Una programación que insiste en el encuentro y convoca a la memoria, el poder, los vínculos y la imaginación.Hay algo que el teatro se resiste a perder: la posibilidad de reunirnos frente a una historia y descubrir que aquello que creíamos ajeno también nos pertenece. En ese sentido, resulta interesante que el Teatro La Plaza retome para su programación 2027 el concepto El poder de estar presentes, lema que ya articuló su temporada 2026. La decisión de prolongar esta premisa abre una lectura sobre la continuidad de su discurso institucional: insistir en el teatro como un espacio de encuentro, escucha y transformación, en un contexto donde compartir una experiencia colectiva adquiere un valor particular.
Sin embargo, renovar una consigna también implica el desafío de dotarla de nuevos sentidos. ¿Qué significa estar presentes un año después? ¿Cómo se traduce esa invitación en las historias, los conflictos y las miradas que el teatro decide poner en escena? Más allá de la permanencia del concepto, la programación de 2027 permite examinar cómo La Plaza busca sostener esta promesa a través de una cartelera que reúne distintas épocas, dramaturgias y públicos. La pregunta ya no es únicamente por qué necesitamos encontrarnos en el teatro, sino qué puede suceder cuando finalmente lo hacemos.
La programación para adultos reúne cinco títulos que transitan por diferentes épocas y conflictos. Inicia el año con un drama romántico, Ana en el trópico, de Nilo Cruz, dirigida por Alberto Isola. Sitúa la acción en una comunidad de inmigrantes cubanos donde la lectura de Ana Karenina, de León Tolstói, comienza a alterar la vida de quienes escuchan la historia. La literatura aparece aquí como una fuerza capaz de intervenir en la realidad, movilizar deseos y exponer las contradicciones de una comunidad. Le sigue Aquello de lo que no hablamos, de Pascal Rambert, que desplaza la mirada hacia una familia que se reconoce progresista, pero cuyos principios se ven confrontados cuando afloran los prejuicios y las jerarquías que permanecían bajo la superficie de una convivencia aparentemente armoniosa.
Ambas propuestas permiten reconocer una tensión que atraviesa buena parte de la cartelera: la distancia entre aquello que decimos ser y aquello que nuestras acciones revelan. La familia, la comunidad y los espacios de convivencia dejan de funcionar como territorios seguros para convertirse en escenarios donde se hacen visibles las contradicciones de nuestra propia conducta. Estar presentes, desde esta perspectiva, supone también enfrentarnos a aquello que preferiríamos mantener oculto.
La dimensión del conflicto se amplía con Panorama desde el puente, de Arthur Miller, bajo la dirección de Norma Martínez. Ambientada en el Brooklyn de los años cincuenta, la tragedia coloca en el centro los celos, la obsesión y las nociones del honor que conducen a un estallido familiar. La presencia de este clásico permite volver sobre las estructuras afectivas y sociales que condicionan las decisiones individuales, así como sobre las consecuencias de una masculinidad que convierte la posesión y el control en formas de relacionarse con los demás.
En otro registro, La ideología de la ornitorrinca, escrita y dirigida por Patricia Romero Figueroa, propone una protagonista que enfrenta un Alzheimer fulminante mientras lucha por despedirse del mundo con dignidad y defender su derecho a decidir sobre su propio final. El anuncio de esta obra introduce una cuestión especialmente sensible: la autonomía sobre la propia vida y la posibilidad de sostener la voluntad individual frente a los límites que impone la enfermedad. Su presencia en la temporada abre un espacio para pensar la dignidad, la vulnerabilidad y el derecho a tomar decisiones sobre nuestra existencia.
Finalmente, Fuente Ovejuna, de Lope de Vega, bajo la dirección de Jean Pierre Gamarra, recupera la rebelión de una comunidad frente a la tiranía. La propuesta se anuncia como una aproximación transgresora al clásico, con la intención de poner en diálogo la lucha por la justicia y la dignidad con las preguntas del presente. La elección resulta significativa dentro de una cartelera atravesada por conflictos de poder, porque desplaza la mirada desde las tensiones individuales hacia la capacidad de una colectividad para organizarse, resistir y levantar la voz.
Leídas en conjunto, estas cinco obras dibujan un mapa de relaciones atravesadas por la autoridad, los prejuicios, el deseo, la autonomía y la resistencia. La programación no se limita a reunir historias de distintas procedencias: permite reconocer una preocupación compartida por las estructuras que organizan nuestra convivencia y por los momentos en que estas comienzan a resquebrajarse. Sin embargo, la diversidad de títulos también plantea un desafío artístico. ¿Cómo conseguir que los textos de otras épocas dejen de ser piezas de un repertorio consagrado y vuelvan a convertirse en materia viva para el espectador contemporáneo? ¿Qué operaciones de dirección, dramaturgia y puesta en escena permitirán que estos conflictos dialoguen realmente con nuestro presente?
La pregunta adquiere particular relevancia ante la promesa de una lectura transgresora de Fuente Ovejuna. La rebeldía de un pueblo frente a la tiranía conserva la posibilidad de interpelar a nuevas generaciones, pero esa potencia no reside únicamente en la vigencia del texto. Dependerá de cómo la puesta en escena construya su vínculo con el presente y de qué manera convierte la historia de una comunidad que se revela en una experiencia capaz de movilizar al público de hoy. La cartelera anuncia el horizonte; la escena tendrá que darle cuerpo.
UN TEATRO PARA DISTINTAS GENERACIONES
La programación de La Plaza Joven extiende la invitación hacia las infancias y las familias mediante cuatro propuestas que exploran la música, el juego, la aventura y la imaginación. El regreso de El Fantasma de la Ópera, adaptación de Els Vandell dirigida por Els Vandell y Rod Díaz, comparte temporada con Abrázame, creación de Jorge «Awelo» Miranda dirigida a bebés y niños de uno a cuatro años; Yute y Tocuyo, de Rafael Lanfranco, bajo la dirección de Pablo Saldarriaga; y Don Quijote, inspirado en la obra de Miguel de Cervantes Saavedra y dirigido por Rod Díaz Sánchez.
Aunque se dirigen a públicos distintos, estas propuestas colocan la imaginación en el centro de la experiencia teatral. Desde el universo musical y misterioso de la Ópera de París hasta la exploración sensorial de los primeros años de vida, pasando por el viaje de dos pequeños robots que buscan sus orígenes y las aventuras del caballero de la Mancha, la programación apuesta por la posibilidad de descubrir otros mundos desde el escenario.
En este punto, la idea de estar presentes adquiere otra dimensión. Acercar a las infancias al teatro no significa únicamente ofrecerles entretenimiento, sino reconocerlas como espectadoras capaces de experimentar, interpretar y construir sus propias preguntas. En particular, una propuesta sensorial como Abrázame permite pensar el acontecimiento escénico más allá de la palabra: el movimiento, las texturas, los sonidos y la relación con el espacio se convierten en formas de comunicación y descubrimiento.
La apuesta por una programación familiar también invita a pensar en la construcción de públicos a largo plazo. El encuentro entre generaciones puede abrir conversaciones y producir recuerdos compartidos, pero el acceso a esas experiencias resulta igualmente importante. La posibilidad de que el teatro acompañe distintas etapas de la vida depende no solo de la existencia de espectáculos para cada edad, sino también de las condiciones que permitan a más niños, niñas y familias acercarse a ellos.
SALA DE PARTO: EL DESAFÍO DE HACER LUGAR A NUEVAS VOCES
La programación de Sala de Parto incorpora otra dimensión al anuncio de la temporada 2027. Su propuesta se articula en torno a tres líneas: una programación de trasnoche que busca conectar con nuevos públicos desde el entretenimiento, un programa internacional para acompañar nuevas dramaturgias de la región y una nueva edición de su festival, que durante dos semanas reunirá en Lima a artistas, obras y públicos.
Este espacio introduce una pregunta necesaria para pensar el desarrollo de la escena contemporánea: ¿cómo se crean las condiciones para que las nuevas voces no solo aparezcan, sino que encuentren oportunidades reales de desarrollo, circulación y continuidad? Impulsar nuevas dramaturgias supone reconocer que el teatro no se sostiene únicamente mediante la reposición de obras conocidas o la presentación de montajes terminados. También requiere espacios para experimentar, investigar, equivocarse y construir lenguajes propios.
En ese sentido, el acompañamiento de dramaturgias regionales puede abrir posibilidades de intercambio que desborden las fronteras nacionales y permitan reconocer otras experiencias de creación. Por su parte, la programación de trasnoche plantea una vía para explorar formatos y convocar públicos desde otros códigos de entretenimiento. La articulación de estas líneas amplía el horizonte de Sala de Parto, aunque su alcance deberá medirse también por las oportunidades concretas que ofrezca a los artistas y por la capacidad de sus iniciativas para sostener procesos creativos más allá de un evento puntual.
La presencia de Sala de Parto dentro del anuncio general resulta relevante porque recuerda que el futuro del teatro no depende exclusivamente de las obras que llegan a escena, sino también de los espacios que hacen posible su creación. Si la consigna de la temporada propone el encuentro, este no debería limitarse a la relación entre el espectáculo y su público: también puede construirse entre artistas, dramaturgos, lenguajes y comunidades de creación.
ESTAR PRESENTES NO ES SUFICIENTE: HAY QUE PROVOCAR EL ENCUENTRO
La programación 2027 del Teatro La Plaza prolonga una premisa que ya había definido su temporada anterior y la despliega a través de un conjunto de propuestas que transitan por las tensiones familiares, las relaciones de poder, la autonomía, la resistencia colectiva y la imaginación. A ello se suman una oferta dirigida a las infancias y las familias, y un espacio dedicado al impulso de nuevas dramaturgias y experiencias de creación contemporánea.
La continuidad de El poder de estar presentes puede leerse como una apuesta por consolidar una identidad institucional alrededor del encuentro teatral. Pero también exige mirar más allá de la consigna. Si estar presentes significa compartir un mismo espacio, el verdadero desafío consiste en hacer que esa reunión produzca algo que trascienda la coincidencia física entre escenario y platea.
Una programación puede convocar temas urgentes, recuperar clásicos y ofrecer experiencias para distintas generaciones. Lo decisivo será la manera en que cada montaje transforme esos materiales en una propuesta escénica singular, capaz de cuestionar nuestras certezas y abrir nuevas formas de mirar aquello que compartimos. Por ahora, el anuncio permite reconocer las líneas de trabajo que La Plaza propone para 2027; las puestas en escena tendrán la tarea de revelar sus alcances, sus riesgos y sus contradicciones.
Porque estar presentes no significa simplemente ocupar una butaca ni compartir unas horas bajo la misma luz. Significa exponernos a una historia, aceptar la incomodidad de una pregunta y permitir que aquello que ocurre en escena continúe resonando cuando las luces se apagan. La Plaza vuelve a apostar por esa posibilidad. Queda por descubrir si su programación conseguirá convertir la promesa del encuentro en una experiencia que nos transforme.
Juan Pablo Rueda
24 de octubre de 2026