Sanar aquello que no sabías que requería cura
Refugio es el nombre elegido para denominar una peculiar y casi inclasificable propuesta artística interdisciplinaria dirigida por Analucía Rodríguez y Jimena Acuña, y protagonizada por la actriz bordadora Diana Chávez. La Sala Quilla, ubicada en Barranco, es el telón de fondo de una experiencia teatral que combina, entre otras cosas, bordado en vivo, música inédita original y realización audiovisual. El montaje, de poco más de una hora de duración, no tiene nada de diálogo; más bien apuesta por comunicar sus ideas de forma netamente sensorial. ¿Logran las realizadoras hacer que todas las disciplinas artísticas que conforman esta obra converjan armoniosamente en un mismo escenario, o es que la abundancia de estímulos e ideas hacen que el producto final termine siendo uno demasiado disperso y confuso como para realmente funcionar?
Diana Chávez ocupa el centro del escenario y borda apaciblemente mientras el barullo del público va haciéndose cada vez más bajo. A su derecha, una gran tela rectangular muestra proyectado en primer plano lo que una pequeña cámara ubicada a la altura del hombro de la actriz está registrando en tiempo real: el bordado de Diana visto desde un ángulo semi picado que nos permite ver el proceso a gran detalle. El efecto es inmediato y cautivador. No solo vemos a la artista realizando su labor, sino que vemos el arte que está siendo creado por ella momento a momento magnificado gracias al poder de la cámara. La imagen la completa otra gran tela (ubicada a la izquierda de la actriz), de cuyo centro se desprenden varios hilos que van conectando distintos retratos (momentos) de la vida de la actriz. Este es solo el inicio de Refugio, pero lo describo para evidenciar el cuidado, la meticulosidad y el amor con que indudablemente fue realizado este montaje. Lo que ocurre a partir de aquí no lo describiré con tanta precisión; basta con decir que la actriz empieza a interactuar con todos los elementos que la rodean, y es precisamente la naturaleza de estas interacciones lo que revela el mayor acierto de Refugio: su habilidad para conmocionar al público, sin el uso de las palabras, evocando sensaciones y emociones concretas a partir de momentos y acciones abstractas.
¿Por qué ver una obra como Refugio? Tres razones se me vienen inmediatamente a la mente. Primero, porque es un portal de emociones mutable, cuyo efecto dependerá de nuestra propia interpretación, lo cual lo hace sumamente interesante y único. Segundo, porque vivimos en un mundo tan sobre estimulado, tan bullicioso, inmediato y urgente que a veces nos olvidamos del poder del silencio. El hecho de que este montaje elija no usar palabras, en el contexto en el que vivimos, es muy valiente y arriesgado, ya que nos obliga a hacer eso que a veces parece habérsenos olvidado: ver y escuchar de verdad; prestar toda nuestra atención a una sola cosa; conectar con otra persona y dejarnos afectar por sus experiencias, lo cual en consecuencia nos hace conectar con nosotros mismos. Y finalmente, porque creo que más que nunca, el mundo necesita más empatía. Y esto no es algo que aparezca mágicamente en nosotros. La empatía -y la sensibilidad-, se entrenan, se desarrollan. Y ver obras de este tipo es una gran forma de hacerlo, ya que, al carecer de texto, el impacto de sus mensajes es mucho más directo, primitivo en el mejor sentido de la palabra, y altamente emocional.
Salí muy conmovido después de ver Refugio. Pero no solo eso. Salí con mil ideas revoloteando en mi cabeza; metáforas de vida y simbolismos que me regaló el montaje y que no menciono porque creo que será mucho más valioso que cada persona reciba de esta puesta escénica lo que necesita en ese momento. Tienen solo una función más, el 26 de junio. No la dejen pasar. Vayan con la mente y el corazón abiertos y regálense un momento de paz y de introspección. Ya saben. Esos que en el mundo actual son lamentablemente cada vez más escasos.
Sergio Lescano
22 de junio de 2026
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