jueves, 2 de julio de 2026

Crítica: CRISTOFER


Resignificando la fe a través de una semiótica popular desde el unipersonal

El pasado viernes 26 de julio, el Teatro CEIA de la Universidad Científica del Sur abrió sus puertas para el estreno de Cristofer, proyecto del egresado Jack Meza en el marco del XII Festival Escena Sur de la carrera de Artes Escénicas. Cristofer, pieza denominada como creación colectiva, cuenta con la dirección de Mario Ballón, la asistencia de dirección de Ivi Cordero y la producción de Auxilio Perú.

Un actor camina hacia el escenario acompañado de una guitarra en un tono celebrativo. Se trataba de Meza, quien, con un arquetipo de catequista y una atmósfera solemne, empezaba a construir el universo de la obra dentro del teatro. Bajo esa mirada es interesante cómo este proyecto nace a partir de una búsqueda personal, de una pregunta que construye una narrativa corporal, actoral y sonora.

En esa línea, la obra introduce al espectador dentro de una convención católica, donde el público deja de ser un observador pasivo para convertirse en un espect-actor que pertenece a una iglesia y es consciente de lo que está observando. A partir de ello se crea una cercanía con el público que se mantiene de inicio a fin, permitiendo descubrir el discurso escénico de la obra, cuya propuesta gira en torno a la resignificación de la fe dentro de un contexto estético popular.

Cristofer es denominada como una creación colectiva, y parte del proceso inicial de la obra responde justamente a esa búsqueda por reconfigurar y restaurar la fe desde una nueva mirada que cuestiona los cánones convencionales ligados al mundo religioso. En ese sentido, la obra parte de un discurso político y de una necesidad por realizar una intervención, en tono de sátira, sobre acontecimientos que suceden dentro de nuestro país, como el cinismo del gobierno, la injusticia del Estado, la religión como fuente conservadora y la fe entendida como una hipocresía moral.

Por lo tanto, el acto de resignificar se convierte en una cuestión de denuncia. Meza comienza a entender cómo su fe lo ha acompañado a lo largo de su vida, desde su experiencia como catequista hasta el hecho de haber crecido dentro de una familia profundamente religiosa. Al comprender ese bagaje personal, descubre también su relación con Cristofer, y es ahí donde la creación colectiva adquiere un carácter testimonial que, finalmente, termina siendo colectivo.

La dirección de Ballón es clara y atrevida. Junto con la interpretación de Meza, permite construir una dramaturgia actoral y corporal única, capaz de crear un formato escénico lleno de irreverencia lúdica. A través del hacer escénico se observa cómo el intérprete busca estrategias y formas de deconstruir la religión para proponer una nueva mirada. Desde su performatividad se crea un espacio de apertura que rompe la cuarta pared, mantiene un contacto constante con el público y genera humor al exponer las dinámicas de poder que atraviesan una nación silenciada.

En cuanto a la estética que propone la obra, esta es popular e irreverente. Se apoya en telas que descienden desde lo alto para crear una suerte de templo católico, así como en proyecciones visuales coloridas que van desde el rojo, el verde y el morado hasta un celeste que amplifica la mirada espiritual. Asimismo, la utilería incorpora cajas de cerveza como un símbolo popular perteneciente a lo grotesco y lo cotidiano. En esa línea, no es gratuito el uso de carteles con frases creadas para reivindicar el pensamiento religioso mediante tipografías y texturas chabacanescas. Desde la dirección de arte, Cristofer propone una mirada clara y concisa al construir un universo visual que aporta oportunamente al lenguaje escénico desde la conceptualización del proyecto.

Además, la obra propone un lenguaje escénico propio, donde el intérprete deconstruye, a través de su hacer, la palabra de Dios. Interviene fuentes bíblicas y actos propios de la misa para construir un lenguaje contemporáneo inscrito dentro del teatro popular. Cristofer mantiene un ritmo y un tono adecuados en todo momento. Desde el inicio hasta el final, la obra se convierte en una fiesta compartida con el espectador, donde el hacer y la vehemencia escénica se entrelazan como un conjunto semiótico que representa aquello que resulta incómodo.

Por consiguiente, surge la siguiente pregunta: ¿Qué ocurre cuando un performer deconstruye su fe a través del hacer escénico? Como se ha señalado en los párrafos anteriores, la intención de la obra es deconstruir la mirada normativa que se tiene sobre la religión, donde comúnmente todo recae en un contexto de alabanza a las creencias religiosas. En este caso, a partir de sus símbolos nace una nueva lectura de la fe desde un mecanismo popular que resignifica aquello que parecía inamovible.

Bajo esta propuesta, se abre un camino de nuevas posibilidades para la creación y la exploración escénica. El actor deja de ser únicamente actor para asumir una presencia performativa absoluta, despojándose de la construcción convencional del personaje y situándose en un espacio donde lo testimonial, lo político y lo ritual convergen. Bajo esa premisa, Meza se desnuda metafóricamente en escena, habitando el espacio con conchudez, goce e irreverencia, cualidades que convierten su experiencia personal en una experiencia colectiva.

En definitiva, Cristofer no llega al teatro para complacer ni para convertirse en una experiencia pasiva para el espectador. Por el contrario, se posiciona desde la resignificación de la memoria personal para incomodar al otro, desde la fiesta, el goce se cuestionan los discursos que históricamente han permanecido intactos. Desde el unipersonal, Meza sostiene la escena con carisma, humor y una presencia escénica contundente, demostrando que la deconstrucción de la fe también puede convertirse en un acto de creación.

Y es precisamente allí donde radica la potencia de Cristofer: al desmontar sus propias creencias íntimas, Jack Meza encuentra un lenguaje escénico capaz de transformar el testimonio en un acto político, la memoria se convierte en un dispositivo teatral y la fe en una experiencia profundamente popular. No pretende ofrecer respuestas ni reconciliar al espectador con la religión; por el contrario, convierte el escenario en un espacio de disputa simbólica donde creer también significa interpelar. Por ende, Cristofer confirma que el unipersonal sigue siendo un territorio fértil para convertir la memoria, la fe y la irreverencia en un acontecimiento escénico que incomoda, dialoga y permanece.

Juan Pablo Rueda

2 de julio de 2026

Crítica: UN SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO


Una noche artificial envuelta en un sueño

El Teatro Británico abre sus puertas para inducirnos a un universo irreverente y completamente grotesco. Esta vez se trata de Un sueño de una noche de verano de William Shakespeare, bajo la dirección de Jean Pierre Gamarra, con Leonardo Torres Vilar, Alonso Cano, Kareen Spano, Amaranta Kun, Óscar Yépez, Carolina Cano, André Silva y Alejandro Tagle.

Hay mucho que decir sobre el grupo: Éxodo, una vez más, se consolida como una compañía de teatro clásico que desempolva los textos para reformularlos desde una mirada completamente contemporánea. Desde su primer debut hasta ahora, ha logrado consolidarse con un público propio que los recibe, aplaude y recuerda.

La dirección de Gamarra abandona los clásicos solemnes para convertirse en una musicalidad irreverente, llena de mecanismos estéticos y estilísticos grotescos. En primer plano observamos la mirada impecable de Albani, que nos adentra en un espacio caótico y místico donde habitarán personajes de un lado y del otro vislumbrados por el anochecer, generando una atmósfera paradisíaca de pérdida, fantasía y comicidad.

Desde ese punto de vista, no es gratuito que se proponga un vestuario que va de marrones a colores grisáceos, donde la suciedad y lo atrevido desbordan. Este clásico es ocurrente y, sin duda alguna, bajo el concepto propuesto se construye una lectura oportuna. Desde ese primer vistazo observamos que la adaptación transforma la tradicional comedia shakesperiana en un recorrido por un entorno marcado por los excesos y personajes bohemios alejados de las convenciones sociales.

En ese sentido, la propuesta es voraz, no solo por su alcance de salir de lo no convencional, sino porque sugiere un entorno onírico enmarcado por la suciedad. Como sabemos, uno de los principales hitos emblemáticos de aquella obra es el enredo y, bajo esa lógica, cada elemento que forma parte de la escenografía juega con la idea del teatro dentro del teatro, donde las falencias y lo verosímil son una oportunidad para el hecho escénico.

Asimismo, es interesante cómo la obra toma ese aspecto del teatro de época isabelina, donde los hombres representaban personajes femeninos, y desde la escritura Shakespeare utiliza lo fantástico a su favor. Desde la dirección se hace honor a la mirada del dramaturgo al proponer un coro de predicadores obscenos para la reina Titania, interpretada por la vehemente Spano. Es ahí donde Un sueño de una noche de verano deja de ser una propuesta inocente para convertirse en una exploración de los deseos y anhelos de lo romántico.

Por otra parte, la obra juega con este aspecto de la teatralidad dentro de la representación escénica. Es decir, hay un esfuerzo por demostrar el tono shakesperiano y su voz. Gamarra propone una convención donde los actores juegan con el estado del humor y el desborde de la corporalidad escénica. Es ahí donde aparece el esperpento, muy al estilo valleinclanesco, donde lo absurdo es una técnica explorada para jugar con el onirismo; la lógica queda envuelta por lo ilógico. Vale decir que los animales y las cosas se humanizan, mientras que los seres humanos se animalizan y caen en un profundo sueño.

Por otro lado, el elenco acompaña de manera estratégica y coral la obra. Desde el canto, Carolina Cano cautiva y hace su debut dentro de Éxodo Teatro, donde logra habitar y crear a una Helena inocente, astuta y perversa, empecinada en dejarse dominar por la romanticidad y la vanidad. Kun, en la piel de Hermia, comienza derrochando amor y termina siendo atravesada por la desdicha. Ella forma parte del repertorio de Éxodo y, en esta obra, logra una vez más encontrar ese arquetipo clásico desdichado.

No puede pasar por alto el humor caricaturesco que trae Alonso Cano desde Oberón, creando un personaje completamente atrevido, marcado por la irreverencia, que abusa de su condición de poder desde lo sucio. Y Tagle logra algo mágico en escena: crea un Bottom enternecedor, atrevido y clownesco, donde, semióticamente, la figura del burro representa el arco dramático del personaje, que termina siendo ridiculizado bajo la ironía.

En definitiva, Un sueño de una noche de verano llega al Teatro Británico para convertirse en una experiencia de enredos desde el lenguaje shakesperiano, pero también al estilo de Gamarra, poniendo la noche como protagonista de la obra. Entendida como un símbolo del bosque, lleno de luces artificiales, la noche se vuelve erótica, exuberante y fabulesca. Es así que… Éxodo lo hace una vez más.

Juan Pablo Rueda

2 de julio de 2026