lunes, 4 de mayo de 2026

Crítica: LAS MUJERES SABIAS


Entre el saber y el aparentar

Hay textos que no pierden vigencia con el tiempo; al contrario, estos maduran como reflejos incómodos frente a la sociedad. Tal es el caso de Las mujeres sabias de Molière, una comedia muy atrevida que, a pesar de la distancia generacional, se mantiene aún vigente. Bajo la dirección de Viviana Andrade, esta puesta en escena se sumerge en la crítica a la pedantería y a esa obsesión tan humana de vivir de las apariencias, pretendiendo ser o saber aquello que, en el fondo, desconocemos por completo.

La particularidad de esta obra de teatro es el compromiso de su elenco. Si bien se puede percibir que nos encontramos ante actores en proceso de formación, se rescata la gran entrega física y emocional que dejan ver en escena. Hay una energía particular que recorre las tablas; una vitalidad que, en sus mejores momentos, regala actuaciones muy honestas y desarmantes que conectan directamente con el público. Es cierto que el ritmo de la obra atraviesa valles, momentos en los que la tensión cómica parece diluirse, pero la fuerza y energía que el elenco coloca logran rescatar la atención del espectador antes de que el hilo se rompa.

En cuanto a la parte técnica, los detalles están lejos de simples complementos. La escenografía y los apoyos visuales funcionan de gran ayuda a lo narrativo, construyendo la atmósfera necesaria para que el público comprenda no solo dónde están los personajes, sino también bajo qué situación se encuentran los personajes. 

Estamos ante una obra que, aunque se perciba en desarrollo, no teme mostrarse vulnerable. Es precisamente ese conjunto de elementos que nos brinda de manera clara y honesta el mensaje de Molière, el cual llega nítido: la verdadera sabiduría no reside en la retórica vacía, sino en la autenticidad. Sin duda, una propuesta que nos invita a reírnos de nuestra propia necesidad de aparentar.

Javier Gutiérrez

4 de mayo de 2026

Crítica: JAMES BROWN USABA RULEROS


Ser otro: el juego incómodo de James Brown usaba ruleros

Este fin de semana se estrenó James Brown usaba ruleros en el Teatro de Lucía, obra de la dramaturga francesa Yasmina Reza, dirigida por Alberto Isola y con las actuaciones de Sandra Bernasconi, Pold Gastelo, Mónica Rossi, Sergio Armasgo y Eduardo Pinillos.

James Brown usaba ruleros cuenta la historia de Jacobo, un muchacho que decide dejar de ser quien es para asumir la identidad de Celine Dion. Sus padres, preocupados por esta decisión, optan por internarlo en un centro psiquiátrico no convencional, donde él vivirá nuevas experiencias.

Aunque la premisa pueda sonar extraña, el texto es bastante dinámico, con un humor elegante y un mensaje potente: aborda la identidad y la incapacidad de entender al otro, temas con los que el público conecta de inmediato desde el inicio de la obra.

La dirección de Isola es acertada. Si bien se percibe una buena conexión entre los actores al momento de interpretar a sus personajes, destaca especialmente el trabajo de Armasgo, quien da vida a Jacobo, y el de Pinillos, que interpreta a su amigo dentro del centro psiquiátrico y refuerza la lógica del mundo en el que habita. Ambos se complementan muy bien y brillan en escena.

Del mismo modo, aunque la escenografía es bastante simple y utiliza pocos elementos, destaca el trabajo audiovisual —con la inclusión de breves vídeos a lo largo de la obra— y el diseño de luces, que construye una atmósfera particular en cada escena.

Finalmente, sí recomendaría ver esta obra, sobre todo si te interesan las historias contadas de manera no convencional. Es una puesta inteligente que deja al espectador reflexionando incluso después de que termina: una comedia que invita a pensar en la libertad de vivir como uno es y en el orgullo por la propia identidad.

Javier Bendezú

4 de mayo de 2026

Crítica: KORTAS MIÉRCOLES - ABRIL


Cuatro motivos para sonreír en abril

Las cuatro obras de Kortas de los miércoles de abril en el Teatro Barranco fueron ¿En qué puedo atenderlo?, Casting de egos, ¡Amiga, te ghostearon! y ¿Por quién vota Fredesvinda?

Abrió la noche Casting de egos, escrita por Juan José Oviedo y dirigida por Diego La Hoz, en la que la experiencia en las tablas de Cecilia Tosso y Viviana Andrade nos permitió gozar del “conflicto” entre dos actrices que postulan para un desconocido papel y cuya resolución resulta tan hilarante como las puyas que se regalan durante el desarrollo de la obra. Un texto muy sencillo y un tema recurrente en el mundo artístico, pero aún los asuntos más simples pueden dar buenos resultados cuando se cuenta con el talento de dos buenas actrices y una acertada dirección.

Seguimos con ¿En qué puedo atenderlo? de Franco Iza Montoya, que permite el lucimiento actoral de Alexandra Garcés, como una empleada de servicio al cliente por teléfono, de esas que odiamos cuando no nos resuelven los problemas y de pronto llega alguien (Enrique Scheelje) que la sacude con una condición física absurda. No es la muerte sino la inmortalidad la que cuestiona el sentido de la vida. Momento crucial a donde llega una obra cómica y breve. Hecha la reflexión, la obra concluye con un final inesperado, pero crítico y divertido. La dirección es de Miguel Seminario.

La tercera obra, de Daniel Flores Farías, fue ¡Amiga, te ghostearon!, que empieza con mucho brío, con música y baile como marco de un fantasioso asalto que “sufrimos” los espectadores por una pareja de absurdos ladrones que se ve interrumpido por los pesares y conflictos románticos de la protagonista (Briana Campos, en un excelente desempeño), pese a los esfuerzos de su compañero de fechorías, Rayser Smith (con quien hacen un buen dúo en escena). La obra es divertida y bien realizada. Sería mejor si evitaran (y otros grupos también) las reiteradas referencias al lugar (Teatro Barranco) o al oficio (los “actores o actrices” en tercera persona), porque son como chistes trillados. Completa el elenco Daniel Gutiérrez, quien aparenta ser alguien del público tomado desprevenidamente, aunque es tan evidente esa ficción que llega a funcionar del todo. 

Cerró la noche ¿Por quién vota Fredesvinda? del conocido dramaturgo Eduardo Adrianzén, bajo la dirección de Rodrigo Chávez Terrones. Con un lenguaje que nos recuerda la comedia del siglo pasado, la obra nos ubica en un momento histórico muy significativo: la primera vez que las mujeres votaron en el Perú (1956) y con una fugaz mirada descubre elementos que aún se repiten, especialmente en el desencuentro entre clases sociales frente al poder. Las actrices Jessica Vicharra, Kiara Valkiria y Melany Soto se encargan de contarnos esta historia en tono de comedia.

Como todos los martes y miércoles de cada mes, el Teatro Barranco nos ofrece obras cortas, con la presencia de artistas, dramaturgos y directores mayormente peruanos, unos conocidos y otros no tanto, pero que igualmente brindan un espectáculo que va ganando cada mes en experiencia, público y calidad. En esta oportunidad, vale destacar el equilibrio logrado entre las obras presentadas. Esperamos que el nivel de exigencia para la selección sea cada vez mayor, en beneficio del teatro nacional.

David Cárdenas (Pepedavid)

4 de mayo de 2026

domingo, 3 de mayo de 2026

Crítica: ROBERTO ZUCCO


Intensidad actoral en una puesta que se diluye

Dentro del Nuevo Teatro Julieta emerge la figura de Roberto Zucco, asesino en serie que da cuerpo al clásico episódico de Bernard-Marie Koltès. Bajo la dirección de Ximena Arroyo y Haysen Percovich, esta propuesta funciona como muestra final del primer taller del Teatro Julieta, con un elenco integrado por egresados.

La dirección evidencia intenciones claras en ciertos pasajes, pero no logra sostener una línea consistente. El texto, lejos de condensarse, se dilata innecesariamente y termina por erosionar la acción dramática. A ello se suma el uso de recursos escénicos que, en lugar de potenciar la puesta, la recargan y dispersan su foco.

El mayor acierto recae en el trabajo actoral. El elenco sostiene una escucha activa que permite dinamizar el ritmo, y el intérprete de Roberto Zucco construye una presencia verosímil, con un realismo que captura la atención y articula la experiencia escénica.

Enfrentar este texto no es menor, y los actores logran sostener su complejidad; sin embargo, la propuesta carece de un marco que ordene sus decisiones. Aun así, el público se deja arrastrar por el recorrido del protagonista, impulsado por un trabajo corporal consistente.

Se percibe una intención de alcanzar un acabado profesional, pero la dirección de arte no acompaña ese objetivo. Por el contrario, los elementos escénicos entorpecen la limpieza de la propuesta, que encuentra mayor fuerza cuando se apoya únicamente en la actuación.

Un montaje que funciona como ejercicio formativo y evidencia intérpretes capaces, pero cuya resolución escénica queda atrapada en la indefinición

Juan Pablo Rueda

3 de mayo de 2026

viernes, 1 de mayo de 2026

Crítica: NOCHE DE CREADORAS - ABRIL


De todo un poco y un poco para todos

Es la segunda vez que puedo acudir a la Noche de Creadoras, iniciativa de Jen Aguirre Woytkowski que busca dar vitrina a artistas -tanto consagrados como emergentes- en una propuesta que integra diversos espectáculos artísticos breves en el contexto de una noche típicamente bohemia barranquina. Casa Bulbo, ubicada a pocas cuadras de la Plaza de Armas de Barranco, es el espacio designado para dicho fin. La noche arranca y el ambiente es inmediatamente acogedor y dinámico. Música, tragos, arte; todos los ingredientes para una gran noche están ahí. Pero, ¿qué hay de las obras seleccionadas para la edición de abril? ¿Encajan dentro de esta atmósfera fiestera y relajada, o es que desentonan y se sienten fuera de lugar en ella? 

Cuando estuve por aquí a inicios de marzo salí bastante contento con la selección de propuestas escénicas, todas ricas en diversidad, contenido y enfoque. Es satisfactorio constatar que el filtro de las creadoras ha mantenido su rigurosidad al traer ahora tres nuevas propuestas que no solo cumplen con los estándares mínimos de un espectáculo escénico, sino que brillan con luz propia y logran encontrar su propia identidad y especificidad.

Invocación Blanca Varela da inicio al recorrido artístico de la noche trayendo poemas de la aclamada escritora y poeta peruana al escenario en una propuesta performática intensa, interactiva y kinestésica. Micaela Távara (quien también dirige el montaje) y Jazmín Labrín son las actrices que prestan sus cuerpos y sus voces a la poesía de Varela en un montaje que desafía las nociones clásicas de la estructura dramática. Las intérpretes interactúan entre ellas, pero también miran directamente al público. Adoptan poses estáticas, pero también corretean desesperadamente por el escenario. Susurran frases, pero también las gritan a voz en cuello. Hacen movimientos ondulantes, pero también erráticos mientras recitan la poesía de la afamada peruana. Para alguien que conoce el trabajo de esta poeta, estoy seguro que este montaje fue una delicia; pero quizá el mérito principal radica precisamente en la reacción que ocasiona en alguien que, como yo, no estaba familiarizado con él. Más allá de abrirme el panorama e incitarme a conocer más de Varela, este montaje me deja con la sencilla, pero potente realización de que ver a dos actrices comprometidas al cien por ciento con sus acciones, objetivos y movimientos, nunca va a dejar de ser interesante. La propuesta, que además hace un uso efectivo del formato circular, se siente como una montaña rusa. Inicia con cierta quietud, mientras va elevándose, y luego, cuando llega el momento del inevitable descenso, no te suelta hasta el final. 

En Medea, es tu momento, una actriz (Daniela Zea) y una asistente de dirección (Marianne Carassa) se enfrentan en un duelo de palabras en el que se revelan las motivaciones ocultas de cada una; sobre todo las de Carassa, quien interpreta al personaje que sufre la transformación central en la obra. Esta simpática microobra funciona, en primera instancia, gracias al texto de Federico Abrill, el cual más allá del dinamismo y la organicidad, encuentra su mayor virtud en la autorreferencialidad. Debido a que los personajes habitan dentro de un universo teatral ficticio, Abrill aprovecha para desmenuzar de forma muy divertida el quehacer teatral. Desde las motivaciones que tiene un personaje, hasta el uso de los matices actorales erróneos, pasando por la revelación de la dura realidad de una actriz que además es madre, y el deseo latente de una asistente de dirección por encontrar su momento de brillar. El texto va un paso más allá incluso y logra conectar el monólogo de Medea (extraído de la reconocida obra de Eurípides) con el drama interno de uno de los personajes, haciendo que la inclusión de dicho texto griego no sea para nada gratuita, sino precisa y necesaria. Actoralmente hablando, las actrices tienen un desempeño correcto. Hay escucha y juego entre ellas, también un ritmo adecuado entre sus diálogos que permite que cada texto cale, pero me da la impresión que la dirección (a cargo de Micaela Valdés), particularmente la dirección de actores, pudo haberse trabajado aún más, quizá llevándola más al extremo, elevando la urgencia, o en todo caso unificando un poco el código (por momentos el naturalismo coqueteaba un poco con la farsa). Aún así, es difícil fallar cuando hay un texto tan sólido que te ampara. Y si a esta ecuación añadimos el carisma natural de ambas actrices tenemos, definitivamente, una operación exitosa.

Las cuñadas aporta el momento más desenfrenado y pícaro de la noche. Optando por el formato teatral clásico (en el que el público está de un lado y el elenco del otro), esta obra apuesta por yuxtaponer dos vínculos intrínsecamente relacionados, pero no comúnmente abordados: el de dos amigas que se convierten en cuñadas, y el de un hermano y una hermana que deben dejarse ir el uno al otro cuando uno de ellos se casa. Lo que debería haber sido un día perfecto se convierte en una auténtica pesadilla cuando el novio (Dante del Águila) sufre una caída severa en plena celebración rompiéndose el brazo. Dicho impase ocasiona una feroz batalla entre la novia (Tania López Bravo) y la hermana del novio (Gia Rosalino). La segunda no solo culpa a la primera por haber ocasionado este accidente, sino que no tarda en revelar sus reservas en cuanto a las recientes nupcias de su hermano, llegando incluso a sugerir la anulación del matrimonio, desatando la furia de su nueva y flamante cuñada. La obra escrita por María Paula del Olmo se sostiene principalmente gracias a su elenco y a la dirección de Federico Abrill. El texto en sí no es para nada malo. Digamos que cumple con todos los requisitos indispensables para que un texto dramatúrgico satírico funcione. Pero a pesar de su interesante premisa, termina recorriendo territorio muy conocido; poco o nada en las interacciones o diálogos suena o parece realmente nuevo, específico o sorpresivo. Del Olmo cae en lugares comunes y parece querer deliberadamente quedarse ahí haciendo que la historia, aunque divertida, sea predecible prácticamente hasta el final. Sin embargo, debo destacar que Dante, Tania y Gia estuvieron estupendos en sus papeles, elevando mucho el material. Los tres mostraron mucho dominio de la comedia física, excelente timing cómico, efectiva particularización de la palabra a favor del humor, y conexión y escucha tangible entre ellos. Abrill por su parte, conduce el ritmo y unifica el código actoral de forma satisfactoria, e hilvana las entradas y salidas de los personajes de tal forma que le da dinamismo y chispa al montaje.

En líneas generales, fue otra gran noche gracias a las creadoras. O, mejor dicho, fue otra gran Noche de Creadoras. Se necesitan y se agradecen los espacios como este en los que distintas disciplinas artísticas pueden confluir y coexistir de forma armoniosa, y que además nos invitan a compartir nuestras impresiones sobre lo que hemos visto y experimentado al ritmo de buena música y bebiendo un rico coctel. Una de las partes más divertidas de ir al teatro, después de todo, es hablar de él, y Casa Bulbo ofrece un estupendo telón de fondo para hacerlo. Lastimosamente, todos los montajes de los que hablo en esta crítica llegaron a su fin de temporada el día que asistí a verlos, así que no me queda más que recomendar a todos estar muy atentos a la revelación de la cartelera que las creadoras tienen lista para mayo. Yo ciertamente lo estaré. ¿Nos vemos ahí?

Sergio Lescano

1° de mayo de 2026

martes, 28 de abril de 2026

Crítica: LA PLAGA O RELATOS DE UN MUÑECO QUE AÚN RECUERDA


El cuerpo como archivo de la deshumanización

En la escena contemporánea, el silencio opera como un espacio en donde resuenan las verdades más incómodas. La plaga o relatos de un muñeco que aún recuerda, bajo la dirección de Estefano Portillo y con la composición musical de Edu Arana, se presenta no solo como una pieza de teatro físico, sino como un estudio coreográfico sobre la erosión del individuo frente a las estructuras de poder y la precariedad económica.

Desde el ingreso al espacio, se observa un guiño brechtiano a través de un gesto bastante simple. Los intérpretes nunca abandonan la escena; más bien, habitan los márgenes del escenario en sillas que delimitan el campo de acción, haciendo que la observación sea tan activa como el movimiento. 

La propuesta prescinde del diálogo hablado para volcar toda la carga narrativa en una dramaturgia corporal que sabe cuándo manejar la contención y cuándo desbordarse. La dinámica familiar de Pascual, su esposa y sus tres hijos se da a entender muy bien sin necesidad de explicarla de manera literal. Viven en una precariedad que se siente en los platos vacíos y en la urgencia de los gestos de los hijos cuando ven a Pascual llegar. La música de Arana, ejecutada en vivo, funciona excelente como acompañamiento de la escena, dotándole ritmo a las transiciones entre lo doméstico y lo laboral.

En la pieza, el vestuario opera como un elemento funcional que marca la fragmentación del tiempo a través de la alternancia entre la "ropa cotidiana" y la "ropa de negocios". A medida que la obra avanza, las secuencias laborales (mecánicas, alienantes, repetitivas) van devorando el tiempo familiar, haciéndose cada vez más largas hasta que empiezan a invadir los momentos cotidianos. Aquí, el personaje de Pascual inicia un descenso hacia la invisibilidad. La búsqueda de "lo mejor" para los suyos se convierte en una trampa que lo borra del espacio que buscaba proteger y sostener.

Se puede intuir, a partir de la aparición progresiva del muñeco, que observa desde la periferia durante gran parte del montaje, que este marca el destino del protagonista. El muñeco es el “final del camino”. Su integración final simboliza la culminación de la deshumanización. Pascual ya no habita su cuerpo, es ahora un objeto que "sigue funcionando".

Debo reconocer que la obra alcanza momentos de una alta carga poética, especialmente con el juego con los objetos y las secuencias que los acompañan. No obstante, en una pieza que ha construido con tanto rigor un plano simbólico a través del lenguaje corporal, ciertos elementos literales (como la irrupción de una pelota de fútbol o el uso de carteles hacia el cierre) generan un contraste que quiebra lo que la obra misma había generado. El cuerpo ya había dicho que "arriba o abajo es lo mismo para todos". La explicitud del texto en carteles parece subestimar, por un momento, la capacidad del espectador para comprender lo que la obra ya había construido.

Finalmente, puede decirse que La plaga es un recordatorio incómodo de lo que la alienación laboral, la explotación y el sistema que nos aúna a ello pueden hacerle al cuerpo. Estefano Portillo logra coordinar un elenco que entiende ese cuerpo como un territorio de resistencia y de derrota a la vez. Existe una coherencia dramatúrgica que permite observar una historia bien construida, sólida y directa, en la que la transformación de los personajes termina siendo inevitable. La recomiendo.

Daniela Ortega

28 de abril de 2026

domingo, 26 de abril de 2026

Crítica: BAJA EN LA ESQUINA


Universos quebrados en escena

La propuesta escénica Baja en la esquina, compuesta por cuatro monólogos escritos por César de María y dirigida por Herbert Corimanya, bajo la producción de ARES Teatro, construye un recorrido por subjetividades atravesadas por la marginalidad, la locura y la necesidad urgente de ser escuchadas.

Desde su disposición espacial en forma de “U”, la puesta genera una experiencia íntima que aproxima al espectador a los intérpretes, aunque también deja entrever cierta distancia emocional coherente con los universos fragmentados que habitan los personajes. El diseño lumínico, con un inicio en predominancia de tonos ámbar y rojo, no solo configura una atmósfera cálida e inquietante, sino que, al variar en cada monólogo, sugiere con claridad que cada personaje existe en su propio mundo, en un universo emocional y existencial independiente.

El trabajo actoral, con los intérpretes Milton Guillén, Christian Ramírez, Héctor Rodríguez y Cori Cáceda, evidencia compromiso físico y una búsqueda expresiva sostenida. En cada monólogo, los intérpretes logran construir personajes intensos, apoyados en una gestualidad clara y en una presencia escénica que, por momentos, resulta altamente efectiva para generar conexión con el público. Destaca la capacidad de los pasajes para provocar empatía y sostener la atención a partir de una marcada urgencia emocional.

No obstante, se percibe una tendencia hacia el uso del grito como recurso expresivo, lo cual, en ciertos momentos, limita la riqueza de matices vocales y puede diluir la potencia dramática de las escenas. Aun así, la propuesta logra mantener un nivel de interés constante gracias a la diversidad de energías y a la construcción de atmósferas diferenciadas.

El montaje encuentra coherencia en su conjunto, especialmente en un cierre que refuerza la idea de que múltiples realidades coexisten sin llegar a tocarse del todo. Los personajes aparecen así como figuras atrapadas en sus propios discursos, consolidando un mosaico de mundos aislados pero profundamente humanos dentro del contexto peruano.

Más allá de sus aciertos y aspectos por afinar, Baja en la esquina pone en valor la importancia de espacios independientes como ARES Teatro, que apuestan por la creación y difusión de propuestas escénicas contemporáneas. Resulta fundamental visibilizar y apoyar este tipo de iniciativas, ya que contribuyen activamente al desarrollo del panorama teatral local y a la generación de nuevos públicos.

Tammy Alfaro

26 de abril de 2026

Crítica: CANTA Y NO LLORES


Karaoke, amistad y despecho: una fiesta escénica con momentos de goce

En Canta y no llores, dirigida por Marco Palomino, la propuesta se instala en un espacio poco convencional: una discoteca amplia que busca convertirse en el escenario de una noche entre amigas. La premisa es clara y atractiva: celebrar un cumpleaños atravesado por una ruptura amorosa, donde el karaoke y la complicidad femenina deberían sostener tanto el relato como la experiencia del público.

Sin embargo, uno de los principales desafíos del montaje aparece desde lo más básico: la escucha. Las condiciones acústicas del espacio, sumadas al uso de micrófonos, la reverberación del lugar y una vocalización poco precisa dificultan considerablemente la comprensión de los diálogos. Esto no es un detalle menor. La obra propone una dramaturgia basada en la palabra y la anécdota, pero esa misma palabra se diluye, dejando al espectador más cerca del concierto que de la escena.

En ese vacío, la música emerge como el elemento más sólido. Las interpretaciones vocales evidencian preparación, disfrute y capacidad técnica por parte de las actrices. Hay momentos donde la armonización y la elección de canciones logran sostener la atención, generando una conexión más directa con el público. Aun así, esta fortaleza también deja en evidencia un desbalance: lo musical funciona mejor que lo dramático.

La estructura de la obra se apoya en una dinámica repetitiva que alterna recuerdo, anécdota y canción. Si bien este recurso puede ser efectivo en ciertos momentos, su uso constante termina por aplanar el desarrollo. No hay una progresión clara hacia un punto de quiebre o transformación, lo que genera la sensación de estar frente a una sucesión de momentos más que a una construcción dramática sostenida.

En cuanto a los vínculos, la relación entre las tres amigas plantea una intención de apoyo y contención, pero no siempre logra materializarse con organicidad. Los intercambios tienden por momentos a una energía desbalanceada, donde una presencia escénica sobresale mientras las otras quedan más contenidas. Esto no construye contraste de personajes, sino cierta desconexión en el ritmo grupal. A ello se suma una forma de interacción que, en lugar de sostener desde la escucha, se acerca más al reclamo reiterado, lo que debilita la empatía hacia el conflicto central.

El uso del espacio y la relación con el público también presenta tensiones. La circulación entre espectadores y la intención de generar una atmósfera de fiesta no terminan de sentirse necesarias ni orgánicas. Más que integrar, estas acciones aparecen como intervenciones externas al flujo de la obra. La altura del escenario, sumada a ciertos desplazamientos como el uso de escaleras, refuerza una distancia que contradice la cercanía que la propuesta busca construir.

A nivel de recursos, algunos elementos escénicos se introducen sin un desarrollo claro, como objetos que aparecen y desaparecen sin consolidar un código o una función dentro del relato. Esto contribuye a una sensación general de fragmentación, donde varias ideas coexisten sin terminar de articularse.

La premisa, sin embargo, tiene potencial. La idea de convertir el despecho en un espacio compartido entre amigas, atravesado por la música y la catarsis colectiva, conecta con una experiencia reconocible y vigente. En ese sentido, la obra encuentra momentos de disfrute, especialmente cuando el público se permite habitarla desde el código del karaoke más que desde la narrativa teatral.

Canta y no llores plantea una experiencia que oscila entre el show musical y la escena dramática. En ese tránsito, lo que aparece con mayor claridad es la necesidad de afinar su eje: decidir desde dónde quiere ser leída. Cuando la fiesta logra sostenerse, el público responde. Cuando la historia intenta aparecer, la falta de claridad la debilita.

La propuesta deja entrever un camino posible: uno donde la cercanía, la escucha y la construcción del vínculo puedan sostener tanto la celebración como el conflicto. Porque en una noche de amigas, no solo se canta. También se escucha, se contiene y se comparte lo que duele.

Naomi Noblecilla

26 de abril de 2026

Crítica: CENIZAS


Memoria, bolero y un teatro que convierte la nostalgia en experiencia escénica

En el Teatro Británico se presenta Cenizas, espectáculo musical íntimo dirigido por Alberto Ísola y escrito por Eduardo Adrianzén. La obra propone un viaje escénico donde el bolero, la memoria y la nostalgia se entrelazan en un espacio cargado de evocación: un antiguo bar abandonado en el que un pianista revive amores, pérdidas y canciones que persisten en el tiempo.

Desde el ingreso a la sala, el espectador es recibido por un ambiente de silencio y expectación. La escenografía —aparentemente vacía— construye un espacio simbólico donde cada elemento adquiere valor narrativo. El piso de madera, el piano y los micrófonos no solo configuran un lugar físico, sino también un territorio emocional donde la realidad y la memoria dialogan constantemente. La iluminación se convierte en uno de los principales motores del relato. A través de una partitura precisa, el diseño lumínico delimita tiempos, espacios y estados emocionales. Los tonos cálidos evocan cercanía, deseo y recuerdo, mientras que los fríos introducen distancia, pérdida o ruptura. El uso del contraluz permite ocultar y/o revelar identidades, generando una atmósfera que oscila entre lo íntimo y lo fantasmal. Esta transición constante entre presente, pasado y ensoñación refuerza la dimensión poética de la propuesta. En diálogo con ello, la utilería y el vestuario aportan capas de significado. Los cambios de vestuario de la actriz no solo acompañan la acción dramática, sino que marcan desplazamientos temporales y emocionales. Las texturas, colores y formas dialogan con la iluminación, consolidando una composición escénica coherente. En este sentido, desde la dirección del montaje, se articula con precisión los distintos signos del lenguaje escénico, integrando texto literario dramático y el texto espectacular en una experiencia armoniosa y bien integrada con todos sus elementos. 

La dirección musical articula con precisión el repertorio de boleros con la dramaturgia, generando una experiencia que trasciende el formato de teatro musical convencional. Aquí, la música no interrumpe la acción: la construye. Cada interpretación se convierte en un acto de memoria, en un puente entre los personajes y el espectador. La elección del bolero no es casual; su carga histórica y emocional lo posiciona como un lenguaje capaz de hablar sobre el amor, la pérdida y el paso del tiempo con una intensidad particular.

En el plano actoral, Irene Eyzaguirre, Pepe Bárcenas y Álvaro Pajares sostienen un código interpretativo que transita entre lo realista y lo simbólico. La construcción de sus personajes se apoya en signos claros, donde la voz —hablada y cantada— articula con coherencia los distintos niveles de la ficción. La tensión entre memoria y presente introduce un conflicto que atraviesa toda la obra. La dramaturgia articula con cuidado estos elementos, proponiendo un relato que se despliega en el transcurso de una noche. El final propone un giro que reconfigura lo visto, abriendo posibilidades a la interpretación del público.

Cenizas se consolida así como una experiencia escénica que integra lenguaje musical, composición visual e interpretaciones bien logradas. Más que contar una historia, construye un espacio que invita y evoca emociones y sensaciones. Y al salir de la sala, queda una inquietud latente: ¿Qué recuerdos siguen habitando en nosotros cuando la música deja de sonar y la memoria se niega a soltarlos?

Rubén Aquije

26 de abril de 2026

jueves, 23 de abril de 2026

Crítica: LAS COSAS QUE SÉ QUE SON VERDAD


Verdades que crecen en silencio

El teatro, el escenario y un árbol se convierten en más que una verdad dentro del Teatro La Plaza. Kintu Galiano nos introduce a un espacio familiar, bajo el texto de Andrew Bowell, con un árbol genealógico encantador encabezado por la matriarca Mónica Sánchez, Carlos Mesta, Sebastián Ramos, Karina Jordan, Pedro Ibáñez y Verónica Infantes.

Galiano propone una dirección contemporánea con personajes que habitan en el realismo, y qué interesante que el texto se preste para evidenciar las cuestiones, asertividades y lagunas mentales que tiene cada personaje dentro de la obra. A través de ello, la obra nos invita a viajar junto a ella por medio de conflictos que parecen ser verdades que no se asimilan dentro de una familia, mientras un árbol se deshoja y pasa a una temporada de clima que recuerda y renace.

Dentro de nuestro crecimiento, nos han impuesto un árbol genealógico para ubicar los estatus a los que pertenece cada familiar dentro de un hogar, estatus que generan poder autoritario, así como lugares donde el silencio habla. Esta obra responde a ello: cada familiar es parte de un árbol que está a punto de ser fragmentado. Una matriarca que intenta sostener una familia. Un padre que escucha y acompaña. Hijos que exploran sus decisiones.

En ese sentido, ¿qué pasa cuando quienes amamos dejan de hacer lo que queremos o no llegan a cumplir las expectativas que esperamos? El texto de Bowell es pertinente y llega al formato de “El poder de estar presentes” en un momento oportuno, puesto que permite comprender cómo los lazos familiares, a lo largo del tiempo, han sido una idealización y han colocado a los integrantes de cada familia en una postura que parece ser inquebrantable.

En cuanto al armado estético, es pertinente observar cómo esta familia habita una hacienda particular; es decir, cada objeto dentro de la casa posee una memoria y un recuerdo. Al pasar las estaciones pude observar que los objetos están en un estatismo particular, y es que es así como esta obra responde al crecimiento y la transformación. Mediante la dirección de arte, puedo comprender cómo esta casa posee cotidianidad y alberga confrontaciones que no se han dicho.

Las cosas que sé que son verdad llega a La Plaza no solo para presentar una puesta en escena más; el teatro se convierte en un espacio sugerente para cuestionar patrones familiares y tradiciones que pueden parecer incómodas. Cada personaje tiene una verdad, una identidad y un propósito. En el máximo sentido de la palabra, es fabuloso observar cómo cada uno tiene una verdad que se transforma en silencio, sin embargo, siempre quiso salir a devorar.

Juan Pablo Rueda

23 de abril de 2026