domingo, 22 de febrero de 2026

Crítica: MICRO BUTACA - FEBRERO


Sobra potencial, falta claridad

Tres salas. Tres obras cortas ocurriendo al mismo tiempo. Tres elencos que hacen tres funciones por noche. Esa es la propuesta de Micro Butaca. Con intervalos de aproximadamente diez minutos, en los que el público puede disfrutar de alguna bebida o de algún snack, el acogedor espacio barranquino, sede también de Butaca Film, productora teatral y audiovisual, se convierte en el escenario de tres microobras, todas de dramaturgos y dramaturgas peruanas, que se suceden una a la otra. La experiencia tiene potencial, ya que el tener que migrar de sala en sala con la promesa de una nueva y cautivante historia esperándonos del otro lado de la puerta es atractiva. Pero más allá de la novedosa propuesta, ¿qué tiene por ofrecer esta temporada teatral? 

El teatro de formato breve, como ya he mencionado anteriormente, es complejo. El tiempo limitado presenta el reto dramatúrgico inmediato de tener que comprimir en solo quince minutos un arco dramático verosímil. Por otro lado, las dimensiones de las salas de Butaca Film, al no ser tan amplias, también ofrecen un limitante considerable, ya que de no ser correcto el uso del espacio, este puede jugar en contra del montaje. Finalmente, los actores y actrices deben adecuarse a un ritmo exigente y trepidante, ya que hacen tres funciones al hilo, con escasos minutos entre una u otra. Lamentablemente, creo que todos estos factores terminan afectando, en mayor o menor medida, a todos los montajes. 

¡Ah, qué terapia!, escrita por Mario Soldevilla y dirigida por Diana Veliz, no logra utilizar el espacio de forma adecuada, rellenándolo de elementos que finalmente terminan estorbando y entorpeciendo el trabajo actoral. Más preocupante aún es la ausencia de claridad en cuanto a la resolución de la historia. La propuesta de dirección no deja que el texto, que a pesar de recurrir a clichés tiene el potencial de ser ameno, termine de entenderse, y la transición entre distintos códigos (clown, naturalismo, farsa) hace que la historia de un paciente enamorado de su psicóloga se vea y se sienta desordenada y confusa. Los actores hacen lo que pueden, pero bajo una visión un tanto difusa, sus esfuerzos no los llevan a buen puerto. 

Locos de remate, escrita por Jorge Bardales y dirigida por Diego La Hoz, es más clara en su concepción y ejecución. El espacio está mejor utilizado, así como las dinámicas de movimiento entre los actores. El texto tiene chispa, y el intercambio de palabra entre los actores funciona. Podría haberse cuidado más el enfoque cómico, ya que, al tratarse de una farsa, esta da licencia para ser llevada al extremo, cosa que el montaje no hace. Del mismo modo, la comedia, presente en la dramaturgia, necesita de un ritmo, una cadencia, y una precisión específica, que el montaje solo algunas veces logra, dejando que varios chistes no lleguen a “aterrizar” del todo. El giro argumental final funciona, sin embargo, y eleva la propuesta, dándole un cierre lógico y divertido a la escena.

Nuestro último vals es la única de las tres microobras que apuesta por el drama, mostrándonos la despedida de dos mejores amigos, uno de los cuales está en la víspera de un viaje en el que abandonará su país y también al posible amor de su vida. Al ser de corte naturalista, el montaje requiere de un trabajo de dirección actoral adecuado, que dé espacio a los silencios, que juegue con las miradas y la complicidad de los actores, que permita que ellos y ellas vivan la circunstancia que nos muestran en vez de simplemente decir textos uno después del otro. Desafortunadamente, en este caso esto no se cumple del todo, y el texto, que tiene potencial, termina pasando muy por agua tibia. De la misma manera, las actuaciones se sienten externas e impuestas, en lugar de orgánicas y vividas. 

Cabe destacar que considero que los tres actores y actrices que protagonizan estas tres obras tienen mucho potencial. De hecho, la sensación que me llevo de ellos es que merecen más y mejores cosas. Propuestas escénicas más claras, dirección más minuciosa, textos más desafiantes. Creo que solo de esta forma es que podremos ver su verdadero rango actoral. 

Siempre es mejor formar una opinión propia, así que te invito a ver su trabajo por ti mismo. Tienen sus últimas funciones este sábado 28 de febrero a las 8 p. m. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

22 de febrero de 2026

Crítica: LA COMUNIDAD DE LAS NARANJAS


El derecho a ser fruta en el mundo correcto

¿Qué sucede cuando, de pronto, la verdad más profunda de nuestro ser resulta ser algo tan absurdo para el resto que raya en la locura? Patricia Romero escribe y dirige La Comunidad de la Naranja, una pieza que, bajo una premisa surrealista, esconde una conmovedora y necesaria reflexión sobre la autenticidad y la libertad personal.

La historia nos presenta a Manolo (Omar García), un hombre de éxito que decide patear el tablero de su vida por una razón que desafía toda lógica: se siente una naranja. Lo que podría quedarse en un chiste superficial, se convierte en un drama conyugal de alta intensidad cuando su esposa Charo (Fiorella Díaz) intenta, desde la desesperación y el amor, entender lo incomprensible.

La puesta en escena en la Sala Tovar aprovecha un formato 360° que elimina cualquier distancia de seguridad entre el público y el conflicto. Estamos ahí, en medio de la habitación de esta pareja, siendo testigos de una confrontación que se siente tan íntima como invasiva. Esta atmósfera se ve potenciada por la presencia de Adelaida Mañuico, quien no solo ejecuta el violín de forma magistral, sino que habita el espacio como una suerte de “musa de las naranjas”. Su música no es un fondo, sino un personaje más que dicta el ritmo emocional y añade esa capa de irrealidad poética que la obra requiere.

En el apartado actoral, el duelo es brillante. García realiza un trabajo extraordinario al dotar a Manolo de una urgencia y una desesperación genuinas. Es difícil hacer que el público crea en alguien que se siente un cítrico, pero García lo logra gracias a una convicción absoluta en la defensa de su identidad. Por otro lado, Díaz brilla al encarnar la confusión humana. Su Charo transita con una naturalidad asombrosa entre la empatía, el resentimiento y el esfuerzo sobrehumano por no dejar caer el mundo que por tantos años construyó junto a su esposo.

La obra es, en el fondo, una crítica mordaz a una sociedad que nos exige ser moldes perfectos. Hubo un detalle final de repartir naranjas entre los asistentes como un regalo juguetón, que funcionó bastante bien y dejó a la audiencia con una sensación de conexión profunda con el elenco. Fue un guiño que rompió la tensión del drama y nos invita a llevarnos un pedazo de ese absurdo a casa. Es el cierre de una experiencia sensorial que nos deja con una pregunta latente, ¿qué parte de nosotros mismos estamos sacrificando para seguir encajando?

La Comunidad de la Naranja es teatro que se siente, se escucha y se huele. Una propuesta valiente que nos recuerda que, a veces, hay que abrazar lo absurdo para poder ser, finalmente, nosotros mismos. Altamente recomendable. Espero, sinceramente, que se pueda lograr una pronta reposición.

Daniela Ortega

22 de febrero de 2026

Crítica: ¿REALMENTE ES FICCIÓN?


Denuncia y reflexión

La obra ¿Realmente es ficción?, escrita por Ricardo Robles, se presenta en el Centro Cultural CAFAE de San Isidro como una propuesta que conmueve y confronta al espectador. Producida por Muralla Films, la puesta en escena aborda una problemática sensible del ámbito artístico y la expone con claridad y firmeza, articulando denuncia y reflexión desde el lenguaje teatral.

La historia sigue a Cristina, una actriz que ensaya una obra mientras enfrenta una experiencia personal devastadora. La tensión entre ficción y realidad se convierte en el eje dramático del montaje: las escenas de ensayo se entrelazan con recuerdos que la atormentan, generando un progresivo deterioro emocional. Esta estructura fragmentada permite revelar su mundo interior y construir un relato que oscila entre lo íntimo y lo público, esto nos da una pista de lo que verá el público en escena. 

La escenografía es funcional y precisa. Los elementos elegidos para ser utilizados en el espacio delimitan con claridad los distintos planos y momentos de la acción, facilitando la comprensión de los lugares donde transcurre la historia. El planteamiento espacial contribuye a un ritmo ágil y dinámico, estableciendo desde el inicio una convención clara que el montaje respeta. En este sentido, la iluminación cumple un papel determinante: diferencia los momentos en que ingresamos a la mente de la protagonista de aquellos que se sitúan en la realidad. Además, potencia las escenas de mayor violencia y tensión, otorgando fuerza a la acción y subrayando los clímax emocionales. 

La propuesta musical acompaña con coherencia cada transición y se integra de manera armónica al diseño sonoro general. El vestuario, por su parte, mantiene una textura y formas coherentes a sus personajes y tiene una paleta cromática acorde con la escenografía. También distingue a los personajes mediante detalles plásticos bien definidos. Un recurso interesante es el ingreso de un personaje en específico desde la parte posterior de la sala, atravesando el espacio del público, demostrando que el público está dentro de la cabeza de la protagonista y ese peligro también es cercano al público. Esta decisión escénica rompe la frontalidad e involucra al espectador con los eventos de la historia, generando impacto y cercanía. 

En cuanto a las interpretaciones, el elenco sostiene un ritmo adecuado y una conexión evidente en los momentos de mayor intensidad. Sin embargo, conforme avanza la obra, se perciben pasajes de literalidad en la proyección del texto y cierta pérdida del subtexto, lo que reduce la propuesta dramática. Asimismo, en escenas donde algunos personajes no tienen parlamento, se advierte una leve desconexión corporal que debilita la atención. No obstante, en los puntos de mayor tensión, los actores recuperan cohesión y construyen con sensibilidad los contrastes entre crisis y respiro, avanzando en conjunto para recuperar el ritmo y tempo de la acción dramática.

La dirección revela un concepto claro y una intención coherente con la estructura que presenta el texto. Aunque en ciertos tramos el ritmo pierde armonía, la articulación entre plástica escénica, actuación y discurso logra un impacto efectivo en el público.

En síntesis, ¿Realmente es ficción? ofrece una mirada profunda sobre una problemática vigente en el ámbito artístico. A través de una propuesta cuidadosamente estructurada, la obra invita a reflexionar y deja abierta una pregunta incómoda que trasciende la sala, confirmando la potencia del teatro como espacio de diálogo y conciencia crítica.

Rubén Aquije

22 de febrero de 2026

Crítica: DAÑO


El eco digital de la envidia

A veces, el daño más profundo no es el que recibimos de los demás, sino el que nos autoinfligimos al comparar nuestra intimidad más cruda con la fachada resplandeciente de un desconocido. 

Daño, propuesta dirigida por Mikhail Page y protagonizada por Karina Jordán, se presenta como un extenso y laberíntico relato de una agente inmobiliaria de 39 años que ha quedado atrapada en la órbita de Alicia, una carismática influencer que parece tenerlo todo. Lo interesante y remarcable de la propuesta es que Alicia nunca aparece. Es un fantasma digital, una construcción narrativa que cobra vida únicamente a través de las palabras, los gestos y la creciente obsesión de la protagonista. Esta ausencia física de la antagonista refuerza la sensación de aislamiento y paranoia, pues estamos ante el testimonio de alguien que ha dejado de vivir su realidad para habitar la de otra a través de una pantalla.

La escenografía de la habitación, con una cama central y un par de mesitas de noche, se aleja de cualquier artificio tecnológico. No hay pantallas gigantes ni juegos de luces futuristas. Es un espacio cotidiano, casi austero, que acentúa el contraste entre la vida gris de la agente y el mundo perfecto que ella relata. Este entorno analógico vuelve la historia mucho más asfixiante, pues nos recuerda que la alienación digital ocurre, precisamente, en la soledad de nuestros espacios más básicos.

El trabajo de Jordán es, sin duda, el motor que sostiene la propuesta. Interpretar un relato tan largo y cargado de humor ácido requiere una precisión técnica que Jordán domina, transitando de la apatía cotidiana a estallidos de locura cómica que sacuden al espectador. Son esos momentos de quiebre, donde el absurdo se apodera del cuerpo de la actriz, los que mejor retratan el desequilibrio de una mujer que ha perdido el norte.

Si bien el ritmo de la obra puede sentirse por momentos esquivo, como si el espectador fuera un intruso en una confesión que no termina de aterrizar, es precisamente esa estructura fragmentada y un tanto errática la que refleja el estado mental de la protagonista. No es una historia fácil de atrapar porque el personaje mismo está desenfocado, perdido en una espiral de comedia negra y resentimiento.

Daño es una pieza que nos obliga a mirar hacia adentro. A través de la risa incómoda y el absurdo, Page y Jordán nos entregan una radiografía punzante sobre cómo el deseo de ser alguien más termina por erosionar lo poco que nos queda de nosotros mismos. Una apuesta arriesgada que se sostiene en la potencia de su actriz y en la honestidad de su planteamiento sobre el aislamiento moderno.

Daniela Ortega

22 de febrero de 2026

Crítica: SI ME AMAS, ¿POR QUÉ NO TE MATAS?


Comedia con dimensión fantasmagórica

El equipo de Oficio Crítico asistió al Teatro Julieta para presenciar Si me amas, ¿por qué no te matas?, escrita por Fitho Cantú y dirigida por Germán Díaz. La obra se presenta como una tragicomedia íntima que explora el duelo, el deseo y una dimensión fantasmagórica que irrumpe en la cotidianidad de sus personajes. Desde su concepción, la propuesta apuesta por un diálogo entre el humor, romance y reflexión. 

La pieza gráfica promocional ya anticipa ese tono: sugiere una comedia romántica que, sin embargo, promete profundizar en los temas relacionados a la pérdida, el amor y las relaciones humanas. Al ingresar a la sala, el espectador se encuentra con un espacio escénico poco delimitado, donde distintos ambientes conviven en un mismo plano. Esta decisión, de carácter disruptivo, aporta dinamismo y acompaña el ritmo ágil de la obra. La iluminación cumple un rol clave al diferenciar los espacios y dirigir la mirada del público, especialmente en una puesta que superpone acciones en diferentes espacios, pero dentro de un mismo plano. Uno de los recursos más efectivos es la ruptura de la cuarta pared. Los actores interactúan con el público, generando cercanía y complicidad. Las risas y reacciones en la sala confirman la eficacia de este vínculo directo. Además, las referencias explícitas a lugares del Perú anclan la ficción en un contexto reconocible, fortaleciendo la identificación del espectador. 

En el plano actoral, el elenco demuestra soltura y una clara comprensión del código tragicómico. Se percibe libertad en el juego escénico y una conexión fluida entre intérpretes, lo que sostiene el ritmo incluso cuando el texto pierde densidad y el subtexto se diluye. No obstante, en algunos momentos de la obra emerge cierta rigidez corporal y vocal en los actores, lo que evidencia tensión y resta naturalidad. También aparecen momentos de literalidad y clichés que debilitan la construcción de personajes; sin embargo, esto no es en todo momento de la obra. Por otro lado, se percibe que hay recursos que dialogan con referentes audiovisuales cercanos a la sitcom, perceptible en el ritmo y la ejecución.

La obra construye un progresivo aumento de tensión que mantiene la atención del público. El momento de anagnórisis (reencuentro de personajes a los que el tiempo y las circunstancias han separado), tanto para el mismo personaje como para los espectadores, genera murmullos de sorpresa y confirma la efectividad del giro dramático. Este plot twist se convierte en uno de los puntos más sólidos del montaje. Sin embargo, la delimitación espacial presenta inconsistencias. La coexistencia de personajes vivos y una figura fantasmagórica que transita entre planos no siempre queda clara en la ejecución física, lo que genera confusión en algunos desplazamientos. Asimismo, la intervención de un momento de canto para la transición de tiempo y espacio no termina de integrarse orgánicamente al conjunto. En la parte final, la escena marcada por la tensión previa al disparo, es un momento donde la obra sintetiza el viaje emocional del protagonista y logra un cierre impactante.

En conjunto, Si me amas, ¿por qué no te matas? ofrece una propuesta entretenida y reflexiva sobre el amor, la pérdida y la transformación de los personajes a lo largo de la historia, apoyada en la comedia y la interacción directa con el público, que responde con entusiasmo a la experiencia escénica.

Rubén Aquije

22 de febrero de 2026

Crítica: EN ALTAMAR


La democracia del hambre

¿Qué sucede cuando la civilización se reduce a un trozo de madera flotando en el vacío? ¿Qué tan rápido se desmoronan los discursos éticos cuando el estómago empieza a rugir? Sławomir Mrożek, maestro del teatro del absurdo, escribió En Altamar como una metáfora mordaz sobre el poder, y la versión dirigida por Rodrigo Vargas rescata esa esencia para lanzárnosla al rostro con una energía frenética y una estética que no tiene miedo de incomodar visualmente.

La propuesta arranca con una declaración de intenciones. La penumbra se llena de frases conocidas de nuestra fauna política, recordándonos que, aunque estemos ante una ficción surrealista, el puerto de origen es nuestra propia realidad nacional. Tres náufragos, interpretados por Dan Fernández, Alexander Ugalde y Rafael Ruiz, se ven enfrentados al dilema definitivo: tienen hambre y la única solución es que uno de ellos sea el banquete de los otros dos. Lo que sigue es una parodia brillante y cruel sobre los mecanismos de elección y la justicia.

La dirección de Vargas apuesta por un escenario 360° que no solo integra al público, sino que acentúa la sensación de encierro. No existe una cuarta pared que nos proteja de la locura que sucede en el centro. Los actores están expuestos en todo momento, y esa exposición se traduce en un despliegue físico notable. El uso de la corporalidad y las voces modificadas eleva la obra hacia lo grotesco, alejándola del realismo convencional para convertir a los personajes en caricaturas trágicas de la ambición y la sumisión.

El trío actoral mantiene una energía alta de principio a fin. Es fascinante (y aterrador) observar cómo utilizan la retórica para justificar lo injustificable. Por ejemplo, la dinámica de las “votaciones” para elegir a un nuevo presidente, que convenientemente será también la cena, es una burla directa a cómo el poder manipula el lenguaje para que la víctima acepte su destino con una sonrisa. Se destaca el trabajo de Fernández (quien aparece semidesnudo, reforzando esa vulnerabilidad animal), junto a la complicidad escénica de Ugalde y Ruiz, quienes logran coreografías físicas que son tan divertidas como inquietantes.

El juego de luces y la falta de elementos escenográficos pesados permiten que el foco esté donde debe estar: en el cuerpo y en la palabra degradada. Esta versión de En Altamar se autodenomina surrealista, pero en el fondo es un espejo muy nítido de cómo los políticos se burlan de nosotros, convenciéndonos de que el sacrificio de unos pocos es necesario para el bien común de quienes tienen el sartén por el mango.

En conclusión, la puesta de Vargas es una farsa oscura y necesaria. Logra que el espectador ría ante lo absurdo del montaje, solo para estremecerse segundos después al notar que esa balsa a la deriva se parece demasiado al país en el que vivimos. Una pieza de teatro físico y político que demuestra que el hambre de poder es, a menudo, más voraz que el hambre misma.

Daniela Ortega

22 de febrero de 2026

Crítica: WAÑUY NISQA: MUERTE DE OVARIOS / MUERTE DE ORIGEN / MUERTE DE VIENTRE


Grito de protesta

En el Centro Cultural Juan Parra del Riego se presentó Wañuy Nisqa: Muerte de Ovarios / Muerte de Origen / Muerte de Vientre, un montaje concebido desde la dramaturgia, la estética y la dirección general por Bruno Ortiz. La propuesta cuenta con la actuación de Flor Castillo y la presencia de la Asociación para la Investigación Actoral CUATROTABLAS Perú. El equipo creativo lo completan Luz Marina Rojas en la dirección audiovisual, Mary Soto en la investigación y Américo Peñafiel en la composición musical.

La obra se erige como un grito de protesta frente a los casos de genocidio y crímenes de lesa humanidad, en un contexto social que aún niega responsabilidades. El montaje alude, además, a la indiferencia institucional: un juez que cierra un caso alegando no comprender quechua, aimara ni lenguas amazónicas. Desde esa premisa, la escena se convierte en espacio de memoria, denuncia y ritual. El dispositivo escénico se despliega en un amplio espacio de madera delimitado por piedras que marcan la frontera simbólica entre público y espacio escénico. La disposición no es decorativa: establece un territorio ceremonial. A un costado, el músico rodeado de instrumentos anticipa un diálogo constante entre acción y sonido. La música no ilustra, sino que construye atmósferas y tensiona el relato, mediante su propia dramaturgia y partitura, como, por ejemplo, a través de cuerdas que expanden la vibración emocional de cada pasaje. 

El componente audiovisual cumple un rol decisivo. La edición alterna imágenes realistas —vinculadas a la historia de la protagonista— con secuencias de carácter metafórico y conceptual. Esta oposición, lejos de fragmentar, genera una “contradicción coherente” que potencia la experiencia: lo racional y lo simbólico operan simultáneamente, invitando a una lectura intelectual y, al mismo tiempo, a un impacto emocional profundo. La entrada de  Castillo marca el tono performativo del montaje. La intérprete empuja un carrito lleno de objetos que condensan los signos esenciales de la propuesta. En un espacio casi vacío, ese elemento transforma el escenario según la interacción y el significado que la actriz le otorga. Su voz —que transita entre narración, canto y sonido— nos conduce por episodios de violencia, resistencia y memoria. La interpretación combina fuerza, sutileza y una presencia que interpela sin caer en el subrayado. Hay identificación con el dolor, pero también distancia crítica que permite reflexionar sobre la crudeza de nuestra realidad. La iluminación refuerza esta dimensión conceptual: captura la esencia del dolor y la lucha mediante variaciones constantes que dialogan con el ritmo escénico y las proyecciones. A ello se suma un sistema de significación potente: el olfativo. En un momento ritual, el aroma activa otra capa sensorial que sumerge al espectador en una experiencia integral y coherente con la propuesta.

En síntesis, Wañuy Nisqa... articula con solidez texto, actuación y plástica escénica. La dirección logra una unidad estética que conjuga lo teatral y lo audiovisual, lo racional y lo sensorial. El resultado es un montaje de potente carga política y emocional, que interpela al presente y confirma al teatro como espacio de memoria activa y reflexión urgente.

Rubén Aquije

22 de febrero de 2026

Crítica: MAYBE BABY


El mercado de los afectos

Podría decirse que, actualmente, vivimos en una era donde la tecnología y el capital nos han hecho creer que todo puede ser tercerizado, incluso… los procesos más íntimos de la biología humana. Pareciera que, si se tiene el dinero suficiente, pudiera comprarse el tiempo, evitar el dolor, y delegar la espera. Sin embargo, ¿qué sucede con ese residuo emocional que no figura en ningún contrato? Esta es la punzante interrogante que plantea Maybe Baby, obra escrita por Cinthia Delgado Ramos y dirigida por Norma Martínez, que se presenta como una de las propuestas más necesarias y reflexivas de la cartelera actual.

La historia nos presenta a Elisa (Fiorella Pennano) y Alonso (Jordi Sousa), una pareja radicada en Madrid cuya estabilidad se ve sacudida por un embarazo inesperado. Mientras Alonso se ve movido por una urgencia biológica de ser padre lo antes posible, Elisa se resiste a que su cuerpo sea el territorio de ese proceso. Dentro de ese conflicto, entra en escena Clara (Claudia Pascal), quien, impulsada por la necesidad económica, acepta convertirse en el “recipiente” de un embrión ajeno. Lo que inicia como una transacción racional y aséptica, pronto se desborda hacia un terreno ético y emocional de donde nadie saldrá ileso.

La dirección de Norma Martínez es un ejercicio de sobriedad y agudeza. La decisión de prescindir de escenografía y apostar por un minimalismo absoluto es un acierto rotundo. Al utilizar la totalidad del espacio vacío, Martínez expone a los personajes (y a los actores) a una vulnerabilidad constante. En ese escenario desnudo, no hay donde esconderse; los cuerpos están en vitrina, subrayando la atmósfera de tensión y el control obsesivo que los protagonistas intentan ejercer sobre la vida de Clara.

En el plano actoral, Pennano logra transmitir con sutileza la fractura interna de una mujer que busca defender su autonomía, apoyada por breves y poéticas secuencias físicas que nos permiten asomarnos a su desasosiego sin necesidad de palabras. Pascal sostiene el peso de la obra con una interpretación orgánica y conmovedora; su Clara no es una víctima pasiva, sino un ser humano lidiando con el cansancio y la invasión de su propio cuerpo.

Por su parte, Sousa construye un Alonso humano y complejo. No es un villano, sino un hombre desesperado cuya ceguera ética lo lleva a ignorar las consecuencias de sus actos. Brian Cano aporta una nota de tensión necesaria como Héctor, cuyo enojo —más egoísta que solidario— añade una capa de realismo sobre cómo el entorno también intenta sacar provecho de la situación. Finalmente, la gran Montserrat Brugué refresca la puesta con su ingreso, aunque su personaje de madre llega para recordarnos que el juicio social y familiar sigue siendo una sombra pesada sobre las decisiones reproductivas.

Maybe Baby, obra ganadora de Iberescena y de los Estímulos del Ministerio de Cultura, es una pieza que incomoda porque nos confronta con la mercantilización de la vida. Es teatro que no busca dar respuestas masticadas, sino que utiliza el vacío escénico para llenarlo con preguntas urgentes sobre la maternidad, el privilegio y la fuerza indomable de la naturaleza frente al dinero. Una experiencia imprescindible que se sostiene en la verdad de sus interpretaciones y en la inteligencia de su puesta. Altamente recomendable.

Daniela Ortega

22 de febrero de 2026

Crítica: DELIVERY y SOLA


Locura y soledad

A estas alturas, resultaría ya necio seguir negando la relevancia del teatro de formato breve en nuestra capital. Si bien es cierto que quien escribe fue quizás uno de los primeros detractores de esta modalidad de exploración escénica hace ya más de una década, es pertinente mencionar también que la pandemia (al menos, para este servidor) cambió para siempre las reglas del juego, fortaleciendo las virtudes y conveniencias innegables de proponer al público un simpático divertimento de 15 a 20 minutos, con historias y personajes sencillos (difíciles de profundizar en tan corto tiempo), pero que con creatividad y buen oficio bien podrían, incluso, llevar a la necesaria reflexión al espectador. Mea culpa. 

Salvando las distancias, a un nivel literario, sería absurdo reconocerle todos los méritos a los grandes novelistas de todos los tiempos, menospreciando a los brillantes cuentistas universales que han enriquecido nuestra imaginación desde siempre, con historias de pocas páginas pero que encierran enormes conceptos en entrañables tramas de corta duración.

Por supuesto que aquel refrán que reza "De todo tiene la viña del Señor" es (muy) aplicable a este formato de teatro breve, como a cualquier otro de corte artístico, y claramente evidenciado en los últimos años. Menospreciar al teatro de formato breve, justo en estos tiempos en los que más de la mitad de nuestra comunidad teatral limeña se encuentra abocada a estos proyectos, constituye un craso error, sin duda. No es de extrañar que el premio Luces lo haya obviado en sus nominaciones de este año, pero sí sorprende su exclusión, por ejemplo, en los recientes premios Teatro en el Perú.

Si bien perdimos el muy agradable espacio de Piso 1 hace un tiempo, podemos encontrar ahora teatro breve en Teatro Barranco, Butaca Film, Escena Dragón, Casa Kona, Juanita Tarnawiecki y algunos lugares más. Pues bien, el colectivo Las Creadoras viene ofreciendo todos los miércoles de febrero un interesante ciclo de puestas en escena de corta duración en Casa Bulbo de Barranco, acogedor punto de reunión social en el que el público puede acceder además, a diversos aperitivos y una buena charla.

En el caso de Delivery, la obra sorprende por los giros que engrana su ingeniosa trama, escrita por Laura Delgado y dirigida con buen pulso por Lia Camilo. Un ascensor malogrado, en el que permanece atrapado un repartidor de pizza (Roy Zevallos), es la excusa perfecta y “planeada” para un inicial juego de seducción por parte de la dueña del departamento (Isabel Chapell). La conexión entre ambos personajes va desarrollándose, mientras los oscuros descubrimientos en las motivaciones de la mujer aparecen dosificados hábilmente. Bien resuelto el aprovechamiento del espacio y muy bien las actuaciones de ambos intérpretes, especialmente Chapell, totalmente consumida por un personaje desconcertante y enigmático. El final, acaso “demasiado” conveniente y apresurado, no empaña las virtudes de la propuesta.

Por otro lado, Sola, puesta de autoría de Greymar Hernández y dirigida por Igor Olsen, parte con cierta desventaja, específicamente, por la sala en la que se escenifica, cerca al punto de encuentro social de los asistentes al espacio. Sin embargo, la temática de la pieza y el feliz debut de Adri Vainilla compensa esa mínima distracción. La vida del artista siempre será motivo de múltiples exploraciones escénicas, como por ejemplo, el hecho de que los trabajos que deben aceptar para poder sobrevivir no siempre son los más motivadores. Vainilla interpreta a una teleoperadora que sueña con ser actriz (o a una actriz forzada a trabajar en teleoperaciones) y debe, previsiblemente, enviar castings virtuales en medio de su agobiante trabajo. Olsen conduce con eficiencia a la actriz, en este corto lapso en el que debe alternar ambas acciones laborales, ella sola, con el descalabro emocional que ello conlleva, y ejecutado con convicción por la intérprete. Recomendable.

Felicitaciones a Noche de Creadoras por apostar en convertirse en una alternativa cultural para este formato teatral, que todavía tiene por ofrecer múltiples posibilidades para explorar en escena y regalar un tiempo de entretenimiento y reflexión al público.

Sergio Velarde

22 de febrero de 2026

miércoles, 18 de febrero de 2026

Crítica: MIGAJEROS


Cuando aceptar poco se vuelve costumbre

En el Club de Teatro de Lima se presentó la obra Migajeros, muestra final del programa de formación actoral dirigida por Paco Caparó y Josefo Palomino, en la que actúan Alondra Hinostroza, Maggie Junco, Miguel Peña, Adriana Ortiz, Diego López, Mayerika Pérez, Alexandra Rey de Castro y Matías Ramírez, quienes forman parte de la promoción 2025 de la mencionada escuela.

Partiendo de la comedia y desde una propuesta irreverente y absurda, Migajeros presenta a diversos personajes acostumbrados a vivir con “migajas” de amor, reconocimiento o dignidad dentro de relaciones atravesadas por el poder. A través de situaciones exageradas, la obra expone cómo la autoestima se negocia constantemente en contextos de carencia afectiva y presión social.

Sabiendo que se trata de una creación colectiva —en la que el libreto, la propuesta actoral y la construcción escénica fueron desarrollados por todo el equipo—, resulta destacable que se aborden temas situados en un contexto contemporáneo, trabajados además desde un humor bastante ácido. La historia se desarrolla dentro de un esquema narrativo ordenado, lo que permite que la obra sea comprensible de principio a fin. Asimismo, el uso de los recursos escenográficos juega a su favor, y la música contribuye a dotar de mayor dinamismo al desarrollo de la historia.

En conclusión, considero que ha sido una buena experiencia tratándose de la muestra final del último año de estudios del Club de Teatro de Lima. Los nóveles actores siempre tendrán aspectos por mejorar o pulir; sin embargo, estos se fortalecerán con la experiencia, en caso continúen en el mundo de la actuación. Además, han sido bien dirigidos por los responsables de la obra, quienes supieron guiarlos de manera adecuada.

Javier Bendezú

18 de febrero de 2026