Intimidad a flor de piel
Hace unos días se estrenó la obra La golondrina en Campo Abierto, en Miraflores. El texto es del autor español Guillem Clua, bajo la dirección de Rodrigo Torres y con las actuaciones de Attilia Boschetti y Eduardo Camino.
La golondrina, obra inspirada en el ataque terrorista al bar Pulse de Orlando, es un drama de alto voltaje emocional que confronta directamente al espectador con las heridas del duelo, la homofobia e incapacidad de comunicarnos. La historia sigue a Ramón (Eduardo Camino), quien acude a la casa de Amelia (Attilia Boschetti) para recibir clases de canto y preparar un homenaje a su madre fallecida y lo que comienza como un encuentro fortuito se va convirtiendo en un juego donde las verdades a medias de desarman de manera desgarradora.
En esta ocasión resalto el trabajo del director Torres, quien supo controlar la intensidad de la historia sin exagerar; si se hubiera dejado llevar por el drama fácil, habría arruinado por completo la sorpresa. Por ello, comenzó la obra con calma, permitiendo que el público sintiera la tensión y la incomodidad inicial de los personajes: con mano firme, Torres manejó la evolución de ambos, demostrando que en este montaje los silencios dicen tanto como las palabras.
Sin embargo, el corazón del montaje late gracias al trabajo de los actores. Boschetti maneja la severidad de su personaje con maestría, haciendo que las grietas de su vulnerabilidad aparezcan sutilmente antes de un devastador colapso final. Asimismo, Camino ofrece una actuación conmovedora al interpretar a un Ramón que contrasta el nerviosismo de una urgencia contenida con la profunda necesidad de ser escuchado. Definitivamente, la química y la complicidad entre ambos se sienten sobre el escenario.
Es necesario mencionar que el espacio, Campo Abierto, juega a favor de la intimidad exigida por la obra. La escenografía logra que la puesta en escena se sienta viva, mientras que la iluminación está diseñada para acentuar el paso del tiempo y el aislamiento de los personajes. Por su parte, el uso del sonido y los fragmentos cantados se convierten en el vehículo principal de la catarsis, demostrando que la música funciona como un lenguaje capaz de unir lo que la intolerancia y el orgullo han separado.
En conclusión, La golondrina es una obra necesaria que confronta al espectador con la empatía y la redención. El montaje de Torres se concentra en la belleza de la reconciliación a través del arte y el dolor compartido, mientras que Boschetti y Camino entregan actuaciones profundamente conmovedoras.
Javier Bendezú
1° de junio de 2026
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