miércoles, 29 de julio de 2026

Crítica: CUATRO CORAZONES CON FRENO Y MARCHA ATRÁS


Quince cuerpos, un solo juego: la celebración del artificio teatral en Cuatro corazones con freno y marcha atrás

El Auditorio de Miraflores apuesta por una comedia sobre la atemporalidad: Cuatro corazones con freno y marcha atrás de Enrique Jardiel Poncela, bajo la dirección y adaptación de Cecilia Paitamala. Con un elenco generoso, conformado por quince actores egresados de la Escuela de Teatro Proscenio, la puesta en escena devuelve vida a los entrañables personajes de esta obra. Joanny Cieza, Isa Madrid, Pablo Silva, José Miguel Prieto, David Curi, Génesis Venturi, Gloria Melgar, Silvia García, Priscila Linares, Karen Sánchez, Fernando Tito, Mercedes León, Matías Salgado, Ronald Alarcón y Héctor Sotelo conforman un conjunto que sostiene con energía y precisión el universo propuesto.

La dirección de Paitamala va más allá de un simple armado escénico. Junto al grupo de actores construye escenas caricaturescas donde la exageración, el juego y la fisicalidad conviven para recuperar el espíritu de la comedia clásica. Por momentos, al observar la puesta en escena, aparece la sensación de estar frente a ese teatro de grupo, ese teatro de compañía que parece haber perdido presencia dentro de la cartelera industrial peruana: un espacio donde el trabajo colectivo, la complicidad escénica y el encuentro entre actores son el verdadero motor de la representación.

En ese sentido, el elenco acompaña y sostiene el texto desde una ejecución oportuna, donde el timing cómico resulta fundamental para formular y construir la comedia. Desde el inicio de la historia aparecen personajes grotescos, excesivos y pintorescos, herederos de una tradición clásica, pero atravesados por una mirada contemporánea. El cuerpo, la voz y el ritmo se convierten en herramientas esenciales para potenciar lo lúdico, permitiendo que cada personaje habite el exceso sin perder precisión.

Más allá de la anécdota fantástica sobre la búsqueda de la eterna juventud, Cuatro corazones con freno y marcha atrás encuentra en la dirección de Paitamala una nueva posibilidad de lectura: la comedia como un espacio donde el absurdo revela las contradicciones humanas. La obra no busca esconder su artificio; por el contrario, lo abraza. Sus personajes existen dentro de un universo donde la exageración no funciona como una limitación, sino como el lenguaje necesario para hablar de los deseos, obsesiones y frustraciones que atraviesan al ser humano.

En tiempos donde muchas propuestas escénicas parecen perseguir la naturalidad como única forma de conexión con el espectador, esta puesta reivindica el placer de lo teatral. Aquí los cuerpos no buscan desaparecer detrás del personaje, sino convertirse en una extensión del juego escénico. La interpretación se permite ser grande, colorida y desbordada, recordándonos que la comedia, lejos de ser un género menor, exige una rigurosidad absoluta en el manejo del ritmo, la escucha y la construcción colectiva.

De igual manera, la producción de Proscenio destaca por su precisión y cuidado. Los cambios escénicos entre cada escena se realizan con limpieza y fluidez, construyendo un montaje donde lo espectacular no está determinado por la acumulación de elementos, sino por la capacidad de generar sorpresa desde la resolución creativa. La propuesta escénica encuentra su potencia en la brillantez de sus decisiones y en la mirada de Paitamala, quien comprende que el universo de Jardiel Poncela no necesita ser transformado desde la ruptura, sino celebrado desde sus propias posibilidades teatrales.

La propuesta estética no busca reinventar la comedia, sino recordarnos por qué ciertas formas teatrales siguen siendo necesarias. En una escena donde la rapidez y la inmediatez muchas veces condicionan la creación, la propuesta de Cecilia Paitamala se detiene en algo esencial: el actor como centro del acontecimiento teatral y el escenario como territorio de juego.

Hay algo profundamente valioso en ver a quince intérpretes sostener una maquinaria escénica desde la complicidad, el ritmo, la grandilocuencia y la imaginación. Paitamala entiende que la comedia no vive únicamente en el remate del chiste, sino en la construcción de un universo donde el espectador acepta entrar al artificio y dejarse sorprender. Porque quizá el verdadero freno y la verdadera marcha atrás de esta obra no están en sus personajes, sino en nuestra propia relación con el teatro: una invitación a volver a mirar aquello que parecía perdido, donde ese teatro de compañía muerde con la escucha.

Juan Pablo Rueda

29 de julio de 2026

Crítica: LAS AVES


Una ciudad en el cielo o castillos de humo

Contar con una obra griega presentándose en los escenarios nacionales constituye un evento especial, y lo es aún más si esta no pertenece al género dramático; por ello, la apuesta por Las aves, comedia de Aristófanes (autor de obras como Lisístrata y Las nubes), destaca entre las opciones performativas de la capital por estos días. En esta ocasión, desde el teatro Ricardo Blume y la asociación Aranwa, nos ofrecen la adaptación de este clásico, que aborda temas que desde tiempos antiguos nos hacen reflexionar: la amenaza de la corrupción, las dificultades de la convivencia y el caos constante se desataron tanto en la Atenas de la Guerra del Peloponeso como en los estados de nuestra época. Así, nuestros protagonistas, Pistetero y Evélpides, interpretados por Alberto Ísola y Ricardo Velásquez, respectivamente, huirán de la cuna de la democracia, que para ese momento se encuentra en decadencia, con el fin de buscar un lugar más elevado en el cual poder refugiarse. El espacio que escogen será entonces el cielo, donde convivirán con las aves y fundarán la ciudad de Nubicuculandia, con sus leyes y dinámicas.

Bajo la dirección de Mateo Chiarella, los protagonistas humanos y sus conciudadanos alados, interpretados por Germán Ojeda, Brunella Odar y Renzo Quintanilla, nos transportan a un mundo ideal en principio, pero que poco a poco va perdiendo su aire de fantasía: el castillo de humo se va deshaciendo a medida que se confrontan los intereses de los dioses, los regentes, las propias aves e incluso los visitantes de la ciudad. Para representar este espacio, la producción hizo uso creativo de elementos como telas colgantes, cajones de madera, máscaras y túnicas. Coincidentemente, los juegos de luces y la propia estructura del teatro, donde el público se encuentra alrededor del escenario, nos hacen pensar en la forma del ágora griega.

Definitivamente es una obra que merece ser recomendada, desde por el nivel de sus artistas, pasando por los detalles de producción y, por supuesto, la relevancia de los temas sociales y políticos que movilizan a sus personajes. En estos tiempos, tan polarizados y convulsos, nos hacen falta muestras artísticas que, desde sus orígenes, nos lleven a pensar en el mundo en que vivimos: en Las aves encontramos ideas que nos llevan a reflexionar, y reconocer aquello que nos une, así como lo que nos separa. Esperamos que el público se anime a ir a las próximas funciones de este clásico, que en cada contexto parece renovarse; seguramente generará en ellos, igual que en nosotros, nuevas percepciones de la vida común, tan necesarias actualmente.

Jimena Muñoz

29 de julio de 2026

lunes, 27 de julio de 2026

Crítica: ¿CUÁL ES TU CAU CAU?


Risa que invita a la reflexión

Nos sucede a todos. En algún punto de nuestras vidas simplemente dejamos de jugar. Quizá porque eso es lo que la sociedad nos ha forzado a creer: que cuando uno crece, el juego ya no es aceptable. Como si la actitud lúdica hacia la vida que tienen los niños tuviera una fecha de caducidad y paulatinamente debiera ir saliendo de nuestros sistemas hasta irse por completo ya que pasada cierta edad, jugar ya no es sinónimo de inocencia, sino de inmadurez. ¿El resultado? Una repentina y excesivamente seria actitud ante la vida que, en gran medida es entendible, ya que crecer ciertamente nos abre los ojos a la muchas veces cruda realidad del mundo que nos rodea, pero que por otro lado nos hace experimentar la vida desde un estado mental tedioso y muchas veces pesimista. Llegar a la adultez implica entender que la vida no es puro juego, y que para ganárnosla tenemos que “ponernos serios”, nos dicen. Y aunque es cierto que parte de madurar es absorber la magnitud de las dificultades que nos puede presentar la vida, es igualmente importante (precisamente por dicha magnitud), que no perdamos del todo aquel espíritu libre y juguetón tan puro que nos impulsó durante nuestra niñez y adolescencia. Afortunadamente, existen muchas formas de mantener dicho impulso vivo, y la improvisación es una de las más accesibles.

¿Cuál es tu Cau Cau?, dirigida por Juan Velazco, no es una obra teatral propiamente dicha; de hecho, ni siquiera hay un libreto fijo por función. Es más una propuesta teatral que integra diversas disciplinas como el uso de máscaras, el teatro físico y, por supuesto, la improvisación. Mirsa Arauco, Vanessa Becerra, Rodrigo Camacho y Miau Flores son los artistas escénicos que, durante aproximadamente una hora, se apropian del acogedor espacio de Teatro del Juego (ubicado en Lince), y abordan la pregunta que da título a esta experiencia a través de diferentes momentos y dinámicas improvisadas que combinan las disciplinas ya mencionadas. El público es invitado a participar también llenando unos papeles que recibimos previa función en los que se nos pregunta qué es lo que más nos incomoda del Perú, y son nuestras respuestas las catalizadoras de todo lo que pasa en escena, factor que hace que cada función, aunque anclada por la misma interrogante, cobre matices distintos y sea totalmente única.

Un espectáculo de este tipo es exitoso principalmente, a mi parecer, gracias a su elenco. Porque basta que uno no esté compaginado con el resto para que la ilusión se desbarate. Afortunadamente, el cuarteto conformado por Arauco, Becerra, Camacho y Flores tiene un muy buen desempeño escénico. Cada uno de los cuatro tiene una chispa muy particular y propia; todos se abandonan plenamente al juego e interactúan entre sí y con el público de manera espontánea, jocosa y siempre presente. Destaco en especial a Mirsa, quien valiéndose de una divertida máscara logra crear el personaje del político “salvador” arquetípicamente criollo y corrupto, dándole matices verdaderamente cómicos, evidenciando un timing para la comedia impecable, y demostrando una rapidez mental que le permite integrar la participación del público al montaje de forma astuta e inmediata, todo esto enraizado en una corporalidad y manejo de voz específicos y apropiadamente exagerados. Más allá del elenco, se nota la buena mano del director para darle coherencia y orden al caos, cerrando y abriendo cada acápite de manera correcta y en el momento indicado, para pautear desplazamientos dinámicos por el escenario, y sobre todo para darle la confianza necesaria a su elenco de jugar abiertamente y sin prejuicios. Esto último, para mí, es el principal logro de la dirección; un factor muchas veces pasado por alto, pero sumamente necesario sobre todo en una performance que discutiblemente implica incluso más vulnerabilidad que el teatro dramático, ya que en este caso los artistas no están amparados bajo un texto predeterminado, sino que se usan a sí mismos para hacer la más loable de las acciones: entretener. 

Hay algo que aún no he mencionado, pero que creo clave resaltar. Incluso los gags cómicos más efectivos pueden llegar a saturar si es que no tienen mayor trasfondo. Lo que destaca de esta puesta es que, por más que no haya diálogos, sí existe una línea argumentativa que la atraviesa de inicio a fin que podría ser resumida en una frase que invita a la risa y al llanto en igual medida: el Perú no tiene solución. Esta idea es el núcleo y moldea cada segmento del espectáculo. Gracias a esta, la obra se permite momentos de denuncia pública, de introspección, de manifestación externa de una lucha interna; y lo hace, increíblemente, manteniendo intacto su sentido del humor. ¿Cuál es tu Cau Cau? postula que, por más que la risa en sí no solucione nuestros problemas, esta sí puede colocarnos en el estado mental correcto para hacerlo, o por lo menos servir como canalizador de nuestras penas, ya que como un sabio una vez dijo: “A veces solo nos queda reír”. Les quedan dos funciones más, el viernes 31 de julio y el sábado 1ero de agosto. Vayan. Se las recomiendo.

Sergio Lescano

27 de julio de 2026

sábado, 25 de julio de 2026

Crítica: EL HOMBRE QUE RÍE


Cuando el sufrimiento humano es rentable

Escrita en 1869, algunos años después de Los Miserables, El Hombre que ríe es una novela que confirma el estilo, pero también el compromiso político de la literatura de Víctor Hugo, que en esta novela denuncia las diferencias sociales en la Inglaterra del siglo XVII.

En la versión fílmica muda de 1928 del cineasta expresionista Paul Leni, la historia se resume en que un noble orgulloso que se niega a besar la mano del despótico rey Jacobo II de Inglaterra, es ejecutado y su hijo quirúrgicamente desfigurado es vendido a los “comprachicos”. Así nace la sonrisa burlona, inevitable y triste de Gwynplaine, que en 1940 aparece como rasgo principal del villano archienemigo de Batman, el Guasón o Joker en los comics.

La adaptación teatral de la novela de Víctor Hugo nos llega gracias a la dramaturgia y dirección de Francisco Cabrera. El autor advierte que se trata de una versión libre (no hay otra adaptación al teatro). La puesta recoge lo esencial de la historia, el ambiente y las circunstancias. La novela original se caracteriza por su lenguaje barroco, la minuciosa descripción de los espacios y de las características de cada uno de sus personajes y resulta un enorme desafío llevarla a escena.

Cabrera logra representar esas descripciones, con un escenario casi minimalista. Nos muestra un circo, pero no hay carpas coloridas ni otros adornos luminosos sino un tono oscuro, propio de un drama. Quien conduce ese circo ambulante es Ursus, un hombre extraño, mezcla de vago y sabio, que viaja con un lobo domesticado; Dea, una joven ciega; y Gwynplaine, el joven que sufre esa rara característica que atrae la curiosidad morbosa del público en las ferias, pero también la de los nobles. Es una sociedad que convierte el sufrimiento humano en espectáculo rentable.

En esta versión, Ursus (Beto Benites) es el narrador y por su mayor presencia, pareciera el personaje principal, pero quien carga el estigma es Gwynplaine (Santiago Magill). Él es el miserable que ríe y la historia gira en torno a su desgracia.

Una novela extensa y riquísima en monólogos y descripciones en sus varios capítulos era imposible de trasladar a escena. Por ello, Cabrera toma lo esencial y reconstruye los personajes, dotándoles de sus características. El drama es enfocado con una mirada muy lúdica (lo hizo con Metamorfosis y Dr. Jekill & Mr Hyde). El lenguaje barroco se simplifica, sin perder la atmósfera de época. La puesta de desarrolla a través de cuadros ligeros. Sin embargo, hacia el último tercio de la obra, el ritmo decae por el exceso de cortes entre uno y otro cuadro, sin usar nuevos elementos de luz o sonido, lo que impide alcanzar la intensidad necesaria, especialmente para el final, cuando por fin el bufón descubre la verdadera identidad de Gwynplaine, su origen noble y se frustra el matrimonio de la duquesa Josiana (hija del rey Jacobo II) y lord David, y en el afán de capturar o eliminar a Gwynplaine, son muertos Ursus y Dea. 

Al final, queda claro el mensaje: los pobres siempre son los que pagan con sus vidas los desarreglos de los ricos.

David Cárdenas (Pepedavid)

25 de julio de 2026

Crítica: EL ENFERMO IMAGINARIO


La medicina del engaño y la comedia de la verdad

La puesta en escena de El enfermo imaginario, esta icónica sátira escrita por Molière en 1673, gira en torno a Argán, un burgués adinerado profundamente hipocondríaco. Obsesionado con sus supuestas dolencias y manipulado por un séquito de médicos charlatanes, el protagonista urde un plan para casar a su hija Angélica con un doctor, asegurándose así la atención médica gratuita y permanente durante el resto de sus días.

Para este montaje, la dirección de Rodrigo Vargas le imprime un ritmo ágil y un sello cómico sumamente particular. Vargas logra estructurar una atmósfera en donde la ironía y el humor ácido del texto original no solo se respetan con rigor, sino que se potencian en el escenario. El trabajo de dirección permite que el choque entre la ridiculez de las obsesiones humanas y la crítica social fluya de forma orgánica de principio a fin.

Por su parte, el elenco sostiene la propuesta con un desempeño notable. Cada intérprete logra construir y habitar con precisión los arquetipos planteados por Molière: figuras exageradas, obsesivas y de una vanidad desmedida que retratan lo más absurdo de la burguesía de la época. A esta labor actoral se le suma un diseño técnico impecable. La iluminación y el sonido operan en perfecta sincronía para delimitar con claridad los espacios donde transcurre cada pasaje, mientras que la musicalización acentúa la intención dramática de los momentos clave. Asimismo, el vestuario destaca no solo por su fidelidad temática y de época, sino por lograr una armonía visual estilizada con la ambientación general.

En definitiva, se trata de un montaje sólido y sumamente entretenido que logra un equilibrio afortunado entre la comedia directa y la vigencia del clásico. Una propuesta accesible para todo espectador que no solo garantiza carcajadas en la sala, sino que deja abierta una lúcida reflexión sobre nuestras propias obsesiones humanas. Sin duda, un espectáculo imperdible.

Javier Gutiérrez

25 de julio de 2026

Crítica: UNA HISTORIA ORIGINAL


El poder sanador de la narración de historias

Ganadora del V Concurso de Dramaturgia Peruana "Ponemos tu obra en escena 2014, la pieza Una historia original de Vanessa Vizcarra explora una interesante temática: la narración de historias como una importante herramienta sanadora. El poder expresar emociones, reconstruir experiencias difíciles y darle real sentido a los acontecimientos de la vida suelen ser los puntos más positivos de esta práctica. Al contar o escuchar relatos, las personas desarrollan empatía, fortalecen su identidad y encuentran nuevas perspectivas para afrontar conflictos y pérdidas.

Pero a su vez, Vizcarra aborda en su texto una problemática vigente, dolorosa y muy latente: la violencia de género en una sociedad tan machista como la nuestra. El protagonista, que busca convertirse en narrador profesional, se involucra sentimentalmente con la mujer que le realiza la audición, quien carga sobre sus hombros un doloroso pasado; posteriormente, él cruza los límites del respeto mutuo que ambos deberían asumir. Con una secuencia de escenas en constante disrupción temporal, y con dos intérpretes adicionales que ayudan a contar esta historia, la puesta escena combina varios niveles entre realidad y ficción.

El elenco, conformado por Ángel Coila Rojas, Diego Nomberto Flores, Lidia Navarro Cárdenas y Melannie MV, se muestra sólido y convincente en sus interpretaciones, bien guiados por la dirección de Josefo Palomino, quien consigue crear esa atmósfera de irrealidad, combinando las luces y los efectos de sonido, que la dramaturgia propone. Esta nueva reposición de Una historia original en el Club de Teatro de Lima, con la producción del colectivo escénico Al borde, resulta en un valioso montaje que, además de acusar la violencia que lamentablemente todavía se mantiene vigente en nuestro ámbito social, señala la narración como una valiosa herramienta de bienestar emocional, aprendizaje y crecimiento personal.

Sergio Velarde

25 de julio de 2026

Crítica: EL MATRIMONIO


Amor, locura y un sí, acepto

El matrimonio propone un universo dinámico donde personajes sumamente peculiares irrumpen de diferentes espacios del ambiente para terminar en escena. Cada uno llega cargado de matices únicos y motivaciones particulares, pero todos terminan entrelazados por un mismo hilo conductor: la inocencia y la vulnerabilidad puestas al desnudo mediante el humor.

Lo que en apariencia inicia como una celebración cotidiana se transforma, bajo la mirada irreverente del clown, en un territorio fértil para el exceso, la contradicción y el absurdo. La propuesta realiza una apuesta firme por un lenguaje predominantemente físico y visual, convirtiendo el cuerpo del actor en la herramienta narrativa central. En un montaje de esta naturaleza, la precisión en el tiempo cómico, la complicidad del elenco y la escucha escénica resultan determinantes; apenas un segundo a destiempo basta para marcar la frontera entre una carcajada orgánica y una rutina que pierde impacto.

Si bien existen pasajes donde la comicidad apoya demasiado su peso en el gesto exagerado —un detalle que valdría la pena matizar para no fatigar el ritmo de la función—, el trabajo de caracterización destaca de manera notable. Cada intérprete logra construir una identidad clara y definida, complementada de forma impecable por un diseño sonoro y una ambientación que potencian la atmósfera del espectáculo.

En definitiva, se trata de una pieza atractiva y disfrutable que consigue conectar con la puesta desde la sensibilidad. El verdadero valor de la obra no reside únicamente en provocar la risa inmediata del público, sino en su capacidad para ofrecer una perspectiva distinta y honesta sobre El matrimonio; sin duda, una propuesta que vale la pena ver.

Javier Gutiérrez

25 de julio de 2026 

lunes, 20 de julio de 2026

Crítica: EL FANTASMA DE LA ÓPERA


La belleza de lo diferente: el triunfo de El Fantasma de la Ópera en La Plaza

Este fin de semana tuve la oportunidad de ir al teatro La Plaza para ver El fantasma de la ópera. La obra, basada en la novela de Gastón Leroux, contó con la adaptación de Els Vandell, quien también la dirigió conjuntamente con Rod Díaz. El elenco estuvo integrado por Paul Martin, Gabriel Iglesias, Anaí Padilla, Nicolás Ostolaza y Avril Gil.

Tenía muchas ganas de ver esta obra desde hace tiempo y, honestamente, creo que La Plaza acertó por completo al adaptar una historia tan grande a un espacio tan íntimo. La dirección de Els Vandell y Rod Díaz no solo brilla por su impecable nivel técnico, sino que logra transformar lo visual en un profundo mensaje sobre la empatía y la redención.

Creo que los directores lograron una transición fluida entre el misterio, el humor y la profunda vulnerabilidad de los personajes. En lugar de apoyarse en el terror efectista, la dirección decide poner el foco en el aislamiento emocional del Fantasma, transformando el suspenso en una lección sobre la inclusión y el miedo al rechazo.

Es sabido que La Plaza destaca por la proximidad que ofrece con el espectador y esta puesta en escena exprime esa intimidad al máximo. La recreación de los laberintos de la Ópera de París y sus catacumbas no depende de una escenografía hiperrealista o monumental, sino de un diseño inteligente del espacio. La puesta en escena es dinámica y sumamente lúdica: el escenario muta con rapidez cinematográfica ante nuestros ojos, envolviendo a niños y adultos en una atmósfera envolvente de fantasía puramente artesanal.

El manejo de actores es impecable, permitiendo un balance perfecto entre la comedia ligera y la carga dramática. Martin, quien interpreta al fantasma, entrega una gran interpretación y nos entrega a un ser atormentado, cuya gestualidad y voz transpiran una profunda necesidad de afecto. Por su parte, la Christine de Gil brilla con luz propia, mostrando una evolución orgánica desde la inocencia hasta la valentía de la compasión. El ensamble compuesto por figuras como Padilla, Iglesias y Ostolaza dota a la obra de un ritmo cómico y un soporte escénico brillante.

En torno al diseño del vestuario, necesita una mención aparte. Funciona como el puente estético definitivo entre la época original de la historia y el lenguaje visual contemporáneo de una obra familiar. Es una propuesta rica en colores, texturas y detalles que no solo embellecen la visualidad del escenario, sino que definen la psicología de los personajes. El contraste entre los trajes estructurados del personal de la ópera y la capa andrajosa pero imponente del Fantasma refuerza visualmente la narrativa de la exclusión.

La adaptación a cargo de Vandell es, en última instancia, el mayor acierto de la producción. Reducir las más de dos horas de la composición tradicional a un formato dinámico, sin perder la columna vertebral del relato, ha sido un gran reto. Esta es una puesta conmovedora, estéticamente impecable y éticamente necesaria la cual espero puedan disfrutar mientras se encuentra en temporada.

Javier Bendezú

20 de julio de 2026

Crítica: CARIÑO MALO


Un desafío a los prejuicios desde el humor y la música criolla

Llegamos al centro comercial a la hora en que los clientes salen y las tiendas cierran. La penumbra de la antesala del teatro nos recibe. Parece que estamos convocados en secreto para algo fuera de las normas, acaso prohibido. Ese es el ambiente en el que se desarrolla Cariño Malo.

Nos instalamos frente al estudio de una radio de mediados del siglo pasado. Dos mesas separadas parecen enfrentar el pasado con el presente. En una, los clásicos recursos sonoros de las radionovelas; en la otra, una laptop y otros recursos modernos. Dos micrófonos de pie y tres personajes estrafalarios completan este cuadro.

Empieza la historia. Cariño Malo trata de Silvio, un cuarentón que vive con su mamá y quiere independizarse, trabajar y dejar de ser virgen. Él es homosexual, pero debe ocultarlo para ser seleccionado en la radio de una organización moralista contra el homosexualismo. Lo logra por su voz, fingida y exageradamente varonil. 

Por su parte, Olga, su madre, dominante y posesiva al extremo, lo acusa de ser maricón. Ella, como la radio, representan el poder homofóbico por el cual Silvio vive reprimido.

En la radio conoce a Maxton, falsamente varonil como Silvio y pronto se verán envueltos en una relación en la que Silvio encuentra el placer y la libertad que siempre había deseado. Paralelamente aparece Ernesto, un personaje misterioso que acude a cuidar a la madre en las horas en que Silvio debe estar ausente, pero luego devela una historia que revuelve todo.

Todos estos datos son insuficientes para describir el excelente planteamiento de la obra. Lo farsesco y lo obsceno son elementos fundamentales. Los grandes trajes oscuros e iguales, con hombreras exageradas representan la masculinidad exorbitada. Las descripciones minuciosas pero divertidas de los encuentros sexuales de Silvio con su pareja o de su madre con su cuidador nos conducen a lo obsceno, pero fiel al lenguaje de radioteatro, esas escenas se escuchan y se describen, reiterando que la mente puede construir más que la vista. Para que ese efecto sea posible, el sonido tiene una gran presencia. El apoyo en efectos de sala (Foley) es extraordinario para hacernos “vivir” el relato y lograr un contacto ambiguo entre la historia contada y la realidad. 

Con un maravilloso juego de voces, los tres actores interpretan temas criollos de época (valses y boleros) reinterpretados desde una mirada queer: “Este secreto que tienes conmigo nadie lo sabrá”.

Cariño Malo es provocadora y arriesgada tanto por el tema, que invita a reflexionar sobre los conflictos que enfrenta la comunidad LGTB para vivir el amor, así como por la propuesta escénica y los recursos utilizados. Con esos elementos, el dramaturgo Alejandro Clavier ha logrado una gran radionovela para ser vista y aplaudida por su excelente calidad. Clavier es también uno de actores y lo acompañan Sebastián Stimman y Diego Salinas, con excelentes interpretaciones.

Está en el teatro La Plaza, en funciones de trasnoche (10:30 PM) solo los viernes y sábados de julio.

David Cárdenas (Pepedavid)

20 de julio de 2026

Crítica: ESPASMOS DESPUÉS DEL ADIÓS


Tema interesante que pudo estar mejor desarrollado

Este fin de semana estuve en el Teatro Esencia de Barranco viendo la obra Espasmos después del adiós. La pieza fue escrita por Piere Lugo y dirigida por Marilyn Molina Hijar, y cuenta con las actuaciones del propio Lugo junto a Shari.

Si hablamos del texto, la temática de la obra me pareció bastante interesante, sobre todo el hecho de cerrar ciclos en momentos clave de nuestra vida para poder avanzar con una nueva actitud. Sin embargo, considero que los diálogos presentados representan más una catarsis personal que una estructura dramática sólida. Lo que sí pude ver mientras la obra transcurría es que un par de personas se sintieron tocadas por el texto y es por eso que derramaron varias lágrimas durante la función.

La temática que aquí se presenta, en torno al conflicto del adiós y el duelo amoroso, es un terreno sumamente transitado en la actualidad. Lamentablemente, sentí que le faltaba ese "plus" que hubiera convertido la propuesta en algo más intrigante. Al carecer de giros o picos de intensidad, el montaje cae por momentos en una melancolía plana que estanca el ritmo y termina por desconectar al espectador del drama.

En torno a la dirección, me hubiera gustado que Molina Hijar se involucrara más en su labor. Me habría encantado que motivara a los intérpretes a fluir más con sus emociones y a trabajar la química de la pareja, ya que por momentos se percibían distanciados; a pesar de habitar el mismo espacio físico, daba la impresión de que operaban en galaxias actorales completamente opuestas.

Sobre las actuaciones, puedo decir que, al confundir la contención dramática con la apatía, la rígida e inexpresiva interpretación de Lugo le resta empatía con el espectador. Asimismo, al no encontrar un estímulo real en su compañero, el gran esfuerzo emocioncolal de Shari se vuelve mecánico, transformando su dolor en una afectación forzada por el libreto.

Al hablar de la puesta en escena, la disposición de los actores en un espacio tan pequeño como el del Teatro Esencia se siente forzada y tan fríamente calculada que pareciera buscar una fotografía antes que un tránsito dramático vivo.

Finalmente, con todo lo mencionado, puedo decir que Espasmos después del adiós subestima el drama psicológico al reducirlo a una estampa melancólica, pulcra y superficial. Si me preguntan si la recomendaría, diría que no; aunque la temática de la obra es interesante, uno asiste al teatro esperando preguntas que lo conmuevan o lo incomoden, algo que lamentablemente no se encuentra aquí.

Javier Bendezú

20 de julio de 2026