Caos senil
El fin de semana pasado pude asistir a una de las funciones de El Baile del Olvido, una comedia en código clown dirigida por Luis Gustavo Gonzalez y protagonizada por Katherina Sánchez, Cinthya Schreiber, Judith Chihua, Juan Carlos Díaz, Luis Felipe Gonzales y el mismo Luis Gustavo Gonzales. La obra está actualmente en temporada en el agradable CAFAE-SE, ubicado en plena avenida Arequipa, en el distrito de Lince. Producida por el Grupo Puesta, el montaje coloca una satírica lupa encima de los elementos más estereotipados de la vejez. ¿Pero es una sátira que nos genera genuina risa? ¿O es que la forma en que aborda el tema termina provocando la reacción contraria?
Cuando pienso en el “clown” el referente que inmediatamente viene a mi mente es Pataclaun, la popular serie televisiva peruana que conquistó los corazones de millones con sus entrañables e icónicos personajes de nariz roja allá a finales de los años noventa. La huella que dejó ese programa es indeleble y su presencia en este texto se debe a que, tras haber visto El Baile del Olvido, entiendo mejor la raíz de su éxito. Pataclaun triunfó porque cada episodio tenía una narrativa claramente definida, cuidadosamente estructurada, y por supuesto, brillantemente interpretada. La obra de Luis Gustavo Gonzales, desafortunadamente, carece de por lo menos dos de estos componentes y el tercero no llega a los niveles alcanzados por Pataclaun. Mi intención con el presente texto no es la de comparar ambas propuestas. De hecho, hacerlo no tendría mucho sentido ya que estas no solo están en formatos distintos, sino que tienen más de veinte años de diferencia entre sí. Pero sí me valdré del mencionado programa noventero para ilustrar aquello que funcionó en la obra y lo que no.
La trama en El Baile del Olvido es prometedora sobre el papel, pero termina siendo bastante floja a nivel de ejecución. Un grupo de actores se da con la noticia de que el teatro en el que solían actuar de jóvenes está a punto de ser demolido, lo cual desata en ellos todo tipo de reacciones. La interesante premisa es, lamentablemente, abordada de forma bastante atropellada a nivel narrativo. El director propone pequeñas viñetas humorísticas que poco o nada tienen que ver entre sí, se sienten desordenadas, y dependen casi enteramente del elenco para su éxito con el público, ya que el texto carece de una estructura coherente, haciendo saltos en el tiempo un tanto bizarros, y terminando por diluir lo que podría haber sido una propuesta entretenida y cohesiva a la vez.
El problema, sin embargo, no termina con el texto y su estructura narrativa, sino que va aún más profundo, ya a nivel temático. El montaje opta por hacer mofa de la senectud de forma vertiginosa y estereotipada. Y aunque es cierto que el formato clown precisamente abraza el reírse de uno mismo y de tratar con humor la miseria propia, el tipo de focalización de esta propuesta, tan incisiva en los males y pesares que trae consigo la vejez, termina siendo repetitivo, innecesariamente cruel y eventualmente cansino sobre todo porque no hay un norte claro hacia dónde está yendo la historia. Recuperando una vez más a Pataclaun, es imposible no recordar a Don Carlos, papá de Machín, un personaje anciano que efectivamente recibe burla y escarnio por su edad, pero estamos hablando de un solo personaje dentro de todo un elenco con distintos rasgos de personalidad. En el caso de El Baile del Olvido, cada personaje es uno que ya está en la etapa otoñal de su vida y cada uno ejemplifica una cualidad típica de las personas mayores (su incontinencia urinaria, su falta de memoria, su torpeza, etc.), ocasionando básicamente una saturación del mismo estímulo por el mero placer de hacerlo y no tanto porque la historia lo pide. Y desagradecidamente, desde el momento en que esta puesta se animó a ser una obra teatral, empezó a regirse por la misma vara que el resto de las obras (exceptuando quizá a las del teatro del absurdo), las cuales demandan un mínimo de coherencia narrativa.
Si hay un factor que puedo rescatar del montaje es el actoral. Los seis protagonistas la pasan de lo lindo en escena. Durante poco más de una hora, ellos gesticulan, accionan, reaccionan, bailan, cantan, hacen piruetas, y hasta corretean alrededor del público. Y todo esto lo hacen con el más sincero júbilo. Ver a actores, sobre todo a actores ya de edad venerable, divertirse tanto en escena es realmente gratificante y totalmente aplaudible. La construcción de su clown no es quizá tan pulcra y definida como la de los actores de Pataclaun, pero creo que esto se debe, como ya mencioné, a fallas estructurales del texto, y no desmerece de ninguna manera el potencial histriónico de cada uno de ellos. La dirección, justamente, encuentra su mayor acierto en la dirección de actores, dejando a sus protagonistas libres de hacer lo que mejor saben hacer, y además logra plantear usos novedosos y dinámicos del espacio. Finalmente, la musicalización del montaje y el recurso de una voz en off en vivo que aparece por ratos e interactúa con los protagonistas son también aciertos de esta producción.
El Baile del Olvido es para mí, apropiadamente, eso: olvidable. Y lo que más frustra es que con el talento y nivel de juego que hubo en escena pudo ser mucho, mucho más. Creo que la vejez es un tema totalmente válido y muy necesario por tratar en las tablas, y justamente por eso me apena que la obra lo vea desde una perspectiva tan limitada, que perpetúa estereotipos en su mayoría negativos y nefastos. Su temporada va hasta el 31 de octubre. Vayan y decidan por sí mismos qué opinan de esta particular visión de la vejez. ¡Nos vemos en el teatro!
Sergio Lescano
15 de octubre de 2026
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