jueves, 7 de mayo de 2026

Crítica: ANTES QUE SE APAGUEN LAS LUCES


Historias de gente rota

Desde que se abre el telón y vemos una mesa de comedor junto a unas sillas, desde el inicio podemos ver que estamos frente a una historia familiar. La obra inicia con Fiorella Florez, quien, desde el silencio y la mirada, logra transmitir una angustia que se siente desde los primeros minutos. Poco a poco, cada personaje va entrando en escena y la historia empieza a moverse entre el suspenso y el humor. El misterio gira alrededor de la madre, quien reúne a toda la familia para contarles algo importante; sin embargo, la tensión cambia con la aparición de Carlos Thornton, quien aporta momentos frescos y muy divertidos que alivian el ambiente sin perder el sentido de la historia.

Algo que destaca mucho en la obra es cómo utiliza el humor para hablar de problemas familiares que se sienten muy reales y cercanos. Como espectador, uno pasa de reírse a sentirse incómodo o identificado en cuestión de segundos. Además, los silencios y las pausas están muy bien manejados, haciendo que cada escena mantenga la tensión y la atención del público.

También resaltan las actuaciones de Pau Simons, Duncan Torres y Pedro Sessarego, quienes construyen personajes distintos entre sí, pero que logran complementarse muy bien en escena. Todo el elenco, bajo la dirección de Ricardo Caffo, consigue que la obra mantenga un equilibrio entre los momentos más emotivos y aquellos toques de humor que hacen la experiencia mucho más cercana y natural.

Por otro lado, el trabajo de luces, sonido y escenografía ayuda bastante a crear la atmósfera de la obra. Cada elemento acompaña las emociones de los personajes y hace que el público pueda sentirse dentro de ese espacio familiar.

Más que una simple obra sobre una familia, esta puesta en escena termina siendo un reflejo de muchas situaciones que pueden existir dentro de cualquier hogar. Puede hacerte reír, incomodarte o incluso conmoverte, pero definitivamente deja algo en quien la ve. Es una obra que entretiene, pero que también invita a pensar y conversar después de salir del teatro, sin duda, como dice Caffo, es una obra que refleja una “historia de gente rota que intenta ser humana”.

Javier Gutiérrez

7 de mayo de 2026

Crítica: LAS COSAS QUE SÉ QUE SON VERDAD


La familia es como un árbol

Un árbol añoso que sobrevive al tiempo sirve de apoyo y telón de fondo para una historia familiar en la que cada uno de sus miembros va revelando, a su turno, un conflicto existencial que lo separa de los demás y sin embargo, todos están unidos, como las ramas de ese árbol al tronco común. Ese tronco, firme y dominante, es la madre. Ella dirige, ausculta y controla a los demás, su esposo y sus cuatro hijos. Sabe más de sus vidas y sentimientos que ellos mismos y tiene la autoridad para reconocerlo. 

El retorno de la hija menor, luego de vivir un tiempo afuera, motiva una reunión en la que se revelan los caminos diferentes, las frustraciones y las decisiones que cada uno ha tomado. Aunque cada uno discute con la madre, sus conflictos no son con ella sino con valores o decisiones que deben adoptar para resolver sus respectivas vidas, más allá de los planes y expectativas que la madre ha dispuesto para ellos.

La autoridad, nacida y ejercida desde el amor maternal, se impone y defiende como verdad universal e inequívoca, pero resulta insuficiente para controlar el destino de cada cual y así, cada uno descubre su propia verdad. Sin embargo, el árbol siempre está allí y el vínculo familiar subsiste aún más allá de los caminos diferentes. La familia es una verdad común que los sostiene, como ese árbol, al centro del escenario, que merece respeto y cariño.

Las cosas que sé que son verdad nos conmueve desde cada historia personal con la que podríamos identificarnos y nos hace reflexionar sobre el sentido de la familia. Esta obra es una mirada profunda de los lazos familiares y el papel dominante de la matriarca perfectamente descrito por el texto de Andrew Bowell, pero además otorga espacio a cada personaje. Cada uno está construido al detalle, bajo la genial dirección de Kintu Galiano, por las actrices y actores Carlos Mesta, Sebastián Ramos, Karina Jordan, Pedro Ibáñez y Verónica Infantes, liderados por la experimentada Mónica Sánchez, quien destaca como la madre y cabeza de esta familia ¡Qué gusto da verla en estos roles protagónicos! En verdad, provoca dedicar una líneas a cada uno.

Puedes ver esta hermosa obra en el Teatro La Plaza.

David Cárdenas (Pepedavid)

7 de mayo de 2026

Crítica: UN INTENTO VALIENTE


El teatro como experiencia colectiva en constante cambio y transformación

En el Centro Cultural de la Universidad del Pacífico, el Ciclo de Comedia de abril incorpora una propuesta que rompe con las convenciones tradicionales de la representación escénica: Un intento valiente, montaje de corte neofuturista que plantea un desafío tan dinámico como exigente: representar 30 obras en 60 minutos. El teatro neofuturista, término acuñado por Greg Allen en los años 80 en Chicago y traído al Perú en 2018 por Sergio Maggiolo, no solo propone una estructura dinámica, sino también una convención escénica clara: los intérpretes —denominados “valientes”— no encarnan personajes, sino que se presentan como sí mismos, en una propuesta escénica donde lo real, lo lúdico y lo teatral conviven en simultáneo.

Antes de entrar a la sala, se hace entrega del programa de mano, y este no es solo informativo, sino también una herramienta de participación. Cuando ingresamos, el escenario aparece como un espacio vacío pero cargado de posibilidades: utilería distribuida estratégicamente, intérpretes en constante interacción con el público y un ambiente que anticipa un código basado en la inmediatez, la presencia activa del público y el rompimiento de la cuarta pared. El inicio establece con claridad la convención: el público elige el orden de las historias. Esta decisión no es menor; convierte al espectador en coautor del ritmo y la narrativa. Cada microobra —de no más de dos minutos— transita entre lo testimonial, lo absurdo, lo intenso, lo irreverente, la sátira, la parodia, etc. generando una experiencia en constante cambio, dinámica y fragmentada pero cohesionada por su energía compartida.

A nivel escenográfico, la propuesta se sostiene en un principio de funcionalidad total. Cada elemento en escena construye diferentes significados, permitiendo transiciones ágiles sin ocultar la ilusión o artificio en los cambios de cada microobra. Este gesto, lejos de debilitar la ilusión teatral o el ritmo, la refuerza desde un lugar contemporáneo: el espectador no solo ve la escena, sino también su progresiva construcción. El trabajo técnico —iluminación y sonido— acompaña con una adecuada precisión. Cada historia cuenta con una partitura lumínica específica que define atmósferas y dirige la atención, mientras el diseño sonoro amplifica el impacto emocional, el tempo y construye espacios concretos. Esta coordinación resulta clave para sostener el ritmo vertiginoso del montaje. En el plano actoral, el reto es evidente: versatilidad, escucha activa y rapidez de transformación (a nivel personal y del entorno). Los intérpretes transitan entre estados emocionales y estilos escénicos con soltura, evidenciando un entrenamiento que privilegia la reacción inmediata y la conexión constante con el presente escénico.

Uno de los mayores aciertos del montaje es su capacidad para articular entretenimiento y reflexión. En medio del humor y el juego, emergen temas vinculados al contexto político, lo cotidiano y lo personal. Esta coexistencia de lenguajes permite que la experiencia no se agote en la risa, sino que permite abrir capas de lectura contemporánea y reflexión en el público. 

Más allá de su estructura, Un intento valiente se consolida como un proyecto en permanente renovación, donde cada función es irrepetible. Su vigencia, tras ocho años de actividad, radica precisamente en esa capacidad de adaptarse, dialogar y mantenerse cercano al público contemporáneo. En un panorama teatral que busca nuevas formas de conexión, esta propuesta reafirma el valor del teatro como experiencia compartida, viva y en constante construcción. Y al salir de la sala se produce una inevitable pregunta: ¿Qué implica, hoy, que el espectador deje de observar pasivamente y asuma un rol activo en la construcción del acontecimiento teatral? 

Valientes: Fernando Castro, Armando Machuca, Bea Heredia, Merly Morello, Dusan Fung, Anaí Padilla.

Rubén Aquije

7 de mayo de 2026

martes, 5 de mayo de 2026

Crítica: EL DÍA QUE CARGUÉ A MI MADRE


Un cuerpo que recuerda: delicadeza y herencia en escena

En la intimidad de la Sala Quilla, El día en que cargué a mi madre, dirigida y escrita por Paloma Carpio, se instala como una experiencia escénica sensible que encuentra en el cuerpo su principal territorio de significado. Interpretada por Bernadette Brouyaux y Soledad Ortiz de Zevallos, la obra propone un recorrido íntimo donde el vínculo madre-hija se despliega con honestidad y sutileza.

Desde el inicio, la puesta construye un universo compartido: una escenografía con niveles, un árbol que parece sostener la propia historia, elementos cotidianos y un trapecio que introduce una dimensión de riesgo y poesía. Todo convive en equilibrio, generando imágenes que sugieren más de lo que explican. Hay una atmósfera cálida reforzada por una luz mayormente ámbar y la presencia del color blanco en escena, que envuelve al espectador en una sensación de cercanía.

Uno de los grandes aciertos de la obra es su lenguaje híbrido. La palabra, la voz en off, la música, la composición de la luz y el movimiento se entrelazan con precisión, permitiendo que la historia se construya tanto desde lo narrativo como desde lo visual y lo corporal. La presencia de la danza y el circo adquiere un lugar central en la obra, aportando capas de sentido y sosteniendo la atención con momentos de riesgo y belleza. El cuerpo no solo se despliega: se arriesga, se eleva, se sostiene y se transforma. El uso del trapecio introduce una poética del vértigo donde se parece dialogar con la fragilidad y la fortaleza de los vínculos. La fisicalidad de las intérpretes, entre lo coreográfico y lo acrobático, construye imágenes de gran potencia visual, donde el equilibrio y la caída no son solo acciones, sino estados emocionales. Así el lenguaje circense no busca sólo virtuosismo, sino que se integra orgánicamente a la narrativa, amplificando la experiencia sensorial del espectador.

Sin necesidad de subrayar, la obra deja ver temas como el paso del tiempo, la memoria y las transformaciones del vínculo familiar, especialmente el de madre-hija. Aquí, el cuerpo se convierte en archivo: guarda, carga y también libera. Hay frases que emergen con fuerza por su carga emotiva, pero es sobre todo en la fisicalidad donde la propuesta encuentra su mayor potencia.

La presencia de distintas generaciones se sugiere con delicadeza, abriendo preguntas sobre lo que se hereda, lo que se repite y lo que se resignifica. En ese tránsito, la obra dialoga con la identidad, la pertenencia y las ausencias, sin caer en lo evidente. Incluso los elementos interculturales, como las canciones en francés, se integran de manera orgánica, ampliando el universo sin romper su coherencia.

El día en que cargué a mi madre es una pieza que apuesta por las imágenes, la emoción contenida y la construcción simbólica. Una obra que no necesita explicarlo todo para tocar fibras profundas y dejar una resonancia y reflexión profunda que permanece más allá de la función.

Últimas funciones: viernes 8, sábado 9 y domingo 10 de mayo. Entradas disponibles en Joinnus.

Tammy Alfaro

5 de mayo de 2026

lunes, 4 de mayo de 2026

Crítica: LAS MUJERES SABIAS


Entre el saber y el aparentar

Hay textos que no pierden vigencia con el tiempo; al contrario, estos maduran como reflejos incómodos frente a la sociedad. Tal es el caso de Las mujeres sabias de Molière, una comedia muy atrevida que, a pesar de la distancia generacional, se mantiene aún vigente. Bajo la dirección de Viviana Andrade, esta puesta en escena se sumerge en la crítica a la pedantería y a esa obsesión tan humana de vivir de las apariencias, pretendiendo ser o saber aquello que, en el fondo, desconocemos por completo.

La particularidad de esta obra de teatro es el compromiso de su elenco. Si bien se puede percibir que nos encontramos ante actores en proceso de formación, se rescata la gran entrega física y emocional que dejan ver en escena. Hay una energía particular que recorre las tablas; una vitalidad que, en sus mejores momentos, regala actuaciones muy honestas y desarmantes que conectan directamente con el público. Es cierto que el ritmo de la obra atraviesa valles, momentos en los que la tensión cómica parece diluirse, pero la fuerza y energía que el elenco coloca logran rescatar la atención del espectador antes de que el hilo se rompa.

En cuanto a la parte técnica, los detalles están lejos de simples complementos. La escenografía y los apoyos visuales funcionan de gran ayuda a lo narrativo, construyendo la atmósfera necesaria para que el público comprenda no solo dónde están los personajes, sino también bajo qué situación se encuentran los personajes. 

Estamos ante una obra que, aunque se perciba en desarrollo, no teme mostrarse vulnerable. Es precisamente ese conjunto de elementos que nos brinda de manera clara y honesta el mensaje de Molière, el cual llega nítido: la verdadera sabiduría no reside en la retórica vacía, sino en la autenticidad. Sin duda, una propuesta que nos invita a reírnos de nuestra propia necesidad de aparentar.

Javier Gutiérrez

4 de mayo de 2026

Crítica: JAMES BROWN USABA RULEROS


Ser otro: el juego incómodo de James Brown usaba ruleros

Este fin de semana se estrenó James Brown usaba ruleros en el Teatro de Lucía, obra de la dramaturga francesa Yasmina Reza, dirigida por Alberto Isola y con las actuaciones de Sandra Bernasconi, Pold Gastelo, Mónica Rossi, Sergio Armasgo y Eduardo Pinillos.

James Brown usaba ruleros cuenta la historia de Jacobo, un muchacho que decide dejar de ser quien es para asumir la identidad de Celine Dion. Sus padres, preocupados por esta decisión, optan por internarlo en un centro psiquiátrico no convencional, donde él vivirá nuevas experiencias.

Aunque la premisa pueda sonar extraña, el texto es bastante dinámico, con un humor elegante y un mensaje potente: aborda la identidad y la incapacidad de entender al otro, temas con los que el público conecta de inmediato desde el inicio de la obra.

La dirección de Isola es acertada. Si bien se percibe una buena conexión entre los actores al momento de interpretar a sus personajes, destaca especialmente el trabajo de Armasgo, quien da vida a Jacobo, y el de Pinillos, que interpreta a su amigo dentro del centro psiquiátrico y refuerza la lógica del mundo en el que habita. Ambos se complementan muy bien y brillan en escena.

Del mismo modo, aunque la escenografía es bastante simple y utiliza pocos elementos, destaca el trabajo audiovisual —con la inclusión de breves vídeos a lo largo de la obra— y el diseño de luces, que construye una atmósfera particular en cada escena.

Finalmente, sí recomendaría ver esta obra, sobre todo si te interesan las historias contadas de manera no convencional. Es una puesta inteligente que deja al espectador reflexionando incluso después de que termina: una comedia que invita a pensar en la libertad de vivir como uno es y en el orgullo por la propia identidad.

Javier Bendezú

4 de mayo de 2026

Crítica: KORTAS MIÉRCOLES - ABRIL


Cuatro motivos para sonreír en abril

Las cuatro obras de Kortas de los miércoles de abril en el Teatro Barranco fueron ¿En qué puedo atenderlo?, Casting de egos, ¡Amiga, te ghostearon! y ¿Por quién vota Fredesvinda?

Abrió la noche Casting de egos, escrita por Juan José Oviedo y dirigida por Diego La Hoz, en la que la experiencia en las tablas de Cecilia Tosso y Viviana Andrade nos permitió gozar del “conflicto” entre dos actrices que postulan para un desconocido papel y cuya resolución resulta tan hilarante como las puyas que se regalan durante el desarrollo de la obra. Un texto muy sencillo y un tema recurrente en el mundo artístico, pero aún los asuntos más simples pueden dar buenos resultados cuando se cuenta con el talento de dos buenas actrices y una acertada dirección.

Seguimos con ¿En qué puedo atenderlo? de Franco Iza Montoya, que permite el lucimiento actoral de Alexandra Garcés, como una empleada de servicio al cliente por teléfono, de esas que odiamos cuando no nos resuelven los problemas y de pronto llega alguien (Enrique Scheelje) que la sacude con una condición física absurda. No es la muerte sino la inmortalidad la que cuestiona el sentido de la vida. Momento crucial a donde llega una obra cómica y breve. Hecha la reflexión, la obra concluye con un final inesperado, pero crítico y divertido. La dirección es de Miguel Seminario.

La tercera obra, de Daniel Flores Farías, fue ¡Amiga, te ghostearon!, que empieza con mucho brío, con música y baile como marco de un fantasioso asalto que “sufrimos” los espectadores por una pareja de absurdos ladrones que se ve interrumpido por los pesares y conflictos románticos de la protagonista (Briana Campos, en un excelente desempeño), pese a los esfuerzos de su compañero de fechorías, Rayser Smith (con quien hacen un buen dúo en escena). La obra es divertida y bien realizada. Sería mejor si evitaran (y otros grupos también) las reiteradas referencias al lugar (Teatro Barranco) o al oficio (los “actores o actrices” en tercera persona), porque son como chistes trillados. Completa el elenco Daniel Gutiérrez, quien aparenta ser alguien del público tomado desprevenidamente, aunque es tan evidente esa ficción que llega a funcionar del todo. 

Cerró la noche ¿Por quién vota Fredesvinda? del conocido dramaturgo Eduardo Adrianzén, bajo la dirección de Rodrigo Chávez Terrones. Con un lenguaje que nos recuerda la comedia del siglo pasado, la obra nos ubica en un momento histórico muy significativo: la primera vez que las mujeres votaron en el Perú (1956) y con una fugaz mirada descubre elementos que aún se repiten, especialmente en el desencuentro entre clases sociales frente al poder. Las actrices Jessica Vicharra, Kiara Valkiria y Melany Soto se encargan de contarnos esta historia en tono de comedia.

Como todos los martes y miércoles de cada mes, el Teatro Barranco nos ofrece obras cortas, con la presencia de artistas, dramaturgos y directores mayormente peruanos, unos conocidos y otros no tanto, pero que igualmente brindan un espectáculo que va ganando cada mes en experiencia, público y calidad. En esta oportunidad, vale destacar el equilibrio logrado entre las obras presentadas. Esperamos que el nivel de exigencia para la selección sea cada vez mayor, en beneficio del teatro nacional.

David Cárdenas (Pepedavid)

4 de mayo de 2026

domingo, 3 de mayo de 2026

Crítica: ROBERTO ZUCCO


Intensidad actoral en una puesta que se diluye

Dentro del Nuevo Teatro Julieta emerge la figura de Roberto Zucco, asesino en serie que da cuerpo al clásico episódico de Bernard-Marie Koltès. Bajo la dirección de Ximena Arroyo y Haysen Percovich, esta propuesta funciona como muestra final del primer taller del Teatro Julieta, con un elenco integrado por egresados.

La dirección evidencia intenciones claras en ciertos pasajes, pero no logra sostener una línea consistente. El texto, lejos de condensarse, se dilata innecesariamente y termina por erosionar la acción dramática. A ello se suma el uso de recursos escénicos que, en lugar de potenciar la puesta, la recargan y dispersan su foco.

El mayor acierto recae en el trabajo actoral. El elenco sostiene una escucha activa que permite dinamizar el ritmo, y el intérprete de Roberto Zucco construye una presencia verosímil, con un realismo que captura la atención y articula la experiencia escénica.

Enfrentar este texto no es menor, y los actores logran sostener su complejidad; sin embargo, la propuesta carece de un marco que ordene sus decisiones. Aun así, el público se deja arrastrar por el recorrido del protagonista, impulsado por un trabajo corporal consistente.

Se percibe una intención de alcanzar un acabado profesional, pero la dirección de arte no acompaña ese objetivo. Por el contrario, los elementos escénicos entorpecen la limpieza de la propuesta, que encuentra mayor fuerza cuando se apoya únicamente en la actuación.

Un montaje que funciona como ejercicio formativo y evidencia intérpretes capaces, pero cuya resolución escénica queda atrapada en la indefinición

Juan Pablo Rueda

3 de mayo de 2026

viernes, 1 de mayo de 2026

Crítica: NOCHE DE CREADORAS - ABRIL


De todo un poco y un poco para todos

Es la segunda vez que puedo acudir a la Noche de Creadoras, iniciativa de Jen Aguirre Woytkowski que busca dar vitrina a artistas -tanto consagrados como emergentes- en una propuesta que integra diversos espectáculos artísticos breves en el contexto de una noche típicamente bohemia barranquina. Casa Bulbo, ubicada a pocas cuadras de la Plaza de Armas de Barranco, es el espacio designado para dicho fin. La noche arranca y el ambiente es inmediatamente acogedor y dinámico. Música, tragos, arte; todos los ingredientes para una gran noche están ahí. Pero, ¿qué hay de las obras seleccionadas para la edición de abril? ¿Encajan dentro de esta atmósfera fiestera y relajada, o es que desentonan y se sienten fuera de lugar en ella? 

Cuando estuve por aquí a inicios de marzo salí bastante contento con la selección de propuestas escénicas, todas ricas en diversidad, contenido y enfoque. Es satisfactorio constatar que el filtro de las creadoras ha mantenido su rigurosidad al traer ahora tres nuevas propuestas que no solo cumplen con los estándares mínimos de un espectáculo escénico, sino que brillan con luz propia y logran encontrar su propia identidad y especificidad.

Invocación Blanca Varela da inicio al recorrido artístico de la noche trayendo poemas de la aclamada escritora y poeta peruana al escenario en una propuesta performática intensa, interactiva y kinestésica. Micaela Távara (quien también dirige el montaje) y Jazmín Labrín son las actrices que prestan sus cuerpos y sus voces a la poesía de Varela en un montaje que desafía las nociones clásicas de la estructura dramática. Las intérpretes interactúan entre ellas, pero también miran directamente al público. Adoptan poses estáticas, pero también corretean desesperadamente por el escenario. Susurran frases, pero también las gritan a voz en cuello. Hacen movimientos ondulantes, pero también erráticos mientras recitan la poesía de la afamada peruana. Para alguien que conoce el trabajo de esta poeta, estoy seguro que este montaje fue una delicia; pero quizá el mérito principal radica precisamente en la reacción que ocasiona en alguien que, como yo, no estaba familiarizado con él. Más allá de abrirme el panorama e incitarme a conocer más de Varela, este montaje me deja con la sencilla, pero potente realización de que ver a dos actrices comprometidas al cien por ciento con sus acciones, objetivos y movimientos, nunca va a dejar de ser interesante. La propuesta, que además hace un uso efectivo del formato circular, se siente como una montaña rusa. Inicia con cierta quietud, mientras va elevándose, y luego, cuando llega el momento del inevitable descenso, no te suelta hasta el final. 

En Medea, es tu momento, una actriz (Daniela Zea) y una asistente de dirección (Marianne Carassa) se enfrentan en un duelo de palabras en el que se revelan las motivaciones ocultas de cada una; sobre todo las de Carassa, quien interpreta al personaje que sufre la transformación central en la obra. Esta simpática microobra funciona, en primera instancia, gracias al texto de Federico Abrill, el cual más allá del dinamismo y la organicidad, encuentra su mayor virtud en la autorreferencialidad. Debido a que los personajes habitan dentro de un universo teatral ficticio, Abrill aprovecha para desmenuzar de forma muy divertida el quehacer teatral. Desde las motivaciones que tiene un personaje, hasta el uso de los matices actorales erróneos, pasando por la revelación de la dura realidad de una actriz que además es madre, y el deseo latente de una asistente de dirección por encontrar su momento de brillar. El texto va un paso más allá incluso y logra conectar el monólogo de Medea (extraído de la reconocida obra de Eurípides) con el drama interno de uno de los personajes, haciendo que la inclusión de dicho texto griego no sea para nada gratuita, sino precisa y necesaria. Actoralmente hablando, las actrices tienen un desempeño correcto. Hay escucha y juego entre ellas, también un ritmo adecuado entre sus diálogos que permite que cada texto cale, pero me da la impresión que la dirección (a cargo de Micaela Valdés), particularmente la dirección de actores, pudo haberse trabajado aún más, quizá llevándola más al extremo, elevando la urgencia, o en todo caso unificando un poco el código (por momentos el naturalismo coqueteaba un poco con la farsa). Aún así, es difícil fallar cuando hay un texto tan sólido que te ampara. Y si a esta ecuación añadimos el carisma natural de ambas actrices tenemos, definitivamente, una operación exitosa.

Las cuñadas aporta el momento más desenfrenado y pícaro de la noche. Optando por el formato teatral clásico (en el que el público está de un lado y el elenco del otro), esta obra apuesta por yuxtaponer dos vínculos intrínsecamente relacionados, pero no comúnmente abordados: el de dos amigas que se convierten en cuñadas, y el de un hermano y una hermana que deben dejarse ir el uno al otro cuando uno de ellos se casa. Lo que debería haber sido un día perfecto se convierte en una auténtica pesadilla cuando el novio (Dante del Águila) sufre una caída severa en plena celebración rompiéndose el brazo. Dicho impase ocasiona una feroz batalla entre la novia (Tania López Bravo) y la hermana del novio (Gia Rosalino). La segunda no solo culpa a la primera por haber ocasionado este accidente, sino que no tarda en revelar sus reservas en cuanto a las recientes nupcias de su hermano, llegando incluso a sugerir la anulación del matrimonio, desatando la furia de su nueva y flamante cuñada. La obra escrita por María Paula del Olmo se sostiene principalmente gracias a su elenco y a la dirección de Federico Abrill. El texto en sí no es para nada malo. Digamos que cumple con todos los requisitos indispensables para que un texto dramatúrgico satírico funcione. Pero a pesar de su interesante premisa, termina recorriendo territorio muy conocido; poco o nada en las interacciones o diálogos suena o parece realmente nuevo, específico o sorpresivo. Del Olmo cae en lugares comunes y parece querer deliberadamente quedarse ahí haciendo que la historia, aunque divertida, sea predecible prácticamente hasta el final. Sin embargo, debo destacar que Dante, Tania y Gia estuvieron estupendos en sus papeles, elevando mucho el material. Los tres mostraron mucho dominio de la comedia física, excelente timing cómico, efectiva particularización de la palabra a favor del humor, y conexión y escucha tangible entre ellos. Abrill por su parte, conduce el ritmo y unifica el código actoral de forma satisfactoria, e hilvana las entradas y salidas de los personajes de tal forma que le da dinamismo y chispa al montaje.

En líneas generales, fue otra gran noche gracias a las creadoras. O, mejor dicho, fue otra gran Noche de Creadoras. Se necesitan y se agradecen los espacios como este en los que distintas disciplinas artísticas pueden confluir y coexistir de forma armoniosa, y que además nos invitan a compartir nuestras impresiones sobre lo que hemos visto y experimentado al ritmo de buena música y bebiendo un rico coctel. Una de las partes más divertidas de ir al teatro, después de todo, es hablar de él, y Casa Bulbo ofrece un estupendo telón de fondo para hacerlo. Lastimosamente, todos los montajes de los que hablo en esta crítica llegaron a su fin de temporada el día que asistí a verlos, así que no me queda más que recomendar a todos estar muy atentos a la revelación de la cartelera que las creadoras tienen lista para mayo. Yo ciertamente lo estaré. ¿Nos vemos ahí?

Sergio Lescano

1° de mayo de 2026

martes, 28 de abril de 2026

Crítica: LA PLAGA O RELATOS DE UN MUÑECO QUE AÚN RECUERDA


El cuerpo como archivo de la deshumanización

En la escena contemporánea, el silencio opera como un espacio en donde resuenan las verdades más incómodas. La plaga o relatos de un muñeco que aún recuerda, bajo la dirección de Estefano Portillo y con la composición musical de Edu Arana, se presenta no solo como una pieza de teatro físico, sino como un estudio coreográfico sobre la erosión del individuo frente a las estructuras de poder y la precariedad económica.

Desde el ingreso al espacio, se observa un guiño brechtiano a través de un gesto bastante simple. Los intérpretes nunca abandonan la escena; más bien, habitan los márgenes del escenario en sillas que delimitan el campo de acción, haciendo que la observación sea tan activa como el movimiento. 

La propuesta prescinde del diálogo hablado para volcar toda la carga narrativa en una dramaturgia corporal que sabe cuándo manejar la contención y cuándo desbordarse. La dinámica familiar de Pascual, su esposa y sus tres hijos se da a entender muy bien sin necesidad de explicarla de manera literal. Viven en una precariedad que se siente en los platos vacíos y en la urgencia de los gestos de los hijos cuando ven a Pascual llegar. La música de Arana, ejecutada en vivo, funciona excelente como acompañamiento de la escena, dotándole ritmo a las transiciones entre lo doméstico y lo laboral.

En la pieza, el vestuario opera como un elemento funcional que marca la fragmentación del tiempo a través de la alternancia entre la "ropa cotidiana" y la "ropa de negocios". A medida que la obra avanza, las secuencias laborales (mecánicas, alienantes, repetitivas) van devorando el tiempo familiar, haciéndose cada vez más largas hasta que empiezan a invadir los momentos cotidianos. Aquí, el personaje de Pascual inicia un descenso hacia la invisibilidad. La búsqueda de "lo mejor" para los suyos se convierte en una trampa que lo borra del espacio que buscaba proteger y sostener.

Se puede intuir, a partir de la aparición progresiva del muñeco, que observa desde la periferia durante gran parte del montaje, que este marca el destino del protagonista. El muñeco es el “final del camino”. Su integración final simboliza la culminación de la deshumanización. Pascual ya no habita su cuerpo, es ahora un objeto que "sigue funcionando".

Debo reconocer que la obra alcanza momentos de una alta carga poética, especialmente con el juego con los objetos y las secuencias que los acompañan. No obstante, en una pieza que ha construido con tanto rigor un plano simbólico a través del lenguaje corporal, ciertos elementos literales (como la irrupción de una pelota de fútbol o el uso de carteles hacia el cierre) generan un contraste que quiebra lo que la obra misma había generado. El cuerpo ya había dicho que "arriba o abajo es lo mismo para todos". La explicitud del texto en carteles parece subestimar, por un momento, la capacidad del espectador para comprender lo que la obra ya había construido.

Finalmente, puede decirse que La plaga es un recordatorio incómodo de lo que la alienación laboral, la explotación y el sistema que nos aúna a ello pueden hacerle al cuerpo. Estefano Portillo logra coordinar un elenco que entiende ese cuerpo como un territorio de resistencia y de derrota a la vez. Existe una coherencia dramatúrgica que permite observar una historia bien construida, sólida y directa, en la que la transformación de los personajes termina siendo inevitable. La recomiendo.

Daniela Ortega

28 de abril de 2026