Cuando el corazón hace el trabajo de la dramaturgia
Hablar del duelo por una mascota sigue siendo una deuda pendiente dentro de muchas expresiones artísticas. Aunque para millones de personas la pérdida de un animal de compañía supone un proceso de dolor tan profundo como cualquier otro duelo, pocas veces ese sufrimiento encuentra un espacio de representación donde pueda ser reconocido y compartido. En ese sentido, Lazos que perduran, dirigida por Daniel Suárez y presentada en el Teatro Juanita Tarnawiecki, parte de una premisa valiosa: otorgarle legitimidad escénica a un duelo que con frecuencia es minimizado.
Y esa intención, probablemente, sea el mayor acierto del montaje.
La obra sigue el proceso de dos hermanos atravesados por la muerte de su perro Benito, explorando cómo la pérdida impacta no solo en el vínculo con quien ya no está, sino también en las relaciones familiares que permanecen. La historia es comprensible y su mensaje llega con claridad al público. Sin embargo, la dramaturgia encuentra dificultades para sostener el recorrido dramático. Más que desarrollar una trama con un conflicto que evolucione, el montaje parece avanzar a través de una sucesión de anécdotas que ilustran distintas etapas del duelo. Los acontecimientos se presentan, pero rara vez construyen una progresión que mantenga el interés desde la acción dramática. La obra se entiende, aunque pocas veces consigue atrapar.
Esta sensación se intensifica con la incorporación de personajes secundarios que funcionan principalmente como obstáculos circunstanciales para los protagonistas. Su participación parece responder más a una necesidad de mover la historia que a una verdadera construcción dramática. En lugar de ampliar las posibilidades del conflicto, terminan desviando la atención del aspecto más potente del montaje: la experiencia íntima de quienes están atravesando la pérdida.
La dirección opta por representar a estos personajes desde un registro marcadamente caricaturesco, cercano a la farsa y con algunos guiños performáticos y corales. Aunque el contraste entre códigos teatrales puede enriquecer una puesta cuando responde a una lógica estética clara, aquí la decisión genera una ruptura difícil de integrar. Mientras los protagonistas se inscriben en un universo realista, los personajes secundarios parecen pertenecer a otro lenguaje escénico completamente distinto. Esta convivencia de códigos termina debilitando la unidad de la propuesta y resta profundidad a un tema que, por su naturaleza, parece pedir una aproximación mucho más contenida e íntima.
Precisamente allí aparece la principal sensación que deja el montaje: más que una obra cuya trama impulse constantemente al espectador, Lazos que perduran se asemeja a un espectáculo construido para visibilizar las dificultades del duelo. Lejos de entender esto como un juicio despectivo, revela una diferencia importante entre exponer un tema y desarrollarlo dramáticamente. La emoción nace principalmente de aquello que el público ya conoce y siente respecto a la pérdida de una mascota, más que de los recursos teatrales desplegados para construir esa experiencia.
Y, sin embargo, esa conexión ocurre.
Durante la función resulta evidente que gran parte del público establece un vínculo emocional con la propuesta. Muchos espectadores parecen reconocerse en el dolor que plantea la obra, ya sea porque han atravesado una pérdida similar o porque comprenden la dimensión afectiva de ese tipo de relaciones. Esa respuesta confirma que el tema posee una enorme potencia y que existe una necesidad real de abrir espacios donde este duelo pueda ser compartido sin ser minimizado.
Visualmente, el montaje encuentra varios de sus mejores momentos. La escenografía y el diseño de iluminación acompañan con coherencia la propuesta, construyendo un espacio ordenado y funcional que sostiene la atmósfera de la obra. La música también merece una mención especial. Su selección, sencilla pero cuidadosamente integrada, acompaña el recorrido emocional sin imponerse sobre él y aporta una sensibilidad particular que en varios momentos logra comunicar más que algunas decisiones dramatúrgicas.
Paradójicamente, el instante más conmovedor llega al final. La reconciliación entre los hermanos frente a la tumba de Benito consigue una honestidad que había aparecido solo de manera intermitente durante el resto del montaje. Allí, finalmente, los personajes permiten que el dolor aflore sin artificios ni interrupciones externas. Es una escena sencilla, orgánica y profundamente humana, precisamente porque deposita toda la atención en aquello que la obra parecía querer contar desde el inicio: cómo una pérdida también transforma los vínculos entre quienes permanecen.
Quizá ese sea el camino que el proyecto podría explorar con mayor profundidad. Más que ampliar el universo mediante personajes episódicos o recursos cómicos que rompen el tono general, Lazos que perduran encuentra su mayor fuerza cuando permanece junto a quienes viven el duelo. Allí aparece una obra mucho más íntima, capaz de reconocer que el sufrimiento por una mascota merece el mismo respeto con el que abordamos otras pérdidas significativas.
Si lo personal también es político, entonces esta propuesta ya ha dado un primer paso importante al colocar en escena una experiencia que muchas personas viven en silencio. El desafío ahora consiste en que su dramaturgia y su dirección alcancen la misma profundidad que el tema que defienden. Porque cuando eso ocurre, como en su escena final, Lazos que perduran demuestra que posee el potencial para convertirse en un espacio genuino de acompañamiento, memoria y consuelo.
Naomi Noblecilla
4 de julio de 2026







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