viernes, 12 de junio de 2026

Crítica: HOGAR HOGAR HOGAR


Cuando los padres también fueron hijos

Dirigida por Osmar Orihuela e interpretada por Geraldine Rosario, Nicol Vallejos y Miguel Oré, Hogar Hogar Hogar construye una historia sobre la memoria familiar, las heridas heredadas y la posibilidad de pedir perdón incluso cuando parece demasiado tarde.

La obra inicia con una imagen dominada por una intensa iluminación azul que envuelve el escenario en una atmósfera fría, casi congelada. Tres personajes aparecen en escena mientras el color parece suspenderlos en un tiempo detenido. La elección visual instala una sensación de nostalgia y distancia emocional, aunque su uso prolongado termina saturando la mirada y resta fuerza a otros momentos que podrían beneficiarse de mayores contrastes.

La historia nos presenta a una pareja de padres ancianos que espera el regreso de su hija, conocida cariñosamente como “la chata”, quien abandonó el hogar siendo muy joven. Mientras aguardan, ambos comienzan a reconstruir sus recuerdos en busca de una explicación. ¿Qué hicieron mal? ¿En qué momento la perdieron? La pregunta los obliga a regresar a sus propias infancias, marcadas por formas de crianza violentas y restrictivas que ellos juraron no repetir.

Sin embargo, la obra encuentra precisamente allí su conflicto más interesante. Los padres no reprodujeron exactamente los mismos errores que sufrieron, pero construyeron nuevas formas de descuido. La madre sobreprotege a su hija hasta infantilizarla, mientras el padre permanece emocionalmente distante, refugiado en el alcohol y en una presencia intermitente. Sin proponérselo, ambos terminan dañando aquello que más desean proteger.

La dramaturgia acierta al evitar personajes completamente buenos o completamente malos. Lo que aparece en escena son seres humanos intentando amar con las herramientas que poseen. La obra recuerda algo que suele olvidarse con facilidad: nuestros padres también fueron jóvenes, también tuvieron sueños, también cargan heridas heredadas y, muchas veces, aprendieron a ser padres mientras nos criaban.

Cuando la hija finalmente reaparece, ya convertida en una mujer adulta marcada por el resentimiento, el encuentro evita caer en la reconciliación fácil. Lo que emerge es algo más sencillo y quizá más honesto: el reconocimiento de los errores, la voluntad de pedir disculpas y la certeza de que el afecto nunca desapareció del todo. Allí la obra encuentra sus momentos más conmovedores.

A nivel escénico, sin embargo, la propuesta presenta dificultades importantes. Las interpretaciones resultan irregulares y en varios momentos las emociones parecen representadas desde la intención de sentir antes que desde una verdadera construcción del personaje. Algunos pasajes de llanto y vulnerabilidad generan una sensación de desborde que termina desplazando la atención de la historia hacia el esfuerzo del intérprete. Del mismo modo, ciertos parlamentos carecen de dirección clara, variedad de inflexiones o presencia física sostenida, debilitando escenas que dramáticamente poseen un potencial considerable.

La puesta también incorpora algunos recursos simbólicos que buscan diferenciar determinados recuerdos del resto de la narración. No obstante, estas intervenciones aparecen de manera aislada dentro de un código predominantemente realista y terminan sintiéndose desconectadas del lenguaje general de la obra. Algo similar ocurre con los cambios de vestuario realizados frente al público. La decisión podría funcionar como parte de una convención escénica visible, pero la duración de las transiciones afecta el ritmo y diluye parte de la tensión construida previamente.

Pese a ello, Hogar Hogar Hogar encuentra su mayor fortaleza en la sensibilidad de su escritura. Hay una comprensión genuina de los vínculos familiares y de las contradicciones que habitan en ellos. Más allá de las limitaciones de la puesta, la historia logra tocar una fibra reconocible para muchos espectadores adultos: la de descubrir que nuestros padres no fueron héroes ni villanos, sino personas aprendiendo a vivir mientras intentaban enseñarnos a hacerlo.

La obra deja una pregunta sencilla pero poderosa: ¿qué ocurre cuando entendemos que quienes nos criaron también estaban improvisando? Tal vez allí se encuentre el verdadero hogar que propone este montaje. No un lugar perfecto ni libre de errores, sino un espacio donde todavía es posible mirar las heridas, nombrarlas y, finalmente, intentar repararlas.

Naomi Noblecilla

12 de junio de 2026

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