viernes, 15 de mayo de 2026

Crónica: EL SHULCA


Breves prosas sobre el sudor en escena

XIX Muestra Macroregional de Teatro Lima – Ica – Callao, Bruno Luera

Ser partícipe y volar, ser partícipe y soñar, así jugaba Bruno Luera a ser lo que él quería, lo que él añoraba, quizá solo existía, pero su existencia ya era un acontecimiento teatral. Esta semana se inauguró la XIX Muestra Macroregional de Teatro Lima – Ica - Callao que lleva su nombre. Me he sentido muy a gusto de participar con el elenco de Haciendo Pueblo. El 8 de mayo abrimos con El Shulca, una obra potente, colectiva, ahí se manifiesta el decir “el teatro es colectivo”, somos un engranaje corporal que se mueve por un latido ajeno al mundo, inspirados en Vallejo recitamos a Bruno: lamentamos, reímos, jugamos y peleamos. 

Una obra contundente en el máximo sentido de la palabra, iniciamos con los pallos que van arengando al aire, gritando a viva voz como si estuvieran en su hábitat natural; los cuerpos se organizan en una fila circular, y empiezan los versos de Vallejo. Cada cuerpo tiene una voz particular y esto hace especial el momento, son diversos cuerpos recitando con muchas voces, y varias sensaciones, una experiencia metafísica como Vallejo. Los sucesos van acomodándose, la niñez, el recuerdo y el juego aparecen; hay un momento cumbre y empieza a calentarse el escenario con la maravilla de luz que permite Adrián Luera, una construcción de atmósferas que se convierten en un acto poético, una rebeldía ante la naturaleza, una exaltación para la realidad. 

La sala se vuelve un aula, y los estudiantes acuciosos observan a Paco Yunque, se manifiesta un desagrado, quizá el malestar de ser dominado por algo que deprime, que afecta la circulación de la sangre, una tristeza que se encarna en el profesor, perpetuador del sistema, perpetuador de la rutina, tal vez el pobre tampoco tiene mucho por hacer o finge no saber su responsabilidad. Sin el ánimo de ser pesimista a veces, parece que serlo es una rebeldía, ante la esperanza que me aburre por buena gente, que me aburre porque me mantiene esperando, la esperanza es lo último que se pierde dicen algunos, tal vez debería ser lo primero que deberíamos perder, para conseguir otra esencia, una esencia que motive a la acción no a la espera; pero habrá muchos que saltarán y dirán está equivocado. Así es el arte: solo emitimos nuestro punto de vista, no es un dogma, no soy el dueño de la verdad, solo escribo para curar mi alma. El profesor permite los abusos de Grieve. Paco Yunque no puede soltar la voz, por miedo, al golpe, al abuso. Los compañeros intentan sacudirlo del escombro, pero solo consiguen atemorizarlo más cada vez más.

Después de este momento lúgubre, la fiesta vuelve, los cuerpos saltan como niños y juegan con cubos mágicos, construyen ilusiones, esperanzas no, hoy aborrezco la esperanza, quizá mi teclado se volvió vallejiano…tan solo es un suspiro que se aproxima a un entendimiento, jamás seremos iguales, jamás seré otro. Hay un punto donde los estudiantes vuelven y se arma una pelea, Grieve abusa de Paco, y Juncos lo defiende, pero a esto salta Cancio y se arma un nuevo conflicto, batalla campal que termina amenamente en un canto de unión y de paz.

El Shulca se vuelve conflicto, es conflicto desde su existencia. Haciendo Pueblo es la demostración del teatro comunitario trascendiendo la realidad, elevándose a la voz de Bruno Luera, al misticismo del recuerdo y al misterio del sudor en escena.

La Muestra Macroregional de Teatro empieza con fuerza. Muchos grupos se avecinan, la sala está caliente, hay arte por montones, la importancia de ser uno para saber ser grupo, la importancia de mirar para ser mirado, de respetar para ser respetado. Hoy aborrezco la esperanza, y creo en certezas, la certeza del artista para el arte y por el arte, no para algo en especial, sino para algo insustancial, un vacío, algo ajeno a una existencia, una mirada a la oscuridad donde la luz se va opacando lentamente, ¡que viva el teatro y sus teatreros!

Moisés Aurazo

15 de mayo de 2026

Crítica: SUPER MAMÁ CON HUEVOS


Entre la risa popular y una verdad que sí golpea

En Super mamá con huevos, unipersonal interpretado por María Victoria Santana, la escena se convierte en un espacio de transformación constante. A través de distintos personajes y registros, la obra construye un recorrido que mezcla humor popular, experiencia autobiográfica y observación social sobre lo que significa ser madre, mujer y artista en el Perú.

La propuesta inicia con el playback de una canción que funciona como carta de presentación del universo escénico. Desde el comienzo, el tono se instala en un código criollo y directo que rápidamente conecta con el público. La intérprete entra no solo como personaje, sino también como ella misma: actriz, madre y trabajadora que expone las distintas capas que ha tenido que atravesar para sostener su vida y su carrera.

El unipersonal se sostiene en una estructura fragmentada donde aparecen distintas figuras: la “super mamá”, la “paloma migajera”, la propia actriz y, por supuesto, Pánfila, personaje que termina convirtiéndose en el núcleo más potente de la noche. Ahí la energía cambia por completo. La escena encuentra mayor precisión, soltura y verdad. Su desvergüenza, rapidez y capacidad para decir lo que piensa sin filtro generan una conexión inmediata que evidencia cuánto tiempo ha habitado ese personaje y cuánto domina ese lenguaje.

La obra apuesta constantemente por la interacción con el público. Hay comentarios, respuestas espontáneas y referencias populares que activan la participación natural de los asistentes. Aunque algunos recursos ligados al humor más contemporáneo o a frases virales se sienten por momentos demasiado explicados, el espectáculo logra sostener la cercanía gracias a la presencia escénica de la actriz y a la honestidad con la que se relaciona con quienes la observan.

Más allá de la comicidad, uno de los aspectos más interesantes del montaje aparece cuando la obra deja ver el desgaste detrás del entretenimiento. El relato evidencia algo profundamente real y poco romantizado: todo lo que una madre debe hacer para sobrevivir, especialmente dentro de un sistema que históricamente abandona a los artistas populares. La obra recuerda que ni siquiera la televisión asegura estabilidad económica, continuidad laboral o protección para quienes han dedicado años a entretener al país.

Ese cruce entre humor y precariedad alcanza uno de sus momentos más conmovedores en el personaje final: una mujer mayor, viuda y agotada, que continúa trabajando para sostenerse y acompañar a sus hijos adultos. La construcción del personaje evita caer en el melodrama. Por el contrario, encuentra en la risa una manera profundamente humana de atravesar el cansancio, la soledad y el paso del tiempo.

Ahí aparece también uno de los mayores aciertos del espectáculo: entender el humor no como evasión, sino como mecanismo de resistencia. La obra no niega las dificultades ni las maquilla. Las enfrenta desde el juego, desde la exageración y desde una comicidad popular que permite que lo doloroso pueda decirse sin quebrar por completo la escena.

Super mamá con huevos dialoga especialmente con un público adulto que reconoce esos códigos televisivos y esa tradición de humor criollo. Sin embargo, incluso fuera de esa generación, el unipersonal deja una sensación clara: detrás de cada chiste hay una mujer que ha tenido que sostener muchísimo más de lo que la gente imagina.

Y quizás por eso el momento final golpea tanto. Entre risas, canciones y personajes, la obra termina dejando una advertencia sencilla pero brutal: visiten a sus mamás. Porque cuando esa figura falta, el vacío ya no tiene remate posible.

Naomi Noblecilla

15 de mayo de 2026

sábado, 9 de mayo de 2026

Crítica: ENSAYO DE ESCENA


Compartiendo el proceso creativo

En el Club de Teatro de Lima se realizó la primera edición de Ensayo de Escena, propuesta impulsada por la artista escénica Kelly Esquerre, que apuesta por un formato poco frecuente en la cartelera local: lecturas dramatizadas en vivo concebidas como experiencia escénica. Más allá de presentar fragmentos teatrales, el proyecto busca acercar al público al proceso creativo y, al mismo tiempo, abrir un espacio de visibilización para intérpretes y dramaturgos nuevos.

La iniciativa nace, según plantea la directora, a partir de una necesidad concreta: generar espacios donde actores, actrices y nuevos creadores puedan seguir ejercitando y compartiendo su trabajo. Inspirada en las lecturas dramatizadas desarrolladas en la formación teatral universitaria (Universidad Católica del Perú), la propuesta traslada ese ejercicio pedagógico a un encuentro abierto con espectadores, convirtiendo el ensayo en acontecimiento escénico.

Desde el ingreso a la sala, este proyecto deja clara su convención. El público —recibido en un ambiente cercano— observa un escenario donde vestuarios, mesas y utilería permanecen completamente visibles. Nada busca ocultarse. Los intérpretes cambian elementos en escena, transitan por el espacio y preparan sus entradas frente al espectador. El acontecimiento teatral no se construye desde el ocultamiento, sino desde la exposición consciente del mecanismo escénico. La selección dramatúrgica articula escenas de autores como Bertolt Brecht con La ópera de los tres centavos o Henrik Ibsen con Casa de muñecas, pero también incluye textos originales escritos por integrantes del elenco, como Carlo Mario Pacheco y José Miguel Herrera. Esta convivencia entre repertorio consolidado y nuevas voces permite ampliar la experiencia del espectador y convierte al montaje en una plataforma de exploración para jóvenes dramaturgias y nuevos intérpretes. 

Desde la composición escénica, la propuesta apuesta por la síntesis. La escenografía evita estructuras complejas y privilegia elementos funcionales que potencian la acción. La iluminación desarrolla una partitura específica para cada lectura, construyendo atmósferas diferenciadas y acompañando con precisión los cambios de ritmo y atmósferas. El sonido, por su parte, articula géneros musicales diversos que refuerzan la dimensión emocional y narrativa de cada escena. El vestuario y la utilería cumplen un rol fundamental en la construcción de identidad de los personajes y en la evocación simbólica de las distintas propuestas dramáticas. Todo se encuentra al servicio del texto y de la acción actoral.

En el trabajo interpretativo se percibe un esfuerzo colectivo por sostener el código propuesto: estamos observando un ensayo vivo. Los intérpretes mantienen presencia escénica incluso durante las transiciones, generando continuidad y dinamismo. A nivel vocal, aunque algunas escenas presentan dificultades de proyección y dicción, el elenco sostiene en general un compromiso claro con las acciones, composición desde el movimiento, esquemas vocales coherentes y objetivos en cada escena. 

Uno de los mayores aciertos de la dirección es la conexión y comprensión de que el atractivo del proyecto no radica únicamente en las escenas elegidas, sino en el acto de compartir el proceso mismo con el público. Ensayo de Escena convierte el ensayo, normalmente invisible, en experiencia artística y visible al público.

Más que una muestra, la propuesta se consolida como un espacio de encuentro entre creación, formación y espectadores. Una iniciativa necesaria en un contexto donde la creación de nuevos espacios para artistas emergentes resulta cada vez más urgente. Y al salir de la sala queda una pregunta inevitable: ¿Qué ocurre cuando el teatro deja de mostrar únicamente el resultado final y decide compartir, también, la construcción de su proceso creativo?

En escena: Rodrigo Delgado, Santiago Torres, Sol Nacarino, Kelly Esquerre, Cleber Olazabal, Carlo Mario Pacheco, José Miguel Herrera, Victor Acurio, Astrid Villavicencio, Silvana Picco, Joaquín Usseglio. 

Rubén Aquije

9 de mayo de 2026

jueves, 7 de mayo de 2026

Crítica: ANTES QUE SE APAGUEN LAS LUCES


Historias de gente rota

Desde que se abre el telón y vemos una mesa de comedor junto a unas sillas, desde el inicio podemos ver que estamos frente a una historia familiar. La obra inicia con Fiorella Florez, quien, desde el silencio y la mirada, logra transmitir una angustia que se siente desde los primeros minutos. Poco a poco, cada personaje va entrando en escena y la historia empieza a moverse entre el suspenso y el humor. El misterio gira alrededor de la madre, quien reúne a toda la familia para contarles algo importante; sin embargo, la tensión cambia con la aparición de Carlos Thornton, quien aporta momentos frescos y muy divertidos que alivian el ambiente sin perder el sentido de la historia.

Algo que destaca mucho en la obra es cómo utiliza el humor para hablar de problemas familiares que se sienten muy reales y cercanos. Como espectador, uno pasa de reírse a sentirse incómodo o identificado en cuestión de segundos. Además, los silencios y las pausas están muy bien manejados, haciendo que cada escena mantenga la tensión y la atención del público.

También resaltan las actuaciones de Pau Simons, Duncan Torres y Pedro Sessarego, quienes construyen personajes distintos entre sí, pero que logran complementarse muy bien en escena. Todo el elenco, bajo la dirección de Ricardo Caffo, consigue que la obra mantenga un equilibrio entre los momentos más emotivos y aquellos toques de humor que hacen la experiencia mucho más cercana y natural.

Por otro lado, el trabajo de luces, sonido y escenografía ayuda bastante a crear la atmósfera de la obra. Cada elemento acompaña las emociones de los personajes y hace que el público pueda sentirse dentro de ese espacio familiar.

Más que una simple obra sobre una familia, esta puesta en escena termina siendo un reflejo de muchas situaciones que pueden existir dentro de cualquier hogar. Puede hacerte reír, incomodarte o incluso conmoverte, pero definitivamente deja algo en quien la ve. Es una obra que entretiene, pero que también invita a pensar y conversar después de salir del teatro, sin duda, como dice Caffo, es una obra que refleja una “historia de gente rota que intenta ser humana”.

Javier Gutiérrez

7 de mayo de 2026

Crítica: LAS COSAS QUE SÉ QUE SON VERDAD


La familia es como un árbol

Un árbol añoso que sobrevive al tiempo sirve de apoyo y telón de fondo para una historia familiar en la que cada uno de sus miembros va revelando, a su turno, un conflicto existencial que lo separa de los demás y sin embargo, todos están unidos, como las ramas de ese árbol al tronco común. Ese tronco, firme y dominante, es la madre. Ella dirige, ausculta y controla a los demás, su esposo y sus cuatro hijos. Sabe más de sus vidas y sentimientos que ellos mismos y tiene la autoridad para reconocerlo. 

El retorno de la hija menor, luego de vivir un tiempo afuera, motiva una reunión en la que se revelan los caminos diferentes, las frustraciones y las decisiones que cada uno ha tomado. Aunque cada uno discute con la madre, sus conflictos no son con ella sino con valores o decisiones que deben adoptar para resolver sus respectivas vidas, más allá de los planes y expectativas que la madre ha dispuesto para ellos.

La autoridad, nacida y ejercida desde el amor maternal, se impone y defiende como verdad universal e inequívoca, pero resulta insuficiente para controlar el destino de cada cual y así, cada uno descubre su propia verdad. Sin embargo, el árbol siempre está allí y el vínculo familiar subsiste aún más allá de los caminos diferentes. La familia es una verdad común que los sostiene, como ese árbol, al centro del escenario, que merece respeto y cariño.

Las cosas que sé que son verdad nos conmueve desde cada historia personal con la que podríamos identificarnos y nos hace reflexionar sobre el sentido de la familia. Esta obra es una mirada profunda de los lazos familiares y el papel dominante de la matriarca perfectamente descrito por el texto de Andrew Bowell, pero además otorga espacio a cada personaje. Cada uno está construido al detalle, bajo la genial dirección de Kintu Galiano, por las actrices y actores Carlos Mesta, Sebastián Ramos, Karina Jordan, Pedro Ibáñez y Verónica Infantes, liderados por la experimentada Mónica Sánchez, quien destaca como la madre y cabeza de esta familia ¡Qué gusto da verla en estos roles protagónicos! En verdad, provoca dedicar una líneas a cada uno.

Puedes ver esta hermosa obra en el Teatro La Plaza.

David Cárdenas (Pepedavid)

7 de mayo de 2026

Crítica: UN INTENTO VALIENTE


El teatro como experiencia colectiva en constante cambio y transformación

En el Centro Cultural de la Universidad del Pacífico, el Ciclo de Comedia de abril incorpora una propuesta que rompe con las convenciones tradicionales de la representación escénica: Un intento valiente, montaje de corte neofuturista que plantea un desafío tan dinámico como exigente: representar 30 obras en 60 minutos. El teatro neofuturista, término acuñado por Greg Allen en los años 80 en Chicago y traído al Perú en 2018 por Sergio Maggiolo, no solo propone una estructura dinámica, sino también una convención escénica clara: los intérpretes —denominados “valientes”— no encarnan personajes, sino que se presentan como sí mismos, en una propuesta escénica donde lo real, lo lúdico y lo teatral conviven en simultáneo.

Antes de entrar a la sala, se hace entrega del programa de mano, y este no es solo informativo, sino también una herramienta de participación. Cuando ingresamos, el escenario aparece como un espacio vacío pero cargado de posibilidades: utilería distribuida estratégicamente, intérpretes en constante interacción con el público y un ambiente que anticipa un código basado en la inmediatez, la presencia activa del público y el rompimiento de la cuarta pared. El inicio establece con claridad la convención: el público elige el orden de las historias. Esta decisión no es menor; convierte al espectador en coautor del ritmo y la narrativa. Cada microobra —de no más de dos minutos— transita entre lo testimonial, lo absurdo, lo intenso, lo irreverente, la sátira, la parodia, etc. generando una experiencia en constante cambio, dinámica y fragmentada pero cohesionada por su energía compartida.

A nivel escenográfico, la propuesta se sostiene en un principio de funcionalidad total. Cada elemento en escena construye diferentes significados, permitiendo transiciones ágiles sin ocultar la ilusión o artificio en los cambios de cada microobra. Este gesto, lejos de debilitar la ilusión teatral o el ritmo, la refuerza desde un lugar contemporáneo: el espectador no solo ve la escena, sino también su progresiva construcción. El trabajo técnico —iluminación y sonido— acompaña con una adecuada precisión. Cada historia cuenta con una partitura lumínica específica que define atmósferas y dirige la atención, mientras el diseño sonoro amplifica el impacto emocional, el tempo y construye espacios concretos. Esta coordinación resulta clave para sostener el ritmo vertiginoso del montaje. En el plano actoral, el reto es evidente: versatilidad, escucha activa y rapidez de transformación (a nivel personal y del entorno). Los intérpretes transitan entre estados emocionales y estilos escénicos con soltura, evidenciando un entrenamiento que privilegia la reacción inmediata y la conexión constante con el presente escénico.

Uno de los mayores aciertos del montaje es su capacidad para articular entretenimiento y reflexión. En medio del humor y el juego, emergen temas vinculados al contexto político, lo cotidiano y lo personal. Esta coexistencia de lenguajes permite que la experiencia no se agote en la risa, sino que permite abrir capas de lectura contemporánea y reflexión en el público. 

Más allá de su estructura, Un intento valiente se consolida como un proyecto en permanente renovación, donde cada función es irrepetible. Su vigencia, tras ocho años de actividad, radica precisamente en esa capacidad de adaptarse, dialogar y mantenerse cercano al público contemporáneo. En un panorama teatral que busca nuevas formas de conexión, esta propuesta reafirma el valor del teatro como experiencia compartida, viva y en constante construcción. Y al salir de la sala se produce una inevitable pregunta: ¿Qué implica, hoy, que el espectador deje de observar pasivamente y asuma un rol activo en la construcción del acontecimiento teatral? 

Valientes: Fernando Castro, Armando Machuca, Bea Heredia, Merly Morello, Dusan Fung, Anaí Padilla.

Rubén Aquije

7 de mayo de 2026

martes, 5 de mayo de 2026

Crítica: EL DÍA QUE CARGUÉ A MI MADRE


Un cuerpo que recuerda: delicadeza y herencia en escena

En la intimidad de la Sala Quilla, El día en que cargué a mi madre, dirigida y escrita por Paloma Carpio, se instala como una experiencia escénica sensible que encuentra en el cuerpo su principal territorio de significado. Interpretada por Bernadette Brouyaux y Soledad Ortiz de Zevallos, la obra propone un recorrido íntimo donde el vínculo madre-hija se despliega con honestidad y sutileza.

Desde el inicio, la puesta construye un universo compartido: una escenografía con niveles, un árbol que parece sostener la propia historia, elementos cotidianos y un trapecio que introduce una dimensión de riesgo y poesía. Todo convive en equilibrio, generando imágenes que sugieren más de lo que explican. Hay una atmósfera cálida reforzada por una luz mayormente ámbar y la presencia del color blanco en escena, que envuelve al espectador en una sensación de cercanía.

Uno de los grandes aciertos de la obra es su lenguaje híbrido. La palabra, la voz en off, la música, la composición de la luz y el movimiento se entrelazan con precisión, permitiendo que la historia se construya tanto desde lo narrativo como desde lo visual y lo corporal. La presencia de la danza y el circo adquiere un lugar central en la obra, aportando capas de sentido y sosteniendo la atención con momentos de riesgo y belleza. El cuerpo no solo se despliega: se arriesga, se eleva, se sostiene y se transforma. El uso del trapecio introduce una poética del vértigo donde se parece dialogar con la fragilidad y la fortaleza de los vínculos. La fisicalidad de las intérpretes, entre lo coreográfico y lo acrobático, construye imágenes de gran potencia visual, donde el equilibrio y la caída no son solo acciones, sino estados emocionales. Así el lenguaje circense no busca sólo virtuosismo, sino que se integra orgánicamente a la narrativa, amplificando la experiencia sensorial del espectador.

Sin necesidad de subrayar, la obra deja ver temas como el paso del tiempo, la memoria y las transformaciones del vínculo familiar, especialmente el de madre-hija. Aquí, el cuerpo se convierte en archivo: guarda, carga y también libera. Hay frases que emergen con fuerza por su carga emotiva, pero es sobre todo en la fisicalidad donde la propuesta encuentra su mayor potencia.

La presencia de distintas generaciones se sugiere con delicadeza, abriendo preguntas sobre lo que se hereda, lo que se repite y lo que se resignifica. En ese tránsito, la obra dialoga con la identidad, la pertenencia y las ausencias, sin caer en lo evidente. Incluso los elementos interculturales, como las canciones en francés, se integran de manera orgánica, ampliando el universo sin romper su coherencia.

El día en que cargué a mi madre es una pieza que apuesta por las imágenes, la emoción contenida y la construcción simbólica. Una obra que no necesita explicarlo todo para tocar fibras profundas y dejar una resonancia y reflexión profunda que permanece más allá de la función.

Últimas funciones: viernes 8, sábado 9 y domingo 10 de mayo. Entradas disponibles en Joinnus.

Tammy Alfaro

5 de mayo de 2026

lunes, 4 de mayo de 2026

Crítica: LAS MUJERES SABIAS


Entre el saber y el aparentar

Hay textos que no pierden vigencia con el tiempo; al contrario, estos maduran como reflejos incómodos frente a la sociedad. Tal es el caso de Las mujeres sabias de Molière, una comedia muy atrevida que, a pesar de la distancia generacional, se mantiene aún vigente. Bajo la dirección de Viviana Andrade, esta puesta en escena se sumerge en la crítica a la pedantería y a esa obsesión tan humana de vivir de las apariencias, pretendiendo ser o saber aquello que, en el fondo, desconocemos por completo.

La particularidad de esta obra de teatro es el compromiso de su elenco. Si bien se puede percibir que nos encontramos ante actores en proceso de formación, se rescata la gran entrega física y emocional que dejan ver en escena. Hay una energía particular que recorre las tablas; una vitalidad que, en sus mejores momentos, regala actuaciones muy honestas y desarmantes que conectan directamente con el público. Es cierto que el ritmo de la obra atraviesa valles, momentos en los que la tensión cómica parece diluirse, pero la fuerza y energía que el elenco coloca logran rescatar la atención del espectador antes de que el hilo se rompa.

En cuanto a la parte técnica, los detalles están lejos de simples complementos. La escenografía y los apoyos visuales funcionan de gran ayuda a lo narrativo, construyendo la atmósfera necesaria para que el público comprenda no solo dónde están los personajes, sino también bajo qué situación se encuentran los personajes. 

Estamos ante una obra que, aunque se perciba en desarrollo, no teme mostrarse vulnerable. Es precisamente ese conjunto de elementos que nos brinda de manera clara y honesta el mensaje de Molière, el cual llega nítido: la verdadera sabiduría no reside en la retórica vacía, sino en la autenticidad. Sin duda, una propuesta que nos invita a reírnos de nuestra propia necesidad de aparentar.

Javier Gutiérrez

4 de mayo de 2026

Crítica: JAMES BROWN USABA RULEROS


Ser otro: el juego incómodo de James Brown usaba ruleros

Este fin de semana se estrenó James Brown usaba ruleros en el Teatro de Lucía, obra de la dramaturga francesa Yasmina Reza, dirigida por Alberto Isola y con las actuaciones de Sandra Bernasconi, Pold Gastelo, Mónica Rossi, Sergio Armasgo y Eduardo Pinillos.

James Brown usaba ruleros cuenta la historia de Jacobo, un muchacho que decide dejar de ser quien es para asumir la identidad de Celine Dion. Sus padres, preocupados por esta decisión, optan por internarlo en un centro psiquiátrico no convencional, donde él vivirá nuevas experiencias.

Aunque la premisa pueda sonar extraña, el texto es bastante dinámico, con un humor elegante y un mensaje potente: aborda la identidad y la incapacidad de entender al otro, temas con los que el público conecta de inmediato desde el inicio de la obra.

La dirección de Isola es acertada. Si bien se percibe una buena conexión entre los actores al momento de interpretar a sus personajes, destaca especialmente el trabajo de Armasgo, quien da vida a Jacobo, y el de Pinillos, que interpreta a su amigo dentro del centro psiquiátrico y refuerza la lógica del mundo en el que habita. Ambos se complementan muy bien y brillan en escena.

Del mismo modo, aunque la escenografía es bastante simple y utiliza pocos elementos, destaca el trabajo audiovisual —con la inclusión de breves vídeos a lo largo de la obra— y el diseño de luces, que construye una atmósfera particular en cada escena.

Finalmente, sí recomendaría ver esta obra, sobre todo si te interesan las historias contadas de manera no convencional. Es una puesta inteligente que deja al espectador reflexionando incluso después de que termina: una comedia que invita a pensar en la libertad de vivir como uno es y en el orgullo por la propia identidad.

Javier Bendezú

4 de mayo de 2026

Crítica: KORTAS MIÉRCOLES - ABRIL


Cuatro motivos para sonreír en abril

Las cuatro obras de Kortas de los miércoles de abril en el Teatro Barranco fueron ¿En qué puedo atenderlo?, Casting de egos, ¡Amiga, te ghostearon! y ¿Por quién vota Fredesvinda?

Abrió la noche Casting de egos, escrita por Juan José Oviedo y dirigida por Diego La Hoz, en la que la experiencia en las tablas de Cecilia Tosso y Viviana Andrade nos permitió gozar del “conflicto” entre dos actrices que postulan para un desconocido papel y cuya resolución resulta tan hilarante como las puyas que se regalan durante el desarrollo de la obra. Un texto muy sencillo y un tema recurrente en el mundo artístico, pero aún los asuntos más simples pueden dar buenos resultados cuando se cuenta con el talento de dos buenas actrices y una acertada dirección.

Seguimos con ¿En qué puedo atenderlo? de Franco Iza Montoya, que permite el lucimiento actoral de Alexandra Garcés, como una empleada de servicio al cliente por teléfono, de esas que odiamos cuando no nos resuelven los problemas y de pronto llega alguien (Enrique Scheelje) que la sacude con una condición física absurda. No es la muerte sino la inmortalidad la que cuestiona el sentido de la vida. Momento crucial a donde llega una obra cómica y breve. Hecha la reflexión, la obra concluye con un final inesperado, pero crítico y divertido. La dirección es de Miguel Seminario.

La tercera obra, de Daniel Flores Farías, fue ¡Amiga, te ghostearon!, que empieza con mucho brío, con música y baile como marco de un fantasioso asalto que “sufrimos” los espectadores por una pareja de absurdos ladrones que se ve interrumpido por los pesares y conflictos románticos de la protagonista (Briana Campos, en un excelente desempeño), pese a los esfuerzos de su compañero de fechorías, Rayser Smith (con quien hacen un buen dúo en escena). La obra es divertida y bien realizada. Sería mejor si evitaran (y otros grupos también) las reiteradas referencias al lugar (Teatro Barranco) o al oficio (los “actores o actrices” en tercera persona), porque son como chistes trillados. Completa el elenco Daniel Gutiérrez, quien aparenta ser alguien del público tomado desprevenidamente, aunque es tan evidente esa ficción que llega a funcionar del todo. 

Cerró la noche ¿Por quién vota Fredesvinda? del conocido dramaturgo Eduardo Adrianzén, bajo la dirección de Rodrigo Chávez Terrones. Con un lenguaje que nos recuerda la comedia del siglo pasado, la obra nos ubica en un momento histórico muy significativo: la primera vez que las mujeres votaron en el Perú (1956) y con una fugaz mirada descubre elementos que aún se repiten, especialmente en el desencuentro entre clases sociales frente al poder. Las actrices Jessica Vicharra, Kiara Valkiria y Melany Soto se encargan de contarnos esta historia en tono de comedia.

Como todos los martes y miércoles de cada mes, el Teatro Barranco nos ofrece obras cortas, con la presencia de artistas, dramaturgos y directores mayormente peruanos, unos conocidos y otros no tanto, pero que igualmente brindan un espectáculo que va ganando cada mes en experiencia, público y calidad. En esta oportunidad, vale destacar el equilibrio logrado entre las obras presentadas. Esperamos que el nivel de exigencia para la selección sea cada vez mayor, en beneficio del teatro nacional.

David Cárdenas (Pepedavid)

4 de mayo de 2026