lunes, 2 de marzo de 2026

Crítica: OJOS BONITOS, CUADROS FEOS


Puente entre el recuerdo y el ahora

La tensión se mantiene de inicio a fin: el desarrollo del personaje del joven enamorado es llamativo, la presencia y la ausencia de la joven juega con nuestra imaginación y su energía deambulando por el espacio es poética. Los textos encuentran solvencia al ser expuestos, los tres personajes se complementan, la música apoya. Me llamó mucho la atención los trazos, mientras los artistas van interpretando, el personaje mujer va realizando algunos trazos como si nombrará lo que sucede en el lugar. El juego de luces y la música ha sido elegida adecuadamente.

Dibuja como si la música flotara en el aire, una mujer realiza trazos en un lienzo, el sonido invade la habitación, al parecer hay algo extraño en su presencia, es largo el momento de espera. Hasta que por fin ingresan los otros dos personajes, resulta que ella parece no existir o parece estar presente desde otra naturaleza. Se va desarrollando una conversación, es fría aún, la cadencia adormece mis sentidos, la conversación empieza en un ritmo cero, hay algo medio forzado, hasta que vamos entendiendo cuál es la naturaleza del hilo conductor. 

La mujer no está, funciona como un recuerdo, su cuerpo es etéreo se conecta con el pasado y con el presente, es un puente entre el recuerdo y el ahora; sin embargo el hecho de que no abandone el espacio aporta una sensación muy particular. Aparte ella es bella, sutil en su presencia, retadora en la mirada. “Un recuerdo fuerte no me deja avanzar”, presagia el joven nervioso; “ella no me abandona ni siquiera al pensar, pero ahora te enfrento, porque esto puedo acabar”, el joven ha buscado al otro personaje por alguna razón, “mis palabras como un dardo a tu cien voy a apuntar.”

Los dos hombres que están en la sala van avanzando en tensión, las insinuaciones primeras parecen algo al azar, hasta que los hilos se van conectando. Resulta que uno de ellos es crítico de arte y el más joven al parecer es un desamparado, alguien que busca algo, que ha ennegrecido su mirada por un acontecimiento fortuito. Los artistas van creciendo en intención, se genera una atmósfera, el diálogo aumenta en interés, hasta que por fin hay un salto temporal. Los cuerpos ocupan el mismo espacio, pero la energía permite que viajemos hacia otros lados, nadie sale del lugar, todos comparten el mismo lugar; el joven es el nexo, como un médium, como un ente sobrenatural, mira hacia un lado y mira hacia el otro, nos explica desde el retorno por qué está ahí. Su corazón le duele, algo que amó con mucha fuerza lo ha dejado y él busca un culpable, su entendimiento trastornado apunta hacia el crítico, pero es el verdadero culpable o solo es el delirio lo que lo lleva hasta ahí.

Por fin se logra dilucidar qué es lo que está pasando: el joven busca una venganza, porque cree que el crítico de arte ha sido muy cruel con su novia y es por eso que ella se ha suicidado. Los momentos se van aclarando y descubrimos que ella admiraba al crítico, que por cierto había caído en la astucia del joven desesperado a través de insinuaciones y miradas seductoras. Le parecía atractivo, le gustaba y por eso permitió que ingresara a su casa, pero no sabía que ese muchacho tenía otra intención, algo descabellada y quizá sin sentido, pero así es la vida y el teatro intenta parecerse a ella. 

Entonces, los dos hombres que aparecen en escena y dialogan se enfrentan sin que uno sepa lo que le depara, uno es crítico de arte y el otro es un desamparado, se encontraron en una exposición se hicieron miradas y el crítico accedió a salir fuera del local, rumbo a su casa con el joven desamparado. Finalmente, cuando ya estamos entendiendo lo que pasa y vamos comprendiendo las interacciones, la mujer cobra prevalencia y su presencia hasta ese momento etérea e ilustrativa, empieza a disipar la niebla para mostrarnos que en un momento fue novia del desdichado, pero al final terminó separándose de él. Sin embargo, antes de que esto sucediera estuvieron juntos cuando ella realizó una exposición de sus cuadros y el tan anhelado crítico la calificó como ojos bonitos y cuadros feos, generando un desmoronamiento interno dentro de ella.

En este mundo tan fragmentado es necesario hacer algo por nosotros, es importante la empatía y el respeto hacia el otro; pero la luz es como una vela que tú la prendes por tu cuenta y de la misma manera cuidas que la mecha no se apague por los soplidos mirones de los demás, así permaneces cuidando tu vela, tu luz, y lo demás deja de existir porque todo es mediático. Todo se “basuriza”, todo se anula, menos el sentimiento personal de trascendencia.

Moisés Aurazo

2 de marzo de 2026

Crítica: LA NIÑITA QUERIDA


Una sátira de las falsas expectativas 

Los alumnos del octavo ciclo de la Especialidad de Teatro de la Facultad de Artes Escénicas de la PUCP, presentaron una breve temporada de la obra La niñita querida, del dramaturgo cubano Virgilio Piñera, bajo la dirección de Alfonso Santistevan, en el Teatro Ricardo Blume. 

Es la primera vez que la narrativa de Piñera se realiza en el Perú, la misma que sitúa su conflicto en el ritual simbólico de los quince años, un momento transitorio que se convierte en un espacio de confrontación. La protagonista, una adolescente a puertas de celebrar su cumpleaños, decide rebelarse contra un destino diseñado por su familia, donde la figura materna es implacable en cuanto a sus deseos para la “niñita querida”.  El novel elenco conformado por Ariadna Callihuanca, Dayjhan Trujillo, María Rubio, Miluscka Coronado, Munaytica Dávila, Christine Lemus, Mick Jack Gónzales, Ximena Villacorta, Kelly Neira, Camila Barrantes, Daritza Guerovich, Luis Jaime Cisneros y Ariana Valdivia, destacó por su sostenida interpretación tanto a nivel individual como colectivo. Con una partitura física y vocal exigente –cargada de ironía e ingenuidad aparente- aunada a la caracterización y el vestuario, que reforzó la dimensión del absurdo que propone el autor, en el que las normas sociales son una herencia alimentada por la costumbre y el miedo al qué dirán. Así, los intérpretes trabajaron sobre la exageración y la repetición como recursos propios de la farsa. Esta elección no solo generó momentos de humor incisivo, sino que permitió revelar el trasfondo opresivo que sostiene la dinámica familiar.

Por otro lado, la escenografía en tonos rosas, con adornos y utilería que recrea la atmósfera de un quinceañero clásico, además de otros elementos como los instrumentos musicales, favorecieron el desarrollo del conflicto y permitieron que la atención se centrara en la interacción de los personajes. Sin duda, la mirada de Santistevan, evidenció un acompañamiento pedagógico, junto a la asistencia de Daniela Trucíos, logrando unir la crítica a las convenciones establecidas sin perder la vitalidad lúdica de la puesta.   

La niñita querida es una obra que reafirma la potencia de la narrativa de Piñera, como herramienta de cuestionamiento social. Asumiendo con claridad los códigos de la farsa y del teatro del absurdo, resaltando la vigencia crítica de la historia y su punzante cuestionamiento a la autoridad familiar y los mandatos sociales. Finalmente, este montaje no solo reveló el proceso de formación de los estudiantes, sino también su capacidad para afrontar un repertorio complejo y ágil, poniendo en la palestra una reflexión acerca de las falsas expectativas familiares y la rebeldía como un gesto de identidad. 

Maria Cristina Mory Cárdenas

2 de marzo de 2026

Crítica: REALISMO REAL


Metateatralidad para reflexionar

Jugar a lo real dentro y fuera del teatro, interceptar la ficción con elementos de la realidad, es una interesante perspectiva. La obra se confunde con lo real y con lo imaginario, se incluye al público de forma espontánea, hay una metateatralidad que nos permite entender y reflexionar muchas cosas. El juego rítmico a través del humor también es peculiar; siempre he sido de los que prefieren el humor para hacer pensar, me gusta cómo lo que da risa puede ser cruel o lo que se está mostrando es una manifestación complicada. Pero el humor permite que la mente disocie y la capacidad cognitiva y específicamente la de reflexión se encuentre en aprietos, es como si se bajara la guardia desde la risa y ¡pum! ingresa lo complicado… el drama. 

Realismo real me parece una buena obra por lo impredecible de su narrativa y por la participación constante del público; mantenernos en alerta es un buen anclaje y el desarrollo de los personajes va tomando poder a medida que la historia se cuenta. Las interpretaciones son buenas, hay peso escénico, naturalidad y una chispa adecuada que permite conectividad con los espectadores.

La obra trascurre de forma directa, no hay momentos de pausa, se genera incomodidad cuando se rompe la cuarta pared y estos momentos son geniales desde un punto de vista artístico. El arte no solo como comodidad espectacular, sino también como un momento donde no sabes qué pasa y no solo se vive la historia también se vive la experiencia de sentir, de estar preocupado por lo que sucede; tal vez nada es nuevo bajo el sol, pero la forma que presentas las cosas siempre le dará un toque de originalidad a tus propuestas.

El personaje principal desarrolla su carácter paulatinamente, se siente una carga emocional profunda y los saltos de tiempo y de composición que realiza están bien manejados, la forma en que dice el diálogo es directa, envuelta en gracia, pero ataca directamente apunta un problema, descubres que hay algo malo, algo que no cuadra. Los compañeros de escena, si bien es cierto no mantienen un espacio tenso o dramático, permiten que la sensación sea diferente porque como mencione en un momento lo gracioso es original al presentar el drama. En ese sentido, el grupo funcionó adecuadamente, son buenos momentos, buenos tiempos y muchos aspectos que reflexionar sobre la salud mental.

Moises Aurazo

2 de marzo de 2026

domingo, 1 de marzo de 2026

Crítica: FE DE RATAS


El tiempo, a veces, pasa factura

Resulta evidente que muchos de los problemas que deben enfrentar los jóvenes y adolescentes han cambiado a lo largo de los años, de manera muy significativa, por ejemplo, entre la década del 2000 y la presente del 2020. Momentos justos en los que se llevaron a cabo el estreno (2009) y además, la última reposición en el presente año de la pieza Fe de ratas de Diego La Hoz, retrato urbano de la violenta realidad que experimenta un trío de jóvenes en una azotea. En estos casi veinte años que separan ambas puestas en escena, estreno y reposición, las evoluciones son evidentes y enormes: los cuadros de ansiedad y depresión no solo siguen siendo experimentados, sino que ahora también son detectados y asumidos como tales por los mismos jóvenes; el acceso a las redes sociales, con el uso masivo de celulares e internet, ha cambiado profundamente la interacción de esta población vulnerable y cómo se (de)forman sus identidades sociales; y por supuesto, la pandemia de COVID-19 que afectó para siempre nuestras vidas y especialmente las de ellos con sus familias, generando aislamiento, ataques de pánico y estrés.

Esta breve introducción viene a colación debido al impacto tan distinto que percibió quien escribe, al comparar otro reciente montaje del colectivo Espacio Libre y escrito por el mismo La Hoz, Cuando el día viene mudo (2024), con la última temporada de Fe de ratas. La primera en mención, estrenada por primera vez en 2006 (antes incluso que Fe de ratas), mantuvo todavía su encanto y su relevancia, debido en buena parte a la atemporalidad y universalidad de las relaciones sentimentales y los amores no correspondidos, así se presenten en medio de un espacio "vintage" repleto de libros en físico. No puedo afirmar haber sentido lo mismo con Fe de ratas en el Teatro Esencia: acaso el tiempo, que avanza de manera tan despiadada en los últimos años, le juegue en contra a la siempre disfrutable dramaturgia de La Hoz, específicamente para la obra en cuestión, cuando aborda historias de jóvenes desencantados con la vida y que planean huir de sus duras realidades. Sus motivaciones, sus acciones y sus destinos no parecen pertenecer ya a esta época, sino a una muy lejana o hasta ubicada en el campo de lo surreal o utópico. 

Pero estos son solo detalles muy subjetivos que nadie tiene por qué compartir, pues el siempre interesante La Hoz nunca decepciona con sus puestas en escena: pulcras, precisas en su ejecución y con ese toque de lirismo que le impregna a todas sus exploraciones teatrales. El íntimo espacio de Barranco es acondicionado con mínimos elementos y la carga dramática es encomendada al trío de jóvenes actores, integrado por Diego Gallese, Mauno Hurtado y Lucciano Murúa, quienes defienden sus personajes con entrega y carisma. Esta visión de una sociedad enferma, ahogada en violencia, desesperanza y sin visos de cambio, encuentra un coherente final simbólico, con los jóvenes absorbidos por el sistema represor.

El universo masculino que propone ahora La Hoz en Fe de ratas, uno partido en desilusiones, agobiado por problemas familiares y roto por desconfianzas y recelos, se hace creíble. Lejano en estos tiempos, pero creíble.

Sergio Velarde

1º de marzo de 2026

sábado, 28 de febrero de 2026

Crítica: UNA OBRA PARA QUIENES VIVEN EN TIEMPOS DE EXTINCIÓN


Antes que nos extingamos

Una obra para quienes viven en tiempos de extinción es una pieza teatral que sorprende, en primer lugar, por el alocado discurso del personaje que se presenta como dramaturga, pero se desempeña como una entretenida y locuaz expositora que realiza una minuciosa explicación (aunque en realidad es un apretado resumen) sobre las cinco extinciones masivas que ha sufrido este planeta y sobre la que vivimos actualmente (¿por nuestra culpa?) como habitantes del mundo.

El incidente que motiva el monólogo (ante la inasistencia de las dos actrices, la dramaturga tiene que hacerse cargo de la función) es solo un pretexto - que rápidamente olvidamos - para introducirnos en una propuesta escénica que combina el relato con la performance, en la que la “maestra-dramaturga” hace intervenir activamente al público, como cuando asistimos a una fiesta infantil y la animadora introduce a los asistentes a algún concurso que parece inventar en ese mismo momento. La potencia de este recurso se manifiesta en la manera sutil en que estas traviesas intervenciones se convierten en reflexiones conforme nos acercamos al presente y mencionamos por su nombre algunos efectos de la nueva extinción, que solo conocíamos como “cambio climático” y parecía lejano y así nos hacemos responsables de los resultados.

Para lograr ese eficaz ejercicio reflexivo hace falta un personaje muy humano y vital, como es la “dramaturga/maestra” que interpreta Fiorella Pennano, en una de sus más radiantes trabajos actorales y, por supuesto, la dirección de Norma Martínez, que se la juega entera por poner en escena obras que reflejen su mirada del mundo actual. En este caso, la obra es una adaptación del texto de la dramaturga estadounidense Miranda Rose Hall. Esta dramaturga presentó el año 2025 Una obra para los vivos en tiempos de extinción, que trata de un dramaturgo improvisado que intenta contar una historia sobre la vida en la Tierra en una era de extinción provocada por el hombre. En la versión adaptada por Norma Martínez, el personaje toma un texto como fuente principal para su exposición: La sexta extinción, de Elizabeth Kolbert - periodista y escritora estadounidense especializada en temas científicos que recibió el Premio Pulitzer el 2015 por este libro - quien advierte que los humanos somos testigos de un acontecimiento dramático: la extinción en masa de un gran número de especies.  Se conocen cinco extinciones masivas anteriores, que el personaje explica con micrófono, pizarra y utilería didáctica, en una muy dinámica clase sobre la materia. Así, la puesta en escena combina reflexión y humor, conducidos por Pennano, quien no pone el dedo acusador sobre nuestra frente, sino que “como jugando” nos invita a pensar en el lugar que ocupamos como humanidad en una crisis ecológica global.

Con esta obra, el Teatro La Plaza cierra el ciclo Presencias que transforman (la última función es el domingo 1 de marzo).

David Cárdenas (Pepedavid)

28 de febrero de 2026

jueves, 26 de febrero de 2026

Crítica: TRAS CUERNOS… POSTRES


Una comedia de enredos que puede causar más risas

Los viernes y sábados a las 8:00 p. m. se presenta en el Centro Cultural Jesús María la obra Tras cuernos… Postres, bajo la dirección de Fernando Romero. La puesta cuenta con las actuaciones de Beto Sánchez, Jeffrie Fuster, Paul Ramírez, Adriana Polack, Patricia Moncada, André Mesta y Sergio Morán.

Esta obra aborda el tema de las infidelidades a través de personajes atrapados en sus propios enredos y, dado que se trata de una comedia, uno imaginaría que la puesta provocaría risas de principio a fin; sin embargo, esto solo ocurre en algunas ocasiones.

Al tratarse de una comedia de enredos, es necesario resaltar que el ritmo de la obra es, probablemente, su mayor acierto. Se nota que el elenco ha trabajado de buena manera para lograr un timing preciso; además, utilizaron el lenguaje corporal muy a su favor, haciendo que muchas de las situaciones resulten divertidas. Sin embargo, algunas de las bromas resultan predecibles y varios de los personajes no destacan tanto como el protagonista, lo cual impide una mayor conexión con el público.

En cuanto a la dirección, se percibe un trabajo funcional que logra sostener el ritmo de la comedia, especialmente en lo referido al timing y al uso del lenguaje corporal previamente mencionados. El director consigue que el elenco se mantenga en una dinámica constante, aunque sin arriesgar demasiado en la propuesta escénica. Por su parte, la escenografía apuesta por la sencillez: es básica, incluso predecible, pero cumple con su objetivo práctico al facilitar el desplazamiento de los actores y no entorpecer la acción.

En resumen, no estamos ante una comedia particularmente memorable ni innovadora; sin embargo, la puesta asume con claridad su propósito: ofrecer entretenimiento ligero sin mayores pretensiones. Difícilmente dejará una huella más allá de la experiencia inmediata, pero funciona para quienes quieran desconectarse un rato y pasar un momento agradable.

Javier Bendezú

26 de febrero de 2026

Crítica: ME ENCANTAN LOS CUENTOS


Volver a escuchar

El Teatro Municipal de Surco se apaga. En un instante, la atmósfera es mágica; el público acompaña. Se escucha un instrumento desde lo más lejano, lleno de memorias. Me EnCantan los Cuentos es un espectáculo escénico del narrador François Vallaeys, con la música rock/electrónica de Edu Arana.

Me EnCantan los cuentos es un regalo hacia el corazón para todas las edades y para el niño interior que cada espectador lleva dentro de sí. Vallaeys utiliza su magistral carrera de narrador escénico para, sobre las tablas, convertirse en un artista voraz, genuino y valiente. Me parece necesario mencionar que, para estar al frente sosteniendo a un público, es indispensable poseer una gran sensibilidad artística, y eso es lo que posee este cuentacuentos.

En la actualidad, en nuestra cotidianidad, vivimos en un mundo donde crecer es casi invisible; avanzar, cumplir años, es un acto que pasa desapercibido. Al alcanzar la mayoría de edad, pareciera que ya no merecemos que nos cuenten un cuento. Y eso es lo que Vallaeys se esfuerza por transformar: qué importante es entonces dejarnos envolver por las narraciones populares y tradicionales, por esas historias que, más que respuestas, proponen preguntas.

El espectáculo propone escuchar diversas cápsulas sonoras desde el inicio hasta el final. Arana no es solo un acompañante dentro de la performance que realiza Vallaeys; propone atmosferizar las distintas narraciones que se escuchan en la obra. A través de la guitarra y múltiples instrumentos, estas historias logran un impacto mágico en el espectador.

En ese sentido, el trabajo performativo que realiza el narrador no se limita a utilizar la voz como principal componente escénico. Mientras emplea su cuerpo como archivo vivo de cada historia, encontramos un cuerpo lúdico y onírico que confronta cada narración desde una mirada poética. 

Al finalizar me preguntaba: ¿y cómo sé que estoy conectando con mi niño interior? ¿El quedarme en la butaca permite eso? ¿Acaso el estar observando detenidamente significa que estoy conectando con mi niño interior? Y descubrí que el teatro, en un instante, se vuelve mágico. No yendo muy lejos, cada espectador, al ir a una obra, tiene la suerte de escuchar y observar. Y eso es, es así como Me EnCantan los cuentos se vuelve: emotiva, valiente y simbólica, porque para sentir un cuento no solo está el acto de nuestra presencia, sino que, como infantes, está nuestro flujo de escucha, observación y corazonada.

Juan Pablo Rueda

26 de febrero de 2026

miércoles, 25 de febrero de 2026

Crítica: UBÚ MI REY


El retrato de un país en decadencia

La Real Compañía Estólida, conformada por Dánitza Montero, Gabriela Gutiérrez, José Miguel Herrera, Paulina Bazán y Ricardo Bromley nos trae una comedia escrita y dirigida por Alfonso Santistevan, y basada en Ubú rey de Alfred Jarry. En esta adaptación, vemos y experimentamos cómo un espacio tan pequeño y a primera vista no muy cómodo como lo es Paya Casa se transforma en un lugar donde las coincidencias no existen, como bien lo anticipa el afiche de la obra; un lugar donde la realidad y la ficción se entremezclan de tal manera que  hasta lo más imposible resulta ser lo verdadero.

La primera impresión es de un escenario modesto, solo con un mueble, un pequeño comedor y una pared de fondo que podría describirse como un personaje más o el elemento más poderoso que complementa la obra, pues a medida que pasan los acontecimientos y el tiempo, vemos cómo van cambiando los cuadros, cómo funciona para situarnos en distintas regiones del país sin necesidad de utilizar grandes escenografías, lo cual habla muy bien de la capacidad actoral de los artistas, pues con esos pocos elementos logran transportar a toda la audiencia a los distintos lugares.

Además del buen uso del espacio, se destacan otros elementos que posiblemente pasarán a ser característicos de la obra, como son las máscaras de animales hechas especialmente para la ocasión y de manera artesanal por La Contra Máscara. Estas máscaras y demás elementos hechos como manualidades suman bastante a la obra y su carácter minimalista. No se descuidó ningún aspecto, cada detalle se notó sumamente planificado y hecho con mucha dedicación.

Respecto a la narrativa que maneja, es bastante crítica con la situación actual nacional. Sin llegar a ser explícitos ni mencionar nombres en concreto, todos en el público pueden identificar las personalidades y patrones de comportamiento que se repiten. Es un espacio de catarsis mutua, pues en un contexto  en el cual uno no puede más que sentirse impotente ante la cantidad de malas noticias que se ven a diarIo y la nulidad de acción por parte de las autoridades, así como la corrupción que sigue siendo la plaga que cada vez nos va consumiendo como país, tener una obra como esta, una sátira que puede hacernos reír y reflexionar al mismo tiempo sobre eso que dolió y sigue doliendo, convierte una localidad cualquiera en un espacio donde tanto artistas como espectadores pueden reírse de su propia decadencia. En esa carcajada común hay algo que une a todo un auditorio cansado y agobiado pero que aún resiste desde sus propias trincheras.

Tanto la puesta en escena como la compañía de teatro se destacan por poner sobre la mesa nuevos temas y tener un elenco lleno de frescura, con actores dispuestos a transmitir nuevas historias que se acercan más al ciudadano de a pie que simplemente repetir los mismos cuentos de siempre.

Barbara Rios

25 de febrero de 2026

domingo, 22 de febrero de 2026

Crítica: MICRO BUTACA - FEBRERO


Sobra potencial, falta claridad

Tres salas. Tres obras cortas ocurriendo al mismo tiempo. Tres elencos que hacen tres funciones por noche. Esa es la propuesta de Micro Butaca. Con intervalos de aproximadamente diez minutos, en los que el público puede disfrutar de alguna bebida o de algún snack, el acogedor espacio barranquino, sede también de Butaca Film, productora teatral y audiovisual, se convierte en el escenario de tres microobras, todas de dramaturgos y dramaturgas peruanas, que se suceden una a la otra. La experiencia tiene potencial, ya que el tener que migrar de sala en sala con la promesa de una nueva y cautivante historia esperándonos del otro lado de la puerta es atractiva. Pero más allá de la novedosa propuesta, ¿qué tiene por ofrecer esta temporada teatral? 

El teatro de formato breve, como ya he mencionado anteriormente, es complejo. El tiempo limitado presenta el reto dramatúrgico inmediato de tener que comprimir en solo quince minutos un arco dramático verosímil. Por otro lado, las dimensiones de las salas de Butaca Film, al no ser tan amplias, también ofrecen un limitante considerable, ya que de no ser correcto el uso del espacio, este puede jugar en contra del montaje. Finalmente, los actores y actrices deben adecuarse a un ritmo exigente y trepidante, ya que hacen tres funciones al hilo, con escasos minutos entre una u otra. Lamentablemente, creo que todos estos factores terminan afectando, en mayor o menor medida, a todos los montajes. 

¡Ah, qué terapia!, escrita por Mario Soldevilla y dirigida por Diana Veliz, no logra utilizar el espacio de forma adecuada, rellenándolo de elementos que finalmente terminan estorbando y entorpeciendo el trabajo actoral. Más preocupante aún es la ausencia de claridad en cuanto a la resolución de la historia. La propuesta de dirección no deja que el texto, que a pesar de recurrir a clichés tiene el potencial de ser ameno, termine de entenderse, y la transición entre distintos códigos (clown, naturalismo, farsa) hace que la historia de un paciente enamorado de su psicóloga se vea y se sienta desordenada y confusa. Los actores hacen lo que pueden, pero bajo una visión un tanto difusa, sus esfuerzos no los llevan a buen puerto. 

Locos de remate, escrita por Jorge Bardales y dirigida por Diego La Hoz, es más clara en su concepción y ejecución. El espacio está mejor utilizado, así como las dinámicas de movimiento entre los actores. El texto tiene chispa, y el intercambio de palabra entre los actores funciona. Podría haberse cuidado más el enfoque cómico, ya que, al tratarse de una farsa, esta da licencia para ser llevada al extremo, cosa que el montaje no hace. Del mismo modo, la comedia, presente en la dramaturgia, necesita de un ritmo, una cadencia, y una precisión específica, que el montaje solo algunas veces logra, dejando que varios chistes no lleguen a “aterrizar” del todo. El giro argumental final funciona, sin embargo, y eleva la propuesta, dándole un cierre lógico y divertido a la escena.

Nuestro último vals es la única de las tres microobras que apuesta por el drama, mostrándonos la despedida de dos mejores amigos, uno de los cuales está en la víspera de un viaje en el que abandonará su país y también al posible amor de su vida. Al ser de corte naturalista, el montaje requiere de un trabajo de dirección actoral adecuado, que dé espacio a los silencios, que juegue con las miradas y la complicidad de los actores, que permita que ellos y ellas vivan la circunstancia que nos muestran en vez de simplemente decir textos uno después del otro. Desafortunadamente, en este caso esto no se cumple del todo, y el texto, que tiene potencial, termina pasando muy por agua tibia. De la misma manera, las actuaciones se sienten externas e impuestas, en lugar de orgánicas y vividas. 

Cabe destacar que considero que los tres actores y actrices que protagonizan estas tres obras tienen mucho potencial. De hecho, la sensación que me llevo de ellos es que merecen más y mejores cosas. Propuestas escénicas más claras, dirección más minuciosa, textos más desafiantes. Creo que solo de esta forma es que podremos ver su verdadero rango actoral. 

Siempre es mejor formar una opinión propia, así que te invito a ver su trabajo por ti mismo. Tienen sus últimas funciones este sábado 28 de febrero a las 8 p. m. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

22 de febrero de 2026

Crítica: LA COMUNIDAD DE LAS NARANJAS


El derecho a ser fruta en el mundo correcto

¿Qué sucede cuando, de pronto, la verdad más profunda de nuestro ser resulta ser algo tan absurdo para el resto que raya en la locura? Patricia Romero escribe y dirige La Comunidad de la Naranja, una pieza que, bajo una premisa surrealista, esconde una conmovedora y necesaria reflexión sobre la autenticidad y la libertad personal.

La historia nos presenta a Manolo (Omar García), un hombre de éxito que decide patear el tablero de su vida por una razón que desafía toda lógica: se siente una naranja. Lo que podría quedarse en un chiste superficial, se convierte en un drama conyugal de alta intensidad cuando su esposa Charo (Fiorella Díaz) intenta, desde la desesperación y el amor, entender lo incomprensible.

La puesta en escena en la Sala Tovar aprovecha un formato 360° que elimina cualquier distancia de seguridad entre el público y el conflicto. Estamos ahí, en medio de la habitación de esta pareja, siendo testigos de una confrontación que se siente tan íntima como invasiva. Esta atmósfera se ve potenciada por la presencia de Adelaida Mañuico, quien no solo ejecuta el violín de forma magistral, sino que habita el espacio como una suerte de “musa de las naranjas”. Su música no es un fondo, sino un personaje más que dicta el ritmo emocional y añade esa capa de irrealidad poética que la obra requiere.

En el apartado actoral, el duelo es brillante. García realiza un trabajo extraordinario al dotar a Manolo de una urgencia y una desesperación genuinas. Es difícil hacer que el público crea en alguien que se siente un cítrico, pero García lo logra gracias a una convicción absoluta en la defensa de su identidad. Por otro lado, Díaz brilla al encarnar la confusión humana. Su Charo transita con una naturalidad asombrosa entre la empatía, el resentimiento y el esfuerzo sobrehumano por no dejar caer el mundo que por tantos años construyó junto a su esposo.

La obra es, en el fondo, una crítica mordaz a una sociedad que nos exige ser moldes perfectos. Hubo un detalle final de repartir naranjas entre los asistentes como un regalo juguetón, que funcionó bastante bien y dejó a la audiencia con una sensación de conexión profunda con el elenco. Fue un guiño que rompió la tensión del drama y nos invita a llevarnos un pedazo de ese absurdo a casa. Es el cierre de una experiencia sensorial que nos deja con una pregunta latente, ¿qué parte de nosotros mismos estamos sacrificando para seguir encajando?

La Comunidad de la Naranja es teatro que se siente, se escucha y se huele. Una propuesta valiente que nos recuerda que, a veces, hay que abrazar lo absurdo para poder ser, finalmente, nosotros mismos. Altamente recomendable. Espero, sinceramente, que se pueda lograr una pronta reposición.

Daniela Ortega

22 de febrero de 2026