domingo, 12 de julio de 2026

Crítica: LA FELICIDAD DE LAS TÓRTOLAS


La melancolía del desencuentro y el abismo de la incomunicación

El Club de Teatro de Lima, en coproducción institucional con la Universidad Científica del Sur, presenta La felicidad de las tórtolas, una propuesta dramática donde priman la introspección y el conflicto psicológico. Escrita por Ximena Carrera y dirigida por Jorge Gálvez, la obra se configura como un drama que desmitifica los lazos del amor romántico a través del crudo e inevitable desencuentro de una pareja.

La puesta en escena cuenta con las actuaciones de César Rengifo y Carolay Rodríguez. Mientras que el personaje interpretado por Rengifo se configura desde el distanciamiento, como alguien esquivo y no del todo presente en el aquí y el ahora, la interpretación de Rodríguez se convierte en el ancla dramática de la obra, representando la crudeza, el resentimiento acumulado y la necesidad imperiosa de respuestas.

El gran acierto de la dirección radica en haber sabido explotar con maestría la asimetría entre ambos intérpretes. En lugar de jugar a la clásica complementariedad romántica, Rengifo y Rodríguez sostienen un pulso basado en el desencuentro sistemático, donde la fijeza de uno y la evasión del otro tensan la atmósfera de principio a fin.

En el ámbito de la dirección, Gálvez entrega una propuesta madura, conceptualmente coherente y arriesgada. Su visión busca deliberadamente que el conflicto central no se resuelva a través de la acción física, sino mediante la tensión estática, el peso de los silencios y la construcción de una atmósfera psicológica asfixiante.

Tomando en cuenta esta línea artística, la escenografía abandona cualquier pretensión de realismo doméstico para convertirse en un territorio puramente mental y simbólico. De este modo, el espacio escénico se transforma en el reflejo material del deterioro, el aislamiento y la desintegración invisible de los personajes.

Por lo mencionado anteriormente, La felicidad de las tórtolas es una propuesta que, sin duda, recomendaría ver. A lo largo del montaje se evidencia cómo un aparente drama de pareja se transforma en un agudo thriller psicológico y existencial sobre el control, la creación artística y el desamor. La dirección no busca complacer al público, sino incomodarlo y confrontarlo a través de una atmósfera densa y asfixiante, que sumerge al espectador en un viaje sin concesiones comerciales. Es una cita imprescindible para quienes buscan un teatro inteligente, simbólico y de cámara que resuene en la mente mucho después de que se apagan las luces.

Javier Bendezú

12 de julio de 2026

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