domingo, 24 de mayo de 2026

Crítica: LAS POLÍTICAMENTE INCORRECTAS - LAS BREVES DE JUANITA


Cuatro microobras para pensar

No es un secreto, a estas alturas, que más de la mitad de la comunidad teatral limeña viene (o lo hizo en algún momento) explorando el formato de teatro breve. Y seguramente, lo seguirá haciendo, ya que hasta el momento, al menos para quien escribe, no se hace notorio todavía el agotamiento de este modelo escénico. Sin embargo, la distancia y el tráfico juegan ahora mucho más en contra para aquellos espectadores que viven lejos del espacio de representación y lo piensan dos veces antes de salir a ver un solo espectáculo de quince minutos. Las alianzas entre artistas individuales o colectivos teatrales compartiendo el mismo escenario se convirtieron entonces en una de las opciones más factibles, para públicos y creadores. Es así que ahora se le suma a la reciente oferta de teatro breve, el ciclo titulado Las políticamente incorrectas - Las breves de Juanita, en el Teatro Juanita Tarnawiecki, ex-Mocha Graña de Barranco.

Acaso uno de los aspectos más interesantes a debatir sea el de la necesaria (o quizás no) selección de microespectáculos por temáticas, géneros o hasta autores. Para algunos, este detalle no afecta en lo absoluto ni la visualización ni el disfrute de obras de corta duración de estilos y ejecuciones distintas; mientras que otros, por el contrario, se sentirán agradecidos de que las microobras presenten, por lo menos, un hilo conductor. Sea pertinente o no este comentario, la antología presentada por el autor y director Alexander Pacheco opta por cuatro historias orientadas hacia situaciones y actitudes que atentan, en mayor o menor medida, contra el status quo o la “normalidad de las cosas” que impone nuestra sociedad. En ese sentido, se agradece este punto en común entre las piezas ofrecidas.      

En No me llames Espíritu, Luciana Vidaurre y Leito Monteverde manejan con buen timing un  diálogo acerca de los improbables e imposibles nombres para ponerles a los hijos; en Pastillas de fe, la doctora Cecilia Tosso y el paciente Pacheco protagonizan una divertida consulta urológica en la que nada es lo que parece; en Queer, Vidaurre y Mirella Ibáñez se encuentran próximas a concretar su tan anhelado deseo, que aparece materializado al final de la manera más surrealista posible; y en Ya es mi turno, Ibáñez (autora además del texto) es la simpática encargada de recibir en las puertas del cielo al recién llegado Pacheco, quien le parece extrañamente familiar. Todas las historias mantienen su particular encanto y resultan entretenidas, especialmente la última.

Quizás los únicos reparos que se le podrían hacer al montaje sean los de encontrar la manera de estilizarlo aun más, con algunos de sus elementos y utilería más cuidados y funcionales; así como el de resolver los cambios de escena de manera más sobria y solapada. Por lo demás, se trata de una apuesta valiosa por presentar interesantes obras cortas que nos hacen reflexionar sobre los mil y un prejuicios y las tan nocivas actitudes que tanto daño le hacen a la sociedad.

Sergio Velarde

24 de mayo de 2026

viernes, 22 de mayo de 2026

Crítica: RITUALES PARA DESPEDIRSE


Rituales de un país en duelo

Ver Rituales para despedirse es enfrentarse a una herida que, a pesar de los años, sigue abierta. Como ese duelo reciente, o incluso aquel que lleva años acompañándonos, que vuelve a removerse cuando se habla de pérdidas, despedidas y cielos prometidos. Así se siente esta obra: como un recordatorio de la incertidumbre, el pánico y la vulnerabilidad que atravesaron nuestras vidas durante la pandemia, pero también de lo peor de la humanidad que fuimos capaces de ver —y ser— en esos momentos.

Sí, la obra parte de lo que fue toda la experiencia del COVID-19; pero va más allá para hablar de la necesidad profundamente humana de buscar explicaciones y despedidas, aun sin saber exactamente dónde ni cómo hacerlo. Aquí es donde las interpretaciones de todo el elenco construyen personajes cercanos, repletos de emociones contenidas por las circunstancias. Personajes que viven el dolor desde lugares distintos, logrando que el público se identifique con esas múltiples maneras de lidiar con la ausencia, más aún en un contexto tan macabro.

No existe una dramatización exagerada de la pérdida ni una moraleja que intente explicarlo todo. Por el contrario, la obra muestra emociones honestas: la mezcla de miedo, confusión y desesperación reflejada en reacciones y pequeños gestos muy humanos —y muy peruanos—.

Esos tiempos nos dejaron muy en claro que la enfermedad no distingue color de piel, cuentas bancarias ni grandes títulos. La puesta en escena nos lo vuelve a poner enfrente, por si se nos ha olvidado que, para la muerte, todos somos iguales. Por eso, la obra no solo relata historias individuales, sino que también retrata la realidad de nuestro país en tiempos de pandemia y, por qué no, parte de su propia idiosincrasia.

Uno de los aspectos más interesantes del montaje es cómo utiliza la idea de los rituales. Después de la pandemia, muchas personas no pudieron despedirse de sus familiares como hubieran querido debido a las prohibiciones que ya conocemos. No hubo abrazos, velorios ni una última conversación para decirlo todo. Frente a eso, la obra muestra cómo los seres humanos terminamos creando nuevas maneras de recordar, honrar y seguir adelante. Buscamos señales en todas partes y formas de comunicarnos con quienes ya no están. Los rituales aparecen entonces como una forma de resistencia emocional, como intentos de darle sentido a aquello que parece imposible de aceptar.

Más que hablar de la muerte o de pandemias, Rituales para despedirse habla de quienes permanecen en este mundo. De las personas que, aun cargando ausencias, intentan reconstruirse y encontrar una forma de seguir viviendo —o sobreviviendo— sin olvidar.

Cristina Soto Arce

22 de mayo de 2026

Crítica: LA CASA DE BERNARDA ALBA


El hogar como jaula: el factor del deseo y la resistencia de la heroína trágica

La puesta en escena de La casa de Bernarda Alba, propuesta por La vaca multicolor, ha sido quizá la mejor que he visto en cuanto a representaciones de clásicos de Federico García Lorca en nuestra ciudad. Entre varios aspectos a resaltar, las excelentes interpretaciones de las actrices destacan sobre todo lo demás: la fuerza del personaje de Bernarda Alba se impone a través de Gabriela Gaspar, quien demuestra un férreo control sobre sus hijas, pero que encuentra un contrapunto en La Poncia (encarnada por Maria Fernanda Misajel); ella, jefa de servicio de la casa, intuye los pensamientos de las jóvenes, pero igual comprende las complejas dinámicas sociales. Entre ambos pilares del hogar, encuentran cobijo y rigor la ingenua Magdalena (Jimena Uribe), una delicada Angustias (Maria Celeste Farfán), la astuta Martirio (Rafaela Vittet) y una apasionada Adela (Sharon Olivares). Así, se desarrolla frente a nosotros, espectadores del drama, la historia de estas mujeres que viven reprimidas, tanto desde casa como por la sociedad. 

Nos complace recomendar una obra como esta, donde un clásico texto teatral es enriquecido por las técnicas y aportes del presente. De este modo, los juegos de luces nos sumergen en perspectivas filtradas por tonos distintos y colores que evocan las emociones de nuestras protagonistas. Sobre el uso del humo y la sensación de elevación de la temperatura, tales acompañan la situación desoladora que atraviesan las jóvenes y representan, en todo sentido, lo asfixiante de su destino. A la par, el vestuario fue bellamente cuidado y proyectaba las particularidades de cada hermana, como la sencillez en la ropa de quien se encuentra más enferma, o por ejemplo lo sombrío en aquella que guarda gran resentimiento. Junto con ello, el uso de la utilería y los muebles nos inserta en un ambiente de largo luto y de reglas religiosas, donde los elementos frágiles son metáforas del vulnerable equilibrio en el hogar. La movilización de nuestros personajes entre dos ambientes, donde uno es el espacio que comparte con los espectadores y otro un poco más alejado de ellos, reflejan y profundizan las dicotomías que se nos presentan: el mundo doméstico de la mujer (en contraste con lo público y masculino); el ansia de libertad sentimental y sexual ante la represión de los afectos; el cariño entre las hermanas, suspendido por sus rivalidades; así como el deseo de una vida cargada de sensaciones, truncada por el mandato materno de preservación del honor. 

Finalmente, queremos mencionar lo valioso que encontramos en este tipo de propuestas de teatro, y donde bajo la dirección de Fernando Luque y la asociación de La vaca multicolor, nos vemos partícipes de un arte que se despliega con pura virtud y sensibilidad. Esperamos que el público que disfruta de los clásicos de la literatura se anime a asistir a próximas funciones, y que en este proyecto encuentre también la esencia que define a nuestras heroínas trágicas: lo que se nos ofrece es una experiencia profundamente identificada con el sufrimiento femenino de la época, pero que no deja de interpelarnos sobre el lugar que ocupamos las mujeres en el presente.  

Jimena Muñoz

22 de mayo de 2026

Crítica: EL ALCALDE DE ZALAMEA


¡Voto a Dios!

La acogedora Sala Alzedo, ubicada en pleno corazón del Centro de Lima, es sede de El Alcalde de Zalamea, obra icónica del dramaturgo, poeta y sacerdote español Pedro Calderón de la Barca, que regresa a la cartelera local después de más de cuarenta años bajo la dirección de José A. Rodríguez Garrido. Un numeroso elenco compuesto por nada menos que catorce actores y actrices, y un ensamble musical conformado por cuatro músicos, unen sus fuerzas para traer de vuelta a las tablas los versos del renombrado autor y darles nueva vida; tarea monumental si consideramos que han pasado ya varios siglos desde la primera representación que tuvo esta obra allá por los años mil seiscientos. Se aplaude el esfuerzo y el trabajo que la producción de un montaje como este implica, pero ¿vale realmente la pena desempolvar y montar una obra de tal antigüedad, o es que la poesía del madrileño encontraría mayor valor como objeto de estudio académico y registro histórico?

No sé si se me olvidó tomar mis pastillas para la inteligencia esa mañana, o si mi cerebro estaba demasiado agotado al término de una semana intensa como para descifrar el lenguaje poético de la obra (el cual fue deliberadamente mantenido de forma íntegra por el director), o si la propuesta tan purista del montaje impidió que el texto realmente llegue a mí de forma comprensible, o si mi falta de conocimiento sobre el contexto durante el cual se desarrollaron la obra y su autor influyeron en mi visionado, (probablemente haya sido una combinación de todas estas cosas), pero la verdad del asunto es que no entendí prácticamente nada de lo que vi las dos horas que estuve sentado en la primera fila del teatro. Y lo que es aún más desalentador, no sentí mayor cosa aparte de tedio durante la duración de esta puesta. 

Todo empezó así: un enorme retablo ayacuchano yace cerrado en el escenario. Dos soldados ingresan desde lados opuestos y lo abren, revelando al interior sus dos pisos y sus seis viñetas (tres por piso) dentro de las cuales están posicionados todos los personajes de la obra en poses estoicas y dramáticas. Visualmente impactante y muy prometedor inicio, sobre todo porque la música en vivo que acompaña este momento -y todo el montaje- es sublime. El problema inició cuando los personajes empezaron a hablar. Es hasta chistoso cuando lo recuerdo, porque tal como le dije a mis acompañantes después de función -quienes eran nada menos que una bibliotecóloga y un historiador de arte-, tenía la sensación de que ni siquiera era castellano lo que estaba escuchando, sino sánscrito. El texto de Calderón de La Barca, además de antiguo, es también poético (en el sentido estricto de la palabra), lo cual añade a la dificultad de su comprensión. Los versos empezaron a retumbar en mi cabeza, pero no de forma paródica o satírica, como muchas veces se abordan los textos clásicos, sino de forma solemne, realista, fiel al estilo de comunicación -y de teatro- de aquella época. Hice un intento valiente por conectarme con lo que los actores decían y hacían. Esperé pacientemente el momento en el que me acostumbraría al lenguaje empleado y todo cobraría sentido. Quise encontrar alguna especie de divertimento dentro de lo que mis ojos veían. Lamentablemente, nada de esto pasó.

Lo que sí pasó fue la amena cháchara posterior a la función en la que mi amiga la bibliotecóloga, su amigo el historiador de arte y yo, conversamos abiertamente y sin tapujos (como debe ser) acerca de lo que habíamos visto. Grata fue mi sorpresa cuando al contarles de mi experiencia viendo la obra, esta fue recibida de forma amable, y hasta empática. Interesante fue también para mí descubrir que la experiencia de ellos fue totalmente distinta. En su caso, sí hubo una conexión, una comprensión y un disfrute de la obra, lo cual me lleva a dos conclusiones importantísimas. Primero, que al momento de enfrentarse a una obra, sobre todo a una obra clásica, uno lleva consigo todo su bagaje y conocimiento cultural. En otras palabras, es mucho más probable que una persona versada en el contexto histórico, artístico y sociopolítico de una obra la disfrute más que alguien que llega sin mayor conocimiento previo sobre la misma. Asimismo, todas las obras ya vistas aportan muchísimo a la percepción de la obra que está viéndose por primera vez. Mejor dicho, todo lo anterior suma a nuestra comprensión y por ende al goce de lo actual. Habiendo dicho esto, sin embargo, mi segunda conclusión es sencilla, pero totalmente clave: el arte es, y siempre va a ser, subjetivo. Sí, siempre pueden aislarse aspectos específicos y técnicos de una producción y evaluarse de forma objetiva. Pero al final de cuentas, cada persona, dentro de su cosmovisión y experiencia única en y con el mundo, será quien finalmente determine si algo es de su gusto o no, independientemente de la excelencia técnica que pueda tener un producto artístico. 

Hablando de excelencia técnica, a nivel de producción, El Alcalde de Zalamea cumple con creces lo que promete. De hecho, ver esta obra fue casi como ingresar en un túnel del tiempo; no solo porque los vestuarios y caracterización de los personajes han sido minuciosamente construidos y son, según entiendo, históricamente correctos, sino porque como ya mencioné, el texto original (lleno de vocablos hoy en día obsoletos), fue intencionalmente mantenido de forma íntegra. Musicalmente, las piezas que acompañan las distintas escenas fluyen de manera orgánica dentro de la atmósfera creada por el director, y ciertamente aportan al drama del montaje. A nivel de utilería, esta aporta al realismo buscado ayudando a representar las escenas de forma fidedigna. Hay un importante logro también en lo que respecta al manejo de la lucha escénica y la dirección de actores en general, que hace que al menos visualmente la obra siempre sea dinámica. Actoralmente, el trabajo coral es en líneas generales competente, comprometiéndose el elenco con sus personajes y explotando sus rasgos arquetípicos, manejando sus textos de forma convincente, y aportándole peso a sus palabras, acciones y objetivos. Aunque claro, al tratarse de un lenguaje y un estilo de diálogo así de arcaico, el reto es tan grande que, por momentos, los textos suenan más declamados que sentidos, más actuados que vividos, más superficiales que internalizados, pero esto lejos de hablar de la capacidad actoral de los artistas en escena, puede sin duda atribuírsele enteramente a la complejidad del texto de Calderón de La Barca.

¿Recomendaría entonces El Alcalde de Zalamea? Depende de a quién. Si tienes un perfil académico, artístico y literario, gustas de textos históricos y con lenguaje poético antiguo, y disfrutas de relatos melodramáticos de honor, poder y justicia, diría que esta obra es para ti. Si no es así, es probable que tengas una reacción bastante similar a la mía y te sientas más perdido que… ya ustedes me entienden. Respondiendo a la pregunta que yo mismo formulé al término del primer párrafo de esta crítica, considero que sí tiene valor montar obras como esta, solo que dicho valor será distinto para cada persona. Para mí, por ejemplo, fue valioso encontrarme con el teatro del pasado, que inevitablemente ha influido en el teatro contemporáneo. Por otro lado, y no menos importante, siempre es bonito recordar que hay muchas más cosas por conocer, aprender y descubrir acerca de la industria de la que formas parte. ¿Qué esperas entonces para descubrir si tu voto por este alcalde es a favor o en contra? Tienen dos últimas funciones este 23 y 24 de mayo. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

22 de mayo de 2026 

Crítica: LA MELANCOLÍA DE LAS PLANTAS


Sobre la naturaleza y la tristeza

La obra La melancolía de las plantas de Gabriela Paredes es mucho más que una puesta en escena sobre naturaleza, o tristeza. Es una reflexión profundamente humana sobre la vida, la fragilidad emocional y nuestra relación con otros seres vivos. A través de un relato íntimo y sensible, Gabriela muestra cómo las plantas se convierten en refugio, compañía y hasta salvación para una persona que atraviesa un momento límite, marcado por el dolor, por las ganas de no estar, pero aferrarse al tiempo.

Nos muestra también una realidad. Un tema del que se habla bajito porque no se entiende, como si el resto de los mortales necesitáramos las pautas exactas de la decisión del otro, para no juzgarlo. Un tema que es urgente poner sobre la mesa, los escenarios, y las plataformas políticas: salud mental, y todo lo que eso arrastra.

Uno de los aspectos más valiosos de la obra, además, es la manera en que demuestra lo poderoso que puede ser hablar de aquello que nos apasiona. Y ojo, de lo importante que es saber de lo que hablamos. Cuando la protagonista habla de plantas, no lo hace solo desde el conocimiento, sino desde el amor y la necesidad de encontrar sentido. Esa pasión vuelve el discurso cercano, honesto y profundamente conmovedor. La obra transmite que los intereses personales también pueden ser una forma de resistir, sanar y reconectarse con el mundo.

Además, la obra no se queda únicamente en lo individual o emocional. Gabriela logra ampliar la mirada e incorporar temas sociales y políticos que atraviesan nuestra realidad actual, como los incendios forestales, la destrucción de los ecosistemas y la muerte progresiva de la naturaleza. Esto enriquece la propuesta, la convierte en una experiencia personal y en una reflexión colectiva sobre cómo tratamos al planeta y cómo el deterioro ambiental también refleja ciertas crisis humanas. La imagen de la bandera peruana entre el verde de las plantas, el olor a tierra que emana desde el escenario es poderosa y dolorosa. Porque, así como nosotras andamos sobreviviendo, aferrándonos al tiempo, nuestro país sufre del mismo mal.

Las plantas aparecen entonces como seres vivos con memoria, sensibilidad y presencia, no como simples adornos. La obra invita a pensar en la conexión entre el ser humano y la naturaleza, y en cómo muchas veces olvidamos que dependemos emocional y físicamente de ella. La melancolía de las plantas deja una sensación de sensibilidad y conciencia, recordándonos que incluso en los momentos más oscuros puede existir algo vivo capaz de sostenernos.

Cristina Soto Arce

22 de mayo de 2026

Crítica: DÍA 4 DE LA XIX MUESTRA MACROREGIONAL DE TEATRO LIMA – ICA – CALLAO, BRUNO LUERA


El teatro continúa…

Volvimos a Lima Norte. La Casa Cultural Haciendo Pueblo nos sigue acogiendo entre sus telones… que se abra la sala, que jueguen las luces, ¡que viva el teatro! 

La faena empezó con Historias Cotidianas de la agrupación teatral Los Punteños, una puesta escénica trabajada con personas especiales. El rótulo del director fue claro: al finalizar el espectáculo dijo que había trabajado con personas con habilidades impresionantes y extraordinarias. Pues fue así: el escenario se convirtió en un espacio donde lo magnífico es posible. Desde la ternura y lo simple se construyeron cosas hermosas a partir de un ritmo constante que marcaba la obra, una tonada parecida a un vals o referente a la música criolla. El gesto fue fundamental, acciones cotidianas fueron reconocidas y estructuradas desde su sistema social, por ejemplo, hubo escenas donde los vendedores fueron los protagonistas y su eterno enfrentamiento con los serenos; también hubo momentos de diversión con acciones precisas que iban repetidas de ritmo y parlamentos pequeños, caídas y recuperaciones, gestos humorísticos que alegraban el transcurso. Al finalizar, cada uno de los participantes realizó un solo de baile, donde la improvisación y el carisma se llevaron los aplausos del público.

Después de haber encendido el espacio con tal capacidad de encanto, pasamos a una puesta de la old school, donde personalidades fueron apareciendo desde las sombras. Lima 4 am del colectivo Cirqueando inició con música, dos intérpretes (uno con guitarra y el otro solo con su voz), que fueron tejiendo una historia que respiraba a madrugada y sonoridad divertida. La narración musicalizada y teatralizada se sostuvo desde la interacción de los artistas y su constante provocación al público. Durante la performatividad, se fue sintiendo la incomodidad de la calle y la invasión del personaje, un ex convicto que busca otra oportunidad. Los pasajes sonoros de la composición estuvieron guiados por un arpegio que era la columna vertebral para cada situación, la música iba de un lado a otro, con matices de distintos géneros, pero conectada por una sonoridad que retornaba a la situación, que funcionaba como pluma que escribe un texto. Los elementos fueron muy bien utilizados y las relaciones que se producen a partir de ello, entre el intérprete y su compañero y también con el público. Se reflexionó sobre el concepto de basura social, y cómo sería posible la reinserción de un exconvicto a la sociedad; un tema bastante cuestionable, muchas son las miradas, pero estamos dispuestos a dar segundas oportunidades, o de qué depende para estar prestos a una aceptación y a una reinserción. Los nervios se quedaron algo temblorosos después de esta puesta, ya que en varias ocasiones, debido a mi ubicación en las butacas, fui embestido por la energía del actor que hacía de exconvicto y por sus acciones.

En la tercera puesta del día, Casting artifi(I.A)L del colectivo Meleles, el ambiente cambió: se bajaron las revoluciones y los payasitos aparecieron. Esta creación tuvo como referente el cuerpo payaso, el ser payaso; cómo se mueve, cómo habla, cómo hace las cosas, las posibilidades del payasito son inmensas y más aún cuando intentamos generar algún tipo de reflexión en los espectadores. Se trabajó con la música, no solo se la presentó, se la intervino desde la edición, haciendo una buena selección de canciones y mezclándolas inteligentemente, para subir la velocidad, bajar la velocidad y mezclar algunos ritmos. La historia nos hace reflexionar sobre el mundo de la Inteligencia Artificial, cómo ha llegado a posicionarse en nuestra rutina y las causas que puede tener si se apodera rotundamente de nuestros espacios. Hay un monitor que todo lo ve, que todo lo sabe, siempre está dando indicaciones y parece manejar el mundo payaso; la realidad a veces supera a la ficción, pero el arte de la risa y la corporalidad del payaso permite reflexionar desde otra mirada, subraya la vida haciéndola más inverosímil para llegar a comprender en lo que nos estamos sumergiendo día a día. Una de las cosas que más me llamó la atención de esta creación es la voz y el cuerpo del payasito, cómo desde una corporalidad aparentemente descuidada e inocente se construye narrativas muy potentes y cómo desde una voz que en algunos casos solo balbucea se puede construir un hilo narrativo que va hacia lo imaginativo y permite la posibilidad de la creación del público. Porque una cosa es escuchar un parlamento, pero otra cosa es observar gestos, escuchar sonidos y paulatinamente ir construyendo una historia o una expresión.

La noche cerró con Candela, diario de una actriz, un unipersonal de Sonia Franco, que duró más de una hora, pero el tiempo no se sintió. Mantuvimos la atención y nos perdimos en los detalles. El color es lo que vive desde el primer momento, un texto resistente y una conexión con la vida, con los recuerdos. El movimiento era rápido constante y la voz no se apagaba, gran manejo de técnica. Una sensación fue lo que me dejó esta puesta, una sensación que se desmenuzaba en distintas expresiones, tristeza, resistencia, arte, amor, fracaso, dolor. La mirada de la actriz por momentos llegaba a un brillo trascendente, ese estado donde el artista se ha fundido con el escenario y su creación para ser el nuevo mundo que se habita. Gran parte de la composición me aludía a la calle, había pedazos de calle en los desplazamientos, en los textos, en los altibajos, cambios constantes ordenaban una sensación potente que se supo colar entre mis ojos. Hubo magia, burbujas nos acompañaron en la noche, fue un cierre excelente, después de tanto talento asentamos con algo sólido, una remembranza a los muertos, a Mario Delgado y su presencia, su enseñanza, que se sintió, estuvo presente.

Así se dio la cuarta fecha de la Muestra, con muchos aplausos, conversaciones intrincadas, comentarios ajenos subjetivos. Hay una gran alegría en todo lo que nos rodea. Haciendo Pueblo cumple su anfitrionaje con mucha ilusión, los artistas acuden con disciplina, con entereza, para mostrar sus trabajos, para ser vistos, para ver también, y seguir haciendo arte, seguir existiendo dentro del teatro y para el teatro.

Moisés Aurazo

22 de mayo de 2026

jueves, 21 de mayo de 2026

Crítica: AÍDA


La majestuosidad de Verdi conquista el Gran Teatro Nacional

La monumental puesta en escena de la ópera Aída convierte al Gran Teatro Nacional del Perú en el escenario de una experiencia donde el amor, el poder y el deber chocan con intensidad desgarradora. Esta producción del 17.º Festival Internacional de Ópera Alejandro Granda, bajo la dirección artística de Ernesto Palacio, apuesta por la grandiosidad visual y sonora sin perder de vista la dimensión humana del clásico de Giuseppe Verdi.

Desde la avant premiere, la propuesta dejó claro que su mayor fortaleza se encuentra en el impacto del conjunto de todos sus elementos escénicos. La escenografía diseñada por Pepe Sialer construye un Egipto monumental y elegante, capaz de envolver al espectador desde el primer instante, mientras el diseño de luces acompaña cada tensión dramática con precisión y atmósfera. La dirección escénica de Renato Bonajuto encuentra equilibrio entre lo íntimo y lo épico, permitiendo que los conflictos emocionales respiren dentro de una puesta de gran escala.

En el plano musical, la experiencia alcanza momentos verdaderamente memorables gracias a la imponente presencia de la Sinfonía por el Perú, dirigida por el gran maestro Cesare della Sciucca. La orquesta sostiene la intensidad dramática de Verdi con fuerza y sensibilidad, acompañando a un elenco internacional sólido encabezado por Yolanda Auyanet como Aída, Zinaida Tsarenko como Amneris e Ivan Magrì como Radamès. También destacan Marco Caria como Amonasro, Alberto Comes como Ramfis, Xavier Fernández como Il Re d’Egitto, D’Angelo Díaz como Il messaggero y Elizabeth Guerrero como Sacerdotessa. La participación especial del Coro Nacional del Perú aporta una potencia coral que engrandece las escenas colectivas y reafirma el carácter monumental de la obra.

La coreografía de Jimmy Shimizu suma dinamismo y belleza visual, especialmente a través del trabajo de los bailarines adultos, cuya presencia escénica aporta elegancia y energía a la puesta. La incorporación de bailarines infantiles añade sensibilidad y frescura a determinadas escenas. Asimismo, el vestuario diseñado por Susana Torres acompaña adecuadamente la estética monumental del montaje y contribuye a la construcción visual de este Egipto teatralizado.

Más allá de cada detalle técnico, lo que permanece es la experiencia profundamente envolvente de ver Aída en vivo, en la inmensidad del Gran Teatro Nacional del Perú. Una experiencia escénica que conmueve desde lo visual, lo musical y lo emocional, y que confirma por qué esta obra continúa siendo uno de los clásicos más apasionantes del repertorio universal. A esta producción le queda solo una función este 22 de mayo y las entradas se pueden conseguir en Teleticket: una última oportunidad para dejarse arrastrar por la fuerza inmortal de Verdi.

Tammy Alfaro

21 de mayo de 2026

martes, 19 de mayo de 2026

Crítica: ARDE


Una experiencia física y visceral

La danza en Arde no busca complacer: arremete. Desde el inicio, la obra dirigida por Cory Cruz y Lucía Meléndez instala una atmósfera donde el cuerpo parece debatirse entre el deseo, la violencia y la necesidad de contacto. Presentada en el Centro Cultural de la Universidad del Pacífico, la pieza convierte el escenario en un territorio visceral donde la pulsión humana se manifiesta sin filtros.

El elenco: Brado Díaz, André Garay, Kimiko Guerra, Haziel Gutiérrez, Paul Lazo, Lucía Montenegro, Joselyn Ortiz y Silvana Palomino sostiene una intensidad física admirable. Saltos, cargadas, choques y caídas ocurren casi sin pausa, evidenciando confianza colectiva, resistencia y un sólido dominio técnico.

Uno de los mayores aciertos de Arde es la construcción de imágenes vivas. Los cuerpos aparecen fragmentados, impulsivos, profundamente conectados con la tierra. Hay espirales, rebotes, repetición y una constante pulsión hacia el suelo: se golpea, se arrastra, se salpica arena. El movimiento parece surgir desde impulsos internos más que desde formas rígidas, manteniendo una sensación permanente de búsqueda.

La sexualidad atraviesa toda la pieza. Arde se siente como una sinfonía de seres humanos desatados, guiados por el deseo, la tensión y la necesidad del otro. Los intérpretes no solo ejecutan movimiento: se involucran completamente entre sí, generando momentos de lucha y liberación particularmente potentes.

Visualmente, la obra encuentra fuerza en el uso de la arena, el humo y la iluminación ámbar. Elementos como flores, una bolsa plastificada y cables transparentes crean imágenes sugerentes que expanden la imaginación del espectador. Aunque algunos recursos pudieron explotarse aún más, la puesta mantiene una atmósfera magnética de principio a fin.

Le quedan cuatro funciones en esta temporada en el Centro Cultural de la Universidad del Pacífico, los sábados y domingos del 9 al 31 de mayo. Arde es una experiencia escénica intensa para quienes disfrutan de la danza contemporánea que arriesga y se sumerge en las zonas más instintivas del ser humano.

Tammy Alfaro

19 de mayo de 2026

domingo, 17 de mayo de 2026

Crítica: EXHUMACIÓN


Búsqueda

Un mural que refleja nuestra realidad, con frases que nos son familiares; y dos danzantes: así inicia Exhumación, creación de Angeldemonio Colectivo Escénico. Se trata de una obra que nos invita a pensar sobre cómo es que la masculinidad se construye. A través de la danza, el movimiento, nuestras tradiciones y la energía de sus actores en escena, la puesta logra mostrar los conflictos que muchas veces forman parte de nuestra realidad.

En esta puesta en escena, dirigida por Miguel Rubio Zapata e interpretada por Ricardo Delgado y Augusto Montero, se puede apreciar como principal elemento la danza de los shapis, tradicional de Chupaca, en Junín. Desde allí, la propuesta empieza a mostrarnos cómo la religión y las costumbres influyen en la manera en la que los hombres aprenden a comportarse o a relacionarse con los demás.

Durante toda la puesta en escena los actores pasan de momentos de fuerza a momentos de fragilidad, mostrando una lucha constante consigo mismos. A través de sus movimientos y de la energía que transmiten, podemos ver cómo los personajes intentan encontrar quiénes son realmente, más allá de todo aquello que la sociedad les ha enseñado.

El efecto visual, sin duda, atrae de una manera muy especial. La obra nos hace recorrer nuestra cultura, no solo desde sus costumbres y tradiciones, sino también desde los problemas y contradicciones de la sociedad actual. Ese aparente desorden en el mural termina convirtiéndose en arte, logrando que todo tenga sentido dentro de la historia.

La energía de los intérpretes y el juego escénico hacen que el público se mantenga conectado todo el tiempo; además, el uso de los elementos genera la construcción de figuras y formas muy interesantes. Sin duda, cada escena transmite emociones distintas y nos permite ver esa búsqueda de esencia de los personajes.

Por otro lado, la puesta en escena toca temas fuertes como la violencia, la religión y el machismo, sin necesidad de decirlo todo directamente. Todo se entiende a través de las acciones y las emociones que se viven en el espacio del ICPNA Centro, haciendo que el espectador saque sus propias conclusiones y reflexione sobre lo que acaba de ver.

Exhumación termina siendo una obra que no solo impacta visualmente, sino que también deja pensando. Es una puesta en escena intensa, llena de energía y emociones, que definitivamente vale la pena ver.

Javier Gutiérrez

17 de mayo de 2026

Crítica: EL VIAJE DE CLEO AL CORAZÓN DEL CIELO


Recuento de un cuento

Los cuentos siempre han sido una de las maneras más bonitas de transmitir emociones, de llegar al corazón y de dejarnos algo que aprender. Y cuando hablan sobre situaciones que nos tocan profundamente, pueden incluso convertirse en motivo de cambio y transformación. Sin duda, El viaje de Cleo al corazón del cielo es una puesta en escena que conmueve desde el primer momento hasta el final.

La obra nos presenta un escenario que parece salido de un cuento: personajes entrañables, una atmósfera mágica y detalles visuales que hacen que el espectador se sienta parte de la historia. A través de ese recorrido, la puesta en escena nos lleva por las distintas etapas del duelo, pero no desde la tristeza absoluta, sino desde una mirada esperanzadora que invita a seguir adelante, a resistir y a encontrar fuerzas incluso en medio del dolor.

A lo largo de la obra, vemos cómo los personajes evolucionan emocionalmente y cómo cada escena nos acerca un poco más al mundo de Javier, quien enfrenta distintas pérdidas dolorosas a lo largo de su vida. La historia logra conectar porque habla de sentimientos muy humanos: la ausencia, la memoria, el amor y la necesidad de sanar.

La escenografía complementa perfectamente el relato. Cada elemento parece cuidadosamente pensado para reforzar la esencia del cuento y hacernos volver, aunque sea por un momento, a esa capacidad de creer, imaginar y sentir con inocencia. Los personajes, además, transmiten mucha sensibilidad y cercanía.

El trabajo sonoro también merece destacarse, ya que acompaña cada momento de manera muy emotiva. La música y los efectos logran intensificar las emociones y hacen que cada escena se sienta más profunda y significativa.

El final, sin duda, es uno de los momentos más conmovedores de la obra. Nos invita a pensar en nuestras propias pérdidas, en aquellas personas que marcaron nuestra vida y que, de alguna manera, siguen presentes en lo que somos. Muchas veces se habla de la memoria desde lo histórico o colectivo, pero esta puesta en escena nos recuerda también la importancia de nuestras memorias personales, de esos seres queridos que nos inspiran a seguir adelante y a sacar lo mejor de nosotros mismos.

Entre emociones, recuerdos y momentos profundamente humanos, El viaje de Cleo al corazón del cielo termina convirtiéndose en una obra que realmente vale la pena ver. Y, desde una mirada muy personal, diría incluso que es una experiencia necesaria.

Javier Gutiérrez

17 de mayo de 2026