y lo no dicho a través de una historia que indaga sobre el tiempo y la memoria. Se trata de Los Héroes de mi patria, primera producción de la compañía escénica Archivo Nacional Teatro (2024), con Ernesto Barraza Elespuru, escritor de dicha obra, bajo la dirección de Rocia Limo y la producción de Monserrat Gomez de la Torre Barrera.

Barraza, mediante una investigación que remueve y recapitula un viaje de descubrimiento hacia su pasado nos muestra lo que ha heredado y qué lugar tiene como peruano en la historia de nuestro país. Es interesante, cómo a través de una mirada personal esta historia trasciende hacia lo colectivo, puesto a que mientras confronta a los fantasmas de su propio pasado se desencadenan archivos y memorias que restauran una noción de patria.

En cuanto a la propuesta de montaje, el espacio del Centro Inca Garcilaso de la Vega funciona de forma efectiva y oportuna, mediante la instalación de un circuito cerrado, se instaura un espacio de intimidad. A través de archivos fotográficos, documentos y objetos museicos nace una revisión sobre lo que no está terminado de contar, sobre ese polvo de estrellas que pertenece a generaciones del pasado.

Mientras observaba a Barraza me preguntaba: ¿qué pasa cuando comenzamos a excavar y desenterrar sobre ese polvo del pasado?, ¿qué cambia? Y más aún: ¿qué pasa cuando ese pasado es lo único que tengo para entender qué rol tengo como artista hoy en día? Estas cuestiones emergen tras escuchar el relato testimonial de dicho autor.

De esta manera, quisiera hacer énfasis sobre la semioticidad de los recursos utilizados: el polvo, como una suerte de limpiar el ritual; el vestuario, para enfrentar la historicidad de una patria y documento para poner en tela de juicio las figuras que son parte de la historia; el uso de las cajas como el traslado, el viajar hacia fuera de la patria para también volver a quedarse, esa resignificación de un teatro de objetos que nos permite entender esos fantasmas que no duermen.

Asimismo, la obra consigue instalar una pregunta profundamente política sobre la memoria: ¿cómo habitamos aquello que heredamos? No desde el heroísmo monumental ni desde la construcción oficial de la patria, sino desde la fragilidad de un cuerpo que recuerda, duda y reconstruye. Allí, Barraza convierte el archivo en un acto vivo, en una herida abierta que dialoga con el presente.

Los Héroes de mi Patria no busca ofrecer respuestas definitivas, sino abrir fisuras. En esas grietas aparece el espectador, convocado también a revisar sus propios restos, sus propios héroes y silencios. La obra se convierte entonces en una excavación sensible sobre la identidad, donde el teatro deja de ser únicamente representación para transformarse en un espacio ritual de memoria, resistencia y permanencia.

Juan Carlos Rueda

25 de mayo de 2026

domingo, 24 de mayo de 2026

Crítica: LAS POLÍTICAMENTE INCORRECTAS - LAS BREVES DE JUANITA


Cuatro microobras para pensar

No es un secreto, a estas alturas, que más de la mitad de la comunidad teatral limeña viene (o lo hizo en algún momento) explorando el formato de teatro breve. Y seguramente, lo seguirá haciendo, ya que hasta el momento, al menos para quien escribe, no se hace notorio todavía el agotamiento de este modelo escénico. Sin embargo, la distancia y el tráfico juegan ahora mucho más en contra para aquellos espectadores que viven lejos del espacio de representación y lo piensan dos veces antes de salir a ver un solo espectáculo de quince minutos. Las alianzas entre artistas individuales o colectivos teatrales compartiendo el mismo escenario se convirtieron entonces en una de las opciones más factibles, para públicos y creadores. Es así que ahora se le suma a la reciente oferta de teatro breve, el ciclo titulado Las políticamente incorrectas - Las breves de Juanita, en el Teatro Juanita Tarnawiecki, ex-Mocha Graña de Barranco.

Acaso uno de los aspectos más interesantes a debatir sea el de la necesaria (o quizás no) selección de microespectáculos por temáticas, géneros o hasta autores. Para algunos, este detalle no afecta en lo absoluto ni la visualización ni el disfrute de obras de corta duración de estilos y ejecuciones distintas; mientras que otros, por el contrario, se sentirán agradecidos de que las microobras presenten, por lo menos, un hilo conductor. Sea pertinente o no este comentario, la antología presentada por el autor y director Alexander Pacheco opta por cuatro historias orientadas hacia situaciones y actitudes que atentan, en mayor o menor medida, contra el status quo o la “normalidad de las cosas” que impone nuestra sociedad. En ese sentido, se agradece este punto en común entre las piezas ofrecidas.      

En No me llames Espíritu, Luciana Vidaurre y Leito Monteverde manejan con buen timing un  diálogo acerca de los improbables e imposibles nombres para ponerles a los hijos; en Pastillas de fe, la doctora Cecilia Tosso y el paciente Pacheco protagonizan una divertida consulta urológica en la que nada es lo que parece; en Queer, Vidaurre y Mirella Ibáñez se encuentran próximas a concretar su tan anhelado deseo, que aparece materializado al final de la manera más surrealista posible; y en Ya es mi turno, Ibáñez (autora además del texto) es la simpática encargada de recibir en las puertas del cielo al recién llegado Pacheco, quien le parece extrañamente familiar. Todas las historias mantienen su particular encanto y resultan entretenidas, especialmente la última.

Quizás los únicos reparos que se le podrían hacer al montaje sean los de encontrar la manera de estilizarlo aun más, con algunos de sus elementos y utilería más cuidados y funcionales; así como el de resolver los cambios de escena de manera más sobria y solapada. Por lo demás, se trata de una apuesta valiosa por presentar interesantes obras cortas que nos hacen reflexionar sobre los mil y un prejuicios y las tan nocivas actitudes que tanto daño le hacen a la sociedad.

Sergio Velarde

24 de mayo de 2026

viernes, 22 de mayo de 2026

Crítica: RITUALES PARA DESPEDIRSE


Rituales de un país en duelo

Ver Rituales para despedirse es enfrentarse a una herida que, a pesar de los años, sigue abierta. Como ese duelo reciente, o incluso aquel que lleva años acompañándonos, que vuelve a removerse cuando se habla de pérdidas, despedidas y cielos prometidos. Así se siente esta obra: como un recordatorio de la incertidumbre, el pánico y la vulnerabilidad que atravesaron nuestras vidas durante la pandemia, pero también de lo peor de la humanidad que fuimos capaces de ver —y ser— en esos momentos.

Sí, la obra parte de lo que fue toda la experiencia del COVID-19; pero va más allá para hablar de la necesidad profundamente humana de buscar explicaciones y despedidas, aun sin saber exactamente dónde ni cómo hacerlo. Aquí es donde las interpretaciones de todo el elenco construyen personajes cercanos, repletos de emociones contenidas por las circunstancias. Personajes que viven el dolor desde lugares distintos, logrando que el público se identifique con esas múltiples maneras de lidiar con la ausencia, más aún en un contexto tan macabro.

No existe una dramatización exagerada de la pérdida ni una moraleja que intente explicarlo todo. Por el contrario, la obra muestra emociones honestas: la mezcla de miedo, confusión y desesperación reflejada en reacciones y pequeños gestos muy humanos —y muy peruanos—.

Esos tiempos nos dejaron muy en claro que la enfermedad no distingue color de piel, cuentas bancarias ni grandes títulos. La puesta en escena nos lo vuelve a poner enfrente, por si se nos ha olvidado que, para la muerte, todos somos iguales. Por eso, la obra no solo relata historias individuales, sino que también retrata la realidad de nuestro país en tiempos de pandemia y, por qué no, parte de su propia idiosincrasia.

Uno de los aspectos más interesantes del montaje es cómo utiliza la idea de los rituales. Después de la pandemia, muchas personas no pudieron despedirse de sus familiares como hubieran querido debido a las prohibiciones que ya conocemos. No hubo abrazos, velorios ni una última conversación para decirlo todo. Frente a eso, la obra muestra cómo los seres humanos terminamos creando nuevas maneras de recordar, honrar y seguir adelante. Buscamos señales en todas partes y formas de comunicarnos con quienes ya no están. Los rituales aparecen entonces como una forma de resistencia emocional, como intentos de darle sentido a aquello que parece imposible de aceptar.

Más que hablar de la muerte o de pandemias, Rituales para despedirse habla de quienes permanecen en este mundo. De las personas que, aun cargando ausencias, intentan reconstruirse y encontrar una forma de seguir viviendo —o sobreviviendo— sin olvidar.

Cristina Soto Arce

22 de mayo de 2026