martes, 17 de febrero de 2026

Crítica: 3 HISTORIAS BIEN PERUCHAS


Humor frontal en tiempos de elecciones

En el Teatro Municipal de Surco, 3 historias bien peruchas, escrita, protagonizada y dirigida por Javier Valdez y Martín Martínez, lleva al escenario el universo que ya conocemos de Emoliente TV. Lo que nació como sketch digital da el salto al teatro, y ese cambio de formato implica un reto: sostener en vivo lo que en pantalla funciona con cortes rápidos y remates inmediatos.

La propuesta mantiene su sello: personajes reconocibles, situaciones cotidianas y conflictos que giran en torno a tensiones sociales y muy actuales. El público se ríe, porque se ve reflejado. Hay códigos claros, referencias directas y una apuesta por un humor que no busca sutilezas.

La obra opta por la frontalidad. Cuando un personaje se coloca la banda presidencial, no hay duda alguna sobre de quién nos están hablando. La crítica es directa, sin metáforas ni rodeos. Esto puede parecer simple desde cierta mirada más exigente, pero también es una decisión clara: el mensaje debe llegar sin adornos. El humor es accesible y busca que todos entiendan la referencia de inmediato.

Esa elección tiene ventajas, pero también riesgos. Cuando el chiste es muy evidente, puede perder fuerza si se extiende más de lo necesario. En algunos momentos, ciertas escenas podrían ser más precisas o mejor estructuradas para evitar repeticiones. El paso del sketch breve al formato teatral todavía tiene aspectos por afinar, sobre todo en el ritmo y las transiciones.

También hay instantes donde la denuncia no termina de definirse con claridad. Por momentos, la crítica parece apuntar a una especie de “discriminación inversa”, idea que resulta discutible si consideramos que las relaciones de poder no funcionan de la misma manera para todos. Sin embargo, podemos poner el foco en el peligro de los estereotipos, de las etiquetas y de la mirada violenta entre todos los ciudadanos de un país que no aguanta más divisiones. 

Aun así, la obra logra algo importante: poner sobre la mesa un tema que hoy atraviesa a todos los peruanos. En un contexto de elecciones presidenciales y tensión política, el escenario se convierte en un espacio para canalizar esa inquietud colectiva. Nos reímos, sí, pero también recordamos lo que está en juego.

En todo caso, 3 historias bien peruchas cumple con su objetivo: decir lo que quiere decir y hablar del momento que vivimos. El humor funciona como desahogo, pero también como advertencia. Nos permite reírnos de aquello que nos incomoda, mientras señala las consecuencias de decidir desde el privilegio o desde la comodidad de no pensar más allá del gesto inmediato. Entre la risa y la sátira, la obra nos deja una pregunta necesaria: ¿cuestionamos el poder o simplemente lo reducimos a un chiste pasajero? Allí está su mayor fuerza y, al mismo tiempo, su mayor reto.

Cristina Soto Arce

17 de febrero de 2026

Crítica: DELIVERY


Entrega especial de pizza y recuerdos

Delivery es una de las microobras que se presentan en el ciclo Noche de Creadoras en Casa Bulbo. En particular, esta es una comedia negra que sigue lo que en principio parece una interacción cotidiana, pero que pronto se convierte en una situación desconcertante. Nuestros personajes, un repartidor de pizza y una chica muy atractiva, se ven envueltos en un juego oscuro donde ella toma el control: la tensión va escalando, a la par que vuelven recuerdos del colegio de ambos, mientras tenemos un enloquecido presente. La divertida dramaturgia llega de mano de Laura Delgado, con la buena dirección de Lía Camilo e interpretaciones cómplices de Isabel Chapell y Roy Zevallos. 

Queremos resaltar especialmente la dinámica entre ambos actores, quienes en corto tiempo logran sorprender y entretenernos. Además, destacamos el mobiliario y la puesta en escena, con sus elementos minimalistas (la reja de un ascensor y un sillón, además de pequeñas decoraciones) permiten contar una historia con giros y muchos recuerdos. Al mismo tiempo, el formato breve y fresco nos permite introducirnos al resto de actividades de la noche, que en ocasiones se trata de recitales de poesía, a veces bailes, malabares y muchas otras muestras artísticas. 

En definitiva, se trata de una propuesta a la que vale la pena asistir por la variedad de opciones a disfrutar. Para el mes de febrero están retomando esta y otras puestas en escena, que recomendamos ampliamente a los lectores. Delivery termina su breve temporada mañana, miércoles 18 de febrero en Casa Bulbo.

Jimena Muñoz

17 de febrero de 2026

sábado, 14 de febrero de 2026

Crítica: KORTAS - MARTES DE FEBRERO


Comedia, thriller y fantasía

El Teatro Barranco arrancó el 2026 con sus KORTAS de los martes y miércoles. El martes vimos cuatro obras de microteatro, que paso a comentar con igual brevedad:

En Adopción, Sandro, tras su divorcio, llega a un albergue de mascotas donde la excéntrica directora del lugar le propone algo impensado: adoptar a un ser humano. La buena dirección y el carisma de los actores permiten que un texto que parece simple y que abunda en lugares comunes resulte muy entretenido. El viejo recurso de hacer que el público sea el tercer personaje se usa acertadamente y logra el resultado: los espectadores nos enganchamos con la historia porque somos nosotros los que estamos en exhibición, para que Sandro (Alberto Vidarte Márquez) escoja su nueva "mascota humana" que le permita superar su crisis existencial, gracias a la detallada y delirante información que le proporciona la directora del albergue de mascotas (Nataly Rojas), quien nos ha introducido a ese espacio fantástico con el mínimo apoyo de elementos, como el mandil con diseño de mascotas. La buena dirección de Paco Chuquiure hace que esta obra, con la que se inicia la noche de teatro, sea propicia para animarnos para lo que viene.

En En la oscuridad, encontramos en escena a Alma que acaba de mudarse a su nuevo departamento. Ella se comunica con su pareja y empiezan algunas fallas de luz y conexión de la línea que la asustan. Su pareja aparece inesperadamente y le explica que solo quería sorprenderla. De pronto, más temores surgen de la oscuridad por las referencias fantasmales que les ha hecho la vendedora y así los factores de suspenso se van sumando. A pesar de la gracia de Andrea d’Auriol y los esfuerzos de Marcelo Vargas, esta obra es la más baja de las cuatro. Proponer un thriller en microteatro es un reto difícil, por el poco tiempo disponible para crear la atmósfera propicia y estar en medio de comedias. En este caso, los giros predecibles de la historia, la débil emoción de ambos y especialmente, la monotonía de las secuencias hacen fallido el intento de crear suspenso y misterio, que son las claves de un thriller. En consecuencia, la puesta no logra ser lo que pretende. 

Un grupo de deportistas (varios trail runners de verdad) se enfrentan al supuesto accidente de un novato corredor, lo que provoca situaciones absurdas que desatan la hilaridad desde el primer instante. La dramaturgia y genial dirección de Alejandro Alva han logrado tejer con una habilidad extraordinaria, en Un novio a cuestas, varios cuadros (siete), muchos de ellos jugando con los tiempos, para dedicar el espacio suficiente a cada relación, en ese "todos contra todos" que mantiene un ritmo vertiginoso, que nos hace sentir como que todos estuviéramos corriendo con ellos y compartimos las sorpresas que brinda cada declaración o confesión de sus personajes, que sacan a relucir celos, frustraciones, ambiciones, perversidades y venganzas en un juego de incesantes descubrimientos. El excelente ritmo de la obra permite que sean menores las diferencias en nivel actoral, donde destacan la chispeante Alexa Montoya, en el papel de Ana y Luigi Monteghirfo, como el novato creído, machista y sinvergüenza, que provoca la disputa entre las chicas.  Nos hizo sudar de la risa.

La última obra, Un gran día para enamorarse, cierra la noche con fantasía total. En medio de la ansiedad y los recuerdos de su ex, Fran (Claudia Trucíos) recibe la visita inesperada de Cupido (Daniel Menacho), quien trata inútilmente de cumplir su romántica misión, pero ella no cede. Ni siquiera el apoyo del Fauno (Luca Reátegui) la convence. Menacho hace gala de toda su genialidad para construir un cupido disparatado (con alitas y pañales desechables, además) que aprovecha bien el escenario para jugar con sus propias frustraciones de dios romano al que su mamá no entiende. Trucíos está en lo suyo y de yapa nos ofrece una canción (no es un musical, pero su voz se luce con un tema muy propicio). Aplausos a la dramaturgia y dirección de Reátegui por el texto puntual, ritmo ligerísimo y apropiado uso de recursos escenográficos. Esta última obra cierra la noche con fantasía total y salimos satisfechos.

David Cárdenas (Pepedavid)

14 de febrero de 2026

jueves, 12 de febrero de 2026

Crítica: LA REUNIFICACIÓN DE LAS DOS COREAS


Apología al amor en todas sus formas

Ana Julia Marko es la encargada de dirigir a los alumnos del octavo ciclo de la Especialidad de Teatro de la Facultad de Artes Escénicas de la Universidad Católica del Perú en La reunificación de las dos Coreas, adaptación libre de la obra original del francés Joël Pommerat, que fue montada por primera vez en París en el año 2013. Siete actrices y cinco actores son los encargados de interpretar diversas escenas de amor y desamor (independientes una de la otra) en un montaje que desafía la estructura narrativa clásica y que busca, a lo largo de ochenta minutos, convencernos de que el amor es nuestro motor de vida intrínseco, funcionando como fuerza transformadora frente a las violencias contemporáneas. Pero, ¿logra realmente sustentar esta tesis, o termina siendo un experimento fallido?

Marko es doctora por la Universidad de São Paulo en Pedagogía de las Artes Escénicas, y es grato confirmar que, contrario a muchos casos, esta vez el resultado que logra hace honor a dicho título. Ana Julia dirige con aplomo, dinamismo y mucha pasión a los doce intérpretes, quienes en su mayoría tienen más de un personaje, y consigue evocar emoción verdadera en el público. En Nine, película musical de Rob Marshall, el personaje de Judi Dench dice juguetonamente que dirigir películas es un trabajo muy sobrevalorado ya que el director básicamente solo se encarga de decir sí o no. A pesar de que esta sea una generalización deliberadamente sensacionalista, es innegable que existe cierta verdad en ella. Dirigir, ya sea películas u obras de teatro, implica tomar decisiones. Y en el caso de La reunificación…, la gran mayoría de las tomadas por la directora no solo son correctas, sino efectivas.

Es acertada, por ejemplo, la utilización de la música y el canto en vivo para hilar historias que a pesar de compartir el mismo eje temático -el amor- no se relacionan para nada entre sí. Es logrado, también, el trabajo de dirección coreográfica, el cual hace que los números musicales brillen con secuencias que, aunque relativamente sencillas, son ejecutadas con destacable precisión y entrega. La unificación de un elenco tan grande bajo un mismo código actoral -una suerte de hiperrealismo que se apoya en la exacerbación sin caer, sorprendentemente, en la superficialidad es igual de destacable. Finalmente, la identidad visual evidenciada en los vestuarios inspirados en la moda de los años cuarenta, ofrece un verdadero festín a los ojos, similar al que ofrece la exuberante, al menos visualmente, película del 2003 Abajo el amor (con Ewan McGregor y Renée Zellweger).

¿Hay detalles que podrían afinarse? Sí. Casi siempre los hay. Pero considero que estos caen en la categoría de gusto personal más que en la de “error”. Me pareció innecesario, por ejemplo, que aparezcan las letras de las canciones proyectadas en una pantalla detrás de los actores. Asimismo, creo que los momentos en los que los actores “esperan” su turno sentados podrían trabajarse mejor (ya sea homogeneizándose o llevándolos a la hipérbole). Y finalmente, aunque coralmente el elenco hace un buen trabajo, existen aquellos que se destacan considerablemente más que otros. Ninguno precisamente entorpece el trabajo colectivo, pero sí hay la sensación de que algunos están más “avanzados” en su técnica actoral mientras que en otros dicha técnica está un tanto más incipiente. En líneas generales, sin embargo, La reunificación... es sin duda un triunfo. Y quizá lo más aplaudible de todo es que logra hablar por casi hora y media del amor sin nunca caer en la cursilería. El amor está en el aire, canta famosamente John Paul Young. Bueno, después de ver esta obra, confirmo que el amor también está en el teatro. ¿No me creen? Compruébenlo ustedes mismos. Hoy jueves tienen doble función, a las 7 y a las 9 p. m., en el Teatro Ricardo Blume de Jesús María.

Sergio Lescano

12 de febrero de 2026

miércoles, 11 de febrero de 2026

Crítica: EL TIEMPO TODO LOCURA


¿Qué cambiarías si tienes la posibilidad de volver al pasado?

Escrita por el dramaturgo español Félix Estaire y dirigida por Renato Piaggio, El tiempo todo locura cuenta con las actuaciones de Diana Quijano, Lia Camilo y Luciana Giraldo. La obra se presenta en el Teatro de Lucía de jueves a sábado a las 8:00 p. m. y los domingos a las 7:00 p. m.

La premisa plantea una pregunta atractiva: ¿qué pasaría si pudiéramos volver al pasado y cambiarlo todo? A partir de esa idea, tres hermanas tienen la posibilidad de viajar en el tiempo para modificar ciertos acontecimientos y asegurar un mejor futuro, sin medir del todo las consecuencias.

Las actrices construyen personajes creíbles y contenidos, evitando excesos innecesarios. La química entre ellas sostiene el conflicto dramático y, dentro del elenco, Quijano destaca por una presencia escénica que termina imponiéndose con naturalidad.

La dirección evidencia una visión clara del relato y mantiene un ritmo constante a lo largo de la función. En un espacio reducido, la puesta en escena aprovecha cada elemento: la iluminación está bien resuelta y los efectos acompañan la atmósfera sin distraer del eje central.

Si bien la obra se presenta como comedia, el humor no siempre alcanza la intensidad que promete; se extrañan momentos que provoquen una risa más sostenida. También queda la sensación de que las actrices pudieron arriesgar un poco más en el juego escénico, explorando mayores matices.

El texto desarrolla la historia con claridad y deja explícito su mensaje hacia el final, aunque por momentos se percibe más correcto que sorprendente. En conjunto, es una propuesta entretenida, ideal para quienes buscan una comedia ligera que, en poco más de una hora y media, invita a reflexionar —sin demasiada gravedad— sobre las decisiones y sus consecuencias.

Javier Bendezú

11 de febrero de 2026

martes, 10 de febrero de 2026

Crítica: ASSAMBLAGE Y EL ÚLTIMO OBJETO


Cuerpos, objetos y fantasía en escena

ASSAMBLAGE y el último objeto es una experiencia escénica donde el cuerpo y el objeto se convierten en el centro del relato. Lejos de una narración lineal, la obra apuesta por la comedia física y el lenguaje del circo contemporáneo para construir un universo que se despliega a partir del movimiento, el juego y la imaginación compartida.

Acrobacias, malabares y dinámicas de interacción con el público se entrelazan en una puesta que recupera la ingenuidad y la fantasía propias de la infancia. Esta evocación no aparece como nostalgia, sino como un impulso creativo: una invitación a imaginar con las manos, con el cuerpo y con la materia misma del escenario. Pelotas, clavas y aros dejan de ser simples objetos para adquirir vida propia, generando imágenes memorables como lluvias de pelotas o criaturas fantásticas creadas por el cuerpo colectivo de los intérpretes.

El texto verbal es mínimo y cede protagonismo al gesto, al ritmo y a la energía física, permitiendo que cada secuencia coreográfica explore el peso, el equilibrio y la confianza mutua. En este juego constante, la obra rinde un sutil homenaje al arte callejero de los malabares, trasladándolo al espacio teatral con una elaboración estética precisa y lúdica.

La música electrónica acompaña de manera permanente la acción, convirtiéndose en un personaje más de la escena, mientras la estética futurista, con cascos y referencias visuales que remiten a lo intergaláctico, refuerza la sensación de estar frente a un cómic vivo. En ese universo, cuatro amigos se lanzan a una gran aventura al abrir ASSAMBLAGE, un portal que los transporta a un mundo donde todo es posible.

Con un equilibrio entre humor, batallas coloridas y acrobacias sorprendentes, la obra invita a públicos de todas las edades a sumergirse en una travesía sensorial que celebra la amistad, el trabajo en equipo y el asombro compartido. Bajo la dirección de Eduardo Cardozo, y con las interpretaciones de Adrián Carbajal, Frank García, Raquel Iraola y Karina Toscano, ASSAMBLAGE y el último objeto se afirma como un espectáculo que recuerda que jugar, en escena y en la vida, sigue siendo un acto profundamente creativo.

Edu Gutiérrez

10 de febrero de 2026

Crítica: HEREDEROS: NUESTRA SANGRE, NUESTRA HISTORIA


El origen de una identidad en conflicto

Herederos propone una mirada intensa y contemporánea sobre uno de los momentos fundacionales más complejos de nuestra historia: el nacimiento del mestizaje en tiempos de la Conquista. A través del trabajo de seis jóvenes intérpretes, la obra reconstruye un período marcado por el poder, la violencia, las ambiciones desmedidas y los vínculos familiares atravesados por el choque cultural.

La puesta en escena transita entre múltiples personajes y tiempos, rompiendo constantemente la cuarta pared para interpelar al espectador y recordarle que aquello que ocurre en escena no pertenece solo al pasado. Las figuras históricas de Francisco Pizarro, Diego de Almagro e Inés Muñoz dialogan con las de sus descendientes mestizos —Francisca Pizarro, Diego de Almagro el Mozo e Isabel—, revelando las tensiones íntimas y políticas que dieron origen a una nueva identidad, forjada en medio de la conquista, las epidemias y la pérdida de un mundo.

Uno de los ejes más potentes del montaje es la perspectiva femenina. La obra pone en primer plano a las mujeres indígenas y mestizas, tradicionalmente silenciadas, quienes encarnan el mestizaje desde el cuerpo y la memoria, sin haber tenido voz ni decisión sobre su destino. Desde allí, el relato expone no solo el conflicto entre culturas, sino también las heridas heredadas que continúan definiendo nuestra manera de ver y sentir el presente.

Con un ritmo ágil y una narrativa que recuerda a una serie histórica o a una epopeya cinematográfica, Herederos logra ser tan reflexiva como entretenida. Escrita por Eduardo Adrianzén y estrenada por Dilectos Teatro, la obra invita a revisar el pasado no como un hecho cerrado, sino como una herencia viva que aún nos habita.

El elenco, integrado por Astrid Villavicencio, Valeria Conroy, Rodrigo Chávez Terrones, Joel Calderón, Jano Baca y Yaremís Rebaza, sostiene con solvencia este relato coral que cruza historia, memoria y emoción, recordándonos que nuestra identidad nació del conflicto y que comprender ese origen es una forma de comprendernos hoy.

Edu Gutiérrez

10 de febrero de 2026

Reseña: ROMEO Y JULI - PRIMERA LECTURA


La tragedia de tener que elegir

En Romeo y Juli, el autor Gary Owen se aleja del amor trágico. Nada tienen que ver las rivalidades familiares ni los romances condenados a la fatalidad. La obra invita, más bien, a repensar qué significa vincularse cuando hay responsabilidades reales en juego. Qué ocurre cuando el deseo choca con el futuro del otro, y cómo aquello que se elige puede fortalecer o quebrar un vínculo. Desde allí, entendemos que esta obra va de elecciones que no prometen solo consecuencias.

La obra se apoya en acciones mínimas, cotidianas. La ausencia de épica no debilita el conflicto: lo vuelve más inquietante, porque las consecuencias nacen de elecciones que cualquiera podría tomar: quedarse, no ayudar, educar desde la dureza, proteger un sueño, puede alterar por completo el rumbo de una vida. Como público, cada elección sorprende, incomoda y duele, pero resulta imposible clasificarla como correcta o equivocada. No hay bueno ni malo, solo personas actuando desde lo que saben, desde lo que pueden, desde lo que aprendieron a llamar cuidado. 

El autor también nos recuerda la herencia social y emocional. Con aquello que se transmite incluso sin intención. Las convicciones personales se vuelven reglas para otros. El miedo, la dureza, el conformismo o la esperanza se filtran en gestos cotidianos. Hasta dónde puedes programar tu futuro, dependiendo de tu esfuerzo, o de las posibilidades que tienes a la mano. 

La maternidad y la paternidad aparecen casi como protagonistas, pero sin ningún tipo de etiqueta o idealización. Es un rol más en el mundo y frente a él. Criar, sostener, acompañar o retirarse son actos conscientes atravesados por aprendizajes previos. La obra expone cómo ayudar también puede transformarse en una forma de control, y cómo la ausencia, en ciertos casos, se disfraza de enseñanza. Ningún personaje está a salvo del daño que produce elegir. Como un efecto mariposa haciendo lo suyo ante nuestros ojos. Nunca sabremos qué habría ocurrido de haber tomado otro camino. 

Pero, nuevamente, Romeo y Juli no es una tragedia clásica. La verdadera tragedia sería no poder elegir, y aquí, por dolorosas que sean las decisiones, esa posibilidad nunca desaparece. 

Tal vez por todo esto, a pesar de contar con un elenco reconocido por sus trabajos sólidos, sigue sorprendiendo ver cómo los intérpretes se conmueven con la historia que han construido. Miguel Iza deja ver el peso de la decepción desde la figura paterna; Denise Arregui sostiene una indignación contenida en un diálogo clave; Érika Villalobos aporta la frescura de decisiones que solo pueden comprenderse desde su mirada, sin juzgarla. Merly Morello y Diego Pérez, sin exageraciones, anclan el texto en la verdad de sus cuerpos y edades, permitiendo que cada frase, cada silencio y cada quiebre respire total honestidad. Bajo la dirección de Mikhail Page, el conjunto convierte a Romeo y Juli en una experiencia que trasciende el escenario del Teatro Británico.

Cristina Soto Arce

10 de febrero de 2026

Crítica: DOS SIGLOS DE SOBREMESA


La historia que se repite en sobremesa

Dos siglos de sobremesa propone un diálogo escénico entre dos momentos clave de la historia peruana: 1824 y 2024. A través de una estructura temporal alternada, la obra revela cómo problemáticas como el racismo, el machismo y las desigualdades sociales persisten desde la independencia hasta la actualidad, evidenciando una continuidad histórica que interpela al espectador.

La puesta en escena se apoya en recursos audiovisuales que proyectan imágenes y sonidos de marchas y protestas, conectando ambos tiempos y reforzando la idea de que los conflictos del pasado siguen resonando en el presente. En 1824, el conflicto se articula en torno al matrimonio arreglado de Constanza con Fernando, un español, mientras que en 2024 el drama surge cuando la pareja conformada por Rodrigo y Mariana intenta vender su antigua casona a Fernando y a la arquitecta Teresa. A esta negociación se suma Miguel, un migrante y emprendedor emergente que encarna las tensiones contemporáneas en torno al racismo y la exclusión social.

La obra establece paralelismos potentes: la rebelión de los indígenas en la hacienda en 1824 dialoga con una marcha social en 2024, subrayando la repetición de las luchas y demandas colectivas a lo largo del tiempo. Bajo la sólida dirección de Gustavo López Infantas y con un texto de Eduardo Adrianzén, la puesta logra articular lo íntimo y lo político desde una mirada crítica y reflexiva.

El elenco, integrado por Gonzalo Molina, Urpi Gibbons, Paulina Bazán, Guadalupe Farfán, Gianni Chichizola, Alaín Salinas y Sol Nacarino, ofrece interpretaciones consistentes que sostienen el ritmo y la profundidad del relato.

Dos siglos de sobremesa invita a reflexionar, como sociedad peruana, sobre los problemas que arrastramos desde la independencia, recordándonos que muchas de estas tensiones nacen, y se reproducen, en el espacio más cercano: la conversación familiar, ese lugar donde la historia, la memoria y el conflicto se sientan a la mesa.

Edu Gutiérrez

10 de febrero de 2026

domingo, 8 de febrero de 2026

Crítica: ENSAYO SOBRE LA CEGUERA


Viviendo diferente

La puesta en escena presenta un universo distópico atravesado por una pandemia que provoca ceguera en quienes la contraen. A partir de este detonante, los personajes son aislados y confinados, abandonados a su suerte por un sistema que opta por el control antes que por el cuidado. Este contexto funciona como una metáfora de las crisis contemporáneas y plantea una pregunta central: ¿la pérdida de la visión física conduce necesariamente a una transformación ética, o la violencia y la maldad persisten aun cuando el cuerpo se ve limitado?

Durante la puesta en escena, el director intenta retratar el mundo actual que comienza a desmoronarse frente a una crisis global. Esta intención se percibe claramente en la construcción del espacio escénico y en las relaciones que se establecen entre los personajes, quienes deben reorganizar su convivencia en un entorno de incertidumbre. La cuarentena no solo actúa como un marco narrativo, sino también como un dispositivo dramático que expone las tensiones sociales, la fragilidad de la confianza y la lucha por el poder.

En términos escénicos, la obra mantiene una energía intensa que se sostiene durante gran parte del desarrollo. Desde el inicio, se establecen acciones claras que permiten al espectador comprender el conflicto y seguir el hilo narrativo. No obstante, esta misma intensidad se convierte en algunos momentos en un elemento problemático: el exceso de energía y reiteración de ciertas acciones provoca caídas en el ritmo, generando escenas densas que diluyen el impacto dramático. Estos altibajos afectan la progresión de la obra y evidencian la necesidad de un mayor trabajo de síntesis y dosificación expresiva.

El trabajo actoral destaca por su compromiso físico y emocional, acorde a las exigencias de un mundo privado de la vista. Sin embargo, en algunos pasajes, las acciones tienden a enfatizar más la forma que la profundidad del conflicto interno de los personajes, lo que limita la complejidad psicológica de las relaciones escénicas.

En el plano técnico, el diseño de iluminación y sonido acompaña eficazmente la propuesta. La iluminación cumple un rol fundamental en la construcción del universo de la obra. El sonido, por su parte, refuerza la atmósfera de encierro y tensión, aportando capas sensoriales que enriquecen la recepción del espectáculo.

En conclusión, la obra presenta una propuesta sólida, con un discurso claro y una temática de gran relevancia contemporánea. Si bien la puesta en escena logra transmitir su mensaje y construir un universo reconocible, aún requiere un trabajo más profundo en el manejo del ritmo, la energía y el desarrollo de los conflictos para alcanzar una mayor potencia dramatúrgica. Sin duda, con un proceso de revisión, esta propuesta tiene el potencial de consolidarse como una puesta en escena de gran fuerza conceptual y escénica.

Javier Gutiérrez

8 de febrero de 2026