En
El Teatro Racional, renovado espacio teatral ubicado en Barranco actualmente gestionado por el reconocido dramaturgo, actor, director y maestro David Carrillo, es sede de Los Cuatro Letras, obra inédita escrita, dirigida y actuada por él mismo. El elenco está además compuesto por Anneliese Fiedler, Omar García, Marijú Núñez, José Spigno, y cuenta con la participación especial de Almudena Carrillo. La obra se autodefine como una comedia dramática, está ambientada en la era actual, y sigue las vicisitudes de cuatro amigos de antaño que se reúnen una noche a recordar viejos tiempos. Lo que tendría que haber sido una noche entrañable y llena de nostalgia se torna en un viaje emocional intenso que obliga a sus personajes a reevaluar sus decisiones pasadas, sus mentalidades actuales, y descubrir si la férrea amistad que alguna vez los unió se ha mantenido intacta o si sus cimientos han perdido estabilidad con el tiempo. ¿Logra Carrillo ofrecer una mirada nueva al tema recurrente de las amistades perdidas, o es que la obra pierde su rumbo entre la enorme cantidad de palabras (¡letras!) que utilizan sus personajes?
Hablar de esta obra implica, principalmente, hablar de su dramaturgia. De hecho, lo primero que pensé después -e incluso durante- la obra, fue lo mucho que su estilo de diálogos me recordaba al del reconocido guionista y director norteamericano Woody Allen, quien se caracteriza por sus guiones ágiles, sofisticados e hiperverbales. Los personajes de Allen, y los de la obra de Carrillo, hablan hasta por los codos, y es a través de sus palabras (¡letras!), que nos hacen testigos de su mundo interno. Son ellas las que construyen y definen sus personalidades. El cine, sin embargo, es mucho más amable que el teatro con los diálogos de esta índole. Porque para que un texto funcione en el teatro, este debe estar alineado al objetivo individual del personaje que lo dice. Y aquí es donde creo que radica el principal desacierto del texto de Carrillo, el cual, por su mera abundancia, y por el carácter muchas veces gratuito, decorativo y expositivo de sus líneas, termina resultando algo autoindulgente y cayendo finalmente en la saturación. Debo ser sumamente claro en algo, no obstante: David Carrillo construye diálogos más que eficientes. Eso no está en discusión. Su manera de intercalar textos es aguda, ingeniosa, y muy placentera al oído, reminiscente a series cómicas anglosajonas populares como Sex and the City y Modern Family. El tema aquí es que, sobre todo cuando todos los personajes se encuentran en un mismo espacio e interactúan a la vez, el dramaturgo los pone a conversar de cosas totalmente ajenas a la acción dramática de la obra y a lo que está ocurriendo en el aquí y el ahora, propiciando prolongados debates acerca de temas tan universales como el amor, el sexo y la política. Y no es que lo que dicen los personajes no sea interesante o que los textos no estén ordenados de forma sagaz y elegante (lo es y lo están), es solo que muchos de los diálogos no ayudan a que los personajes cumplan sus objetivos ni mueven la trama en un sentido definido, lo que finalmente los hace descartables.
De manera similar, hablar de las actuaciones también me hace regresar al texto, ya que este tipo de diálogos requiere un código actoral unificado, una naturalidad forzada que debe percibirse como orgánica, y nociones casi quirúrgicas del ritmo cómico. A este respecto, los actores hacen lo que pueden. La tarea es tremenda considerando que, además de lo mencionado, la cantidad de líneas por aprender es enorme. Es interesante señalar que este tipo de diálogo tan exuberantemente copioso funciona muy bien en el cine del mencionado Allen en gran medida porque la filmación de una película abarca varias semanas, lo que significa que los actores pueden concentrarse en porciones dosificadas del texto cada día de filmación. En el teatro, por supuesto, todo el diálogo debe ser dicho en una sola función, de lo cual se desprende su dificultad. De hecho, la impresión general que me dejó el trabajo actoral de esta obra es la de haber sido uno excesivamente laborioso. No hay nada más bonito que ver a un actor disfrutar de sus textos en escena; divertirse y jugar con ellos. Lo que vi en Los Cuatro Letras muchas veces fue lo contrario. Vi la lucha; vi el esfuerzo por recordar los textos, la ansiedad por que la memoria no falle y la presión para que la lengua no se trabe. Hay un momento en particular en el que uno de los personajes tiene un monólogo realmente extenso dicho de forma deliberadamente robótica que debería resultar chistoso, o al menos ocurrente, pero que termina resultando agotador (tanto para el actor encargado del mismo como para el público). Si tuviera que destacar a uno o más miembros del elenco, mencionaría sin duda a Anneliese Fiedler y a Marijú Núñez, ya que en mi opinión ellas son quienes mejor supieron manejar el texto con todas las implicancias y dificultades que este presenta. El propio Carrillo está bastante acertado también en su personaje, aunque cabe resaltar que el de él tiene el habla restringida por razones médicas, lo cual en gran medida simplifica su complejidad.
Más allá del texto y del componente actoral de la obra, la propuesta de dirección de Carrillo es minimalista, autosuficiente y plenamente funcional. Los seis actores siempre están en el espacio -aunque no siempre están en escena-, y son ellos mismos quienes se encargan de montar y desmontar la acertadamente escasa utilería que tienen. La iluminación, por su parte, ayuda sobre todo a enfatizar las interacciones que ocurren cuando se rompe la cuarta pared, cuando interactúan menor cantidad de personajes, o cuando se nos muestra algún flashback.
Los Cuatro Letras me deja un sabor extraño en los labios y muchos sentimientos encontrados. Por un lado, aprecio y admiro muchísimo el magistral manejo del idioma de Carrillo, la voluntad e inteligencia que demanda escribir y montar una obra con un lenguaje tan articulado y a la vez divertido, y el esfuerzo actoral coral que demanda habitar un universo de personajes que se comunican con frases lingüísticamente complejas e intelectualmente desafiantes dichas en velocidad 2X. Pero por el otro, hubiera deseado que todo este esfuerzo y talento se haya visto reflejado en una obra más económica, sucinta, focalizada y contundente a nivel narrativo. Aun así, sí recomiendo verla. Porque incluso un Woody Allen un tanto disperso sigue siendo Woody Allen. Y el trabajo volcado aquí, tal como el de las películas del norteamericano, merece verse y discutirse. Después de todo, no es muy usual que el público limeño esté expuesto a interacciones idiomáticas del calibre que se encuentran en esta obra. Véanla. Y luego me cuentan qué les pareció.
Sergio Lescano
9 de junio de 2026

No hay comentarios:
Publicar un comentario