Dos tragedias sin tragedia
Hay textos que han sobrevivido siglos, porque su fuerza dramática no depende de la espectacularidad de un montaje, sino de la contundencia de sus conflictos. Medea y Antígona pertenecen a ese grupo de tragedias que siguen interpelando al espectador gracias a personajes atravesados por decisiones irreversibles, pasiones extremas y dilemas morales de enorme intensidad. Llevarlas nuevamente a escena supone un reto considerable, pero también ofrece una base dramatúrgica sólida sobre la cual construir. Sin embargo, la propuesta dirigida por Jonathan Chumpitaz para Ellas (Historias de Antígona y Medea), presentada en el CAFAE, termina despojando a ambas obras precisamente de aquello que las ha convertido en clásicos: el conflicto.
Dividido en dos actos, uno dedicado a Medea y otro a Antígona, el montaje opta por una síntesis de ambas tragedias. No obstante, la condensación del texto no se traduce en una lectura más clara o potente, sino en una sucesión de acontecimientos narrados superficialmente. En lugar de permitir que las acciones dramáticas ocurran frente al espectador, gran parte del montaje se limita a explicar lo que sucede. Las escenas carecen de progresión, los conflictos aparecen resumidos y los personajes enuncian información sin que esta transforme realmente la situación escénica. El resultado es una adaptación que conserva los nombres de los personajes, pero pierde la esencia de las tragedias que intenta representar.
Esta pérdida de fuerza dramatúrgica encuentra un eco inmediato en la dirección. La construcción de las escenas evidencia una ausencia de tensión sostenida y una composición escénica incapaz de organizar con claridad las relaciones entre los personajes. Los desplazamientos, especialmente en Medea, se perciben indefinidos y responden más a la necesidad de ocupar el espacio que a una lógica dramática. Las acciones físicas rara vez comunican un objetivo concreto, lo que termina debilitando el desarrollo de los conflictos. En una tragedia, donde cada decisión debería empujar inevitablemente hacia el desenlace, la sensación predominante aquí es la de una escena que permanece estática.
Las actuaciones profundizan esta sensación. En términos generales, el elenco transmite una preocupante desconexión entre el actor y el personaje. La escucha escénica es prácticamente inexistente, las réplicas no modifican el comportamiento de los personajes y la presencia escénica se sostiene únicamente por la ocupación física del escenario, no por la construcción de vínculos o de objetivos dramáticos.
Las protagonistas ilustran este problema desde extremos distintos. La Medea del montaje apuesta por una interpretación constantemente exaltada, pero la intensidad nunca encuentra una motivación clara. El resultado es una sobreactuación que permanece en la superficie y que, lejos de transmitir el dolor, la humillación o la furia del personaje, termina volviéndose repetitiva. En contraste, Antígona recorre el extremo opuesto: su interpretación permanece prácticamente inalterable durante toda la obra. La escasez de matices vocales, emocionales y corporales convierte a uno de los personajes más firmes y desafiantes del teatro occidental en una figura plana, incapaz de transmitir la convicción que sostiene cada una de sus decisiones.
A nivel visual, el montaje tampoco logra construir un universo escénico que compense estas carencias. La escenografía se reduce a algunos cubos y columnas cuya presencia nunca adquiere una función dramática significativa. El vestuario resulta elemental y aporta poco a la construcción de los personajes o a la identidad de la propuesta. Paradójicamente, la iluminación constituye uno de los pocos elementos resueltos con cierto acierto. La atmósfera que propone podría haber reforzado la dimensión trágica de ambas historias; sin embargo, al no existir una dirección escénica que la aproveche, termina funcionando únicamente como un recurso estético aislado.
La selección musical tampoco consigue integrarse al conjunto. Aunque predomina el uso de piezas de carácter clásico, la coherencia sonora se rompe hacia el final con una elección musical que desentona por completo con el universo construido hasta ese momento. Más que producir un efecto de contraste deliberado, la decisión genera desconcierto y termina debilitando la unidad estética del montaje.
Quizá el aspecto más preocupante de Ellas (Historias de Antígona y Medea) no sea la precariedad de sus recursos materiales, sino la sensación de que el montaje no alcanza a comprender el funcionamiento interno de las tragedias que adapta. Medea no conmueve únicamente porque asesina a sus hijos; conmueve porque cada acción nace de un conflicto devastador. Antígona no permanece vigente porque desafía una ley, sino porque ese desafío enfrenta dos concepciones irreconciliables de la justicia. Cuando esos conflictos desaparecen, las tragedias dejan de ser tragedias y se convierten en una sucesión de hechos relatados sin verdadera urgencia dramática.
El resultado es un montaje que difícilmente permite comprender la magnitud de estas obras, si el espectador no las conoce previamente. Para quienes sí las conocen, la experiencia resulta todavía más frustrante, pues evidencia cuánto se ha perdido en el proceso de adaptación. En lugar de reavivar la fuerza de dos de los textos más importantes del teatro occidental, Ellas (Historias de Antígona y Medea) termina ofreciendo una versión desprovista de la intensidad, el rigor y la potencia que les han permitido trascender durante más de dos mil años.
Naomi Noblecilla
4 de julio de 2026
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