domingo, 17 de mayo de 2026

Crítica: EXHUMACIÓN


Búsqueda

Un mural que refleja nuestra realidad, con frases que nos son familiares; y dos danzantes: así inicia Exhumación, creación de Angeldemonio Colectivo Escénico. Se trata de una obra que nos invita a pensar sobre cómo es que la masculinidad se construye. A través de la danza, el movimiento, nuestras tradiciones y la energía de sus actores en escena, la puesta logra mostrar los conflictos que muchas veces forman parte de nuestra realidad.

En esta puesta en escena, dirigida por Miguel Rubio Zapata e interpretada por Ricardo Delgado y Augusto Montero, se puede apreciar como principal elemento la danza de los shapis, tradicional de Chupaca, en Junín. Desde allí, la propuesta empieza a mostrarnos cómo la religión y las costumbres influyen en la manera en la que los hombres aprenden a comportarse o a relacionarse con los demás.

Durante toda la puesta en escena los actores pasan de momentos de fuerza a momentos de fragilidad, mostrando una lucha constante consigo mismos. A través de sus movimientos y de la energía que transmiten, podemos ver cómo los personajes intentan encontrar quiénes son realmente, más allá de todo aquello que la sociedad les ha enseñado.

El efecto visual, sin duda, atrae de una manera muy especial. La obra nos hace recorrer nuestra cultura, no solo desde sus costumbres y tradiciones, sino también desde los problemas y contradicciones de la sociedad actual. Ese aparente desorden en el mural termina convirtiéndose en arte, logrando que todo tenga sentido dentro de la historia.

La energía de los intérpretes y el juego escénico hacen que el público se mantenga conectado todo el tiempo; además, el uso de los elementos genera la construcción de figuras y formas muy interesantes. Sin duda, cada escena transmite emociones distintas y nos permite ver esa búsqueda de esencia de los personajes.

Por otro lado, la puesta en escena toca temas fuertes como la violencia, la religión y el machismo, sin necesidad de decirlo todo directamente. Todo se entiende a través de las acciones y las emociones que se viven en el espacio del ICPNA Centro, haciendo que el espectador saque sus propias conclusiones y reflexione sobre lo que acaba de ver.

Exhumación termina siendo una obra que no solo impacta visualmente, sino que también deja pensando. Es una puesta en escena intensa, llena de energía y emociones, que definitivamente vale la pena ver.

Javier Gutiérrez

17 de mayo de 2026

Crítica: EL VIAJE DE CLEO AL CORAZÓN DEL CIELO


Recuento de un cuento

Los cuentos siempre han sido una de las maneras más bonitas de transmitir emociones, de llegar al corazón y de dejarnos algo que aprender. Y cuando hablan sobre situaciones que nos tocan profundamente, pueden incluso convertirse en motivo de cambio y transformación. Sin duda, El viaje de Cleo al corazón del cielo es una puesta en escena que conmueve desde el primer momento hasta el final.

La obra nos presenta un escenario que parece salido de un cuento: personajes entrañables, una atmósfera mágica y detalles visuales que hacen que el espectador se sienta parte de la historia. A través de ese recorrido, la puesta en escena nos lleva por las distintas etapas del duelo, pero no desde la tristeza absoluta, sino desde una mirada esperanzadora que invita a seguir adelante, a resistir y a encontrar fuerzas incluso en medio del dolor.

A lo largo de la obra, vemos cómo los personajes evolucionan emocionalmente y cómo cada escena nos acerca un poco más al mundo de Javier, quien enfrenta distintas pérdidas dolorosas a lo largo de su vida. La historia logra conectar porque habla de sentimientos muy humanos: la ausencia, la memoria, el amor y la necesidad de sanar.

La escenografía complementa perfectamente el relato. Cada elemento parece cuidadosamente pensado para reforzar la esencia del cuento y hacernos volver, aunque sea por un momento, a esa capacidad de creer, imaginar y sentir con inocencia. Los personajes, además, transmiten mucha sensibilidad y cercanía.

El trabajo sonoro también merece destacarse, ya que acompaña cada momento de manera muy emotiva. La música y los efectos logran intensificar las emociones y hacen que cada escena se sienta más profunda y significativa.

El final, sin duda, es uno de los momentos más conmovedores de la obra. Nos invita a pensar en nuestras propias pérdidas, en aquellas personas que marcaron nuestra vida y que, de alguna manera, siguen presentes en lo que somos. Muchas veces se habla de la memoria desde lo histórico o colectivo, pero esta puesta en escena nos recuerda también la importancia de nuestras memorias personales, de esos seres queridos que nos inspiran a seguir adelante y a sacar lo mejor de nosotros mismos.

Entre emociones, recuerdos y momentos profundamente humanos, El viaje de Cleo al corazón del cielo termina convirtiéndose en una obra que realmente vale la pena ver. Y, desde una mirada muy personal, diría incluso que es una experiencia necesaria.

Javier Gutiérrez

17 de mayo de 2026

Colaboración regional: DE PUERTAS PARA ADENTRO, UNA CARTOGRAFÍA CRÍTICA DEL TEATRO PERUANO ACTUAL (Cusco)


Cartografías vivas: El teatro desde el territorio y la urgencia de su visibilización

El teatro no es un mero conjunto de líneas impresas flotando en el vacío abstracto de la literatura escénica; es, ante todo, un hecho profundamente localizado, una geografía viva que se enuncia desde la carne y la pertenencia a una tierra. En ese sentido, la reciente presentación en Cusco de De puertas para adentro —antología galardonada con los Estímulos Económicos para la Cultura del Ministerio de Cultura del Perú 2025— nos recuerda que las prácticas teatrales trazan cartografías críticas dispuestas a desbordar las fronteras geopolíticas impuestas por el mapa oficial del Estado. Como bien argumenta Jorge Dubatti (2007), el fenómeno teatral se constituye fundamentalmente en la experiencia del convivio, un encuentro físico e irrepetible firmemente anclado a una territorialidad específica, el cual genera formas únicas de saber y resistencia cultural. Este arraigo no aísla al creador, sino que expande su resonancia: al indagar con rigor en las entrañas de nuestras realidades locales, la dramaturgia se vuelve capaz de dialogar y tender puentes con otros territorios e identidades, demostrando que la influencia de las artes escénicas de regiones viaja mucho más allá de los límites geográficos tradicionales, subvirtiendo las líneas divisorias de lo nacional y lo global.

Esta resignificación del espacio descentrado cobra mayor relevancia frente a un panorama cultural históricamente dominado por el monopolio de la capital, donde resulta urgente y vital abrir grietas que permitan visibilizar las escrituras dramáticas que germinan en el interior del país. Reducir la producción teatral de una nación entera a los gustos, estéticas y circuitos comerciales de un solo centro urbano constituye un sesgo epistemológico colonial insostenible. En este sentido, Patrice Pavis (2016) señala en su análisis sobre las cartografías de la representación que las formas contemporáneas de dramaturgia exigen una comprensión descentrada y polifónica, donde los paisajes periféricos dejen de ser meros receptores pasivos y pasen a ser focos emisores de discursos artísticos soberanos. Visibilizar los textos nacidos en Cusco, Arequipa, Piura o Iquitos no es un acto de condescendencia inclusiva, sino una necesidad imperativa para entender el verdadero pulso de nuestra escena actual, restituyendo la dignidad histórica y la complejidad poética que la capital insiste en ignorar.

La herrería dramática regional: Voces, oficios y relecturas contra la hegemonía

Como una traducción material de este pulso descentrado, la arquitectura interna de la antología se erige como un testimonio de diversidad estética y de rigor formal. El libro reúne con maestría un total de diez piezas dramáticas escritas por once autores provenientes de Arequipa, Cusco, Iquitos, Lima y Piura. El abanico autoral que compone este tejido incluye voces fundamentales como Gonzalo Rodríguez Risco, Cristian Astigueta, Jessica Vidal, Caro Black Tam, Mauricio Rodríguez-Camargo, Almendra Vivanco, Alexander Silva Miranda, Mariela Noles Cotito, Luis Alberto León, Alejandro Vásquez y Katiuska Pierina. Cada uno de estos autores aporta una mirada particular mediante escrituras que transitan de forma orgánica entre el realismo crudo, el realismo mágico y la experimentación de vanguardia. Como señalaba Mauricio Kartun (2012), la dramaturgia es el resultado de un paciente proceso de "acopio" de las imágenes, los mitos cotidianos y las tensiones sociopolíticas de la comunidad. Las diez obras aquí compiladas funcionan, entonces, como una gran herrería donde se forjan de manera colectiva y descentrada las nuevas mitologías y contradicciones del Perú contemporáneo.

Además de congregar estas pluralidades poéticas, el estudio introductorio y la presentación académica del texto se configuran como una bofetada lúcida a la complacencia de la burbuja cultural limeña, esa élite que tradicionalmente se mira el ombligo y solo nombra de soslayo o de forma anecdótica lo que ocurre fuera de sus fronteras amuralladas. Esta supuesta universalidad capitalina habita un espacio ficticio y empequeñecido, incapaz de notar que su mirada exclusivista ni siquiera logra abarcar la inmensa complejidad de "las muchas Limas" que laten en su propio suelo: la Lima migrante, la multicolor, la emprendedora, la de las madres que sostienen la vida, la de las disidencias de género y la de los cuerpos que resisten el olvido del día a día. Diana Taylor (2015), en sus teorizaciones sobre las políticas de la memoria, advierte que las estructuras hegemónicas intentan imponer un archivo selectivo que estabilice únicamente las narrativas oficiales del poder, borrando el repertorio vivo y conflictivo de los sectores subalternizados. El prólogo de este libro desarma ese simulacro limeño, recordándoles que su burbuja es minúscula comparada con el torrente inabarcable que verdaderamente define las múltiples realidades de nuestro territorio nacional.

Al desmontar dicho simulacro metropolitano, uno de los mayores triunfos de este volumen radica en su capacidad para quebrar la mirada paternalista, condescendiente y exotizante con la que Lima suele retratar a las regiones. Las obras compiladas en De puertas para adentro rechazan la instrumentalización folclórica de los dolores y las costumbres de las provincias, eligiendo, por el contrario, mostrar las realidades locales desde su dimensión más íntima, compleja y descarnada. Al respecto, Mauricio Kartun (2001) nos advierte sobre el peligro de convertir al sujeto dramático en un mero títere sociológico o en una caricatura hecha para calmar las conciencias culposas de las metrópolis. Los personajes de esta antología no piden permiso ni buscan la compasión de la crítica capitalina; se revelan en su total densidad humana, con sus secretos, pasiones, contradicciones y violencias cotidianas, obligándonos a mirar el país de adentro hacia afuera y desde nuestros propios ojos.

Esta autonomía representacional permite constatar que, más allá de la mirada centralista, la gran mayoría de las dramaturgias seleccionadas en esta antología provienen de fuera de Lima, dejando en evidencia una verdad inapelable: en el Perú existe un oficio riguroso que se ejerce con terquedad y valentía indomables. Los creadores regionales escriben, dirigen y gestionan sus espacios teatrales a pesar de las sistemáticas dificultades materiales y de la flagrante ausencia de escuelas superiores de arte oficiales o universidades públicas especializadas en sus localidades. Este fenómeno respalda la idea de Mauricio Kartun (2001) que define el quehacer teatral no como una carrera de credenciales académicas vacías, sino como un "oficio artesanal de herrero", un saber que se transmite de cuerpo a cuerpo, a través de la práctica constante, los talleres independientes, el laboratorio colectivo y la herencia de las tablas. La dramaturgia regional es, por ende, hija del rigor autoproducido y de la resistencia frente al abandono estatal.

El dramaturgismo crítico y la democratización del formato digital

Para contrarrestar las persistentes barreras materiales asociadas a este aislamiento de la periferia, la naturaleza de la publicación adquiere un valor estratégico fundamental. Así, aunque el público y los hacedores de teatro demandamos con justa nostalgia una versión impresa que podamos sostener en las manos, es imposible ignorar la inmensa generosidad política que encierra esta edición digital. Con un volumen imponente de más de 700 páginas que recopila una década de creación nacional, el libro se ofrece de forma completamente gratuita en el entorno digital. Esta decisión constituye un sabotaje consciente a las lógicas restrictivas del mercado editorial centralizado. En un gesto de democratización radical del conocimiento que sintoniza con lo que Patrice Pavis (2016) define como la libre circulación de las matrices textuales comunitarias, la antología extiende una invitación abierta e irreverente a los piratas y demás corsarios del internet para que compartan, repliquen y difundan desfachatadamente este PDF. El objetivo es que las obras circulen de mano en mano, hackeando el aislamiento geográfico para inundar las pantallas de cada estudiante y teatrero del país.

Esta libre circulación digital persigue, en última instancia, la reactivación del acontecimiento escénico directo; por ello, es fundamental recordar que la inmensa mayoría de las obras contenidas en esta publicación ya han conocido el fuego del escenario antes de ser fijadas en la página en limpio. Sin embargo, el texto dramático no se publica para convertirse en una pieza de museo o para ser sepultado en los cajones polvorientos del olvido. El deseo explícito de sus autores es que estas palabras sigan latiendo a través de futuros remontajes, intervenciones, adaptaciones y puestas en escena a lo largo de todo el país. Según Jorge Dubatti (2007), la obra dramática posee una ontología liminal que solo se completa plenamente cuando el texto reingresa a la dimensión del convivio y se encarna en la mirada crítica de un nuevo público. Los creadores de estas obras estarán plenamente dichosos de ver sus palabras reinterpretadas bajo nuevos lentes y contextos territoriales, pues es precisamente sobre las tablas —y no en el aislamiento del papel— donde el teatro se nutre, sobrevive y continúa transformando su entorno.

La articulación formal de este valioso y dinámico corpus no habría visto la luz sin el esfuerzo lúcido y desinteresado de los investigadores y dramaturgos peruanos Sebastián Eddowes Vargas y Mario Zanatta Salvador, quienes asumieron la inmensa tarea de coordinar y editar este volumen bajo el sello de la Asociación Cultural Los Zorros de Afuera. Su labor como curadores editoriales va mucho más allá de una simple recopilación de manuscritos; implica un ejercicio de lo que Patrice Pavis (1998) denomina "dramaturgismo crítico", es decir, la capacidad de leer las tensiones históricas y sociales de un contexto para organizar un corpus textual que dialogue activamente con las urgencias de su tiempo. Es un trabajo loable, una brújula metodológica que no solo merece el más profundo reconocimiento y visibilización de la comunidad cultural, sino que, en el mejor de los casos, debe ser copiado, emulado y multiplicado por otros colectivos para seguir descentrando la mirada sobre nuestra literatura escénica.


Archivo, resistencia y esperanza frente a la burocratización de la escena

Este ejercicio de curaduría crítica cobra un peso político mayor si se considera que el Perú mantiene una deuda histórica y estructural con la investigación, documentación y archivo de la memoria escénica de las regiones. Ante este vacío sistemático, publicaciones independientes como esta se tornan indispensables, porque, al fin y al cabo, lo único que resiste al paso inclemente del tiempo es el registro escrito, ya sea en publicaciones grandes, pequeñas, formales o informales. Como trabajadores del arte, compartimos la ineludible responsabilidad política de escribir y documentar nuestro propio quehacer; de lo contrario, si nos quedamos callados, vendrán otros desde la capital a narrar lo que hacemos, y lo harán quizás con la mejor de las voluntades, pero con los lentes irremediablemente empañados por otra realidad ajena a la nuestra. Retomando a Diana Taylor (2015), el archivo es un campo de batalla epistemológico: tomar la palabra y dejar constancia de nuestra propia práctica desde las regiones es la única manera de garantizar que nuestra historia no sea borrada o tergiversada por la mirada del colonizador interno.

La urgencia de dicho registro autónomo se agudiza drásticamente en el escenario político contemporáneo, donde se nos pretende imponer desde arriba la creación de un Colegio Profesional de Artes. Se trata de un proyecto profundamente burocrático donde el cartón formal pretende opacar al oficio, anulando los saberes tradicionales y populares en favor de una supuesta "excelencia" administrativa que terminará por ahorcar al artista independiente y al artesano teatral. Lima vuelve a mirarse el ombligo de manera desvergonzada, exigiendo la profesionalización del sector cuando la realidad material es brutal: la mayoría de las escuelas superiores y universidades formales de arte —como la recientemente nombrada Universidad Nacional de Arte Escénico (UNAE)— se encuentran ridículamente concentradas en la capital del país. Mauricio Kartun (2012) advierte con vehemencia que cuando el arte se subordina a las lógicas meritocráticas de las instituciones burguesas, se castra la potencia transformadora de la creación y se criminaliza a los maestros comunitarios. El Estado exige títulos que él mismo se niega a garantizar en las regiones, despojando de herramientas a la periferia mientras impone sanciones burocráticas centralistas.

No obstante, frente a este panorama adverso de burocracia ciega e histórico centralismo que nos asfixia, la aparición de proyectos como los que impulsa la Asociación Cultural Los Zorros de Afuera con este libro nos devuelve una profunda e irrenunciable esperanza. De puertas para adentro nos invita a realizar un viaje estético y ético hacia la intimidad de los hogares, los cuerpos y las mentes de un Perú diverso que se niega a ser silenciado. Esta mirada íntima, descarnada y radicalmente comprometida de las dramaturgias nacionales demuestra que el teatro en las regiones sigue estando profundamente vivo, soberano y en pie de lucha. Nos toca a nosotros, desde las tablas y los laboratorios regionales, abrir de par en par estas puertas digitales, encarnar estas voces en nuestros propios territorios y continuar defendiendo el teatro como un espacio inexpugnable de libertad, identidad colectiva y transformación social.

Descarga aquí el libro: https://www.loszorros.org/

Miguel Gutti Brugman

Cusco, 17 de mayo de 2026


Referencias Bibliográficas

Dubatti, J. (2007). Filosofía del Teatro I: Convivio, experiencia en el umbral, poíesis dramática. Atuel.

Eddowes Vargas, S., & Zanatta Salvador, M. (Eds.). (2026). De puertas para adentro: Antología de Dramaturgia Peruana Contemporánea. Asociación Cultural Los Zorros de Afuera.

Hanashiro Ávila, N. (2026). Presentación. En S. Eddowes Vargas & M. Zanatta Salvador (Eds.), De puertas para adentro: Antología de Dramaturgia Peruana Contemporánea (pp. 8-15). Asociación Cultural Los Zorros de Afuera.

Kartun, M. (2001). La herrería teatral: Escritos para el oficio. Atuel.

Kartun, M. (2012). Escritos 1975-2015: Textos teatrales y teóricos. Colihue.

Pavis, P. (1998). Análisis de los espectáculos: Teatro, mimo, danza, cine. Paidós.

Pavis, P. (2016). Diccionario del teatro: Dramaturgia, estética, semiología. Paidós.

Taylor, D. (2015). El archivo y el repertorio: La memoria cultural performática en las Américas (A. Contreras Castro, Trad.). Ediciones Universidad Alberto Hurtado.


viernes, 15 de mayo de 2026

Crónica: EL SHULCA


Breves prosas sobre el sudor en escena

XIX Muestra Macroregional de Teatro Lima – Ica – Callao, Bruno Luera

Ser partícipe y volar, ser partícipe y soñar, así jugaba Bruno Luera a ser lo que él quería, lo que él añoraba, quizá solo existía, pero su existencia ya era un acontecimiento teatral. Esta semana se inauguró la XIX Muestra Macroregional de Teatro Lima – Ica - Callao que lleva su nombre. Me he sentido muy a gusto de participar con el elenco de Haciendo Pueblo. El 8 de mayo abrimos con El Shulca, una obra potente, colectiva, ahí se manifiesta el decir “el teatro es colectivo”, somos un engranaje corporal que se mueve por un latido ajeno al mundo, inspirados en Vallejo recitamos a Bruno: lamentamos, reímos, jugamos y peleamos. 

Una obra contundente en el máximo sentido de la palabra, iniciamos con los pallos que van arengando al aire, gritando a viva voz como si estuvieran en su hábitat natural; los cuerpos se organizan en una fila circular, y empiezan los versos de Vallejo. Cada cuerpo tiene una voz particular y esto hace especial el momento, son diversos cuerpos recitando con muchas voces, y varias sensaciones, una experiencia metafísica como Vallejo. Los sucesos van acomodándose, la niñez, el recuerdo y el juego aparecen; hay un momento cumbre y empieza a calentarse el escenario con la maravilla de luz que permite Adrián Luera, una construcción de atmósferas que se convierten en un acto poético, una rebeldía ante la naturaleza, una exaltación para la realidad. 

La sala se vuelve un aula, y los estudiantes acuciosos observan a Paco Yunque, se manifiesta un desagrado, quizá el malestar de ser dominado por algo que deprime, que afecta la circulación de la sangre, una tristeza que se encarna en el profesor, perpetuador del sistema, perpetuador de la rutina, tal vez el pobre tampoco tiene mucho por hacer o finge no saber su responsabilidad. Sin el ánimo de ser pesimista a veces, parece que serlo es una rebeldía, ante la esperanza que me aburre por buena gente, que me aburre porque me mantiene esperando, la esperanza es lo último que se pierde dicen algunos, tal vez debería ser lo primero que deberíamos perder, para conseguir otra esencia, una esencia que motive a la acción no a la espera; pero habrá muchos que saltarán y dirán está equivocado. Así es el arte: solo emitimos nuestro punto de vista, no es un dogma, no soy el dueño de la verdad, solo escribo para curar mi alma. El profesor permite los abusos de Grieve. Paco Yunque no puede soltar la voz, por miedo, al golpe, al abuso. Los compañeros intentan sacudirlo del escombro, pero solo consiguen atemorizarlo más cada vez más.

Después de este momento lúgubre, la fiesta vuelve, los cuerpos saltan como niños y juegan con cubos mágicos, construyen ilusiones, esperanzas no, hoy aborrezco la esperanza, quizá mi teclado se volvió vallejiano…tan solo es un suspiro que se aproxima a un entendimiento, jamás seremos iguales, jamás seré otro. Hay un punto donde los estudiantes vuelven y se arma una pelea, Grieve abusa de Paco, y Juncos lo defiende, pero a esto salta Cancio y se arma un nuevo conflicto, batalla campal que termina amenamente en un canto de unión y de paz.

El Shulca se vuelve conflicto, es conflicto desde su existencia. Haciendo Pueblo es la demostración del teatro comunitario trascendiendo la realidad, elevándose a la voz de Bruno Luera, al misticismo del recuerdo y al misterio del sudor en escena.

La Muestra Macroregional de Teatro empieza con fuerza. Muchos grupos se avecinan, la sala está caliente, hay arte por montones, la importancia de ser uno para saber ser grupo, la importancia de mirar para ser mirado, de respetar para ser respetado. Hoy aborrezco la esperanza, y creo en certezas, la certeza del artista para el arte y por el arte, no para algo en especial, sino para algo insustancial, un vacío, algo ajeno a una existencia, una mirada a la oscuridad donde la luz se va opacando lentamente, ¡que viva el teatro y sus teatreros!

Moisés Aurazo

15 de mayo de 2026

Crítica: SUPER MAMÁ CON HUEVOS


Entre la risa popular y una verdad que sí golpea

En Super mamá con huevos, unipersonal interpretado por María Victoria Santana, la escena se convierte en un espacio de transformación constante. A través de distintos personajes y registros, la obra construye un recorrido que mezcla humor popular, experiencia autobiográfica y observación social sobre lo que significa ser madre, mujer y artista en el Perú.

La propuesta inicia con el playback de una canción que funciona como carta de presentación del universo escénico. Desde el comienzo, el tono se instala en un código criollo y directo que rápidamente conecta con el público. La intérprete entra no solo como personaje, sino también como ella misma: actriz, madre y trabajadora que expone las distintas capas que ha tenido que atravesar para sostener su vida y su carrera.

El unipersonal se sostiene en una estructura fragmentada donde aparecen distintas figuras: la “super mamá”, la “paloma migajera”, la propia actriz y, por supuesto, Pánfila, personaje que termina convirtiéndose en el núcleo más potente de la noche. Ahí la energía cambia por completo. La escena encuentra mayor precisión, soltura y verdad. Su desvergüenza, rapidez y capacidad para decir lo que piensa sin filtro generan una conexión inmediata que evidencia cuánto tiempo ha habitado ese personaje y cuánto domina ese lenguaje.

La obra apuesta constantemente por la interacción con el público. Hay comentarios, respuestas espontáneas y referencias populares que activan la participación natural de los asistentes. Aunque algunos recursos ligados al humor más contemporáneo o a frases virales se sienten por momentos demasiado explicados, el espectáculo logra sostener la cercanía gracias a la presencia escénica de la actriz y a la honestidad con la que se relaciona con quienes la observan.

Más allá de la comicidad, uno de los aspectos más interesantes del montaje aparece cuando la obra deja ver el desgaste detrás del entretenimiento. El relato evidencia algo profundamente real y poco romantizado: todo lo que una madre debe hacer para sobrevivir, especialmente dentro de un sistema que históricamente abandona a los artistas populares. La obra recuerda que ni siquiera la televisión asegura estabilidad económica, continuidad laboral o protección para quienes han dedicado años a entretener al país.

Ese cruce entre humor y precariedad alcanza uno de sus momentos más conmovedores en el personaje final: una mujer mayor, viuda y agotada, que continúa trabajando para sostenerse y acompañar a sus hijos adultos. La construcción del personaje evita caer en el melodrama. Por el contrario, encuentra en la risa una manera profundamente humana de atravesar el cansancio, la soledad y el paso del tiempo.

Ahí aparece también uno de los mayores aciertos del espectáculo: entender el humor no como evasión, sino como mecanismo de resistencia. La obra no niega las dificultades ni las maquilla. Las enfrenta desde el juego, desde la exageración y desde una comicidad popular que permite que lo doloroso pueda decirse sin quebrar por completo la escena.

Super mamá con huevos dialoga especialmente con un público adulto que reconoce esos códigos televisivos y esa tradición de humor criollo. Sin embargo, incluso fuera de esa generación, el unipersonal deja una sensación clara: detrás de cada chiste hay una mujer que ha tenido que sostener muchísimo más de lo que la gente imagina.

Y quizás por eso el momento final golpea tanto. Entre risas, canciones y personajes, la obra termina dejando una advertencia sencilla pero brutal: visiten a sus mamás. Porque cuando esa figura falta, el vacío ya no tiene remate posible.

Naomi Noblecilla

15 de mayo de 2026

sábado, 9 de mayo de 2026

Crítica: ENSAYO DE ESCENA


Compartiendo el proceso creativo

En el Club de Teatro de Lima se realizó la primera edición de Ensayo de Escena, propuesta impulsada por la artista escénica Kelly Esquerre, que apuesta por un formato poco frecuente en la cartelera local: lecturas dramatizadas en vivo concebidas como experiencia escénica. Más allá de presentar fragmentos teatrales, el proyecto busca acercar al público al proceso creativo y, al mismo tiempo, abrir un espacio de visibilización para intérpretes y dramaturgos nuevos.

La iniciativa nace, según plantea la directora, a partir de una necesidad concreta: generar espacios donde actores, actrices y nuevos creadores puedan seguir ejercitando y compartiendo su trabajo. Inspirada en las lecturas dramatizadas desarrolladas en la formación teatral universitaria (Universidad Católica del Perú), la propuesta traslada ese ejercicio pedagógico a un encuentro abierto con espectadores, convirtiendo el ensayo en acontecimiento escénico.

Desde el ingreso a la sala, este proyecto deja clara su convención. El público —recibido en un ambiente cercano— observa un escenario donde vestuarios, mesas y utilería permanecen completamente visibles. Nada busca ocultarse. Los intérpretes cambian elementos en escena, transitan por el espacio y preparan sus entradas frente al espectador. El acontecimiento teatral no se construye desde el ocultamiento, sino desde la exposición consciente del mecanismo escénico. La selección dramatúrgica articula escenas de autores como Bertolt Brecht con La ópera de los tres centavos o Henrik Ibsen con Casa de muñecas, pero también incluye textos originales escritos por integrantes del elenco, como Carlo Mario Pacheco y José Miguel Herrera. Esta convivencia entre repertorio consolidado y nuevas voces permite ampliar la experiencia del espectador y convierte al montaje en una plataforma de exploración para jóvenes dramaturgias y nuevos intérpretes. 

Desde la composición escénica, la propuesta apuesta por la síntesis. La escenografía evita estructuras complejas y privilegia elementos funcionales que potencian la acción. La iluminación desarrolla una partitura específica para cada lectura, construyendo atmósferas diferenciadas y acompañando con precisión los cambios de ritmo y atmósferas. El sonido, por su parte, articula géneros musicales diversos que refuerzan la dimensión emocional y narrativa de cada escena. El vestuario y la utilería cumplen un rol fundamental en la construcción de identidad de los personajes y en la evocación simbólica de las distintas propuestas dramáticas. Todo se encuentra al servicio del texto y de la acción actoral.

En el trabajo interpretativo se percibe un esfuerzo colectivo por sostener el código propuesto: estamos observando un ensayo vivo. Los intérpretes mantienen presencia escénica incluso durante las transiciones, generando continuidad y dinamismo. A nivel vocal, aunque algunas escenas presentan dificultades de proyección y dicción, el elenco sostiene en general un compromiso claro con las acciones, composición desde el movimiento, esquemas vocales coherentes y objetivos en cada escena. 

Uno de los mayores aciertos de la dirección es la conexión y comprensión de que el atractivo del proyecto no radica únicamente en las escenas elegidas, sino en el acto de compartir el proceso mismo con el público. Ensayo de Escena convierte el ensayo, normalmente invisible, en experiencia artística y visible al público.

Más que una muestra, la propuesta se consolida como un espacio de encuentro entre creación, formación y espectadores. Una iniciativa necesaria en un contexto donde la creación de nuevos espacios para artistas emergentes resulta cada vez más urgente. Y al salir de la sala queda una pregunta inevitable: ¿Qué ocurre cuando el teatro deja de mostrar únicamente el resultado final y decide compartir, también, la construcción de su proceso creativo?

En escena: Rodrigo Delgado, Santiago Torres, Sol Nacarino, Kelly Esquerre, Cleber Olazabal, Carlo Mario Pacheco, José Miguel Herrera, Victor Acurio, Astrid Villavicencio, Silvana Picco, Joaquín Usseglio. 

Rubén Aquije

9 de mayo de 2026

jueves, 7 de mayo de 2026

Crítica: ANTES QUE SE APAGUEN LAS LUCES


Historias de gente rota

Desde que se abre el telón y vemos una mesa de comedor junto a unas sillas, desde el inicio podemos ver que estamos frente a una historia familiar. La obra inicia con Fiorella Florez, quien, desde el silencio y la mirada, logra transmitir una angustia que se siente desde los primeros minutos. Poco a poco, cada personaje va entrando en escena y la historia empieza a moverse entre el suspenso y el humor. El misterio gira alrededor de la madre, quien reúne a toda la familia para contarles algo importante; sin embargo, la tensión cambia con la aparición de Carlos Thornton, quien aporta momentos frescos y muy divertidos que alivian el ambiente sin perder el sentido de la historia.

Algo que destaca mucho en la obra es cómo utiliza el humor para hablar de problemas familiares que se sienten muy reales y cercanos. Como espectador, uno pasa de reírse a sentirse incómodo o identificado en cuestión de segundos. Además, los silencios y las pausas están muy bien manejados, haciendo que cada escena mantenga la tensión y la atención del público.

También resaltan las actuaciones de Pau Simons, Duncan Torres y Pedro Sessarego, quienes construyen personajes distintos entre sí, pero que logran complementarse muy bien en escena. Todo el elenco, bajo la dirección de Ricardo Caffo, consigue que la obra mantenga un equilibrio entre los momentos más emotivos y aquellos toques de humor que hacen la experiencia mucho más cercana y natural.

Por otro lado, el trabajo de luces, sonido y escenografía ayuda bastante a crear la atmósfera de la obra. Cada elemento acompaña las emociones de los personajes y hace que el público pueda sentirse dentro de ese espacio familiar.

Más que una simple obra sobre una familia, esta puesta en escena termina siendo un reflejo de muchas situaciones que pueden existir dentro de cualquier hogar. Puede hacerte reír, incomodarte o incluso conmoverte, pero definitivamente deja algo en quien la ve. Es una obra que entretiene, pero que también invita a pensar y conversar después de salir del teatro, sin duda, como dice Caffo, es una obra que refleja una “historia de gente rota que intenta ser humana”.

Javier Gutiérrez

7 de mayo de 2026

Crítica: LAS COSAS QUE SÉ QUE SON VERDAD


La familia es como un árbol

Un árbol añoso que sobrevive al tiempo sirve de apoyo y telón de fondo para una historia familiar en la que cada uno de sus miembros va revelando, a su turno, un conflicto existencial que lo separa de los demás y sin embargo, todos están unidos, como las ramas de ese árbol al tronco común. Ese tronco, firme y dominante, es la madre. Ella dirige, ausculta y controla a los demás, su esposo y sus cuatro hijos. Sabe más de sus vidas y sentimientos que ellos mismos y tiene la autoridad para reconocerlo. 

El retorno de la hija menor, luego de vivir un tiempo afuera, motiva una reunión en la que se revelan los caminos diferentes, las frustraciones y las decisiones que cada uno ha tomado. Aunque cada uno discute con la madre, sus conflictos no son con ella sino con valores o decisiones que deben adoptar para resolver sus respectivas vidas, más allá de los planes y expectativas que la madre ha dispuesto para ellos.

La autoridad, nacida y ejercida desde el amor maternal, se impone y defiende como verdad universal e inequívoca, pero resulta insuficiente para controlar el destino de cada cual y así, cada uno descubre su propia verdad. Sin embargo, el árbol siempre está allí y el vínculo familiar subsiste aún más allá de los caminos diferentes. La familia es una verdad común que los sostiene, como ese árbol, al centro del escenario, que merece respeto y cariño.

Las cosas que sé que son verdad nos conmueve desde cada historia personal con la que podríamos identificarnos y nos hace reflexionar sobre el sentido de la familia. Esta obra es una mirada profunda de los lazos familiares y el papel dominante de la matriarca perfectamente descrito por el texto de Andrew Bowell, pero además otorga espacio a cada personaje. Cada uno está construido al detalle, bajo la genial dirección de Kintu Galiano, por las actrices y actores Carlos Mesta, Sebastián Ramos, Karina Jordan, Pedro Ibáñez y Verónica Infantes, liderados por la experimentada Mónica Sánchez, quien destaca como la madre y cabeza de esta familia ¡Qué gusto da verla en estos roles protagónicos! En verdad, provoca dedicar una líneas a cada uno.

Puedes ver esta hermosa obra en el Teatro La Plaza.

David Cárdenas (Pepedavid)

7 de mayo de 2026

Crítica: UN INTENTO VALIENTE


El teatro como experiencia colectiva en constante cambio y transformación

En el Centro Cultural de la Universidad del Pacífico, el Ciclo de Comedia de abril incorpora una propuesta que rompe con las convenciones tradicionales de la representación escénica: Un intento valiente, montaje de corte neofuturista que plantea un desafío tan dinámico como exigente: representar 30 obras en 60 minutos. El teatro neofuturista, término acuñado por Greg Allen en los años 80 en Chicago y traído al Perú en 2018 por Sergio Maggiolo, no solo propone una estructura dinámica, sino también una convención escénica clara: los intérpretes —denominados “valientes”— no encarnan personajes, sino que se presentan como sí mismos, en una propuesta escénica donde lo real, lo lúdico y lo teatral conviven en simultáneo.

Antes de entrar a la sala, se hace entrega del programa de mano, y este no es solo informativo, sino también una herramienta de participación. Cuando ingresamos, el escenario aparece como un espacio vacío pero cargado de posibilidades: utilería distribuida estratégicamente, intérpretes en constante interacción con el público y un ambiente que anticipa un código basado en la inmediatez, la presencia activa del público y el rompimiento de la cuarta pared. El inicio establece con claridad la convención: el público elige el orden de las historias. Esta decisión no es menor; convierte al espectador en coautor del ritmo y la narrativa. Cada microobra —de no más de dos minutos— transita entre lo testimonial, lo absurdo, lo intenso, lo irreverente, la sátira, la parodia, etc. generando una experiencia en constante cambio, dinámica y fragmentada pero cohesionada por su energía compartida.

A nivel escenográfico, la propuesta se sostiene en un principio de funcionalidad total. Cada elemento en escena construye diferentes significados, permitiendo transiciones ágiles sin ocultar la ilusión o artificio en los cambios de cada microobra. Este gesto, lejos de debilitar la ilusión teatral o el ritmo, la refuerza desde un lugar contemporáneo: el espectador no solo ve la escena, sino también su progresiva construcción. El trabajo técnico —iluminación y sonido— acompaña con una adecuada precisión. Cada historia cuenta con una partitura lumínica específica que define atmósferas y dirige la atención, mientras el diseño sonoro amplifica el impacto emocional, el tempo y construye espacios concretos. Esta coordinación resulta clave para sostener el ritmo vertiginoso del montaje. En el plano actoral, el reto es evidente: versatilidad, escucha activa y rapidez de transformación (a nivel personal y del entorno). Los intérpretes transitan entre estados emocionales y estilos escénicos con soltura, evidenciando un entrenamiento que privilegia la reacción inmediata y la conexión constante con el presente escénico.

Uno de los mayores aciertos del montaje es su capacidad para articular entretenimiento y reflexión. En medio del humor y el juego, emergen temas vinculados al contexto político, lo cotidiano y lo personal. Esta coexistencia de lenguajes permite que la experiencia no se agote en la risa, sino que permite abrir capas de lectura contemporánea y reflexión en el público. 

Más allá de su estructura, Un intento valiente se consolida como un proyecto en permanente renovación, donde cada función es irrepetible. Su vigencia, tras ocho años de actividad, radica precisamente en esa capacidad de adaptarse, dialogar y mantenerse cercano al público contemporáneo. En un panorama teatral que busca nuevas formas de conexión, esta propuesta reafirma el valor del teatro como experiencia compartida, viva y en constante construcción. Y al salir de la sala se produce una inevitable pregunta: ¿Qué implica, hoy, que el espectador deje de observar pasivamente y asuma un rol activo en la construcción del acontecimiento teatral? 

Valientes: Fernando Castro, Armando Machuca, Bea Heredia, Merly Morello, Dusan Fung, Anaí Padilla.

Rubén Aquije

7 de mayo de 2026

martes, 5 de mayo de 2026

Crítica: EL DÍA QUE CARGUÉ A MI MADRE


Un cuerpo que recuerda: delicadeza y herencia en escena

En la intimidad de la Sala Quilla, El día en que cargué a mi madre, dirigida y escrita por Paloma Carpio, se instala como una experiencia escénica sensible que encuentra en el cuerpo su principal territorio de significado. Interpretada por Bernadette Brouyaux y Soledad Ortiz de Zevallos, la obra propone un recorrido íntimo donde el vínculo madre-hija se despliega con honestidad y sutileza.

Desde el inicio, la puesta construye un universo compartido: una escenografía con niveles, un árbol que parece sostener la propia historia, elementos cotidianos y un trapecio que introduce una dimensión de riesgo y poesía. Todo convive en equilibrio, generando imágenes que sugieren más de lo que explican. Hay una atmósfera cálida reforzada por una luz mayormente ámbar y la presencia del color blanco en escena, que envuelve al espectador en una sensación de cercanía.

Uno de los grandes aciertos de la obra es su lenguaje híbrido. La palabra, la voz en off, la música, la composición de la luz y el movimiento se entrelazan con precisión, permitiendo que la historia se construya tanto desde lo narrativo como desde lo visual y lo corporal. La presencia de la danza y el circo adquiere un lugar central en la obra, aportando capas de sentido y sosteniendo la atención con momentos de riesgo y belleza. El cuerpo no solo se despliega: se arriesga, se eleva, se sostiene y se transforma. El uso del trapecio introduce una poética del vértigo donde se parece dialogar con la fragilidad y la fortaleza de los vínculos. La fisicalidad de las intérpretes, entre lo coreográfico y lo acrobático, construye imágenes de gran potencia visual, donde el equilibrio y la caída no son solo acciones, sino estados emocionales. Así el lenguaje circense no busca sólo virtuosismo, sino que se integra orgánicamente a la narrativa, amplificando la experiencia sensorial del espectador.

Sin necesidad de subrayar, la obra deja ver temas como el paso del tiempo, la memoria y las transformaciones del vínculo familiar, especialmente el de madre-hija. Aquí, el cuerpo se convierte en archivo: guarda, carga y también libera. Hay frases que emergen con fuerza por su carga emotiva, pero es sobre todo en la fisicalidad donde la propuesta encuentra su mayor potencia.

La presencia de distintas generaciones se sugiere con delicadeza, abriendo preguntas sobre lo que se hereda, lo que se repite y lo que se resignifica. En ese tránsito, la obra dialoga con la identidad, la pertenencia y las ausencias, sin caer en lo evidente. Incluso los elementos interculturales, como las canciones en francés, se integran de manera orgánica, ampliando el universo sin romper su coherencia.

El día en que cargué a mi madre es una pieza que apuesta por las imágenes, la emoción contenida y la construcción simbólica. Una obra que no necesita explicarlo todo para tocar fibras profundas y dejar una resonancia y reflexión profunda que permanece más allá de la función.

Últimas funciones: viernes 8, sábado 9 y domingo 10 de mayo. Entradas disponibles en Joinnus.

Tammy Alfaro

5 de mayo de 2026