sábado, 18 de abril de 2026

Crítica: LA COIMA


Reír para no llorar

Pensar en nuestra situación política es suficiente motivo para deprimirse o montarse en cólera. La sátira política nos permite asumirla de otro modo: reír para no llorar. Dejar de ser víctimas para convertirnos en acusadores y señalar con el dedo burlón a quienes contradicen los conceptos de integridad y capacidad en la función pública.

Esa fue la idea que inspiró al dramaturgo y novelista ruso de origen ucraniano Nikolái Gógol para escribir El Inspector General en 1836, en la que satiriza la corrupción política, mezclada con torpeza, de las autoridades rusas en época de los zares, con una célebre comedia de equivocaciones que giran en torno al personaje principal, a quien confunden con un importante funcionario.

Martín Velásquez Marvelat recogió esta vieja idea el año 2018, en medio de la crisis política desatada en el Perú luego del cierre del Congreso, la vacancia de un presidente y la renuncia de otro, y la repuso, con más elementos de actualidad, el 2021. Estamos en el año 2026 y la crisis que inspiró la obra no ha concluido. En todo caso, enfrentamos un proceso electoral especialmente confuso y poco esperanzador.

Todo esto sirve para enriquecer la obra, a partir de la historia central: las torpes y corruptas autoridades del país confunden a un don nadie con un inspector secreto de la Corte Internacional Anticorrupción que hace peligrar sus intereses y, en medio del pánico por su presencia, cometen uno y otro error. Quienes no se equivocan son las actrices y actores, con su buen desempeño, gracias a la acertada dirección de Marvelat.

El Inspector de Marvelat, traducida a la contemporaneidad como La coima, constituye una sátira política directa y sin tapujos. Como en la versión original los personajes más ridiculizados resultan encantadores, aún con su torpe perversidad. A la comicidad de los textos dramáticos, el director le ha añadido música peruana, de modo que se convierte en una comedia musical, con letras hilarantes y sabor nacional. Aunque solo los principales personajes superan la valla de una regular interpretación musical, a los demás se les perdona todo, porque se trata de una farsa y cualquier desafino parece ser deliberado, aunque no lo sea, y no le resta comicidad.

La abundancia de referencias a conocidos personajes de la política nacional, pero de distintos momentos, podría confundirnos, pero esa amalgama se traduce en un mensaje brutal: cambian los nombres y las anécdotas, pero en el fondo son lo mismo; es decir, una clase política de ineptos y corruptos. Su repetición en el tiempo nos advierte que no se trata de una anécdota, sino de un problema estructural. La suma de nuevas referencias políticas incrementa el texto y duración de la obra, en perjuicio de su carácter. Tendrá que cuidar eso en la cuarta versión que obliga el impredecible mundo político peruano. 

David Cárdenas (Pepedavid)

18 de abril de 2026

Crítica: VÍVELO CONMIGO


Un encuentro de culturas que se abrazan danzando

La puesta en escena inicia con la aparición de un kusillo, personaje andino que da la bienvenida al público. A su lado, una serie de objetos simbólicos anticipa las danzas que se desplegarán a lo largo del espectáculo. Con su presencia lúdica y ceremonial, el kusillo marca el inicio de la obra.

De pronto, irrumpen en escena cerca de cincuenta bailarines con sus respectivos vestuarios. Saltan, juegan y danzan en una coreografía potente y envolvente que atrapa al espectador desde el primer momento. En medio de este torbellino aparece la protagonista, Emilia Drago, quien baila intentando abrirse paso entre los cuerpos en movimiento, como si buscara escapar de esa marea escénica.

A partir de allí, la obra se convierte en un viaje íntimo. El personaje de Emilia rememora sus inicios como bailarina, reconstruyendo su historia personal: desde su infancia hasta la decisión de convertirse en artista. Este tránsito se materializa en una sucesión de danzas que atraviesan distintas etapas de su vida, acompañada siempre por el kusillo, quien funciona como guía y cómplice.

Uno de los momentos más sensibles se da cuando su infancia es representada por una niña vestida de bailarina de marinera, evocando los primeros pasos en la danza. La obra también aborda las dificultades del camino: las lesiones, el cansancio y los dolores del cuerpo, que forman parte de la experiencia del bailarín.

La puesta se enriquece con música en vivo a cargo de Sandra Muente y Mónica Dueñas, quienes aportan una atmósfera emotiva desde la tradición criolla. Así, se va tejiendo un diálogo entre diversas expresiones culturales del país, generando un encuentro de regiones, identidades y memorias.

El espectáculo culmina con una enérgica danza de caporales, donde se evidencia un trabajo coreográfico exigente bajo la dirección de Adrián Uribe. En este tramo final, la protagonista juega con el límite entre personaje y realidad, incorporando momentos de humor al mostrar el cansancio propio del esfuerzo físico, lo que conecta de manera cercana con el público.

Acompañada en todo momento por músicos en vivo, la obra cierra de la misma manera en que comenzó: con un desborde de movimiento, energía y encuentro colectivo. Un gran cuerpo de bailarines toma el escenario, celebrando las tradiciones, el folclor y la diversidad cultural del Perú.

Edu Gutiérrez

18 de abril de 2026

Crítica: HÁBITAT


Hacia un hábitat que siempre nos refugie

La idea de abandonar nuestra “zona de confort” está instalada en la conciencia general desde hace buen tiempo, pero es menos usual tener en mente los grandes sacrificios que implica luchar por lo que queremos; la obra Hábitat, escrita por y dirigida por Sergio Lescano, nos habla de tal situación y sus complejidades. 

El protagonista de la historia es Manuel, interpretado por Sebastián Manyari, quien sueña con ser cineasta y decide dejar su pueblo para lograrlo; pero este cambio no es sencillo, y genera sentimientos muy fuertes entre quienes lo rodean. Por ello, algunos reaccionan con gran tristeza y otros con mucha alegría, aunque también se producen emociones y gestos de envidia y resentimiento, a los que se oponen aquellos de amor y bondad. Junto a ellos, reflexionamos sobre la fuerza de los sueños y cómo estos nos invaden, moldeando la vida. Sin embargo, no se ignoran los problemas que impiden seguir las propias pasiones, aunque se plantea, con esperanza, la posibilidad de retomarlos o no abandonarlos por completo.

En particular, quisiéramos destacar la dramaturgia, que se nota enriquecida por el esfuerzo e inspirada por la propia experiencia. Cabe destacar que es una obra de larga duración, pero justamente por ello, logra desplegarse la narrativa, sorprendiéndonos de vez en cuando. Su pluma sensible nos ubica en las perspectivas de los personajes encarnados por Katia Uriol, Trilce Cavero y Oscar Aguirre: no los condena por sus celos, sus acciones o su silencio, sino que ve en cada uno sus motivaciones y permite que los comprendamos. 

Por ello, recomendamos a nuestros lectores la obra, que esperamos sea presentada pronto nuevamente, y ver igual a los actores en otros proyectos; nos alegró encontrar aquí a Cavero, a quien reconocimos por Olga, el musical criollo. Ojalá también sigamos disfrutando de historias escritas por Lescano, y que nos inspiren, como en esta ocasión, a pensar sobre nuestro futuro y el cambio.

Jimena Muñoz

18 de abril de 2026

lunes, 13 de abril de 2026

Crítica: EL TÚNEL


De los recuerdos y los cambios

El túnel, una creación de Joanna y Diego Lombardi –quien también dirige-, se estrenó en el Teatro NOS PUCP. Esta comedia musical sumerge al espectador en un viaje al pasado, acompañado de las canciones que marcaron los años 2000.

La narrativa de Alberto Rojas Apel nos sitúa en la acostumbrada reunión mensual de un grupo de amigos de colegio que, esta vez, se transforma en una excavación emocional ocasionada por una cápsula del tiempo que abren después de más de veinte años. Cada diálogo abre grietas por donde se filtran secretos, frustraciones y sueños que nunca llegaron a concretarse. Así, entre recuerdos, música y un slam, intentarán no desmoronarse ni como individuos, ni como grupo. 

El reparto lo conforman Emilia Drago, Gisela Ponce de León, Nicolás Galindo, Patricia Barreto, Rodrigo Sánchez – Patiño, Oscar Meza y Ximena Palomino, quienes construyen personajes que no son solo versiones adultas de quienes fueron, sino individuos atravesados por lo que no dijeron en su momento. Una suerte de “yo del pasado”, que no aparece como recuerdo idealizado, sino como una presencia incómoda que interpela constantemente al presente. La obra logra así una tensión sostenida entre lo que se fue y lo que pudo haber sido, evitando caer en sentimentalismos fáciles.

De otro lado, lejos de ser un recurso ornamental, la banda en vivo, bajo la dirección de Awelo Miranda, funciona como un canal alternativo de expresión: hay verdades que los personajes no pueden pronunciar, pero sí cantar. Estas intervenciones musicales, integradas entre los diálogos, amplifican el tono emocional y aportan ritmo a la puesta.

La escenografía —una sala de estar aparentemente cotidiana— opera como una metáfora eficaz del título. Este espacio íntimo se convierte en un “túnel” temporal donde pasado y presente coexisten.

El túnel es una divertida comedia, que destaca por reflejar los inevitables e incómodos cambios que experimentamos como seres humanos con el paso del tiempo. Todos, en algún punto, hemos mirado atrás preguntándonos qué habría pasado si… Aquí, esa pregunta no es retórica: es el motor de un encuentro que, más que reconciliar, expone. Mediante un repertorio musical lleno de nostalgia, nos recuerda que el pasado es una sumatoria de vivencias que nos trajeron a lo que somos hoy.

Maria Cristina Mory Cárdenas

13 de abril de 2026

Crítica: FARSÓPOLIS


El deseo como juego compartido

La propuesta de Farsópolis, dirigida por Alex Ticona y producida por La Tropa del Eclipse, activa su código desde antes de iniciar. En Teatro Ricardo Blume, el espectador no llega a sentarse del todo cuando ya ha sido incorporado a una lógica de juego: un coro que observa, regula y acompaña, un espacio delimitado que exige atención, y una advertencia implícita de que aquí la convención no se oculta, se comparte.

Lo que sigue no es una historia lineal, sino una sucesión de situaciones donde el deseo, el vínculo y el equívoco se despliegan desde un registro abiertamente lúdico. Más que conflictos cerrados, lo que aparece son dinámicas reconocibles llevadas a un punto de exageración que permite observarlas desde otra distancia. Hay algo particularmente sugerente en cómo la obra aborda lo sexual: no desde la provocación directa, sino desde una naturalización que, por momentos, evidencia cuánto de esas libertades siguen siendo aprendidas o incluso negociadas.

Las relaciones que atraviesan la escena no buscan estabilidad; se transforman, se redistribuyen, se desbordan. En ese tránsito, la figura del servicio (la criada, el intermediario) adquiere una presencia activa que reorganiza las reglas del juego. No se trata solo de acompañar la acción, sino de intervenirla, torcerla, encontrar salidas donde aparentemente no las hay. Esa movilidad genera un tipo de humor que no depende del remate, sino de la situación sostenida y de la inteligencia con la que los intérpretes la habitan.

Hay también momentos donde la obra se permite detenerse en zonas más ambiguas. El acercamiento al deseo masculino, por ejemplo, aparece desde un lugar que oscila entre la curiosidad y la contención, sin necesidad de afirmarse en una postura. Lo interesante ahí no es tanto lo que se define, sino lo que queda suspendido: una incomodidad leve, una pregunta que no termina de resolverse y que, sin embargo, no rompe el tono general de la propuesta.

Los intermedios circenses funcionan como una expansión más que como una pausa. La destreza física, la precisión y la concentración de los intérpretes (Joel Candia, Ricardo Cotarate, María Cristina Esteban, Mario de la Riva, Claudia de la Torre y Angie Damacén) sostienen una energía que no decae, sino que se reconfigura constantemente. Hay un goce evidente en el hacer, en el riesgo medido, en la ejecución que se vuelve espectáculo sin necesidad de subrayarse como tal.

Hacia el tramo final, la lógica de la obra se intensifica sin abandonar su código. Las situaciones se vuelven más abruptas, más veloces, casi como si el propio universo que han construido comenzara a desbordarse sobre sí mismo. No hay intención de ordenar ese caos; por el contrario, se permite que avance hasta sus últimas consecuencias, manteniendo siempre ese pacto inicial con el espectador: aquí lo importante no es la resolución, sino el recorrido.

En conjunto, esta gran obra encuentra su mayor acierto en la forma en que articula lo teatral y lo circense desde una misma raíz energética. La comedia no aparece como un mecanismo impuesto, sino como una consecuencia directa de la presencia escénica y del vínculo activo con el público. Hay una sensación de frescura que se sostiene precisamente porque no parece sobrepensada, porque confía en el cuerpo, en el ritmo y en la escucha entre intérpretes. En ese equilibrio, la obra construye una experiencia fluida y disfrutable, donde el artificio no distancia, sino que invita a entrar en el juego.

Naomi Noblecilla

13 de abril de 2026

Crítica: EL APEGO


Cuando cuidar duele

Este fin de semana, El apego se presentó en la Casa Yuyachkani. Es una obra del dramaturgo argentino Emiliano Dionisi, dirigida por Fito Valles e interpretada por Emanuel Soriano.

A través de su desarrollo, exploramos la relación de un hijo con su padre anciano; conforme avanza, se abordan temas como los vínculos (tanto familiares como de pareja), la memoria, el paso del tiempo, el cambio de roles, la dependencia emocional, así como la vejez y la muerte. Es un conjunto de emociones que interpela, involucra y, sobre todo, incomoda.

Definitivamente, esta obra no fue fácil de abordar, sobre todo al tratarse de un monólogo, ya que no es una tarea sencilla. Sin embargo, Soriano le da la vuelta y logra sostenerlo con solvencia. Domina el aspecto físico de la puesta y, sobre todo, el emocional, transitando por distintos estados de ánimo a lo largo de la hora que dura la función.

Al tratarse de una obra bastante personal y emotiva, interpretada con solvencia, considero que Valles acertó al proponer que la actuación de Soriano se desarrolle en un espacio íntimo como la Casa Yuyachkani, donde se logra una conexión muy cercana con el público.

Lo mencionado en el párrafo anterior me lleva a pensar que, dado su carácter íntimo, la obra apuesta por una puesta bastante minimalista, lo que permite centrar la atención en el personaje; aquí, la iluminación juega un papel clave para que esto ocurra.

Con lo dicho hasta ahora, puedo afirmar que se trata de una historia real, intensa y dura, que se mantiene en un punto alto casi sin darnos respiro, algo que por momentos resulta necesario. Conecta con el público de una u otra forma, sobre todo porque aborda temas profundamente personales, como la relación entre un hijo y su padre a lo largo de los años, con honestidad, coherencia y capacidad reflexiva.

En conjunto, El apego funciona al proponer un relato necesario contado con franqueza, que abre un espacio de diálogo a partir de las reflexiones que deja. Ojalá regrese en otra temporada para que más personas puedan acercarse a la obra.

Javier Bendezú

13 de abril de 2026

sábado, 11 de abril de 2026

Crítica: PIENSO


Pensar, de sabios; actuar, de valientes

Puede que muchos de los dichos y refranes populares coloquen en bandos opuestos al pensamiento y a la acción: “Antes de hablar, piensa”; “Quien mucho piensa, poco avanza; o “No basta con pensar, hay que hacer”. En todo caso, los seres humanos podemos acaso clasificarnos (en una de sus tantas y múltiples facetas) en aquellos que anteponen el pensamiento a la acción; y los otros, a la inversa. Lo cierto es que ambos extremos suelen ser perniciosos y lo saludable sería encontrar un término medio, muchas veces ubicado en algún punto de incierta localización. Esta innecesaria reflexión sí considero que viene al caso, ya que cada vez me resulta más difícil encontrar algún detalle que me lleve a la reflexión, luego de apreciar una puesta de teatro en formato breve. Felizmente, en Pienso de Federico Abrill lo encontré.

“El sabio piensa lo que dice; el necio dice lo que piensa”, reza otro refrán. Quizás esta afirmación podría acomodarse a la trama de Pienso, una muy sencilla en su planteamiento, pero profusamente humana y conmovedora en su ejecución. Una librería capitalina, decorada con un inmenso lienzo de papel Kraft repleto de frases clichés sobre ilusiones sentimentales en proceso (y que anticipan en gran parte la historia), es el escenario del encuentro entre Nadia (Erika Loza), la encargada del local, y Fernando (Roy Zevallos), un potencial comprador. En pleno 2026, cuando las redes sociales vienen sistemáticamente vaciando librerías y bibliotecas, ambos jóvenes delatan su inocencia e ingenuidad al intentar trabar alguna relación más allá de la compra de un libro en físico; eso, sin contar con los peligros que enfrentan muchas muchachas laborando solas en los negocios. Aquella voluntad de sincera comunicación, más allá de la formal relación trabajador-cliente y de la terrible sensación de inseguridad que vivimos actualmente, es una de las mayores fortalezas de la microobra que dirige Carlos Posadas Moncada.

Pero el interés sentimental viene con un ingrediente aparte, ya antes mencionado: Nadia y Fernando nos comparten lo que dicen y además, lo que piensan, todo en precisa sincronía. La idea no es nueva, es cierto; sin embargo, Loza y Zevallos se las arreglan para atrapar la atención de los espectadores hasta el final, gracias a una química en escena que se logra solo con un trabajo concienzudo, y especialmente, por el texto de Abrill que intercala diálogos y pensamientos en voz alta, consiguiendo un equilibrio entre momentos tiernos y divertidos. Para cuestiones amorosas, es mejor no pensarlo demasiado. Más bien, se tiene que accionar.

Ambos intérpretes, entrañables y nerviosos cada uno en personaje, superan largamente el calor y los ruidos externos de la sala que les tocó en Casa Bulbo, un espacio ya consolidado como uno de los más interesantes para la exploración escénica.

Ignoro si el teatro breve limeño ya alcanzó su pico creativo y viene estirándose o decantándose en estos días; lo cierto es que puestas como Pienso demuestran que, a pesar de la sobresaturada cartelera actual de este formato, todavía hay espacio para propuestas valiosas y disfrutables como esta.

Sergio Velarde

11 de abril de 2026

Crítica: JAQUE MATE


Zugzwang

Tras Telón es la productora encargada de traer a escena Jaque Mate, obra inédita de Álvaro Cáceda dirigida por Gianella Alzamora, que cuenta con las actuaciones de Adrián Aguinaga y Renato Hidalgo. A esta obra, que tal como su título lo indica utiliza el ajedrez como hilo conductor de la narrativa, se le puede encontrar en el Teatro Juanita Tarnawiecki (ex Mocha Graña), en pleno corazón de Barranco. Pero, ¿es esta nueva propuesta de teatro contemporáneo peruano una auténtica jugada maestra, o es más bien un desacierto dentro del panorama teatral local actual? 

Más que presentar una historia lineal, este montaje nos muestra diferentes momentos en la vida de dos hermanos. Estas viñetas, inicialmente dispersas, terminan por ordenarse e interconectarse en nuestras mentes conforme la obra avanza, definiendo así una imagen clara de la dinámica que tienen los dos personajes. Esta forma de presentar la historia constituye un primer acierto del montaje, puesto que le da dinamismo. Como los eventos no ocurren de forma secuencial, existe una sensación de anticipación fuerte, ya que uno como espectador no sabe si lo siguiente que va a ver va a ser un salto al pasado, al futuro, o al presente. Un segundo acierto importante lo constituye el texto en sí. Dentro de su dramaturgia, Álvaro construye diálogos efectivos, coherentes y llenos de emoción, los cuales crean picos dramáticos bastante logrados. Esto es especialmente destacable porque la situación central que muestra la obra, la cual no revelaré porque creo que se apreciará mejor sin conocerla de antemano, es una relativamente común. Pero precisamente por el buen juego de palabras, la adecuada yuxtaposición de textos, y la correcta implementación del ajedrez como columna vertebral de la obra, este texto logra no solo fluir sino resaltar y ser muy específico, lo cual es un atributo muy positivo. Finalmente, el trabajo de Adrián Aguinaga merece también una mención especial. Adrián tiene la difícil tarea de interpretar a un niño de ocho años. Esto, por supuesto, implica un tipo de energía muy específico, una construcción corporal y un manejo de voz marcados, y mucha entrega y compromiso con la propuesta, la cual Adrián sostiene satisfactoriamente de inicio a fin.

Habiendo dicho esto, existen elementos que creo pudieron haberse trabajado mejor, principalmente dentro del ámbito de la dirección de actores. Un texto de este tipo requiere una cadencia precisa y, sobre todo, suficiente espacio para que aparezcan pausas y silencios entre los diálogos y escenas, sin los cuales la obra no solo no alcanza los niveles que podría alcanzar, sino que los textos terminan sonando un poco botados y las escenas resultando un tanto apresuradas. Renato Hidalgo cae un poco víctima de esto, estando algunos de sus diálogos ligeramente declamados y atropellados, como si estuviese en una carrera consigo mismo por decir todos sus textos, cuando sería mucho más interesante y efectivo si se tomara el tiempo de procesar cada frase antes de decirla. Por otro lado, ya a nivel mucho más subjetivo, también considero que algunos elementos físicos utilizados durante el montaje se sienten un tanto fuera de lugar. La propuesta de por sí es minimalista, por lo que creo que una mejor distribución y sobre todo elección de lo dispuesto en el espacio beneficiaría mucho al montaje, liberándolo de estímulos visuales innecesarios. Finalmente, el recurso de romper la cuarta pared es utilizado de tal forma que engancha al espectador y contribuye a la narración, pero durante solo una pequeña fracción de la obra. Creo que hubiera sido mejor prescindir del todo de este recurso, o en todo caso utilizarlo de forma más equilibrada, sobre todo porque cuando se usó, este funcionó bastante bien.

Jaque Mate es, sin duda, una obra que recomendaría ver. Es cierto que no está exenta de errores. Hay, como ya mencioné, aspectos que pueden pulirse. Pero lo que hay debajo de esos aspectos puntuales es una historia tierna, conmovedora y valiosamente honesta. Dirigida con mucha sensibilidad. Actuada con gran entrega y compromiso. Y presentada de una forma emotiva y original. Les queda una última función este lunes 13 de abril. Vayan. No se arrepentirán. 

Sergio Lescano

11 de abril de 2026

miércoles, 8 de abril de 2026

Crítica: MICRO BUTACA ABRIL


Pasos en la dirección correcta

La última vez que asistí a Micro Butaca, formato de microteatro creado por la productora de teatro y audiovisual Butaca Film, salí ligeramente decepcionado. A pesar de que la dinámica que ofrecen me pareció muy novedosa y entretenida, las microobras que vi ese día no lograron capturar del todo mi atención por motivos que expliqué en detalle en la crítica que les hice en aquel momento. Esta vez, sin embargo, mi experiencia fue considerablemente diferente. 

Nadie se queda atrás, dirigida por Karla Reluz, fue la primera obra de la noche. Estrictamente hablando no es una obra en sí, sino una propuesta performática que involucra directamente al público, haciéndolo partícipe de su desarrollo, que aborda temas con los que todo peruano puede identificarse: la falta de empatía en el transporte público, la indiferencia e ineficacia que muchas veces son perennes en nuestro sistema de salud, el descaro y la impunidad que corrompen nuestro sistema gubernamental, etc. Son temas fuertes y amplios que funcionan dentro del montaje porque están hilados de manera inteligente, sensible y dinámica. Victoria Lara es la actriz encargada de guiarnos a través de esta experiencia, y lo hace con la convicción, compromiso y seriedad que los temas demandan, logrando hacernos reflexionar acerca de nuestra realidad y hacer eso a lo que parecemos tenerle tanto miedo: evaluarnos realmente como sociedad y analizar cuál es la verdadera causa de que el país esté como está.

Después de clases, escrita por Omar Leonardo y dirigida por Ramón García, aporta la nota más cómica de la noche al yuxtaponer a dos personajes con visiones totalmente contrarias sobre la educación. El primero, interpretado por Luis Jiménez, es un profesor con más de treinta años en las aulas, aprista enclosetado, y la segunda, interpretada por Celeste Rondón, es una profesora recién egresada de la universidad y por lo tanto aún libre de los prejuicios y el desgaste emocional que implica trabajar en el sistema educativo público peruano. Esta microobra, en apariencia simple, funciona bastante bien, quizá incluso mejor de lo que debería. A nivel de texto, la dramaturgia logra construir un arco dramático verosímil, haciendo que sus personajes, particularmente el de Celeste, atraviesen una transformación lógica (y divertida) en escena, incluso soltando un efectivo giro argumental casi al final de la obra que nos dejó a todos verdaderamente atónitos. A nivel de dirección, el pequeño espacio disponible es aprovechado al máximo, el ritmo cómico está logrado y equilibrado, y el código actoral empleado es el correcto. Finalmente, a nivel actoral, tanto Luis como Celeste tienen un muy buen desempeño. Mucha escucha, mucha conexión, adecuada interiorización de los textos, gran manejo de los matices cómicos y, sobre todo, juego. Luis tiene el reto de interpretar un personaje mucho mayor de lo que es en la vida real, imponiendo una voz y una corporalidad específicas que, aunque disonantes con su apariencia física, terminan por funcionar gracias a su carisma y compromiso con la propuesta. Celeste, por su lado, aterriza y ancla muy bien el montaje, cargando a su personaje del optimismo clásico de aquellos docentes que recién están dando sus primeros pasos y afirman que el cambio que queremos en el mundo empieza en las aulas. Su personaje podría tranquilamente haber sido opacado por el más estrafalario de Jiménez, pero sucede lo contrario. A lo largo de la obra este va cobrando una tridimensionalidad muy interesante e igual de destacable.

Quizá el momento más desnivelado de la noche llega con La última oportunidad, escrita por Yamil Sacin y dirigida por Daniel Goya. Esta microobra apuesta por el drama, en este caso el de una pareja de esposos que hacen un último viaje juntos con la esperanza de que este los ayude a reparar las brechas que se han ido forjando en su matrimonio a lo largo de los años. La situación cobra dimensiones apocalípticas, literalmente, cuando se revela que un asteroide del tamaño de San Juan de Lurigancho está próximo a estrellarse contra la Tierra. Es así que la pareja descubre que esta es efectivamente su última oportunidad de arreglar sus diferencias y redescubrir el amor que los juntó en un inicio antes de que sea demasiado tarde. Creo que el problema central de este montaje parte a raíz de la magnitud tan grande de los eventos que propone la dramaturgia. El texto en sí no carece totalmente de mérito. A pesar de muchas veces caer en lugares comunes, en este caso, sobre problemas matrimoniales clásicos, este fluye y contiene los ingredientes esenciales para que el teatro funcione (conflicto, objetivos, urgencia, etc.). La dirección tampoco es mala. La primera parte de la obra, de hecho, es prometedora, lográndose imponer una atmósfera y un ritmo específico y cadencioso gracias al correcto uso de las luces, a la distribución eficiente de elementos en el espacio, y a la adecuada dirección de actores. El tema es que una vez que el inminente fin del mundo se anuncia, este desbarata toda la verosimilitud que se había construido, ya que los actores no llegan realmente a interiorizar la dimensión que tendría un evento como este, resultando en que gran parte de la obra se sienta falsa, y carente de auténtico riesgo. Aun así, destaco el trabajo de Rosilu Osorio, quien se compromete con el papel a pesar de las dificultades que presenta el texto. Irónicamente, Yamil Sacin trastabilla un poco, a pesar de ser una obra de su propia autoría, apresurando textos y diciéndolos sin que estos logren tener el impacto que podrían. No dudo de las capacidades de ambos actores, pero creo que en esta microobra los dos están encarcelados en un formato que simplemente no les ayuda. En el 2011, Lars Von Trier dirigió una película llamada Melancolía que trata justamente sobre la posible colisión de un planeta errante con la Tierra. Esta película retrata el lento acercamiento de dicho planeta al nuestro a lo largo de más de dos horas de metraje. Lo menciono porque intuyo que este texto podría crecer y evolucionar mucho si se le da el espacio de hacerlo. Después de todo, contraponer el ocaso de un matrimonio con la potencial destrucción del mundo es una idea innegablemente interesante, que creo merece más que solo quince minutos.

En líneas generales, la pasé bastante bien en esta segunda visita a Micro Butaca. Recomiendo que vayan a alguna de sus funciones restantes (les quedan tres). Garantizo que ninguna de las obras presentadas esta temporada los dejará indiferentes. Y eso de por sí, ya es un logro considerable. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

8 de abril de 2026

Crítica: ROMEO Y JULI


Entre sueños y realidades

Casi todas las interpretaciones del clásico Romeo y Julieta centran el conflicto en el romance de los jóvenes frente a la oposición de sus familias. Gary Owen, dramaturgo galés, reconocido por el contenido político de sus obras y críticas, se inspira en la famosa tragedia shakesperiana para contarnos de un romance, que igualmente nace del encuentro casual de dos almas inocentes, pero que enfrentan retos y dificultades diferentes a las de las acomodadas familias del siglo XVII. La música moderna y los haces de luz sobre el escenario nos ubican en el presente, como advirtiendo que no es una versión moderna del viejo drama, sino algo nuevo y distinto.

Juli es una joven muy estudiosa que sueña con ser admitida en Cambridge para ser astrofísica. Proviene de una familia trabajadora en la que nunca nadie ha llegado a pisar una universidad. Si el final feliz de los cuentos de hadas es que la hija - virgen por si acaso - se case con un príncipe (¿azul?), el sueño de los padres de Juli es verla profesional y así salir todos de la situación de las clases bajas.

Romeo es un joven analfabeto que creció en un hogar disfuncional, más pobre que el de Juli. Muy pronto se volvió padre soltero y afronta con dificultad el día a día, sin rendirse y sin sueños. Vive con su madre alcohólica, que poco puede hacer por él, la bebe o por sí misma.

En ese contexto se conocen Romeo y Juli, y la relación que inician enfrenta las condiciones en las que ambos viven.

La obra se desarrolla en dos actos, que separan el drama radicalmente. En la primera, el autor ha querido darle un tono moderno a la fábula, con personajes buenos y malos, donde los buenos (los jóvenes) se enamoran y su amor heroico podrá hacerlos vencedores de todas las dificultades, especialmente cuando descubren que por un "descudio" su proyecto personal –que también es familiar- puede quedar en la disyuntiva. Una polémica solución cruza como alternativa, pero una nueva vida en la nueva familia constituida por ellos es parte de la fantasía. En la segunda parte hay transformaciones, que no puedo comentar para no arruinarles más la sorpresa. Solo puedo decir que la obra opta por sacudirnos totalmente por la forma en que los personajes afrontan la nueva situación, dejando la reflexión al público respecto a la resolución del conflicto. Cada quien es libre de aceptar o cuestionar el camino escogido.

El excelente texto de Gary Owen ha sido genialmente puesto en escena, bajo la precisa y experimentada dirección de Mikhail Page. Excelentes actuaciones de Diego Pérez, interpretando la valentía de Romeo para llevar adelante su paternidad; Merly Morello, en el papel de una Juli algo cándida y soñadora, metida en sus estudios, pero honesta y solidaria; Miguel Iza, el papá de Juli, sacrificado obrero cuyo sueño es que su hija sea profesional; Denise Arregui, la madrastra de Juli que enfrenta las dificultades de una comunicación franca con ella; y en especial, la extraordinaria actuación de Érika Villalobos, mamá de Romeo, alcohólica, grosera, realista hasta la crueldad y por todo ello encantadora.

Y no, no hay un doble suicidio como final. Escapar de la realidad con un veneno no es la solución de Owen, sino enfrentarla.

David Cárdenas (Pepedavid)

8 de abril de 2026