jueves, 12 de febrero de 2026

Crítica: LA REUNIFICACIÓN DE LAS DOS COREAS


Apología al amor en todas sus formas

Ana Julia Marko es la encargada de dirigir a los alumnos del octavo ciclo de la Especialidad de Teatro de la Facultad de Artes Escénicas de la Universidad Católica del Perú en La reunificación de las dos Coreas, adaptación libre de la obra original del francés Joël Pommerat, que fue montada por primera vez en París en el año 2013. Siete actrices y cinco actores son los encargados de interpretar diversas escenas de amor y desamor (independientes una de la otra) en un montaje que desafía la estructura narrativa clásica y que busca, a lo largo de ochenta minutos, convencernos de que el amor es nuestro motor de vida intrínseco, funcionando como fuerza transformadora frente a las violencias contemporáneas. Pero, ¿logra realmente sustentar esta tesis, o termina siendo un experimento fallido?

Marko es doctora por la Universidad de São Paulo en Pedagogía de las Artes Escénicas, y es grato confirmar que, contrario a muchos casos, esta vez el resultado que logra hace honor a dicho título. Ana Julia dirige con aplomo, dinamismo y mucha pasión a los doce intérpretes, quienes en su mayoría tienen más de un personaje, y consigue evocar emoción verdadera en el público. En Nine, película musical de Rob Marshall, el personaje de Judi Dench dice juguetonamente que dirigir películas es un trabajo muy sobrevalorado ya que el director básicamente solo se encarga de decir sí o no. A pesar de que esta sea una generalización deliberadamente sensacionalista, es innegable que existe cierta verdad en ella. Dirigir, ya sea películas u obras de teatro, implica tomar decisiones. Y en el caso de La reunificación…, la gran mayoría de las tomadas por la directora no solo son correctas, sino efectivas.

Es acertada, por ejemplo, la utilización de la música y el canto en vivo para hilar historias que a pesar de compartir el mismo eje temático -el amor- no se relacionan para nada entre sí. Es logrado, también, el trabajo de dirección coreográfica, el cual hace que los números musicales brillen con secuencias que, aunque relativamente sencillas, son ejecutadas con destacable precisión y entrega. La unificación de un elenco tan grande bajo un mismo código actoral -una suerte de hiperrealismo que se apoya en la exacerbación sin caer, sorprendentemente, en la superficialidad es igual de destacable. Finalmente, la identidad visual evidenciada en los vestuarios inspirados en la moda de los años cuarenta, ofrece un verdadero festín a los ojos, similar al que ofrece la exuberante, al menos visualmente, película del 2003 Abajo el amor (con Ewan McGregor y Renée Zellweger).

¿Hay detalles que podrían afinarse? Sí. Casi siempre los hay. Pero considero que estos caen en la categoría de gusto personal más que en la de “error”. Me pareció innecesario, por ejemplo, que aparezcan las letras de las canciones proyectadas en una pantalla detrás de los actores. Asimismo, creo que los momentos en los que los actores “esperan” su turno sentados podrían trabajarse mejor (ya sea homogeneizándose o llevándolos a la hipérbole). Y finalmente, aunque coralmente el elenco hace un buen trabajo, existen aquellos que se destacan considerablemente más que otros. Ninguno precisamente entorpece el trabajo colectivo, pero sí hay la sensación de que algunos están más “avanzados” en su técnica actoral mientras que en otros dicha técnica está un tanto más incipiente. En líneas generales, sin embargo, La reunificación... es sin duda un triunfo. Y quizá lo más aplaudible de todo es que logra hablar por casi hora y media del amor sin nunca caer en la cursilería. El amor está en el aire, canta famosamente John Paul Young. Bueno, después de ver esta obra, confirmo que el amor también está en el teatro. ¿No me creen? Compruébenlo ustedes mismos. Hoy jueves tienen doble función, a las 7 y a las 9 p. m., en el Teatro Ricardo Blume de Jesús María.

Sergio Lescano

12 de febrero de 2026

miércoles, 11 de febrero de 2026

Crítica: EL TIEMPO TODO LOCURA


¿Qué cambiarías si tienes la posibilidad de volver al pasado?

Escrita por el dramaturgo español Félix Estaire y dirigida por Renato Piaggio, El tiempo todo locura cuenta con las actuaciones de Diana Quijano, Lia Camilo y Luciana Giraldo. La obra se presenta en el Teatro de Lucía de jueves a sábado a las 8:00 p. m. y los domingos a las 7:00 p. m.

La premisa plantea una pregunta atractiva: ¿qué pasaría si pudiéramos volver al pasado y cambiarlo todo? A partir de esa idea, tres hermanas tienen la posibilidad de viajar en el tiempo para modificar ciertos acontecimientos y asegurar un mejor futuro, sin medir del todo las consecuencias.

Las actrices construyen personajes creíbles y contenidos, evitando excesos innecesarios. La química entre ellas sostiene el conflicto dramático y, dentro del elenco, Quijano destaca por una presencia escénica que termina imponiéndose con naturalidad.

La dirección evidencia una visión clara del relato y mantiene un ritmo constante a lo largo de la función. En un espacio reducido, la puesta en escena aprovecha cada elemento: la iluminación está bien resuelta y los efectos acompañan la atmósfera sin distraer del eje central.

Si bien la obra se presenta como comedia, el humor no siempre alcanza la intensidad que promete; se extrañan momentos que provoquen una risa más sostenida. También queda la sensación de que las actrices pudieron arriesgar un poco más en el juego escénico, explorando mayores matices.

El texto desarrolla la historia con claridad y deja explícito su mensaje hacia el final, aunque por momentos se percibe más correcto que sorprendente. En conjunto, es una propuesta entretenida, ideal para quienes buscan una comedia ligera que, en poco más de una hora y media, invita a reflexionar —sin demasiada gravedad— sobre las decisiones y sus consecuencias.

Javier Bendezú

11 de febrero de 2026

martes, 10 de febrero de 2026

Crítica: ASSAMBLAGE Y EL ÚLTIMO OBJETO


Cuerpos, objetos y fantasía en escena

ASSAMBLAGE y el último objeto es una experiencia escénica donde el cuerpo y el objeto se convierten en el centro del relato. Lejos de una narración lineal, la obra apuesta por la comedia física y el lenguaje del circo contemporáneo para construir un universo que se despliega a partir del movimiento, el juego y la imaginación compartida.

Acrobacias, malabares y dinámicas de interacción con el público se entrelazan en una puesta que recupera la ingenuidad y la fantasía propias de la infancia. Esta evocación no aparece como nostalgia, sino como un impulso creativo: una invitación a imaginar con las manos, con el cuerpo y con la materia misma del escenario. Pelotas, clavas y aros dejan de ser simples objetos para adquirir vida propia, generando imágenes memorables como lluvias de pelotas o criaturas fantásticas creadas por el cuerpo colectivo de los intérpretes.

El texto verbal es mínimo y cede protagonismo al gesto, al ritmo y a la energía física, permitiendo que cada secuencia coreográfica explore el peso, el equilibrio y la confianza mutua. En este juego constante, la obra rinde un sutil homenaje al arte callejero de los malabares, trasladándolo al espacio teatral con una elaboración estética precisa y lúdica.

La música electrónica acompaña de manera permanente la acción, convirtiéndose en un personaje más de la escena, mientras la estética futurista, con cascos y referencias visuales que remiten a lo intergaláctico, refuerza la sensación de estar frente a un cómic vivo. En ese universo, cuatro amigos se lanzan a una gran aventura al abrir ASSAMBLAGE, un portal que los transporta a un mundo donde todo es posible.

Con un equilibrio entre humor, batallas coloridas y acrobacias sorprendentes, la obra invita a públicos de todas las edades a sumergirse en una travesía sensorial que celebra la amistad, el trabajo en equipo y el asombro compartido. Bajo la dirección de Eduardo Cardozo, y con las interpretaciones de Adrián Carbajal, Frank García, Raquel Iraola y Karina Toscano, ASSAMBLAGE y el último objeto se afirma como un espectáculo que recuerda que jugar, en escena y en la vida, sigue siendo un acto profundamente creativo.

Edu Gutiérrez

10 de febrero de 2026

Crítica: HEREDEROS: NUESTRA SANGRE, NUESTRA HISTORIA


El origen de una identidad en conflicto

Herederos propone una mirada intensa y contemporánea sobre uno de los momentos fundacionales más complejos de nuestra historia: el nacimiento del mestizaje en tiempos de la Conquista. A través del trabajo de seis jóvenes intérpretes, la obra reconstruye un período marcado por el poder, la violencia, las ambiciones desmedidas y los vínculos familiares atravesados por el choque cultural.

La puesta en escena transita entre múltiples personajes y tiempos, rompiendo constantemente la cuarta pared para interpelar al espectador y recordarle que aquello que ocurre en escena no pertenece solo al pasado. Las figuras históricas de Francisco Pizarro, Diego de Almagro e Inés Muñoz dialogan con las de sus descendientes mestizos —Francisca Pizarro, Diego de Almagro el Mozo e Isabel—, revelando las tensiones íntimas y políticas que dieron origen a una nueva identidad, forjada en medio de la conquista, las epidemias y la pérdida de un mundo.

Uno de los ejes más potentes del montaje es la perspectiva femenina. La obra pone en primer plano a las mujeres indígenas y mestizas, tradicionalmente silenciadas, quienes encarnan el mestizaje desde el cuerpo y la memoria, sin haber tenido voz ni decisión sobre su destino. Desde allí, el relato expone no solo el conflicto entre culturas, sino también las heridas heredadas que continúan definiendo nuestra manera de ver y sentir el presente.

Con un ritmo ágil y una narrativa que recuerda a una serie histórica o a una epopeya cinematográfica, Herederos logra ser tan reflexiva como entretenida. Escrita por Eduardo Adrianzén y estrenada por Dilectos Teatro, la obra invita a revisar el pasado no como un hecho cerrado, sino como una herencia viva que aún nos habita.

El elenco, integrado por Astrid Villavicencio, Valeria Conroy, Rodrigo Chávez Terrones, Joel Calderón, Jano Baca y Yaremís Rebaza, sostiene con solvencia este relato coral que cruza historia, memoria y emoción, recordándonos que nuestra identidad nació del conflicto y que comprender ese origen es una forma de comprendernos hoy.

Edu Gutiérrez

10 de febrero de 2026

Reseña: ROMEO Y JULI - PRIMERA LECTURA


La tragedia de tener que elegir

En Romeo y Juli, el autor Gary Owen se aleja del amor trágico. Nada tienen que ver las rivalidades familiares ni los romances condenados a la fatalidad. La obra invita, más bien, a repensar qué significa vincularse cuando hay responsabilidades reales en juego. Qué ocurre cuando el deseo choca con el futuro del otro, y cómo aquello que se elige puede fortalecer o quebrar un vínculo. Desde allí, entendemos que esta obra va de elecciones que no prometen solo consecuencias.

La obra se apoya en acciones mínimas, cotidianas. La ausencia de épica no debilita el conflicto: lo vuelve más inquietante, porque las consecuencias nacen de elecciones que cualquiera podría tomar: quedarse, no ayudar, educar desde la dureza, proteger un sueño, puede alterar por completo el rumbo de una vida. Como público, cada elección sorprende, incomoda y duele, pero resulta imposible clasificarla como correcta o equivocada. No hay bueno ni malo, solo personas actuando desde lo que saben, desde lo que pueden, desde lo que aprendieron a llamar cuidado. 

El autor también nos recuerda la herencia social y emocional. Con aquello que se transmite incluso sin intención. Las convicciones personales se vuelven reglas para otros. El miedo, la dureza, el conformismo o la esperanza se filtran en gestos cotidianos. Hasta dónde puedes programar tu futuro, dependiendo de tu esfuerzo, o de las posibilidades que tienes a la mano. 

La maternidad y la paternidad aparecen casi como protagonistas, pero sin ningún tipo de etiqueta o idealización. Es un rol más en el mundo y frente a él. Criar, sostener, acompañar o retirarse son actos conscientes atravesados por aprendizajes previos. La obra expone cómo ayudar también puede transformarse en una forma de control, y cómo la ausencia, en ciertos casos, se disfraza de enseñanza. Ningún personaje está a salvo del daño que produce elegir. Como un efecto mariposa haciendo lo suyo ante nuestros ojos. Nunca sabremos qué habría ocurrido de haber tomado otro camino. 

Pero, nuevamente, Romeo y Juli no es una tragedia clásica. La verdadera tragedia sería no poder elegir, y aquí, por dolorosas que sean las decisiones, esa posibilidad nunca desaparece. 

Tal vez por todo esto, a pesar de contar con un elenco reconocido por sus trabajos sólidos, sigue sorprendiendo ver cómo los intérpretes se conmueven con la historia que han construido. Miguel Iza deja ver el peso de la decepción desde la figura paterna; Denise Arregui sostiene una indignación contenida en un diálogo clave; Érika Villalobos aporta la frescura de decisiones que solo pueden comprenderse desde su mirada, sin juzgarla. Merly Morello y Diego Pérez, sin exageraciones, anclan el texto en la verdad de sus cuerpos y edades, permitiendo que cada frase, cada silencio y cada quiebre respire total honestidad. Bajo la dirección de Mikhail Page, el conjunto convierte a Romeo y Juli en una experiencia que trasciende el escenario del Teatro Británico.

Cristina Soto Arce

10 de febrero de 2026

Crítica: DOS SIGLOS DE SOBREMESA


La historia que se repite en sobremesa

Dos siglos de sobremesa propone un diálogo escénico entre dos momentos clave de la historia peruana: 1824 y 2024. A través de una estructura temporal alternada, la obra revela cómo problemáticas como el racismo, el machismo y las desigualdades sociales persisten desde la independencia hasta la actualidad, evidenciando una continuidad histórica que interpela al espectador.

La puesta en escena se apoya en recursos audiovisuales que proyectan imágenes y sonidos de marchas y protestas, conectando ambos tiempos y reforzando la idea de que los conflictos del pasado siguen resonando en el presente. En 1824, el conflicto se articula en torno al matrimonio arreglado de Constanza con Fernando, un español, mientras que en 2024 el drama surge cuando la pareja conformada por Rodrigo y Mariana intenta vender su antigua casona a Fernando y a la arquitecta Teresa. A esta negociación se suma Miguel, un migrante y emprendedor emergente que encarna las tensiones contemporáneas en torno al racismo y la exclusión social.

La obra establece paralelismos potentes: la rebelión de los indígenas en la hacienda en 1824 dialoga con una marcha social en 2024, subrayando la repetición de las luchas y demandas colectivas a lo largo del tiempo. Bajo la sólida dirección de Gustavo López Infantas y con un texto de Eduardo Adrianzén, la puesta logra articular lo íntimo y lo político desde una mirada crítica y reflexiva.

El elenco, integrado por Gonzalo Molina, Urpi Gibbons, Paulina Bazán, Guadalupe Farfán, Gianni Chichizola, Alaín Salinas y Sol Nacarino, ofrece interpretaciones consistentes que sostienen el ritmo y la profundidad del relato.

Dos siglos de sobremesa invita a reflexionar, como sociedad peruana, sobre los problemas que arrastramos desde la independencia, recordándonos que muchas de estas tensiones nacen, y se reproducen, en el espacio más cercano: la conversación familiar, ese lugar donde la historia, la memoria y el conflicto se sientan a la mesa.

Edu Gutiérrez

10 de febrero de 2026

domingo, 8 de febrero de 2026

Crítica: ENSAYO SOBRE LA CEGUERA


Viviendo diferente

La puesta en escena presenta un universo distópico atravesado por una pandemia que provoca ceguera en quienes la contraen. A partir de este detonante, los personajes son aislados y confinados, abandonados a su suerte por un sistema que opta por el control antes que por el cuidado. Este contexto funciona como una metáfora de las crisis contemporáneas y plantea una pregunta central: ¿la pérdida de la visión física conduce necesariamente a una transformación ética, o la violencia y la maldad persisten aun cuando el cuerpo se ve limitado?

Durante la puesta en escena, el director intenta retratar el mundo actual que comienza a desmoronarse frente a una crisis global. Esta intención se percibe claramente en la construcción del espacio escénico y en las relaciones que se establecen entre los personajes, quienes deben reorganizar su convivencia en un entorno de incertidumbre. La cuarentena no solo actúa como un marco narrativo, sino también como un dispositivo dramático que expone las tensiones sociales, la fragilidad de la confianza y la lucha por el poder.

En términos escénicos, la obra mantiene una energía intensa que se sostiene durante gran parte del desarrollo. Desde el inicio, se establecen acciones claras que permiten al espectador comprender el conflicto y seguir el hilo narrativo. No obstante, esta misma intensidad se convierte en algunos momentos en un elemento problemático: el exceso de energía y reiteración de ciertas acciones provoca caídas en el ritmo, generando escenas densas que diluyen el impacto dramático. Estos altibajos afectan la progresión de la obra y evidencian la necesidad de un mayor trabajo de síntesis y dosificación expresiva.

El trabajo actoral destaca por su compromiso físico y emocional, acorde a las exigencias de un mundo privado de la vista. Sin embargo, en algunos pasajes, las acciones tienden a enfatizar más la forma que la profundidad del conflicto interno de los personajes, lo que limita la complejidad psicológica de las relaciones escénicas.

En el plano técnico, el diseño de iluminación y sonido acompaña eficazmente la propuesta. La iluminación cumple un rol fundamental en la construcción del universo de la obra. El sonido, por su parte, refuerza la atmósfera de encierro y tensión, aportando capas sensoriales que enriquecen la recepción del espectáculo.

En conclusión, la obra presenta una propuesta sólida, con un discurso claro y una temática de gran relevancia contemporánea. Si bien la puesta en escena logra transmitir su mensaje y construir un universo reconocible, aún requiere un trabajo más profundo en el manejo del ritmo, la energía y el desarrollo de los conflictos para alcanzar una mayor potencia dramatúrgica. Sin duda, con un proceso de revisión, esta propuesta tiene el potencial de consolidarse como una puesta en escena de gran fuerza conceptual y escénica.

Javier Gutiérrez

8 de febrero de 2026

Crítica: GOL


Cuando la cancha se convierte en refugio 

El Teatro Británico inició su temporada con la obra Gol, escrita por Fernando Luque, José Diez Canseco y Roberto Ángeles, quien a su vez la dirige. Un estreno que coincide con la celebración de los cincuenta años de trayectoria de Ángeles y trae a un renovado elenco, después de diez años de la primera versión.   

Con una narrativa profunda y honesta, que nos revela cómo el quiebre de la familia y la repentina pérdida de un padre pueden repercutir en la vida de un niño, que al convertirse en hombre se encuentra sumergido en un abismo emocional que lo obliga a mirar al pasado. ¿Podrá su amor por el fútbol, por el Perú y todo aquello que le enseñó su padre recuperar las riendas de su destino? ¿O decidirá repetir la historia? Estas son algunas de las interrogantes que se plantean.     

Un imponente reparto conformado por Ítalo Maldonado, Mathias Spitzer, Simón Vásquez de Velasco y Luis David Gartner, acompañados por el ensamble integrado por César Vásquez, Duncan Torres y Diego Bronstein, realizan una sólida composición coral, donde el trabajo físico de los actores adquiere un protagonismo notable. El escenario se transforma en un espacio de memoria compartida: cuerpos que corren, caen, celebran y se enfrentan, evocando las faenas futboleras de los hinchas más acérrimos, los cuales se entrelazan con los diálogos cotidianos y densos. Este lenguaje escénico híbrido —entre lo lúdico y lo trágico— refuerza la dimensión emotiva del texto y sostiene el pulso narrativo con gran intensidad. Además, el hecho de que un mismo actor asuma múltiples roles potencia la idea del recuerdo fragmentado y de la identidad en construcción. Las transiciones son fluidas y precisas, permitiendo que la historia avance sin perder coherencia ni entrega.

Gol es un viaje hacia la infancia de Juan Carlos Rey de Castro, un territorio marcado por la pasión desbordada por el fútbol y por los vínculos familiares que, con el tiempo, se revelan tan formativos como dolorosos. El relato, construido desde una perspectiva masculina, reflexiona sobre la niñez, la herencia emocional y el impacto de la ausencia paterna, que deja huellas imborrables en la adultez y se instala como eje silencioso pero determinante de toda la obra.

Maria Cristina Mory Cárdenas

8 de febrero de 2026

viernes, 6 de febrero de 2026

Crítica: LA RATONERA


¿Drama claustrofóbico o juego de deducción?

La novelista Agatha Christie (1890-1976) no solo sigue siendo la más vendida a nivel mundial, sino que además es la responsable de haber redefinido el género policiaco con sus entretenidas historias tan características, privilegiando siempre la astucia, la interpretación de las pistas y la psicología humana por encima de cualquier acto de violencia. Los lectores son sometidos a resolver ingeniosos misterios, sin caer en la trampa de echarle un vistazo a la última página. Como dramaturga, su obra emblemática es La ratonera (The Mousetrap, 1952), longeva puesta en escena que aún permanece en la cartelera londinense, solo interrumpida por la pandemia. Aquí en nuestro medio, acaba de culminar su tercera (y exitosa) temporada en el Teatro Municipal de Surco, bajo la dirección de Rodrigo Falla Brousset, quien abordó la pieza muy a su particular estilo y que ciertamente, pudo haber dividido la opinión del público.

Luego de estrenar la sólida puesta en escena de El cuarto de Verónica (2025) de Ira Levin, queda clara la predilección de Falla Brousset por las historias de misterio y suspenso. Sin embargo, algo no termina de redondearse en su versión de La ratonera, curiosamente nominada como mejor “comedia” en los premios Teatro en el Perú 2024. ¿Realmente puede considerarse una comedia el hecho de quedar siete personas encerradas e incomunicadas en una vivienda durante un crudo invierno, sabiendo que una de ellas es, sin duda, un asesino y que cualquiera de las personas restantes podría ser la futura víctima? Incluso, uno de los personajes, luego de descubrirse el segundo crimen, increpa al resto: “Hasta ahora nadie se ha tomado esto en serio”. Y es que la dirección apuesta por reducir la situación, inquietante y aterradora per se, a un colorido juego de deducción, con personajes arquetípicos, ataviados con prendas muy particulares y algunos de ellos, con comportamientos imposibles al borde de la sobreactuación; incluida la fugaz silueta del mismísimo asesino en escena. 

Además, en el intermedio se motiva al público asistente a señalar virtualmente al posible criminal, en una lista en la que figura inexplicablemente la segunda víctima de la historia. Se trata pues, de un arriesgado enfoque por parte de la dirección que seguramente habrá cautivado y hasta divertido a parte del público asistente, pero que irremediablemente mella el suspenso que la trama original prometía.

En el elenco, integrado por actores de comprobado talento, se destaca la sobriedad de Sandra Bernasconi, Gerardo García Frkovich, Ekaterina Konysheva, Diego Salinas y Francisco Zamora en su ejecución; mientras que Tania Lopez Bravo, Hugo Salazar y especialmente, Eduardo Pinillos salen airosos de interpretaciones muy cercanas al desborde.

¿Habría sido más conveniente montar La ratonera con forma y fondo más cercanas al material original? ¿Cómo se habría visto, en aquella sala principal de Monkswell Manor, ingresar a sus propietarios, a los huéspedes y al policía, todos vestidos con abrigos, sombreros y bufandas idénticas en forma y color? ¿Cómo habría reaccionado el público ante personajes algo más dramáticos, salpicados con precisos toques de humor mientras se avanzaba en la investigación, pero enfrentados a una situación límite? En todo caso, la audaz decisión tomada por Falla Brousset y la producción original de Lima New Stage, Neopolis Producciones y el Centro Cultural de la Universidad de Lima han dado como resultado un indiscutible éxito de público y la invalorable oportunidad de apreciar la emblemática obra de la única Reina del Crimen, Agatha Christie,  en salas limeñas.

Sergio Velarde

7 de febrero de 2026 

Crítica: KORTAS ENERO FEBRERO - MIÉRCOLES


Un buffet variado

La temporada 18 de Kortas, formato que reúne cuatro microobras y las presenta una tras otra, con intermedios en los que uno puede acercarse al bar y pedirse un trago o incluso algo de comer, ya está disponible en el Teatro Barranco. Esta temporada (la primera del año) reúne cuatro historias sumamente distintas entre sí, las cuales en conjunto buscan ofrecer un par de horas de divertimento casual al público asistente. La pregunta es: ¿lo logran?

El formato de microteatro es uno complicado. Principalmente, porque el teatro implica transformación. Después de ver una obra (una buena obra), los personajes que hemos visto, o por lo menos el o la protagonista, no son los mismos. No pueden serlo. Deben haber, necesariamente, atravesado un arco dramático que los haya hecho cambiar. Este arco es lo que lo diferencia de otros formatos como los "sketches", los cuales muestran situaciones por lo general cómicas con personajes arquetípicos que no sufren mayor transformación. Pero, ¿cómo lograr una transformación en quince o veinte minutos? ¿Es siquiera posible? La respuesta es sí. Pero claro, esto requiere el uso correcto de la técnica dramatúrgica.

Las "kortas" de esta temporada ofrecen un buffet bastante variado: Lobos en el ocaso, escrita por Rodolfo Esquivel y dirigida por Ricardo Zamudio, abre el festín con la historia de un muchacho que, al buscar la ayuda económica de su tío, termina descubriendo un oscuro secreto familiar. Lo que podría haber sido un interesante drama, finalmente pasa por agua tibia precisamente porque el formato "micro" (que en este caso no le hace ningún favor a la dramaturgia) limita a sus actores y evita que puedan realmente interiorizar las circunstancias dadas y procesar los momentos álgidos de la trama, trivializando una situación compleja y turbia. A Noche caliente, escrita y dirigida por Jesús Álvarez, le va algo mejor, quizá porque conoce sus fortalezas y no intenta ser más de lo que es. En esta pieza breve, un hombre contrata los servicios de una prostituta solo para verse finalmente estafado por ella. Las cosas mejoran considerablemente con Amores (Ale)atorios, escrita y dirigida por Chiara Rodríguez Marquina. La historia de dos mujeres que interactúan por tinder tiene gracia. Los textos son ágiles y divertidos. Moca y Maritza Díaz derrochan carisma y a pesar de que nunca interactúan directamente su relación es verosímil. Existe un arco dramático y un hilo conductor que nos lleva de un inicio a un fin. El gran final lo trae Por algo pasan las cosas, escrita por Brayan Vilchez y Gian Morales, y dirigida por Mauno Hurtado. Este micromusical narra la historia de dos extraños que se encuentran en un paradero, el cual termina siendo testigo de su inesperada conexión. Destacable aquí es el trabajo de Vilchez, acompañado por la joven Meliam Lopez, quien desde el primer momento que pisa el escenario demanda atención con su presencia escénica y logra una profundidad aplaudible en su personaje gracias al buen uso de la palabra y el cuerpo, y el de Mauno, quien con buenas decisiones logra realzar los momentos cúspide de la obra.

¿Es, entonces, la temporada 18 de Kortas una buena opción teatral? Creo que la respuesta variará de persona a persona. Aquellos que buscan algo con un mínimo nivel de profundidad y complejidad probablemente salgan un poco decepcionados. Aquellos que, por el contrario, prefieren algo más superficial puede que pasen un buen rato. Y de eso finalmente trata todo, ¿no? De pasarla bien. ¿Y qué mejor forma de saber qué nos hace pasarla bien -y qué no- que experimentando y juzgando por nosotros mismos? Les quedan aún tres miércoles. La pelota está en tu cancha.

Sergio Lescano

6 de febrero de 2026