domingo, 6 de septiembre de 2026

Crítica: LAS BODAS DE FÍGARO


El placer de mirar ante un teatro que se disfruta

Hay obras que comienzan cuando se apagan las luces, pero hay otras que empiezan mucho antes. Las bodas de Fígaro, de Éxodo Teatro, es una de ellas: desde que el espectador entra a la sala, el teatro ya está sucediendo. Así, antes incluso de que la historia comience, ya estamos inmersos en su atmósfera y en ese mundo que la puesta propone. Es una entrada sutil y muy efectiva que nos invita a ser parte de lo que está por suceder.

Uno de los grandes aciertos de la puesta es su trabajo en conjunto. Hay una energía constante, mucha escucha, acción y una notable armonía entre los intérpretes. Cada actor está atento no solo a su propio recorrido, sino también a lo que sucede alrededor, construyendo un organismo escénico que se mantiene vivo en todo momento y eso se percibe en el público.

Se percibe un disfrute genuino por parte de los actores, una entrega y una complicidad que atraviesan el escenario y terminan contagiándonos. Es difícil desconectarse de lo que ocurre, porque siempre hay algo sucediendo: una mirada, una reacción, un movimiento o una acción que mantiene nuestra atención como público.

La dirección de Jean Pierre Gamarra consigue articular esta energía con precisión, sin perder el ritmo ni la dimensión lúdica de la comedia. La puesta en escena tiene movimiento, dinamismo y una clara comprensión de que el humor no depende únicamente del texto, sino también de los cuerpos, los tiempos, las relaciones y la presencia escénica.

La escenografía de Lorenzo Albani completa este universo y contribuye a que el espacio sea parte activa de la experiencia. Todo se siente pensado en función de la propuesta y de la construcción de ese mundo.

Quiero destacar especialmente la entrega del elenco completo. Fernando Luque, Maria Grazia Gamarra, Óscar Yépez, Amaranta Kun, Alonso Cano, Denise Arregui, Alejandro Tagle y Martín Aliaga sostienen una dinámica colectiva en la que cada presencia aporta y potencia a las demás. Como espectadora salí con esa sensación que, para mí, es una de las más valiosas que puede dejar el teatro: las ganas de seguir mirando.

Felicitaciones a Gamarra, Albani, al elenco y a todo el equipo de Éxodo Teatro por una puesta tan completa, dinámica y disfrutable. Éxodo vuelve a demostrar por qué es una compañía que apuesta por producciones de gran calidad y por un teatro que logra conectar con el público sin perder el rigor de su propuesta escénica.

Las bodas de Fígaro es la segunda entrega de la trilogía de Pierre-Augustin de Beaumarchais. En el Teatro de la Alianza Francesa de Lima, en temporada hasta el 26 de septiembre.

Tammy Alfaro

6 de setiembre de 2026

Crítica: ADIÓS AYACUCHO


Llegar cuando toca

Adiós Ayacucho sigue a Alfonso Cánepa, un campesino ayacuchano asesinado durante el conflicto armado interno, que emprende un viaje hacia Lima para recuperar las partes de su cuerpo que le faltan. La premisa es tan absurda como dolorosamente concreta: un muerto tiene que llegar a la capital para exigir sus derechos. Para que se reconozca su existencia.

Ese viaje convierte al cuerpo en uno de los grandes territorios de la obra. El cuerpo desaparecido, incompleto, se vuelve también la imagen de una memoria que ha sido violentada. Cánepa no puede descansar, porque todavía tiene algo que reclamar. Y el teatro le devuelve aquello que la violencia le quitó: un cuerpo, una voz y la posibilidad de contar su propia historia.

Yuyachkani construye este universo sin abandonar el humor, el juego ni la belleza. La música ocupa un lugar fundamental. Hay una nostalgia dulce que atraviesa la puesta y que convive, de manera casi contradictoria, con la violencia de la historia. Los sonidos e instrumentos vinculados a lo andino no funcionan como simple acompañamiento. Construyen identidad. Cada instrumento parece encontrar su momento exacto, y la música que nos regala Ana Correa termina siendo otra forma de narrar.

La experiencia en las butacas es también maravillosa. Habría que preguntarse si el público escoge a Yuyachkani, o si estos, con los años, han aprendido a construirlo, deleitarlo, incluso filtrarlo hasta convertirlo en espectadores presentes en alma. Hay una escucha atenta, una disposición a transitar entre la risa y el silencio, entre lo festivo y lo doloroso. La obra y Yuyachkani confían, en esa inteligencia del espectador y no necesita explicarlo todo.

Entonces, entre esa risa incómoda y los sollozos del público hay una verdad horrorosa: sigue siendo tan vigente.

Una obra estrenada hace más de treinta años, atravesada por desapariciones, violencia, desigualdad y por la necesidad de llegar hasta Lima para ser escuchado, todavía encuentra un lugar demasiado cómodo en el presente. Uno quisiera que Adiós Ayacucho fuera un viaje hacia el pasado, pero sigue siendo un viaje que conocemos.

Esta es mi primera vez viendo una obra de Yuyachkani y llega el reproche por haberlo hecho antes. Hay algo de extraño en llegar tan tarde a un trabajo que lleva décadas sintiendo, desde el teatro, algunas de las heridas más profundas del país. Pienso entonces, que las obras, así como llegan a los actores en su debido momento, llegan a su público cuando tienen que llegar. Quizás Adiós Ayacucho aparece ahora, porque también se puede mirar desde otro lugar. 

Y quizá ahí reside también la fuerza de Yuyachkani: en hacer del teatro un lugar donde los muertos puedan volver, hablar y reclamar aquello que todavía no hemos sabido reparar como país y que necesita justamente eso, seguir llegando a todos los que tenga que llegar. 

Cristina Soto Arce

6 de setiembre de 2026

sábado, 5 de septiembre de 2026

Crítica: LA PROFESORA


Tan distintos y cercanos entre sí

Aranwa Teatro trae, bajo la dirección de Mateo Chiarella, la obra La Profesora, escrita por el dramaturgo español Eduardo Galán, y protagonizada por Yvonne Frayssinet y Leonardo Torres Vilar. La historia transcurre en una escuela de educación secundaria, que bien podría estar ubicada en cualquier lugar del mundo debido a la universalidad de su contexto (una decisión de dirección bastante acertada). Frayssinet encarna a América Alcalá, una profesora próxima a jubilarse que busca ayudar a una de sus alumnas. Para ello, sostiene una serie de reuniones de tutoría con su padre Ortiz, interpretado por Torres Vilar.

Esta historia cuenta el encuentro de dos almas tan distintas entre sí, pero conectadas por varios elementos en común. Entre ellos, la soledad, un estado que se convierte en el vehículo de la relación entre ambos personajes y el motor que permite que, finalmente, logren entenderse. Tal como El Principito, uno de los textos a los que hacen referencia, la soledad los termina por “domesticar”.

Pero algo más que los conecta es la cruda realidad de ser dos adultos desorientados sobre cómo navegar a través de las situaciones que se les presentan. Esto es notorio, especialmente, luego del plot twist planteado. Diría, a modo personal, que este acentúa aquella sensación de caminar a ciegas, con la fe de que las cosas se resolverán de alguna forma u otra, pero con la maravillosa nueva oportunidad de caminar acompañados.

Las actuaciones de los actores son fenomenales. El contraste marcado entre las posiciones y estilos de vida de ambos personajes ayuda enormemente a la comedia de la obra, a través de sus brechas y puntos de convergencias que los mantienen en un estado de confusión constante. El timing es preciso, así como los remates. El manejo del espacio también resulta interesante; se presta para un formato 360° que resulta natural.

La Profesora se muestra como una obra contemporánea que nos permite como espectadores empatizar con situaciones que parecen tan distintas entre sí, pero que se ven atravesadas por la sensación universal de la soledad. Es imperdible. Mis felicitaciones al equipo por el trabajo.

Daniela Ortega

5 de setiembre de 2026

Crítica: NOCHE DE CREADORAS - AGOSTO


Cuatro historias distintas, pero que interpelan profundamente

Hoyo, con dramaturgia y dirección de Fátima Matheus, se presenta como un viaje íntimo y profundamente humano sobre el ciclo de una relación de pareja. A través de una estructura que utiliza el tiempo como una máquina de recuerdos, la propuesta desglosa el trayecto entre Jimena y Fano, llevándonos como espectadores desde la ilusión de los primeros encuentros hasta la grieta que producen el desgaste y las exigencias de la vida cotidiana.

Más que detenerse en dar una biografía detallada de sus protagonistas, la dramaturgia opta por enfocarse en la relación misma como el verdadero centro de la historia. Esto permite que los personajes interpretados por Christine Lemus y Jesús Núñez funcionen como arquetipos, espejos en los que la audiencia puede reconocer fácilmente sus propios aciertos y miedos. El ritmo acelerado con el que transitan las etapas acentúa esa sensación de estar presenciando un ejercicio de catarsis compartida, un resumen directo sobre el amor.

En la interpretación, la vulnerabilidad de Lemus se integra de manera muy orgánica al estado emocional de Jimena; esa tensión inicial resulta coherente con la crisis que atraviesa su personaje en escena. A su lado, Núñez acompaña el recorrido completando el retrato vivo de una pareja.

Hoyo termina siendo una propuesta transparente que apela directo a la memoria emotiva de quien la mira. Es un recordatorio de que, aunque las historias individuales cambien, los procesos de amar, intentar sostener y soltar son experiencias que nos atraviesan a todos por igual.

Con dramaturgia y dirección de Alexa Centurión, La ropa que tenía el día que murió se consolida como una de aquellas piezas breves pero fulminantes que escalan en intensidad a cada minuto. Ambientada en una discoteca, la obra arranca con un detonante crudo al mostrarnos a Mili entrar al almacén con las manos ensangrentadas tras defenderse de un intento de agresión sexual en el baño, seguida por Carito, su mejor amiga. Lo que empieza como una situación límite se transforma en un manifiesto de hermandad que confronta al espectador con preguntas incómodas sobre hasta dónde puede llegar la legítima defensa y los límites del instinto de supervivencia.

El trabajo actoral de Yaremis Rebaza (Mili) y Lucía Mayorga (Carito) es el gran motor de la puesta. Rebaza demuestra un timing cómico impecable dentro de una situación que, en contenido, es trágica. Logra equilibrar la angustia del momento con destellos de un humor orgánico y certero que alivia la tensión sin restarle gravedad al conflicto. Por su parte, Mayorga sostiene la aparente calma y actitud lógica de Carito, funcionando como el ancla racional que intenta procesar la crisis mientras la lealtad hacia su amiga se pone a prueba.

En apenas veinte minutos, la propuesta logra construir un dilema ético cercano, donde el humor y la urgencia conviven. La ropa que tenía el día que murió se muestra como un grito de justicia visceral y sumamente necesario, respaldado por dos actuaciones conmovedoras que dejan una huella rotunda en la sala.

Con dramaturgia de Federico Abrill y dirección de Lía Camilo, Otra especie nos propone un choque de visiones sobre la adaptación y la naturaleza humana. La historia sigue a Paco (Roy Zevallos), atrapado entre la teoría evolutiva de Darwin y la rigidez de las expectativas familiares (y de su propio pensamiento), mientras Analú (Verónica Infantes) acecha la oportunidad perfecta para integrarlo a su propia “manada”.

El motor de la puesta en escena radica en una notable dirección por parte de Camilo. Su mano se puede apreciar en la construcción de los ritmos, la coreografía de los enfrentamientos y la precisión en el trabajo de relación entre los personajes, que logran sostener la propuesta y desatan la risa entre los espectadores.

En el plano actoral, Infantes brilla con un timing cómico extraordinario, destacando su agilidad en los tiempos de reacción que tiene durante la obra. A su lado, Zevallos realiza un excelente trabajo al vender la vulnerabilidad inicial de Paco; esa aparente “mansedumbre” que prepara el terreno para que el clímax resulte aún más absurdo, retratando con ironía la ridiculez de la fragilidad masculina y los vicios del discurso incel.

Otra especie es un buen ejemplo de cómo la agilidad en la dirección y el talento actoral pueden tomar una premisa sencilla y convertirla en un ejercicio escénico fresco, dinámico y profundamente entretenido.

Bajo la dirección de Celia Ponce, Ahora te la canto convierte el desahogo del público en un espectáculo de improvisación musical brillante y extremadamente divertido. La propuesta parte de tomar aquellas frases e historias que la audiencia no se atrevió a decir en su momento y transformarlas, en tiempo real, en canciones inéditas. En esta mecánica, Ponce realiza una conducción que mantiene al público despierto y pegado a todo lo que sucede en escena, marcando el ritmo de la función y conectándonos con la dinámica antes de cada número.

En el escenario, Marne Cortijo, Tita Zerillo y Selene Risco despliegan una ejecución vocal increíble y un dominio absoluto de sus instrumentos. Es remarcable, dentro de la propuesta, la precisión con la que el trío construye piezas completas a partir de premisas mínimas y, hasta cierta parte ambiguas (lo que desata por completo la creatividad extrema de las intérpretes), respetando la arquitectura musical tradicional. En ese sentido, Cortijo destaca como una improvisadora excepcional, luciendo un ingenio afilado para los remates y una expresividad gestual hilarante.

El piano en vivo es la cereza del pastel, acompañando la atmósfera de cada tema. Diría que lograr que una estructura técnica tan compleja parezca un juego sencillo es de los mayores méritos del elenco. Ahora te la canto es una experiencia fresca que deja con las ganas inmediatas de volverla a ver en un formato de mayor duración.

Daniela Ortega

5 de setiembre de 2026

lunes, 31 de agosto de 2026

Crítica: UNA MUERTE LIGHT


Una muerte divertida

Divertida es la primera palabra que describe esta obra. Dos trabajadores acaban de ser despedidos y no pueden irse sin resolver una situación inesperada: un antiguo compañero acaba de morir en el baño y ellos se sienten involucrados y por ello cometen una serie de torpezas que los enredan cada vez más. Luego, lo que parece resolverse entre ellos se complica al intervenir un tercer personaje: el vigilante de la empresa y su relación con el fallecido y finalmente, la gerenta que acaba de completar la tarea de despedir a más de mil trabajadores para facilitar la absorción de la empresa y con ello ha provocado una protesta incontrolable.

Comedia de enredos a partir de una desgracia es una fórmula efectiva, que Carlos La Rosa, autor y director de la obra, ha sabido utilizar. El escenario minimalista, con algunas cajas de depósito en el suelo, nos enfoca en la situación: lo único que le queda a los despedidos son sus cajas de mudanza. En ellas se encierran sus historias personales de estrés y ansiedad laboral y las cargan con resignación. La desesperación que nos hace reír no es más que la desolación que produce el desempleo, la incertidumbre por el futuro. Todo queda en suspenso hasta que se decida qué hacer con el muerto. El humor negro atravieza la obra de manera efectiva.

La muerte no es motivo de risa sino las conductas absurdas que adoptamos frente a ella. El miedo a las investigaciones, el sentido de culpa, ambos sin fundamento, la oportunidad de convertir la tragedia en una salida a la crisis que representa el despido.

El texto hace varias referencias al teatro, como es común en los grupos en formación actoral y casi siempre es un exceso. En este caso hay una excusa: el difunto ha dejado un juguete que permite que las personas digan lo que no podrían hacerlo naturalmente. La obra desaprovecha las posibilidades que brinda ese personaje animado, que podría desarrollar para otra puesta.

Las actuaciones son aceptables, entre las que destaca Roni Ramírez, que personifica a Manuel, el trabajador que estuvo con el fallecido cuando murió. Su compañero Brian Cano lo sigue atropelladamente. Su dicción defectuosa nos recuerda al gordo Casaretto y cuando se enreda al leer un correo electrónico hace estallar en risa al auditorio y él tampoco puede contener la risa (disculpen el spoiler). Entonces, lo que sería un imperdonable en un drama resulta ser un aliciente para que el público se ría con él y desde allí la obra se afirma como comedia y toma un mayor ritmo.

Con mayor control de sus personajes, los ingresos del vigilante Daniel Cano y la gerenta Valquiria Che-Piú permiten ampliar el enredo de oficina inicial y elevarlo a magnitudes sociales, con mayores elementos.

Una muerte light logra su objetivo: divertir y así es una buena experiencia de La Patriota que augura mejores puestas.

David Cárdenas (Pepedavid)

31 de agosto de 2026 

Crítica: NO ESTOY LOCA

 


¿Y qué si estoy loca?

Tras siete años del estreno de su último musical original, la Asociación Cultural Playbill regresa con No estoy loca, un musical inédito escrito y protagonizado por Anahí de Cárdenas, dirigido por Diego Gargurevich y con letra y música de Rowi Prieto. El resto del elenco lo conforman Andrés Salas, Juan Carlos Rey de Castro, Vanessa Escudero, Vera Pérez-Luna, Junior Baglietto, Miguel Álvarez, Trilce Cavero, Majo Bueno, Raúl Romero y el mismo Rowi en un papel secundario. El Teatro Municipal de Surco, ubicado al interior del ya emblemático Parque de la Amistad, es sede de esta locura musical que busca conquistar a su público abordando el complicado tema de la salud mental desde una mirada cómica, pero a la vez realista. ¿Logra el espectáculo tocar las notas correctas de comicidad y drama, o es que el tema prueba ser demasiado extenso y controversial como para funcionar en el formato propuesto? 

Hablar de No estoy loca es fácil y difícil a la vez. Fácil porque no hay mucho (nada, en realidad que podría “criticar”), pero difícil porque quiero realmente hacerle justicia a toda la labor puesta sobre la página y sobre las tablas. Empecemos por la trama. La historia sigue a Ana, una mujer que después de haberse intentado matar es ingresada al hospital psiquiátrico Amor y Paz, lugar donde conoce a un puñado de personajes que no solo pondrán a prueba la poca cordura que le queda, sino que la ayudarán a descubrir cosas sobre sí misma que jamás pudo haber descubierto sola. A través de canciones alegres, emotivas, catárticas y empoderadoras -a veces todo a la vez-, Ana nos hace partícipes de su viaje personal de sanación, el cual termina de forma climática e inesperada. 

El texto de Anahí brilla desde el primer diálogo. Está escrito de manera económica; cada frase es importante ya que cumple un objetivo específico, y destaca sobre todo por su acertado uso del humor, el cual a pesar de valerse de unas cuantas lisuras, increíblemente nunca llega a caer en lo vulgar. Los momentos más dramáticos conmueven y los chistes aterrizan siempre, y aquí debo de hacer un necesario punto de inflexión. Un texto puede ser muy logrado a nivel dramatúrgico, pero por más gracioso y/o conmovedor que este sea, su efecto requiere -y depende- de la destreza actoral de su elenco, quienes son finalmente sus encargados y portavoces. Afortunadamente, el elenco de esta obra está más que a la altura de la dramaturgia de Anahí, exprimiendo cada texto, haciéndolo suyo, otorgándole peso, ritmo y gracia con una facilidad admirable que no solo denota el gran talento de cada uno, sino el arduo trabajo actoral involucrado. Pero no solo el manejo de texto es bueno; la construcción de personajes a nivel físico y vocal es sumamente divertida, extrema y plenamente interiorizada. Gargurevich aprovecha el código absurdo que propone el texto de Anahí y lo lleva al límite en su dirección de actores, extrayendo de su elenco personajes estrambóticos, chistosísimos y muy particulares que podrían tranquilamente aparecer en una película de Tim Burton. De hecho, Trilce Cavero como la enfermera María parece directamente sacada de Sweeney Todd, musical dirigido por Burton. Menciono al renombrado director norteamericano como referencia porque tal como su cine, esta obra tiene una visión estética muy específica y un look muy cuidado. Apoyándose mucho del color verde, el equipo de vestuario y caracterización liderado por Tito Icochea logra otorgar a los personajes una cualidad visual imposible de no admirar. Incluso en los personajes del ensamble, quienes portan prendas similares, existen decisiones estéticas que los diferencian entre sí (el cabello, una prenda reimaginada, algún detalle que es único de ellos). De la misma forma, la dirección de arte liderada por Bea Chung logra transportarnos de verdad a un sanatorio lúgubre, pero cómico, rodeado por cuervos cuyos esporádicos graznidos aportan al ambiente demencialmente gótico construido. Finalmente, la música compuesta por Rowi Prieto logra conquistarnos con ritmos pegajosos, letras con las que es sencillo identificarse, y melodías que evocan una gama completa de emociones en el público que van desde la melancolía hasta el empoderamiento. Las canciones no solo expanden el universo emocional único de cada personaje, sino que yuxtaponen momentos narrativos cumbre y ayudan a que la trama avance de forma dinámica e interesante. 

Si tuviera que elegir el elemento que más me gustó del montaje creo que sería la destreza con la cual logra intercalar comedia y drama. La risa es inevitable, pero a lo largo de prácticamente todo el texto, camuflado en secuencias musicales, cómicas y también dramáticas, abundan las verdades incómodas sobre las instituciones psiquiátricas, un atisbo a las amistades que pueden surgir al interior de una, reflexiones punzantes sobre salud mental, un comentario social muy importante acerca del suicidio, observaciones sobre la naturaleza verdadera de la locura, meditaciones sobre la convivencia con el dolor, y sobre todo una oda a la resiliencia que demanda el vivir con un trastorno de salud mental. Brindar todo este contenido emocionalmente cargado empaquetado de forma tan vistosa y cómica es algo que hace Disney de forma magistral (los que han visto Intensamente 2 entenderán a lo que me refiero), y lo aplaudo porque ese balance no se suele ver seguido en nuestra cartelera, precisamente por la dificultad que implica conseguirlo.

No estoy loca es, pues, más que una obra: es una celebración del dolor como portal hacia la fortaleza, un recordatorio de la importancia de vivir el presente, y un aplauso al valor que implica pedir ayuda cuando uno no se encuentra bien. Es también un gran ejemplo de lo que sucede cuando todos y cada uno de los componentes que hacen del teatro buen teatro funcionan y trabajan al unísono y al servicio del material, creando así algo que va más allá de un espectáculo: una verdadera y literal obra de arte. Les quedan cuatro funciones más, el 3, 4, 5 y 6 de setiembre. Véanla. Van a reír, van a llorar, y van a salir distintos de como entraron. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

31 de agosto de 2026

domingo, 30 de agosto de 2026

Crítica: LLAMADA MOFA


Entre lo que vemos y lo que queda fuera de escena

Hay algo particularmente interesante en una obra que decide hacer del teatro su propio territorio de exploración. Llamada Mofa, presentada por el Grupo Espacio Libre en el marco de sus 27 años de trayectoria, parte justamente de ese universo: el escenario, sus códigos, sus expectativas y aquello que ocurre cuando la representación deja de responder a lo que estaba previsto.

La propuesta de Karlos López Rentería, bajo la dirección de Diego La Hoz, construye una situación en la que los límites entre ficción y realidad se vuelven progresivamente más permeables. El espectador es invitado a observar no solamente aquello que sucede frente a sus ojos, sino también las relaciones, tensiones y circunstancias que pueden modificar el curso de una función. Es, en cierta medida, una mirada al teatro desde el propio teatro.

Uno de los elementos que atraviesa la experiencia es el humor, utilizado como vía para aproximarse a situaciones que adquieren distintos niveles de tensión. Esta convivencia entre lo cómico y lo conflictivo genera una dinámica particular en la que los personajes deben responder constantemente a circunstancias que escapan de su control. La puesta apuesta así por un movimiento continuo entre diferentes estados, dejando espacio para que el público complete y cuestione aquello que observa.

Más allá de las distintas lecturas que pueda suscitar la obra, resulta importante valorar el hecho de que una agrupación como Espacio Libre continúe generando temporadas y convocando a artistas alrededor de nuevas propuestas. Mantener vivo un proyecto teatral durante 27 años implica una constancia que merece ser reconocida, especialmente en un contexto en el que producir y sostener una temporada supone un esfuerzo considerable. Cada función concretada y cada sala que logra convocar espectadores forman también parte de ese trabajo silencioso que sostiene la actividad teatral.

En ese sentido, Llamada Mofa encuentra uno de sus mayores valores en la posibilidad de propiciar un encuentro entre artistas y espectadores alrededor de una pregunta que el propio teatro parece formularse constantemente: ¿qué ocurre cuando aquello que debía permanecer detrás de escena termina irrumpiendo en nuestra mirada?

Finalmente, desde la experiencia de Oficio Crítico, es importante destacar la disposición del equipo de producción, cuya puntualidad, coordinación y trato amable contribuyeron a una recepción especialmente cordial. El trabajo de una puesta en escena no comienza ni termina con lo que sucede sobre las tablas; también se construye en cada una de las personas que hacen posible que una función ocurra.

Llamada Mofa cuenta con la dirección de Diego La Hoz, la producción del Grupo Espacio Libre y las actuaciones de Sadith Arévalo, Silvana Arditto, Nicolás Audala, Alonso Olazábal, Tahili Sánchez e Ysmael Uriarte, quienes asumen el desafío de sostener esta propuesta y llevarla al encuentro directo con el público.

Tammy Alfaro

30 de agosto de 2026

Crítica: CARTOGRAFÍAS DE UN AMOR LATINOAMERICANO


Amar sin fronteras: el refugio de la nostalgia

Cartografías de un amor latinoamericano es una producción de Liminal Teatro —con el apoyo del Club de Teatro de Lima, Se Logra Producciones y Pacae Café— escrita y dirigida por César Ulloa Cuéllar. Protagonizada por Steven Buendía y Jesús Oro, la obra sigue a dos hombres que exploran el deseo, el amor queer y la nostalgia de estar lejos de casa, mientras intentan construir una relación libre de fronteras físicas y emocionales.

El texto de Ulloa Cuéllar evita el realismo tradicional y se construye con recuerdos, escenas breves y reflexiones metafóricas sobre la migración en Latinoamérica. Su gran acierto es mostrar que migrar no es solo cruzar una frontera, sino quedar emocionalmente desprotegido, convirtiendo al amor entre los protagonistas en su único refugio. Sin embargo, por momentos el lenguaje es demasiado denso y el intento de abarcar tantos problemas sociales opaca la relación principal. Aun así, la obra se mantiene firme gracias a la belleza de sus diálogos.

La química y la fuerza física de los actores son el verdadero motor de la obra. Su trabajo destaca porque construyen una intimidad muy real y muestran la vulnerabilidad de los personajes con respeto, sin caer en clichés o caricaturas sobre el migrante. Va más allá de las palabras: el miedo a la deportación, la nostalgia y la necesidad de afecto se transmiten a través de sus miradas, gestos y un desgaste físico notable.

La dirección acierta al adaptar una historia tan amplia al espacio íntimo del Club de Teatro de Lima. Con pocos recursos, logra transformar el escenario de forma dinámica y mantener un buen ritmo durante toda la obra. Para ello, el trabajo de producción es sobresaliente, sobre todo tratándose de una obra independiente. La escenografía es sencilla y práctica, pero cobra vida gracias a la iluminación y el sonido. El uso de sombras, luces cálidas y frías, junto con los ruidos de ciudad y la música de fondo, crean la atmósfera perfecta sin recargar el escenario.

Finalmente, Cartografías de un amor latinoamericano es una obra que vale la pena ver. Aunque el texto puede reducir sus excesos poéticos, la puesta triunfa al ofrecer un retrato honesto, conmovedor y esperanzador sobre el derecho a amar y encontrar un hogar en una Latinoamérica dividida.

Javier Bendezú

30 de agosto de 2026

Crítica: II FESTIVAL CORAZÓN ABIERTO


Donde los cuerpos disidentes se vuelven protagonistas

Hay algo profundamente político en abrir una sala y permitir que ciertos cuerpos, ciertas voces y ciertas historias dejen de pedir permiso para existir. Sala Quilla se convierte, durante el II Festival Corazón Abierto, en un territorio de pertenencia, resistencia y disidencia, un espacio que no solamente recibe tres obras, sino que hace lugar a una comunidad históricamente desplazada hacia los márgenes de la representación. El teatro, tantas veces ocupado por miradas ajenas sobre lo queer, aquí decide devolverle el centro a quienes han sido narrados desde afuera.

Gestado por Juan Velasco y Andrew Taype, Corazón Abierto nace de una necesidad que todavía resulta urgente: reclamar espacios de representación para la comunidad TLGBIQ+, cuyas existencias han sido reducidas con demasiada frecuencia al estereotipo, a la tragedia, al personaje secundario o a la condición de objeto de deseo. Frente a ello, el festival propone algo elemental y, precisamente por eso, radical: que sean los propios creadores de la comunidad quienes escriban, dirigan y encarnen sus historias. Tres obras, tres aproximaciones distintas a lo disidente y una misma pulsión por hacer del escenario un lugar donde estas vidas puedan mirarse sin traducirse para nadie.

La primera pieza, ¿Te volveré a ver?, escrita por Luciano Perochena y dirigida por Germán Díaz, se instala en el territorio de la tragicomedia realista para observar una relación queer atravesada por el desgaste, la pérdida y ese último intento casi desesperado de salvar un vínculo que ya parece roto. Renito Morales Bermúdez y Samir Sayac, sostienen una dinámica escénica que se construye desde la intimidad, pero que encuentra en la dirección de Díaz una dimensión mucho más amplia.

Resulta particularmente estimulante la apuesta de Díaz por una narrativa de resonancias audiovisuales, donde la música, la iluminación y la composición de los cuerpos construyen una gramática que excede la palabra. La obra parece dialogar con una sensibilidad heredera de Love - La obra, no tanto por reproducir una estética determinada, sino por la manera en que convierte la banda sonora en una extensión emocional de aquello que los personajes no consiguen verbalizar. La luz deja de ser un elemento meramente funcional y empieza a esculpir los cuerpos queer, a hacerlos visibles, deseables, vulnerables. Hay una voluntad de mirar aquello que todavía incomoda cuando aparece sin pedir disculpas. Y quizá allí radique uno de los gestos más interesantes del montaje: no esconder lo queer dentro del escenario, sino permitir que ocupe toda su superficie.

Luego aparece Amores (Ale)torios, escrita por Chiara Rodríguez Marquina y dirigida por Estrella Páucar, una comedia de enredos protagonizada por Sol Gonzales y Gada Perales que se introduce en uno de los grandes dispositivos afectivos de nuestra contemporaneidad: las aplicaciones de citas. Tinder, los algoritmos, el deseo convertido en interfaz y la promesa absurda de que un movimiento de dedo puede acercarnos al amor.

La pieza consigue llevar este universo tecnológico hacia una experiencia reconocible y cotidiana, pero lo verdaderamente significativo radica en quiénes ocupan ese territorio afectivo. Durante demasiado tiempo, las narrativas lésbicas y sáficas han permanecido relegadas incluso dentro de las propias representaciones de la diversidad sexual. Por eso resulta necesario y todavía subversivo encontrar personajes femeninos queer que no estén construidos únicamente desde el sufrimiento, la marginalidad o la tragedia. Aquí hay mujeres que desean, que se equivocan, que buscan, que coquetean y que también pueden ser ridículas en nombre del amor.

En un contexto teatral peruano donde la representación de las experiencias lésbicas continúa siendo escasa, Amores (Ale)atorios abre una grieta importante: la posibilidad de pensar lo femenino queer desde otros lugares, particularmente desde el humor. Porque también hay algo profundamente político en permitir que una mujer que siente atracción por otra mujer pueda ser simplemente humana sobre un escenario: imperfecta, divertida, contradictoria, enamorada. No todo cuerpo disidente tiene que sufrir para justificar su presencia.

Finalmente aparece ContrActual, escrita por Marden y dirigida por José Carlos Goytizolo. Una pieza que se vale del humor, la fantasía y la metateatralidad para enfrentarse al determinismo afectivo: dos letras destinadas a amarse que, desde esa premisa aparentemente ingenua, terminan construyendo una alegoría sobre la identidad, la aceptación y el amor propio. Eduardo Pinillos y Numa Quintana encarnan este universo con una energía que encuentra su mayor potencia en la aparente sencillez de la propuesta.

ContrActual es idílica y grandiosa. No porque necesite levantar un universo espectacular para sostenerse, sino porque consigue algo mucho más complejo: cautivar desde la inocencia. La fantasía funciona como una puerta de entrada hacia discursos que podrían resultar solemnes si fueran abordados desde una lógica exclusivamente reivindicativa. Aquí, en cambio, la disidencia juega, imagina y se permite ser luminosa.

Hay, además, una particular complejidad en el trabajo de Pinillos y Quintana. Ambos construyen una relación que no se queda en la superficie de la alegoría, sino que encuentra momentos de verdadera organicidad y verdad escénica. Sus cuerpos, sus pausas, sus miradas y, sobre todo, el manejo del timing producen una dinámica que sostiene el juego metateatral sin dejar que la ficción se desarme. El humor aparece entonces no como un simple recurso para provocar la risa, sino como una herramienta para desmontar aquello que parecía inevitable: quién debe amar a quién, cómo debe hacerlo y bajo qué reglas.

Las tres obras de Corazón Abierto no son homogéneas y qué bueno que no lo sean. Una mira hacia el desgaste amoroso, otra hacia el deseo atravesado por la tecnología y otra hacia la fantasía como posibilidad de emancipación. Sus lenguajes también difieren: realismo, comedia de enredos, metateatro. Sin embargo, las atraviesa una misma necesidad: hacer del escenario un lugar donde la experiencia queer no tenga que justificarse para ser representada.

Y quizá allí reside la verdadera potencia del festival. No en presentar obras sobre la comunidad TLGBIQ+, sino en permitir que la comunidad produzca sus propias imágenes, construya sus propios relatos y decida cómo quiere ser mirada. Porque ocupar un escenario también es disputar el derecho a imaginarse.

Corazón Abierto abre, entonces, algo más que las puertas de una sala. Abre un territorio. Uno donde los cuerpos disidentes no aparecen como excepción, como tragedia o como nota al pie, sino como protagonistas de sus propias ficciones. Y en un teatro que todavía necesita ampliar desesperadamente aquello que considera digno de ser contado, abrir ese espacio no es un gesto menor: es una forma de resistencia.

Juan Pablo Rueda

30 de agosto de 2026

jueves, 27 de agosto de 2026

Crítica: AHÍ


El juego de la espontaneidad y la complicidad en escena

Ahí – lectura performática para 6 actores es una experiencia interesante de observar. Parte con la premisa de ser un juego teatral que pueda ser realizado por absolutamente cualquier persona. Diseñada por Bel Eiff en Buenos Aires y traída al medio local bajo la dirección de Isabel Chappell y Laura Delgado, la pieza parte de la premisa de ser un juego teatral diseñado para ser activado por cualquier persona, donde ni el elenco ni el espectador conocen de antemano el rumbo que tomará la noche.

A lo largo de veinticinco minutos, seis performers ocupan una mesa larga provistos únicamente de hojas de papel y retos secretos. Lo que se despliega ante los ojos del espectador es un ejercicio de instinto puro y respuesta inmediata. La disposición del espacio y la cercanía espacial convierten al público en una especie de observador participante, generando la sensación de ser testigos de una reunión social a través de una lupa, reconociendo un espacio de indagación sobre las dinámicas de la convivencia humana, la camaradería y la complicidad.

Ahí radica, justamente, el atractivo de la propuesta. En su rechazo a las estructuras dramáticas tradicionales para dar paso a la espontaneidad pura en tiempo real. Más que una obra convencional, la puesta funciona como un dispositivo performativo sobre el valor del presente y el juego colectivo. ahí ofrece una experiencia ligera, curiosa y profundamente honesta que apela a la frescura de lo imprevisto, recordando que a veces el teatro también puede ser el reflejo sin filtros de una reunión de amigos elevada a la categoría de evento escénico.

Daniela Ortega

27 de agosto de 2026