domingo, 2 de agosto de 2026

Crítica: BOR1S


Un crimen organizado: tú eliges el delito, ellos lo actúan

Un domingo cualquiera por la noche en Lince puede convertirse en el preámbulo perfecto para un espectáculo que, sin esperarlo, provocó ruidosas y genuinas risas entre un público que quizás no esperaba divertirse tanto y no era consciente de la gran capacidad de improvisación que tiene el elenco Máster de Teatro del Juego, conformado por  Andrew Taype Chávez, Jonathan Suescún, Mila Delgado, Vanessa Becerra y René Ynquillay.

BOR1S es una propuesta de improvisación en la que un miembro del público elegido al azar es quien escoge el crimen y lugar de los hechos; asimismo, a todos los asistentes se nos pide adivinar apenas entramos a la sala quién creemos que es el culpable, lo cual nos adelanta el dinamismo que obra que estamos por ver y el interés que hay por involucrar al espectador en el proceso de creación; algo poco usual en el teatro contemporáneo, y precisamente es ahí donde reside lo interesante de este concepto. Cada noche, cada presentación es única, con su propia chispa, los actores deben enfrentarse a los problemas técnicos que puedan presentarse en el momento, como una canción puesta antes de tiempo o problemas con la luz, con una agilidad y temple que requiere de mucha preparación.

En una hora o un poco más, el elenco se las ingenia de la mejor manera para entretener al público; desde un determinado sitio se los puede ver detrás de escena discutiendo sobre las posibles futuras acciones, lo cual no hace más que solo reforzar la idea de la ardua preparación. 

Con una escenografía sumamente modesta: una mesa y una silla, los improvisadores empiezan a hacer uso de su imaginación para poner nuevos elementos en la historia y, con ellos, nos invitan a nosotros a hacer lo mismo, devolviéndonos o recordándonos la habilidad de jugar, de volver a crear en colectivo. Todos los actores demostraron una gran química, se leían fácilmente en el escenario, se complementaban y nosotros, desde nuestras sillas, vivíamos cada instante de la historia y participábamos de sus dinámicas.

Teatro del juego, tal como su nombre lo indica, nos devuelve a esa etapa en la que nos gustaba jugar e inventar historias con nuestro grupo de amigos o incluso con desconocidos, nos hace despejarnos, aunque sea por un rato, de la realidad y la rutina con improvisaciones de gran calidad.

Barbara Rios

2 de agosto de 2026

Crítica: LA REPÚBLICA ANIMAL


Cuando la realidad no supera la ficción

Una vez más, la Asociación de Artistas Aficionados AAA fue cómplice de una puesta en escena que revivió y adaptó un clásico muy necesario para el contexto actual. La obra en cuestión es Rebelión en la granja, de George Orwell, cuya premisa es la toma de una granja por parte de los animales que la habitan, todo esto a manera de fábula. La obra pasó a la historia como una sátira del régimen zarista. La Revolución Rusa y el estalinismo, de cómo este corrompe al socialismo.

En esta ocasión, el escritor y director Martín Velásquez Marvelat, junto con la asistencia de dirección de Ester Fajardo, Bravo Productora y BUTACA Arte & Comunicación, adaptaron la obra a la realidad nacional: los animales de una chacra del Perú organizan una rebelión contra el maltrato y la explotación por parte de los seres humanos, expulsando al dueño de la chacra para siempre. De esta manera, instauran un nuevo sistema de organización justo y digno para todos los animales; sin embargo, algunos de ellos empezarán a tomar decisiones en su propio beneficio.

Con un escenario que se servía de lo justo y necesario en lo que se refiere a escenografía, lo que dio más vida a la historia fueron las máscaras de animales y todo el trabajo por parte de los actores para poder imitar los comportamientos del animal que les correspondía interpretar. Se notó que hubo un trabajo de preparación y estudio de cada personaje. Los actores Valeria Arévalo, Juan Carlos Díaz, Miguel Ángel Agurto, Luis Cárdenas-Natteri, Alejandra Reyes, David Huamán, Rocío Montesinos, Omar Velásquez, Keyla Ramirez, Daniel Suárez Lezama, Paola Chacaltana y Edgard Linares se desenvuelven sobre el escenario con una agilidad tanto en acciones como en diálogo. Son capaces de generar escenarios tensos tan solo con gestos y palabras, complementando el juego de luces azules y rojas intensas que también ponían al espectador en una situación de alerta y tensión.

Si bien se dejó de lado el tema del maltrato de los humanos hacia los animales; es decir, no hubo una crítica muy profunda al respecto –lo cual bien podría ser por cuestión de duración de la obra- sí abordó de manera dinámica y sin caer en moralismos o fórmulas que te dicen qué es correcto y qué no. La puesta retrata la realidad nacional, hace parodia de alcaldes que son identificables con los gobernadores de ese entonces. Se percibe como una obra que no tiene miedo de levantar la voz y denunciar lo que considera injusto. El hecho de adaptar un libro de ese estilo a una realidad como la nuestra, si bien no es tarea fácil, vale la pena intentarlo, y en esta ocasión dieron en el clavo. Por más intentos valientes como este.

Barbara Rios

2 de agosto de 2026

Crítica: UNA OBRA PARA QUIENES VIVEN EN TIEMPOS DE EXTINCIÓN


¿Y si nos detenemos a pensar en nuestro paso por el mundo?

A inicios de este año, La Plaza apostó por una historia muy diferente a las habituales. Norma Martínez asumió el reto de dirigir una obra escrita por Miranda Rose Hall que abarca un tema importante pero poco discutido, sobre todo en el mundo del teatro. El tema del medio ambiente y cómo los humanos nos relacionamos con este siempre ha sido relegado a los márgenes o a otras disciplinas como las ciencias, pero nunca ha sido el centro de atención hasta este momento.

La actriz Fiorella Pennano interpreta a una dramaturga, que más allá de solo ejercer esa profesión y actuar bajo esa etiqueta, es una persona, un ser humano que se preocupa por los efectos de su existencia en el mundo y la huella que está dejando. Es así que la obra inicia de una manera poco usual: sale Fiorella al escenario, se la nota muy nerviosa, nadie sospecharía que estuviera actuando, hasta que se presenta como la dramaturga de la obra que íbamos a presenciar, pero que por motivos de fuerza mayor sus actrices no podrán acompañarla, así que ella tomó la decisión de superar su timidez, subir al escenario y explicarnos de qué iba a tratar su obra, pero termina relatándonos, como si se tratase de un salón de clases,sobre la vida en la Tierra en plena era de extinción ocasionada. por el ser humano.

Sobre el escenario tenemos a una Fiorella algo preocupada, desarreglada y con ropa muy casual, se toca constantemente las manos, se pone y saca los lentes cada tanto en tanto, pero a medida que va contándonos sobre las cosas que le apasionan, como son los temas medioambientales, vemos cómo en su rostro conviven tristeza y emoción, una especie de resignación con esperanza, una representación de la frase “hacer algo desde nuestra trinchera”. Y es que la obra no se trata solo de ella ni de lo que solo ella tenga para decir, y ese es uno de los puntos fuertes tanto del libreto como de la dirección: la obra pone su atención en el público, nos da una voz, nos escuchamos y tratamos de comprender cómo llegamos  este punto de no retorno.

Mediante el humor, momentos de angustia y otros de ternura, nos da una clase sobre la historia del origen de todo, del mundo, pero que intercala con emociones y experiencias personales que, a su vez, son muy universales, como tener un juguete favorito con forma de dinosaurio cuando éramos niños, y cómo ahora ese juguete nos ayuda a entender que el tiempo en este planeta se nos está acabando. Esa manera de involucrar al público desde la memoria, lo personal, contándonos entre todos nuestras historias con la naturaleza, como es cuidar de una planta o crecer junto al árbol de tu barrio, despierta una especie de empatía y sensibilidad que muy posiblemente estaba adormecida hasta ese momento, se crea un ambiente de complicidad, un grupo de desconocidos que se sienten unidos a través de sus recuerdos.

Hay este dilema de oscilar entre no querer saber nada, porque en esa ignorancia hay cierta tranquilidad, pero también ese sentir que necesitas saber para estar al tanto de lo que pasa a tu alrededor, porque finalmente todo está conectado. Por ejemplo, mientras uno nacía, había animales que estaban luchando para no extinguirse, una extinción que ellos no causaron. Ninguna existencia es aislada, y la impotencia que vemos en la actriz al sentir que no puede llegar a las personas, hacerlas sentir o hacer que les importe lo que está pasando, es desgarradora y muy compartida.

Finalmente, otro punto importante para destacar de la obra es que, quizás proponiéndoselo o no, no solo nos transmite emociones, sino también conocimientos que de por sí no son tan fáciles de encontrar o no despiertan mucho nuestra atención. Mencionar a mujeres de la Academia como Donna Haraway y Elizabeth Kolbert, no desde el pedestal de profesor de universidad, sino como una amiga que te cuenta sobre su libro favorito, despierta en el espectador la curiosidad de querer saber más al respecto. No son muchas las obras que tienen ese tipo de objetivos y, sobre todo, que puedan lograrlo. La escena limeña contemporánea necesita de más obras de este estilo, que despierten la curiosidad en las personas para querer seguir leyendo e investigando por su cuenta, obras que despierten los sentidos y nos recuerden lo importante que es cuestionarnos de vez en cuando.

Barbara Rios

2 de agosto de 2026

sábado, 1 de agosto de 2026

Crítica: LA CASA DE LAS NIÑAS PECULIARES


Entretenido y nostálgico musical

Resulta curioso (o en todo caso, peculiar) que el mismo autor y director de Perúsical: Una clase sobre el Perú (o algo así) sea el mismo de La casa de las niñas peculiares; tomando en cuenta, además, que ambas temporadas se sucedieron casi en simultáneo. Y es que Rodrigo Falla Brousset viene esforzándose por ofrecernos diversos espectáculos foráneos a lo largo de los años, especialmente los de misterio o suspenso, por lo que sí sorprende gratamente con estas dos mencionadas puestas en escena de autoría propia, ambas musicales, pero con fondos y formas muy distintas. 

Quizás sea el apartado estético el que resalte más, pues vemos dos polos diametralmente opuestos en sus respectivos contextos nacionales (como ciertamente lo estamos, simbólicamente, como país): Perúsical se encuentra ambientado en un centro educativo que sufre la huelga de sus maestros; mientras que en La casa de las niñas peculiares, cinco hermanas de clase acomodada se reencuentran, después de años sin verse, en la casa de playa de la madre soltera. Sin embargo, ambas propuestas funcionan bastante bien; y si bien en esta última lo “peculiar” de las señoritas en cuestión solo se limita a sus nombres de origen teatral, la algo dilatada historia con varias líneas argumentales se hace entretenida a través del formato jukebox, uno ya bastante conocido y efectivo. 

Como menciona el mismo Falla Brousset en el programa de mano, y a la inversa que en Perúsical, se decidió que la trama utilice canciones populares ya existentes en lugar de una banda sonora original, adaptándose estas a la historia nueva. La decisión fue atinada: con algunos personajes en el límite del estereotipo y ciertos conflictos previsibles, es el sólido elenco, que se sobrepone y divierte a sus anchas sobre el escenario, haciendo propias las conocidas canciones de los ochentas, noventas y dos mil, bien insertadas en los momentos precisos.       

A destacar entre los intérpretes a la simpática Alexandra Graña (quien brilla como la atribulada madre) y su interés romántico Gustavo Mayer. Muy desenvuelta y carismática, además, la cantante Daniela Darcourt; y una mención especial para Rowi Prieto, como el novio de la hija mayor, robándose todas las escenas en las que aparece. Muy efectivo también el ensamble en pleno. La casa de las niñas peculiares, a cargo de la Asociación Cultural Lima New Stage Group, es un muy recomendable musical, bien escrito y dirigido por Falla Brousset, del que esperamos una pronta reposición.

Sergio Velarde

1° de agosto de 2026

miércoles, 29 de julio de 2026

Crítica: CUATRO CORAZONES CON FRENO Y MARCHA ATRÁS


Quince cuerpos, un solo juego: la celebración del artificio teatral en Cuatro corazones con freno y marcha atrás

El Auditorio de Miraflores apuesta por una comedia sobre la atemporalidad: Cuatro corazones con freno y marcha atrás de Enrique Jardiel Poncela, bajo la dirección y adaptación de Cecilia Paitamala. Con un elenco generoso, conformado por quince actores egresados de la Escuela de Teatro Proscenio, la puesta en escena devuelve vida a los entrañables personajes de esta obra. Joanny Cieza, Isa Madrid, Pablo Silva, José Miguel Prieto, David Curi, Génesis Venturi, Gloria Melgar, Silvia García, Priscila Linares, Karen Sánchez, Fernando Tito, Mercedes León, Matías Salgado, Ronald Alarcón y Héctor Sotelo conforman un conjunto que sostiene con energía y precisión el universo propuesto.

La dirección de Paitamala va más allá de un simple armado escénico. Junto al grupo de actores construye escenas caricaturescas donde la exageración, el juego y la fisicalidad conviven para recuperar el espíritu de la comedia clásica. Por momentos, al observar la puesta en escena, aparece la sensación de estar frente a ese teatro de grupo, ese teatro de compañía que parece haber perdido presencia dentro de la cartelera industrial peruana: un espacio donde el trabajo colectivo, la complicidad escénica y el encuentro entre actores son el verdadero motor de la representación.

En ese sentido, el elenco acompaña y sostiene el texto desde una ejecución oportuna, donde el timing cómico resulta fundamental para formular y construir la comedia. Desde el inicio de la historia aparecen personajes grotescos, excesivos y pintorescos, herederos de una tradición clásica, pero atravesados por una mirada contemporánea. El cuerpo, la voz y el ritmo se convierten en herramientas esenciales para potenciar lo lúdico, permitiendo que cada personaje habite el exceso sin perder precisión.

Más allá de la anécdota fantástica sobre la búsqueda de la eterna juventud, Cuatro corazones con freno y marcha atrás encuentra en la dirección de Paitamala una nueva posibilidad de lectura: la comedia como un espacio donde el absurdo revela las contradicciones humanas. La obra no busca esconder su artificio; por el contrario, lo abraza. Sus personajes existen dentro de un universo donde la exageración no funciona como una limitación, sino como el lenguaje necesario para hablar de los deseos, obsesiones y frustraciones que atraviesan al ser humano.

En tiempos donde muchas propuestas escénicas parecen perseguir la naturalidad como única forma de conexión con el espectador, esta puesta reivindica el placer de lo teatral. Aquí los cuerpos no buscan desaparecer detrás del personaje, sino convertirse en una extensión del juego escénico. La interpretación se permite ser grande, colorida y desbordada, recordándonos que la comedia, lejos de ser un género menor, exige una rigurosidad absoluta en el manejo del ritmo, la escucha y la construcción colectiva.

De igual manera, la producción de Proscenio destaca por su precisión y cuidado. Los cambios escénicos entre cada escena se realizan con limpieza y fluidez, construyendo un montaje donde lo espectacular no está determinado por la acumulación de elementos, sino por la capacidad de generar sorpresa desde la resolución creativa. La propuesta escénica encuentra su potencia en la brillantez de sus decisiones y en la mirada de Paitamala, quien comprende que el universo de Jardiel Poncela no necesita ser transformado desde la ruptura, sino celebrado desde sus propias posibilidades teatrales.

La propuesta estética no busca reinventar la comedia, sino recordarnos por qué ciertas formas teatrales siguen siendo necesarias. En una escena donde la rapidez y la inmediatez muchas veces condicionan la creación, la propuesta de Cecilia Paitamala se detiene en algo esencial: el actor como centro del acontecimiento teatral y el escenario como territorio de juego.

Hay algo profundamente valioso en ver a quince intérpretes sostener una maquinaria escénica desde la complicidad, el ritmo, la grandilocuencia y la imaginación. Paitamala entiende que la comedia no vive únicamente en el remate del chiste, sino en la construcción de un universo donde el espectador acepta entrar al artificio y dejarse sorprender. Porque quizá el verdadero freno y la verdadera marcha atrás de esta obra no están en sus personajes, sino en nuestra propia relación con el teatro: una invitación a volver a mirar aquello que parecía perdido, donde ese teatro de compañía muerde con la escucha.

Juan Pablo Rueda

29 de julio de 2026

Crítica: LAS AVES


Una ciudad en el cielo o castillos de humo

Contar con una obra griega presentándose en los escenarios nacionales constituye un evento especial, y lo es aún más si esta no pertenece al género dramático; por ello, la apuesta por Las aves, comedia de Aristófanes (autor de obras como Lisístrata y Las nubes), destaca entre las opciones performativas de la capital por estos días. En esta ocasión, desde el teatro Ricardo Blume y la asociación Aranwa, nos ofrecen la adaptación de este clásico, que aborda temas que desde tiempos antiguos nos hacen reflexionar: la amenaza de la corrupción, las dificultades de la convivencia y el caos constante se desataron tanto en la Atenas de la Guerra del Peloponeso como en los estados de nuestra época. Así, nuestros protagonistas, Pistetero y Evélpides, interpretados por Alberto Ísola y Ricardo Velásquez, respectivamente, huirán de la cuna de la democracia, que para ese momento se encuentra en decadencia, con el fin de buscar un lugar más elevado en el cual poder refugiarse. El espacio que escogen será entonces el cielo, donde convivirán con las aves y fundarán la ciudad de Nubicuculandia, con sus leyes y dinámicas.

Bajo la dirección de Mateo Chiarella, los protagonistas humanos y sus conciudadanos alados, interpretados por Germán Ojeda, Brunella Odar y Renzo Quintanilla, nos transportan a un mundo ideal en principio, pero que poco a poco va perdiendo su aire de fantasía: el castillo de humo se va deshaciendo a medida que se confrontan los intereses de los dioses, los regentes, las propias aves e incluso los visitantes de la ciudad. Para representar este espacio, la producción hizo uso creativo de elementos como telas colgantes, cajones de madera, máscaras y túnicas. Coincidentemente, los juegos de luces y la propia estructura del teatro, donde el público se encuentra alrededor del escenario, nos hacen pensar en la forma del ágora griega.

Definitivamente es una obra que merece ser recomendada, desde por el nivel de sus artistas, pasando por los detalles de producción y, por supuesto, la relevancia de los temas sociales y políticos que movilizan a sus personajes. En estos tiempos, tan polarizados y convulsos, nos hacen falta muestras artísticas que, desde sus orígenes, nos lleven a pensar en el mundo en que vivimos: en Las aves encontramos ideas que nos llevan a reflexionar, y reconocer aquello que nos une, así como lo que nos separa. Esperamos que el público se anime a ir a las próximas funciones de este clásico, que en cada contexto parece renovarse; seguramente generará en ellos, igual que en nosotros, nuevas percepciones de la vida común, tan necesarias actualmente.

Jimena Muñoz

29 de julio de 2026

lunes, 27 de julio de 2026

Crítica: ¿CUÁL ES TU CAU CAU?


Risa que invita a la reflexión

Nos sucede a todos. En algún punto de nuestras vidas simplemente dejamos de jugar. Quizá porque eso es lo que la sociedad nos ha forzado a creer: que cuando uno crece, el juego ya no es aceptable. Como si la actitud lúdica hacia la vida que tienen los niños tuviera una fecha de caducidad y paulatinamente debiera ir saliendo de nuestros sistemas hasta irse por completo ya que pasada cierta edad, jugar ya no es sinónimo de inocencia, sino de inmadurez. ¿El resultado? Una repentina y excesivamente seria actitud ante la vida que, en gran medida es entendible, ya que crecer ciertamente nos abre los ojos a la muchas veces cruda realidad del mundo que nos rodea, pero que por otro lado nos hace experimentar la vida desde un estado mental tedioso y muchas veces pesimista. Llegar a la adultez implica entender que la vida no es puro juego, y que para ganárnosla tenemos que “ponernos serios”, nos dicen. Y aunque es cierto que parte de madurar es absorber la magnitud de las dificultades que nos puede presentar la vida, es igualmente importante (precisamente por dicha magnitud), que no perdamos del todo aquel espíritu libre y juguetón tan puro que nos impulsó durante nuestra niñez y adolescencia. Afortunadamente, existen muchas formas de mantener dicho impulso vivo, y la improvisación es una de las más accesibles.

¿Cuál es tu Cau Cau?, dirigida por Juan Velazco, no es una obra teatral propiamente dicha; de hecho, ni siquiera hay un libreto fijo por función. Es más una propuesta teatral que integra diversas disciplinas como el uso de máscaras, el teatro físico y, por supuesto, la improvisación. Mirsa Arauco, Vanessa Becerra, Rodrigo Camacho y Miau Flores son los artistas escénicos que, durante aproximadamente una hora, se apropian del acogedor espacio de Teatro del Juego (ubicado en Lince), y abordan la pregunta que da título a esta experiencia a través de diferentes momentos y dinámicas improvisadas que combinan las disciplinas ya mencionadas. El público es invitado a participar también llenando unos papeles que recibimos previa función en los que se nos pregunta qué es lo que más nos incomoda del Perú, y son nuestras respuestas las catalizadoras de todo lo que pasa en escena, factor que hace que cada función, aunque anclada por la misma interrogante, cobre matices distintos y sea totalmente única.

Un espectáculo de este tipo es exitoso principalmente, a mi parecer, gracias a su elenco. Porque basta que uno no esté compaginado con el resto para que la ilusión se desbarate. Afortunadamente, el cuarteto conformado por Arauco, Becerra, Camacho y Flores tiene un muy buen desempeño escénico. Cada uno de los cuatro tiene una chispa muy particular y propia; todos se abandonan plenamente al juego e interactúan entre sí y con el público de manera espontánea, jocosa y siempre presente. Destaco en especial a Mirsa, quien valiéndose de una divertida máscara logra crear el personaje del político “salvador” arquetípicamente criollo y corrupto, dándole matices verdaderamente cómicos, evidenciando un timing para la comedia impecable, y demostrando una rapidez mental que le permite integrar la participación del público al montaje de forma astuta e inmediata, todo esto enraizado en una corporalidad y manejo de voz específicos y apropiadamente exagerados. Más allá del elenco, se nota la buena mano del director para darle coherencia y orden al caos, cerrando y abriendo cada acápite de manera correcta y en el momento indicado, para pautear desplazamientos dinámicos por el escenario, y sobre todo para darle la confianza necesaria a su elenco de jugar abiertamente y sin prejuicios. Esto último, para mí, es el principal logro de la dirección; un factor muchas veces pasado por alto, pero sumamente necesario sobre todo en una performance que discutiblemente implica incluso más vulnerabilidad que el teatro dramático, ya que en este caso los artistas no están amparados bajo un texto predeterminado, sino que se usan a sí mismos para hacer la más loable de las acciones: entretener. 

Hay algo que aún no he mencionado, pero que creo clave resaltar. Incluso los gags cómicos más efectivos pueden llegar a saturar si es que no tienen mayor trasfondo. Lo que destaca de esta puesta es que, por más que no haya diálogos, sí existe una línea argumentativa que la atraviesa de inicio a fin que podría ser resumida en una frase que invita a la risa y al llanto en igual medida: el Perú no tiene solución. Esta idea es el núcleo y moldea cada segmento del espectáculo. Gracias a esta, la obra se permite momentos de denuncia pública, de introspección, de manifestación externa de una lucha interna; y lo hace, increíblemente, manteniendo intacto su sentido del humor. ¿Cuál es tu Cau Cau? postula que, por más que la risa en sí no solucione nuestros problemas, esta sí puede colocarnos en el estado mental correcto para hacerlo, o por lo menos servir como canalizador de nuestras penas, ya que como un sabio una vez dijo: “A veces solo nos queda reír”. Les quedan dos funciones más, el viernes 31 de julio y el sábado 1ero de agosto. Vayan. Se las recomiendo.

Sergio Lescano

27 de julio de 2026

sábado, 25 de julio de 2026

Crítica: EL HOMBRE QUE RÍE


Cuando el sufrimiento humano es rentable

Escrita en 1869, algunos años después de Los Miserables, El Hombre que ríe es una novela que confirma el estilo, pero también el compromiso político de la literatura de Víctor Hugo, que en esta novela denuncia las diferencias sociales en la Inglaterra del siglo XVII.

En la versión fílmica muda de 1928 del cineasta expresionista Paul Leni, la historia se resume en que un noble orgulloso que se niega a besar la mano del despótico rey Jacobo II de Inglaterra, es ejecutado y su hijo quirúrgicamente desfigurado es vendido a los “comprachicos”. Así nace la sonrisa burlona, inevitable y triste de Gwynplaine, que en 1940 aparece como rasgo principal del villano archienemigo de Batman, el Guasón o Joker en los comics.

La adaptación teatral de la novela de Víctor Hugo nos llega gracias a la dramaturgia y dirección de Francisco Cabrera. El autor advierte que se trata de una versión libre (no hay otra adaptación al teatro). La puesta recoge lo esencial de la historia, el ambiente y las circunstancias. La novela original se caracteriza por su lenguaje barroco, la minuciosa descripción de los espacios y de las características de cada uno de sus personajes y resulta un enorme desafío llevarla a escena.

Cabrera logra representar esas descripciones, con un escenario casi minimalista. Nos muestra un circo, pero no hay carpas coloridas ni otros adornos luminosos sino un tono oscuro, propio de un drama. Quien conduce ese circo ambulante es Ursus, un hombre extraño, mezcla de vago y sabio, que viaja con un lobo domesticado; Dea, una joven ciega; y Gwynplaine, el joven que sufre esa rara característica que atrae la curiosidad morbosa del público en las ferias, pero también la de los nobles. Es una sociedad que convierte el sufrimiento humano en espectáculo rentable.

En esta versión, Ursus (Beto Benites) es el narrador y por su mayor presencia, pareciera el personaje principal, pero quien carga el estigma es Gwynplaine (Santiago Magill). Él es el miserable que ríe y la historia gira en torno a su desgracia.

Una novela extensa y riquísima en monólogos y descripciones en sus varios capítulos era imposible de trasladar a escena. Por ello, Cabrera toma lo esencial y reconstruye los personajes, dotándoles de sus características. El drama es enfocado con una mirada muy lúdica (lo hizo con Metamorfosis y Dr. Jekill & Mr Hyde). El lenguaje barroco se simplifica, sin perder la atmósfera de época. La puesta de desarrolla a través de cuadros ligeros. Sin embargo, hacia el último tercio de la obra, el ritmo decae por el exceso de cortes entre uno y otro cuadro, sin usar nuevos elementos de luz o sonido, lo que impide alcanzar la intensidad necesaria, especialmente para el final, cuando por fin el bufón descubre la verdadera identidad de Gwynplaine, su origen noble y se frustra el matrimonio de la duquesa Josiana (hija del rey Jacobo II) y lord David, y en el afán de capturar o eliminar a Gwynplaine, son muertos Ursus y Dea. 

Al final, queda claro el mensaje: los pobres siempre son los que pagan con sus vidas los desarreglos de los ricos.

David Cárdenas (Pepedavid)

25 de julio de 2026

Crítica: EL ENFERMO IMAGINARIO


La medicina del engaño y la comedia de la verdad

La puesta en escena de El enfermo imaginario, esta icónica sátira escrita por Molière en 1673, gira en torno a Argán, un burgués adinerado profundamente hipocondríaco. Obsesionado con sus supuestas dolencias y manipulado por un séquito de médicos charlatanes, el protagonista urde un plan para casar a su hija Angélica con un doctor, asegurándose así la atención médica gratuita y permanente durante el resto de sus días.

Para este montaje, la dirección de Rodrigo Vargas le imprime un ritmo ágil y un sello cómico sumamente particular. Vargas logra estructurar una atmósfera en donde la ironía y el humor ácido del texto original no solo se respetan con rigor, sino que se potencian en el escenario. El trabajo de dirección permite que el choque entre la ridiculez de las obsesiones humanas y la crítica social fluya de forma orgánica de principio a fin.

Por su parte, el elenco sostiene la propuesta con un desempeño notable. Cada intérprete logra construir y habitar con precisión los arquetipos planteados por Molière: figuras exageradas, obsesivas y de una vanidad desmedida que retratan lo más absurdo de la burguesía de la época. A esta labor actoral se le suma un diseño técnico impecable. La iluminación y el sonido operan en perfecta sincronía para delimitar con claridad los espacios donde transcurre cada pasaje, mientras que la musicalización acentúa la intención dramática de los momentos clave. Asimismo, el vestuario destaca no solo por su fidelidad temática y de época, sino por lograr una armonía visual estilizada con la ambientación general.

En definitiva, se trata de un montaje sólido y sumamente entretenido que logra un equilibrio afortunado entre la comedia directa y la vigencia del clásico. Una propuesta accesible para todo espectador que no solo garantiza carcajadas en la sala, sino que deja abierta una lúcida reflexión sobre nuestras propias obsesiones humanas. Sin duda, un espectáculo imperdible.

Javier Gutiérrez

25 de julio de 2026

Crítica: UNA HISTORIA ORIGINAL


El poder sanador de la narración de historias

Ganadora del V Concurso de Dramaturgia Peruana "Ponemos tu obra en escena 2014, la pieza Una historia original de Vanessa Vizcarra explora una interesante temática: la narración de historias como una importante herramienta sanadora. El poder expresar emociones, reconstruir experiencias difíciles y darle real sentido a los acontecimientos de la vida suelen ser los puntos más positivos de esta práctica. Al contar o escuchar relatos, las personas desarrollan empatía, fortalecen su identidad y encuentran nuevas perspectivas para afrontar conflictos y pérdidas.

Pero a su vez, Vizcarra aborda en su texto una problemática vigente, dolorosa y muy latente: la violencia de género en una sociedad tan machista como la nuestra. El protagonista, que busca convertirse en narrador profesional, se involucra sentimentalmente con la mujer que le realiza la audición, quien carga sobre sus hombros un doloroso pasado; posteriormente, él cruza los límites del respeto mutuo que ambos deberían asumir. Con una secuencia de escenas en constante disrupción temporal, y con dos intérpretes adicionales que ayudan a contar esta historia, la puesta escena combina varios niveles entre realidad y ficción.

El elenco, conformado por Ángel Coila Rojas, Diego Nomberto Flores, Lidia Navarro Cárdenas y Melannie MV, se muestra sólido y convincente en sus interpretaciones, bien guiados por la dirección de Josefo Palomino, quien consigue crear esa atmósfera de irrealidad, combinando las luces y los efectos de sonido, que la dramaturgia propone. Esta nueva reposición de Una historia original en el Club de Teatro de Lima, con la producción del colectivo escénico Al borde, resulta en un valioso montaje que, además de acusar la violencia que lamentablemente todavía se mantiene vigente en nuestro ámbito social, señala la narración como una valiosa herramienta de bienestar emocional, aprendizaje y crecimiento personal.

Sergio Velarde

25 de julio de 2026