martes, 26 de mayo de 2026

Crítica: DON DIMAS Y EL DIABLO


Entre la yunza y el exceso

Don Dimas y el Diablo, de La Máquina Producciones, parte de una premisa atractiva: una comedia popular que mezcla imaginario religioso, tradición andina, música, yunza y sátira. La obra tiene energía, intención festiva y momentos donde el cuerpo y el juego escénico funcionan bien. Se percibe un deseo claro de conectar con una raíz popular andina desde el humor y lo sobrenatural.

El punto más fuerte del montaje está en Don Dimas: el actor que lo interpreta (Gunter Torres) sostiene buena parte de la obra con carisma, presencia física y una buena energía escénica. Su manejo corporal, especialmente en el baile, le da vida al personaje y permite ver una evolución más clara que en el resto.

Sin embargo, la obra confunde por momentos sátira con exceso. El humor recurre demasiado al insulto como mecanismo cómico. El problema no es el uso de ese lenguaje, sino en el abuso de repetición, que lo vuelve predecible y poco trabajado. Algo similar ocurre con ciertos arquetipos andinos: la intención parece ser jugar con la tradición popular, pero algunas exageraciones pueden sentirse más como burla que como humor.

El inicio resulta caótico. Hay música, baile, movimiento y todo al mismo tiempo, pero no siempre se entiende qué ocurre ni qué dicen los actores. La falta de proyección vocal, especialmente en varias actrices, hace que parte del texto se pierda entre el alboroto y la música. En una comedia de este tipo, el ritmo es clave, pero también que se entienda lo que se dice.

Dramatúrgicamente, la obra es sencilla y bastante previsible. Varios personajes secundarios funcionan más como tipos cómicos que como personajes con objetivos claros. Esto se nota en Santa Rosa, Jesucristo y La Muerte. Santa Rosa no parece aportar a la historia; Jesucristo carece del peso escénico que su figura exige; y La Muerte queda desaprovechada como presencia simbólica.

El Diablo tiene mayor claridad como antagonista y algunos recursos efectivos, sobre todo desde lo musical. Aun así, su construcción resulta cliché y le faltan matices. Su energía pasa muchas veces de lo suave al golpe sin una progresión más fina, lo que debilita el conflicto con Don Dimas.

Uno de los problemas más importantes del montaje es la dicción, vocalización y proyección. Hay momentos claves, incluido el enfrentamiento final con el Diablo, que no se entienden del todo. Si el público no logra escuchar cómo se resuelve la acción principal, la obra pierde fuerza.

También hay detalles de control escénico por corregir. La bolsa de monedas, por ejemplo, se desparrama en escena y los actores continúan como si nada hubiera pasado. En una obra que permite juego e improvisación, ese tipo de accidente debería incorporarse, no ignorarse. A nivel técnico, el humo es excesivo, más aún en una sala pequeña invade al público, tapa la acción, incomoda y distrae. En varios momentos bastaría con un cambio de luz para generar atmósfera.

En conjunto, Don Dimas y el Diablo no es una obra fallida. Tiene energía, humor, música y una búsqueda popular interesante. Necesita más precisión. Hay una comedia potente ahí, pero todavía necesita limpieza, foco y mayor rigor actoral y dramatúrgico.

Milagros Guevara

26 de mayo de 2026

Crítica: MARIPOSAS ENJAULADAS


Adolescencia rota entre el exceso y el deseo de ser escuchados

En Mariposas enjauladas, dirigida por Kenyer Gudiño, un elenco de trece actores construye una ficción atravesada por la salud mental, las adicciones y el vacío afectivo adolescente. La obra abre con una imagen potente: varios cuerpos congelados en escena frente a telas suspendidas que recuerdan capullos ya abiertos. Luego aparece un personaje vestido de negro que inyecta un cerebro, como si activara un sistema dañado desde el inicio. Desde esa primera acción, la propuesta deja claro que busca ingresar a un territorio psicológico, simbólico y oscuro.

La dramaturgia plantea múltiples historias que se cruzan dentro de un mismo entorno juvenil. Hay relaciones prohibidas, prostitución adolescente, abuso, ideación suicida y vínculos familiares profundamente fracturados. El problema no radica en abordar estos temas, sino en la acumulación constante de conflictos sin el suficiente desarrollo individual. Al existir tantos personajes y tantas líneas narrativas simultáneas, gran parte de la historia termina resultando confusa. Muchas veces los propios personajes deben explicar explícitamente quiénes son o qué ocurre, rompiendo la naturalidad de la escena y dificultando la conexión emocional con lo que viven.

Aun así, detrás del caos hay una idea dramatúrgica genuinamente interesante. La figura de las mariposas funciona como el eje simbólico más sólido de la obra. No solo aparecen como representación de transformación adolescente, sino también como parte activa del universo ficcional: los capullos se convierten en una especie de droga capaz de llenar carencias emocionales profundas. Allí aparece el hallazgo más valioso del montaje. La obra comprende algo importante sobre la adolescencia: el deseo desesperado de sentirse amado, entendido o visto. Esa sensación de pérdida, de no reconocerse todavía en el propio cuerpo ni en la propia vida, atraviesa silenciosamente toda la propuesta.

Por momentos, la obra parece querer denunciar cómo ciertos contextos arrastran a los jóvenes hacia situaciones límite. Sin embargo, al insistir tanto en mostrar perversión y exceso, corre el riesgo de saturar el discurso y desdibujar el problema de fondo. Lo que podría convertirse en una reflexión compleja sobre la vulnerabilidad adolescente termina acercándose más a una acumulación de impactos constantes. La intención se percibe más profunda que el resultado final, y justamente por eso quedan visibles sus posibilidades de crecimiento.

También se percibe que una estructura más reducida podría haber fortalecido la experiencia. Menos personajes habrían permitido profundizar mejor los conflictos y construir vínculos más claros. La obra posee material suficiente para sostener un universo intenso sin necesidad de dispersarse tanto. Hay ideas poderosas que merecen más tiempo de respiración y desarrollo.

A nivel actoral existe una diferencia muy marcada entre interpretaciones. Algunos actores sostienen con mayor presencia y compromiso físico sus escenas, mientras otros todavía evidencian dificultades técnicas importantes: problemas de proyección, pronunciación, corporalidad y manejo emocional. En varios momentos las emociones parecen imitadas más que atravesadas, especialmente en escenas de llanto, enojo o confrontación. Las secuencias de intimidad física también habrían necesitado una construcción coreográfica más clara para integrarse mejor al código escénico y proteger la organicidad de los actores.

Sin embargo, incluso dentro de esas irregularidades, el elenco logra sostener una energía colectiva constante. Y eso también tiene valor. Hay una entrega evidente, una disposición a exponerse y habitar personajes emocionalmente complejos que exige valentía. La obra nunca se abandona a sí misma. Continúa avanzando aun en medio de sus tropiezos, sostenida por un impulso grupal que revela acompañamiento y contención dentro del proceso creativo.

Mariposas enjauladas todavía parece una obra en construcción, pero una construcción con una inquietud real detrás. Entre excesos, confusiones y desbalances, aparecen preguntas honestas sobre la adolescencia contemporánea, la necesidad de afecto y las formas en que el dolor juvenil busca escapar de sí mismo. Ahí, justamente ahí, es donde la obra encuentra sus momentos más íntimos y más verdaderos.

Naomi Noblecilla

26 de mayo de 2026

lunes, 25 de mayo de 2026

Crítica: KORTAS MAYO - MIÉRCOLES


A disfrutar la noche en Barranco

Un formato breve, irreverente y dinámico que permite encontrarse con distintas miradas del teatro contemporáneo peruano desde el humor, el absurdo y las tensiones humanas.

Inicia la noche 10 minutos, escrita por Mateo Durán Londero y dirigida por Gerardo Fernández. Esta comedia de enredos permite vislumbrar la versatilidad artística que poseen los actores que se encuentran en las tablas: Arom Cortez y Gessy Cochachi. Ambos crean una complicidad escénica interesante que permite disfrutar los conflictos y secretos que esconden Máximo y su madre. La propuesta encuentra en lo grotesco y en las acciones desdibujadas un mecanismo oportuno para sostener el humor y el ritmo de la pieza, construyendo una experiencia entretenida y ágil para el espectador.

La siguiente pieza es Agachaditos y Bistró, escrita por Juan José Oviedo y dirigida por Diego La Hoz. En esta historia de formato breve conocemos a John y Carla, una pareja marcada por las diferencias de clases sociales. Lo que debía ser una noche clave para iniciar un compromiso sentimental termina volviéndose una velada cargada de tensiones inesperadas. La dirección resulta interesante al incluir el rap como una suerte de mecanismo lúdico y didáctico que conecta rápidamente con el público. A ello se suma el trabajo escénico de Ilda Polo y Fabián Calle, quienes logran envolver al espectador de inicio a fin con los conflictos amorosos y sociales que atraviesan sus personajes.

Como tercera pieza tenemos Hamlet en 15 minutos, versión libre de Tom Stoppard, dirigida y adaptada por Christian Paredes. Resulta interesante que Kortas se permite incluir una propuesta basada en un texto clásico dentro de su programación, sobre todo desde una adaptación que es afrontada a través del recurso de la improvisación en escena. Daniela Paskavan y Gonzalo Candela construyen una complicidad oportuna al momento de asumir el gran reto de hacer Hamlet en quince minutos. La dirección le hace honor al texto desde una propuesta contemporánea, ágil y atrevida, donde el humor y la velocidad escénica permiten acercarse al clásico desde un lugar fresco y accesible para el público.

Y para cerrar la noche con karaoke tenemos Canta y Sana, escrita por Nancy Aguinaga y dirigida por Giancarlo Ian Mori, una propuesta que utiliza el karaoke como un espacio para sanar heridas y decir aquello que, muchas veces, ni la terapia logra resolver. El inicio resulta interesante porque vemos a los personajes habitar el espacio de una forma orgánica y lúdica, generando rápidamente cercanía con el espectador. Sin embargo, la propuesta no termina de quedar del todo clara en cuanto al formato dramatúrgico, especialmente a nivel de conflicto y acción. Aun así, vale mencionar que el uso del karaoke permite que la pieza mantenga una energía ágil y entretenida que conecta fácilmente con el público.

Kortas se consolida así como un espacio para disfrutar de lo nuevo, lo breve y lo irreverente dentro del teatro peruano contemporáneo. No se trata necesariamente de un formato para intelectualizar las propuestas, sino de una plataforma donde lo dinámico y lo inmediato encuentran un lugar frente al espectador. Un encuentro teatral que reúne historias breves para entretener, experimentar y acercar nuevas voces a la audiencia desde distintos lenguajes escénicos.

Juan Pablo Rueda

25 de mayo de 2026

Crítica: LOS HÉROES DE MI PATRIA


Un Hamlet frente al polvo del olvido

Dentro del Centro Cultural Inca Garcilaso, se encuentra un héroe guerrillero, muy cerca a un Hamlet que recibe el llamado de su padre para iniciar un viaje. Este guerrero se desnuda frente al espectador para contar sobre lo dicho y lo no dicho a través de una historia que indaga sobre el tiempo y la memoria. Se trata de Los Héroes de mi patria, primera producción de la compañía escénica Archivo Nacional Teatro (2024), con Ernesto Barraza Elespuru, escritor de dicha obra, bajo la dirección de Rocia Limo y la producción de Monserrat Gomez de la Torre Barrera.

Barraza, mediante una investigación que remueve y recapitula un viaje de descubrimiento hacia su pasado nos muestra lo que ha heredado y qué lugar tiene como peruano en la historia de nuestro país. Es interesante, cómo a través de una mirada personal esta historia trasciende hacia lo colectivo, puesto a que mientras confronta a los fantasmas de su propio pasado se desencadenan archivos y memorias que restauran una noción de patria.

En cuanto a la propuesta de montaje, el espacio del Centro Inca Garcilaso de la Vega funciona de forma efectiva y oportuna, mediante la instalación de un circuito cerrado, se instaura un espacio de intimidad. A través de archivos fotográficos, documentos y objetos museicos nace una revisión sobre lo que no está terminado de contar, sobre ese polvo de estrellas que pertenece a generaciones del pasado.

Mientras observaba a Barraza me preguntaba: ¿qué pasa cuando comenzamos a excavar y desenterrar sobre ese polvo del pasado?, ¿qué cambia? Y más aún: ¿qué pasa cuando ese pasado es lo único que tengo para entender qué rol tengo como artista hoy en día? Estas cuestiones emergen tras escuchar el relato testimonial de dicho autor.

De esta manera, quisiera hacer énfasis sobre la semioticidad de los recursos utilizados: el polvo, como una suerte de limpiar el ritual; el vestuario, para enfrentar la historicidad de una patria y documento para poner en tela de juicio las figuras que son parte de la historia; el uso de las cajas como el traslado, el viajar hacia fuera de la patria para también volver a quedarse, esa resignificación de un teatro de objetos que nos permite entender esos fantasmas que no duermen.

Asimismo, la obra consigue instalar una pregunta profundamente política sobre la memoria: ¿cómo habitamos aquello que heredamos? No desde el heroísmo monumental ni desde la construcción oficial de la patria, sino desde la fragilidad de un cuerpo que recuerda, duda y reconstruye. Allí, Barraza convierte el archivo en un acto vivo, en una herida abierta que dialoga con el presente.

Los Héroes de mi Patria no busca ofrecer respuestas definitivas, sino abrir fisuras. En esas grietas aparece el espectador, convocado también a revisar sus propios restos, sus propios héroes y silencios. La obra se convierte entonces en una excavación sensible sobre la identidad, donde el teatro deja de ser únicamente representación para transformarse en un espacio ritual de memoria, resistencia y permanencia.

Juan Carlos Rueda

25 de mayo de 2026

domingo, 24 de mayo de 2026

Crítica: LAS POLÍTICAMENTE INCORRECTAS - LAS BREVES DE JUANITA


Cuatro microobras para pensar

No es un secreto, a estas alturas, que más de la mitad de la comunidad teatral limeña viene (o lo hizo en algún momento) explorando el formato de teatro breve. Y seguramente, lo seguirá haciendo, ya que hasta el momento, al menos para quien escribe, no se hace notorio todavía el agotamiento de este modelo escénico. Sin embargo, la distancia y el tráfico juegan ahora mucho más en contra para aquellos espectadores que viven lejos del espacio de representación y lo piensan dos veces antes de salir a ver un solo espectáculo de quince minutos. Las alianzas entre artistas individuales o colectivos teatrales compartiendo el mismo escenario se convirtieron entonces en una de las opciones más factibles, para públicos y creadores. Es así que ahora se le suma a la reciente oferta de teatro breve, el ciclo titulado Las políticamente incorrectas - Las breves de Juanita, en el Teatro Juanita Tarnawiecki, ex-Mocha Graña de Barranco.

Acaso uno de los aspectos más interesantes a debatir sea el de la necesaria (o quizás no) selección de microespectáculos por temáticas, géneros o hasta autores. Para algunos, este detalle no afecta en lo absoluto ni la visualización ni el disfrute de obras de corta duración de estilos y ejecuciones distintas; mientras que otros, por el contrario, se sentirán agradecidos de que las microobras presenten, por lo menos, un hilo conductor. Sea pertinente o no este comentario, la antología presentada por el autor y director Alexander Pacheco opta por cuatro historias orientadas hacia situaciones y actitudes que atentan, en mayor o menor medida, contra el status quo o la “normalidad de las cosas” que impone nuestra sociedad. En ese sentido, se agradece este punto en común entre las piezas ofrecidas.      

En No me llames Espíritu, Luciana Vidaurre y Leito Monteverde manejan con buen timing un  diálogo acerca de los improbables e imposibles nombres para ponerles a los hijos; en Pastillas de fe, la doctora Cecilia Tosso y el paciente Pacheco protagonizan una divertida consulta urológica en la que nada es lo que parece; en Queer, Vidaurre y Mirella Ibáñez se encuentran próximas a concretar su tan anhelado deseo, que aparece materializado al final de la manera más surrealista posible; y en Ya es mi turno, Ibáñez (autora además del texto) es la simpática encargada de recibir en las puertas del cielo al recién llegado Pacheco, quien le parece extrañamente familiar. Todas las historias mantienen su particular encanto y resultan entretenidas, especialmente la última.

Quizás los únicos reparos que se le podrían hacer al montaje sean los de encontrar la manera de estilizarlo aun más, con algunos de sus elementos y utilería más cuidados y funcionales; así como el de resolver los cambios de escena de manera más sobria y solapada. Por lo demás, se trata de una apuesta valiosa por presentar interesantes obras cortas que nos hacen reflexionar sobre los mil y un prejuicios y las tan nocivas actitudes que tanto daño le hacen a la sociedad.

Sergio Velarde

24 de mayo de 2026

viernes, 22 de mayo de 2026

Crítica: RITUALES PARA DESPEDIRSE


Rituales de un país en duelo

Ver Rituales para despedirse es enfrentarse a una herida que, a pesar de los años, sigue abierta. Como ese duelo reciente, o incluso aquel que lleva años acompañándonos, que vuelve a removerse cuando se habla de pérdidas, despedidas y cielos prometidos. Así se siente esta obra: como un recordatorio de la incertidumbre, el pánico y la vulnerabilidad que atravesaron nuestras vidas durante la pandemia, pero también de lo peor de la humanidad que fuimos capaces de ver —y ser— en esos momentos.

Sí, la obra parte de lo que fue toda la experiencia del COVID-19; pero va más allá para hablar de la necesidad profundamente humana de buscar explicaciones y despedidas, aun sin saber exactamente dónde ni cómo hacerlo. Aquí es donde las interpretaciones de todo el elenco construyen personajes cercanos, repletos de emociones contenidas por las circunstancias. Personajes que viven el dolor desde lugares distintos, logrando que el público se identifique con esas múltiples maneras de lidiar con la ausencia, más aún en un contexto tan macabro.

No existe una dramatización exagerada de la pérdida ni una moraleja que intente explicarlo todo. Por el contrario, la obra muestra emociones honestas: la mezcla de miedo, confusión y desesperación reflejada en reacciones y pequeños gestos muy humanos —y muy peruanos—.

Esos tiempos nos dejaron muy en claro que la enfermedad no distingue color de piel, cuentas bancarias ni grandes títulos. La puesta en escena nos lo vuelve a poner enfrente, por si se nos ha olvidado que, para la muerte, todos somos iguales. Por eso, la obra no solo relata historias individuales, sino que también retrata la realidad de nuestro país en tiempos de pandemia y, por qué no, parte de su propia idiosincrasia.

Uno de los aspectos más interesantes del montaje es cómo utiliza la idea de los rituales. Después de la pandemia, muchas personas no pudieron despedirse de sus familiares como hubieran querido debido a las prohibiciones que ya conocemos. No hubo abrazos, velorios ni una última conversación para decirlo todo. Frente a eso, la obra muestra cómo los seres humanos terminamos creando nuevas maneras de recordar, honrar y seguir adelante. Buscamos señales en todas partes y formas de comunicarnos con quienes ya no están. Los rituales aparecen entonces como una forma de resistencia emocional, como intentos de darle sentido a aquello que parece imposible de aceptar.

Más que hablar de la muerte o de pandemias, Rituales para despedirse habla de quienes permanecen en este mundo. De las personas que, aun cargando ausencias, intentan reconstruirse y encontrar una forma de seguir viviendo —o sobreviviendo— sin olvidar.

Cristina Soto Arce

22 de mayo de 2026

Crítica: LA CASA DE BERNARDA ALBA


El hogar como jaula: el factor del deseo y la resistencia de la heroína trágica

La puesta en escena de La casa de Bernarda Alba, propuesta por La vaca multicolor, ha sido quizá la mejor que he visto en cuanto a representaciones de clásicos de Federico García Lorca en nuestra ciudad. Entre varios aspectos a resaltar, las excelentes interpretaciones de las actrices destacan sobre todo lo demás: la fuerza del personaje de Bernarda Alba se impone a través de Gabriela Gaspar, quien demuestra un férreo control sobre sus hijas, pero que encuentra un contrapunto en La Poncia (encarnada por Maria Fernanda Misajel); ella, jefa de servicio de la casa, intuye los pensamientos de las jóvenes, pero igual comprende las complejas dinámicas sociales. Entre ambos pilares del hogar, encuentran cobijo y rigor la ingenua Magdalena (Jimena Uribe), una delicada Angustias (Maria Celeste Farfán), la astuta Martirio (Rafaela Vittet) y una apasionada Adela (Sharon Olivares). Así, se desarrolla frente a nosotros, espectadores del drama, la historia de estas mujeres que viven reprimidas, tanto desde casa como por la sociedad. 

Nos complace recomendar una obra como esta, donde un clásico texto teatral es enriquecido por las técnicas y aportes del presente. De este modo, los juegos de luces nos sumergen en perspectivas filtradas por tonos distintos y colores que evocan las emociones de nuestras protagonistas. Sobre el uso del humo y la sensación de elevación de la temperatura, tales acompañan la situación desoladora que atraviesan las jóvenes y representan, en todo sentido, lo asfixiante de su destino. A la par, el vestuario fue bellamente cuidado y proyectaba las particularidades de cada hermana, como la sencillez en la ropa de quien se encuentra más enferma, o por ejemplo lo sombrío en aquella que guarda gran resentimiento. Junto con ello, el uso de la utilería y los muebles nos inserta en un ambiente de largo luto y de reglas religiosas, donde los elementos frágiles son metáforas del vulnerable equilibrio en el hogar. La movilización de nuestros personajes entre dos ambientes, donde uno es el espacio que comparte con los espectadores y otro un poco más alejado de ellos, reflejan y profundizan las dicotomías que se nos presentan: el mundo doméstico de la mujer (en contraste con lo público y masculino); el ansia de libertad sentimental y sexual ante la represión de los afectos; el cariño entre las hermanas, suspendido por sus rivalidades; así como el deseo de una vida cargada de sensaciones, truncada por el mandato materno de preservación del honor. 

Finalmente, queremos mencionar lo valioso que encontramos en este tipo de propuestas de teatro, y donde bajo la dirección de Fernando Luque y la asociación de La vaca multicolor, nos vemos partícipes de un arte que se despliega con pura virtud y sensibilidad. Esperamos que el público que disfruta de los clásicos de la literatura se anime a asistir a próximas funciones, y que en este proyecto encuentre también la esencia que define a nuestras heroínas trágicas: lo que se nos ofrece es una experiencia profundamente identificada con el sufrimiento femenino de la época, pero que no deja de interpelarnos sobre el lugar que ocupamos las mujeres en el presente.  

Jimena Muñoz

22 de mayo de 2026

Crítica: EL ALCALDE DE ZALAMEA


¡Voto a Dios!

La acogedora Sala Alzedo, ubicada en pleno corazón del Centro de Lima, es sede de El Alcalde de Zalamea, obra icónica del dramaturgo, poeta y sacerdote español Pedro Calderón de la Barca, que regresa a la cartelera local después de más de cuarenta años bajo la dirección de José A. Rodríguez Garrido. Un numeroso elenco compuesto por nada menos que catorce actores y actrices, y un ensamble musical conformado por cuatro músicos, unen sus fuerzas para traer de vuelta a las tablas los versos del renombrado autor y darles nueva vida; tarea monumental si consideramos que han pasado ya varios siglos desde la primera representación que tuvo esta obra allá por los años mil seiscientos. Se aplaude el esfuerzo y el trabajo que la producción de un montaje como este implica, pero ¿vale realmente la pena desempolvar y montar una obra de tal antigüedad, o es que la poesía del madrileño encontraría mayor valor como objeto de estudio académico y registro histórico?

No sé si se me olvidó tomar mis pastillas para la inteligencia esa mañana, o si mi cerebro estaba demasiado agotado al término de una semana intensa como para descifrar el lenguaje poético de la obra (el cual fue deliberadamente mantenido de forma íntegra por el director), o si la propuesta tan purista del montaje impidió que el texto realmente llegue a mí de forma comprensible, o si mi falta de conocimiento sobre el contexto durante el cual se desarrollaron la obra y su autor influyeron en mi visionado, (probablemente haya sido una combinación de todas estas cosas), pero la verdad del asunto es que no entendí prácticamente nada de lo que vi las dos horas que estuve sentado en la primera fila del teatro. Y lo que es aún más desalentador, no sentí mayor cosa aparte de tedio durante la duración de esta puesta. 

Todo empezó así: un enorme retablo ayacuchano yace cerrado en el escenario. Dos soldados ingresan desde lados opuestos y lo abren, revelando al interior sus dos pisos y sus seis viñetas (tres por piso) dentro de las cuales están posicionados todos los personajes de la obra en poses estoicas y dramáticas. Visualmente impactante y muy prometedor inicio, sobre todo porque la música en vivo que acompaña este momento -y todo el montaje- es sublime. El problema inició cuando los personajes empezaron a hablar. Es hasta chistoso cuando lo recuerdo, porque tal como le dije a mis acompañantes después de función -quienes eran nada menos que una bibliotecóloga y un historiador de arte-, tenía la sensación de que ni siquiera era castellano lo que estaba escuchando, sino sánscrito. El texto de Calderón de La Barca, además de antiguo, es también poético (en el sentido estricto de la palabra), lo cual añade a la dificultad de su comprensión. Los versos empezaron a retumbar en mi cabeza, pero no de forma paródica o satírica, como muchas veces se abordan los textos clásicos, sino de forma solemne, realista, fiel al estilo de comunicación -y de teatro- de aquella época. Hice un intento valiente por conectarme con lo que los actores decían y hacían. Esperé pacientemente el momento en el que me acostumbraría al lenguaje empleado y todo cobraría sentido. Quise encontrar alguna especie de divertimento dentro de lo que mis ojos veían. Lamentablemente, nada de esto pasó.

Lo que sí pasó fue la amena cháchara posterior a la función en la que mi amiga la bibliotecóloga, su amigo el historiador de arte y yo, conversamos abiertamente y sin tapujos (como debe ser) acerca de lo que habíamos visto. Grata fue mi sorpresa cuando al contarles de mi experiencia viendo la obra, esta fue recibida de forma amable, y hasta empática. Interesante fue también para mí descubrir que la experiencia de ellos fue totalmente distinta. En su caso, sí hubo una conexión, una comprensión y un disfrute de la obra, lo cual me lleva a dos conclusiones importantísimas. Primero, que al momento de enfrentarse a una obra, sobre todo a una obra clásica, uno lleva consigo todo su bagaje y conocimiento cultural. En otras palabras, es mucho más probable que una persona versada en el contexto histórico, artístico y sociopolítico de una obra la disfrute más que alguien que llega sin mayor conocimiento previo sobre la misma. Asimismo, todas las obras ya vistas aportan muchísimo a la percepción de la obra que está viéndose por primera vez. Mejor dicho, todo lo anterior suma a nuestra comprensión y por ende al goce de lo actual. Habiendo dicho esto, sin embargo, mi segunda conclusión es sencilla, pero totalmente clave: el arte es, y siempre va a ser, subjetivo. Sí, siempre pueden aislarse aspectos específicos y técnicos de una producción y evaluarse de forma objetiva. Pero al final de cuentas, cada persona, dentro de su cosmovisión y experiencia única en y con el mundo, será quien finalmente determine si algo es de su gusto o no, independientemente de la excelencia técnica que pueda tener un producto artístico. 

Hablando de excelencia técnica, a nivel de producción, El Alcalde de Zalamea cumple con creces lo que promete. De hecho, ver esta obra fue casi como ingresar en un túnel del tiempo; no solo porque los vestuarios y caracterización de los personajes han sido minuciosamente construidos y son, según entiendo, históricamente correctos, sino porque como ya mencioné, el texto original (lleno de vocablos hoy en día obsoletos), fue intencionalmente mantenido de forma íntegra. Musicalmente, las piezas que acompañan las distintas escenas fluyen de manera orgánica dentro de la atmósfera creada por el director, y ciertamente aportan al drama del montaje. A nivel de utilería, esta aporta al realismo buscado ayudando a representar las escenas de forma fidedigna. Hay un importante logro también en lo que respecta al manejo de la lucha escénica y la dirección de actores en general, que hace que al menos visualmente la obra siempre sea dinámica. Actoralmente, el trabajo coral es en líneas generales competente, comprometiéndose el elenco con sus personajes y explotando sus rasgos arquetípicos, manejando sus textos de forma convincente, y aportándole peso a sus palabras, acciones y objetivos. Aunque claro, al tratarse de un lenguaje y un estilo de diálogo así de arcaico, el reto es tan grande que, por momentos, los textos suenan más declamados que sentidos, más actuados que vividos, más superficiales que internalizados, pero esto lejos de hablar de la capacidad actoral de los artistas en escena, puede sin duda atribuírsele enteramente a la complejidad del texto de Calderón de La Barca.

¿Recomendaría entonces El Alcalde de Zalamea? Depende de a quién. Si tienes un perfil académico, artístico y literario, gustas de textos históricos y con lenguaje poético antiguo, y disfrutas de relatos melodramáticos de honor, poder y justicia, diría que esta obra es para ti. Si no es así, es probable que tengas una reacción bastante similar a la mía y te sientas más perdido que… ya ustedes me entienden. Respondiendo a la pregunta que yo mismo formulé al término del primer párrafo de esta crítica, considero que sí tiene valor montar obras como esta, solo que dicho valor será distinto para cada persona. Para mí, por ejemplo, fue valioso encontrarme con el teatro del pasado, que inevitablemente ha influido en el teatro contemporáneo. Por otro lado, y no menos importante, siempre es bonito recordar que hay muchas más cosas por conocer, aprender y descubrir acerca de la industria de la que formas parte. ¿Qué esperas entonces para descubrir si tu voto por este alcalde es a favor o en contra? Tienen dos últimas funciones este 23 y 24 de mayo. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

22 de mayo de 2026 

Crítica: LA MELANCOLÍA DE LAS PLANTAS


Sobre la naturaleza y la tristeza

La obra La melancolía de las plantas de Gabriela Paredes es mucho más que una puesta en escena sobre naturaleza, o tristeza. Es una reflexión profundamente humana sobre la vida, la fragilidad emocional y nuestra relación con otros seres vivos. A través de un relato íntimo y sensible, Gabriela muestra cómo las plantas se convierten en refugio, compañía y hasta salvación para una persona que atraviesa un momento límite, marcado por el dolor, por las ganas de no estar, pero aferrarse al tiempo.

Nos muestra también una realidad. Un tema del que se habla bajito porque no se entiende, como si el resto de los mortales necesitáramos las pautas exactas de la decisión del otro, para no juzgarlo. Un tema que es urgente poner sobre la mesa, los escenarios, y las plataformas políticas: salud mental, y todo lo que eso arrastra.

Uno de los aspectos más valiosos de la obra, además, es la manera en que demuestra lo poderoso que puede ser hablar de aquello que nos apasiona. Y ojo, de lo importante que es saber de lo que hablamos. Cuando la protagonista habla de plantas, no lo hace solo desde el conocimiento, sino desde el amor y la necesidad de encontrar sentido. Esa pasión vuelve el discurso cercano, honesto y profundamente conmovedor. La obra transmite que los intereses personales también pueden ser una forma de resistir, sanar y reconectarse con el mundo.

Además, la obra no se queda únicamente en lo individual o emocional. Gabriela logra ampliar la mirada e incorporar temas sociales y políticos que atraviesan nuestra realidad actual, como los incendios forestales, la destrucción de los ecosistemas y la muerte progresiva de la naturaleza. Esto enriquece la propuesta, la convierte en una experiencia personal y en una reflexión colectiva sobre cómo tratamos al planeta y cómo el deterioro ambiental también refleja ciertas crisis humanas. La imagen de la bandera peruana entre el verde de las plantas, el olor a tierra que emana desde el escenario es poderosa y dolorosa. Porque, así como nosotras andamos sobreviviendo, aferrándonos al tiempo, nuestro país sufre del mismo mal.

Las plantas aparecen entonces como seres vivos con memoria, sensibilidad y presencia, no como simples adornos. La obra invita a pensar en la conexión entre el ser humano y la naturaleza, y en cómo muchas veces olvidamos que dependemos emocional y físicamente de ella. La melancolía de las plantas deja una sensación de sensibilidad y conciencia, recordándonos que incluso en los momentos más oscuros puede existir algo vivo capaz de sostenernos.

Cristina Soto Arce

22 de mayo de 2026

Crítica: DÍA 4 DE LA XIX MUESTRA MACROREGIONAL DE TEATRO LIMA – ICA – CALLAO, BRUNO LUERA


El teatro continúa…

Volvimos a Lima Norte. La Casa Cultural Haciendo Pueblo nos sigue acogiendo entre sus telones… que se abra la sala, que jueguen las luces, ¡que viva el teatro! 

La faena empezó con Historias Cotidianas de la agrupación teatral Los Punteños, una puesta escénica trabajada con personas especiales. El rótulo del director fue claro: al finalizar el espectáculo dijo que había trabajado con personas con habilidades impresionantes y extraordinarias. Pues fue así: el escenario se convirtió en un espacio donde lo magnífico es posible. Desde la ternura y lo simple se construyeron cosas hermosas a partir de un ritmo constante que marcaba la obra, una tonada parecida a un vals o referente a la música criolla. El gesto fue fundamental, acciones cotidianas fueron reconocidas y estructuradas desde su sistema social, por ejemplo, hubo escenas donde los vendedores fueron los protagonistas y su eterno enfrentamiento con los serenos; también hubo momentos de diversión con acciones precisas que iban repetidas de ritmo y parlamentos pequeños, caídas y recuperaciones, gestos humorísticos que alegraban el transcurso. Al finalizar, cada uno de los participantes realizó un solo de baile, donde la improvisación y el carisma se llevaron los aplausos del público.

Después de haber encendido el espacio con tal capacidad de encanto, pasamos a una puesta de la old school, donde personalidades fueron apareciendo desde las sombras. Lima 4 am del colectivo Cirqueando inició con música, dos intérpretes (uno con guitarra y el otro solo con su voz), que fueron tejiendo una historia que respiraba a madrugada y sonoridad divertida. La narración musicalizada y teatralizada se sostuvo desde la interacción de los artistas y su constante provocación al público. Durante la performatividad, se fue sintiendo la incomodidad de la calle y la invasión del personaje, un ex convicto que busca otra oportunidad. Los pasajes sonoros de la composición estuvieron guiados por un arpegio que era la columna vertebral para cada situación, la música iba de un lado a otro, con matices de distintos géneros, pero conectada por una sonoridad que retornaba a la situación, que funcionaba como pluma que escribe un texto. Los elementos fueron muy bien utilizados y las relaciones que se producen a partir de ello, entre el intérprete y su compañero y también con el público. Se reflexionó sobre el concepto de basura social, y cómo sería posible la reinserción de un exconvicto a la sociedad; un tema bastante cuestionable, muchas son las miradas, pero estamos dispuestos a dar segundas oportunidades, o de qué depende para estar prestos a una aceptación y a una reinserción. Los nervios se quedaron algo temblorosos después de esta puesta, ya que en varias ocasiones, debido a mi ubicación en las butacas, fui embestido por la energía del actor que hacía de exconvicto y por sus acciones.

En la tercera puesta del día, Casting artifi(I.A)L del colectivo Meleles, el ambiente cambió: se bajaron las revoluciones y los payasitos aparecieron. Esta creación tuvo como referente el cuerpo payaso, el ser payaso; cómo se mueve, cómo habla, cómo hace las cosas, las posibilidades del payasito son inmensas y más aún cuando intentamos generar algún tipo de reflexión en los espectadores. Se trabajó con la música, no solo se la presentó, se la intervino desde la edición, haciendo una buena selección de canciones y mezclándolas inteligentemente, para subir la velocidad, bajar la velocidad y mezclar algunos ritmos. La historia nos hace reflexionar sobre el mundo de la Inteligencia Artificial, cómo ha llegado a posicionarse en nuestra rutina y las causas que puede tener si se apodera rotundamente de nuestros espacios. Hay un monitor que todo lo ve, que todo lo sabe, siempre está dando indicaciones y parece manejar el mundo payaso; la realidad a veces supera a la ficción, pero el arte de la risa y la corporalidad del payaso permite reflexionar desde otra mirada, subraya la vida haciéndola más inverosímil para llegar a comprender en lo que nos estamos sumergiendo día a día. Una de las cosas que más me llamó la atención de esta creación es la voz y el cuerpo del payasito, cómo desde una corporalidad aparentemente descuidada e inocente se construye narrativas muy potentes y cómo desde una voz que en algunos casos solo balbucea se puede construir un hilo narrativo que va hacia lo imaginativo y permite la posibilidad de la creación del público. Porque una cosa es escuchar un parlamento, pero otra cosa es observar gestos, escuchar sonidos y paulatinamente ir construyendo una historia o una expresión.

La noche cerró con Candela, diario de una actriz, un unipersonal de Sonia Franco, que duró más de una hora, pero el tiempo no se sintió. Mantuvimos la atención y nos perdimos en los detalles. El color es lo que vive desde el primer momento, un texto resistente y una conexión con la vida, con los recuerdos. El movimiento era rápido constante y la voz no se apagaba, gran manejo de técnica. Una sensación fue lo que me dejó esta puesta, una sensación que se desmenuzaba en distintas expresiones, tristeza, resistencia, arte, amor, fracaso, dolor. La mirada de la actriz por momentos llegaba a un brillo trascendente, ese estado donde el artista se ha fundido con el escenario y su creación para ser el nuevo mundo que se habita. Gran parte de la composición me aludía a la calle, había pedazos de calle en los desplazamientos, en los textos, en los altibajos, cambios constantes ordenaban una sensación potente que se supo colar entre mis ojos. Hubo magia, burbujas nos acompañaron en la noche, fue un cierre excelente, después de tanto talento asentamos con algo sólido, una remembranza a los muertos, a Mario Delgado y su presencia, su enseñanza, que se sintió, estuvo presente.

Así se dio la cuarta fecha de la Muestra, con muchos aplausos, conversaciones intrincadas, comentarios ajenos subjetivos. Hay una gran alegría en todo lo que nos rodea. Haciendo Pueblo cumple su anfitrionaje con mucha ilusión, los artistas acuden con disciplina, con entereza, para mostrar sus trabajos, para ser vistos, para ver también, y seguir haciendo arte, seguir existiendo dentro del teatro y para el teatro.

Moisés Aurazo

22 de mayo de 2026