sábado, 19 de septiembre de 2026

Crítica: TERCER CUERPO


El último rincón

Nos recibe un espacio cargado de elementos que identifican una oficina pública de los años 80. La saturación es lo opuesto a la calma, resulta asfixiante y su disposición obliga a tres antiguos empleados a realizar desplazamientos forzados, como ratones en un experimento de supervivencia, que consiste en resistir los cambios que trae la modernidad. Pero también es el espacio que pone a prueba la capacidad de soportarse a sí mismos, como los protagonistas de A puerta cerrada de Sartre.

En esta vieja oficina, que sufre repentinos apagones, vemos los restos de un mundo en decadencia. Es el último rincón del ministerio (el tercer cuerpo del edificio). Sandra, Moni y Héctor cargan con esa fatalidad y se ven a sí mismos como restos sociales sin futuro, cada cual con su propia frustración que se va revelando poco a poco. La modernidad, que es el devenir de la vida, nos va dejando al margen cuando nos aferramos al pasado. La frustración de cada uno es el resultado de situaciones no resueltas.

Moni es una mujer insoportablemente entrometida, que finge trabajar en exceso para disimular que ha terminado viviendo en la propia oficina porque nadie la acoge. Sandra parece más cuerda, pero sufre una frustración por no poder ser madre y no convence ni a su ex marido para lograrlo artificialmente. Héctor es un cincuentón que vivía con su madre, pero ella acaba de morir, por lo que ellas lo consuelan. Él guarda un secreto, que queda pendiente hasta el final. En paralelo y de manera fugaz, aparece en escena una pareja incapaz de mantener su relación de amor-odio.

La obra juega a las historias cruzadas. El autor plantea un deliberado desequilibrio entre dos grupos en escena. Uno, formado por los tres empleados en torno a los cuales se desenvuelve la historia principal; y el otro, formado por la pareja joven, que aparecen fugazmente e interactúan apenas para anunciar que suena el teléfono, como una voz en off, dejando la duda de su existencia real. Acaso son muertos o fantasmas, pero desconectados de los otros. En cada aparición la pareja joven ratifica su incapacidad para resolver su incierta relación de atracción y repulsión. La pareja joven parece representar el presente, que tampoco resuelve sus propias crisis. 

El uso de las historias cruzadas como recurso dramático crea expectativa. Intuimos que las historias paralelas se cruzarán en el desenlace, pero se requiere agilidad en el texto y que no se sienta que unos y otros esperan su respectivo turno para intervenir. En este caso el desequilibrio se agudiza por el diferente nivel de actuación. Más tarde entendemos por qué estaban allí, pero ya ha perturbado el ritmo y confundido demasiado. 

Claudio Tolcachir, autor también de La omisión de la familia Coleman, propone en Tercer Cuerpo un panorama sombrío de la soledad humana. Sus personajes carecen de esperanza. Según el propio Tolcachir, es la historia de cinco vidas infelices atrapadas por la soledad, el miedo y la incomunicación. 

La puesta de esta obra tiene su mayor mérito en el trabajo actoral de Nicolás Fantinato, un maestro de la actuación. La obra sería más densa, sin sus toques de ironía; y demasiado liviana, sin su capacidad histriónica. Es un texto interesante que no ha sido explotado con el debido cuidado en los detalles que distraen o incomodan, como los movimientos erráticos de los personajes tratando de acomodarse en el atiborrado escenario. 

En cuanto a su resolución, la historia no brinda elementos que conduzcan o permitan sospechar el final. Si bien la obra gana en sorpresa, pierde en credibilidad. Parece que el autor estuvo forzado a alinear la historia por condescendencia con un público joven y progresista, antes que buscar algo más coherente.  Por ello, no termina de convencernos la violencia de la escena final, ni la conversión de todos en sujetos comprensivos que vuelven a una normalidad que no existía al principio.

Aún así, el tema de fondo se mantiene: la incapacidad de estas personas por superar el aislamiento en un mundo que los va dejando en el depósito final de los trastos viejos.

David Cárdenas (Pepedavid)

19 de setiembre de 2026

Crítica: SIMÓN


Sobre mariposas y polillas

En julio de este año, el teatro Juanita Tarnawiecki (ex Mocha Graña) albergó el regreso de una obra poco usual para la cartelera limeña, pero en el buen sentido. Una historia que nos traslada a un episodio de la serie La ley y el orden, llena de tensión y momentos que te dejan en la incertidumbre, pero también con una gran desazón. Presenciamos cómo un niño fue convirtiéndose en un adulto que no sabía gestionar sus emociones, que nunca se sintió querido o parte de algo. Lo vimos convertirse en un peligro para la sociedad: pasar de víctima a victimario.

Un solo acto, una sola decisión puede conllevar a hechos trágicos, incluso muchos años después, e incluso puede perjudicar a personas que no tienen ninguna relación directa, pero el daño colateral es inevitable. A veces una herida mal cerrada puede manchar a más de una persona y a más de una generación.

¿Alguna vez te has preguntado qué pasa por la mente de un psicópata?, ¿qué se siente estar en su cabeza?, ¿qué nos dicen de él sus traumas?, ¿por qué actúa de esa manera?, ¿en qué momento se perdió?

Simón nos habla de eso. Conocemos al personaje (interpretado por Dante del Águila) cuando ya está en la cárcel. Sabemos los crímenes que ha cometido y solo está esperando a ser condenado a la silla eléctrica.  Al mismo tiempo, conocemos a una psicóloga (MaryCarmen Sirvas) que carga con sus propios problemas y traumas, los cuales iremos conociendo a medida que avanza la obra, pero que al mismo tiempo se encuentran entrelazados con la historia de Simón.

Mientras avanzan la historia, vemos flashbacks del pasado de Simón —una decisión muy oportuna tanto a nivel de guion como de dirección —. Vemos cómo fue abandonado de niño y otros sucesos más que van marcando su paso por el mundo.  

Algo que destaca mucho sobre los flashbacks es la buena ambientación con tan solo unos pocos elementos, como un barril de basura y un fondo que simula ser una pared con graffitis. Asimismo,  se usan recursos que ayudan al público a imaginarse a un Simón de niño. No nos lo muestran tal cual, sino que es como si nosotros, el público, fuésemos Simón niño: la nana le habla dirigiéndose a nosotros. Una decisión que a primera vista podría parecer casual, pero una vez que se van procesando los hechos, uno se da cuenta de que no lo fue. Es más, ningún elemento ni escena sobró.

Por otro lado, la música (un jazz de los 80-90) nos ambienta muy bien en la época y le da a cada escena un contrapeso que hasta cierto punto perturba. Ves cómo una canción tan movida y pegajosa como las de Frank Sinatra sirven de fondo para escenas oscuras y violentas.

Si bien por momentos hay securncias que se sienten fuera de lugar, sin contexto, nos recuerdan la importancia de la paciencia,  pues a medida que todo se va desarrollando, cada pieza va tomando su lugar, cada historia personal va tomando forma, los hilos se van uniendo, entendemos el peso de cada escena, la relación entre los personajes. Hasta ese incómodo sonido inicial que simula los latidos de un corazón acelerado termina por integrarse al latido del corazón del espectador mientras espera, junto con Simón, su ejecución final.

Sin duda es una puesta en escena compleja; Karinba Producciones y Alumbra Producciones nos presentan a un psicópata tanto como agente de violencia como víctima de un sistema que no supo protegerlo de niño, sin caer en la justificación de sus actos. Tenemos una puesta que tampoco deja de lado la historia de las mujeres que también son víctimas de un sistema que no prioriza sus casos, que al final solo terminan siendo nombres en fichas que serán archivadas. Tal es el caso del personaje de la hija de la psicóloga, el cual resulta curioso por el hecho de ser un personaje sin voz. La vemos en escena, se comunica mediante gestos, pero no habla, solo la “escuchamos” a través de Simón, lo cual termina siendo significativo, teniendo en cuenta que es una víctima de este y que su voz, así como su historia, terminan desapareciendo y dejan de existir junto con Simón.

Es así que Simón termina siendo una obra de la cual sales llevándote una grata sorpresa (aunque también drenado por la carga emocional), pues tanto el guion como la dirección,  así como las actuaciones y producción en general se sintieron sumamente cuidados,  que hubo dedicación y esfuerzos invertidos. Que el teatro siga sorprendiéndonos con obras de esta calidad, porque seguiremos aplaudiéndolas.

Bárbara Ríos

19 de setiembre de 2026

martes, 15 de septiembre de 2026

Crítica: EL ÚLTIMO POST


Un final anunciado

Subimos al tercer piso de un edificio multifuncional e ingresamos a una sala oscura, en donde parece que la función de El Último Post ya había empezado antes de que llegáramos. Nos colocamos alrededor de un cadáver extendido sobre un gran papelógrafo con frases hirientes que lo rodean, como si esas palabras fueran los cuchillos con los que ha sido asesinado. Nos mantenemos de pie los veintitantos minutos que dura, como cuando alguien toma la palabra y hace un brindis en un velorio. La historia ha comenzado por el triste final. Ahora toca oír el relato en boca de su protagonista, Charlie Kristel.

La disposición del espacio no es casual. Alguien que necesitaba tanto de los demás como para ser dependiente de sus "likes", requiere estar rodeado de sus improvisados amigos para contar, a modo de despedida, su historia, en un ambiente íntimo, oscuro y tibio. El contacto con los asistentes es directo y constante durante toda la "sesión" que se desarrolla casi como un rito en el cual algunos participan, a ruego del suicida.

La muerte es un tema frecuente en el arte. Es el final esperado de la tragedia desde que esta se inventara. Esta obra, escrita, dirigida e interpretada por Keyner Gudiño, no busca una reacción de pesar por parte del espectador frente a una situación ficticia. Conmover, a veces, solo es provocar una sensación pasajera, como el miedo en una película de terror o la risa en una comedia. Conmover al espectador en este caso significa llevarlo a la reflexión y el compromiso.

Kristel - el personaje que interpreta Gudiño – podría haber tenido una vida más “normal”, según los gustos y reglas impuestas por la sociedad y en particular, por su familia. Pero él quería algo diferente y no encontró apoyo en quienes debían darle amor y fortaleza. Entonces, al tomar un camino diferente no solo rompe con estructuras sino que también se rompe su equilibrio interno. El mundo se traslada a la virtualidad de las redes sociales en busca de aprobación y es incapaz de soportar que en ese espacio también lo rechacen. Entonces, ya no se trata solo de la soledad o de una personalidad débil o un estado anímico pasajero de depresión, sino de un camino sin retorno hacia la autodestrucción. Ese es el camino del suicida, que transita sin posibilidad de salvación si no hay alguien que le brinde el apoyo necesario en el momento más crítico.

Kristel no encontró ese apoyo y no vio otra opción más que la muerte. El final anunciado llega inexorablemente. No hay sorpresa ni pena sino impotencia: no hicimos nada para evitarlo. No sirvieron de nada los corazones que nos repartieron al ingresar para reaccionar ante la noticia de su muerte. Ese cadáver nos interpela.

La obra termina, se encienden las luces y el equipo de Ktrending producciones nos cuenta la otra historia. La del trabajo de creación de la obra, con énfasis en el tema: el suicidio. La actriz Odette Santos ha tenido a su cargo la labor de asistencia de dirección y apoyo psicológico. Este último rol ha sido fundamental durante el proceso de creación. El equipo asumió con responsabilidad la tarea de decir las cosas con fundamento científico. La creatividad no puede ser una puerta abierta a mensajes equivocados sobre un tema tan delicado. Ella conduce la charla. El tema del suicidio pasa entonces de la ficción a la realidad de cada uno de los asistentes. Algunos cuentan su propia experiencia. El arte se convierte en un instrumento de educación, pero también de prevención.

Al finalizar, Santos hace una exposición de conceptos elementales para que quede claro el problema tratado y nos vamos enriquecidos con la información y advertidos de tener en cuenta las señales de un probable suicida a nuestro alrededor a quien podemos ayudar.

Felicitaciones al equipo de Ktrending producciones por haber realizado un buen montaje y complementarlo con educación y promoción de la salud mental.

David Cárdenas (Pepedavid)

15 de setiembre de 2026

Crítica: SÉ QUE AÚN ME QUIERES


Entre la nostalgia predecible y la fórmula conocida

Hace poco estuve en Basement NAIA para poder ver la obra Sé que aún me quieres, bajo la dirección de Jesús Alvarez Betancourt y las actuaciones de Andrea Llamosas, Alessandra Traverso y Franco Iza.

La obra aborda un tema más que explotado: el reencuentro de una expareja —triángulo sentimental incluido— para tener esa conversación pendiente llena de reproches, nostalgia y heridas sin cicatrizar.

Pese a que el texto resulta efectivo, no aporta una temática novedosa al melodrama íntimo ni maneja un subtexto profundo. Los personajes expresan sus emociones de manera demasiado evidente, lo que priva a la audiencia de la oportunidad de deducirlas o interpretarlas.

En cuanto a la dirección, la elección del espacio (Basement NAIA) resulta un acierto al brindar una valiosa cercanía con el público, aún así la propuesta no logra resolver del todo los problemas de visibilidad ni el ritmo escénico que exige la disposición alrededor de las mesas.

Respecto al trabajo del director en torno a la dinámica actoral, se percibe una reticencia a incorporar pausas dramáticas, apelando a diálogos continuos para sostener la atención. Esto termina por restar peso a los momentos de mayor impacto emocional. Asimismo, el trazo de los desplazamientos resulta predecible, desaprovechando la oportunidad de construir una puesta en escena más arriesgada e inmersiva.

En el plano actoral, Iza aporta naturalidad —sobre todo en el registro cotidiano— y se consolida como el ancla del ritmo en escena. Sin embargo, al transicionar hacia el drama más intenso, su interpretación se percibe repetitiva y apegada a sus patrones habituales.

Por su parte, Llamosas y Traverso demuestran una notable energía y compromiso escénico, logrando conectar con el público durante las escenas de confrontación. Lamentablemente, en ciertos pasajes caen en una sobreproyección vocal e hiperactividad corporal que resultaron innecesarias dada la extrema proximidad física del espacio.

En cuanto al trabajo de conjunto, el elenco funciona de manera articulada para el tono ágil de la comedia, pero flaquea al momento de construir una verdadera intimidad en escena.

El mayor acierto de la producción radica en la elección del espacio para lograr esa cercanía, así como en la apuesta por un diseño escénico minimalista, a diferencia de la iluminación que resultó plana y carente de matices atmosféricos.

Finalmente, si bien la obra cumple como un entretenimiento ligero para quien busca una salida relajada, al analizarla con mayor rigor queda en la superficie: nos encontramos ante un texto predecible, una dirección cautelosa y un apartado técnico condicionado por su espacio, cuya propuesta termina sosteniéndose principalmente en el carisma de su elenco.

Javier Bendezú

13 de setiembre de 2026

domingo, 13 de septiembre de 2026

Crítica: LA PROFESORA


Una lección de empatía 

Dos maestros de la actuación se reúnen en esta comedia dramática para interpretar a dos personajes muy distintos con los cuales es fácil empatizar y que pueden encontrar puntos comunes para enfrentar sus propias crisis con dos personajes ausentes, que son sus respectivas hijas.

América Alcalá es una profesora cercana a la jubilación (Ivonne Frayssinet). Es tutora de una joven estudiante a punto de perderse y cita a su padre, Carlos Ortiz (Leonardo Torres) para que se haga cargo de su mala conducta.

Ella es culta, fina y recta. Él es un vendedor de pescados con escasa educación y rudos modales. Nada tienen en común, salvo que ambos tienen conflictos con sus respectivas hijas, aunque es Daniela, la hija de Ortiz la que motiva el encuentro y alrededor de su fallida conducta escolar se desarrolla la trama.

La tutoría de la escuela es el espacio en donde estos personajes se encuentran, se enfrentan y se descubren, en el más profundo sentido del término.

Cada cita es más fugaz pero más comprometida. Los diálogos están cargados de reproches duros y hasta hirientes, pero las situaciones adquieren un tono de ternura y un toque de hilaridad que los hace comprensivos.

El irresponsable puede ser el padre más responsable que existe y la dura y ecuánime intelectual puede ver en ese espejo su propia fragilidad. La soledad de ambos está presente en todo momento y es el factor fundamental de sus conductas.

Una tarea impuesta como castigo permite que la literatura reciba el homenaje que merece como espacio para la imaginación. La ilusión que  genera la lectura es el escape a los problemas cotidianos, pero también la llave para resolver realidades adversas. La vida, felizmente, no es ajena a esa fantasía encerrada en páginas que la profesora ofrece y el rudo vendedor de pescados descubre.

El texto del dramaturgo español Eduardo Galán nos conduce con escenas cortas y ágiles por un proceso de transformación humana, de ambos lados, desde la desesperanza hasta una luz que los ilumina con la ilusión compartida. El diálogo revela a pinceladas las personalidades, aunque no profundiza en las realidades de cada uno más allá de los conflictos con sus respectivas hijas y con su propia soledad y por ello resulta algo condescendiente con un romanticismo ligero, para ser más agradable al público. El rudo no es tan agresivo que nos provoque rechazo, porque ante todo se muestra su conducta como padre que se esfuerza en favor de su hija. La profesora es antipática y dura, pero no tanto que le impida transitar a la ternura.

De la mano de Mateo Chiarella, la obra nos envuelve, gracias a la magia del teatro circular, el perfecto juego de luz y la discreta compañía de la música, y nos permite arribar a un puerto tranquilo como el final feliz de los cuentos que alguno de ellos por fin se atreverá a escribir.

Un agradable obra que crece gracias a la excelente actuación de Torres y Frayssinet.

David Cárdenas (Pepedavid)

13 de setiembre de 2026

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Crítica: Y.A.P.H.


Dos escenas, un escenario

Hablar de relaciones familiares en el teatro puede llevarnos abordar estos temas de diversas maneras y al mismo tiempo tocar emociones como la nostalgia, el amor, el dolor o el rechazo. Todo depende de cómo se aborda el conflicto y de cómo este se transforma en escena. En ese sentido, Y.A.P.H., escrita por Luisito Fernández, un texto que nos presenta dos familias que viven situaciones distintas. Cada una de ellas transita en sus propios conflictos. Cada historia avanza de manera independiente hasta encontrarse en un punto común, quizá el más tierno y emotivo de la obra. Dos familias, dos historias y dos realidades abordadas con sutileza, pero también con una intensidad que logra mantener nuestra atención.

Y.A.P.H. desnuda una realidad pocas veces percibida: las cargas, expectativas y silencios que los adultos depositan sobre los hijos, así como aquellos secretos familiares que deberían gritarse.

La puesta en escena cuenta con un elenco que ha sabido no solo tejer la historia, sino también implicarse profundamente en ella. Podemos observar la evolución de cada personaje, sus conflictos y los problemas que atraviesan, construyendo progresivamente las distintas situaciones que plantea la obra. Los jóvenes actores han sabido sostener una energía constante, que les permite consolidar cada momento y llevar la puesta en escena hacia su objetivo. Si bien hubo pequeños momentos en los que algunas acciones escénicas pudieron sentirse un tanto sucias o poco precisas, estos detalles no llegan a opacar el trabajo del elenco ni a restarle fuerza a la obra, que consigue mantener su intensidad y avanzar con solidez hasta el final.  

Cabe destacar también la dirección de Diego La Hoz, quien conduce la puesta en escena incorporando distintos matices y aprovechando la energía de sus intérpretes para construir momentos que permanecen marcados en el desarrollo de la obra.

Desde el aspecto técnico, los elementos escénicos contribuyen a construir el espacio donde se desarrollan las historias, mientras que la música y las luces acompañan y refuerzan las situaciones que atraviesan cada uno de los personajes.

Y.A.P.H. es, sin duda, una obra que vale la pena ver. No solo por su propuesta escénica y el trabajo de su elenco, sino por el mensaje que deja. Porque algunas historias familiares pueden parecer lejanas hasta que el teatro nos obliga a mirarlas de frente.

Javier Gutiérrez

9 de setiembre de 2026

lunes, 7 de septiembre de 2026

Crítica: KORTAS MARTES - JULIO


Para comenzar la semana

Los clásicos martes de Kortas, en el Teatro Barranco, han hecho de este día uno en que podemos disfrutar de obras nuevas y divertirnos entre semana. En julio, asistimos a la presentación de propuestas sobre temas y dinámicas diferentes, lo que nos emocionó gratamente. De las cuatro puestas en escena, dos correspondían al género cómico y las otras podemos asociarlas a lo musical. Las mencionadas al inicio, El triple perfecto y Blancanieves, abordan temas de la vida diaria, la convivencia, amistad y amor. La primera, escrita por Luisito Fernández, conocido ya en Teatro Barranco, fue representada por Russell Vásquez, Rodrigo López y Guillermo Távara como los tres amigos, quienes descubren un extraño vínculo más entre ellos. La segunda, dirigida por Manchi Ramírez, cuenta con las actuaciones de Yeider Oré y Camila Mendoza, insertos en los marcos del cuento, pero al que se le da la vuelta en esta adaptación. 

Las obras que combinaban elementos teatrales con música fueron las que más nos llamaron la atención, por lo que también representaron apuestas muy interesantes. Por un lado, Sácame los prohibidos, nos cuenta la historia de Aldo, bailarín experimentado de caporal, quien se ve envuelto en un romance por el que debe luchar contra su rival, ya no solo de danza sino también, ahora, en el amor. La dramaturgia nos viene de la mano de Daniel Flores, con las actuaciones de Davo Salazar, Shany Huso y José Solís, quienes nos mantienen en el ritmo del relato, paso a paso. 

Quizá uno de los momentos más especiales de la noche fue cuando cantó Trilce Cavero, actriz de En la vieja quinta. Ella interpretó a Blanca, hermana del personaje encarnado por Fernando Pasco, por lo que junto a él, Rogelio, protagonizan discusiones y bromas que inspiran un cariño entrañable.  La obra, escrita por Daniel Tapia y dirigida por Marco Palomino, pone en los ojos del público la cultura criolla y nos devuelve a ella, con su valor y costumbres, a través de la nostalgia. Los hermanos, a pesar de sus diferencias de carácter, logran encontrar puntos comunes, planteándose los ya conocidos dilemas de la vida familiar; así, el humor y la ternura se encuentran en esta obra, y se expresan en distintos lenguajes que logran llegar a nosotros.

Nos complace resaltar que en esta ocasión vimos gran asistencia de público, lo que también nos genera expectativas del lugar que se empieza a hacer el microteatro en los escenarios limeños.  No queremos dejar de recordarles que siempre en este espacio, de Teatro Barranco, encontramos un ambiente relajado, en el que se puede consumir alimentos y bebidas; por ello, es ideal, justamente, para pasar una noche de martes y divertirse, con cultura y arte.

Jimena Muñoz

7 de setiembre de 2026

Crítica: I.D.I.O.T.A.


Cuando pensar se convierte en una peligrosa forma de sobrevivir

En el Teatro de Lucía, en Miraflores, se presenta I.D.I.O.T.A., thriller de humor negro escrito por el dramaturgo español Jordi Casanovas y dirigido por David Carrillo. Con Sandra Bernasconi y Armando Machuca en escena, la obra propone un juego psicológico en el que la inteligencia, la manipulación y la necesidad económica se convierten en piezas de un mecanismo cada vez más inquietante.

La historia sigue a Carlos Varela, que acepta participar en un experimento psicológico a cambio de una importante suma de dinero. Lo que inicialmente parece una prueba de inteligencia pronto se transforma en un enfrentamiento donde las reglas cambian y cada respuesta puede tener consecuencias inesperadas.

Desde el ingreso a la sala, la propuesta visual establece un código definido. La escenografía minimalista, dominada por el blanco y una composición geométrica de líneas y elementos precisos, construye un espacio cercano al público y coherente con la idea de un laboratorio controlado. La aparente limpieza del escenario dialoga con una atmósfera de vigilancia y experimentación. El vestuario, a su vez, diferencia con claridad los universos de ambos personajes y aporta información sobre sus cualidades psicológicas.

La iluminación cumple una función decisiva en la construcción del relato. Los cambios cromáticos acompañan la tensión de la acción y contribuyen a delimitar estados emocionales: el rojo intensifica la amenaza, mientras los tonos fríos refuerzan el misterio y la distancia. Sin embargo, algunas intensidades lumínicas afectan momentáneamente la visibilidad. Del mismo modo, ciertos recursos tecnológicos y sonoros podrían alcanzar una mayor precisión en su sincronía con la acción.

La música y los efectos sonoros funcionan como una partitura que sostiene el ritmo del experimento. Sonidos asociados al tiempo y la urgencia incrementan la presión sobre los personajes y acompañan la progresión del conflicto.

En el plano interpretativo, Bernasconi y Machuca sostienen un vínculo de permanente confrontación. La escucha entre ambos permite que la acción y ritmo se reactive constantemente y que el humor conviva con la tensión. Destaca la construcción de dos personajes diferenciados, unidos por una relación que, progresivamente, revela zonas más complejas y humanas.

No obstante, algunos pasajes pierden fuerza cuando el diálogo se prolonga sin que la acción dramática avance con la misma intensidad. En determinados momentos, las transformaciones emocionales aparecen de manera acelerada o ciertas reacciones requieren una progresión más clara para resultar plenamente verosímiles. Esto provoca pequeñas caídas en el ritmo, aunque la obra logra recuperar su tensión gracias a la composición escénica y al conflicto central.

Uno de los mayores aciertos de la dirección es la articulación de los signos escénicos. Espacio, luz, vestuario, sonido y actuación dialogan para construir un universo donde el espectador también es parte del experimento. I.D.I.O.T.A. no solo pregunta cuánto sabemos, sino qué estamos dispuestos a hacer cuando alguien más controla las reglas. 

Rubén Aquije

7 de setiembre de 2026

domingo, 6 de septiembre de 2026

Crítica: LAS BODAS DE FÍGARO


El placer de mirar ante un teatro que se disfruta

Hay obras que comienzan cuando se apagan las luces, pero hay otras que empiezan mucho antes. Las bodas de Fígaro, de Éxodo Teatro, es una de ellas: desde que el espectador entra a la sala, el teatro ya está sucediendo. Así, antes incluso de que la historia comience, ya estamos inmersos en su atmósfera y en ese mundo que la puesta propone. Es una entrada sutil y muy efectiva que nos invita a ser parte de lo que está por suceder.

Uno de los grandes aciertos de la puesta es su trabajo en conjunto. Hay una energía constante, mucha escucha, acción y una notable armonía entre los intérpretes. Cada actor está atento no solo a su propio recorrido, sino también a lo que sucede alrededor, construyendo un organismo escénico que se mantiene vivo en todo momento y eso se percibe en el público.

Se percibe un disfrute genuino por parte de los actores, una entrega y una complicidad que atraviesan el escenario y terminan contagiándonos. Es difícil desconectarse de lo que ocurre, porque siempre hay algo sucediendo: una mirada, una reacción, un movimiento o una acción que mantiene nuestra atención como público.

La dirección de Jean Pierre Gamarra consigue articular esta energía con precisión, sin perder el ritmo ni la dimensión lúdica de la comedia. La puesta en escena tiene movimiento, dinamismo y una clara comprensión de que el humor no depende únicamente del texto, sino también de los cuerpos, los tiempos, las relaciones y la presencia escénica.

La escenografía de Lorenzo Albani completa este universo y contribuye a que el espacio sea parte activa de la experiencia. Todo se siente pensado en función de la propuesta y de la construcción de ese mundo.

Quiero destacar especialmente la entrega del elenco completo. Fernando Luque, Maria Grazia Gamarra, Óscar Yépez, Amaranta Kun, Alonso Cano, Denise Arregui, Alejandro Tagle y Martín Aliaga sostienen una dinámica colectiva en la que cada presencia aporta y potencia a las demás. Como espectadora salí con esa sensación que, para mí, es una de las más valiosas que puede dejar el teatro: las ganas de seguir mirando.

Felicitaciones a Gamarra, Albani, al elenco y a todo el equipo de Éxodo Teatro por una puesta tan completa, dinámica y disfrutable. Éxodo vuelve a demostrar por qué es una compañía que apuesta por producciones de gran calidad y por un teatro que logra conectar con el público sin perder el rigor de su propuesta escénica.

Las bodas de Fígaro es la segunda entrega de la trilogía de Pierre-Augustin de Beaumarchais. En el Teatro de la Alianza Francesa de Lima, en temporada hasta el 26 de septiembre.

Tammy Alfaro

6 de setiembre de 2026

Crítica: ADIÓS AYACUCHO


Llegar cuando toca

Adiós Ayacucho sigue a Alfonso Cánepa, un campesino ayacuchano asesinado durante el conflicto armado interno, que emprende un viaje hacia Lima para recuperar las partes de su cuerpo que le faltan. La premisa es tan absurda como dolorosamente concreta: un muerto tiene que llegar a la capital para exigir sus derechos. Para que se reconozca su existencia.

Ese viaje convierte al cuerpo en uno de los grandes territorios de la obra. El cuerpo desaparecido, incompleto, se vuelve también la imagen de una memoria que ha sido violentada. Cánepa no puede descansar, porque todavía tiene algo que reclamar. Y el teatro le devuelve aquello que la violencia le quitó: un cuerpo, una voz y la posibilidad de contar su propia historia.

Yuyachkani construye este universo sin abandonar el humor, el juego ni la belleza. La música ocupa un lugar fundamental. Hay una nostalgia dulce que atraviesa la puesta y que convive, de manera casi contradictoria, con la violencia de la historia. Los sonidos e instrumentos vinculados a lo andino no funcionan como simple acompañamiento. Construyen identidad. Cada instrumento parece encontrar su momento exacto, y la música que nos regala Ana Correa termina siendo otra forma de narrar.

La experiencia en las butacas es también maravillosa. Habría que preguntarse si el público escoge a Yuyachkani, o si estos, con los años, han aprendido a construirlo, deleitarlo, incluso filtrarlo hasta convertirlo en espectadores presentes en alma. Hay una escucha atenta, una disposición a transitar entre la risa y el silencio, entre lo festivo y lo doloroso. La obra y Yuyachkani confían, en esa inteligencia del espectador y no necesita explicarlo todo.

Entonces, entre esa risa incómoda y los sollozos del público hay una verdad horrorosa: sigue siendo tan vigente.

Una obra estrenada hace más de treinta años, atravesada por desapariciones, violencia, desigualdad y por la necesidad de llegar hasta Lima para ser escuchado, todavía encuentra un lugar demasiado cómodo en el presente. Uno quisiera que Adiós Ayacucho fuera un viaje hacia el pasado, pero sigue siendo un viaje que conocemos.

Esta es mi primera vez viendo una obra de Yuyachkani y llega el reproche por haberlo hecho antes. Hay algo de extraño en llegar tan tarde a un trabajo que lleva décadas sintiendo, desde el teatro, algunas de las heridas más profundas del país. Pienso entonces, que las obras, así como llegan a los actores en su debido momento, llegan a su público cuando tienen que llegar. Quizás Adiós Ayacucho aparece ahora, porque también se puede mirar desde otro lugar. 

Y quizá ahí reside también la fuerza de Yuyachkani: en hacer del teatro un lugar donde los muertos puedan volver, hablar y reclamar aquello que todavía no hemos sabido reparar como país y que necesita justamente eso, seguir llegando a todos los que tenga que llegar. 

Cristina Soto Arce

6 de setiembre de 2026