lunes, 13 de abril de 2026

Crítica: EL TÚNEL


De los recuerdos y los cambios

El túnel, una creación de Joanna y Diego Lombardi –quien también dirige-, se estrenó en el Teatro NOS PUCP. Esta comedia musical sumerge al espectador en un viaje al pasado, acompañado de las canciones que marcaron los años 2000.

La narrativa de Alberto Rojas Apel nos sitúa en la acostumbrada reunión mensual de un grupo de amigos de colegio que, esta vez, se transforma en una excavación emocional ocasionada por una cápsula del tiempo que abren después de más de veinte años. Cada diálogo abre grietas por donde se filtran secretos, frustraciones y sueños que nunca llegaron a concretarse. Así, entre recuerdos, música y un slam, intentarán no desmoronarse ni como individuos, ni como grupo. 

El reparto lo conforman Emilia Drago, Gisela Ponce de León, Nicolás Galindo, Patricia Barreto, Rodrigo Sánchez – Patiño, Oscar Meza y Ximena Palomino, quienes construyen personajes que no son solo versiones adultas de quienes fueron, sino individuos atravesados por lo que no dijeron en su momento. Una suerte de “yo del pasado”, que no aparece como recuerdo idealizado, sino como una presencia incómoda que interpela constantemente al presente. La obra logra así una tensión sostenida entre lo que se fue y lo que pudo haber sido, evitando caer en sentimentalismos fáciles.

De otro lado, lejos de ser un recurso ornamental, la banda en vivo, bajo la dirección de Awelo Miranda, funciona como un canal alternativo de expresión: hay verdades que los personajes no pueden pronunciar, pero sí cantar. Estas intervenciones musicales, integradas entre los diálogos, amplifican el tono emocional y aportan ritmo a la puesta.

La escenografía —una sala de estar aparentemente cotidiana— opera como una metáfora eficaz del título. Este espacio íntimo se convierte en un “túnel” temporal donde pasado y presente coexisten.

El túnel es una divertida comedia, que destaca por reflejar los inevitables e incómodos cambios que experimentamos como seres humanos con el paso del tiempo. Todos, en algún punto, hemos mirado atrás preguntándonos qué habría pasado si… Aquí, esa pregunta no es retórica: es el motor de un encuentro que, más que reconciliar, expone. Mediante un repertorio musical lleno de nostalgia, nos recuerda que el pasado es una sumatoria de vivencias que nos trajeron a lo que somos hoy.

Maria Cristina Mory Cárdenas

13 de abril de 2026

Crítica: FARSÓPOLIS


El deseo como juego compartido

La propuesta de Farsópolis, dirigida por Alex Ticona y producida por La Tropa del Eclipse, activa su código desde antes de iniciar. En Teatro Ricardo Blume, el espectador no llega a sentarse del todo cuando ya ha sido incorporado a una lógica de juego: un coro que observa, regula y acompaña, un espacio delimitado que exige atención, y una advertencia implícita de que aquí la convención no se oculta, se comparte.

Lo que sigue no es una historia lineal, sino una sucesión de situaciones donde el deseo, el vínculo y el equívoco se despliegan desde un registro abiertamente lúdico. Más que conflictos cerrados, lo que aparece son dinámicas reconocibles llevadas a un punto de exageración que permite observarlas desde otra distancia. Hay algo particularmente sugerente en cómo la obra aborda lo sexual: no desde la provocación directa, sino desde una naturalización que, por momentos, evidencia cuánto de esas libertades siguen siendo aprendidas o incluso negociadas.

Las relaciones que atraviesan la escena no buscan estabilidad; se transforman, se redistribuyen, se desbordan. En ese tránsito, la figura del servicio (la criada, el intermediario) adquiere una presencia activa que reorganiza las reglas del juego. No se trata solo de acompañar la acción, sino de intervenirla, torcerla, encontrar salidas donde aparentemente no las hay. Esa movilidad genera un tipo de humor que no depende del remate, sino de la situación sostenida y de la inteligencia con la que los intérpretes la habitan.

Hay también momentos donde la obra se permite detenerse en zonas más ambiguas. El acercamiento al deseo masculino, por ejemplo, aparece desde un lugar que oscila entre la curiosidad y la contención, sin necesidad de afirmarse en una postura. Lo interesante ahí no es tanto lo que se define, sino lo que queda suspendido: una incomodidad leve, una pregunta que no termina de resolverse y que, sin embargo, no rompe el tono general de la propuesta.

Los intermedios circenses funcionan como una expansión más que como una pausa. La destreza física, la precisión y la concentración de los intérpretes (Joel Candia, Ricardo Cotarate, María Cristina Esteban, Mario de la Riva, Claudia de la Torre y Angie Damacén) sostienen una energía que no decae, sino que se reconfigura constantemente. Hay un goce evidente en el hacer, en el riesgo medido, en la ejecución que se vuelve espectáculo sin necesidad de subrayarse como tal.

Hacia el tramo final, la lógica de la obra se intensifica sin abandonar su código. Las situaciones se vuelven más abruptas, más veloces, casi como si el propio universo que han construido comenzara a desbordarse sobre sí mismo. No hay intención de ordenar ese caos; por el contrario, se permite que avance hasta sus últimas consecuencias, manteniendo siempre ese pacto inicial con el espectador: aquí lo importante no es la resolución, sino el recorrido.

En conjunto, esta gran obra encuentra su mayor acierto en la forma en que articula lo teatral y lo circense desde una misma raíz energética. La comedia no aparece como un mecanismo impuesto, sino como una consecuencia directa de la presencia escénica y del vínculo activo con el público. Hay una sensación de frescura que se sostiene precisamente porque no parece sobrepensada, porque confía en el cuerpo, en el ritmo y en la escucha entre intérpretes. En ese equilibrio, la obra construye una experiencia fluida y disfrutable, donde el artificio no distancia, sino que invita a entrar en el juego.

Naomi Noblecilla

13 de abril de 2026

Crítica: EL APEGO


Cuando cuidar duele

Este fin de semana, El apego se presentó en la Casa Yuyachkani. Es una obra del dramaturgo argentino Emiliano Dionisi, dirigida por Fito Valles e interpretada por Emanuel Soriano.

A través de su desarrollo, exploramos la relación de un hijo con su padre anciano; conforme avanza, se abordan temas como los vínculos (tanto familiares como de pareja), la memoria, el paso del tiempo, el cambio de roles, la dependencia emocional, así como la vejez y la muerte. Es un conjunto de emociones que interpela, involucra y, sobre todo, incomoda.

Definitivamente, esta obra no fue fácil de abordar, sobre todo al tratarse de un monólogo, ya que no es una tarea sencilla. Sin embargo, Soriano le da la vuelta y logra sostenerlo con solvencia. Domina el aspecto físico de la puesta y, sobre todo, el emocional, transitando por distintos estados de ánimo a lo largo de la hora que dura la función.

Al tratarse de una obra bastante personal y emotiva, interpretada con solvencia, considero que Valles acertó al proponer que la actuación de Soriano se desarrolle en un espacio íntimo como la Casa Yuyachkani, donde se logra una conexión muy cercana con el público.

Lo mencionado en el párrafo anterior me lleva a pensar que, dado su carácter íntimo, la obra apuesta por una puesta bastante minimalista, lo que permite centrar la atención en el personaje; aquí, la iluminación juega un papel clave para que esto ocurra.

Con lo dicho hasta ahora, puedo afirmar que se trata de una historia real, intensa y dura, que se mantiene en un punto alto casi sin darnos respiro, algo que por momentos resulta necesario. Conecta con el público de una u otra forma, sobre todo porque aborda temas profundamente personales, como la relación entre un hijo y su padre a lo largo de los años, con honestidad, coherencia y capacidad reflexiva.

En conjunto, El apego funciona al proponer un relato necesario contado con franqueza, que abre un espacio de diálogo a partir de las reflexiones que deja. Ojalá regrese en otra temporada para que más personas puedan acercarse a la obra.

Javier Bendezú

13 de abril de 2026

sábado, 11 de abril de 2026

Crítica: PIENSO


Pensar, de sabios; actuar, de valientes

Puede que muchos de los dichos y refranes populares coloquen en bandos opuestos al pensamiento y a la acción: “Antes de hablar, piensa”; “Quien mucho piensa, poco avanza; o “No basta con pensar, hay que hacer”. En todo caso, los seres humanos podemos acaso clasificarnos (en una de sus tantas y múltiples facetas) en aquellos que anteponen el pensamiento a la acción; y los otros, a la inversa. Lo cierto es que ambos extremos suelen ser perniciosos y lo saludable sería encontrar un término medio, muchas veces ubicado en algún punto de incierta localización. Esta innecesaria reflexión sí considero que viene al caso, ya que cada vez me resulta más difícil encontrar algún detalle que me lleve a la reflexión, luego de apreciar una puesta de teatro en formato breve. Felizmente, en Pienso de Federico Abrill lo encontré.

“El sabio piensa lo que dice; el necio dice lo que piensa”, reza otro refrán. Quizás esta afirmación podría acomodarse a la trama de Pienso, una muy sencilla en su planteamiento, pero profusamente humana y conmovedora en su ejecución. Una librería capitalina, decorada con un inmenso lienzo de papel Kraft repleto de frases clichés sobre ilusiones sentimentales en proceso (y que anticipan en gran parte la historia), es el escenario del encuentro entre Nadia (Erika Loza), la encargada del local, y Fernando (Roy Zevallos), un potencial comprador. En pleno 2026, cuando las redes sociales vienen sistemáticamente vaciando librerías y bibliotecas, ambos jóvenes delatan su inocencia e ingenuidad al intentar trabar alguna relación más allá de la compra de un libro en físico; eso, sin contar con los peligros que enfrentan muchas muchachas laborando solas en los negocios. Aquella voluntad de sincera comunicación, más allá de la formal relación trabajador-cliente y de la terrible sensación de inseguridad que vivimos actualmente, es una de las mayores fortalezas de la microobra que dirige Carlos Posadas Moncada.

Pero el interés sentimental viene con un ingrediente aparte, ya antes mencionado: Nadia y Fernando nos comparten lo que dicen y además, lo que piensan, todo en precisa sincronía. La idea no es nueva, es cierto; sin embargo, Loza y Zevallos se las arreglan para atrapar la atención de los espectadores hasta el final, gracias a una química en escena que se logra solo con un trabajo concienzudo, y especialmente, por el texto de Abrill que intercala diálogos y pensamientos en voz alta, consiguiendo un equilibrio entre momentos tiernos y divertidos. Para cuestiones amorosas, es mejor no pensarlo demasiado. Más bien, se tiene que accionar.

Ambos intérpretes, entrañables y nerviosos cada uno en personaje, superan largamente el calor y los ruidos externos de la sala que les tocó en Casa Bulbo, un espacio ya consolidado como uno de los más interesantes para la exploración escénica.

Ignoro si el teatro breve limeño ya alcanzó su pico creativo y viene estirándose o decantándose en estos días; lo cierto es que puestas como Pienso demuestran que, a pesar de la sobresaturada cartelera actual de este formato, todavía hay espacio para propuestas valiosas y disfrutables como esta.

Sergio Velarde

11 de abril de 2026

Crítica: JAQUE MATE


Zugzwang

Tras Telón es la productora encargada de traer a escena Jaque Mate, obra inédita de Álvaro Cáceda dirigida por Gianella Alzamora, que cuenta con las actuaciones de Adrián Aguinaga y Renato Hidalgo. A esta obra, que tal como su título lo indica utiliza el ajedrez como hilo conductor de la narrativa, se le puede encontrar en el Teatro Juanita Tarnawiecki (ex Mocha Graña), en pleno corazón de Barranco. Pero, ¿es esta nueva propuesta de teatro contemporáneo peruano una auténtica jugada maestra, o es más bien un desacierto dentro del panorama teatral local actual? 

Más que presentar una historia lineal, este montaje nos muestra diferentes momentos en la vida de dos hermanos. Estas viñetas, inicialmente dispersas, terminan por ordenarse e interconectarse en nuestras mentes conforme la obra avanza, definiendo así una imagen clara de la dinámica que tienen los dos personajes. Esta forma de presentar la historia constituye un primer acierto del montaje, puesto que le da dinamismo. Como los eventos no ocurren de forma secuencial, existe una sensación de anticipación fuerte, ya que uno como espectador no sabe si lo siguiente que va a ver va a ser un salto al pasado, al futuro, o al presente. Un segundo acierto importante lo constituye el texto en sí. Dentro de su dramaturgia, Álvaro construye diálogos efectivos, coherentes y llenos de emoción, los cuales crean picos dramáticos bastante logrados. Esto es especialmente destacable porque la situación central que muestra la obra, la cual no revelaré porque creo que se apreciará mejor sin conocerla de antemano, es una relativamente común. Pero precisamente por el buen juego de palabras, la adecuada yuxtaposición de textos, y la correcta implementación del ajedrez como columna vertebral de la obra, este texto logra no solo fluir sino resaltar y ser muy específico, lo cual es un atributo muy positivo. Finalmente, el trabajo de Adrián Aguinaga merece también una mención especial. Adrián tiene la difícil tarea de interpretar a un niño de ocho años. Esto, por supuesto, implica un tipo de energía muy específico, una construcción corporal y un manejo de voz marcados, y mucha entrega y compromiso con la propuesta, la cual Adrián sostiene satisfactoriamente de inicio a fin.

Habiendo dicho esto, existen elementos que creo pudieron haberse trabajado mejor, principalmente dentro del ámbito de la dirección de actores. Un texto de este tipo requiere una cadencia precisa y, sobre todo, suficiente espacio para que aparezcan pausas y silencios entre los diálogos y escenas, sin los cuales la obra no solo no alcanza los niveles que podría alcanzar, sino que los textos terminan sonando un poco botados y las escenas resultando un tanto apresuradas. Renato Hidalgo cae un poco víctima de esto, estando algunos de sus diálogos ligeramente declamados y atropellados, como si estuviese en una carrera consigo mismo por decir todos sus textos, cuando sería mucho más interesante y efectivo si se tomara el tiempo de procesar cada frase antes de decirla. Por otro lado, ya a nivel mucho más subjetivo, también considero que algunos elementos físicos utilizados durante el montaje se sienten un tanto fuera de lugar. La propuesta de por sí es minimalista, por lo que creo que una mejor distribución y sobre todo elección de lo dispuesto en el espacio beneficiaría mucho al montaje, liberándolo de estímulos visuales innecesarios. Finalmente, el recurso de romper la cuarta pared es utilizado de tal forma que engancha al espectador y contribuye a la narración, pero durante solo una pequeña fracción de la obra. Creo que hubiera sido mejor prescindir del todo de este recurso, o en todo caso utilizarlo de forma más equilibrada, sobre todo porque cuando se usó, este funcionó bastante bien.

Jaque Mate es, sin duda, una obra que recomendaría ver. Es cierto que no está exenta de errores. Hay, como ya mencioné, aspectos que pueden pulirse. Pero lo que hay debajo de esos aspectos puntuales es una historia tierna, conmovedora y valiosamente honesta. Dirigida con mucha sensibilidad. Actuada con gran entrega y compromiso. Y presentada de una forma emotiva y original. Les queda una última función este lunes 13 de abril. Vayan. No se arrepentirán. 

Sergio Lescano

11 de abril de 2026

miércoles, 8 de abril de 2026

Crítica: MICRO BUTACA ABRIL


Pasos en la dirección correcta

La última vez que asistí a Micro Butaca, formato de microteatro creado por la productora de teatro y audiovisual Butaca Film, salí ligeramente decepcionado. A pesar de que la dinámica que ofrecen me pareció muy novedosa y entretenida, las microobras que vi ese día no lograron capturar del todo mi atención por motivos que expliqué en detalle en la crítica que les hice en aquel momento. Esta vez, sin embargo, mi experiencia fue considerablemente diferente. 

Nadie se queda atrás, dirigida por Karla Reluz, fue la primera obra de la noche. Estrictamente hablando no es una obra en sí, sino una propuesta performática que involucra directamente al público, haciéndolo partícipe de su desarrollo, que aborda temas con los que todo peruano puede identificarse: la falta de empatía en el transporte público, la indiferencia e ineficacia que muchas veces son perennes en nuestro sistema de salud, el descaro y la impunidad que corrompen nuestro sistema gubernamental, etc. Son temas fuertes y amplios que funcionan dentro del montaje porque están hilados de manera inteligente, sensible y dinámica. Victoria Lara es la actriz encargada de guiarnos a través de esta experiencia, y lo hace con la convicción, compromiso y seriedad que los temas demandan, logrando hacernos reflexionar acerca de nuestra realidad y hacer eso a lo que parecemos tenerle tanto miedo: evaluarnos realmente como sociedad y analizar cuál es la verdadera causa de que el país esté como está.

Después de clases, escrita por Omar Leonardo y dirigida por Ramón García, aporta la nota más cómica de la noche al yuxtaponer a dos personajes con visiones totalmente contrarias sobre la educación. El primero, interpretado por Luis Jiménez, es un profesor con más de treinta años en las aulas, aprista enclosetado, y la segunda, interpretada por Celeste Rondón, es una profesora recién egresada de la universidad y por lo tanto aún libre de los prejuicios y el desgaste emocional que implica trabajar en el sistema educativo público peruano. Esta microobra, en apariencia simple, funciona bastante bien, quizá incluso mejor de lo que debería. A nivel de texto, la dramaturgia logra construir un arco dramático verosímil, haciendo que sus personajes, particularmente el de Celeste, atraviesen una transformación lógica (y divertida) en escena, incluso soltando un efectivo giro argumental casi al final de la obra que nos dejó a todos verdaderamente atónitos. A nivel de dirección, el pequeño espacio disponible es aprovechado al máximo, el ritmo cómico está logrado y equilibrado, y el código actoral empleado es el correcto. Finalmente, a nivel actoral, tanto Luis como Celeste tienen un muy buen desempeño. Mucha escucha, mucha conexión, adecuada interiorización de los textos, gran manejo de los matices cómicos y, sobre todo, juego. Luis tiene el reto de interpretar un personaje mucho mayor de lo que es en la vida real, imponiendo una voz y una corporalidad específicas que, aunque disonantes con su apariencia física, terminan por funcionar gracias a su carisma y compromiso con la propuesta. Celeste, por su lado, aterriza y ancla muy bien el montaje, cargando a su personaje del optimismo clásico de aquellos docentes que recién están dando sus primeros pasos y afirman que el cambio que queremos en el mundo empieza en las aulas. Su personaje podría tranquilamente haber sido opacado por el más estrafalario de Jiménez, pero sucede lo contrario. A lo largo de la obra este va cobrando una tridimensionalidad muy interesante e igual de destacable.

Quizá el momento más desnivelado de la noche llega con La última oportunidad, escrita por Yamil Sacin y dirigida por Daniel Goya. Esta microobra apuesta por el drama, en este caso el de una pareja de esposos que hacen un último viaje juntos con la esperanza de que este los ayude a reparar las brechas que se han ido forjando en su matrimonio a lo largo de los años. La situación cobra dimensiones apocalípticas, literalmente, cuando se revela que un asteroide del tamaño de San Juan de Lurigancho está próximo a estrellarse contra la Tierra. Es así que la pareja descubre que esta es efectivamente su última oportunidad de arreglar sus diferencias y redescubrir el amor que los juntó en un inicio antes de que sea demasiado tarde. Creo que el problema central de este montaje parte a raíz de la magnitud tan grande de los eventos que propone la dramaturgia. El texto en sí no carece totalmente de mérito. A pesar de muchas veces caer en lugares comunes, en este caso, sobre problemas matrimoniales clásicos, este fluye y contiene los ingredientes esenciales para que el teatro funcione (conflicto, objetivos, urgencia, etc.). La dirección tampoco es mala. La primera parte de la obra, de hecho, es prometedora, lográndose imponer una atmósfera y un ritmo específico y cadencioso gracias al correcto uso de las luces, a la distribución eficiente de elementos en el espacio, y a la adecuada dirección de actores. El tema es que una vez que el inminente fin del mundo se anuncia, este desbarata toda la verosimilitud que se había construido, ya que los actores no llegan realmente a interiorizar la dimensión que tendría un evento como este, resultando en que gran parte de la obra se sienta falsa, y carente de auténtico riesgo. Aun así, destaco el trabajo de Rosilu Osorio, quien se compromete con el papel a pesar de las dificultades que presenta el texto. Irónicamente, Yamil Sacin trastabilla un poco, a pesar de ser una obra de su propia autoría, apresurando textos y diciéndolos sin que estos logren tener el impacto que podrían. No dudo de las capacidades de ambos actores, pero creo que en esta microobra los dos están encarcelados en un formato que simplemente no les ayuda. En el 2011, Lars Von Trier dirigió una película llamada Melancolía que trata justamente sobre la posible colisión de un planeta errante con la Tierra. Esta película retrata el lento acercamiento de dicho planeta al nuestro a lo largo de más de dos horas de metraje. Lo menciono porque intuyo que este texto podría crecer y evolucionar mucho si se le da el espacio de hacerlo. Después de todo, contraponer el ocaso de un matrimonio con la potencial destrucción del mundo es una idea innegablemente interesante, que creo merece más que solo quince minutos.

En líneas generales, la pasé bastante bien en esta segunda visita a Micro Butaca. Recomiendo que vayan a alguna de sus funciones restantes (les quedan tres). Garantizo que ninguna de las obras presentadas esta temporada los dejará indiferentes. Y eso de por sí, ya es un logro considerable. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

8 de abril de 2026

Crítica: ROMEO Y JULI


Entre sueños y realidades

Casi todas las interpretaciones del clásico Romeo y Julieta centran el conflicto en el romance de los jóvenes frente a la oposición de sus familias. Gary Owen, dramaturgo galés, reconocido por el contenido político de sus obras y críticas, se inspira en la famosa tragedia shakesperiana para contarnos de un romance, que igualmente nace del encuentro casual de dos almas inocentes, pero que enfrentan retos y dificultades diferentes a las de las acomodadas familias del siglo XVII. La música moderna y los haces de luz sobre el escenario nos ubican en el presente, como advirtiendo que no es una versión moderna del viejo drama, sino algo nuevo y distinto.

Juli es una joven muy estudiosa que sueña con ser admitida en Cambridge para ser astrofísica. Proviene de una familia trabajadora en la que nunca nadie ha llegado a pisar una universidad. Si el final feliz de los cuentos de hadas es que la hija - virgen por si acaso - se case con un príncipe (¿azul?), el sueño de los padres de Juli es verla profesional y así salir todos de la situación de las clases bajas.

Romeo es un joven analfabeto que creció en un hogar disfuncional, más pobre que el de Juli. Muy pronto se volvió padre soltero y afronta con dificultad el día a día, sin rendirse y sin sueños. Vive con su madre alcohólica, que poco puede hacer por él, la bebe o por sí misma.

En ese contexto se conocen Romeo y Juli, y la relación que inician enfrenta las condiciones en las que ambos viven.

La obra se desarrolla en dos actos, que separan el drama radicalmente. En la primera, el autor ha querido darle un tono moderno a la fábula, con personajes buenos y malos, donde los buenos (los jóvenes) se enamoran y su amor heroico podrá hacerlos vencedores de todas las dificultades, especialmente cuando descubren que por un "descudio" su proyecto personal –que también es familiar- puede quedar en la disyuntiva. Una polémica solución cruza como alternativa, pero una nueva vida en la nueva familia constituida por ellos es parte de la fantasía. En la segunda parte hay transformaciones, que no puedo comentar para no arruinarles más la sorpresa. Solo puedo decir que la obra opta por sacudirnos totalmente por la forma en que los personajes afrontan la nueva situación, dejando la reflexión al público respecto a la resolución del conflicto. Cada quien es libre de aceptar o cuestionar el camino escogido.

El excelente texto de Gary Owen ha sido genialmente puesto en escena, bajo la precisa y experimentada dirección de Mikhail Page. Excelentes actuaciones de Diego Pérez, interpretando la valentía de Romeo para llevar adelante su paternidad; Merly Morello, en el papel de una Juli algo cándida y soñadora, metida en sus estudios, pero honesta y solidaria; Miguel Iza, el papá de Juli, sacrificado obrero cuyo sueño es que su hija sea profesional; Denise Arregui, la madrastra de Juli que enfrenta las dificultades de una comunicación franca con ella; y en especial, la extraordinaria actuación de Érika Villalobos, mamá de Romeo, alcohólica, grosera, realista hasta la crueldad y por todo ello encantadora.

Y no, no hay un doble suicidio como final. Escapar de la realidad con un veneno no es la solución de Owen, sino enfrentarla.

David Cárdenas (Pepedavid)

8 de abril de 2026

domingo, 5 de abril de 2026

Crítica: LA TELARAÑA


Aquel cuadro en la pared

Muchas veces me pregunto por qué un simple detalle, que podría parecer acaso imperceptible o irrelevante, puede cobrar tanta importancia cuando me enfrento a redactar una crítica de teatro. Y es que ese detalle en escena nos acompaña mientras el público entra a sala y esperamos pacientemente la tercera llamada para dar inicio a la función. Me refiero específicamente al cuadro en la pared de la Sala Ana Loli del Teatro Esencia de Barranco, que acogió la puesta en escena de la simpática comedia de misterio La telaraña, creada originalmente por la Reina del Crimen, la británica Agatha Christie.

¿Qué tiene de especial el cuadro? Pues lo que alcanzamos a ver en él: la mirada hipnótica de un lobo, en la parte superior; a un lado, una persona con las alas de una mariposa a la altura de sus ojos, sobre una especie de duende mágico; en el otro lado, medio rostro de la bellísima Angelina Jolie interpretando a Maléfica; y al centro, la imagen de una mujer con los pechos semidescubiertos, abriendo con sus pies descalzos un libro. En otras palabras, una pieza de arte ciertamente curiosa y atractiva, pero que delata su anacronismo minutos antes de apreciar, supuestamente, una pieza de época, como lo es el texto escrito por Christie en 1954. Y esa sensación, como espectador, de no tener claro el contexto espacio-temporal es con la que se inicia el drama.

Siguiendo la estela dejada por la irregular La ratonera (2025), el experimentado Gerardo Fernández adapta y dirige la puesta en escena, luego de pasearla por los auditorios del Británico, y que involucra también a un grupo cerrado de personajes y un cadáver dentro de una vivienda. A su favor, el montaje de GCR Producciones cuenta con un elenco más que solvente, con la siempre agradable presencia de la actriz y productora Gessy Cochachi; los jóvenes talentos de Camila Battistolo y Lucciano Murúa; los muy creíbles Eduardo Paredes y Arom Cortez, cada uno en doble papel; y el mismo Fernández. Sin embargo, es en el intermedio, cuando se nos pide elucubrar quién es el asesino (igual que en La ratonera), que nos percatamos de que acaso debió haber un mayor desarrollo de los personajes al inicio, algunos apenas bosquejados, y que el ritmo que marca la comedia bien puede confundirse, a veces, con el apuro.

De todas formas, el buen oficio de Fernández se nota, especialmente en el segundo acto, con las sucesivas revelaciones siempre salpicadas por lo cómico de la situación, y también al arreglárselas para aprovechar al máximo el espacio que dispone, para crear así la convención de estar en una sala de época de familia acomodada, con puertas ocultas y cajones secretos. Y ese bendito cuadro dominándolo todo.

Esta versión de La telaraña, con los ajustes necesarios en la composición de los personajes secundarios y una revisión pendiente en el apartado estético, entretuvo en términos generales y el público disfrutó con esta historia que parodia deliberadamente al thriller policíaco, alternando suspense y humor. Con todo y aquel cuadro en la pared.

Sergio Velarde

5 de abril de 2026

Crítica: HOLA, ESTOY BIEN


Cuando el caos hace reír

En Hola, estoy bien, unipersonal creado e interpretado por Daniel Quiroga, la escena se construye desde la cercanía. El dispositivo es simple pero efectivo: un cuerpo, un micrófono implícito en la palabra, y un público dispuesto a entrar en el juego. La obra se apoya en códigos del stand up comedy y del teatro físico para desplegar una serie de anécdotas personales atravesadas por el accidente, el error y la constante sensación de que todo puede salir mal.

El inicio propone una aparente torpeza. Nada fluye del todo, algo parece fallar, y esa incomodidad instala el tono de la pieza. No se trata de un error, sino de una decisión: el caos como punto de partida. Desde ahí, la obra construye su lógica narrativa, donde el presente escénico se convierte en una plataforma para encadenar experiencias cada vez más desbordadas.

Quiroga encuentra en la comedia un canal eficaz para hablar de lo cotidiano desde el exceso. La risa aparece como mecanismo de supervivencia frente a una acumulación de situaciones desafortunadas: accidentes, malentendidos, episodios límite. En ese tránsito, el público no solo observa, sino que participa activamente. Responde, alienta, acompaña. Se genera una dinámica de complicidad que sostiene gran parte del ritmo de la obra y construye un vínculo genuino entre escena y espectador.

Sin embargo, en esa acumulación de anécdotas aparece también uno de los principales desafíos del montaje. La repetición de la estructura narrativa, basada en una sucesión de eventos cada vez más caóticos, termina por aplanar la progresión dramática. Las historias, aunque efectivas en lo inmediato, comienzan a percibirse en un mismo nivel de intensidad, sin una clara construcción hacia un punto de quiebre o transformación.

A ello se suma la presencia de ciertos momentos que generan ruido en el tono general. Algunos pasajes vinculados a lo sexual, tratados desde el humor, abren una zona de ambigüedad que no termina de resolverse. No se trata de censurar el riesgo, sino de afinar el lugar desde donde se enuncia, para que el material no pierda coherencia con la sensibilidad que el propio espectáculo propone en otros momentos.

En términos escénicos, la obra se sostiene en la capacidad del intérprete para habitar el relato con el cuerpo. Hay un manejo claro del ritmo y una disposición honesta para exponerse frente al público. No obstante, esa misma estructura podría potenciarse si el recorrido emocional encontrara una curva más definida. Organizar el material desde una progresión que vaya de lo menor a lo más crítico permitiría no solo sostener la atención, sino también darle un sentido más contundente al cierre.

Y es justamente ahí donde la obra deja una sensación abierta. Más que un final, lo que aparece es una continuidad del mismo estado inicial. El caos se expone, se comparte, se vuelve colectivo por momentos, pero no termina de transformarse en una propuesta escénica que articule una salida, una postura o al menos una dirección clara.

Aun así, Hola, estoy bien acierta en algo esencial: convertir la vulnerabilidad en materia escénica. En un contexto donde hablar de lo que duele no siempre encuentra espacio, la obra propone un lugar de escucha y acompañamiento. El público no solo ríe, también sostiene. Y en ese gesto, se revela una dimensión valiosa: la del teatro como espacio de encuentro donde, incluso en medio del desorden, alguien puede decir “estoy bien” y ser escuchado.

Naomi Noblecilla

5 de abril de 2026

Crítica: HAMLET


Ser o ser 

En las primeras semanas del mes de marzo, pudimos disfrutar de diferentes obras que formaron parte del Festival de Artes Escénicas de Lima; y aquella con la que iniciaron su edición del presente año, fue nada menos que una reinterpretación de Hamlet. Esto es particularmente especial, debido a que nos ofrece un clásico atravesado por las problemáticas de nuestros días, sin olvidar las que la misma dramaturgia plantea hace siglos. Junto a ello, lo que tenemos en escena es a un talentoso grupo de actores con síndrome de Down, quienes ejecutan la obra de Shakespeare: partiendo de famosa tragedia, manifiestan sus propias dudas, intenciones y sueños; así, tanto el público como los actores nos vemos envueltos en profundas reflexiones sobre la existencia, que en el caso de nuestros artistas es además marcada por su neuro divergencia. 

Escrita y dirigida por Chela de Ferrari, la obra ya se había presentado en el Teatro La Plaza, además de en varios países. En esta ocasión los actores Octavio Bernaza, Lucas Demarchi, Cristina León Barandiarán, Jaime Cruz, Manuel García, Diana Gutierrez, Ximena Rodríguez y Álvaro Toledo tuvieron un público de cerca de 600 personas. La apuesta incorpora diálogos, monólogos, discusiones, música y bailes, los que mantienen al espectador conectado con sus intérpretes a lo largo de 95 minutos. Nuestros artistas demuestran su versatilidad, intercambiando roles, entre el Rey Claudio, la Reina Gertrudis, el Príncipe Hamlet, su amada Ofelia y demás personajes. El texto dramático se enriquece por el humor y la personalidad que añaden a los protagonistas, de modo que el espectáculo es más llevadero, a pesar de su duración y el lenguaje ceremonioso del clásico. Ello nos permite pensar en los paralelos que se elaboran, entre nuestros personajes shakespearianos, pertenecientes a la corte de Dinamarca, y las vidas de quienes los encarnan: personas que quieren ejercer su arte, siendo este un medio para demostrar su independencia, capacidad y la expresión de sus anhelos, recuerdos y sentimientos. 

Recomendamos ampliamente la adaptación y esperamos que en todos sus espectadores haya generado tanta emoción como para nosotros. Puede parecer que obras teatrales como Hamlet, en nuestro tiempo, quizá no tengan tanto impacto, pero definitivamente esta es una prueba de que siempre podemos dar nuevas voces y miradas a lo ya conocido. Ojalá también podamos seguir viendo a los actores en otros proyectos y que aquellos presentados en el marco del FAE igual se puedan volver a poner en escena.

Jimena Muñoz

5 de abril de 2026