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sábado, 1 de agosto de 2026

Crítica: LA CASA DE LAS NIÑAS PECULIARES


Entretenido y nostálgico musical

Resulta curioso (o en todo caso, peculiar) que el mismo autor y director de Perúsical: Una clase sobre el Perú (o algo así) sea el mismo de La casa de las niñas peculiares; tomando en cuenta, además, que ambas temporadas se sucedieron casi en simultáneo. Y es que Rodrigo Falla Brousset viene esforzándose por ofrecernos diversos espectáculos foráneos a lo largo de los años, especialmente los de misterio o suspenso, por lo que sí sorprende gratamente con estas dos mencionadas puestas en escena de autoría propia, ambas musicales, pero con fondos y formas muy distintas. 

Quizás sea el apartado estético el que resalte más, pues vemos dos polos diametralmente opuestos en sus respectivos contextos nacionales (como ciertamente lo estamos, simbólicamente, como país): Perúsical se encuentra ambientado en un centro educativo que sufre la huelga de sus maestros; mientras que en La casa de las niñas peculiares, cinco hermanas de clase acomodada se reencuentran, después de años sin verse, en la casa de playa de la madre soltera. Sin embargo, ambas propuestas funcionan bastante bien; y si bien en esta última lo “peculiar” de las señoritas en cuestión solo se limita a sus nombres de origen teatral, la algo dilatada historia con varias líneas argumentales se hace entretenida a través del formato jukebox, uno ya bastante conocido y efectivo. 

Como menciona el mismo Falla Brousset en el programa de mano, y a la inversa que en Perúsical, se decidió que la trama utilice canciones populares ya existentes en lugar de una banda sonora original, adaptándose estas a la historia nueva. La decisión fue atinada: con algunos personajes en el límite del estereotipo y ciertos conflictos previsibles, es el sólido elenco, que se sobrepone y divierte a sus anchas sobre el escenario, haciendo propias las conocidas canciones de los ochentas, noventas y dos mil, bien insertadas en los momentos precisos.       

A destacar entre los intérpretes a la simpática Alexandra Graña (quien brilla como la atribulada madre) y su interés romántico Gustavo Mayer. Muy desenvuelta y carismática, además, la cantante Daniela Darcourt; y una mención especial para Rowi Prieto, como el novio de la hija mayor, robándose todas las escenas en las que aparece. Muy efectivo también el ensamble en pleno. La casa de las niñas peculiares, a cargo de la Asociación Cultural Lima New Stage Group, es un muy recomendable musical, bien escrito y dirigido por Falla Brousset, del que esperamos una pronta reposición.

Sergio Velarde

1° de agosto de 2026

sábado, 25 de julio de 2026

Crítica: UNA HISTORIA ORIGINAL


El poder sanador de la narración de historias

Ganadora del V Concurso de Dramaturgia Peruana "Ponemos tu obra en escena 2014, la pieza Una historia original de Vanessa Vizcarra explora una interesante temática: la narración de historias como una importante herramienta sanadora. El poder expresar emociones, reconstruir experiencias difíciles y darle real sentido a los acontecimientos de la vida suelen ser los puntos más positivos de esta práctica. Al contar o escuchar relatos, las personas desarrollan empatía, fortalecen su identidad y encuentran nuevas perspectivas para afrontar conflictos y pérdidas.

Pero a su vez, Vizcarra aborda en su texto una problemática vigente, dolorosa y muy latente: la violencia de género en una sociedad tan machista como la nuestra. El protagonista, que busca convertirse en narrador profesional, se involucra sentimentalmente con la mujer que le realiza la audición, quien carga sobre sus hombros un doloroso pasado; posteriormente, él cruza los límites del respeto mutuo que ambos deberían asumir. Con una secuencia de escenas en constante disrupción temporal, y con dos intérpretes adicionales que ayudan a contar esta historia, la puesta escena combina varios niveles entre realidad y ficción.

El elenco, conformado por Ángel Coila Rojas, Diego Nomberto Flores, Lidia Navarro Cárdenas y Melannie MV, se muestra sólido y convincente en sus interpretaciones, bien guiados por la dirección de Josefo Palomino, quien consigue crear esa atmósfera de irrealidad, combinando las luces y los efectos de sonido, que la dramaturgia propone. Esta nueva reposición de Una historia original en el Club de Teatro de Lima, con la producción del colectivo escénico Al borde, resulta en un valioso montaje que, además de acusar la violencia que lamentablemente todavía se mantiene vigente en nuestro ámbito social, señala la narración como una valiosa herramienta de bienestar emocional, aprendizaje y crecimiento personal.

Sergio Velarde

25 de julio de 2026

sábado, 4 de julio de 2026

Crítica: PERÚSICAL: UNA CLASE SOBRE EL PERÚ (O ALGO ASÍ)


Broadway a la peruana

Resulta innegable el creciente interés que viene generando el Teatro Musical dentro de nuestra comunidad teatral. Desde los ya lejanos finales de los noventas con la aparición de Preludio y su valioso esfuerzo por llevar a escena musicales de calidad en vivo, hasta estos tiempos postpandémicos con un considerable número de artistas jóvenes interesados en el mencionado formato, nuestro Teatro Musical sigue ofreciendo atractivos productos escénicos. Y a estas alturas, con el galopante avance tecnológico, el playback debería ser desechado de manera automática.  ¡No más Jesucristos Superstar con la voz de Camilo Sesto!

Por supuesto, existe de todo: puestas en escena con canciones en vivo, con letra y música originales; las clásicas melodías de toda la vida con letras cambiadas en función a tramas contemporáneas; pasando por adaptaciones de populares libros, series y películas; hasta los musicales al estilo jukebox, con fragmentos de conocidos temas insertados en las historias. Uno de los últimos estrenos, que destaca hasta cierto punto por lo novedoso, es Perúsical: Una clase sobre el Perú (o algo así), que contiene las suficientes virtudes para considerarlo como una de las propuestas recientes más conseguidas de Teatro Musical.       

Con el sólido antecedente de El Perú Ja Ja (2004) y sus posteriores reposiciones, la idea de representar nuestra historia en escena, salpicada de humor y canciones de manera ingeniosa y lúdica, resulta por demás atrayente y retadora. No obstante, el dramaturgo y director Rodrigo Falla Brousset no se conformó con lo “fácil”: como ferviente amante de los musicales de Broadway, son estas emblemáticas e icónicas melodías las que sirven de fondo para que los personajes de la obra nos canten y cuenten la historia del Perú. Eso sí, el público debe entrar primero en una insólita convención; pero una vez asumida esta, Perúsical revela sus mejores momentos con un elenco entregado a la puesta.

La ya mencionada premisa deja entrever el tono del espectáculo: el Centro Cultural Ricardo Palma se convierte en el improvisado auditorio de la Institución Educativa “Richard Swing” (!) en el que los padres de familia son atendidos por el personal administrativo y de servicio del citado colegio, entre quienes se encuentra la directora, la Sra. Rectilia (!!); el coordinador estudiantil, el Sr. Cordinio (!!!); entre otros nombres para nada sutiles. Se hace necesario, entonces, el abrazar la irreverencia y el desparpajo con los que Falla Brousset ha preparado su musical, para disfrutar de la puesta que se avecina al no llegar nunca ningún docente (todos en huelga, vaya novedad) y debiendo este puñado de trabajadores entretener al respetable con una “clase maestra” sobre Historia del Perú. Y claro, para no ser artistas escénicos, todo el personal lo hace más que bien.

Chicago, Hamilton, Grease, los musicales de Disney y otros espectáculos similares son la fuente de inspiración para narrarnos nuestra historia, desde las culturas prehispánicas hasta nuestros últimos presidentes. Sin duda, una gran virtud de la propuesta es la de no sortear los detalles históricos más escabrosos; por el contrario, son justamente estos (lamentables) hechos los que aportan más al juego. Con las direcciones coreográfica de Mane Acosta y vocal de Diego Neira, los intérpretes Lucía Meza, Lorena Gálvez, Sofía Salázar, Joaquín Sebastián, Estefanía Sánchez, Ángeles Espinoza, Miguel Valdivieso, Adriana Amasifuen, Edith Alanoca, Luisito Fernández y Hanna George se lucen, al igual que el efectivo y simpático ensamble. A destacar el solo del inmenso general San Martín y el Cell Block Tango de los más recientes casos de vergüenza presidencial. Por mejorar, el distractivo telón de fondo del espacio y algunos problemas técnicos con el audio. 

Iniciada como una creación colectiva de La Plaza Talleres, Perúsical: Una clase sobre el Perú (o algo así) nos muestra el buen estado en el que se encuentra el formato de Teatro Musical y es además, un muy recomendable espectáculo que tiene como punto de inflexión la Memoria, aquel valor que todos, como peruanos, deberíamos atesorar, especialmente en estos momentos tan oscuros y tristes de nuestra actual Historia Republicana.

Sergio Velarde

4 de julio de 2026

domingo, 28 de junio de 2026

Crítica: EL DOLOR DEL SILENCIO


Sí están solas

La nueva propuesta escénica del incombustible Gianfranco Mejía (todo un mérito dentro de nuestra comunidad teatral) denota, sin duda, un auspicioso avance como dramaturgo y director. Si bien es cierto, todavía adoleciendo de ciertos aspectos temáticos y estéticos como el vuelo creativo aún sin despegar del todo y las escenas de lucha todavía por ajustar, El dolor del silencio refleja desde el título su sana evolución. Lejos de títulos como Eutanasia, Anorexia o Maltratos, Mejía se anima a darle algo de sutileza al nombre de su puesta, que ya no sabemos de entrada ni la trama y ni el (previsible) final.

Otro acierto de este y de sus últimos montajes, ¡qué duda cabe!, es el de haberse rodeado de un grupo de competentes actores que, muchas veces, elevan con sus actuaciones ciertos diálogos y escenas muy sencillas, y que sobre el escenario resultan más que efectivas. En el presente montaje, la historia de Eliana (Giselle Collao), una mujer atormentada por su expareja que no la deja ir, se convierte en un eterno calvario para ella y su familia pues no se anima a realizar la denuncia, por miedo y vergüenza, al haber ocurrido lo peor. Interminables minutos de duda y frustración que son manejados con oficio y solvencia por una sólida Collao (en un difícil rol bien resuelto por la actriz), junto a Trilce Cavero, Paco Varela y Jorge Bardales, quienes componen esta familia disfuncional con sus propios conflictos internos. Incluso, el antagonista (Patricio Villavicencio) no cae en el fácil estereotipo, pues lejos de inútiles justificaciones, también aparecen atisbos de ser este una víctima más del carácter opresor de nuestra sociedad.

Lejos de convertir a nuestro sistema de justicia en el gran enemigo de las mujeres maltratadas (que en buena medida, lo es), Mejía opta hábilmente por representarla en una postura distante y fría, con el policía de espaldas sobre el escenario, dialogando de una manera correcta pero impersonal con la víctima. Bien además, la decisión de mostrar a los amigos del agresor como hombres con ciertos escrúpulos, superando así la debilidad del dramaturgo y director por mostrar, como ocurre en sus obras anteriores, los roles secundarios casi siempre como meros personajes decorativos.

Sin embargo, sí hay un reparo mayor que hacerle a El dolor del silencio, y este aparece en el epílogo. Luego de la última escena en el que conocemos la decisión final de Eliana, se leen frases en la pantalla del fondo del Nuevo Teatro Julieta, en el que se nos informa del triste (y nada sorprendente) final del conflicto, uno muy común en nuestra violenta y machista sociedad. Y Mejía se anima a concluir la puesta con un mensaje esperanzador hacia todas las mujeres maltratadas: “No están solas.” La aparición de esta frase desdibuja la cruel realidad de las mujeres y juega en contra, en cierta medida, del mismo montaje: Eliana y muy buena parte de las mujeres violentadas en la vida real que están solas, desamparadas por un sistema ineficiente y expuestas al peligro en todo momento. La misma obra se encarga de restregárnoslo en el rostro. Retirando esta última frase, el montaje ganaría varios puntos, pues el mensaje sería contundente. 

A pesar de los aspectos ya mencionados, El dolor del silencio es un paso adelante en la carrera de Mejía y su productora, con innegables virtudes apreciadas en sus nuevos estrenos, que saltan a la vista cada cierto tiempo cuando se decide a reciclar textos pasados, y que comprueban que se encuentra en el camino correcto.

Sergio Velarde

28 de junio de 2026

sábado, 27 de junio de 2026

Crítica: EL SÍNDROME DE LA ABEJA REINA & VELAS AL MAR


Risas y performance

La Noche de Creadoras en Casa Bulbo de Barranco no se detiene y sigue ofreciendo, como todos los miércoles, una interesante variedad de propuestas de teatro en formato breve, interviniendo las habitaciones con las que cuenta su espacio no convencional. Si bien no existe en los ciclos presentados alguna temática clara en común, salvo la destacada presencia femenina en los equipos creativos, todos los microespectáculos estrenados han sabido llegar a buen puerto en su particular manera; por supuesto, existiendo siempre públicos que podrían tener preferencias hacia ciertos géneros o estilos. Ya terminando mayo, Oficio Crítico tuvo oportunidad de asistir a dos microobras tituladas El Síndrome de la Abeja Reina⁠ y Velas al Mar; ambas muy distintas entre sí, pero que coinciden en lo bien que han resuelto, tanto las actrices como las directoras, la ejecución en escena de sus respectivas historias.     

Una divertida comedia breve es la que nos propone la dramaturga y directora Jimena Salas Pomarino con El Síndrome de la Abeja Reina⁠, en medio del típico conflicto laboral entre la gerenta autoritaria y superficial (Isabel Chappell) y la subgerenta sensata y espiritual (Gabriela Jordán). La coartada dramática aparece como una especie de “maldición kármica” que recae en la primera mujer en cuestión y que la va convirtiendo inexorablemente en una abeja, ante los incrédulos ojos de la segunda. Bien resuelta la convención de esta suerte de “metamorfosis progresiva”, apoyada por el buen desempeño actoral, especialmente Chappell, en un rol que pudo caer que en gratuito estereotipo, pero que la actriz asume con absoluta convicción.   

Por su parte, Velas al Mar⁠ arriba a Casa Bulbo, luego de su auspicioso paso por Microbutaca a inicios de año, aprovechando al máximo el espacio disponible. Esta pieza breve performática mantiene el formato cálido e intimista, invitando al público a una inmersiva celebración de cumpleaños a orillas del mar, en la que los espectadores tienen una participación activa. La ingeniosa dirección de Karla Reluz, la entrañable actuación de Catalina Santillán y la precisa producción de Metanoia Colectivo convierten este conmovedor ritual en una oportunidad para recordar el pasado y enfrentar con empatía y esperanza el futuro.

Felicitaciones a Casa Bulbo y La Noche de Creadoras, por consolidarse como un espacio de visita obligatoria para los amantes del buen teatro.

Sergio Velarde

27 de junio de 2027

sábado, 6 de junio de 2026

Crítica: WANTED


Cuestionando con humor

Con todos los cambios sociales acelerados y contundentes que estamos experimentando en los últimos años, en prácticamente todos los ámbitos y a ritmo galopante, conviene revisar qué tanto se sostienen muchos de los clásicos teatrales y si todavía resisten el paso inexorable del tiempo, con actitudes, conductas, razonamientos y estilos de vida que en la actualidad lucirían completamente anacrónicos. En el caso de Shakespeare, el contexto histórico del siglo XVII se encuentra a años luz de los valores y susceptibilidades del espectador promedio del siglo XXI, con múltiples aspectos que pueden ser considerados inadecuados y hasta peligrosos en nuestros días. Tal parece ser la consigna de Wanted, temporada a cargo de JDS Producciones y que fue presentada en el Club de Teatro de Lima.

Si bien ciertas decisiones como abrazar la venganza o provocar la muerte de otros como solución de conflictos podrían ser todavía consideradas como una fuente dramática de inspiración, a pesar de los avances en justicia institucional y de derechos humanos, la representación de la salud mental sí luciría muy facilista tomando en cuenta los conocimientos médicos actuales. Sin embargo, Wanted alcanza sus mejores momentos cuando representa y deconstruye, por su propio formato, la sociedad patriarcal de aquel entonces, en la que personajes femeninos como Ofelia y Gertrudis vivían sometidas y juzgadas socialmente.  

La propuesta metateatral escrita por Juan José Oviedo, dirigida y adaptada libremente por Jimena Del Sante, involucra a un grupo de cinco actores a pocos minutos de estrenar Hamlet y que además, deciden contrastar las situaciones que propone el clásico de Shakespeare con la coyuntura de nuestra propia actualidad. Tratándose de una comedia, es de esperarse que todo salga mal para el espectador purista de Hamlet, pero genial para el que acuda a ver Wanted. Y es allí en donde radica el mayor acierto del espectáculo, pues texto, dirección y actores se encuentran bien direccionados en echarlo todo a perder adrede, pero sin evidenciar “demasiado”, en favor del humor que se desprende del entuerto. Los vicios y prejuicios varios que persiguen a los actores de teatro son conjurados a la par que el espíritu de  Shakespeare, el que estaría orgulloso del resultado final.     

Gabriel Poémape, Jesús Oro, Jose Miguel Herrera y especialmente, Rocío Olivera y Paola Vera, entran en la dinámica teatral con oficio y energía, manteniendo el ritmo que marca la comedia, incluso cuando se detienen a esperar un minuto cronometrado que se hace eterno. Wanted desestructura Hamlet desde el respeto, con ingenio y conocimiento de la fuente original, logrando un espectáculo tan divertido como entrañable.

Sergio Velarde

6 de junio de 2026

domingo, 24 de mayo de 2026

Crítica: LAS POLÍTICAMENTE INCORRECTAS - LAS BREVES DE JUANITA


Cuatro microobras para pensar

No es un secreto, a estas alturas, que más de la mitad de la comunidad teatral limeña viene (o lo hizo en algún momento) explorando el formato de teatro breve. Y seguramente, lo seguirá haciendo, ya que hasta el momento, al menos para quien escribe, no se hace notorio todavía el agotamiento de este modelo escénico. Sin embargo, la distancia y el tráfico juegan ahora mucho más en contra para aquellos espectadores que viven lejos del espacio de representación y lo piensan dos veces antes de salir a ver un solo espectáculo de quince minutos. Las alianzas entre artistas individuales o colectivos teatrales compartiendo el mismo escenario se convirtieron entonces en una de las opciones más factibles, para públicos y creadores. Es así que ahora se le suma a la reciente oferta de teatro breve, el ciclo titulado Las políticamente incorrectas - Las breves de Juanita, en el Teatro Juanita Tarnawiecki, ex-Mocha Graña de Barranco.

Acaso uno de los aspectos más interesantes a debatir sea el de la necesaria (o quizás no) selección de microespectáculos por temáticas, géneros o hasta autores. Para algunos, este detalle no afecta en lo absoluto ni la visualización ni el disfrute de obras de corta duración de estilos y ejecuciones distintas; mientras que otros, por el contrario, se sentirán agradecidos de que las microobras presenten, por lo menos, un hilo conductor. Sea pertinente o no este comentario, la antología presentada por el autor y director Alexander Pacheco opta por cuatro historias orientadas hacia situaciones y actitudes que atentan, en mayor o menor medida, contra el status quo o la “normalidad de las cosas” que impone nuestra sociedad. En ese sentido, se agradece este punto en común entre las piezas ofrecidas.      

En No me llames Espíritu, Luciana Vidaurre y Leito Monteverde manejan con buen timing un  diálogo acerca de los improbables e imposibles nombres para ponerles a los hijos; en Pastillas de fe, la doctora Cecilia Tosso y el paciente Pacheco protagonizan una divertida consulta urológica en la que nada es lo que parece; en Queer, Vidaurre y Mirella Ibáñez se encuentran próximas a concretar su tan anhelado deseo, que aparece materializado al final de la manera más surrealista posible; y en Ya es mi turno, Ibáñez (autora además del texto) es la simpática encargada de recibir en las puertas del cielo al recién llegado Pacheco, quien le parece extrañamente familiar. Todas las historias mantienen su particular encanto y resultan entretenidas, especialmente la última.

Quizás los únicos reparos que se le podrían hacer al montaje sean los de encontrar la manera de estilizarlo aun más, con algunos de sus elementos y utilería más cuidados y funcionales; así como el de resolver los cambios de escena de manera más sobria y solapada. Por lo demás, se trata de una apuesta valiosa por presentar interesantes obras cortas que nos hacen reflexionar sobre los mil y un prejuicios y las tan nocivas actitudes que tanto daño le hacen a la sociedad.

Sergio Velarde

24 de mayo de 2026

sábado, 11 de abril de 2026

Crítica: PIENSO


Pensar, de sabios; actuar, de valientes

Puede que muchos de los dichos y refranes populares coloquen en bandos opuestos al pensamiento y a la acción: “Antes de hablar, piensa”; “Quien mucho piensa, poco avanza; o “No basta con pensar, hay que hacer”. En todo caso, los seres humanos podemos acaso clasificarnos (en una de sus tantas y múltiples facetas) en aquellos que anteponen el pensamiento a la acción; y los otros, a la inversa. Lo cierto es que ambos extremos suelen ser perniciosos y lo saludable sería encontrar un término medio, muchas veces ubicado en algún punto de incierta localización. Esta innecesaria reflexión sí considero que viene al caso, ya que cada vez me resulta más difícil encontrar algún detalle que me lleve a la reflexión, luego de apreciar una puesta de teatro en formato breve. Felizmente, en Pienso de Federico Abrill lo encontré.

“El sabio piensa lo que dice; el necio dice lo que piensa”, reza otro refrán. Quizás esta afirmación podría acomodarse a la trama de Pienso, una muy sencilla en su planteamiento, pero profusamente humana y conmovedora en su ejecución. Una librería capitalina, decorada con un inmenso lienzo de papel Kraft repleto de frases clichés sobre ilusiones sentimentales en proceso (y que anticipan en gran parte la historia), es el escenario del encuentro entre Nadia (Erika Loza), la encargada del local, y Fernando (Roy Zevallos), un potencial comprador. En pleno 2026, cuando las redes sociales vienen sistemáticamente vaciando librerías y bibliotecas, ambos jóvenes delatan su inocencia e ingenuidad al intentar trabar alguna relación más allá de la compra de un libro en físico; eso, sin contar con los peligros que enfrentan muchas muchachas laborando solas en los negocios. Aquella voluntad de sincera comunicación, más allá de la formal relación trabajador-cliente y de la terrible sensación de inseguridad que vivimos actualmente, es una de las mayores fortalezas de la microobra que dirige Carlos Posadas Moncada.

Pero el interés sentimental viene con un ingrediente aparte, ya antes mencionado: Nadia y Fernando nos comparten lo que dicen y además, lo que piensan, todo en precisa sincronía. La idea no es nueva, es cierto; sin embargo, Loza y Zevallos se las arreglan para atrapar la atención de los espectadores hasta el final, gracias a una química en escena que se logra solo con un trabajo concienzudo, y especialmente, por el texto de Abrill que intercala diálogos y pensamientos en voz alta, consiguiendo un equilibrio entre momentos tiernos y divertidos. Para cuestiones amorosas, es mejor no pensarlo demasiado. Más bien, se tiene que accionar.

Ambos intérpretes, entrañables y nerviosos cada uno en personaje, superan largamente el calor y los ruidos externos de la sala que les tocó en Casa Bulbo, un espacio ya consolidado como uno de los más interesantes para la exploración escénica.

Ignoro si el teatro breve limeño ya alcanzó su pico creativo y viene estirándose o decantándose en estos días; lo cierto es que puestas como Pienso demuestran que, a pesar de la sobresaturada cartelera actual de este formato, todavía hay espacio para propuestas valiosas y disfrutables como esta.

Sergio Velarde

11 de abril de 2026

domingo, 5 de abril de 2026

Crítica: LA TELARAÑA


Aquel cuadro en la pared

Muchas veces me pregunto por qué un simple detalle, que podría parecer acaso imperceptible o irrelevante, puede cobrar tanta importancia cuando me enfrento a redactar una crítica de teatro. Y es que ese detalle en escena nos acompaña mientras el público entra a sala y esperamos pacientemente la tercera llamada para dar inicio a la función. Me refiero específicamente al cuadro en la pared de la Sala Ana Loli del Teatro Esencia de Barranco, que acogió la puesta en escena de la simpática comedia de misterio La telaraña, creada originalmente por la Reina del Crimen, la británica Agatha Christie.

¿Qué tiene de especial el cuadro? Pues lo que alcanzamos a ver en él: la mirada hipnótica de un lobo, en la parte superior; a un lado, una persona con las alas de una mariposa a la altura de sus ojos, sobre una especie de duende mágico; en el otro lado, medio rostro de la bellísima Angelina Jolie interpretando a Maléfica; y al centro, la imagen de una mujer con los pechos semidescubiertos, abriendo con sus pies descalzos un libro. En otras palabras, una pieza de arte ciertamente curiosa y atractiva, pero que delata su anacronismo minutos antes de apreciar, supuestamente, una pieza de época, como lo es el texto escrito por Christie en 1954. Y esa sensación, como espectador, de no tener claro el contexto espacio-temporal es con la que se inicia el drama.

Siguiendo la estela dejada por la irregular La ratonera (2025), el experimentado Gerardo Fernández adapta y dirige la puesta en escena, luego de pasearla por los auditorios del Británico, y que involucra también a un grupo cerrado de personajes y un cadáver dentro de una vivienda. A su favor, el montaje de GCR Producciones cuenta con un elenco más que solvente, con la siempre agradable presencia de la actriz y productora Gessy Cochachi; los jóvenes talentos de Camila Battistolo y Lucciano Murúa; los muy creíbles Eduardo Paredes y Arom Cortez, cada uno en doble papel; y el mismo Fernández. Sin embargo, es en el intermedio, cuando se nos pide elucubrar quién es el asesino (igual que en La ratonera), que nos percatamos de que acaso debió haber un mayor desarrollo de los personajes al inicio, algunos apenas bosquejados, y que el ritmo que marca la comedia bien puede confundirse, a veces, con el apuro.

De todas formas, el buen oficio de Fernández se nota, especialmente en el segundo acto, con las sucesivas revelaciones siempre salpicadas por lo cómico de la situación, y también al arreglárselas para aprovechar al máximo el espacio que dispone, para crear así la convención de estar en una sala de época de familia acomodada, con puertas ocultas y cajones secretos. Y ese bendito cuadro dominándolo todo.

Esta versión de La telaraña, con los ajustes necesarios en la composición de los personajes secundarios y una revisión pendiente en el apartado estético, entretuvo en términos generales y el público disfrutó con esta historia que parodia deliberadamente al thriller policíaco, alternando suspense y humor. Con todo y aquel cuadro en la pared.

Sergio Velarde

5 de abril de 2026

domingo, 1 de marzo de 2026

Crítica: FE DE RATAS


El tiempo, a veces, pasa factura

Resulta evidente que muchos de los problemas que deben enfrentar los jóvenes y adolescentes han cambiado a lo largo de los años, de manera muy significativa, por ejemplo, entre la década del 2000 y la presente del 2020. Momentos justos en los que se llevaron a cabo el estreno (2009) y además, la última reposición en el presente año de la pieza Fe de ratas de Diego La Hoz, retrato urbano de la violenta realidad que experimenta un trío de jóvenes en una azotea. En estos casi veinte años que separan ambas puestas en escena, estreno y reposición, las evoluciones son evidentes y enormes: los cuadros de ansiedad y depresión no solo siguen siendo experimentados, sino que ahora también son detectados y asumidos como tales por los mismos jóvenes; el acceso a las redes sociales, con el uso masivo de celulares e internet, ha cambiado profundamente la interacción de esta población vulnerable y cómo se (de)forman sus identidades sociales; y por supuesto, la pandemia de COVID-19 que afectó para siempre nuestras vidas y especialmente las de ellos con sus familias, generando aislamiento, ataques de pánico y estrés.

Esta breve introducción viene a colación debido al impacto tan distinto que percibió quien escribe, al comparar otro reciente montaje del colectivo Espacio Libre y escrito por el mismo La Hoz, Cuando el día viene mudo (2024), con la última temporada de Fe de ratas. La primera en mención, estrenada por primera vez en 2006 (antes incluso que Fe de ratas), mantuvo todavía su encanto y su relevancia, debido en buena parte a la atemporalidad y universalidad de las relaciones sentimentales y los amores no correspondidos, así se presenten en medio de un espacio "vintage" repleto de libros en físico. No puedo afirmar haber sentido lo mismo con Fe de ratas en el Teatro Esencia: acaso el tiempo, que avanza de manera tan despiadada en los últimos años, le juegue en contra a la siempre disfrutable dramaturgia de La Hoz, específicamente para la obra en cuestión, cuando aborda historias de jóvenes desencantados con la vida y que planean huir de sus duras realidades. Sus motivaciones, sus acciones y sus destinos no parecen pertenecer ya a esta época, sino a una muy lejana o hasta ubicada en el campo de lo surreal o utópico. 

Pero estos son solo detalles muy subjetivos que nadie tiene por qué compartir, pues el siempre interesante La Hoz nunca decepciona con sus puestas en escena: pulcras, precisas en su ejecución y con ese toque de lirismo que le impregna a todas sus exploraciones teatrales. El íntimo espacio de Barranco es acondicionado con mínimos elementos y la carga dramática es encomendada al trío de jóvenes actores, integrado por Diego Gallese, Mauno Hurtado y Lucciano Murúa, quienes defienden sus personajes con entrega y carisma. Esta visión de una sociedad enferma, ahogada en violencia, desesperanza y sin visos de cambio, encuentra un coherente final simbólico, con los jóvenes absorbidos por el sistema represor.

El universo masculino que propone ahora La Hoz en Fe de ratas, uno partido en desilusiones, agobiado por problemas familiares y roto por desconfianzas y recelos, se hace creíble. Lejano en estos tiempos, pero creíble.

Sergio Velarde

1º de marzo de 2026

domingo, 22 de febrero de 2026

Crítica: DELIVERY y SOLA


Locura y soledad

A estas alturas, resultaría ya necio seguir negando la relevancia del teatro de formato breve en nuestra capital. Si bien es cierto que quien escribe fue quizás uno de los primeros detractores de esta modalidad de exploración escénica hace ya más de una década, es pertinente mencionar también que la pandemia (al menos, para este servidor) cambió para siempre las reglas del juego, fortaleciendo las virtudes y conveniencias innegables de proponer al público un simpático divertimento de 15 a 20 minutos, con historias y personajes sencillos (difíciles de profundizar en tan corto tiempo), pero que con creatividad y buen oficio bien podrían, incluso, llevar a la necesaria reflexión al espectador. Mea culpa. 

Salvando las distancias, a un nivel literario, sería absurdo reconocerle todos los méritos a los grandes novelistas de todos los tiempos, menospreciando a los brillantes cuentistas universales que han enriquecido nuestra imaginación desde siempre, con historias de pocas páginas pero que encierran enormes conceptos en entrañables tramas de corta duración.

Por supuesto que aquel refrán que reza "De todo tiene la viña del Señor" es (muy) aplicable a este formato de teatro breve, como a cualquier otro de corte artístico, y claramente evidenciado en los últimos años. Menospreciar al teatro de formato breve, justo en estos tiempos en los que más de la mitad de nuestra comunidad teatral limeña se encuentra abocada a estos proyectos, constituye un craso error, sin duda. No es de extrañar que el premio Luces lo haya obviado en sus nominaciones de este año, pero sí sorprende su exclusión, por ejemplo, en los recientes premios Teatro en el Perú.

Si bien perdimos el muy agradable espacio de Piso 1 hace un tiempo, podemos encontrar ahora teatro breve en Teatro Barranco, Butaca Film, Escena Dragón, Casa Kona, Juanita Tarnawiecki y algunos lugares más. Pues bien, el colectivo Las Creadoras viene ofreciendo todos los miércoles de febrero un interesante ciclo de puestas en escena de corta duración en Casa Bulbo de Barranco, acogedor punto de reunión social en el que el público puede acceder además, a diversos aperitivos y una buena charla.

En el caso de Delivery, la obra sorprende por los giros que engrana su ingeniosa trama, escrita por Laura Delgado y dirigida con buen pulso por Lia Camilo. Un ascensor malogrado, en el que permanece atrapado un repartidor de pizza (Roy Zevallos), es la excusa perfecta y “planeada” para un inicial juego de seducción por parte de la dueña del departamento (Isabel Chapell). La conexión entre ambos personajes va desarrollándose, mientras los oscuros descubrimientos en las motivaciones de la mujer aparecen dosificados hábilmente. Bien resuelto el aprovechamiento del espacio y muy bien las actuaciones de ambos intérpretes, especialmente Chapell, totalmente consumida por un personaje desconcertante y enigmático. El final, acaso “demasiado” conveniente y apresurado, no empaña las virtudes de la propuesta.

Por otro lado, Sola, puesta de autoría de Greymar Hernández y dirigida por Igor Olsen, parte con cierta desventaja, específicamente, por la sala en la que se escenifica, cerca al punto de encuentro social de los asistentes al espacio. Sin embargo, la temática de la pieza y el feliz debut de Adri Vainilla compensa esa mínima distracción. La vida del artista siempre será motivo de múltiples exploraciones escénicas, como por ejemplo, el hecho de que los trabajos que deben aceptar para poder sobrevivir no siempre son los más motivadores. Vainilla interpreta a una teleoperadora que sueña con ser actriz (o a una actriz forzada a trabajar en teleoperaciones) y debe, previsiblemente, enviar castings virtuales en medio de su agobiante trabajo. Olsen conduce con eficiencia a la actriz, en este corto lapso en el que debe alternar ambas acciones laborales, ella sola, con el descalabro emocional que ello conlleva, y ejecutado con convicción por la intérprete. Recomendable.

Felicitaciones a Noche de Creadoras por apostar en convertirse en una alternativa cultural para este formato teatral, que todavía tiene por ofrecer múltiples posibilidades para explorar en escena y regalar un tiempo de entretenimiento y reflexión al público.

Sergio Velarde

22 de febrero de 2026

viernes, 6 de febrero de 2026

Crítica: LA RATONERA


¿Drama claustrofóbico o juego de deducción?

La novelista Agatha Christie (1890-1976) no solo sigue siendo la más vendida a nivel mundial, sino que además es la responsable de haber redefinido el género policiaco con sus entretenidas historias tan características, privilegiando siempre la astucia, la interpretación de las pistas y la psicología humana por encima de cualquier acto de violencia. Los lectores son sometidos a resolver ingeniosos misterios, sin caer en la trampa de echarle un vistazo a la última página. Como dramaturga, su obra emblemática es La ratonera (The Mousetrap, 1952), longeva puesta en escena que aún permanece en la cartelera londinense, solo interrumpida por la pandemia. Aquí en nuestro medio, acaba de culminar su tercera (y exitosa) temporada en el Teatro Municipal de Surco, bajo la dirección de Rodrigo Falla Brousset, quien abordó la pieza muy a su particular estilo y que ciertamente, pudo haber dividido la opinión del público.

Luego de estrenar la sólida puesta en escena de El cuarto de Verónica (2025) de Ira Levin, queda clara la predilección de Falla Brousset por las historias de misterio y suspenso. Sin embargo, algo no termina de redondearse en su versión de La ratonera, curiosamente nominada como mejor “comedia” en los premios Teatro en el Perú 2024. ¿Realmente puede considerarse una comedia el hecho de quedar siete personas encerradas e incomunicadas en una vivienda durante un crudo invierno, sabiendo que una de ellas es, sin duda, un asesino y que cualquiera de las personas restantes podría ser la futura víctima? Incluso, uno de los personajes, luego de descubrirse el segundo crimen, increpa al resto: “Hasta ahora nadie se ha tomado esto en serio”. Y es que la dirección apuesta por reducir la situación, inquietante y aterradora per se, a un colorido juego de deducción, con personajes arquetípicos, ataviados con prendas muy particulares y algunos de ellos, con comportamientos imposibles al borde de la sobreactuación; incluida la fugaz silueta del mismísimo asesino en escena. 

Además, en el intermedio se motiva al público asistente a señalar virtualmente al posible criminal, en una lista en la que figura inexplicablemente la segunda víctima de la historia. Se trata pues, de un arriesgado enfoque por parte de la dirección que seguramente habrá cautivado y hasta divertido a parte del público asistente, pero que irremediablemente mella el suspenso que la trama original prometía.

En el elenco, integrado por actores de comprobado talento, se destaca la sobriedad de Sandra Bernasconi, Gerardo García Frkovich, Ekaterina Konysheva, Diego Salinas y Francisco Zamora en su ejecución; mientras que Tania Lopez Bravo, Hugo Salazar y especialmente, Eduardo Pinillos salen airosos de interpretaciones muy cercanas al desborde.

¿Habría sido más conveniente montar La ratonera con forma y fondo más cercanas al material original? ¿Cómo se habría visto, en aquella sala principal de Monkswell Manor, ingresar a sus propietarios, a los huéspedes y al policía, todos vestidos con abrigos, sombreros y bufandas idénticas en forma y color? ¿Cómo habría reaccionado el público ante personajes algo más dramáticos, salpicados con precisos toques de humor mientras se avanzaba en la investigación, pero enfrentados a una situación límite? En todo caso, la audaz decisión tomada por Falla Brousset y la producción original de Lima New Stage, Neopolis Producciones y el Centro Cultural de la Universidad de Lima han dado como resultado un indiscutible éxito de público y la invalorable oportunidad de apreciar la emblemática obra de la única Reina del Crimen, Agatha Christie,  en salas limeñas.

Sergio Velarde

7 de febrero de 2026 

domingo, 1 de febrero de 2026

Crítica: CAOS EN FAMILIA


¡A repartirse la herencia!

Uno de los últimos montajes de Mever Producciones, escrito y dirigido por Gianfranco Mejía, fue La herencia (2024), un eficiente drama que tuvo en su elenco a nuestro primer actor Hernán Romero en su último papel sobre las tablas. Pertinente mencionar esta puesta en escena, pues Mejía viene presentando actualmente otra temporada similar titulada Caos en familia, en el Centro Cultural Ricardo Palma, que guarda muchos paralelismos con la pieza antes mencionada, incluso compartiendo parte de su elenco. En esta obra, nuevamente la repartición de una herencia ocasiona los previsibles enfrentamientos entre una familia disfuncional; sin embargo, existe ahora el propósito de mostrarlos en clave de comedia, con resultados irregulares que bien podrían superarse con una revisión en la dramaturgia.

Debe señalarse que Caos en familia no es un estreno posterior a La herencia: se trata de un tardío reestreno de la puesta original en el 2019. La trama, como ya se mencionó, sigue los mismos derroteros: el patriarca de cuestionable conducta fallecido recientemente, dos hermanos enfrentados por bienes materiales, un mayordomo mediador entre ambas partes y un mensaje aleccionador hacia el final. Acaso Mejía debe siempre tener cuidado cuando recicla textos pasados de su autoría, ya que son sus últimos estrenos los que vienen acusando una saludable madurez, pues en sus reestrenos, muchas veces, esta no se logra visibilizar, como en Eutanasia (2023). Caos en familia no escapa de ese aspecto: el humor no termina de despegar en varias escenas; algunos personajes se encuentran apenas bosquejados; la mejor secuencia (aquella de los brownies) no tiene relación alguna con la herencia en sí; y se sobrecarga la trama con discursos dramáticos, que remiten irremediablemente a la muy superior La herencia.

Si bien la tensa relación entre los hijos herederos del difunto (Paola Miñán y Pedro Olórtegui) y la sensata presencia del mayordomo (Rafael Sánchez Mena) se encuentran bien delineadas, es en los personajes más jóvenes en donde se visualizan las oportunidades perdidas, debido a la escasez de conflictos mayores: los primos superficiales (Luis Alonso Leiva, Alexis Arteaga y Renato Babilonia), la guapa estudiante de intercambio (Valkiria Aragón) y la hija rebelde del criado (Lorena Reynoso) prometían un mayor desarrollo dramático (y cómico) entre ellos, que bien pudo explotarse en mayor medida. A pesar de estos reparos, la nueva reposición de Caos en familia de Mejía no deja de mantener el interés y entretiene como la amable comedia que pretende ser.

Sergio Velarde

1º de febrero de 2026

martes, 20 de enero de 2026

Crítica: MICROBUTACA - ENERO


Drama, comedia y performance

Acaso un detalle significativo que se ha ido perdiendo en los recientes espectáculos teatrales de formato breve que coexisten en el mismo espacio sea el de contar con un denominador común: una temática compartida. Esta directiva obligaba a los colectivos a explorar distintas maneras de abordar el mencionado tema central, ya sea en distintos estilos, lenguajes o convenciones en escena; el espectador, por su parte, percibía un trabajo en conjunto más afinado y menos desordenado, enriqueciendo así el visionado global. Vale esta hipótesis como introducción para comentar tres microobras, de temáticas variadas, que vienen presentándose en paralelo en las salas que cuenta Butaca Film, las mismas que llevan por título Microbutaca.

Tres puestas de corta duración, con formatos y estéticas muy distintas entre sí, son las que se ofrecen al público, algunas con mayor fortuna que otras. Rabo de toro de Greymar Hernández mueve sus (demasiadas) fichas en sus escasos quince minutos, a ritmo galopante, sin respiro e inclinándose hacia la comedia. El galán Johan Escalante llega por expresa invitación, luego de un evento social, al departamento de la bella Miriam Paola Contreras; el anticipado juego inicial de seducción se transforma en una situación más oscura que no terminamos de asimilar del todo: el descubrimiento surrealista que le da título a la obra viene acompañado además con capas de ciencia-ficción, empoderamiento femenino, manipulación antiética y denuncia social. La dirección de Igor Olsen y el talento de los intérpretes permiten ordenar, en gran medida, la entretenida propuesta.       

No podía faltar el teatro testimonial en la que tal vez sea la microobra más sólida y conmovedora del grupo, dentro de su aparente sencillez: Velas al mar nos invita a festejar el cumpleaños de su única intérprete Catalina Santillán, quien nos atiende de manera personalizada en su espacio y nos comparte recuerdos y anécdotas de su propia vida, con absoluta soltura y carisma. La directora Karla Reluz se las ingenia además, para crear atmósferas, con ingeniosos trucos de videos, luces y audios, y envolvernos así en esta celebración metafórica de la vida, que culmina con el infaltable “Cumpleaños Feliz”. Santillán y Reluz ofrecen una magnífica y envolvente puesta en escena, que reflexiona sobre el inexorable paso de los años y todo lo que nos resta por hacer, en la que incluso los asistentes comparten sus propios recuerdos, contrastándolos con los de la inspirada actriz.     

La tercera obra breve, sin bien cae en lugares comunes, no deja de tener interés. En Ella y él, conocemos a una novia profundamente enamorada, ultimando detalles para su matrimonio, y también a una de sus mejores amigas, quien actúa de forma sospechosa. Cuando el misterio se destapa previsiblemente, el tono ingenuo del inicio entra de lleno en el melodrama, resolviéndose el conflicto de manera abrupta. No obstante, el buen oficio del director Diego La Hoz rescata los mejores matices de las jóvenes actrices Tahili Sánchez y Jackelyn Ramos Arcos y corrige, en buena parte, los excesos dramáticos que propone el texto, consiguiendo un resultado bastante digno. Bien por la productora Butaca Film por mantener estos espacios de exploración escénica, ya que el teatro de formato breve tiene todavía mucho por aprovechar y ofrecer.

Sergio Velarde

20 de enero de 2026

sábado, 10 de enero de 2026

Crítica: UN MISTERIO, UNA PASIÓN


Barra crema en escena

Percy Ramón Rodríguez Marchand, conocido también como Misterio, no solo fue uno de los hinchas más acérrimos de Universitario de Deportes, sino que además fue uno de los fundadores de la Trinchera Norte a finales de los años ochenta. La violencia con la que convivió Percy, dentro de su fragmentado hogar y en las tribunas de los estadios y sus alrededores, fue la inspiración para que Aldo Miyashiro escribiera una de sus obras más memorables. Un misterio, una pasión encontró su versión definitiva en 2003, en una puesta en escena a la que no le pudo hacer sombra su esmerada reposición del 2018. A finales del año pasado llegó un montaje independiente a cargo de La Escena Producciones, en una única función, que sirvió para recordarnos lo buen dramaturgo que sigue siendo Miyashiro.

El joven artista Johan Robles, en su último trabajo de dirección, toma un enorme riesgo al enfrentarse a una historia de dilatada duración, que dejó huella duradera en los escenarios hace ya más de dos décadas y también en el imaginario colectivo popular, gracias a la miniserie televisiva Misterio (2005), protagonizada por Pietro Sibille. Pudiendo crear una estética en los espacios que ofrece el lugar, Robles elige la austeridad sobre las tablas del Teatro Barranco, breves apagones en los cambios de escena, con un ajustado mobiliario y solo utilizando la ya característica pantalla del foro para las secuencias del noticiero. Si bien, en términos generales, esta decisión no afecta demasiado el producto final, sí deben tomarse consideraciones en cuanto a la época en la que ocurre la acción: si estamos empezando los noventas, cuesta ver a personajes hablando por celular y otros, tecleando máquinas de escribir. Frases como “Qué fue, mano” rompen la convención de aquellos tiempos del inicio de la trinchera.

Sin duda, son las actuaciones las que deben ser la mayor fortaleza de esta nueva adaptación del clásico de Miyashiro. En ese sentido, el elenco que encabeza Miguel Cente como Misterio hace un despliegue de energía, pasión y entrega tal que se desborda muchas veces, pero que permiten bosquejar muy bien a los personajes del drama (algunos, ya icónicos) y consiguen así que el espectador siga las diversas historias con interés. Robles cumple con Un misterio, una pasión uno de sus grandes retos como director: enfrentarse a un enorme texto considerado, por muchos, como intocable; pero apoyado por un elenco entregado por completo a la causa y que con algunos ajustes bien podrían considerar una oportuna reposición en el futuro, en sentido homenaje a un joven director como Robles, que así como Misterio, fue un hincha acérrimo del quehacer teatral.

Sergio Velarde

10 de enero de 2026

viernes, 9 de enero de 2026

Crítica: KORTAS MIÉRCOLES - DICIEMBRE


Entretenimiento de fin de año

Con ya varias salas limeñas rindiéndose a la presentación de obras de teatro de formato breve, conviene irse ya despojando de muchos prejuicios y terquedades al momento de evaluar estos productos teatrales de corta duración, que vienen, en su gran mayoría, estrenándose en cortas temporadas mensuales, y aceptar que sí son capaces (al menos, una gran parte) de contar historias trascendentes, de entretener a su público por un cuarto de hora y, cómo no, de fomentar a oportunas reflexiones. Tal es el caso del longevo ciclo de Kortas en el Teatro Barranco. 

En plena época navideña se reestrena Papa Noel está secuestrado de Luisito Fernández, con la dirección de Tommy Párraga, a cargo de Bello Bello Producciones. La historia involucra a una caprichosa jovencita (Andrea Llamosas), quien secuestra a un Papa Noel (Jeff Bello) debido a un trauma ocasionado por un regalo no deseado. Una ingeniosa trama bien resuelta por la química que exhiben sus actores. Y en Orgullo Toribiano de Butaca C Producciones, escrito por Ivanna Pedresch y con la dirección de Flavia Puglianini, se explora la reconexión con el pasado escolar entre dos jóvenes egresados, con canciones y coreografías incluidas. A pesar de la virtual ausencia de un conflicto mayor, la puesta sale adelante por el carisma y energía que le imprimen Enrique Nieto y Rodrigo Rodríguez.

El siempre interesante Diego La Hoz, con la producción de Espacio Libre, encuentra en este formato la oportunidad de escribir y dirigir una jocosísima comedia titulada Colágeno que entra de lleno en el doble sentido, pero sin caer jamás en lo vulgar y gratuito. En esta empresa colaboran, en gran medida, el talento de Gherson Flores como el inocente repartidor y la gratísima presencia de una recuperada para la escena Rochy Yépez, como la sensual viuda. Finalmente, las muy divertidas Eliana Fry García-Pacheco y Vero Rova desenmascaran en gran forma los tejes y manejes de los retiros de yoga, en la excelente Vibrar alto de Leticia Arbelo, bajo la dirección de Lía Camilo y la coproducción de La Caracola Produce y Eduardo Ramírez, con los intereses y conveniencias personales por delante de cualquier atisbo de enriquecimiento espiritual. Bien por Teatro Barranco por seguir apostando por un formato teatral que tiene todavía mucho por ofrecer.

Sergio Velarde

9 de enero de 2026

domingo, 4 de enero de 2026

Crítica: EDIPO REY


Efectiva propuesta coral

Uno de los roles fundamentales en la tragedia de Sófocles, Edipo Rey, lo juega el Coro. Este no solo representa a los ancianos tebanos, sino que actúa como un personaje colectivo que comenta, juzga y expresa la voz del pueblo, convirtiéndose en un mediador entre los dioses, los personajes y la audiencia, ante la progresiva revelación de la verdad trágica de Edipo. El director Carlos Delgado Morris acierta, en su particular propuesta del mencionado clásico griego, en conferirle a su Coro, además, las voces del resto de personajes. Quizás sea esta decisión formal y estética la que terminó por convertir a esta nueva actualización de Edipo Rey en un espectáculo recomendable y de necesaria reposición.

La historia es de sobra conocida: el rey Edipo investiga la muerte del rey anterior, Layo, descubriendo trágicamente que él mismo mató a su padre y se casó con su madre Yocasta, sin saberlo, cumpliendo una antigua profecía. Sin embargo, la riqueza de los clásicos radica en su pertinencia y vigencia que nunca pierden actualidad; en ese sentido, la dirección destaca la soberbia del protagonista (Víctor Bullon) en no querer reconocer la verdad de los hechos, ante el destino expuesto por el Oráculo, que hace las veces de su propia conciencia. Esta línea argumental explorada se consigue resolver adecuadamente, gracias a la sólida actuación de Bullon.

Es en el aspecto espacial en el que radica la principal fortaleza de la puesta, específicamente, en el buen aprovechamiento de la Sala Quilla: con los asientos ordenados en los cuatro frentes, incluido el escenario, los dos niveles y la puerta del foro funcionan para darle agilidad a la trama, acompañado por un efectivo manejo de luces. Bien el desenvolvimiento corporal e interpretativo del colectivo femenino, integrado por María Jimena Angulo, Tahira Castro, Gabriela Chávez, Andrea De La Cruz, Andrea Marquina, Maricielo Pérez y Francis Vega, todas impecables en los distintos personajes que les toca representar. Producida por Naima, esta nueva versión de Edipo Rey mantiene la total pertinencia de los clásicos griegos, cumpliendo la tan necesaria función de acercarlos a nuevos públicos.

Sergio Velarde

4 de enero de 2025

viernes, 2 de enero de 2026

Crítica: DOS PARA EL CAMINO


Soledad para dos

Así como A ver, un aplauso y Laberinto de monstruos, no podemos dejar de mencionar (y celebrar) otro de los clásicos que nos ha regalado nuestro dramaturgo César De María y que gozara de una breve temporada el año pasado, específicamente en la Asociación Cultural Arenas y Esteras de Villa El Salvador: se trató de Dos para el camino (2002), una ingeniosa pieza escrita para dos actores, organizada en cuatro monólogos iniciales y una escena dialogada final, en la que interviene un puñado de personajes heridos y desesperados, inmersos en soledad y en busca de redención. Acaso el hecho más destacable del mencionado montaje fue el respeto mostrado hacia el material original, acompañado por una propuesta escénica con personalidad propia.

El espacio de Arena y Esteras es bastante amplio; sin embargo, la directora Carolina Barrantes delimita convenientemente los espacios con el apoyo de las luces en cada segmento. La historia avanza sin tropiezos, manejando bien el suspenso y mostrando claramente los dilemas de cada personaje. Quizás algunos cambios de escena puedan acelerarse y la música clásica escogida para acompañar el montaje pareciera no encajar del todo en ciertas escenas. Se nota la inteligente propuesta de que cada monólogo sea ejecutado por uno de los actores con el apoyo físico del otro; no obstante, la cuarta escena no siguió el mismo formato. 

La juventud de Ariana Dileo y Marco Dasilva los hace destacar por su entrega y energía en cada uno de sus roles, si bien todavía pueden explorarlos en mayor profundidad. Bien el último acto, en el que se resuelve la inclusión de todos los personajes de la puesta, consiguiendo ambos intérpretes una interacción conmovedora y trágica a la vez. Felicitaciones a  La Fija Producciones por animarse a presentar uno de los excelentes textos de De María: Dos para el camino es un ingenioso mosaico de emociones que reflexiona oportunamente acerca de la necesaria compañía con la que deberíamos contar siempre, para no caer en la traicionera soledad que para nada es la mejor consejera.

Sergio Velarde

2 de enero de 2026

jueves, 6 de noviembre de 2025

Crítica: EL CUARTO DE VERÓNICA


Las apariencias sí que engañan

Del mismo autor de clásicas historias de suspenso, como El bebé de Rosemary o Los niños del Brasil, viene presentándose en el Teatro de Lucía la puesta en escena de El cuarto de Verónica (1973), del dramaturgo y novelista estadounidense Ira Levin. Inscrita dentro del género del thriller psicológico, su estreno norteamericano no cosechó críticas muy entusiastas en su momento; sin embargo, el entusiasta director Rodrigo Falla Brousset demuestra el oficio logrado en los últimos años (con las temporadas de La madre, Sylvia o La ratonera, por ejemplo) y consigue un sólido producto teatral con numerosos aciertos.

Teniendo a un autor tan particular como Levin, no es de extrañar que el público asista ya prevenido ante cualquier sorpresa que le depare la trama; no obstante, el juego de apariencias que propone el dramaturgo es más complicado del que se puede intuir desde el inicio: una joven universitaria (Lilian Schiappa-Pietra) es convencida por una curiosa pareja de ancianos (Alexandra Graña y Gustavo Mayer), y con el consentimiento de su novio (el mismo Falla Brousset), para participar en un juego aparentemente inocente, el de hacerse pasar por Verónica, una mujer muerta años atrás, para reconfortar a una anciana enferma. Este es solo el punto de partida para la pesadilla que vivirá la muchacha cuando las fronteras entre la realidad y la ficción comiencen a desdibujarse.

Todo el primer acto (el mejor) brilla por la escalada de suspenso manejada con pulso firme por la dirección: la cantidad de información que se nos ofrece progresivamente (y como verdadera) contrasta con la ingenuidad de la joven, el bigote postizo del novio y lo artificioso del comportamiento de la pareja de ancianos. Manteniendo el contexto original del texto, se construye el ambiente opresivo requerido en donde, literalmente, nada es lo que parece. Una vez revelada la verdad (o las verdades, hasta el último minuto) el ambiente se vuelve tenso y perturbador. Muy buen trabajo del elenco, especialmente Schiappa-Pietra y Graña. 

El cuarto de Verónica, producida de manera impecable por Pedro Iturria y Lima New Stage Group, resulta un verdadero acontecimiento teatral en nuestra cartelera limeña, ya que no es común apreciar una obra con gran capacidad de generar tensión y explorar el miedo como mecanismo de control y sometimiento. Bien por Falla Brousset al ofrecernos una eficiente combinación de intriga, ambigüedad psicológica y ritmo dramático en la forma de thriller escénico.

Sergio Velarde

6 de noviembre de 2025

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Crítica: HUMANAS, DEMASIADO HUMANAS


Cada vez más cerca del futuro

El tiempo pareciera avanzar a pasos agigantados, con todas las ventajas y desventajas que ello conlleva. Las propuestas creativas acerca de futuros distópicos, en todos los formatos posibles, cada vez dejan de ser tan imposibles y se acercan más a una (peligrosa) realidad. El multifacético artista Yamil Sacin ya había explorado esta veta en una acertada propuesta anterior de teatro breve, llamada Sonríe (2024), en la que los avances tecnológicos y científicos servían a oscuros fines para controlar a la población. En esta oportunidad, y en la misma línea argumental, se presentó en el Teatro Esencia la puesta en escena de Humanas, demasiado humanas, con la dramaturgia y dirección de Sacin, obteniendo buenos resultados.

Luego de una catástrofe mundial, anticipada en un video previo en el que se nos muestra, inequívocamente, que los nuevos avances en tecnología no necesariamente sumarán a la sociedad, la humanidad se ve dividida en comunidades diametralmente opuestas: una rural y apartada del resto; y la otra, hipertecnologizada y a punto de deshumanizarse. Dos hermanas, que habitan estas comunidades por separado, se encuentran para resolver algunos asuntos y que depararán más de una sorpresa. Una ingeniosa trama que enfrenta a dos personalidades tan opuestas, y tan parecidas a las confrontaciones actuales en nuestra tan convulsionada sociedad.

Con una escenografía muy sencilla, lo destacable del espectáculo radica en las actuaciones, con personajes bien definidos por parte de Gabriela Artieda y Olga Kozitskaya, quienes consiguen buenos momentos en su enfrentamiento. Presentada por Krakens Producciones, Humanas, demasiado humanas de Sacin destaca por su interesante acercamiento futurista, no tan común en nuestra cartelera, y que permite reflexionar acerca de los más que evidentes peligros que se nos avecinan, muchos de ellos maquillados por oscuros intereses como adelantos que nos harán desarrollar como humanidad.

Sergio Velarde

5 de noviembre de 2025