martes, 28 de abril de 2026

Crítica: LA PLAGA O RELATOS DE UN MUÑECO QUE AÚN RECUERDA


El cuerpo como archivo de la deshumanización

En la escena contemporánea, el silencio opera como un espacio en donde resuenan las verdades más incómodas. La plaga o relatos de un muñeco que aún recuerda, bajo la dirección de Estefano Portillo y con la composición musical de Edu Arana, se presenta no solo como una pieza de teatro físico, sino como un estudio coreográfico sobre la erosión del individuo frente a las estructuras de poder y la precariedad económica.

Desde el ingreso al espacio, se observa un guiño brechtiano a través de un gesto bastante simple. Los intérpretes nunca abandonan la escena; más bien, habitan los márgenes del escenario en sillas que delimitan el campo de acción, haciendo que la observación sea tan activa como el movimiento. 

La propuesta prescinde del diálogo hablado para volcar toda la carga narrativa en una dramaturgia corporal que sabe cuándo manejar la contención y cuándo desbordarse. La dinámica familiar de Pascual, su esposa y sus tres hijos se da a entender muy bien sin necesidad de explicarla de manera literal. Viven en una precariedad que se siente en los platos vacíos y en la urgencia de los gestos de los hijos cuando ven a Pascual llegar. La música de Arana, ejecutada en vivo, funciona excelente como acompañamiento de la escena, dotándole ritmo a las transiciones entre lo doméstico y lo laboral.

En la pieza, el vestuario opera como un elemento funcional que marca la fragmentación del tiempo a través de la alternancia entre la "ropa cotidiana" y la "ropa de negocios". A medida que la obra avanza, las secuencias laborales (mecánicas, alienantes, repetitivas) van devorando el tiempo familiar, haciéndose cada vez más largas hasta que empiezan a invadir los momentos cotidianos. Aquí, el personaje de Pascual inicia un descenso hacia la invisibilidad. La búsqueda de "lo mejor" para los suyos se convierte en una trampa que lo borra del espacio que buscaba proteger y sostener.

Se puede intuir, a partir de la aparición progresiva del muñeco, que observa desde la periferia durante gran parte del montaje, que este marca el destino del protagonista. El muñeco es el “final del camino”. Su integración final simboliza la culminación de la deshumanización. Pascual ya no habita su cuerpo, es ahora un objeto que "sigue funcionando".

Debo reconocer que la obra alcanza momentos de una alta carga poética, especialmente con el juego con los objetos y las secuencias que los acompañan. No obstante, en una pieza que ha construido con tanto rigor un plano simbólico a través del lenguaje corporal, ciertos elementos literales (como la irrupción de una pelota de fútbol o el uso de carteles hacia el cierre) generan un contraste que quiebra lo que la obra misma había generado. El cuerpo ya había dicho que "arriba o abajo es lo mismo para todos". La explicitud del texto en carteles parece subestimar, por un momento, la capacidad del espectador para comprender lo que la obra ya había construido.

Finalmente, puede decirse que La plaga es un recordatorio incómodo de lo que la alienación laboral, la explotación y el sistema que nos aúna a ello pueden hacerle al cuerpo. Estefano Portillo logra coordinar un elenco que entiende ese cuerpo como un territorio de resistencia y de derrota a la vez. Existe una coherencia dramatúrgica que permite observar una historia bien construida, sólida y directa, en la que la transformación de los personajes termina siendo inevitable. La recomiendo.

Daniela Ortega

28 de abril de 2026

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