sábado, 24 de octubre de 2026

Crítica: KAMIKAZE


Obra de César de María: la guerra y las heridas de la fraternidad

La historia comienza con la llegada de un hermano que se ha convertido en militar y que se reencuentra con su familia, en particular con otro hermano físicamente muy parecido a él. El contexto es el de un pueblo sumido en la guerra, donde el Estado recluta jóvenes para incorporarlos al ejército y reforzar sus posibilidades de victoria. El hermano militar anima al otro a enlistarse. Este lo piensa, pero finalmente decide hacerlo, iniciando un proceso en el que su manera de ver el mundo comienza a transformarse.

A medida que avanza la trama, el conflicto bélico va cediendo espacio a la pugna entre los hermanos. La problemática de la guerra, el patriotismo y los mecanismos de reclutamiento queda por momentos relegada a un segundo plano, mientras las tensiones familiares adquieren mayor protagonismo. Este desplazamiento genera pasajes densos que afectan el ritmo de la obra. Sin embargo, el elenco consigue sostener la acción y conducir la historia hasta el reencuentro de los hermanos después de la guerra, cuando ambos cargan con las huellas de la violencia. Uno regresa tras haber padecido sus estragos; el otro también está herido y ha sobrevivido sosteniendo mentiras frente a su gente y a su propia familia.

La propuesta escenográfica es minimalista. Los juguetes y objetos de apariencia descuidada que ocupan la escena dialogan con la intención de representar la guerra desde el juego. Esta elección abre una distancia entre la crudeza del conflicto y los elementos utilizados para evocarlo. No obstante, el desenlace tarda en llegar y esa espera dificulta, en algunos momentos, que las acciones se articulen con la fluidez necesaria.

Kamikaze plantea una crítica a la guerra, a sus métodos de reclutamiento y a la fuerza con la que el Estado somete a la población a sus intereses.  La puesta en escena está dirigida por Ernesto Ayala, con Carmen Ramón a cargo de la producción ejecutiva. El elenco, integrado por Berenis Cornejo, Jared Portocarrero, Milagros Campos, Willem Chunga y Víctor Lucana, realiza un trabajo destacable en el movimiento, el manejo del texto y la construcción de las acciones escénicas, sosteniendo una historia que transita entre la guerra, la familia y las marcas que deja la violencia.

Edu Gutiérrez

24 de octubre de 2026

Crónica: TEATRO LA PLAZA 2027: ¿QUÉ SIGNIFICA ESTAR PRESENTES?


Una programación que insiste en el encuentro y convoca a la memoria, el poder, los vínculos y la imaginación.

Hay algo que el teatro se resiste a perder: la posibilidad de reunirnos frente a una historia y descubrir que aquello que creíamos ajeno también nos pertenece. En ese sentido, resulta interesante que el Teatro La Plaza retome para su programación 2027 el concepto El poder de estar presentes, lema que ya articuló su temporada 2026. La decisión de prolongar esta premisa abre una lectura sobre la continuidad de su discurso institucional: insistir en el teatro como un espacio de encuentro, escucha y transformación, en un contexto donde compartir una experiencia colectiva adquiere un valor particular.

Sin embargo, renovar una consigna también implica el desafío de dotarla de nuevos sentidos. ¿Qué significa estar presentes un año después? ¿Cómo se traduce esa invitación en las historias, los conflictos y las miradas que el teatro decide poner en escena? Más allá de la permanencia del concepto, la programación de 2027 permite examinar cómo La Plaza busca sostener esta promesa a través de una cartelera que reúne distintas épocas, dramaturgias y públicos. La pregunta ya no es únicamente por qué necesitamos encontrarnos en el teatro, sino qué puede suceder cuando finalmente lo hacemos.

La programación para adultos reúne cinco títulos que transitan por diferentes épocas y conflictos. Inicia el año con un drama romántico, Ana en el trópico, de Nilo Cruz, dirigida por Alberto Isola. Sitúa la acción en una comunidad de inmigrantes cubanos donde la lectura de Ana Karenina, de León Tolstói, comienza a alterar la vida de quienes escuchan la historia. La literatura aparece aquí como una fuerza capaz de intervenir en la realidad, movilizar deseos y exponer las contradicciones de una comunidad. Le sigue Aquello de lo que no hablamos, de Pascal Rambert, que desplaza la mirada hacia una familia que se reconoce progresista, pero cuyos principios se ven confrontados cuando afloran los prejuicios y las jerarquías que permanecían bajo la superficie de una convivencia aparentemente armoniosa.

Ambas propuestas permiten reconocer una tensión que atraviesa buena parte de la cartelera: la distancia entre aquello que decimos ser y aquello que nuestras acciones revelan. La familia, la comunidad y los espacios de convivencia dejan de funcionar como territorios seguros para convertirse en escenarios donde se hacen visibles las contradicciones de nuestra propia conducta. Estar presentes, desde esta perspectiva, supone también enfrentarnos a aquello que preferiríamos mantener oculto.

La dimensión del conflicto se amplía con Panorama desde el puente, de Arthur Miller, bajo la dirección de Norma Martínez. Ambientada en el Brooklyn de los años cincuenta, la tragedia coloca en el centro los celos, la obsesión y las nociones del honor que conducen a un estallido familiar. La presencia de este clásico permite volver sobre las estructuras afectivas y sociales que condicionan las decisiones individuales, así como sobre las consecuencias de una masculinidad que convierte la posesión y el control en formas de relacionarse con los demás.

En otro registro, La ideología de la ornitorrinca, escrita y dirigida por Patricia Romero Figueroa, propone una protagonista que enfrenta un Alzheimer fulminante mientras lucha por despedirse del mundo con dignidad y defender su derecho a decidir sobre su propio final. El anuncio de esta obra introduce una cuestión especialmente sensible: la autonomía sobre la propia vida y la posibilidad de sostener la voluntad individual frente a los límites que impone la enfermedad. Su presencia en la temporada abre un espacio para pensar la dignidad, la vulnerabilidad y el derecho a tomar decisiones sobre nuestra existencia.

Finalmente, Fuente Ovejuna, de Lope de Vega, bajo la dirección de Jean Pierre Gamarra, recupera la rebelión de una comunidad frente a la tiranía. La propuesta se anuncia como una aproximación transgresora al clásico, con la intención de poner en diálogo la lucha por la justicia y la dignidad con las preguntas del presente. La elección resulta significativa dentro de una cartelera atravesada por conflictos de poder, porque desplaza la mirada desde las tensiones individuales hacia la capacidad de una colectividad para organizarse, resistir y levantar la voz.

Leídas en conjunto, estas cinco obras dibujan un mapa de relaciones atravesadas por la autoridad, los prejuicios, el deseo, la autonomía y la resistencia. La programación no se limita a reunir historias de distintas procedencias: permite reconocer una preocupación compartida por las estructuras que organizan nuestra convivencia y por los momentos en que estas comienzan a resquebrajarse. Sin embargo, la diversidad de títulos también plantea un desafío artístico. ¿Cómo conseguir que los textos de otras épocas dejen de ser piezas de un repertorio consagrado y vuelvan a convertirse en materia viva para el espectador contemporáneo? ¿Qué operaciones de dirección, dramaturgia y puesta en escena permitirán que estos conflictos dialoguen realmente con nuestro presente?

La pregunta adquiere particular relevancia ante la promesa de una lectura transgresora de Fuente Ovejuna. La rebeldía de un pueblo frente a la tiranía conserva la posibilidad de interpelar a nuevas generaciones, pero esa potencia no reside únicamente en la vigencia del texto. Dependerá de cómo la puesta en escena construya su vínculo con el presente y de qué manera convierte la historia de una comunidad que se revela en una experiencia capaz de movilizar al público de hoy. La cartelera anuncia el horizonte; la escena tendrá que darle cuerpo.

UN TEATRO PARA DISTINTAS GENERACIONES

La programación de La Plaza Joven extiende la invitación hacia las infancias y las familias mediante cuatro propuestas que exploran la música, el juego, la aventura y la imaginación. El regreso de El Fantasma de la Ópera, adaptación de Els Vandell dirigida por Els Vandell y Rod Díaz, comparte temporada con Abrázame, creación de Jorge «Awelo» Miranda dirigida a bebés y niños de uno a cuatro años; Yute y Tocuyo, de Rafael Lanfranco, bajo la dirección de Pablo Saldarriaga; y Don Quijote, inspirado en la obra de Miguel de Cervantes Saavedra y dirigido por Rod Díaz Sánchez.

Aunque se dirigen a públicos distintos, estas propuestas colocan la imaginación en el centro de la experiencia teatral. Desde el universo musical y misterioso de la Ópera de París hasta la exploración sensorial de los primeros años de vida, pasando por el viaje de dos pequeños robots que buscan sus orígenes y las aventuras del caballero de la Mancha, la programación apuesta por la posibilidad de descubrir otros mundos desde el escenario.

En este punto, la idea de estar presentes adquiere otra dimensión. Acercar a las infancias al teatro no significa únicamente ofrecerles entretenimiento, sino reconocerlas como espectadoras capaces de experimentar, interpretar y construir sus propias preguntas. En particular, una propuesta sensorial como Abrázame permite pensar el acontecimiento escénico más allá de la palabra: el movimiento, las texturas, los sonidos y la relación con el espacio se convierten en formas de comunicación y descubrimiento.

La apuesta por una programación familiar también invita a pensar en la construcción de públicos a largo plazo. El encuentro entre generaciones puede abrir conversaciones y producir recuerdos compartidos, pero el acceso a esas experiencias resulta igualmente importante. La posibilidad de que el teatro acompañe distintas etapas de la vida depende no solo de la existencia de espectáculos para cada edad, sino también de las condiciones que permitan a más niños, niñas y familias acercarse a ellos.

SALA DE PARTO: EL DESAFÍO DE HACER LUGAR A NUEVAS VOCES

La programación de Sala de Parto incorpora otra dimensión al anuncio de la temporada 2027. Su propuesta se articula en torno a tres líneas: una programación de trasnoche que busca conectar con nuevos públicos desde el entretenimiento, un programa internacional para acompañar nuevas dramaturgias de la región y una nueva edición de su festival, que durante dos semanas reunirá en Lima a artistas, obras y públicos.

Este espacio introduce una pregunta necesaria para pensar el desarrollo de la escena contemporánea: ¿cómo se crean las condiciones para que las nuevas voces no solo aparezcan, sino que encuentren oportunidades reales de desarrollo, circulación y continuidad? Impulsar nuevas dramaturgias supone reconocer que el teatro no se sostiene únicamente mediante la reposición de obras conocidas o la presentación de montajes terminados. También requiere espacios para experimentar, investigar, equivocarse y construir lenguajes propios.

En ese sentido, el acompañamiento de dramaturgias regionales puede abrir posibilidades de intercambio que desborden las fronteras nacionales y permitan reconocer otras experiencias de creación. Por su parte, la programación de trasnoche plantea una vía para explorar formatos y convocar públicos desde otros códigos de entretenimiento. La articulación de estas líneas amplía el horizonte de Sala de Parto, aunque su alcance deberá medirse también por las oportunidades concretas que ofrezca a los artistas y por la capacidad de sus iniciativas para sostener procesos creativos más allá de un evento puntual.

La presencia de Sala de Parto dentro del anuncio general resulta relevante porque recuerda que el futuro del teatro no depende exclusivamente de las obras que llegan a escena, sino también de los espacios que hacen posible su creación. Si la consigna de la temporada propone el encuentro, este no debería limitarse a la relación entre el espectáculo y su público: también puede construirse entre artistas, dramaturgos, lenguajes y comunidades de creación.

ESTAR PRESENTES NO ES SUFICIENTE: HAY QUE PROVOCAR EL ENCUENTRO

La programación 2027 del Teatro La Plaza prolonga una premisa que ya había definido su temporada anterior y la despliega a través de un conjunto de propuestas que transitan por las tensiones familiares, las relaciones de poder, la autonomía, la resistencia colectiva y la imaginación. A ello se suman una oferta dirigida a las infancias y las familias, y un espacio dedicado al impulso de nuevas dramaturgias y experiencias de creación contemporánea.

La continuidad de El poder de estar presentes puede leerse como una apuesta por consolidar una identidad institucional alrededor del encuentro teatral. Pero también exige mirar más allá de la consigna. Si estar presentes significa compartir un mismo espacio, el verdadero desafío consiste en hacer que esa reunión produzca algo que trascienda la coincidencia física entre escenario y platea.

Una programación puede convocar temas urgentes, recuperar clásicos y ofrecer experiencias para distintas generaciones. Lo decisivo será la manera en que cada montaje transforme esos materiales en una propuesta escénica singular, capaz de cuestionar nuestras certezas y abrir nuevas formas de mirar aquello que compartimos. Por ahora, el anuncio permite reconocer las líneas de trabajo que La Plaza propone para 2027; las puestas en escena tendrán la tarea de revelar sus alcances, sus riesgos y sus contradicciones.

Porque estar presentes no significa simplemente ocupar una butaca ni compartir unas horas bajo la misma luz. Significa exponernos a una historia, aceptar la incomodidad de una pregunta y permitir que aquello que ocurre en escena continúe resonando cuando las luces se apagan. La Plaza vuelve a apostar por esa posibilidad. Queda por descubrir si su programación conseguirá convertir la promesa del encuentro en una experiencia que nos transforme.

Juan Pablo Rueda

24 de octubre de 2026

Crítica: PROMOCIÓN


El aula como escenario de la vida

Al ingresar a la sala, unas carpetas dispuestas al fondo del escenario nos invitan a pensar que estamos frente a un aula de clases. Poco después, un numeroso grupo de jóvenes actores entra en escena y ocupa sus lugares. La escenografía, amplia y contundente, aprovecha las dimensiones del teatro para recrear ese espacio escolar en el que transcurren tantas historias.

Promoción aborda situaciones que atraviesan los adolescentes: los conflictos amorosos, las drogas, la virginidad, la primera vez, el bullying y otras experiencias que forman parte de esa etapa de descubrimientos, dudas y decisiones. El texto está cargado de comedia, y los actores saben aprovecharla con soltura. Destacan la complicidad entre ellos, los momentos de juego y una escucha escénica que permite que las situaciones fluyan con naturalidad.

Las historias son claras y reconocibles. Vemos a jóvenes que, en el camino de la vida, toman decisiones equivocadas, se enfrentan a sus propias contradicciones y buscan encontrar su lugar en el mundo. También aparece la figura del profesor que intenta acompañarlos y ayudarlos a comprender las consecuencias de sus actos.

Uno de los aspectos más interesantes de la propuesta es su mirada pedagógica, que se aleja de las posturas rígidas que pretenden imponer la disciplina y el orden como únicas vías para educar. Frente a una visión autoritaria de la enseñanza, la obra abre la posibilidad de pensar la escuela como un espacio de encuentro, escucha y comprensión, donde los conflictos no se resuelven únicamente mediante la imposición de normas, sino también a través del diálogo y el reconocimiento de los estudiantes como sujetos con experiencias propias.

Dirigida por Manuel Baca Solsol, Promoción convierte el aula en un escenario donde la comedia permite acercarnos a las inquietudes juveniles y reconocer que educar no consiste solamente en corregir conductas, sino también en acompañar procesos, comprender errores y abrir espacios para aprender de ellos.

Edu Gutiérrez

24 de octubre de 2026

miércoles, 21 de octubre de 2026

Crítica: CASA DE MUÑECAS


Una casa que no se sostiene, una muñeca que no termina de despertar.

Casa de muñecas, de Henrik Ibsen, es uno de esos clásicos teatrales cuya vigencia no depende únicamente de la historia que cuenta, sino de las preguntas que deja abiertas sobre la libertad, la identidad y las estructuras que convierten a una persona en propiedad de otra. Bajo la dirección de Sebastián Cafferata, la propuesta de Ciempies Producciones traslada este universo a un contexto contemporáneo, con una Nora que, aun cuando parece haber alcanzado cierta estabilidad profesional y afectiva, empieza a reconocer que la vida que lleva no necesariamente es la que desea. Sin embargo, las posibilidades de esta actualización se debilitan cuando la puesta en escena no consigue articular con claridad sus conflictos, ni sostener la tensión que debería conducir a su protagonista hacia la ruptura.

El espacio se organiza mediante dos zonas diferenciadas por la iluminación: un tocador acompañado de un mueble elegante y una banca al otro lado. La disposición ofrece un punto de partida para construir un universo íntimo, donde lo profesional y lo personal puedan revelar las relaciones de poder que atraviesan a los personajes. También resulta interesante la decisión de aprovechar el espacio más allá del escenario e incorporar el área del público. No obstante, este recurso aparece de manera aislada. Una exploración más constante del espacio habría podido reforzar la cercanía con los espectadores y, sobre todo, la sensación de que el conflicto de Nora no se limita a las paredes de una casa, sino que responde a una estructura que la excede.

La adaptación plantea una Nora cuya carrera artística parece avanzar gracias al esfuerzo sostenido y a una profesión que su padre le impuso, aunque ese desarrollo no se traduzca en satisfacción personal. A esta herencia se suma la relación con Torvaldo, quien reproduce, desde otro vínculo, una dinámica en la que ella parece ocupar el lugar de una muñeca: alguien a quien se dirige, se corrige y se dispone según las necesidades ajenas. La premisa contiene una tensión sugerente: ¿qué ocurre cuando una mujer descubre que aquello que ha aprendido a hacer bien no es necesariamente lo que quiere hacer con su vida? El problema es que la obra dispersa esta pregunta entre información, personajes y conflictos que no siempre encuentran una función dramática reconocible. Algunas relaciones quedan poco desarrolladas y ciertos acontecimientos aparecen sin suficiente preparación, por lo que seguir el recorrido de Nora exige completar conexiones que la puesta no termina de hacer visibles.

Esta falta de claridad también afecta la construcción de los personajes. En el caso de Nora, interpretada por Alessia Small, cuesta percibir una transformación interna progresiva. La actuación se mantiene en un registro relativamente uniforme, con pocas variaciones de intención y transiciones emocionales que no terminan de sentirse orgánicas. Por momentos, las emociones parecen presentarse como un resultado que debe comunicarse, antes que como una consecuencia inevitable de lo que la protagonista está atravesando. Henry Nugent, como Torvaldo, recurre a una expresividad facial y vocal muy marcada que, lejos de profundizar el personaje, termina por evidenciar el esfuerzo interpretativo. La exageración no encuentra nunca un correlato en la situación dramática, y la relación entre ambos carece de una química escénica que permita comprender cómo se ha sostenido ese vínculo y qué mantiene a Nora dentro de él.

El problema no reside en que los personajes deban agradar ni en que sus relaciones tengan que resultar saludables. Una pareja conflictiva puede ser profundamente convincente en escena. Lo necesario es que sus comportamientos respondan a objetivos reconocibles y que las tensiones se acumulen con suficiente precisión. Aquí, en cambio, la actuación y la dirección no siempre permiten distinguir qué buscan los personajes en cada encuentro ni cómo cambia su relación a partir de lo sucedido. Los desplazamientos y las caminatas, particularmente dentro de un código de actuación que parece apostar por el realismo, tampoco encuentran una motivación legible. Si existe una lógica detrás de estas decisiones, no termina de traducirse en una experiencia clara para el espectador.

La dramaturgia incorpora, además, situaciones humorísticas que parecen diseñadas para aliviar la tensión o producir complicidad con el público. Algunas podrían funcionar dentro de la propuesta, pero dependen de un ritmo, una escucha y una espontaneidad que no terminan de aparecer. Los intérpretes parecen demasiado pendientes del siguiente momento del texto, y los tropiezos con las líneas, sumados a problemas de volumen y a la disparidad entre los registros actorales, interrumpen la continuidad de las escenas. La iluminación, por su parte, se apoya en cambios reiterados que resultan planos y poco expresivos, mientras que el vestuario no establece con suficiente claridad la identidad de los personajes ni acompaña una evolución visible de sus circunstancias.

Dentro de este conjunto, la presencia de Ana Lucía Burga destaca por una frescura y una elegancia escénicas que encajan con su personaje. Aunque su participación es breve, logra imprimirle una cualidad propia y una naturalidad que contrasta con la rigidez presente en otros momentos del montaje. Es un aporte puntual, pero significativo, porque permite entrever la vitalidad que la propuesta podría alcanzar si sus elementos trabajaran con mayor coherencia. Sobre todo porque, como sabemos, en el teatro la energía se comparte, es su presencia que me hizo notar cierta chispa e impulso en los demás personajes cuando interactuaban entre ellos.

La escena final concentra, quizá, la dificultad más importante de la puesta. Después de que Torvaldo grita, insulta y agrede físicamente a Nora, ella decide hablar con él y él acepta sentarse mientras ella permanece de pie. La violencia debería modificar de manera irreversible las condiciones del encuentro: no necesariamente porque deba conducir a una única reacción posible, sino porque el cuerpo, la palabra y la confianza ya han sido atravesados por una experiencia límite. Sin embargo, la escena no consigue sostener suficientemente las consecuencias de lo ocurrido. La transición hacia la conversación se siente abrupta y debilita la tensión acumulada, como si el montaje quisiera alcanzar su desenlace sin concederle al conflicto el tiempo necesario para transformarse. Así, la decisión de Nora de abandonar su vida anterior pierde parte de la fuerza que podría tener.

La producción deja entrever una premisa valiosa y algunas posibilidades espaciales e interpretativas, pero estas no llegan a articularse en una experiencia escénica consistente. Una obra como Casa de muñecas no necesita reproducir intactas las formas de su época para conservar su potencia; necesita comprender qué sostiene su conflicto y encontrar una forma propia de hacerlo visible en el presente. En esta versión, la libertad de Nora se anuncia con mayor claridad de la que llega a construirse. Y cuando el camino hacia una decisión trascendental resulta confuso, la ruptura final corre el riesgo de sentirse menos como una conquista que como una salida apresurada.

Al cerrar la puerta, Nora tendría que dejar resonando una pregunta. En esta ocasión, lo que permanece es la impresión de una historia con posibilidades que no terminan de encontrar su forma.

Naomi Noblecilla

21 de octubre de 2026

Crítica: LO NUNCA VISTO


Reír para no detener el tiempo

¿Qué hacemos con aquello a lo que no podemos volver? ¿Nos aferramos, lo negamos o lo convertimos en escena? Lo nunca visto, del dramaturgo español José Troncoso, apuesta por lo tercero, y Fiorella Pennano elige este texto para su debut en la dirección.

La premisa nos sitúa frente a Araceli (Kareen Spano), una maestra de ballet que se niega a aceptar el retiro y convoca a sus antiguas alumnas para montar un espectáculo irrepetible que rescate lo que queda de su academia. Al llamado solo responden Maricarmen (Claudia Bérninzon) y Sofía (Tamara Jhiareth). Lo que pretendía ser la gran obra de la maestra se desvía inevitablemente hacia las heridas de cada una, habitando un universo donde el absurdo y la farsa convergen. El texto exige que la risa y la vulnerabilidad convivan sin estorbarse, y Pennano lo consigue. Las repeticiones en el texto funcionan como mantras que delatan la angustia de que el tiempo pase y no cure nada.

La autoridad de Spano habita en el cuerpo de Araceli, que va sostenido por un bastón; desde esa corporalidad marca el pulso de la función y regula la intensidad de la escena. Verla sostener aquella energía es un disfrute absoluto.

Por su parte, Bérninzon demuestra un dominio absoluto de la comedia. Le basta un gesto o la propia respiración para detonar la risa en la sala, pero su mayor acierto reside en cómo habita el dolor. Cuando expone el episodio más devastador de su vida, el montaje alcanza su punto más alto. También debe destacarse la iluminación, que permite proyectar un teatro de sombras donde las siluetas caricaturescas parecen burlarse de la tragedia relatada, mientras el recurso audiovisual le otorga una carga testimonial desoladora. Es una gran muestra de cómo todos los recursos se unen para ofrecer un momento potente y completamente cohesionado.

Las tres intérpretes y la dirección logran articular una propuesta que divierte y conmueve. Pennano firma un debut prometedor, demostrando que, a veces, la mejor respuesta al paso del tiempo es una carcajada con un nudo en la garganta.

Daniela Ortega

21 de octubre de 2026

Crítica: FEDRA


En la era de la posverdad

Actualmente, vivimos en la era de la posverdad. Eso es lo que denuncia Fedra, en esta versión adaptada a nuestros días. Bajo la dirección de Jorge Robinet y adaptada por Gonzalo Rodríguez Risco y Marcela Cossíos, el personaje de Fedra (interpretada por Alexandra Graña) es una influencer que se dedica a “destapar la verdad” en sus transmisiones en vivo. A Graña le acompañan en escena Gonzalo Molina, José Miguel Argüelles, Monica Ross y María Rubio Arregui.

La propuesta ofrece una adaptación interesante hacia la contemporaneidad. En escena, Graña entrega un trabajo actoral fenomenal, lo mejor de la noche. Su presencia impone y su quiebre dramático se ve brillantemente sostenido, logrando mantener su figura de autoridad, pero derrumbada por dentro. A su trabajo, le sigue de cerca Ross, quien encarna perfectamente a Laura, la prometida de Christian (Argüelles). Fue bastante orgánica, y transmitió aquella indignación y dolor al descubrir las mentiras y el egoísmo de su esposo.

Sin embargo, cabe señalar que en el aspecto dramatúrgico y de ritmo, la obra queda un poco corta respecto a la profundidad que promete. El conflicto principal tarda en aparecer debido a un prólogo extenso cargado de escenas que entregan ciertas “migajas” de contexto; un recurso que podría evaluarse teniendo en cuenta la familiaridad del público con el mito clásico. Esto genera que el desenlace, aunque resuelto con gran intensidad, se sienta apresurado. Asimismo, la tensión e inclinación incestuosa entre Fedra y su hijastro, sugerida en el texto, podría acentuarse aún más, pues aparece con fuerza en el clímax, mas deja una sensación de revelación retrospectiva y no tanto de un proceso dramático vivo.

En la puesta en escena se destaca el uso de la cámara en vivo, que enfoca intermitentemente a los actores. Como elemento suma significativamente, porque aporta una perspectiva distinta para la mirada del espectador, y funciona como un comentario visual sobre cómo el encuadre mediático altera la percepción de la realidad. Con todo ello, Fedra se presenta como una experiencia atractiva y altamente recomendada.

Daniela Ortega

21 de octubre de 2026

Crítica: ABRUMADORA Y SOBRE-ESTIMULANTE


Sobre-vivir en un mundo digital

¿Qué tan conscientes somos de cuánto la tecnología y las redes sociales nos consumen? Abrumadora y Sobre-estimulante nos sumerge en la vida de este “influencer” interpretado por Sebastián Ramos. Bajo la dirección de Vian L. King, observamos cómo la cotidianidad del personaje de Ramos se ve marcada fuertemente por su conexión con el universo de su celular. Desde que despierta, hasta que duerme (y aún dormido, podría decirse que continúa viviendo en un metaverso).

La dirección de arte complementa el discurso detrás de la obra. Nos vemos rodeados de proyecciones alucinantes que bañan todas las paredes, techo y suelo del local; y de sonidos propios de Instagram y TikTok. Todo ello nos termina por sumergir en el fenómeno del doomscrolling por completo, y la obra le hace honor a su nombre, volviéndose abrumadora y sobreestimulante para los espectadores y haciéndonos parte de aquello mismo que busca denunciar.

Ramos realiza una interpretación marcada por los constantes estímulos externos, y logra verse afectado por la fatiga audio-visual que su personaje sufre. Su corporalidad se modifica para encarnar las subidas y bajadas de dopamina, y muestra una ansiedad inherente, que pareciera ya natural de sí mismo.

Finalmente, Abrumadora y Sobre-estimulante no solo expone el colapso del sujeto contemporáneo; nos sitúa frente a un espejo hiperconectado del cual resulta difícil apartar la mirada.  En ese cruce entre la fatiga y la sobrecarga digital, la obra deja de ser solamente una representación para convertirse en el retrato inmediato de nuestra propia adicción cotidiana.

Daniela Ortega

21 de octubre de 2026

Crítica: MIGRANTES


¿Acaso no tienen hambre, miedo? 

Vanessa Vizcarra escribe y dirige Migrantes, obra de teatro familiar basada en el premiado cuento ilustrado del mismo nombre de la autora peruana Issa Watanabe. Tornillo Teatro y el Centro Cultural de la Universidad del Pacífico producen la obra que, además, fue beneficiaria de los Estímulos Económicos para la Cultura 2025 del Ministerio de Cultura del Perú. Apostando por una experiencia escénica completa que combina teatro físico, música en vivo, máscaras, títeres y hasta proyecciones, la dramaturga y directora asume la difícil tarea de traer a la vida las ilustraciones de Watanabe en una historia original que busca cautivar tanto a chicos como a grandes. La pregunta es, ¿lo logra? 

Debo admitir que no he visto mucho teatro familiar u orientado para niños. Tampoco conocía el trabajo de Watanabe, pero por fortuna esta vez llegué temprano al teatro y pude recorrer con calma la exhibición dedicada a Migrantes, su celebrado libro de ilustraciones, en el primer piso del moderno e imponente Centro Cultural de la Universidad del Pacífico. Las imágenes de Watanabe me sobrecogieron de inmediato. Muy detalladas, surreales en naturaleza (mostrando animales con cuerpos de humanos), pero con trazos realistas cargados de una inesperada melancolía. La impresión visual de ver un grupo grande de animales humanoides avanzando en la misma dirección, con bolsos, maletas y demás, es bastante impactante, y no hizo más que elevar mis expectativas (algo muy peligroso) y causarme mucha curiosidad sobre cómo iba a ser la versión escénica de estas bellas piezas gráficas. Afortunadamente, Vizcarra no decepciona en su adaptación, y más bien aporta lo que me parece un complemento fenomenal al de por sí logrado libro de ilustraciones.

La obra arranca con buen pie. En lugar de aparecer en el escenario, Eduardo Cardozo, Deysi Forcades, Muriel García, Sol Nacarino y Luigi Valdizán aparecen bajando por las escaleras, por donde ingresó el público, como si el teatro fuese una parada más de su viaje. Cantando llegan por fin al escenario y con un divertido número musical (uno de varios) se presentan al público, haciendo evidente así la dinámica que la directora-dramaturga ha elegido para contar esta historia: la de usar diversos narradores. La decisión es a mi parecer acertada: primero, porque es una gran forma de mantener la atención de los niños; segundo, porque al cambiar constantemente de narrador, los demás artistas escénicos quedan libres para mostrar lo que se cuenta oralmente; y finalmente, porque enfatiza y refuerza el hecho de que esta no es una historia individual, sino colectiva. Esta no es más que una de decenas de decisiones acertadas que tomó Vizcarra. La implementación de música en vivo (con composiciones originales de José San Miguel Dammert), el uso dinámico del espacio, la variedad de estímulos presentados (en un momento hay incluso danza aérea en telas), la utilización de biombos y el juego que logra con sus sombras, y el minimalismo del escenario son algunos otros de sus aciertos. A nivel de dramaturgia, debo resaltar que a pesar de que la obra sea obviamente orientada a un público infantil, el texto logra poner sobre la mesa temas profundos que seguramente no habrán calado tanto en las mentes infantiles, pero definitivamente lo hicieron en las adultas. De hecho, considero que este es el acierto principal de este texto: el conseguir hablar sobre la inevitabilidad de la muerte, la resiliencia que conlleva una migración, el sentido que esta tiene y su naturaleza de búsqueda permanente, entre otras cosas, todo dentro de un código claramente infantil y adecuadamente mágico.  

A nivel de producción, no tengo nada que criticar. Más bien, debo elogiar a la producción por ser tan cuidadosa con cada detalle mostrado en el escenario, desde el vestuario de los migrantes hasta la manera en la que confeccionaron y presentaron a cada animal en escena. Tanto el diseño de arte como el de luces y sonoro, todo el rubro de diseño en realidad, destila una sensibilidad muy elevada, un respeto y admiración por el material gráfico, y una voluntad por crear un espectáculo visual realmente memorable para grandes y especialmente para chicos.

A nivel actoral, el equipo conformado por Cardozo, Forcades, García, Nacarina y Valdizán demuestra amplia destreza musical, vocal y física, y un alto compromiso con sus papeles. Por un momento me pregunté qué hubiera pasado si a estos personajes se les hubiese dotado de una personalidad más definida, pero después de pensarlo, restringirlos a su código de narradores/intérpretes permitía que la historia que nos contaban tome primer plano, y que la belleza visual y poética de los animales migrantes no sea opacada. De la misma manera, hay una autorreferencialidad interesante y muy unificadora que se logra al revelarse que ellos son un grupo de migrantes tal como los animales de la historia que nos contaban. Es un detalle pequeño pero potente que demuestra que por más que cada grupo de migrantes es distinto, todos comparten ciertas cosas en común, siendo quizá la principal de ellas la búsqueda de un cambio, que no es otra cosa que la búsqueda de la felicidad.

Qué bien me la pasé con Migrantes. Y si yo la pasé bien, no puedo ni imaginar cuánto lo disfrutó un niño. Y ese es un detalle interesante. Ir a Disney de niño es muy diferente que ir de adulto. Pero ambas experiencias son igual de válidas, poderosas, y a mi parecer, necesarias. Que sigan las propuestas de este tipo, que generen eso que tanto anhelamos todos los artistas escénicos: cultura de teatro. Porque, ¿adivinen qué? Si queremos que la asistencia al teatro se incremente, debemos pensar también (¡quizá primero!) en los más pequeños. Si yo voy al cine regularmente es porque me inculcaron el hábito desde chiquito y vaya que caló. Lo mismo puede pasar con el teatro, así que ya saben, lleven a sus hijos, sobrinos, ahijados, nietos. Y si no tienen, tranquilos, pueden llevar a su niño interior. Ese que aún cree en la magia. Migrantes está todos los sábados y domingos hasta el 29 de noviembre. Vayan. No tiene pierde. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

21 de octubre de 2026

sábado, 17 de octubre de 2026

Crítica: ENTRE LÍNEAS Y SILENCIOS


Lo que no se dice no desaparece

La obra Entre líneas y silencios, presentada como parte del ciclo Teatro en el Centro, trata uno de los más comunes dramas de los ciudadanos de a pie: el amor y sus dificultades. La historia sigue a una pareja, Ponciano y Hermelinda, quienes atraviesan problemas y desconfianzas tras la sospecha de una infidelidad por parte de él. Ambos, que han tratado de progresar juntos y buscaban formar una familia, verán su mundo trastocado por las consecuencias de sus propias acciones, así como de su silencio. A raíz de la extraña desaparición de ella, entrará a escena el personaje del policía, quien llegará para complejizar la trama y sumergirnos aún más en el misterio. 

Escrita y dirigida por Godo Lozano, la obra destaca por una sensibilidad que dota de profundidad a sus personajes, tan contrariados como apasionados. Hermelinda, encarnada por Darill Hanna, es una mujer fuerte y cuidadosa, aunque se siente poco apreciada en su matrimonio, con justa razón. Ponciano, interpretado por Emmanuel Caffo, agobiado por la cotidianidad y el trabajo debe también demostrar su amor frente a la acusación de infidelidad. Ambos, tanto un poco culpables como algo inocentes, nos hacen reflexionar, con su dinámica, sobre que no todos somos completamente buenos o malos. Asimismo, el personaje de Onasis Toro, el policía, va a encarnar todas las características que asociamos a tal institución, y también funcionará como un alivio cómico ante los problemas de la pareja. 

Nos vemos en la necesidad de resaltar también el trabajo de producción, con una escenografía impecable y un vestuario muy pensado. La construcción de una atmósfera doméstica, que en ocasiones podía volverse hostil, pasaba por un juego de luces y música, muy cuidados, que encerraban a los personajes y la utilería en su tensión. Así, la cama y mesa, sobre todo, son estos muebles en los que nuestros personajes descansaban, pero también donde descargaban sus problemas. Los elementos en escena nos demostraban la existencia de un hogar que por un lado se mantenía, y por otro, proyectaba una sombra sobre quienes lo consideraban su casa.

La puesta en escena de Entre líneas y silencios nos genera mucha emoción, por constituir un proyecto que explora el drama íntimo de una pareja, y nos demuestra que hay en ello un universo que merece ser visto. Asimismo, la idea de ciclos de teatro en la sede ICPNA Centro genera espacios nuevos para la cultura, en distintos puntos de la ciudad, lo cual valoramos muchísimo: el telón se abre así, enormemente.

Jimena Muñoz

17 de octubre de 2026

Crítica: ANNIE


¡Annie es nuestra!

Hay historias que cautivan, escenas que quedan grabadas en la cabeza y canciones que, a la primera nota, reconoces y hacen que se te vuelva a llenar el pecho. Eso es Annie para esta amante de los musicales que conoció por primera vez a la niña pelirroja en un Betamax y lloró al verla hecha realidad sobre el escenario del teatro Marsano allá por los noventa. Y toda esa emoción estuvo presente mientras aplaudía lo que hoy nos trae Preludio al Teatro Municipal de Surco: una puesta maravillosa.

La historia ya la conocemos: una niña huérfana que busca a sus padres, una villana que utiliza a las niñas para lucrar y un millonario que ha dejado de vivir para trabajar y que recupera el disfrute de la vida cuando la niña pelirroja llega a su casa. Annie lo salva, incluso cuando nos dicen que es él quien la salva a ella. La obra también nos habla de desigualdad, de tristeza y de hartazgo. De maldad y de poca empatía hacia los niños, hacia quienes tienen hambre. De brechas. Y, en medio de todo eso que duele, también hay glamour, luz y esperanza de un mañana mejor. Porque basta escuchar su emblemática canción para imaginarlo posible, contagiados por la actitud y la inocencia de quien mira el mundo desde los ojos ingenuos y juguetones de la niñez.

A esta fanática de los musicales, que le agradece infinitamente a Denisse Dibós y a su equipo por todo lo que vienen haciendo desde hace tantísimos años, le resulta imposible separar la esperanza de la obra de la emoción que le produce ver una producción de esta calidad, con un reparto genial, un ensamble maravilloso y nuevos talentos. Es imposible no emocionarse, no solo porque las niñas de ese orfanato estarán a salvo, sino también porque nuestro país tiene todo lo que necesita para hacer teatro musical con un nivel envidiable.

Y quizás ahí esté una de las cosas más bonitas de ver Annie: recordar que la esperanza no solo vive en las historias que nos cuentan, sino también en las cosas que somos capaces de hacer realidad. En un escenario, en la armonía de las voces, en la elegancia del ensamble, en las niñas que brillan y en todo un equipo que hace posible que la magia suceda.

Salí con el corazón lleno, como aquella niña que descubrió que las historias también podían contarse con canciones y danza. Y con la alegría de saber que, tantos años después, todavía hay musicales capaces de emocionar así. Me quedé también con la imagen de tantos niños y niñas que llenaban las butacas, quizá viviendo su primer encuentro con un musical. Quién sabe si, entre esas canciones y esas historias, alguno descubrirá un amor que lo acompañe durante años. Qué suerte la mía, la nuestra, poder encontrarnos otra vez con Annie hecha espectáculo por el talento de nuestros artistas.

Cristina Soto Arce

17 de octubre de 2026