lunes, 29 de junio de 2026

Crítica: 138 CITAS PARA ENCONTRAR EL AMOR


Buscar adentro

En un momento en que las aplicaciones de citas parecen haber convertido el amor en una sucesión interminable de perfiles, coincidencias y desencuentros, 138 citas para encontrar el amor parte de una pregunta aparentemente sencilla: ¿cuántas veces tenemos que buscar afuera antes de entender que la respuesta está dentro?

La obra nos presenta a Daniel, un hombre que parece tener una habilidad especial para que el amor se le escape. Cita tras cita, conversación tras conversación en aplicaciones, la historia se repite y algo sale mal. Pero la vida, con sus giros inesperados y un encuentro casual, cambian el rumbo de su historia. Lo que comienza como una posibilidad romántica se convierte en un viaje mucho más complejo: Daniel no solo tendrá que conquistar a alguien más, sino enfrentarse a la imagen que tiene de sí mismo.

Uno de los grandes aciertos de la obra es que no presenta el amor desde una mirada idealizada. Daniel se enamora, pero también carga con inseguridades, con la sensación de no ser suficiente y con la dificultad de aceptar que alguien pueda elegirlo. 

La obra también destaca por la manera natural en que aborda la diversidad. El personaje del roommate, un auténtico contraste frente al protagonista vive sus relaciones con una libertad absoluta: disfruta su vida sentimental y sexual, y lo hace sin que el texto convierta esto en un conflicto. 

Precisamente este personaje se convierte en uno de los motores cómicos de la puesta. El mejor amigo funciona como una válvula de escape dentro de la historia, descomprime los momentos más emocionales y aporta un ritmo ligero que equilibra la búsqueda interna del protagonista.

El elenco sostiene una historia que transita entre la comedia, el romance y la introspección. Hay una química especial en las relaciones entre personajes, especialmente en ese contraste entre quien todavía está buscando su lugar en el mundo y quien parece haberlo encontrado, aunque también tenga sus propias heridas.

Además, la puesta tiene un valor especial dentro del circuito independiente limeño. El Teatro Juanita Tarnawiecki, con su atmósfera cercana y acogedora, sigue siendo un espacio que permite que nuevas propuestas tengan un lugar de encuentro con el público. Ese espíritu íntimo favorece a obras como esta.

138 citas para encontrar el amor no habla únicamente de encontrar a otra persona. Habla de esa cita pendiente que muchas veces dejamos de lado. La cita que tenemos con nosotros mismos. Porque quizá la búsqueda no termina cuando aparece alguien que nos ama, sino cuando finalmente aprendemos a mirarnos con la misma paciencia y cariño que esperamos recibir de los demás.

Cristina Soto Arce

29 de junio de 2026

domingo, 28 de junio de 2026

Crítica: EL DOLOR DEL SILENCIO


Sí están solas

La nueva propuesta escénica del incombustible Gianfranco Mejía (todo un mérito dentro de nuestra comunidad teatral) denota, sin duda, un auspicioso avance como dramaturgo y director. Si bien es cierto, todavía adoleciendo de ciertos aspectos temáticos y estéticos como el vuelo creativo aún sin despegar del todo y las escenas de lucha todavía por ajustar, El dolor del silencio refleja desde el título su sana evolución. Lejos de títulos como Eutanasia, Anorexia o Maltratos, Mejía se anima a darle algo de sutileza al nombre de su puesta, que ya no sabemos de entrada ni la trama y ni el (previsible) final.

Otro acierto de este y de sus últimos montajes, ¡qué duda cabe!, es el de haberse rodeado de un grupo de competentes actores que, muchas veces, elevan con sus actuaciones ciertos diálogos y escenas muy sencillas, y que sobre el escenario resultan más que efectivas. En el presente montaje, la historia de Eliana (Giselle Collao), una mujer atormentada por su expareja que no la deja ir, se convierte en un eterno calvario para ella y su familia pues no se anima a realizar la denuncia, por miedo y vergüenza, al haber ocurrido lo peor. Interminables minutos de duda y frustración que son manejados con oficio y solvencia por una sólida Collao (en un difícil rol bien resuelto por la actriz), junto a Trilce Cavero, Paco Varela y Jorge Bardales, quienes componen esta familia disfuncional con sus propios conflictos internos. Incluso, el antagonista (Patricio Villavicencio) no cae en el fácil estereotipo, pues lejos de inútiles justificaciones, también aparecen atisbos de ser este una víctima más del carácter opresor de nuestra sociedad.

Lejos de convertir a nuestro sistema de justicia en el gran enemigo de las mujeres maltratadas (que en buena medida, lo es), Mejía opta hábilmente por representarla en una postura distante y fría, con el policía de espaldas sobre el escenario, dialogando de una manera correcta pero impersonal con la víctima. Bien además, la decisión de mostrar a los amigos del agresor como hombres con ciertos escrúpulos, superando así la debilidad del dramaturgo y director por mostrar, como ocurre en sus obras anteriores, los roles secundarios casi siempre como meros personajes decorativos.

Sin embargo, sí hay un reparo mayor que hacerle a El dolor del silencio, y este aparece en el epílogo. Luego de la última escena en el que conocemos la decisión final de Eliana, se leen frases en la pantalla del fondo del Nuevo Teatro Julieta, en el que se nos informa del triste (y nada sorprendente) final del conflicto, uno muy común en nuestra violenta y machista sociedad. Y Mejía se anima a concluir la puesta con un mensaje esperanzador hacia todas las mujeres maltratadas: “No están solas.” La aparición de esta frase desdibuja la cruel realidad de las mujeres y juega en contra, en cierta medida, del mismo montaje: Eliana y muy buena parte de las mujeres violentadas en la vida real que están solas, desamparadas por un sistema ineficiente y expuestas al peligro en todo momento. La misma obra se encarga de restregárnoslo en el rostro. Retirando esta última frase, el montaje ganaría varios puntos, pues el mensaje sería contundente. 

A pesar de los aspectos ya mencionados, El dolor del silencio es un paso adelante en la carrera de Mejía y su productora, con innegables virtudes apreciadas en sus nuevos estrenos, que saltan a la vista cada cierto tiempo cuando se decide a reciclar textos pasados, y que comprueban que se encuentra en el camino correcto.

Sergio Velarde

28 de junio de 2026

sábado, 27 de junio de 2026

Crítica: EL SÍNDROME DE LA ABEJA REINA & VELAS AL MAR


Risas y performance

La Noche de Creadoras en Casa Bulbo de Barranco no se detiene y sigue ofreciendo, como todos los miércoles, una interesante variedad de propuestas de teatro en formato breve, interviniendo las habitaciones con las que cuenta su espacio no convencional. Si bien no existe en los ciclos presentados alguna temática clara en común, salvo la destacada presencia femenina en los equipos creativos, todos los microespectáculos estrenados han sabido llegar a buen puerto en su particular manera; por supuesto, existiendo siempre públicos que podrían tener preferencias hacia ciertos géneros o estilos. Ya terminando mayo, Oficio Crítico tuvo oportunidad de asistir a dos microobras tituladas El Síndrome de la Abeja Reina⁠ y Velas al Mar; ambas muy distintas entre sí, pero que coinciden en lo bien que han resuelto, tanto las actrices como las directoras, la ejecución en escena de sus respectivas historias.     

Una divertida comedia breve es la que nos propone la dramaturga y directora Jimena Salas Pomarino con El Síndrome de la Abeja Reina⁠, en medio del típico conflicto laboral entre la gerenta autoritaria y superficial (Isabel Chappell) y la subgerenta sensata y espiritual (Gabriela Jordán). La coartada dramática aparece como una especie de “maldición kármica” que recae en la primera mujer en cuestión y que la va convirtiendo inexorablemente en una abeja, ante los incrédulos ojos de la segunda. Bien resuelta la convención de esta suerte de “metamorfosis progresiva”, apoyada por el buen desempeño actoral, especialmente Chappell, en un rol que pudo caer que en gratuito estereotipo, pero que la actriz asume con absoluta convicción.   

Por su parte, Velas al Mar⁠ arriba a Casa Bulbo, luego de su auspicioso paso por Microbutaca a inicios de año, aprovechando al máximo el espacio disponible. Esta pieza breve performática mantiene el formato cálido e intimista, invitando al público a una inmersiva celebración de cumpleaños a orillas del mar, en la que los espectadores tienen una participación activa. La ingeniosa dirección de Karla Reluz, la entrañable actuación de Catalina Santillán y la precisa producción de Metanoia Colectivo convierten este conmovedor ritual en una oportunidad para recordar el pasado y enfrentar con empatía y esperanza el futuro.

Felicitaciones a Casa Bulbo y La Noche de Creadoras, por consolidarse como un espacio de visita obligatoria para los amantes del buen teatro.

Sergio Velarde

27 de junio de 2027

jueves, 25 de junio de 2026

Crítica: SECRETOS COMPARTIDOS


Celulares en acción (verdad o mentira)

Un grupo de amigos se reúne y por decisión o casualidad inician un juego que terminaría delatando todos sus secretos y verdades. La actuación es espontánea, casual, con buenos momentos personales, cargados de drama. La ilación de la historia es divertida, la estructura de los ejes temáticos permite una buena conexión con el público; es refrescante, las situaciones van sucediendo y las acciones van atando los hilos de una trama, que finalmente deja como inocentes a solo dos personajes, que al fin y al cabo fueron los más honestos todo el momento. La honestidad es un concepto que merece ser reflexionado, es una sensación muy antigua, como la humanidad.

El juego consistía en leer cualquier mensaje que llegue al celular en voz alta, un juego no tan ofensivo en apariencia, pero según la acción dramática de la obra, desarrolla a los personajes desde sus mentiras. Los va conectando con sus prejuicios, sus manías, sus estrategias, un modo de operación que sin duda puede generar reflexión en los espectadores, ya sea por reconocimiento o por distanciamiento. 

Es necesario mencionar que las personas que están en la reunión son parejas, exactamente tres parejas y un amigo que llegó solo, una pareja que está por casarse y otras dos que tienen un aparente matrimonio consolidado. El libreto está bien desarrollado, permite la aparición de las verdades como un incitador de la acción. La tensión que los actores van generando en escena deja una sensación extraña en el cuerpo, porque es de forma realista que se nos presenta el conflicto, la realidad frente a nuestros ojos.

Dentro del quiebre dramático hay un momento, donde el amigo que no ha llevado pareja resulta ser gay, y pese a que no se le había descubierto nada, fue el más maltratado por ser gay; es en ese momento que la situación se termina de romper, las parejas destruidas por la misma razón, la mentira, algunos más inocentes que otros quizá, al final la verdad es de quien la cuenta. 

Después de que los amigos han ido cayendo en el juego del mensaje, su desarrollo como personaje va creciendo, los quiebres son interesantes, cada actor y actriz ha desempeñado un buen rol interpretativo; sin embargo, el hecho de que haya dos personajes sin mentiras, es una sensación de ilusión, de tierna caricia. La obra hace reír, es amena, pero deja un sin sabor. El otro personaje que al final no se le descubrió nada, estuvo todo el tiempo apuntado por su esposa, para descubrir alguna debilidad o mentira, finalmente pese a sus impulsos resultó generando acciones responsables y llenas de gallardía; por ejemplo respetar y guiar la vida sexual de su hija adolescente, decidir tomar terapia para mejorar la relación matrimonial. No obstante, su pareja terminó siendo cruel y desagradable, aparte de que fue descubierta, engañaba a su esposo con su amigo, generó una reflexión, por qué instó al juego, por qué termina la escena con ella desgarrándose en llanto, dicho sea de paso muy buen cambio de acción, siempre tuvo una presencia dramática, una sensación como una bomba de tiempo, algo esperaba ser revelado, algo iba a explotar.

Finalmente tenemos una obra bien trabajada en cuanto al equipo, a la solidez de tantos intérpretes en escena y la fluidez verbal, la claridad de la acción y del momento, los quiebres dramáticos son buenos, los momentos de dolor, de lágrimas, funcionan como momentos de enganche con la obra. Obras sencillas, divertidas, pero que topan fibras profundas dentro del pensamiento.

Moises Aurazo

25 de junio de 2026

lunes, 22 de junio de 2026

Crítica: MENTIROSOS


Enredos

Una madre intolerante y llena de prejuicios, un padre sometido a la voluntad de su esposa, una joven novia, un esposo que guarda demasiados secretos y una pareja de empleados domésticos tan irreverentes como entrometidos serán los responsables de una serie de situaciones tan inesperadas como divertidas. Esta es la puesta en escena de Mentirosos, una propuesta que apuesta por el humor, los enredos y las situaciones disparatadas para mantener al público atento de principio a fin.

Desde los primeros minutos, podemos ver personajes muy bien definidos que logran conectar rápidamente con el espectador. Cada uno aporta elementos particulares a la historia y contribuye al crecimiento de los conflictos. A medida que avanza la trama, también crecen las mentiras, los malentendidos y los enredos, generando situaciones cada vez más absurdas y divertidas. Con un ritmo ágil y personajes extravagantes, la obra construye una comedia de equívocos en la que cada mentira alimenta una nueva confusión, llevando al público a disfrutar de una sucesión de momentos hilarantes que provocan constantes risas.

El elenco de Mentirosos, conformado por Paco Varela, Caroll Chiara, Leito Monteverde, Paola Vera, Betto Gómez y Pau Simons, nos regala una comedia muy entretenida y llena de energía. Sobre el escenario puede percibirse la confianza entre los actores, así como la naturalidad con la que interpretan a sus personajes. Cada uno encuentra su espacio dentro de la historia y aporta al desarrollo de una dinámica que funciona muy bien en conjunto. La química entre ellos es evidente y se convierte en uno de los puntos fuertes de la puesta en escena.

Sin duda, la escenografía, las luces, los efectos y el vestuario han sido elementos importantes dentro de la propuesta. Cada detalle contribuye a construir el entorno adecuado para el desarrollo de la historia y ayuda a que el espectador se sumerja en el universo planteado por la obra. Aunque la comedia se sostiene principalmente por el trabajo actoral, los aspectos técnicos complementan acertadamente la experiencia teatral.

Asimismo, no cabe duda de que la dirección ha sabido guiar al elenco con una propuesta dinámica, entretenida y bien estructurada. El ritmo de la obra se mantiene constante, permitiendo que los momentos de humor fluyan con naturalidad y que los enredos se desarrollen de manera efectiva.

Mentirosos es una puesta en escena recomendada de principio a fin. Más allá de las diferentes interpretaciones que cada espectador pueda darle al mensaje de la obra, hay algo que todos se llevarán al salir de la sala: diversión. Una comedia ligera, ágil y muy entretenida, que vale la pena ver. 

Javier Gutiérrez

22 de junio de 2026

Crítica: PERROS (AL FINAL DE LA CARRETERA)


En el olvido

Un encuentro cara a cara con la indiferencia, pero al mismo tiempo con la realidad de nuestra sociedad. La puesta en escena de Perros (Al final de la carretera) nos muestra, desde el ingreso, una escenografía que nos envuelve en el contexto donde se desarrolla la obra. La historia sigue a Raphael, un hombre que dedica sus días a recoger y dar sepultura a perros atropellados en los alrededores de la Panamericana. A su alrededor se encuentran Pedro, Jorge, Lucía y Lolo, personajes marcados por la exclusión, la precariedad y la constante sensación de no pertenecer a ningún lugar.

A través de los diálogos y las acciones de cada actor, quienes cargan las escenas de memoria, humor y melancolía, la puesta en escena construye un retrato de vidas invisibilizadas que luchan por conservar su dignidad en medio del abandono. Más que centrarse en la marginalidad como un problema social, la obra explora la necesidad universal de ser reconocidos, recordados y aceptados.

Sin duda, los actores muestran una energía increíble, llevando a sus personajes por distintos estados emocionales de manera clara y convincente. Si bien existen algunos momentos de menor intensidad, en conjunto la obra mantiene el interés del espectador y permite disfrutar plenamente de la experiencia teatral.

Los aspectos técnicos de la puesta en escena, como la iluminación, la música y la escenografía, contribuyen a crear la atmósfera adecuada. Cada uno de estos elementos ayuda a construir el espacio dramático y a sumergirnos en el universo donde transcurre la historia.

Sin duda, Perros (Al final de la carretera) nos presenta una narrativa íntima y emotiva que invita al espectador a reflexionar sobre quienes permanecen al margen de la sociedad y sobre el valor de la empatía frente a la indiferencia. Su mayor acierto radica en convertir historias aparentemente pequeñas en una poderosa reflexión sobre la identidad, la memoria y la búsqueda de un lugar al que pertenecer. Una obra que, sin duda, vale la pena ver.

Javier Gutiérrez

22 de junio de 2026

Crítica: EL RÍO EN MÍ


El lado salvaje de la humanidad

El río en mí es más que un drama. Es un thriller que conecta la vulnerabilidad de la humanidad con su lado salvaje.

Dos mujeres, madre e hija (Grapa Paola y Alejandra Guerra) viven solas en un hospedaje de un lugar apartado de la selva que casi no recibe visitantes; cerca de un río cuya contaminación, por la actividad de una empresa, ha modificado la vida de las personas. Algunos visitantes, huéspedes del hostal, han fallecido en circunstancias extrañas y un monstruo extraño las acecha.

La soledad de estas mujeres no es pacífica sino cargada de reproches mutuos y desesperanza compartida. La crisis estalla con la llegada de un nuevo huésped (Alfonso Dibos) que trae recuerdos, cuestionamientos y evidencias de las oscuras relaciones de los personajes que las ponen en riesgo.

Como en las antiguas tragedias, una joven ajena canta desde un rincón y con las notas de su guitarra establece un ambiente de desventura y soledad. Luego, ella (Karla Quispe) se incorpora como un personaje más del conflicto, para evidenciar con su dramatismo la violencia de esas vidas, consumidas por la venganza como objetivo vital.

El río en mí nos introduce, con un lenguaje descarnado, al misterio y la tragedia. Al mismo tiempo, revela y denuncia los daños de la contaminación ambiental en las personas. Más allá de los signos evidentes de deterioro  en la  naturaleza,el daño está en la conciencia y las personas están envenenadas por su odio. Así como el río está enfermo, las personas están física y moralmente perturbadas. Frente a los dos visitantes, relacionados con las víctimas de los asesinados, ellas parecen dos monstruos. El katupirí (animal fantástico creado por el dramaturgo) amenaza devorarlas, pero Marta (la hija) parece convertirse, con muecas cómicas, en ese monstruo. Ella también necesita devorarlo todo para que esa realidad desaparezca. Su maquinación es la materialización de ese objetivo y su madre no puede controlarla.

A partir de la obra trágica El malentendido de Albert Camus, el dramaturgo argentino Francisco Lumerman construye un thriller que toca fibras y temas profundos y nos atrapa desde el primer momento. Como director, aprovecha la disposición circular para lograr un contacto más directo con el público y así la atmósfera se "contamina" totalmente con la amenaza y sufrimiento de los personajes, sin que podamos escapar a sus miradas.

Para lograr la potencia de esta puesta, Lumerman reúne a dos maestras del teatro peruano: Grapa Paola y Alejandra Guerra, que cargan con personajes de gran intensidad. Junto a ellas, Alfonso Dibos y Kiara Quispe aportan el equilibrio de las víctimas desconcertadas que buscan respuestas.

Muy buena puesta,solo hasta el 6 de julio, en el auditorio del Británico de Miraflores.

David Cárdenas (Pepedavid)

22 de junio de 2026

Crítica: REFUGIO


Sanar aquello que no sabías que requería cura

Refugio es el nombre elegido para denominar una peculiar y casi inclasificable propuesta artística interdisciplinaria dirigida por Analucía Rodríguez y Jimena Acuña, y protagonizada por la actriz bordadora Diana Chávez. La Sala Quilla, ubicada en Barranco, es el telón de fondo de una experiencia teatral que combina, entre otras cosas, bordado en vivo, música inédita original y realización audiovisual. El montaje, de poco más de una hora de duración, no tiene nada de diálogo; más bien apuesta por comunicar sus ideas de forma netamente sensorial. ¿Logran las realizadoras hacer que todas las disciplinas artísticas que conforman esta obra converjan armoniosamente en un mismo escenario, o es que la abundancia de estímulos e ideas hacen que el producto final termine siendo uno demasiado disperso y confuso como para realmente funcionar? 

Diana Chávez ocupa el centro del escenario y borda apaciblemente mientras el barullo del público va haciéndose cada vez más bajo. A su derecha, una gran tela rectangular muestra proyectado en primer plano lo que una pequeña cámara ubicada a la altura del hombro de la actriz está registrando en tiempo real: el bordado de Diana visto desde un ángulo semi picado que nos permite ver el proceso a gran detalle. El efecto es inmediato y cautivador. No solo vemos a la artista realizando su labor, sino que vemos el arte que está siendo creado por ella momento a momento magnificado gracias al poder de la cámara. La imagen la completa otra gran tela (ubicada a la izquierda de la actriz), de cuyo centro se desprenden varios hilos que van conectando distintos retratos (momentos) de la vida de la actriz. Este es solo el inicio de Refugio, pero lo describo para evidenciar el cuidado, la meticulosidad y el amor con que indudablemente fue realizado este montaje. Lo que ocurre a partir de aquí no lo describiré con tanta precisión; basta con decir que la actriz empieza a interactuar con todos los elementos que la rodean, y es precisamente la naturaleza de estas interacciones lo que revela el mayor acierto de Refugio: su habilidad para conmocionar al público, sin el uso de las palabras, evocando sensaciones y emociones concretas a partir de momentos y acciones abstractas. 

¿Por qué ver una obra como Refugio? Tres razones se me vienen inmediatamente a la mente. Primero, porque es un portal de emociones mutable, cuyo efecto dependerá de nuestra propia interpretación, lo cual lo hace sumamente interesante y único. Segundo, porque vivimos en un mundo tan sobre estimulado, tan bullicioso, inmediato y urgente que a veces nos olvidamos del poder del silencio. El hecho de que este montaje elija no usar palabras, en el contexto en el que vivimos, es muy valiente y arriesgado, ya que nos obliga a hacer eso que a veces parece habérsenos olvidado: ver y escuchar de verdad; prestar toda nuestra atención a una sola cosa; conectar con otra persona y dejarnos afectar por sus experiencias, lo cual en consecuencia nos hace conectar con nosotros mismos. Y finalmente, porque creo que más que nunca, el mundo necesita más empatía. Y esto no es algo que aparezca mágicamente en nosotros. La empatía -y la sensibilidad-, se entrenan, se desarrollan. Y ver obras de este tipo es una gran forma de hacerlo, ya que, al carecer de texto, el impacto de sus mensajes es mucho más directo, primitivo en el mejor sentido de la palabra, y altamente emocional.

Salí muy conmovido después de ver Refugio. Pero no solo eso. Salí con mil ideas revoloteando en mi cabeza; metáforas de vida y simbolismos que me regaló el montaje y que no menciono porque creo que será mucho más valioso que cada persona reciba de esta puesta escénica lo que necesita en ese momento. Tienen solo una función más, el 26 de junio. No la dejen pasar. Vayan con la mente y el corazón abiertos y regálense un momento de paz y de introspección. Ya saben. Esos que en el mundo actual son lamentablemente cada vez más escasos. 

Sergio Lescano

22 de junio de 2026

Crítica: AMANTES TEMPORALES


Cuando un buen texto promete, pero la puesta en escena se queda corta

Este fin de semana fui a ver la obra Amantes Temporales en la Casa de la Juventud, en Surquillo. La dramaturgia estuvo a cargo de Flavio Giribaldi, la dirección fue de Moisés Vera, y contó con las actuaciones de Diego Zavala-Molina, María Angélica Sotomayor, Alejandra Villavicencio, Fátima Matheus y Camila Málaga.

Es necesario comenzar destacando que el texto fue galardonado en el Concurso de Dramaturgia de la ENSAD. Se trata de una historia estructurada en cuatro monólogos que hablan sobre los vínculos que nos transforman, las personas que dejamos atrás y aquellas que se quedan a vivir en la mente de los demás para siempre.

Personalmente, el texto me pareció bastante bueno, lo cual resulta evidente al tratarse de una obra premiada. Lamentablemente, la dirección no estuvo a la altura. Entiendo que es una propuesta independiente y que los monólogos deben captar la atención del espectador por sí mismos, sin embargo, me hubiera encantado ver una escenografía transversal a las cuatro historias presentadas, en lugar de un espacio vacío con una mesa y cuatro focos que solo se encendían conforme terminaba cada relato.

Si bien la decisión de que todos los actores usaran un vestuario uniforme me pareció acertada, el uso de pelucas doradas resultó un elemento bastante distractor que, por momentos, me alejaba de lo que cada uno de ellos intentaba transmitir.

A pesar de lo mencionado, considero importante resaltar el compromiso de los actores al dar vida a sus monólogos. Entiendo que la experiencia brinda más herramientas para desenvolverse en escena; sin embargo, pese a su entrega, sentí que faltó un poco más de soltura en el escenario para evitar la rigidez que asomaba por momentos.

En conclusión, la obra Amantes Temporales presenta un evidente desbalance entre un texto resaltante, poderoso y que merece ser contado, y la puesta en escena en sí. Me hubiera encantado ver un mayor desarrollo en la propuesta escenográfica, menos elementos distractores y un elenco más relajado sobre el escenario.

Javier Bendezú

22 de junio de 2026

viernes, 19 de junio de 2026

Crítica: MM* (MARÍA MARICÓN)


Un valiente testimonio de vida

En enero del 2025, la cucufatería limeña presionó a la PUCP para cancelar el estreno de María Maricón, porque su afiche presentaba a un homosexual ataviado como una santa católica. No conocían el contenido de la obra. La censuraron por el afiche.

Poco tiempo después, con otro nombre y otro afiche, por fin se estrenó. Grupos religiosos ofendidos rezaron en las afueras del centro cultural.

Han pasado dos años y MM* (María Maricón) ha madurado, como ha madurado Gabriel Cárdenas, su autor, director e intérprete.

Su obra es un testimonio de la vida de ese joven que ama las danzas folklóricas y cree en Dios, pero que ha sido víctima de la violencia homofóbica desde la adolescencia. La obra nos introduce a la simbología de la misa, que es una adoración al cuerpo del hijo de Dios, representado también en las danzas folclóricas, y nos convoca a un rito singular. Creyentes o no, somos parte de ese acto solemne, colorido y potente.

El amor de Gabriel por la danza está presente en toda la obra. Él afirma el concepto del folklore como manifestación andrógina. En diversas danzas peruanas los roles femeninos son representados por hombres.

El simbolismo abre paso a la denuncia como víctima de agresiones por su identidad sexual. Entre ritos y danzas, MM* invita a la reflexión sobre los miedos y los sueños de un artista, pero que corresponden a toda la comunidad LGBT y por ello nos compromete como sociedad.

El protagonista se interroga: “¿Qué podemos esperar de quienes protestan por un afiche pero son capaces de ocultar delitos?” Así visibiliza los ataques, el acoso y la violencia, casi normalizados, que sufren las personas homosexuales con un relato profundamente humano, sin caer en el discurso o la explicación, impropios para la escena.

Lo político no es ajeno a la obra, pues las agresiones son respaldadas por autoridades públicas y privadas que revelan los valores decadentes de una derecha conservadora. La farsa, como antiguo recurso teatral, permite ponerlos en escena para condenarlos con nuestra burla. No obstante, la reiteración de este recurso hace decaer por un momento el buen ritmo de la obra rozando con el panfleto. Felizmente solo es un instante y no afecta al mensaje ni estructura.

En el mes del orgullo LGBT una obra como MM* (María Maricón) resulta necesaria y su calidad merece todo el apoyo que se le pueda brindar. Vayan a verla en la Sala Quilla de Barranco.

David Cárdenas (Pepedavid)

19 de junio de 2026

martes, 16 de junio de 2026

Crítica: MM* (MARÍA MARICÓN)


La fiesta patronal del exceso

Hace poco estuve presente en la función de preestreno de María Maricón, actualmente conocida como MM*. La obra se presenta en Sala Quilla con las actuaciones de Jorge Guerra, Paul Lazo, Wedner Velásquez y Santiago Montoya, además de Gabriel Cárdenas, quien también es el director y productor de la puesta en escena.

Era la primera vez que veía MM* y, la verdad, me pareció una propuesta que desafía las normas tradicionales de género y los prejuicios religiosos con los que hemos crecido. Es sabido que se trata de una apuesta arriesgada que camina sobre la cuerda floja, balanceándose entre la genialidad de su protesta y el riesgo de caer en el egocentrismo artístico.

En cuanto a la dirección, Cárdenas demuestra una gran ambición: maneja con fluidez la composición espacial en este formato reducido, utilizando esa cercanía para incomodar y envolver al espectador. Sin embargo, en su afán por mantener la pieza en constante ebullición, satura el montaje con estímulos que por momentos asfixian las transiciones.

Sabemos que Cárdenas asume la responsabilidad de ser el conductor de esta ceremonia de rebeldía: su entrega física es incuestionable, ya que en esta puesta no solo hay actuación, sino también danza y canto. Sin embargo, al ser una creación con un arraigo testimonial tan profundo, el protagonista parece atrapado en su propia catarsis.

Quienes acompañan al protagonista en el escenario demuestran una gran entrega física; sin embargo, cada uno de ellos maneja un código interpretativo distinto en esta puesta. Es necesario mencionar que para esta temporada se incluyó a Guerra en el elenco, quien aporta una fuerza de atracción innegable; no obstante, su tono de realismo psicológico descarnado y su propio peso mediático terminan por eclipsar y quebrar la homogeneidad coral del grupo.

Asimismo, el hecho de que MM* se desarrolle en Sala Quilla juega totalmente a su favor, dado que se genera un espacio íntimo ideal para el encierro que la historia requiere. De hecho, la proximidad del público con el lado más oscuro y descarnado de los personajes transforma la función en una experiencia puramente emocional y física.

Sin duda, el elemento que más destaca en la puesta en escena es el vestuario. La deconstrucción de los trajes folclóricos y los mantos religiosos para revelar la corporalidad y la disidencia de los personajes está lograda con una factura notable.

Finalmente, tomando todo lo mencionado en cuenta, puedo decir que MM* es una propuesta necesaria en nuestra cartelera local. Si bien tiene toda la furia necesaria para transgredir, siento que todavía tienen cosas por mejorar, pero van por buen camino.

Javier Bendezú

16 de junio de 2026

domingo, 14 de junio de 2026

Crítica: LOS CERCADORES


La ternura como acto de resistencia

Los cercadores, obra del dramaturgo peruano Grégor Díaz, dirigida por Sandra Melgarejo, construye una experiencia íntima alrededor de José y Rosa, pareja atravesada por la precariedad, el cansancio y la necesidad de seguir imaginando  formas para alcanzar la felicidad cuando ya no hay nada más.

La puesta nos muestra un universo cotidiano, reconocible y profundamente peruano. Hay en escena una Lima popular, de barrio, pero también aparecen resonancias provincianas y andinas que le dan al montaje una textura particular. Esa mezcla no siempre queda del todo precisa, pero permite que los personajes parezcan habitar una ciudad hecha de recuerdos, pobreza y costumbres heredadas. 

Uno de los mayores aciertos del montaje está en el trabajo actoral. Isabel Del Castillo y Eliot Salinas sostienen la obra desde una naturalidad que permite creer en el vínculo. Más allá de algunos momentos iniciales donde la tensión parece algo forzada, ambos intérpretes encuentran pronto un ritmo orgánico. La relación entre ellos se vuelve el centro emocional de la puesta: se miran, se escuchan y se acompañan con una verdad sencilla, humana. Esa humanidad es clave para que el espectador no observe a José y Rosa desde la distancia, sino que termine conviviendo con ellos.

La dirección de Melgarejo apuesta por una escena contenida, sin excesos. La iluminación es básica, pero funcional; no busca imponerse sobre el relato, sino acompañar la intimidad de los personajes. En ese sentido, la puesta entiende que esta obra no necesita grandes artificios para funcionar. Su fuerza está en los silencios, en los gestos mínimos, en la manera en que una pareja intenta sostenerse cuando todo alrededor parece empujarla hacia el desgaste.

La dramaturgia de Grégor Díaz aparece con una escritura casi poética. Las frases cortas construyen una cadencia particular, cercana al habla cotidiana, pero cargada de melancolía. La obra no presenta la pobreza únicamente desde la carencia material, sino también desde sus efectos emocionales: la frustración, la vergüenza, el deseo, la ternura, el amor y esa necesidad casi desesperada de inventar algo que permita seguir. La escenografía, con botellas vacías y objetos que rodean a los personajes, refuerza la sensación de abandono y precariedad.

Los cercadores conmueve, porque no idealiza a sus personajes. Los muestra desde sus contradicciones, desde su fragilidad y desde esa ternura que aparece incluso en medio de la desesperanza. José y Rosa no tienen mucho, pero construyen pequeños refugios imaginarios para sobrevivir. El montaje recupera con sensibilidad una dramaturgia peruana fundamental y la acerca al público desde una escena honesta, cercana y profundamente humana. Una obra pequeña en apariencia, pero habitada por emociones grandes.

Milagros Guevara

14 de junio de 2026

viernes, 12 de junio de 2026

Crítica: VISITA INESPERADA


No es ficción, es vivencia

Lo que podría ser una charla motivadora para pacientes con diagnóstico de cáncer, se convierte, gracias a la emoción de Sofía Bogani y la excelente dirección de Jesús Álvarez Betancourt, en una experiencia teatral que conmueve e invita a la reflexión. Así es Visita inesperada.

El teatro testimonial tiene siempre el reto de lograr la empatía del público con el personaje que es alguien de carne y hueso contando sus asuntos personales. Entonces, no es ficción ni historia, sino vivencia. Sofía nos cuenta su experiencia y todos sabemos que podríamos estar en su lugar (más de uno debe haber pasado por lo mismo), pero no tendríamos la valentía de exponernos y ella lo hace.

Parecería una terapia de grupo, pero el relato adquiere otra dimensión con la aparición de personajes fantásticos que apoyan la narración y adquiere intensidad con los recursos que utiliza el director para darle sentido y sentimiento a cada momento. 

El monólogo no son solo palabras. Desde su ingreso por el pasillo central del Teatro de Lucía, la actriz identifica quién es como personaje, su tono, su ritmo e intensidad están cuidadas para disponernos a entenderla y por eso nos interesamos.

Sofía, a quien vemos fuerte, joven y bella, no se desploma ni debilita; no le huye a las preguntas y reacciones de siempre, sino que las enfrenta para con las respuestas que ella ha descubierto y hecho suyas. Es más, el teatro se vuelve integrador cuando se abre a la intervención del público y deja los límites. Nunca hubo una cuarta pared protegiendo al personaje. Por eso se vive la experiencia teatral como una entrega honesta y bien realizada.

David Cárdenas (Pepedavid)

12 de junio de 2026

Crítica: HOGAR HOGAR HOGAR


Cuando los padres también fueron hijos

Dirigida por Osmar Orihuela e interpretada por Geraldine Rosario, Nicol Vallejos y Miguel Oré, Hogar Hogar Hogar construye una historia sobre la memoria familiar, las heridas heredadas y la posibilidad de pedir perdón incluso cuando parece demasiado tarde.

La obra inicia con una imagen dominada por una intensa iluminación azul que envuelve el escenario en una atmósfera fría, casi congelada. Tres personajes aparecen en escena mientras el color parece suspenderlos en un tiempo detenido. La elección visual instala una sensación de nostalgia y distancia emocional, aunque su uso prolongado termina saturando la mirada y resta fuerza a otros momentos que podrían beneficiarse de mayores contrastes.

La historia nos presenta a una pareja de padres ancianos que espera el regreso de su hija, conocida cariñosamente como “la chata”, quien abandonó el hogar siendo muy joven. Mientras aguardan, ambos comienzan a reconstruir sus recuerdos en busca de una explicación. ¿Qué hicieron mal? ¿En qué momento la perdieron? La pregunta los obliga a regresar a sus propias infancias, marcadas por formas de crianza violentas y restrictivas que ellos juraron no repetir.

Sin embargo, la obra encuentra precisamente allí su conflicto más interesante. Los padres no reprodujeron exactamente los mismos errores que sufrieron, pero construyeron nuevas formas de descuido. La madre sobreprotege a su hija hasta infantilizarla, mientras el padre permanece emocionalmente distante, refugiado en el alcohol y en una presencia intermitente. Sin proponérselo, ambos terminan dañando aquello que más desean proteger.

La dramaturgia acierta al evitar personajes completamente buenos o completamente malos. Lo que aparece en escena son seres humanos intentando amar con las herramientas que poseen. La obra recuerda algo que suele olvidarse con facilidad: nuestros padres también fueron jóvenes, también tuvieron sueños, también cargan heridas heredadas y, muchas veces, aprendieron a ser padres mientras nos criaban.

Cuando la hija finalmente reaparece, ya convertida en una mujer adulta marcada por el resentimiento, el encuentro evita caer en la reconciliación fácil. Lo que emerge es algo más sencillo y quizá más honesto: el reconocimiento de los errores, la voluntad de pedir disculpas y la certeza de que el afecto nunca desapareció del todo. Allí la obra encuentra sus momentos más conmovedores.

A nivel escénico, sin embargo, la propuesta presenta dificultades importantes. Las interpretaciones resultan irregulares y en varios momentos las emociones parecen representadas desde la intención de sentir antes que desde una verdadera construcción del personaje. Algunos pasajes de llanto y vulnerabilidad generan una sensación de desborde que termina desplazando la atención de la historia hacia el esfuerzo del intérprete. Del mismo modo, ciertos parlamentos carecen de dirección clara, variedad de inflexiones o presencia física sostenida, debilitando escenas que dramáticamente poseen un potencial considerable.

La puesta también incorpora algunos recursos simbólicos que buscan diferenciar determinados recuerdos del resto de la narración. No obstante, estas intervenciones aparecen de manera aislada dentro de un código predominantemente realista y terminan sintiéndose desconectadas del lenguaje general de la obra. Algo similar ocurre con los cambios de vestuario realizados frente al público. La decisión podría funcionar como parte de una convención escénica visible, pero la duración de las transiciones afecta el ritmo y diluye parte de la tensión construida previamente.

Pese a ello, Hogar Hogar Hogar encuentra su mayor fortaleza en la sensibilidad de su escritura. Hay una comprensión genuina de los vínculos familiares y de las contradicciones que habitan en ellos. Más allá de las limitaciones de la puesta, la historia logra tocar una fibra reconocible para muchos espectadores adultos: la de descubrir que nuestros padres no fueron héroes ni villanos, sino personas aprendiendo a vivir mientras intentaban enseñarnos a hacerlo.

La obra deja una pregunta sencilla pero poderosa: ¿qué ocurre cuando entendemos que quienes nos criaron también estaban improvisando? Tal vez allí se encuentre el verdadero hogar que propone este montaje. No un lugar perfecto ni libre de errores, sino un espacio donde todavía es posible mirar las heridas, nombrarlas y, finalmente, intentar repararlas.

Naomi Noblecilla

12 de junio de 2026

martes, 9 de junio de 2026

Crítica: TRADICIONES EN SALSA VERDE


Historias con mucho ají

Con un escenario minimalista y apenas una silla en medio del espacio, aparece Ricardo Palma para invitarnos a recorrer aquellas historias ocultas, pícaras y sensuales que durante años permanecieron al margen de sus célebres Tradiciones peruanas. Desde el inicio, la propuesta de Tradiciones en Salsa Verde deja claro que no busca el escándalo fácil ni la vulgaridad gratuita, sino rescatar el humor, el doble sentido y el erotismo popular presentes en la escritura palmista.

Bajo la dirección de Rafael Sánchez Mena, quien además interpreta al propio Palma, la obra construye un recorrido teatral dinámico a través de diversos cuadros escénicos donde el deseo, la picardía y la criollada peruana se convierten en el centro de la acción dramática. Acompañado por Carlos Victoria, Lucía Brozovich, Malena Rospigliosi y Gian Marco Valle, el elenco despliega una versatilidad constante al asumir múltiples personajes y registros actorales a lo largo de la puesta.

La obra inicia con una canción que introduce el tono festivo del montaje. A partir de allí, se desarrollan distintos momentos dramáticos inspirados en textos como La pinga del Libertador, La consigna de Lara, Un calambur del ciego de La Merced, La cosa de la mujer, El lechero del convento, Pato con arroz y La cena del capitán, entre otros relatos donde Palma explora las debilidades humanas desde el humor y la insinuación.

Uno de los mayores aciertos del montaje radica en el trabajo actoral. Los intérpretes transitan constantemente entre el melodrama, la sátira y la comedia popular, construyendo personajes dominados por la lujuria, el deseo y los impulsos carnales. Sin embargo, lejos de convertirlos en caricaturas vacías, la puesta consigue otorgarles humanidad y cercanía. Allí aparece también una lectura interesante sobre las costumbres de la Lima colonial y republicana: una sociedad atravesada por el conservadurismo oficial, pero profundamente marcada por el placer clandestino, la doble moral y la picardía cotidiana.

El ritmo de la obra se sostiene gracias a una puesta en escena siempre activa. Los actores no abandonan el movimiento: hay coreografías, desplazamientos corporales y cambios constantes de energía que mantienen viva la atención del público. A esto se suman las canciones compuestas por el propio Sánchez Mena, las cuales funcionan como puentes narrativos y refuerzan el carácter festivo de la propuesta.

El público responde con carcajadas permanentes. Y no es para menos: el léxico de Palma, cargado de insinuaciones, juegos verbales y dobles sentidos, continúa teniendo una sorprendente vigencia humorística. La obra entiende muy bien que el verdadero valor de estos textos no está únicamente en lo “prohibido” o “picante”, sino en la posibilidad de observar cómo el humor popular peruano ha dialogado históricamente con el deseo, la religión y el poder.

Tradiciones en Salsa Verde logra así algo valioso: acercar al espectador contemporáneo a una faceta menos conocida de Ricardo Palma mediante una puesta entretenida, ágil y bien interpretada. Más allá de la risa, el montaje permite reconocer que detrás de aquellas tradiciones “verdes” existía también una radiografía social del Perú de otros tiempos, donde el humor funcionaba como una forma de resistencia frente a las rigideces morales de la época.

Edu Gutiérrez

9 de junio de 2026

Crítica: LOS CUATRO LETRAS


En pocas muchas palabras

El Teatro Racional, renovado espacio teatral ubicado en Barranco actualmente gestionado por el reconocido dramaturgo, actor, director y maestro David Carrillo, es sede de Los Cuatro Letras, obra inédita escrita, dirigida y actuada por él mismo. El elenco está además compuesto por Anneliese Fiedler, Omar García, Marijú Núñez, José Spigno, y cuenta con la participación especial de Almudena Carrillo. La obra se autodefine como una comedia dramática, está ambientada en la era actual, y sigue las vicisitudes de cuatro amigos de antaño que se reúnen una noche a recordar viejos tiempos. Lo que tendría que haber sido una noche entrañable y llena de nostalgia se torna en un viaje emocional intenso que obliga a sus personajes a reevaluar sus decisiones pasadas, sus mentalidades actuales, y descubrir si la férrea amistad que alguna vez los unió se ha mantenido intacta o si sus cimientos han perdido estabilidad con el tiempo. ¿Logra Carrillo ofrecer una mirada nueva al tema recurrente de las amistades perdidas, o es que la obra pierde su rumbo entre la enorme cantidad de palabras (¡letras!) que utilizan sus personajes?

Hablar de esta obra implica, principalmente, hablar de su dramaturgia. De hecho, lo primero que pensé después -e incluso durante- la obra, fue lo mucho que su estilo de diálogos me recordaba al del reconocido guionista y director norteamericano Woody Allen, quien se caracteriza por sus guiones ágiles, sofisticados e hiperverbales. Los personajes de Allen, y los de la obra de Carrillo, hablan hasta por los codos, y es a través de sus palabras (¡letras!), que nos hacen testigos de su mundo interno. Son ellas las que construyen y definen sus personalidades. El cine, sin embargo, es mucho más amable que el teatro con los diálogos de esta índole. Porque para que un texto funcione en el teatro, este debe estar alineado al objetivo individual del personaje que lo dice. Y aquí es donde creo que radica el principal desacierto del texto de Carrillo, el cual, por su mera abundancia, y por el carácter muchas veces gratuito, decorativo y expositivo de sus líneas, termina resultando algo autoindulgente y cayendo finalmente en la saturación. Debo ser sumamente claro en algo, no obstante: David Carrillo construye diálogos más que eficientes. Eso no está en discusión. Su manera de intercalar textos es aguda, ingeniosa, y muy placentera al oído, reminiscente a series cómicas anglosajonas populares como Sex and the City y Modern Family. El tema aquí es que, sobre todo cuando todos los personajes se encuentran en un mismo espacio e interactúan a la vez, el dramaturgo los pone a conversar de cosas totalmente ajenas a la acción dramática de la obra y a lo que está ocurriendo en el aquí y el ahora, propiciando prolongados debates acerca de temas tan universales como el amor, el sexo y la política. Y no es que lo que dicen los personajes no sea interesante o que los textos no estén ordenados de forma sagaz y elegante (lo es y lo están), es solo que muchos de los diálogos no ayudan a que los personajes cumplan sus objetivos ni mueven la trama en un sentido definido, lo que finalmente los hace descartables.

De manera similar, hablar de las actuaciones también me hace regresar al texto, ya que este tipo de diálogos requiere un código actoral unificado, una naturalidad forzada que debe percibirse como orgánica, y nociones casi quirúrgicas del ritmo cómico. A este respecto, los actores hacen lo que pueden. La tarea es tremenda considerando que, además de lo mencionado, la cantidad de líneas por aprender es enorme. Es interesante señalar que este tipo de diálogo tan exuberantemente copioso funciona muy bien en el cine del mencionado Allen en gran medida porque la filmación de una película abarca varias semanas, lo que significa que los actores pueden concentrarse en porciones dosificadas del texto cada día de filmación. En el teatro, por supuesto, todo el diálogo debe ser dicho en una sola función, de lo cual se desprende su dificultad. De hecho, la impresión general que me dejó el trabajo actoral de esta obra es la de haber sido uno excesivamente laborioso. No hay nada más bonito que ver a un actor disfrutar de sus textos en escena; divertirse y jugar con ellos. Lo que vi en Los Cuatro Letras muchas veces fue lo contrario. Vi la lucha; vi el esfuerzo por recordar los textos, la ansiedad por que la memoria no falle y la presión para que la lengua no se trabe. Hay un momento en particular en el que uno de los personajes tiene un monólogo realmente extenso dicho de forma deliberadamente robótica que debería resultar chistoso, o al menos ocurrente, pero que termina resultando agotador (tanto para el actor encargado del mismo como para el público). Si tuviera que destacar a uno o más miembros del elenco, mencionaría sin duda a Anneliese Fiedler y a Marijú Núñez, ya que en mi opinión ellas son quienes mejor supieron manejar el texto con todas las implicancias y dificultades que este presenta. El propio Carrillo está bastante acertado también en su personaje, aunque cabe resaltar que el de él tiene el habla restringida por razones médicas, lo cual en gran medida simplifica su complejidad.

Más allá del texto y del componente actoral de la obra, la propuesta de dirección de Carrillo es minimalista, autosuficiente y plenamente funcional. Los seis actores siempre están en el espacio -aunque no siempre están en escena-, y son ellos mismos quienes se encargan de montar y desmontar la acertadamente escasa utilería que tienen. La iluminación, por su parte, ayuda sobre todo a enfatizar las interacciones que ocurren cuando se rompe la cuarta pared, cuando interactúan menor cantidad de personajes, o cuando se nos muestra algún flashback. 

Los Cuatro Letras me deja un sabor extraño en los labios y muchos sentimientos encontrados. Por un lado, aprecio y admiro muchísimo el magistral manejo del idioma de Carrillo, la voluntad e inteligencia que demanda escribir y montar una obra con un lenguaje tan articulado y a la vez divertido, y el esfuerzo actoral coral que demanda habitar un universo de personajes que se comunican con frases lingüísticamente complejas e intelectualmente desafiantes dichas en velocidad 2X. Pero por el otro, hubiera deseado que todo este esfuerzo y talento se haya visto reflejado en una obra más económica, sucinta, focalizada y contundente a nivel narrativo. Aun así, sí recomiendo verla. Porque incluso un Woody Allen un tanto disperso sigue siendo Woody Allen. Y el trabajo volcado aquí, tal como el de las películas del norteamericano, merece verse y discutirse. Después de todo, no es muy usual que el público limeño esté expuesto a interacciones idiomáticas del calibre que se encuentran en esta obra. Véanla. Y luego me cuentan qué les pareció. 

Sergio Lescano

9 de junio de 2026

domingo, 7 de junio de 2026

Crítica: EUREKA DAY


Cuando el consenso se vuelve ridículo

Hace unos días estuve en el teatro La Plaza para el pre estreno de Eureka Day, obra del estadounidense Jonathan Spector bajo la dirección de Vanessa Vizcarra y con las actuaciones de Stephany Orúe, Manuel Gold, Anaí Padilla, Fiorella De Ferrari, Diego Pérez y Sebastián Valdez.

Esta pieza arranca como una sátira nacida del propio absurdo cotidiano. Cuando un brote de paperas invade un colegio abiertamente progresista, la armonía comunitaria se desmorona. El debate sobre la vacunación obligatoria desata una espiral de discusiones entre directivos, profesores y padres de familia, dejando en evidencia que el verdadero virus de la sociedad actual es la absoluta incapacidad de llegar a un acuerdo.

Como directora, Vanessa Vizcarra comprendió a la perfección el ritmo de la obra: supo cuándo sostener las pausas para hacer que la incomodidad se sintiera en toda la sala. A lo largo de la puesta, ella no busca bloquear nuestra empatía hacia los personajes, sino hacer que nos reconozcamos en la ridiculez del sesgo.

El elenco no se queda atrás: funciona como un engranaje perfecto que sostiene con firmeza el pulso satírico de la historia. Manuel Gold destaca notablemente al encarnar al director escolar; su desesperación por mantener a todos contentos mientras la situación se viene abajo resulta tan hilarante como patética.

Mientras tanto, los personajes de Fiorella De Ferrari y Stephany Orúe encarnan el choque ideológico, mientras que aquellos interpretados por Anaí Padilla, Diego Pérez y Sebastián Valdez nos demuestran que el subtexto y las miradas pesan tanto como los diálogos.

En cuanto a la escenografía, el diseño refleja a la perfección la estética de la pedagogía alternativa y del bienestar. Este espacio funciona como una trampa visual a través del contraste: mientras los personajes se despedazan ideológicamente, el entorno se mantiene limpio y “perfecto”, resaltando lo ridículo de la situación. Asimismo, la puesta en escena integra con acierto el uso de pantallas, herramientas clave para sostener el clímax de la obra.

Finalmente, puedo decir que Eureka Day no es una obra cómoda porque quien la vea se terminará riendo de sí mismo al verse descubierto y nos hace tomar en cuenta que la polarización no es un mal exclusivo de los demás ya que habita en esos espacios que se jactan de haberla superado.

Javier Bendezú

7 de junio de 2026

sábado, 6 de junio de 2026

Crítica: WANTED


Cuestionando con humor

Con todos los cambios sociales acelerados y contundentes que estamos experimentando en los últimos años, en prácticamente todos los ámbitos y a ritmo galopante, conviene revisar qué tanto se sostienen muchos de los clásicos teatrales y si todavía resisten el paso inexorable del tiempo, con actitudes, conductas, razonamientos y estilos de vida que en la actualidad lucirían completamente anacrónicos. En el caso de Shakespeare, el contexto histórico del siglo XVII se encuentra a años luz de los valores y susceptibilidades del espectador promedio del siglo XXI, con múltiples aspectos que pueden ser considerados inadecuados y hasta peligrosos en nuestros días. Tal parece ser la consigna de Wanted, temporada a cargo de JDS Producciones y que fue presentada en el Club de Teatro de Lima.

Si bien ciertas decisiones como abrazar la venganza o provocar la muerte de otros como solución de conflictos podrían ser todavía consideradas como una fuente dramática de inspiración, a pesar de los avances en justicia institucional y de derechos humanos, la representación de la salud mental sí luciría muy facilista tomando en cuenta los conocimientos médicos actuales. Sin embargo, Wanted alcanza sus mejores momentos cuando representa y deconstruye, por su propio formato, la sociedad patriarcal de aquel entonces, en la que personajes femeninos como Ofelia y Gertrudis vivían sometidas y juzgadas socialmente.  

La propuesta metateatral escrita por Juan José Oviedo, dirigida y adaptada libremente por Jimena Del Sante, involucra a un grupo de cinco actores a pocos minutos de estrenar Hamlet y que además, deciden contrastar las situaciones que propone el clásico de Shakespeare con la coyuntura de nuestra propia actualidad. Tratándose de una comedia, es de esperarse que todo salga mal para el espectador purista de Hamlet, pero genial para el que acuda a ver Wanted. Y es allí en donde radica el mayor acierto del espectáculo, pues texto, dirección y actores se encuentran bien direccionados en echarlo todo a perder adrede, pero sin evidenciar “demasiado”, en favor del humor que se desprende del entuerto. Los vicios y prejuicios varios que persiguen a los actores de teatro son conjurados a la par que el espíritu de  Shakespeare, el que estaría orgulloso del resultado final.     

Gabriel Poémape, Jesús Oro, Jose Miguel Herrera y especialmente, Rocío Olivera y Paola Vera, entran en la dinámica teatral con oficio y energía, manteniendo el ritmo que marca la comedia, incluso cuando se detienen a esperar un minuto cronometrado que se hace eterno. Wanted desestructura Hamlet desde el respeto, con ingenio y conocimiento de la fuente original, logrando un espectáculo tan divertido como entrañable.

Sergio Velarde

6 de junio de 2026

miércoles, 3 de junio de 2026

Crítica: HÁBLAME DE AMOR


Historias que encuentran eco en el público

¿Qué significa amar? Esa es la pregunta que atraviesa la obra Háblame de amor, propuesta dirigida por Araceli Campos que reúne a nueve intérpretes en un recorrido por distintas formas de afecto: el amor hacia una madre, un padre, un hijo, una pareja, un hermano e incluso hacia uno mismo.

La obra apuesta por una estructura de testimonios personales que dialogan con la música, las proyecciones y el movimiento escénico. Sobre el escenario, Gastón Ciganda, Víctor A. Wilson, Franco Arévalo, Paolo Teevin, Miguel Seminario, Deni'al Rojas, Jean Pierre Carrión, Víctor Jhon Domínguez y Alken Miquelena construyen un mosaico de experiencias íntimas que conectan rápidamente con el público gracias a la honestidad de sus interpretaciones.

Algunos relatos destacan especialmente por su sensibilidad, como aquellos que abordan la migración, la paternidad o las huellas que dejan los vínculos familiares en la vida adulta. El trabajo coral del elenco, junto con unas transiciones bien resueltas y el aporte de las proyecciones audiovisuales, permite que las escenas fluyan con naturalidad y mantengan un ritmo dinámico durante gran parte de la función.

En ciertos momentos, la puesta se detiene con mayor calma en algunos recursos escénicos y narrativos, una elección que abre espacio para la contemplación y distintas interpretaciones. Sin embargo, el corazón de la propuesta permanece siempre claro: compartir historias reales que hablan de aquello que nos une como seres humanos.

Más que intentar definir el amor, Háblame de amor lo presenta en toda su complejidad: como compañía, ausencia, memoria, aprendizaje y transformación. El resultado es una obra cercana, emotiva y humana, que encuentra su mayor fortaleza en la generosidad con la que sus intérpretes ponen sus experiencias al servicio de la escena. Una propuesta que confirma que las historias más personales suelen ser también las más universales.

Les queda una última función este jueves 4 de junio en el Teatro Barranco. ¡No se la pierdan!

Tammy Alfaro

3 de junio de 2026

lunes, 1 de junio de 2026

Crítica: LA GOLONDRINA


Intimidad a flor de piel

Hace unos días se estrenó la obra La golondrina en Campo Abierto, en Miraflores. El texto es del autor español Guillem Clua, bajo la dirección de Rodrigo Torres y con las actuaciones de Attilia Boschetti y Eduardo Camino.

La golondrina, obra inspirada en el ataque terrorista al bar Pulse de Orlando, es un drama de alto voltaje emocional que confronta directamente al espectador con las heridas del duelo, la homofobia e incapacidad de comunicarnos. La historia sigue a Ramón (Eduardo Camino), quien acude a la casa de Amelia (Attilia Boschetti) para recibir clases de canto y preparar un homenaje a su madre fallecida y lo que comienza como un encuentro fortuito se va convirtiendo en un juego donde las verdades a medias de desarman de manera desgarradora.

En esta ocasión resalto el trabajo del director Torres, quien supo controlar la intensidad de la historia sin exagerar; si se hubiera dejado llevar por el drama fácil, habría arruinado por completo la sorpresa. Por ello, comenzó la obra con calma, permitiendo que el público sintiera la tensión y la incomodidad inicial de los personajes: con mano firme, Torres manejó la evolución de ambos, demostrando que en este montaje los silencios dicen tanto como las palabras.

Sin embargo, el corazón del montaje late gracias al trabajo de los actores. Boschetti maneja la severidad de su personaje con maestría, haciendo que las grietas de su vulnerabilidad aparezcan sutilmente antes de un devastador colapso final. Asimismo, Camino ofrece una actuación conmovedora al interpretar a un Ramón que contrasta el nerviosismo de una urgencia contenida con la profunda necesidad de ser escuchado. Definitivamente, la química y la complicidad entre ambos se sienten sobre el escenario.

Es necesario mencionar que el espacio, Campo Abierto, juega a favor de la intimidad exigida por la obra. La escenografía logra que la puesta en escena se sienta viva, mientras que la iluminación está diseñada para acentuar el paso del tiempo y el aislamiento de los personajes. Por su parte, el uso del sonido y los fragmentos cantados se convierten en el vehículo principal de la catarsis, demostrando que la música funciona como un lenguaje capaz de unir lo que la intolerancia y el orgullo han separado.

En conclusión, La golondrina es una obra necesaria que confronta al espectador con la empatía y la redención. El montaje de Torres se concentra en la belleza de la reconciliación a través del arte y el dolor compartido, mientras que Boschetti y Camino entregan actuaciones profundamente conmovedoras.

Javier Bendezú

1° de junio de 2026

Crítica: DOS CALCULADORES


La antítesis del teatro comercial

Arte ConSentido, grupo escénico fundado en el 2023, trajo por dos únicas funciones Dos Calculadores, peculiar puesta que combina danza y teatro en un solo viaje sensorial altamente impactante. Yadhira Chaney y Giacomo Ossio son los artistas escénicos que asumen la ardua tarea de sostener un montaje que desafía toda estructura narrativa clásica, apelando al movimiento como principal herramienta de comunicación, y asumiendo el absurdo como parte central de su identidad. ¿Cumple esta pieza con su objetivo de sumergirnos en un mar de emociones, o es que el carácter abstracto y complejo de la misma es tan extremo que termina por alienar a su audiencia? 

Dos Calculadores no tiene una historia propiamente dicha. Ni siquiera tiene mucho texto, de hecho, y el poco que tiene (escrito por José Manuel Lázaro) es absurdo en su naturaleza. Los personajes tampoco tienen nombre. Simplemente son seres (¿entes?) que, vestidos de forma etérea, ocupan el espacio y se contorsionan en movimientos erráticos individuales y en conjunto mientras van soltando frases sueltas, muchas veces repetitivas, que van construyendo un sendero narrativo que nosotros como audiencia tenemos potestad de llenar con lo que sintamos y queramos. En otras palabras, a pesar de que probablemente podría llegarse a un consenso acerca de los temas centrales del montaje (la rutina, el tedio, la infelicidad, la incapacidad de aceptar una realidad que no es la que queríamos para nosotros, etc.), los detalles más específicos de la trama quedan enteramente a interpretación del público. 

La propuesta de dirección de Fabián Moschietti, secundado por el mismo Ossio, apuesta por el minimalismo, despojando al escenario de cualquier elemento y en su lugar otorgándole al actor y a la actriz un terreno libre en el cual moverse, explayarse, existir y afectarse el uno al otro. La dirección coreográfica encuentra en Yadhira y Giacomo dos cuerpos aptos, entregados, y completamente rendidos a los requerimientos del montaje. El manejo corporal de ambos es aplaudible, e igual de efectivo es su manejo de texto, el cual suena siempre habitado, lleno de intención, y con una carga emocional fuerte. La música juega un rol crucial y nos transporta a otro universo. Lejos de ser placentera, es agresiva, tensa, y utiliza los in crescendos para interpelarnos, para sacudirnos, para estremecernos. La iluminación, finalmente, define momentos, los realza; los hace brillar de tal forma que todas las acciones cobran niveles artísticos muy superiores al que tendrían con un manejo de iluminación más rudimentario. 

Quizá tras haber dicho todo esto resulte un tanto contradictorio que no recomiende esta pieza a todo el mundo, pero en realidad creo que es lo más adecuado en este caso. Después de todo, no todos van a estar satisfechos con un texto que en gran medida está constituido por frases absurdas y/o sueltas repetidas hasta el cansancio. No todos van a apreciar la dedicación que toma y la intención que existe detrás de la repetición de un mismo movimiento durante varios minutos para enfatizar el estancamiento de los personajes. No todos tendrán la paciencia necesaria para adecuarse al cadencioso, pesado y muchas veces perturbador ritmo que tiene el montaje. Finalmente, no todos tendrán la voluntad de llenar de color el lienzo a blanco y negro que nos propone esta obra. 

Pero para los que estén del otro lado del espectro, creo que Dos Calculadores será la experiencia que busca ser y que particularmente yo aprecié, sobre todo, por ser lo suficientemente valiente para apostar por un producto que requiere de tiempo para revelarse, de voluntad para entenderse, y de mucha inteligencia emocional para digerirse. En un mundo que va tan rápido que si un video no captura nuestra atención en tres segundos lo pasamos, Dos Calculadores es un verdadero y necesario acto de rebeldía. Uno que nos recuerda que hay productos artísticos que escapan categorización, necesitan de nuestra concentración plena, y nos retan intelectual y emocionalmente. Por último, solo diré que fue muy refrescante ver una obra que no solo se ríe del cliché de lo muchas veces absurdo que puede ser el teatro independiente, sino que lo abraza, y, más importante aún, le da significado y trasfondo al aparente sin sentido, redimiendo así uno de los tipos de teatro más polarizantes y controversiales que existen.

Sergio Lescano

1° de junio de 2026

Crítica: LOVE - LA OBRA


Un amor diferente

Una historia de amor diferente, eso es sin duda Love - La obra, escrita por Jesús Oro y dirigida por Germán Díaz. Es una propuesta que aborda una historia de amor desde una perspectiva "diferente". En un contexto y momento donde se construyen muchas narrativas sobre diversidad sexual que, en su mayoría, suelen centrarse en la tragedia, la discriminación o la pérdida, esta obra apuesta por un final feliz.

La historia gira en torno a Norman y Sebas, dos jóvenes que se conocen por casualidad en un bus de Lima y que, a partir de ese encuentro, inician un recorrido por su descubrimiento personal, el miedo al rechazo y las dificultades de asumir públicamente su identidad. La elección de escenarios y situaciones cotidianas permite que el relato conecte fácilmente con el público, acercando una experiencia universal de enamoramiento a una realidad social local.

La interpretación de Jesús Oro, Augusto Gutiérrez y Gretha Bazán aporta frescura y sensibilidad al desarrollo de la trama. El elenco logra transmitir con mucha naturalidad la vulnerabilidad, la ilusión y los temores propios de quienes enfrentan el desafío de aceptarse y ser aceptados. La química entre los personajes principales favorece la construcción de una historia cercana y emocionalmente efectiva; el histrionismo que cada actor aporta es, sin duda, clave para que el público conecte con la obra.

Asimismo, la parte técnica, las luces y el sonido, sin duda complementan cada escena, logrando que cada una nos brinde el entorno adecuado y permitiendo que el espectador conecte con mayor intensidad con la historia.

En general, Love - La obra es una propuesta valiente y necesaria dentro del panorama teatral actual. Su principal mérito radica en ofrecer una representación positiva del amor LGTBIQ+ sin caer en estereotipos ni en relatos marcados exclusivamente por el sufrimiento. Aunque algunos conflictos podrían profundizarse para fortalecer la construcción dramática, la obra cumple con su objetivo de emocionar, generar reflexión y abrir espacios de diálogo sobre la diversidad, consolidándose como una experiencia escénica significativa para el público contemporáneo.

Javier Gutiérrez

1° de junio de 2026

martes, 26 de mayo de 2026

Crítica: DON DIMAS Y EL DIABLO


Entre la yunza y el exceso

Don Dimas y el Diablo, de La Máquina Producciones, parte de una premisa atractiva: una comedia popular que mezcla imaginario religioso, tradición andina, música, yunza y sátira. La obra tiene energía, intención festiva y momentos donde el cuerpo y el juego escénico funcionan bien. Se percibe un deseo claro de conectar con una raíz popular andina desde el humor y lo sobrenatural.

El punto más fuerte del montaje está en Don Dimas: el actor que lo interpreta (Gunter Torres) sostiene buena parte de la obra con carisma, presencia física y una buena energía escénica. Su manejo corporal, especialmente en el baile, le da vida al personaje y permite ver una evolución más clara que en el resto.

Sin embargo, la obra confunde por momentos sátira con exceso. El humor recurre demasiado al insulto como mecanismo cómico. El problema no es el uso de ese lenguaje, sino en el abuso de repetición, que lo vuelve predecible y poco trabajado. Algo similar ocurre con ciertos arquetipos andinos: la intención parece ser jugar con la tradición popular, pero algunas exageraciones pueden sentirse más como burla que como humor.

El inicio resulta caótico. Hay música, baile, movimiento y todo al mismo tiempo, pero no siempre se entiende qué ocurre ni qué dicen los actores. La falta de proyección vocal, especialmente en varias actrices, hace que parte del texto se pierda entre el alboroto y la música. En una comedia de este tipo, el ritmo es clave, pero también que se entienda lo que se dice.

Dramatúrgicamente, la obra es sencilla y bastante previsible. Varios personajes secundarios funcionan más como tipos cómicos que como personajes con objetivos claros. Esto se nota en Santa Rosa, Jesucristo y La Muerte. Santa Rosa no parece aportar a la historia; Jesucristo carece del peso escénico que su figura exige; y La Muerte queda desaprovechada como presencia simbólica.

El Diablo tiene mayor claridad como antagonista y algunos recursos efectivos, sobre todo desde lo musical. Aun así, su construcción resulta cliché y le faltan matices. Su energía pasa muchas veces de lo suave al golpe sin una progresión más fina, lo que debilita el conflicto con Don Dimas.

Uno de los problemas más importantes del montaje es la dicción, vocalización y proyección. Hay momentos claves, incluido el enfrentamiento final con el Diablo, que no se entienden del todo. Si el público no logra escuchar cómo se resuelve la acción principal, la obra pierde fuerza.

También hay detalles de control escénico por corregir. La bolsa de monedas, por ejemplo, se desparrama en escena y los actores continúan como si nada hubiera pasado. En una obra que permite juego e improvisación, ese tipo de accidente debería incorporarse, no ignorarse. A nivel técnico, el humo es excesivo, más aún en una sala pequeña invade al público, tapa la acción, incomoda y distrae. En varios momentos bastaría con un cambio de luz para generar atmósfera.

En conjunto, Don Dimas y el Diablo no es una obra fallida. Tiene energía, humor, música y una búsqueda popular interesante. Necesita más precisión. Hay una comedia potente ahí, pero todavía necesita limpieza, foco y mayor rigor actoral y dramatúrgico.

Milagros Guevara

26 de mayo de 2026