Dos palabras que jamás deberían ir juntas
Niños Soldados es el apto título del unipersonal protagonizado por Godo Lozano y dirigido por Jorge Villanueva, que recopila testimonios de ex integrantes de la milicia y los teatraliza en un montaje que integra música en vivo, recursos audiovisuales, y el uso intermitente del idioma quechua para dar vida y voz a historias a las que muy pocas veces se les ha dado la relevancia y el peso que merecen. El proyecto, que tiene funciones todos los miércoles en el Teatro Ricardo Blume en Jesús María, cuenta también con el apoyo dramatúrgico de Carla Valdivia, quien con sus palabras ayuda a enlazar estas vivencias y a darles concordancia, coherencia y contexto. Son muchas las mentes creativas detrás de esta propuesta, pero ¿logran realmente unificarse estos testimonios en una pieza teatral conmovedora y cohesiva, o es que su innegable potencia se ve mitigada por la abundancia de ideas y la sobreestimulación a la que somete a su público?
El principal acierto de Niños Soldados es el diálogo que nos invita a tener después de que la función haya terminado. Uno que involucra un tema del que no se habla suficiente, y que está viéndose reflejado en la atormentada salud mental de cientos (¿miles?) de peruanos y peruanas cuyas vidas han sido marcadas por la guerra, por la vida militar, y por la cruel inserción de niños y niñas al ejército. Esta conversación solo surge debido a que este montaje tiene una tesis clara, de la que no se asusta ni por la cual se amilana, y que en líneas generales postula que es una terrible injusticia la que estas personas cuyos testimonios conforman la columna vertebral de la obra han vivido. Y es que, ¿qué podría ser más cruel que arrebatarle por completo la infancia a un niño? ¿Qué podría ser más deleznable que colocar un rifle en sus manos en lugar de un juguete? ¿Qué clase de futuro le espera a alguien forzado a separarse de sus padres y a vivir en medio de conflictos terroristas? Estas son preguntas en las que muchos de nosotros no pensamos jamás ya que no representan nuestra realidad, pero que permean la obra de inicio a fin, apareciendo orgánicamente en nuestros subconscientes conforme esta avanza, y demandando respuestas y explicaciones mucho después de que termina.
El texto en sí representa otro gran acierto, ya que aborda temas controversiales y difíciles como lo castrante, miserable y penosa que puede ser la vida militar de forma frontal y sin tapujos, exponiendo los abusos, discriminación y maltrato que reciben diariamente los cadetes. La obra tampoco es tímida en cuanto a explorar los rezagos y traumas que vivir en carne propia la realidad de la guerra desatan en una persona. Más allá de la dramaturgia, el unipersonal se ve también elevado de sobremanera por un elemento que, bien utilizado, puede tener efectos hiper efectivos: la música. Magali Luque hace más que acompañar el montaje con piezas musicales inéditas. A través de su voz y de sus instrumentos, la talentosa artista construye atmósfera, cala emociones, invita a la reflexión e hilvana momentos de forma hermosa y taciturna. Godo Lozano también aporta desde su trinchera y nos conduce eficientemente a lo largo de toda la pieza con aplomo, entrega y convicción. El montaje no es corto, y es un gran mérito del actor que nunca se vuelva aburrido verlo en escena. Siempre nos está dando algo. Siempre está en acción. Y siempre nos interpela a seguir viendo, por más difícil y duro que sea procesar lo que vemos.
¿Existen aspectos que creo que podrían mejorarse? Sí. Considero, por ejemplo, que el involucramiento del público (hay momentos en los que se rompe la cuarta pared), es innecesario y por momentos ralentiza o entorpece el flujo del montaje. Creo, además, que el manejo de la cámara que registra elementos en vivo que son proyectados en pantalla gigante podría ser más prolijo y su uso más puntual. Siento finalmente que la dirección actoral de Godo podría ir más allá y exigir más de su actor, quien sin duda cumple su labor de forma competente, pero que podría terminar de explotar en escena y de hacernos testigos de su explosión. Más allá de cualquier falencia, sin embargo, recomiendo totalmente ver esta obra. No solo porque los testimonios desplegados aquí son importantes y deben conocerse, sino porque Villanueva ha encontrado una forma muy interesante y altamente sensible de traerlos a la luz, no dejando que el rencor y frustración que suscita oírlos se asienten del todo en nosotros, sino ofreciendo un rayo de luz de esperanza al final del montaje. Ese es para mí el mayor logro de esta puesta teatral. Que a pesar de que hay mucho por denunciar, mucha carga negativa que corroe estos testimonios, también está el valor de la resiliencia, la posibilidad del autodescubrimiento y reconstrucción de uno mismo después del trauma, y la llama de la inocencia perdida, que sorprendentemente sigue alumbrando después de todo. Les quedan dos funciones más, los miércoles 15 y 22 de julio. Vayan. No se arrepentirán.
Sergio Lescano
12 de julio de 2026

No hay comentarios:
Publicar un comentario