domingo, 27 de septiembre de 2026

Estreno: PRESENTES


La resistencia de los sueños frente a la virtualidad

El telón de fondo es una pantalla que reproduce imágenes en vivo, detrás, a los lados cuatro personas frente a sus computadoras portátiles dan la impresión de un laboratorio desde donde dominan el espacio, sus luces atraviesan la oscuridad y los diversos sonidos se superponen a las palabras. Al centro, cinco cuerpos parecen buscar sus propias expresiones de manera colectiva. Más allá de las órdenes virtuales existen deseos y sentimientos que solo pueden expresarse colectivamente. Por momentos, los “controladores” ingresan a registrar en video su palabras y movimientos.

La obra se desarrolla como una audición conducida por una voz artificial, acaso generada por IA, que indica las pruebas que deben superar cinco jóvenes para pasar al nivel siguiente, como en los juegos de computadora. Cada prueba enfrenta las expectativas de los jóvenes artistas a situaciones impuestas como modelos globalizados. 

En contraposición, la acción permanente es de búsqueda de formas propias de relacionarse con el mundo, como manifestación colectiva versus el individualismo que significa cumplir las reglas de la audición. Un fenómeno de resistencia de los sueños, de una generación que nació y crece en un mundo automatizado.

La dirección de la obra (Paloma Carpio) se siente en el equilibrio de las escenas y la libertad otorgada a los actores para recrear sus perspectivas personales, como personajes que representan a toda una juventud que enfrenta los nuevos retos del presente. El resultado individual es coherente. Hay mucho movimiento, como de búsqueda individual y encuentro colectivo. El grupo es el refugio. En el los sueños están a salvo.

Se trata de un proyecto de investigación-creación de la Especialidad de Creación y Producción Escénica de la Facultad de Artes Escénicas PUCP. 

David Cárdenas (Pepedavid)

27 de setiembre de 2026

sábado, 26 de septiembre de 2026

Crítica: ELECTRO SHOWCK


Teatro a la carta

La X Productora trae directamente al corazón de Barranco Electro Showck, comedia escrita y dirigida por Paco Varela y protagonizada por Tame Dávila, Fernando Pasco, Betto Gómez y Paola Vera. Capital Restobar, ubicado en plena avenida Grau, es el peculiar lugar elegido para ser la sede de esta propuesta. Digo peculiar porque, a pesar de que el teatro ha ido evolucionando y encontrando nuevos tipos de espacios en los últimos años, sigue siendo poco usual que una obra teatral se desarrolle al interior de un restaurante. ¿Logra el cuarteto de actores hacer que el montaje funcione, o es que las desventajas y obstáculos que presenta un recinto como este son demasiado flagrantes como para suscitar un disfrute completo del espectáculo?  

Dávila interpreta a Ricky Arce, un cantante que ha accedido a volver a los escenarios después de una larga ausencia. Lo que debía ser un retorno triunfal termina siendo un desmadre monumental debido al disparatado equipo que está encargado de traer al artista de vuelta a las tarimas locales.

Electro Showck es una comedia de enredos y en ese sentido, el texto de Varela funciona. En lugar de apoyarse en una dramaturgia clásica, que sigue la transformación de su protagonista en tanto este persigue un objetivo claro, el autor apuesta por hilar gags cómicos uno tras otro, creando mini escenas y/o momentos actorales individuales, a dúo o en grupo, en los que permite a su elenco dar rienda suelta a su histrionismo y carisma. Los conflictos van desde lo anecdótico a lo electrizante (literalmente), y se van resolviendo de forma sencilla y humorística. No es un texto profundo, pero tampoco busca serlo; los personajes no son complejos ni tienen una dimensionalidad emocional completa, pero tampoco necesitan una; no hay una trama en sí, sino más bien una situación (el retorno a los escenarios del protagonista) enmarcada por enredos, errores y accidentes. En corto, a nivel de texto la obra funciona precisamente porque sabe exactamente lo que ofrece y no pretende ser nada más de lo que es: divertimento fácil, puro y casual. 

Esta misma prerrogativa se encuentra muy presente en la dirección. Varela tiene buena mano y gran tino para dirigir comedia, orquestando los gags de manera eficiente y genuinamente graciosa. Las entradas y salidas de los personajes son precisas e hilarantes, las canciones que él mismo compuso no solo encajan, sino que elevan la obra, justificando por completo su existencia, y el código actoral está plenamente equilibrado entre los cuatro miembros del elenco. Ahondando más en el trabajo actoral, Dávila, Pasco, Gómez y Vera logran algo que para mí es importantísimo, sobre todo en una comedia, que no siempre ocurre: lucen como si se estuvieran divirtiendo. Y a pesar de que sus personajes son deliberadamente unidimensionales, esa única nota la tocan muy bien, cada uno aprovechando su comedia propia y ganándose a pulso las risas del público. Hay un mérito importante también que comparte todo el equipo en lo que respecta al uso de la comedia física, resultando esta siempre orgánica, fluida y caóticamente divertida.   

¿Recomiendo entonces ver Electro Showck? Sí. ¿Es una obra trascendental que te dejará con reflexiones profundas sobre la condición humana? No. Pero como dije, tampoco pretende serlo. Y no todas las obras requieren serlo, tampoco, aunque esa ya es otra discusión. Lo que sí es, es una comedia musical que te arrancará más de una carcajada. Que la olvides inmediatamente después de verla es irrelevante, ya que durante su hora de duración cumplió con su objetivo: hacernos sentir bien. 

Yo, particularmente, no soy muy partidario del tipo de recinto elegido para el desarrollo del montaje, ya que para mí fue bastante difícil ignorar al mesero que traía platos y bebidas incluso después de iniciada la función, las conversaciones sobre el menú en una mesa de al lado, o la persona sorbiendo su sopa en otra de las mesas contiguas. En esto sí soy un poco más tradicionalista, y creo que el teatro, incluso el puramente comercial, merece y necesita un espacio apropiado que permita una concentración e inmersión plena. En todo caso, recomiendo, como siempre, que vayan para que forjen su propia opinión al respecto. Están los viernes y sábados hasta el 3 de octubre y según tengo entendido extenderán su temporada durante el resto del mes morado. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

26 de setiembre de 2026

martes, 22 de septiembre de 2026

Crítica: PERSEO (DOS REINAS Y UN FUNERAL)


Entre el baile, la belleza y la resistencia

A mediados de 1981, en un sótano de la Av. Aviación en San Borja, se inauguró la primera discoteca gay del Perú. Su sola existencia causaba escándalo entre las vecinas limeñas. Percibidos como enfermos y pecadores, por primera vez, los gays tuvieron un lugar de encuentro, comunidad y resistencia, acostumbrados ya a las batidas y persecución de quienes se creen representar la moral pública y privada.

La obra Perseo (Dos Reinas y un Funeral) rinde homenaje a esta resistencia con la presencia de sus más icónicas representantes: Coco Marusix y Naamin Timoyco, y convierte la sala de La Plaza en el escenario luminosos de aquella discoteca "de ambiente": El Perseo. Su fundador, Mario Carozzi, produjo espectáculos de varieté en donde se hicieron conocidos, entre otros, estos personajes fundamentales en la comunidad LGBTQ+. 

Marusix saltó a la fama al quedar segunda en el primer concurso Miss Universo Gay, en 1982 cuando aún tenía 17 años. Durante las décadas de los 80 y 90 fue la atracción principal de varias revistas musicales de la comunidad gay. El año 2003 sufrió un derrame cerebral que paralizó la mitad de su cuerpo y la obligó a alejarse de la actividad artística durante más de dos décadas. Ahora, con ayuda de un bastón y el apoyo cariñoso de los bailarines, pero más precisamente, con una enorme fuerza de voluntad, se viste de vedette, se instala en el escenario y ofrece nuevamente su espectáculo, como la diosa de la noche que siempre fue. Por eso, quienes asisten cada año a la Marcha del Orgullo esperan ver el camión decorado con flores en donde Coco se luce, como heroína por la vida.

Timoyco, algo mayor que Coco, demuestra que mantiene la gracia y talento para el baile que la hizo ganar un concurso en El Perseo cuando tenía 18 años, por lo que se quedó a participar de sus espectáculos como figura protagónica. Dato aparte: Naamin es considerada la primera mujer trans del Perú en obtener legalmente un DNI con su identidad de género reconocida, el 2011.

La obra, escrita y dirigida por Mario Saldaña, se desarrolla de manera ágil y entretenida, por la presencia de un tercer personaje: La Langosta, quien, a modo de divertido narrador, nos cuenta la historia y tiende una trampa a las legendarias divas del transformismo limeño, a quienes convoca a la mítica discoteca El Perseo con el pretexto del fallecimiento de la otra, pero las secuestra con la intención de consagrarse como la nueva estrella. Los diálogos con ellas son hilarantes, cargados de gags e improvisaciones que hacen estallar de risa al público, por lo que lejos de ver en ella a “la mala”, logra una empatía total.

La producción de Ernesto Pimentel (que también bailaba en esa discoteca) ha tenido el cuidado de reunir los elementos fundamentales de las revistas musicales, aún con la sobriedad que exige un bajo presupuesto. Destaca el elenco de baile, por sus buenas coreografías, profesionalmente impecable y el cariño con el que cuidan a Coco. Luego, un excelente trabajo con la música y las luces nos instalan imaginariamente en El Perseo, para gozar de una buena revista y aplaudirlos con emoción, por el merecido homenaje.

David Cárdenas (Pepedavid)

22 de setiembre de 2026

Crítica: MESA TOMADA 2.0


La comedia servida sobre la mesa

El Teatro Barranco recibe Mesa Tomada 2.0, una comedia dirigida por Christian Ávalos, quien comparte la dramaturgia con Luisito Fernández. Fernando Cáceres, Pepe Murray, Andrea Chuiman, Christian Alden, Quini Gómez y el mismo Fernández conforman el elenco de esta particular trattoria, donde los conflictos, los enredos y las relaciones entre sus comensales ponen en movimiento una propuesta que apuesta por acercar al espectador al centro del acontecimiento teatral.

La dirección de Ávalos encuentra uno de sus mayores intereses en la relación con el público. La convención teatral se vuelve permeable y, por momentos, la distancia entre escena y espectador parece desaparecer: no estamos simplemente frente a una trattoria, sino dentro de ella. El Teatro Barranco favorece esta operación y permite que la puesta encuentre una cercanía atractiva para el dispositivo cómico. La mirada del público deja de ser únicamente contemplativa y pasa a formar parte de ese espacio donde los personajes comen, discuten, se encuentran y hacen estallar sus conflictos.

Sin embargo, esta cercanía no siempre encuentra un equivalente en la dramaturgia. La propuesta reúne distintos conflictos y personajes que buscan alimentar el enredo, pero algunos desarrollos aparecen atropellados y terminan debilitando su ejecución narrativa. Hay situaciones que necesitan mayor tiempo para instalarse antes de llegar al siguiente acontecimiento, haciendo que determinados conflictos pierdan fuerza al momento de resolverse. El problema no está en el exceso propio de la comedia, sino en encontrar una estructura capaz de sostenerlo sin que el relato termine desbordándose.

Y es precisamente en la ejecución donde la comedia encuentra uno de sus principales desafíos. El humor exige precisión: un remate necesita una pausa, una reacción necesita escucha y una situación necesita encontrar el ritmo adecuado para que el espectador pueda entrar en ella. Cuando el elenco logra apropiarse de ese mecanismo, la propuesta alcanza momentos de mayor efectividad; cuando no, el enredo corre el riesgo de convertirse simplemente en acumulación.

Dentro del elenco, Chuiman destaca por una presencia escénica particularmente orgánica. Existe en su trabajo una comprensión precisa del texto y del timing necesario para sostener una comedia comercial sin sobrecargarla. Chuiman encuentra la comicidad desde la pausa, el gesto y la escucha, permitiendo que su personaje se construya desde la naturalidad y no desde la búsqueda permanente del remate. Su trabajo demuestra que la comedia también necesita contención para poder explotar.

El resto del elenco sostiene la propuesta desde distintas intensidades y contribuye a construir el carácter coral de la trattoria. La puesta funciona mejor cuando los intérpretes comprenden que el conflicto no está únicamente en lo que cada personaje dice, sino en aquello que ocurre entre ellos. Es allí donde aparece el juego: en las miradas, las reacciones, los silencios y las fricciones que convierten una conversación en un acontecimiento escénico.

La elección del restaurante como territorio teatral permite, además, que la propuesta encuentre una lectura particular. Una mesa es un lugar de encuentro, pero también de exposición: allí se conversa, se espera, se negocia, se discute y, eventualmente, todo puede terminar por explotar. Mesa Tomada 2.0 aprovecha esa condición para reducir la distancia con el espectador y convertir el espacio cotidiano en una zona de juego.

Quizá allí se encuentra una de las mayores virtudes de la propuesta: entender que la comedia no vive únicamente en el texto, sino en la posibilidad de compartir un espacio y dejar que los cuerpos hagan circular el conflicto. Mesa Tomada 2.0 no siempre consigue ordenar todo aquello que pone sobre la mesa, pero sí consigue algo más importante para su propia naturaleza: construir un espacio lúdico donde el espectador no solo observa la comedia, sino que termina jugando dentro de ella.

Juan Pablo Rueda

22 de setiembre de 2026

Crítica: TARTUFO


El espectáculo de la mentira

El Auditorio Larco de Miraflores recibe Tartufo, de Molière, bajo la dirección de Gian Ausejo. Pablo Cifuentes, Andre Muriano, Paloma Scarggioni, Vanessa Collantes, Ricardo Falco, Rayser Smith, Sonia Espinoza, María Guardia, Sergio Peralta y el mismo Ausejo conforman el elenco de esta puesta que se enfrenta a uno de esos textos que, pese al paso del tiempo, continúan encontrando nuevas formas de incomodar y provocar desde la sátira. Molière no llega aquí como una pieza de museo, sino como un cuerpo teatral que todavía puede ser manipulado, tensado y llevado al exceso.

Uno de los aciertos del montaje está en no intentar domesticar el lenguaje de Molière. Los intérpretes conservan los versos y el orden clásico de la obra, permitiendo que la palabra mantenga su peso dentro del acontecimiento escénico. Esta decisión no funciona únicamente como respeto al original: es también una herramienta para construir la comicidad. La musicalidad de los versos, sus tiempos y la forma en que los personajes se enfrentan a través de la palabra producen una fricción que alimenta el juego escénico. Hay algo profundamente teatral en dejar que Molière sea Molière y descubrir qué sucede cuando ese lenguaje vuelve a circular entre cuerpos contemporáneos.

La dirección de Ausejo encuentra en esa relación con el clásico una de sus principales apuestas. La obra no parece interesada en traducir Tartufo a una contemporaneidad evidente, sino en dejar que sus mecanismos respiren desde el presente. La distancia temporal no desaparece; se convierte en parte del juego. Y allí aparece una de las virtudes del montaje: comprender que actualizar un clásico no necesariamente significa modificarlo hasta hacerlo irreconocible, sino encontrar desde dónde volver a ponerlo en combustión.

En ese territorio, Tartufo aparece como una criatura particularmente fértil para el exceso. Su construcción parte de una actuación vehemente que se desplaza desde lo más paupérrimo hasta lo grotesco y lo fantasioso. El personaje crece a medida que se alimenta de su propia impostura, y la interpretación encuentra precisamente en esa desmesura su potencia. Tartufo no solamente engaña: actúa. Construye una imagen de sí mismo, administra sus gestos, sus palabras y su falsa virtud hasta convertir la hipocresía en espectáculo. La teatralidad del personaje termina siendo también la teatralidad de la obra: todos miran, todos creen, todos representan algo.

Y es allí donde la sátira de Molière vuelve a morder. La obra no se agota en descubrir que Tartufo es un impostor; el verdadero juego está en observar cómo una comunidad puede quedar atrapada frente a una apariencia cuidadosamente construida. El engaño funciona porque encuentra un espacio dispuesto a creerlo. Por eso el conflicto no pertenece exclusivamente al impostor: también se instala en quienes lo observan, lo justifican y le entregan poder. La comicidad aparece entonces como una puerta de entrada a algo más incómodo.

La comedia de enredos encuentra en el elenco un terreno fértil para desplegarse. Los intérpretes se escuchan y sostienen con precisión el texto, permitiendo que las entradas, reacciones, descubrimientos y enfrentamientos alimenten progresivamente la acción. Aquí el ritmo no depende únicamente del remate, sino de la capacidad del elenco para hacer circular el conflicto. Una mirada puede desatar una reacción; una reacción, una sospecha; y una sospecha, un nuevo desplazamiento dentro del enredo. La maquinaria cómica funciona porque los cuerpos no están aislados: se afectan constantemente.

La puesta en escena, además, encuentra valor en asumir que montar a Molière implica enfrentarse a una estructura que ya posee sus propias reglas de juego. En lugar de sobrecargarla, el montaje permite que sean el texto, los cuerpos y el conflicto quienes sostengan el acontecimiento. Así, Tartufo encuentra su vigencia no porque intente parecer una obra escrita hoy, sino porque demuestra que ciertas formas de poder, apariencia y manipulación todavía pueden ser expuestas desde el escenario.

Quizá por eso la mentira de Tartufo continúa siendo tan teatral. Porque necesita un escenario, un público y una comunidad dispuesta a creer en aquello que se representa frente a sus ojos. Y mientras Tartufo consigue convertir su falsa virtud en espectáculo, Gian Ausejo, desde la dirección, hace lo contrario: convierte el espectáculo en una forma de desnudar la mentira.

Juan Pablo Rueda 

22 de setiembre de 2026

Crítica: PASSPORT


Más allá de la frontera

Puente Producciones trae por primera vez a Lima Passport, obra del reconocido dramaturgo venezolano Gustavo Ott, bajo la dirección de Sergio Paris (asistido por Sergio García Blásquez), y con las actuaciones de Norka Ramírez, Lía Camilo y Paloma Reyes de Sá. La Sala Quilla de Barranco se transforma por completo en un puesto de control fronterizo delirante y bizarro gracias a los esfuerzos en dirección de arte de Marijú Núñez, y el acompañamiento musical escénico de Feffo Neyra termina por pintarnos un panorama excéntrico, cuidadosamente curado y altamente cómico. ¿Logra el montaje capturar la esencia absurda del texto y transportarnos a un mundo loco, pero verosímil? ¿O es que la mirada de Paris no consigue conectar con el texto de Ott de tal manera que la experiencia sea una genuinamente placentera?

Ni bien uno ingresa a Sala Quilla la obra ya está ocurriendo. Tres artistas nos reciben en escena ya plenamente en personaje, habitando con comodidad el espacio, interactuando de cuando en cuando con los asistentes y marcando de arranque una pauta cómica que acompañará a la pieza a lo largo de toda su duración. El código absurdo se hace evidente desde el inicio; los vestuarios son totalmente estrafalarios, el maquillaje que acompaña es lo completo opuesto de la sutileza, no solo enfatizando sino exagerando los rasgos de los actores hasta llevarlos al extremo, y la construcción corporal, evidente incluso sin haber aún diálogo, toma mucha inspiración del clown. Los ingredientes para una comedia absurda están todos ahí, y afortunadamente, cuando el texto inicia, este brilla gracias a la acertada y sensible dirección de Paris. 

La historia de Passport es sencilla. Una mujer (Camilo) llega por error (¿o no?) a un puesto de control fronterizo, en el cual se encuentra con dos oficiales (Ramírez y Reyes de Sá) quienes básicamente le hacen la vida imposible y hacen que su tránsito por ese espacio sea uno que nunca olvidará.

Existe mucho mérito en esta producción, y el primero de todos lo constituye el texto en sí, escondiendo detrás de sus hilarantes y absurdos diálogos mucha carga emotiva y mensajes poderosos sobre la dificultad y a veces falta de voluntad por entendernos, las barreras que genera el no compartir el mismo idioma, las emociones que no requieren de palabras para comprenderse, el abuso de la autoridad y la frustración e impotencia que esto genera, y las cosas que nos unen independientemente del lugar geográfico del que provengamos. El mérito de la dirección de Paris, por su parte, consiste en aprovechar estos temas y realzar cada uno de ellos a través de sus decisiones de iluminación, del carácter juguetón y 360 de su disposición escénica, del uso de la música como recurso activo cómico, y por supuesto, de lograr en su elenco actuaciones caóticamente jocosas que desbordan carisma y generan mucha comedia.

Profundizando en el trabajo netamente actoral, el trío conformado por Camilo, Ramírez y Reyes de Sá no solo se complementa muy bien, sino que cada una logra una construcción física y vocal verdaderamente admirable, muy tipificable y altamente divertida. Nunca deja de ser gracioso verlas, e incluso cuando el foco está más en una, las demás están en una contraescena que, por su compromiso y rigor actoral, su total entrega al juego, la profunda interiorización del material, y el peso escénico que sus trayectorias individuales les aportan, funciona igual de bien que la escena principal. El contraste de Camilo (el personaje más cuerdo de todos) con los más estrambóticos de Ramírez y Reyes de Sá es particularmente disfrutable y permite que la comedia no solo surja, sino que se instale de inicio a fin. La química y el trabajo actoral en general del elenco es muy reminiscente al de Sarah Jessica Parker, Bette Midler y Kathy Najimy en la película de culto Abracadabra (Hocus Pocus), sobre todo por su delirante uso del código farsesco. La música, finalmente, destaca como un componente clave del montaje, hilvanando sus diferentes momentos de forma lúdica y llenando el espacio de una alegría absolutamente contagiosa.

El teatro del absurdo es muchas veces infravalorado y/o menospreciado por su inherente sin sentido, pero lo que esta obra demuestra, es que una visión sensible del material y unas actuaciones comprometidas y ancladas bajo un mismo código, pueden hacer que un texto tan disparatado como este toque muchas fibras emocionales (además de las cómicas), lo cual es un logro más que considerable, especialmente si tenemos en cuenta el carácter bizarro de las situaciones que nos muestran. Espero sinceramente que esta obra encuentre a su público. Fue, en una palabra, un vacilón absoluto, que además me dejó grandes reflexiones. Véanla. No van a arrepentirse. Tienen solo nueve funciones más, del 25 de setiembre al 11 de octubre, de viernes a domingo. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

22 de setiembre de 2026

sábado, 19 de septiembre de 2026

Crítica: TERCER CUERPO


El último rincón

Nos recibe un espacio cargado de elementos que identifican una oficina pública de los años 80. La saturación es lo opuesto a la calma, resulta asfixiante y su disposición obliga a tres antiguos empleados a realizar desplazamientos forzados, como ratones en un experimento de supervivencia, que consiste en resistir los cambios que trae la modernidad. Pero también es el espacio que pone a prueba la capacidad de soportarse a sí mismos, como los protagonistas de A puerta cerrada de Sartre.

En esta vieja oficina, que sufre repentinos apagones, vemos los restos de un mundo en decadencia. Es el último rincón del ministerio (el tercer cuerpo del edificio). Sandra, Moni y Héctor cargan con esa fatalidad y se ven a sí mismos como restos sociales sin futuro, cada cual con su propia frustración que se va revelando poco a poco. La modernidad, que es el devenir de la vida, nos va dejando al margen cuando nos aferramos al pasado. La frustración de cada uno es el resultado de situaciones no resueltas.

Moni es una mujer insoportablemente entrometida, que finge trabajar en exceso para disimular que ha terminado viviendo en la propia oficina porque nadie la acoge. Sandra parece más cuerda, pero sufre una frustración por no poder ser madre y no convence ni a su ex marido para lograrlo artificialmente. Héctor es un cincuentón que vivía con su madre, pero ella acaba de morir, por lo que ellas lo consuelan. Él guarda un secreto, que queda pendiente hasta el final. En paralelo y de manera fugaz, aparece en escena una pareja incapaz de mantener su relación de amor-odio.

La obra juega a las historias cruzadas. El autor plantea un deliberado desequilibrio entre dos grupos en escena. Uno, formado por los tres empleados en torno a los cuales se desenvuelve la historia principal; y el otro, formado por la pareja joven, que aparecen fugazmente e interactúan apenas para anunciar que suena el teléfono, como una voz en off, dejando la duda de su existencia real. Acaso son muertos o fantasmas, pero desconectados de los otros. En cada aparición la pareja joven ratifica su incapacidad para resolver su incierta relación de atracción y repulsión. La pareja joven parece representar el presente, que tampoco resuelve sus propias crisis. 

El uso de las historias cruzadas como recurso dramático crea expectativa. Intuimos que las historias paralelas se cruzarán en el desenlace, pero se requiere agilidad en el texto y que no se sienta que unos y otros esperan su respectivo turno para intervenir. En este caso el desequilibrio se agudiza por el diferente nivel de actuación. Más tarde entendemos por qué estaban allí, pero ya ha perturbado el ritmo y confundido demasiado. 

Claudio Tolcachir, autor también de La omisión de la familia Coleman, propone en Tercer Cuerpo un panorama sombrío de la soledad humana. Sus personajes carecen de esperanza. Según el propio Tolcachir, es la historia de cinco vidas infelices atrapadas por la soledad, el miedo y la incomunicación. 

La puesta de esta obra tiene su mayor mérito en el trabajo actoral de Nicolás Fantinato, un maestro de la actuación. La obra sería más densa, sin sus toques de ironía; y demasiado liviana, sin su capacidad histriónica. Es un texto interesante que no ha sido explotado con el debido cuidado en los detalles que distraen o incomodan, como los movimientos erráticos de los personajes tratando de acomodarse en el atiborrado escenario. 

En cuanto a su resolución, la historia no brinda elementos que conduzcan o permitan sospechar el final. Si bien la obra gana en sorpresa, pierde en credibilidad. Parece que el autor estuvo forzado a alinear la historia por condescendencia con un público joven y progresista, antes que buscar algo más coherente.  Por ello, no termina de convencernos la violencia de la escena final, ni la conversión de todos en sujetos comprensivos que vuelven a una normalidad que no existía al principio.

Aún así, el tema de fondo se mantiene: la incapacidad de estas personas por superar el aislamiento en un mundo que los va dejando en el depósito final de los trastos viejos.

David Cárdenas (Pepedavid)

19 de setiembre de 2026

Crítica: SIMÓN


Sobre mariposas y polillas

En julio de este año, el teatro Juanita Tarnawiecki (ex Mocha Graña) albergó el regreso de una obra poco usual para la cartelera limeña, pero en el buen sentido. Una historia que nos traslada a un episodio de la serie La ley y el orden, llena de tensión y momentos que te dejan en la incertidumbre, pero también con una gran desazón. Presenciamos cómo un niño fue convirtiéndose en un adulto que no sabía gestionar sus emociones, que nunca se sintió querido o parte de algo. Lo vimos convertirse en un peligro para la sociedad: pasar de víctima a victimario.

Un solo acto, una sola decisión puede conllevar a hechos trágicos, incluso muchos años después, e incluso puede perjudicar a personas que no tienen ninguna relación directa, pero el daño colateral es inevitable. A veces una herida mal cerrada puede manchar a más de una persona y a más de una generación.

¿Alguna vez te has preguntado qué pasa por la mente de un psicópata?, ¿qué se siente estar en su cabeza?, ¿qué nos dicen de él sus traumas?, ¿por qué actúa de esa manera?, ¿en qué momento se perdió?

Simón nos habla de eso. Conocemos al personaje (interpretado por Dante del Águila) cuando ya está en la cárcel. Sabemos los crímenes que ha cometido y solo está esperando a ser condenado a la silla eléctrica.  Al mismo tiempo, conocemos a una psicóloga (MaryCarmen Sirvas) que carga con sus propios problemas y traumas, los cuales iremos conociendo a medida que avanza la obra, pero que al mismo tiempo se encuentran entrelazados con la historia de Simón.

Mientras avanzan la historia, vemos flashbacks del pasado de Simón —una decisión muy oportuna tanto a nivel de guion como de dirección —. Vemos cómo fue abandonado de niño y otros sucesos más que van marcando su paso por el mundo.  

Algo que destaca mucho sobre los flashbacks es la buena ambientación con tan solo unos pocos elementos, como un barril de basura y un fondo que simula ser una pared con graffitis. Asimismo,  se usan recursos que ayudan al público a imaginarse a un Simón de niño. No nos lo muestran tal cual, sino que es como si nosotros, el público, fuésemos Simón niño: la nana le habla dirigiéndose a nosotros. Una decisión que a primera vista podría parecer casual, pero una vez que se van procesando los hechos, uno se da cuenta de que no lo fue. Es más, ningún elemento ni escena sobró.

Por otro lado, la música (un jazz de los 80-90) nos ambienta muy bien en la época y le da a cada escena un contrapeso que hasta cierto punto perturba. Ves cómo una canción tan movida y pegajosa como las de Frank Sinatra sirven de fondo para escenas oscuras y violentas.

Si bien por momentos hay securncias que se sienten fuera de lugar, sin contexto, nos recuerdan la importancia de la paciencia,  pues a medida que todo se va desarrollando, cada pieza va tomando su lugar, cada historia personal va tomando forma, los hilos se van uniendo, entendemos el peso de cada escena, la relación entre los personajes. Hasta ese incómodo sonido inicial que simula los latidos de un corazón acelerado termina por integrarse al latido del corazón del espectador mientras espera, junto con Simón, su ejecución final.

Sin duda es una puesta en escena compleja; Karinba Producciones y Alumbra Producciones nos presentan a un psicópata tanto como agente de violencia como víctima de un sistema que no supo protegerlo de niño, sin caer en la justificación de sus actos. Tenemos una puesta que tampoco deja de lado la historia de las mujeres que también son víctimas de un sistema que no prioriza sus casos, que al final solo terminan siendo nombres en fichas que serán archivadas. Tal es el caso del personaje de la hija de la psicóloga, el cual resulta curioso por el hecho de ser un personaje sin voz. La vemos en escena, se comunica mediante gestos, pero no habla, solo la “escuchamos” a través de Simón, lo cual termina siendo significativo, teniendo en cuenta que es una víctima de este y que su voz, así como su historia, terminan desapareciendo y dejan de existir junto con Simón.

Es así que Simón termina siendo una obra de la cual sales llevándote una grata sorpresa (aunque también drenado por la carga emocional), pues tanto el guion como la dirección,  así como las actuaciones y producción en general se sintieron sumamente cuidados,  que hubo dedicación y esfuerzos invertidos. Que el teatro siga sorprendiéndonos con obras de esta calidad, porque seguiremos aplaudiéndolas.

Bárbara Ríos

19 de setiembre de 2026

martes, 15 de septiembre de 2026

Crítica: EL ÚLTIMO POST


Un final anunciado

Subimos al tercer piso de un edificio multifuncional e ingresamos a una sala oscura, en donde parece que la función de El Último Post ya había empezado antes de que llegáramos. Nos colocamos alrededor de un cadáver extendido sobre un gran papelógrafo con frases hirientes que lo rodean, como si esas palabras fueran los cuchillos con los que ha sido asesinado. Nos mantenemos de pie los veintitantos minutos que dura, como cuando alguien toma la palabra y hace un brindis en un velorio. La historia ha comenzado por el triste final. Ahora toca oír el relato en boca de su protagonista, Charlie Kristel.

La disposición del espacio no es casual. Alguien que necesitaba tanto de los demás como para ser dependiente de sus "likes", requiere estar rodeado de sus improvisados amigos para contar, a modo de despedida, su historia, en un ambiente íntimo, oscuro y tibio. El contacto con los asistentes es directo y constante durante toda la "sesión" que se desarrolla casi como un rito en el cual algunos participan, a ruego del suicida.

La muerte es un tema frecuente en el arte. Es el final esperado de la tragedia desde que esta se inventara. Esta obra, escrita, dirigida e interpretada por Keyner Gudiño, no busca una reacción de pesar por parte del espectador frente a una situación ficticia. Conmover, a veces, solo es provocar una sensación pasajera, como el miedo en una película de terror o la risa en una comedia. Conmover al espectador en este caso significa llevarlo a la reflexión y el compromiso.

Kristel - el personaje que interpreta Gudiño – podría haber tenido una vida más “normal”, según los gustos y reglas impuestas por la sociedad y en particular, por su familia. Pero él quería algo diferente y no encontró apoyo en quienes debían darle amor y fortaleza. Entonces, al tomar un camino diferente no solo rompe con estructuras sino que también se rompe su equilibrio interno. El mundo se traslada a la virtualidad de las redes sociales en busca de aprobación y es incapaz de soportar que en ese espacio también lo rechacen. Entonces, ya no se trata solo de la soledad o de una personalidad débil o un estado anímico pasajero de depresión, sino de un camino sin retorno hacia la autodestrucción. Ese es el camino del suicida, que transita sin posibilidad de salvación si no hay alguien que le brinde el apoyo necesario en el momento más crítico.

Kristel no encontró ese apoyo y no vio otra opción más que la muerte. El final anunciado llega inexorablemente. No hay sorpresa ni pena sino impotencia: no hicimos nada para evitarlo. No sirvieron de nada los corazones que nos repartieron al ingresar para reaccionar ante la noticia de su muerte. Ese cadáver nos interpela.

La obra termina, se encienden las luces y el equipo de Ktrending producciones nos cuenta la otra historia. La del trabajo de creación de la obra, con énfasis en el tema: el suicidio. La actriz Odette Santos ha tenido a su cargo la labor de asistencia de dirección y apoyo psicológico. Este último rol ha sido fundamental durante el proceso de creación. El equipo asumió con responsabilidad la tarea de decir las cosas con fundamento científico. La creatividad no puede ser una puerta abierta a mensajes equivocados sobre un tema tan delicado. Ella conduce la charla. El tema del suicidio pasa entonces de la ficción a la realidad de cada uno de los asistentes. Algunos cuentan su propia experiencia. El arte se convierte en un instrumento de educación, pero también de prevención.

Al finalizar, Santos hace una exposición de conceptos elementales para que quede claro el problema tratado y nos vamos enriquecidos con la información y advertidos de tener en cuenta las señales de un probable suicida a nuestro alrededor a quien podemos ayudar.

Felicitaciones al equipo de Ktrending producciones por haber realizado un buen montaje y complementarlo con educación y promoción de la salud mental.

David Cárdenas (Pepedavid)

15 de setiembre de 2026

Crítica: SÉ QUE AÚN ME QUIERES


Entre la nostalgia predecible y la fórmula conocida

Hace poco estuve en Basement NAIA para poder ver la obra Sé que aún me quieres, bajo la dirección de Jesús Alvarez Betancourt y las actuaciones de Andrea Llamosas, Alessandra Traverso y Franco Iza.

La obra aborda un tema más que explotado: el reencuentro de una expareja —triángulo sentimental incluido— para tener esa conversación pendiente llena de reproches, nostalgia y heridas sin cicatrizar.

Pese a que el texto resulta efectivo, no aporta una temática novedosa al melodrama íntimo ni maneja un subtexto profundo. Los personajes expresan sus emociones de manera demasiado evidente, lo que priva a la audiencia de la oportunidad de deducirlas o interpretarlas.

En cuanto a la dirección, la elección del espacio (Basement NAIA) resulta un acierto al brindar una valiosa cercanía con el público, aún así la propuesta no logra resolver del todo los problemas de visibilidad ni el ritmo escénico que exige la disposición alrededor de las mesas.

Respecto al trabajo del director en torno a la dinámica actoral, se percibe una reticencia a incorporar pausas dramáticas, apelando a diálogos continuos para sostener la atención. Esto termina por restar peso a los momentos de mayor impacto emocional. Asimismo, el trazo de los desplazamientos resulta predecible, desaprovechando la oportunidad de construir una puesta en escena más arriesgada e inmersiva.

En el plano actoral, Iza aporta naturalidad —sobre todo en el registro cotidiano— y se consolida como el ancla del ritmo en escena. Sin embargo, al transicionar hacia el drama más intenso, su interpretación se percibe repetitiva y apegada a sus patrones habituales.

Por su parte, Llamosas y Traverso demuestran una notable energía y compromiso escénico, logrando conectar con el público durante las escenas de confrontación. Lamentablemente, en ciertos pasajes caen en una sobreproyección vocal e hiperactividad corporal que resultaron innecesarias dada la extrema proximidad física del espacio.

En cuanto al trabajo de conjunto, el elenco funciona de manera articulada para el tono ágil de la comedia, pero flaquea al momento de construir una verdadera intimidad en escena.

El mayor acierto de la producción radica en la elección del espacio para lograr esa cercanía, así como en la apuesta por un diseño escénico minimalista, a diferencia de la iluminación que resultó plana y carente de matices atmosféricos.

Finalmente, si bien la obra cumple como un entretenimiento ligero para quien busca una salida relajada, al analizarla con mayor rigor queda en la superficie: nos encontramos ante un texto predecible, una dirección cautelosa y un apartado técnico condicionado por su espacio, cuya propuesta termina sosteniéndose principalmente en el carisma de su elenco.

Javier Bendezú

13 de setiembre de 2026

domingo, 13 de septiembre de 2026

Crítica: LA PROFESORA


Una lección de empatía 

Dos maestros de la actuación se reúnen en esta comedia dramática para interpretar a dos personajes muy distintos con los cuales es fácil empatizar y que pueden encontrar puntos comunes para enfrentar sus propias crisis con dos personajes ausentes, que son sus respectivas hijas.

América Alcalá es una profesora cercana a la jubilación (Ivonne Frayssinet). Es tutora de una joven estudiante a punto de perderse y cita a su padre, Carlos Ortiz (Leonardo Torres) para que se haga cargo de su mala conducta.

Ella es culta, fina y recta. Él es un vendedor de pescados con escasa educación y rudos modales. Nada tienen en común, salvo que ambos tienen conflictos con sus respectivas hijas, aunque es Daniela, la hija de Ortiz la que motiva el encuentro y alrededor de su fallida conducta escolar se desarrolla la trama.

La tutoría de la escuela es el espacio en donde estos personajes se encuentran, se enfrentan y se descubren, en el más profundo sentido del término.

Cada cita es más fugaz pero más comprometida. Los diálogos están cargados de reproches duros y hasta hirientes, pero las situaciones adquieren un tono de ternura y un toque de hilaridad que los hace comprensivos.

El irresponsable puede ser el padre más responsable que existe y la dura y ecuánime intelectual puede ver en ese espejo su propia fragilidad. La soledad de ambos está presente en todo momento y es el factor fundamental de sus conductas.

Una tarea impuesta como castigo permite que la literatura reciba el homenaje que merece como espacio para la imaginación. La ilusión que  genera la lectura es el escape a los problemas cotidianos, pero también la llave para resolver realidades adversas. La vida, felizmente, no es ajena a esa fantasía encerrada en páginas que la profesora ofrece y el rudo vendedor de pescados descubre.

El texto del dramaturgo español Eduardo Galán nos conduce con escenas cortas y ágiles por un proceso de transformación humana, de ambos lados, desde la desesperanza hasta una luz que los ilumina con la ilusión compartida. El diálogo revela a pinceladas las personalidades, aunque no profundiza en las realidades de cada uno más allá de los conflictos con sus respectivas hijas y con su propia soledad y por ello resulta algo condescendiente con un romanticismo ligero, para ser más agradable al público. El rudo no es tan agresivo que nos provoque rechazo, porque ante todo se muestra su conducta como padre que se esfuerza en favor de su hija. La profesora es antipática y dura, pero no tanto que le impida transitar a la ternura.

De la mano de Mateo Chiarella, la obra nos envuelve, gracias a la magia del teatro circular, el perfecto juego de luz y la discreta compañía de la música, y nos permite arribar a un puerto tranquilo como el final feliz de los cuentos que alguno de ellos por fin se atreverá a escribir.

Un agradable obra que crece gracias a la excelente actuación de Torres y Frayssinet.

David Cárdenas (Pepedavid)

13 de setiembre de 2026

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Crítica: Y.A.P.H.


Dos escenas, un escenario

Hablar de relaciones familiares en el teatro puede llevarnos abordar estos temas de diversas maneras y al mismo tiempo tocar emociones como la nostalgia, el amor, el dolor o el rechazo. Todo depende de cómo se aborda el conflicto y de cómo este se transforma en escena. En ese sentido, Y.A.P.H., escrita por Luisito Fernández, un texto que nos presenta dos familias que viven situaciones distintas. Cada una de ellas transita en sus propios conflictos. Cada historia avanza de manera independiente hasta encontrarse en un punto común, quizá el más tierno y emotivo de la obra. Dos familias, dos historias y dos realidades abordadas con sutileza, pero también con una intensidad que logra mantener nuestra atención.

Y.A.P.H. desnuda una realidad pocas veces percibida: las cargas, expectativas y silencios que los adultos depositan sobre los hijos, así como aquellos secretos familiares que deberían gritarse.

La puesta en escena cuenta con un elenco que ha sabido no solo tejer la historia, sino también implicarse profundamente en ella. Podemos observar la evolución de cada personaje, sus conflictos y los problemas que atraviesan, construyendo progresivamente las distintas situaciones que plantea la obra. Los jóvenes actores han sabido sostener una energía constante, que les permite consolidar cada momento y llevar la puesta en escena hacia su objetivo. Si bien hubo pequeños momentos en los que algunas acciones escénicas pudieron sentirse un tanto sucias o poco precisas, estos detalles no llegan a opacar el trabajo del elenco ni a restarle fuerza a la obra, que consigue mantener su intensidad y avanzar con solidez hasta el final.  

Cabe destacar también la dirección de Diego La Hoz, quien conduce la puesta en escena incorporando distintos matices y aprovechando la energía de sus intérpretes para construir momentos que permanecen marcados en el desarrollo de la obra.

Desde el aspecto técnico, los elementos escénicos contribuyen a construir el espacio donde se desarrollan las historias, mientras que la música y las luces acompañan y refuerzan las situaciones que atraviesan cada uno de los personajes.

Y.A.P.H. es, sin duda, una obra que vale la pena ver. No solo por su propuesta escénica y el trabajo de su elenco, sino por el mensaje que deja. Porque algunas historias familiares pueden parecer lejanas hasta que el teatro nos obliga a mirarlas de frente.

Javier Gutiérrez

9 de setiembre de 2026

lunes, 7 de septiembre de 2026

Crítica: KORTAS MARTES - JULIO


Para comenzar la semana

Los clásicos martes de Kortas, en el Teatro Barranco, han hecho de este día uno en que podemos disfrutar de obras nuevas y divertirnos entre semana. En julio, asistimos a la presentación de propuestas sobre temas y dinámicas diferentes, lo que nos emocionó gratamente. De las cuatro puestas en escena, dos correspondían al género cómico y las otras podemos asociarlas a lo musical. Las mencionadas al inicio, El triple perfecto y Blancanieves, abordan temas de la vida diaria, la convivencia, amistad y amor. La primera, escrita por Luisito Fernández, conocido ya en Teatro Barranco, fue representada por Russell Vásquez, Rodrigo López y Guillermo Távara como los tres amigos, quienes descubren un extraño vínculo más entre ellos. La segunda, dirigida por Manchi Ramírez, cuenta con las actuaciones de Yeider Oré y Camila Mendoza, insertos en los marcos del cuento, pero al que se le da la vuelta en esta adaptación. 

Las obras que combinaban elementos teatrales con música fueron las que más nos llamaron la atención, por lo que también representaron apuestas muy interesantes. Por un lado, Sácame los prohibidos, nos cuenta la historia de Aldo, bailarín experimentado de caporal, quien se ve envuelto en un romance por el que debe luchar contra su rival, ya no solo de danza sino también, ahora, en el amor. La dramaturgia nos viene de la mano de Daniel Flores, con las actuaciones de Davo Salazar, Shany Huso y José Solís, quienes nos mantienen en el ritmo del relato, paso a paso. 

Quizá uno de los momentos más especiales de la noche fue cuando cantó Trilce Cavero, actriz de En la vieja quinta. Ella interpretó a Blanca, hermana del personaje encarnado por Fernando Pasco, por lo que junto a él, Rogelio, protagonizan discusiones y bromas que inspiran un cariño entrañable.  La obra, escrita por Daniel Tapia y dirigida por Marco Palomino, pone en los ojos del público la cultura criolla y nos devuelve a ella, con su valor y costumbres, a través de la nostalgia. Los hermanos, a pesar de sus diferencias de carácter, logran encontrar puntos comunes, planteándose los ya conocidos dilemas de la vida familiar; así, el humor y la ternura se encuentran en esta obra, y se expresan en distintos lenguajes que logran llegar a nosotros.

Nos complace resaltar que en esta ocasión vimos gran asistencia de público, lo que también nos genera expectativas del lugar que se empieza a hacer el microteatro en los escenarios limeños.  No queremos dejar de recordarles que siempre en este espacio, de Teatro Barranco, encontramos un ambiente relajado, en el que se puede consumir alimentos y bebidas; por ello, es ideal, justamente, para pasar una noche de martes y divertirse, con cultura y arte.

Jimena Muñoz

7 de setiembre de 2026

Crítica: I.D.I.O.T.A.


Cuando pensar se convierte en una peligrosa forma de sobrevivir

En el Teatro de Lucía, en Miraflores, se presenta I.D.I.O.T.A., thriller de humor negro escrito por el dramaturgo español Jordi Casanovas y dirigido por David Carrillo. Con Sandra Bernasconi y Armando Machuca en escena, la obra propone un juego psicológico en el que la inteligencia, la manipulación y la necesidad económica se convierten en piezas de un mecanismo cada vez más inquietante.

La historia sigue a Carlos Varela, que acepta participar en un experimento psicológico a cambio de una importante suma de dinero. Lo que inicialmente parece una prueba de inteligencia pronto se transforma en un enfrentamiento donde las reglas cambian y cada respuesta puede tener consecuencias inesperadas.

Desde el ingreso a la sala, la propuesta visual establece un código definido. La escenografía minimalista, dominada por el blanco y una composición geométrica de líneas y elementos precisos, construye un espacio cercano al público y coherente con la idea de un laboratorio controlado. La aparente limpieza del escenario dialoga con una atmósfera de vigilancia y experimentación. El vestuario, a su vez, diferencia con claridad los universos de ambos personajes y aporta información sobre sus cualidades psicológicas.

La iluminación cumple una función decisiva en la construcción del relato. Los cambios cromáticos acompañan la tensión de la acción y contribuyen a delimitar estados emocionales: el rojo intensifica la amenaza, mientras los tonos fríos refuerzan el misterio y la distancia. Sin embargo, algunas intensidades lumínicas afectan momentáneamente la visibilidad. Del mismo modo, ciertos recursos tecnológicos y sonoros podrían alcanzar una mayor precisión en su sincronía con la acción.

La música y los efectos sonoros funcionan como una partitura que sostiene el ritmo del experimento. Sonidos asociados al tiempo y la urgencia incrementan la presión sobre los personajes y acompañan la progresión del conflicto.

En el plano interpretativo, Bernasconi y Machuca sostienen un vínculo de permanente confrontación. La escucha entre ambos permite que la acción y ritmo se reactive constantemente y que el humor conviva con la tensión. Destaca la construcción de dos personajes diferenciados, unidos por una relación que, progresivamente, revela zonas más complejas y humanas.

No obstante, algunos pasajes pierden fuerza cuando el diálogo se prolonga sin que la acción dramática avance con la misma intensidad. En determinados momentos, las transformaciones emocionales aparecen de manera acelerada o ciertas reacciones requieren una progresión más clara para resultar plenamente verosímiles. Esto provoca pequeñas caídas en el ritmo, aunque la obra logra recuperar su tensión gracias a la composición escénica y al conflicto central.

Uno de los mayores aciertos de la dirección es la articulación de los signos escénicos. Espacio, luz, vestuario, sonido y actuación dialogan para construir un universo donde el espectador también es parte del experimento. I.D.I.O.T.A. no solo pregunta cuánto sabemos, sino qué estamos dispuestos a hacer cuando alguien más controla las reglas. 

Rubén Aquije

7 de setiembre de 2026

domingo, 6 de septiembre de 2026

Crítica: LAS BODAS DE FÍGARO


El placer de mirar ante un teatro que se disfruta

Hay obras que comienzan cuando se apagan las luces, pero hay otras que empiezan mucho antes. Las bodas de Fígaro, de Éxodo Teatro, es una de ellas: desde que el espectador entra a la sala, el teatro ya está sucediendo. Así, antes incluso de que la historia comience, ya estamos inmersos en su atmósfera y en ese mundo que la puesta propone. Es una entrada sutil y muy efectiva que nos invita a ser parte de lo que está por suceder.

Uno de los grandes aciertos de la puesta es su trabajo en conjunto. Hay una energía constante, mucha escucha, acción y una notable armonía entre los intérpretes. Cada actor está atento no solo a su propio recorrido, sino también a lo que sucede alrededor, construyendo un organismo escénico que se mantiene vivo en todo momento y eso se percibe en el público.

Se percibe un disfrute genuino por parte de los actores, una entrega y una complicidad que atraviesan el escenario y terminan contagiándonos. Es difícil desconectarse de lo que ocurre, porque siempre hay algo sucediendo: una mirada, una reacción, un movimiento o una acción que mantiene nuestra atención como público.

La dirección de Jean Pierre Gamarra consigue articular esta energía con precisión, sin perder el ritmo ni la dimensión lúdica de la comedia. La puesta en escena tiene movimiento, dinamismo y una clara comprensión de que el humor no depende únicamente del texto, sino también de los cuerpos, los tiempos, las relaciones y la presencia escénica.

La escenografía de Lorenzo Albani completa este universo y contribuye a que el espacio sea parte activa de la experiencia. Todo se siente pensado en función de la propuesta y de la construcción de ese mundo.

Quiero destacar especialmente la entrega del elenco completo. Fernando Luque, Maria Grazia Gamarra, Óscar Yépez, Amaranta Kun, Alonso Cano, Denise Arregui, Alejandro Tagle y Martín Aliaga sostienen una dinámica colectiva en la que cada presencia aporta y potencia a las demás. Como espectadora salí con esa sensación que, para mí, es una de las más valiosas que puede dejar el teatro: las ganas de seguir mirando.

Felicitaciones a Gamarra, Albani, al elenco y a todo el equipo de Éxodo Teatro por una puesta tan completa, dinámica y disfrutable. Éxodo vuelve a demostrar por qué es una compañía que apuesta por producciones de gran calidad y por un teatro que logra conectar con el público sin perder el rigor de su propuesta escénica.

Las bodas de Fígaro es la segunda entrega de la trilogía de Pierre-Augustin de Beaumarchais. En el Teatro de la Alianza Francesa de Lima, en temporada hasta el 26 de septiembre.

Tammy Alfaro

6 de setiembre de 2026

Crítica: ADIÓS AYACUCHO


Llegar cuando toca

Adiós Ayacucho sigue a Alfonso Cánepa, un campesino ayacuchano asesinado durante el conflicto armado interno, que emprende un viaje hacia Lima para recuperar las partes de su cuerpo que le faltan. La premisa es tan absurda como dolorosamente concreta: un muerto tiene que llegar a la capital para exigir sus derechos. Para que se reconozca su existencia.

Ese viaje convierte al cuerpo en uno de los grandes territorios de la obra. El cuerpo desaparecido, incompleto, se vuelve también la imagen de una memoria que ha sido violentada. Cánepa no puede descansar, porque todavía tiene algo que reclamar. Y el teatro le devuelve aquello que la violencia le quitó: un cuerpo, una voz y la posibilidad de contar su propia historia.

Yuyachkani construye este universo sin abandonar el humor, el juego ni la belleza. La música ocupa un lugar fundamental. Hay una nostalgia dulce que atraviesa la puesta y que convive, de manera casi contradictoria, con la violencia de la historia. Los sonidos e instrumentos vinculados a lo andino no funcionan como simple acompañamiento. Construyen identidad. Cada instrumento parece encontrar su momento exacto, y la música que nos regala Ana Correa termina siendo otra forma de narrar.

La experiencia en las butacas es también maravillosa. Habría que preguntarse si el público escoge a Yuyachkani, o si estos, con los años, han aprendido a construirlo, deleitarlo, incluso filtrarlo hasta convertirlo en espectadores presentes en alma. Hay una escucha atenta, una disposición a transitar entre la risa y el silencio, entre lo festivo y lo doloroso. La obra y Yuyachkani confían, en esa inteligencia del espectador y no necesita explicarlo todo.

Entonces, entre esa risa incómoda y los sollozos del público hay una verdad horrorosa: sigue siendo tan vigente.

Una obra estrenada hace más de treinta años, atravesada por desapariciones, violencia, desigualdad y por la necesidad de llegar hasta Lima para ser escuchado, todavía encuentra un lugar demasiado cómodo en el presente. Uno quisiera que Adiós Ayacucho fuera un viaje hacia el pasado, pero sigue siendo un viaje que conocemos.

Esta es mi primera vez viendo una obra de Yuyachkani y llega el reproche por haberlo hecho antes. Hay algo de extraño en llegar tan tarde a un trabajo que lleva décadas sintiendo, desde el teatro, algunas de las heridas más profundas del país. Pienso entonces, que las obras, así como llegan a los actores en su debido momento, llegan a su público cuando tienen que llegar. Quizás Adiós Ayacucho aparece ahora, porque también se puede mirar desde otro lugar. 

Y quizá ahí reside también la fuerza de Yuyachkani: en hacer del teatro un lugar donde los muertos puedan volver, hablar y reclamar aquello que todavía no hemos sabido reparar como país y que necesita justamente eso, seguir llegando a todos los que tenga que llegar. 

Cristina Soto Arce

6 de setiembre de 2026

sábado, 5 de septiembre de 2026

Crítica: LA PROFESORA


Tan distintos y cercanos entre sí

Aranwa Teatro trae, bajo la dirección de Mateo Chiarella, la obra La Profesora, escrita por el dramaturgo español Eduardo Galán, y protagonizada por Yvonne Frayssinet y Leonardo Torres Vilar. La historia transcurre en una escuela de educación secundaria, que bien podría estar ubicada en cualquier lugar del mundo debido a la universalidad de su contexto (una decisión de dirección bastante acertada). Frayssinet encarna a América Alcalá, una profesora próxima a jubilarse que busca ayudar a una de sus alumnas. Para ello, sostiene una serie de reuniones de tutoría con su padre Ortiz, interpretado por Torres Vilar.

Esta historia cuenta el encuentro de dos almas tan distintas entre sí, pero conectadas por varios elementos en común. Entre ellos, la soledad, un estado que se convierte en el vehículo de la relación entre ambos personajes y el motor que permite que, finalmente, logren entenderse. Tal como El Principito, uno de los textos a los que hacen referencia, la soledad los termina por “domesticar”.

Pero algo más que los conecta es la cruda realidad de ser dos adultos desorientados sobre cómo navegar a través de las situaciones que se les presentan. Esto es notorio, especialmente, luego del plot twist planteado. Diría, a modo personal, que este acentúa aquella sensación de caminar a ciegas, con la fe de que las cosas se resolverán de alguna forma u otra, pero con la maravillosa nueva oportunidad de caminar acompañados.

Las actuaciones de los actores son fenomenales. El contraste marcado entre las posiciones y estilos de vida de ambos personajes ayuda enormemente a la comedia de la obra, a través de sus brechas y puntos de convergencias que los mantienen en un estado de confusión constante. El timing es preciso, así como los remates. El manejo del espacio también resulta interesante; se presta para un formato 360° que resulta natural.

La Profesora se muestra como una obra contemporánea que nos permite como espectadores empatizar con situaciones que parecen tan distintas entre sí, pero que se ven atravesadas por la sensación universal de la soledad. Es imperdible. Mis felicitaciones al equipo por el trabajo.

Daniela Ortega

5 de setiembre de 2026

Crítica: NOCHE DE CREADORAS - AGOSTO


Cuatro historias distintas, pero que interpelan profundamente

Hoyo, con dramaturgia y dirección de Fátima Matheus, se presenta como un viaje íntimo y profundamente humano sobre el ciclo de una relación de pareja. A través de una estructura que utiliza el tiempo como una máquina de recuerdos, la propuesta desglosa el trayecto entre Jimena y Fano, llevándonos como espectadores desde la ilusión de los primeros encuentros hasta la grieta que producen el desgaste y las exigencias de la vida cotidiana.

Más que detenerse en dar una biografía detallada de sus protagonistas, la dramaturgia opta por enfocarse en la relación misma como el verdadero centro de la historia. Esto permite que los personajes interpretados por Christine Lemus y Jesús Núñez funcionen como arquetipos, espejos en los que la audiencia puede reconocer fácilmente sus propios aciertos y miedos. El ritmo acelerado con el que transitan las etapas acentúa esa sensación de estar presenciando un ejercicio de catarsis compartida, un resumen directo sobre el amor.

En la interpretación, la vulnerabilidad de Lemus se integra de manera muy orgánica al estado emocional de Jimena; esa tensión inicial resulta coherente con la crisis que atraviesa su personaje en escena. A su lado, Núñez acompaña el recorrido completando el retrato vivo de una pareja.

Hoyo termina siendo una propuesta transparente que apela directo a la memoria emotiva de quien la mira. Es un recordatorio de que, aunque las historias individuales cambien, los procesos de amar, intentar sostener y soltar son experiencias que nos atraviesan a todos por igual.

Con dramaturgia y dirección de Alexa Centurión, La ropa que tenía el día que murió se consolida como una de aquellas piezas breves pero fulminantes que escalan en intensidad a cada minuto. Ambientada en una discoteca, la obra arranca con un detonante crudo al mostrarnos a Mili entrar al almacén con las manos ensangrentadas tras defenderse de un intento de agresión sexual en el baño, seguida por Carito, su mejor amiga. Lo que empieza como una situación límite se transforma en un manifiesto de hermandad que confronta al espectador con preguntas incómodas sobre hasta dónde puede llegar la legítima defensa y los límites del instinto de supervivencia.

El trabajo actoral de Yaremis Rebaza (Mili) y Lucía Mayorga (Carito) es el gran motor de la puesta. Rebaza demuestra un timing cómico impecable dentro de una situación que, en contenido, es trágica. Logra equilibrar la angustia del momento con destellos de un humor orgánico y certero que alivia la tensión sin restarle gravedad al conflicto. Por su parte, Mayorga sostiene la aparente calma y actitud lógica de Carito, funcionando como el ancla racional que intenta procesar la crisis mientras la lealtad hacia su amiga se pone a prueba.

En apenas veinte minutos, la propuesta logra construir un dilema ético cercano, donde el humor y la urgencia conviven. La ropa que tenía el día que murió se muestra como un grito de justicia visceral y sumamente necesario, respaldado por dos actuaciones conmovedoras que dejan una huella rotunda en la sala.

Con dramaturgia de Federico Abrill y dirección de Lía Camilo, Otra especie nos propone un choque de visiones sobre la adaptación y la naturaleza humana. La historia sigue a Paco (Roy Zevallos), atrapado entre la teoría evolutiva de Darwin y la rigidez de las expectativas familiares (y de su propio pensamiento), mientras Analú (Verónica Infantes) acecha la oportunidad perfecta para integrarlo a su propia “manada”.

El motor de la puesta en escena radica en una notable dirección por parte de Camilo. Su mano se puede apreciar en la construcción de los ritmos, la coreografía de los enfrentamientos y la precisión en el trabajo de relación entre los personajes, que logran sostener la propuesta y desatan la risa entre los espectadores.

En el plano actoral, Infantes brilla con un timing cómico extraordinario, destacando su agilidad en los tiempos de reacción que tiene durante la obra. A su lado, Zevallos realiza un excelente trabajo al vender la vulnerabilidad inicial de Paco; esa aparente “mansedumbre” que prepara el terreno para que el clímax resulte aún más absurdo, retratando con ironía la ridiculez de la fragilidad masculina y los vicios del discurso incel.

Otra especie es un buen ejemplo de cómo la agilidad en la dirección y el talento actoral pueden tomar una premisa sencilla y convertirla en un ejercicio escénico fresco, dinámico y profundamente entretenido.

Bajo la dirección de Celia Ponce, Ahora te la canto convierte el desahogo del público en un espectáculo de improvisación musical brillante y extremadamente divertido. La propuesta parte de tomar aquellas frases e historias que la audiencia no se atrevió a decir en su momento y transformarlas, en tiempo real, en canciones inéditas. En esta mecánica, Ponce realiza una conducción que mantiene al público despierto y pegado a todo lo que sucede en escena, marcando el ritmo de la función y conectándonos con la dinámica antes de cada número.

En el escenario, Marne Cortijo, Tita Zerillo y Selene Risco despliegan una ejecución vocal increíble y un dominio absoluto de sus instrumentos. Es remarcable, dentro de la propuesta, la precisión con la que el trío construye piezas completas a partir de premisas mínimas y, hasta cierta parte ambiguas (lo que desata por completo la creatividad extrema de las intérpretes), respetando la arquitectura musical tradicional. En ese sentido, Cortijo destaca como una improvisadora excepcional, luciendo un ingenio afilado para los remates y una expresividad gestual hilarante.

El piano en vivo es la cereza del pastel, acompañando la atmósfera de cada tema. Diría que lograr que una estructura técnica tan compleja parezca un juego sencillo es de los mayores méritos del elenco. Ahora te la canto es una experiencia fresca que deja con las ganas inmediatas de volverla a ver en un formato de mayor duración.

Daniela Ortega

5 de setiembre de 2026

lunes, 31 de agosto de 2026

Crítica: UNA MUERTE LIGHT


Una muerte divertida

Divertida es la primera palabra que describe esta obra. Dos trabajadores acaban de ser despedidos y no pueden irse sin resolver una situación inesperada: un antiguo compañero acaba de morir en el baño y ellos se sienten involucrados y por ello cometen una serie de torpezas que los enredan cada vez más. Luego, lo que parece resolverse entre ellos se complica al intervenir un tercer personaje: el vigilante de la empresa y su relación con el fallecido y finalmente, la gerenta que acaba de completar la tarea de despedir a más de mil trabajadores para facilitar la absorción de la empresa y con ello ha provocado una protesta incontrolable.

Comedia de enredos a partir de una desgracia es una fórmula efectiva, que Carlos La Rosa, autor y director de la obra, ha sabido utilizar. El escenario minimalista, con algunas cajas de depósito en el suelo, nos enfoca en la situación: lo único que le queda a los despedidos son sus cajas de mudanza. En ellas se encierran sus historias personales de estrés y ansiedad laboral y las cargan con resignación. La desesperación que nos hace reír no es más que la desolación que produce el desempleo, la incertidumbre por el futuro. Todo queda en suspenso hasta que se decida qué hacer con el muerto. El humor negro atravieza la obra de manera efectiva.

La muerte no es motivo de risa sino las conductas absurdas que adoptamos frente a ella. El miedo a las investigaciones, el sentido de culpa, ambos sin fundamento, la oportunidad de convertir la tragedia en una salida a la crisis que representa el despido.

El texto hace varias referencias al teatro, como es común en los grupos en formación actoral y casi siempre es un exceso. En este caso hay una excusa: el difunto ha dejado un juguete que permite que las personas digan lo que no podrían hacerlo naturalmente. La obra desaprovecha las posibilidades que brinda ese personaje animado, que podría desarrollar para otra puesta.

Las actuaciones son aceptables, entre las que destaca Roni Ramírez, que personifica a Manuel, el trabajador que estuvo con el fallecido cuando murió. Su compañero Brian Cano lo sigue atropelladamente. Su dicción defectuosa nos recuerda al gordo Casaretto y cuando se enreda al leer un correo electrónico hace estallar en risa al auditorio y él tampoco puede contener la risa (disculpen el spoiler). Entonces, lo que sería un imperdonable en un drama resulta ser un aliciente para que el público se ría con él y desde allí la obra se afirma como comedia y toma un mayor ritmo.

Con mayor control de sus personajes, los ingresos del vigilante Daniel Cano y la gerenta Valquiria Che-Piú permiten ampliar el enredo de oficina inicial y elevarlo a magnitudes sociales, con mayores elementos.

Una muerte light logra su objetivo: divertir y así es una buena experiencia de La Patriota que augura mejores puestas.

David Cárdenas (Pepedavid)

31 de agosto de 2026 

Crítica: NO ESTOY LOCA

 


¿Y qué si estoy loca?

Tras siete años del estreno de su último musical original, la Asociación Cultural Playbill regresa con No estoy loca, un musical inédito escrito y protagonizado por Anahí de Cárdenas, dirigido por Diego Gargurevich y con letra y música de Rowi Prieto. El resto del elenco lo conforman Andrés Salas, Juan Carlos Rey de Castro, Vanessa Escudero, Vera Pérez-Luna, Junior Baglietto, Miguel Álvarez, Trilce Cavero, Majo Bueno, Raúl Romero y el mismo Rowi en un papel secundario. El Teatro Municipal de Surco, ubicado al interior del ya emblemático Parque de la Amistad, es sede de esta locura musical que busca conquistar a su público abordando el complicado tema de la salud mental desde una mirada cómica, pero a la vez realista. ¿Logra el espectáculo tocar las notas correctas de comicidad y drama, o es que el tema prueba ser demasiado extenso y controversial como para funcionar en el formato propuesto? 

Hablar de No estoy loca es fácil y difícil a la vez. Fácil porque no hay mucho (nada, en realidad que podría “criticar”), pero difícil porque quiero realmente hacerle justicia a toda la labor puesta sobre la página y sobre las tablas. Empecemos por la trama. La historia sigue a Ana, una mujer que después de haberse intentado matar es ingresada al hospital psiquiátrico Amor y Paz, lugar donde conoce a un puñado de personajes que no solo pondrán a prueba la poca cordura que le queda, sino que la ayudarán a descubrir cosas sobre sí misma que jamás pudo haber descubierto sola. A través de canciones alegres, emotivas, catárticas y empoderadoras -a veces todo a la vez-, Ana nos hace partícipes de su viaje personal de sanación, el cual termina de forma climática e inesperada. 

El texto de Anahí brilla desde el primer diálogo. Está escrito de manera económica; cada frase es importante ya que cumple un objetivo específico, y destaca sobre todo por su acertado uso del humor, el cual a pesar de valerse de unas cuantas lisuras, increíblemente nunca llega a caer en lo vulgar. Los momentos más dramáticos conmueven y los chistes aterrizan siempre, y aquí debo de hacer un necesario punto de inflexión. Un texto puede ser muy logrado a nivel dramatúrgico, pero por más gracioso y/o conmovedor que este sea, su efecto requiere -y depende- de la destreza actoral de su elenco, quienes son finalmente sus encargados y portavoces. Afortunadamente, el elenco de esta obra está más que a la altura de la dramaturgia de Anahí, exprimiendo cada texto, haciéndolo suyo, otorgándole peso, ritmo y gracia con una facilidad admirable que no solo denota el gran talento de cada uno, sino el arduo trabajo actoral involucrado. Pero no solo el manejo de texto es bueno; la construcción de personajes a nivel físico y vocal es sumamente divertida, extrema y plenamente interiorizada. Gargurevich aprovecha el código absurdo que propone el texto de Anahí y lo lleva al límite en su dirección de actores, extrayendo de su elenco personajes estrambóticos, chistosísimos y muy particulares que podrían tranquilamente aparecer en una película de Tim Burton. De hecho, Trilce Cavero como la enfermera María parece directamente sacada de Sweeney Todd, musical dirigido por Burton. Menciono al renombrado director norteamericano como referencia porque tal como su cine, esta obra tiene una visión estética muy específica y un look muy cuidado. Apoyándose mucho del color verde, el equipo de vestuario y caracterización liderado por Tito Icochea logra otorgar a los personajes una cualidad visual imposible de no admirar. Incluso en los personajes del ensamble, quienes portan prendas similares, existen decisiones estéticas que los diferencian entre sí (el cabello, una prenda reimaginada, algún detalle que es único de ellos). De la misma forma, la dirección de arte liderada por Bea Chung logra transportarnos de verdad a un sanatorio lúgubre, pero cómico, rodeado por cuervos cuyos esporádicos graznidos aportan al ambiente demencialmente gótico construido. Finalmente, la música compuesta por Rowi Prieto logra conquistarnos con ritmos pegajosos, letras con las que es sencillo identificarse, y melodías que evocan una gama completa de emociones en el público que van desde la melancolía hasta el empoderamiento. Las canciones no solo expanden el universo emocional único de cada personaje, sino que yuxtaponen momentos narrativos cumbre y ayudan a que la trama avance de forma dinámica e interesante. 

Si tuviera que elegir el elemento que más me gustó del montaje creo que sería la destreza con la cual logra intercalar comedia y drama. La risa es inevitable, pero a lo largo de prácticamente todo el texto, camuflado en secuencias musicales, cómicas y también dramáticas, abundan las verdades incómodas sobre las instituciones psiquiátricas, un atisbo a las amistades que pueden surgir al interior de una, reflexiones punzantes sobre salud mental, un comentario social muy importante acerca del suicidio, observaciones sobre la naturaleza verdadera de la locura, meditaciones sobre la convivencia con el dolor, y sobre todo una oda a la resiliencia que demanda el vivir con un trastorno de salud mental. Brindar todo este contenido emocionalmente cargado empaquetado de forma tan vistosa y cómica es algo que hace Disney de forma magistral (los que han visto Intensamente 2 entenderán a lo que me refiero), y lo aplaudo porque ese balance no se suele ver seguido en nuestra cartelera, precisamente por la dificultad que implica conseguirlo.

No estoy loca es, pues, más que una obra: es una celebración del dolor como portal hacia la fortaleza, un recordatorio de la importancia de vivir el presente, y un aplauso al valor que implica pedir ayuda cuando uno no se encuentra bien. Es también un gran ejemplo de lo que sucede cuando todos y cada uno de los componentes que hacen del teatro buen teatro funcionan y trabajan al unísono y al servicio del material, creando así algo que va más allá de un espectáculo: una verdadera y literal obra de arte. Les quedan cuatro funciones más, el 3, 4, 5 y 6 de setiembre. Véanla. Van a reír, van a llorar, y van a salir distintos de como entraron. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

31 de agosto de 2026