lunes, 31 de agosto de 2026

Crítica: UNA MUERTE LIGHT


Una muerte divertida

Divertida es la primera palabra que describe esta obra. Dos trabajadores acaban de ser despedidos y no pueden irse sin resolver una situación inesperada: un antiguo compañero acaba de morir en el baño y ellos se sienten involucrados y por ello cometen una serie de torpezas que los enredan cada vez más. Luego, lo que parece resolverse entre ellos se complica al intervenir un tercer personaje: el vigilante de la empresa y su relación con el fallecido y finalmente, la gerenta que acaba de completar la tarea de despedir a más de mil trabajadores para facilitar la absorción de la empresa y con ello ha provocado una protesta incontrolable.

Comedia de enredos a partir de una desgracia es una fórmula efectiva, que Carlos La Rosa, autor y director de la obra, ha sabido utilizar. El escenario minimalista, con algunas cajas de depósito en el suelo, nos enfoca en la situación: lo único que le queda a los despedidos son sus cajas de mudanza. En ellas se encierran sus historias personales de estrés y ansiedad laboral y las cargan con resignación. La desesperación que nos hace reír no es más que la desolación que produce el desempleo, la incertidumbre por el futuro. Todo queda en suspenso hasta que se decida qué hacer con el muerto. El humor negro atravieza la obra de manera efectiva.

La muerte no es motivo de risa sino las conductas absurdas que adoptamos frente a ella. El miedo a las investigaciones, el sentido de culpa, ambos sin fundamento, la oportunidad de convertir la tragedia en una salida a la crisis que representa el despido.

El texto hace varias referencias al teatro, como es común en los grupos en formación actoral y casi siempre es un exceso. En este caso hay una excusa: el difunto ha dejado un juguete que permite que las personas digan lo que no podrían hacerlo naturalmente. La obra desaprovecha las posibilidades que brinda ese personaje animado, que podría desarrollar para otra puesta.

Las actuaciones son aceptables, entre las que destaca Roni Ramírez, que personifica a Manuel, el trabajador que estuvo con el fallecido cuando murió. Su compañero Brian Cano lo sigue atropelladamente. Su dicción defectuosa nos recuerda al gordo Casaretto y cuando se enreda al leer un correo electrónico hace estallar en risa al auditorio y él tampoco puede contener la risa (disculpen el spoiler). Entonces, lo que sería un imperdonable en un drama resulta ser un aliciente para que el público se ría con él y desde allí la obra se afirma como comedia y toma un mayor ritmo.

Con mayor control de sus personajes, los ingresos del vigilante Daniel Cano y la gerenta Valquiria Che-Piú permiten ampliar el enredo de oficina inicial y elevarlo a magnitudes sociales, con mayores elementos.

Una muerte light logra su objetivo: divertir y así es una buena experiencia de La Patriota que augura mejores puestas.

David Cárdenas (Pepedavid)

31 de agosto de 2026 

Crítica: NO ESTOY LOCA

 


¿Y qué si estoy loca?

Tras siete años del estreno de su último musical original, la Asociación Cultural Playbill regresa con No estoy loca, un musical inédito escrito y protagonizado por Anahí de Cárdenas, dirigido por Diego Gargurevich y con letra y música de Rowi Prieto. El resto del elenco lo conforman Andrés Salas, Juan Carlos Rey de Castro, Vanessa Escudero, Vera Pérez-Luna, Junior Baglietto, Miguel Álvarez, Trilce Cavero, Majo Bueno, Raúl Romero y el mismo Rowi en un papel secundario. El Teatro Municipal de Surco, ubicado al interior del ya emblemático Parque de la Amistad, es sede de esta locura musical que busca conquistar a su público abordando el complicado tema de la salud mental desde una mirada cómica, pero a la vez realista. ¿Logra el espectáculo tocar las notas correctas de comicidad y drama, o es que el tema prueba ser demasiado extenso y controversial como para funcionar en el formato propuesto? 

Hablar de No estoy loca es fácil y difícil a la vez. Fácil porque no hay mucho (nada, en realidad que podría “criticar”), pero difícil porque quiero realmente hacerle justicia a toda la labor puesta sobre la página y sobre las tablas. Empecemos por la trama. La historia sigue a Ana, una mujer que después de haberse intentado matar es ingresada al hospital psiquiátrico Amor y Paz, lugar donde conoce a un puñado de personajes que no solo pondrán a prueba la poca cordura que le queda, sino que la ayudarán a descubrir cosas sobre sí misma que jamás pudo haber descubierto sola. A través de canciones alegres, emotivas, catárticas y empoderadoras -a veces todo a la vez-, Ana nos hace partícipes de su viaje personal de sanación, el cual termina de forma climática e inesperada. 

El texto de Anahí brilla desde el primer diálogo. Está escrito de manera económica; cada frase es importante ya que cumple un objetivo específico, y destaca sobre todo por su acertado uso del humor, el cual a pesar de valerse de unas cuantas lisuras, increíblemente nunca llega a caer en lo vulgar. Los momentos más dramáticos conmueven y los chistes aterrizan siempre, y aquí debo de hacer un necesario punto de inflexión. Un texto puede ser muy logrado a nivel dramatúrgico, pero por más gracioso y/o conmovedor que este sea, su efecto requiere -y depende- de la destreza actoral de su elenco, quienes son finalmente sus encargados y portavoces. Afortunadamente, el elenco de esta obra está más que a la altura de la dramaturgia de Anahí, exprimiendo cada texto, haciéndolo suyo, otorgándole peso, ritmo y gracia con una facilidad admirable que no solo denota el gran talento de cada uno, sino el arduo trabajo actoral involucrado. Pero no solo el manejo de texto es bueno; la construcción de personajes a nivel físico y vocal es sumamente divertida, extrema y plenamente interiorizada. Gargurevich aprovecha el código absurdo que propone el texto de Anahí y lo lleva al límite en su dirección de actores, extrayendo de su elenco personajes estrambóticos, chistosísimos y muy particulares que podrían tranquilamente aparecer en una película de Tim Burton. De hecho, Trilce Cavero como la enfermera María parece directamente sacada de Sweeney Todd, musical dirigido por Burton. Menciono al renombrado director norteamericano como referencia porque tal como su cine, esta obra tiene una visión estética muy específica y un look muy cuidado. Apoyándose mucho del color verde, el equipo de vestuario y caracterización liderado por Tito Icochea logra otorgar a los personajes una cualidad visual imposible de no admirar. Incluso en los personajes del ensamble, quienes portan prendas similares, existen decisiones estéticas que los diferencian entre sí (el cabello, una prenda reimaginada, algún detalle que es único de ellos). De la misma forma, la dirección de arte liderada por Bea Chung logra transportarnos de verdad a un sanatorio lúgubre, pero cómico, rodeado por cuervos cuyos esporádicos graznidos aportan al ambiente demencialmente gótico construido. Finalmente, la música compuesta por Rowi Prieto logra conquistarnos con ritmos pegajosos, letras con las que es sencillo identificarse, y melodías que evocan una gama completa de emociones en el público que van desde la melancolía hasta el empoderamiento. Las canciones no solo expanden el universo emocional único de cada personaje, sino que yuxtaponen momentos narrativos cumbre y ayudan a que la trama avance de forma dinámica e interesante. 

Si tuviera que elegir el elemento que más me gustó del montaje creo que sería la destreza con la cual logra intercalar comedia y drama. La risa es inevitable, pero a lo largo de prácticamente todo el texto, camuflado en secuencias musicales, cómicas y también dramáticas, abundan las verdades incómodas sobre las instituciones psiquiátricas, un atisbo a las amistades que pueden surgir al interior de una, reflexiones punzantes sobre salud mental, un comentario social muy importante acerca del suicidio, observaciones sobre la naturaleza verdadera de la locura, meditaciones sobre la convivencia con el dolor, y sobre todo una oda a la resiliencia que demanda el vivir con un trastorno de salud mental. Brindar todo este contenido emocionalmente cargado empaquetado de forma tan vistosa y cómica es algo que hace Disney de forma magistral (los que han visto Intensamente 2 entenderán a lo que me refiero), y lo aplaudo porque ese balance no se suele ver seguido en nuestra cartelera, precisamente por la dificultad que implica conseguirlo.

No estoy loca es, pues, más que una obra: es una celebración del dolor como portal hacia la fortaleza, un recordatorio de la importancia de vivir el presente, y un aplauso al valor que implica pedir ayuda cuando uno no se encuentra bien. Es también un gran ejemplo de lo que sucede cuando todos y cada uno de los componentes que hacen del teatro buen teatro funcionan y trabajan al unísono y al servicio del material, creando así algo que va más allá de un espectáculo: una verdadera y literal obra de arte. Les quedan cuatro funciones más, el 3, 4, 5 y 6 de setiembre. Véanla. Van a reír, van a llorar, y van a salir distintos de como entraron. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

31 de agosto de 2026

domingo, 30 de agosto de 2026

Crítica: LLAMADA MOFA


Entre lo que vemos y lo que queda fuera de escena

Hay algo particularmente interesante en una obra que decide hacer del teatro su propio territorio de exploración. Llamada Mofa, presentada por el Grupo Espacio Libre en el marco de sus 27 años de trayectoria, parte justamente de ese universo: el escenario, sus códigos, sus expectativas y aquello que ocurre cuando la representación deja de responder a lo que estaba previsto.

La propuesta de Karlos López Rentería, bajo la dirección de Diego La Hoz, construye una situación en la que los límites entre ficción y realidad se vuelven progresivamente más permeables. El espectador es invitado a observar no solamente aquello que sucede frente a sus ojos, sino también las relaciones, tensiones y circunstancias que pueden modificar el curso de una función. Es, en cierta medida, una mirada al teatro desde el propio teatro.

Uno de los elementos que atraviesa la experiencia es el humor, utilizado como vía para aproximarse a situaciones que adquieren distintos niveles de tensión. Esta convivencia entre lo cómico y lo conflictivo genera una dinámica particular en la que los personajes deben responder constantemente a circunstancias que escapan de su control. La puesta apuesta así por un movimiento continuo entre diferentes estados, dejando espacio para que el público complete y cuestione aquello que observa.

Más allá de las distintas lecturas que pueda suscitar la obra, resulta importante valorar el hecho de que una agrupación como Espacio Libre continúe generando temporadas y convocando a artistas alrededor de nuevas propuestas. Mantener vivo un proyecto teatral durante 27 años implica una constancia que merece ser reconocida, especialmente en un contexto en el que producir y sostener una temporada supone un esfuerzo considerable. Cada función concretada y cada sala que logra convocar espectadores forman también parte de ese trabajo silencioso que sostiene la actividad teatral.

En ese sentido, Llamada Mofa encuentra uno de sus mayores valores en la posibilidad de propiciar un encuentro entre artistas y espectadores alrededor de una pregunta que el propio teatro parece formularse constantemente: ¿qué ocurre cuando aquello que debía permanecer detrás de escena termina irrumpiendo en nuestra mirada?

Finalmente, desde la experiencia de Oficio Crítico, es importante destacar la disposición del equipo de producción, cuya puntualidad, coordinación y trato amable contribuyeron a una recepción especialmente cordial. El trabajo de una puesta en escena no comienza ni termina con lo que sucede sobre las tablas; también se construye en cada una de las personas que hacen posible que una función ocurra.

Llamada Mofa cuenta con la dirección de Diego La Hoz, la producción del Grupo Espacio Libre y las actuaciones de Sadith Arévalo, Silvana Arditto, Nicolás Audala, Alonso Olazábal, Tahili Sánchez e Ysmael Uriarte, quienes asumen el desafío de sostener esta propuesta y llevarla al encuentro directo con el público.

Tammy Alfaro

30 de agosto de 2026

Crítica: CARTOGRAFÍAS DE UN AMOR LATINOAMERICANO


Amar sin fronteras: el refugio de la nostalgia

Cartografías de un amor latinoamericano es una producción de Liminal Teatro —con el apoyo del Club de Teatro de Lima, Se Logra Producciones y Pacae Café— escrita y dirigida por César Ulloa Cuéllar. Protagonizada por Steven Buendía y Jesús Oro, la obra sigue a dos hombres que exploran el deseo, el amor queer y la nostalgia de estar lejos de casa, mientras intentan construir una relación libre de fronteras físicas y emocionales.

El texto de Ulloa Cuéllar evita el realismo tradicional y se construye con recuerdos, escenas breves y reflexiones metafóricas sobre la migración en Latinoamérica. Su gran acierto es mostrar que migrar no es solo cruzar una frontera, sino quedar emocionalmente desprotegido, convirtiendo al amor entre los protagonistas en su único refugio. Sin embargo, por momentos el lenguaje es demasiado denso y el intento de abarcar tantos problemas sociales opaca la relación principal. Aun así, la obra se mantiene firme gracias a la belleza de sus diálogos.

La química y la fuerza física de los actores son el verdadero motor de la obra. Su trabajo destaca porque construyen una intimidad muy real y muestran la vulnerabilidad de los personajes con respeto, sin caer en clichés o caricaturas sobre el migrante. Va más allá de las palabras: el miedo a la deportación, la nostalgia y la necesidad de afecto se transmiten a través de sus miradas, gestos y un desgaste físico notable.

La dirección acierta al adaptar una historia tan amplia al espacio íntimo del Club de Teatro de Lima. Con pocos recursos, logra transformar el escenario de forma dinámica y mantener un buen ritmo durante toda la obra. Para ello, el trabajo de producción es sobresaliente, sobre todo tratándose de una obra independiente. La escenografía es sencilla y práctica, pero cobra vida gracias a la iluminación y el sonido. El uso de sombras, luces cálidas y frías, junto con los ruidos de ciudad y la música de fondo, crean la atmósfera perfecta sin recargar el escenario.

Finalmente, Cartografías de un amor latinoamericano es una obra que vale la pena ver. Aunque el texto puede reducir sus excesos poéticos, la puesta triunfa al ofrecer un retrato honesto, conmovedor y esperanzador sobre el derecho a amar y encontrar un hogar en una Latinoamérica dividida.

Javier Bendezú

30 de agosto de 2026

Crítica: II FESTIVAL CORAZÓN ABIERTO


Donde los cuerpos disidentes se vuelven protagonistas

Hay algo profundamente político en abrir una sala y permitir que ciertos cuerpos, ciertas voces y ciertas historias dejen de pedir permiso para existir. Sala Quilla se convierte, durante el II Festival Corazón Abierto, en un territorio de pertenencia, resistencia y disidencia, un espacio que no solamente recibe tres obras, sino que hace lugar a una comunidad históricamente desplazada hacia los márgenes de la representación. El teatro, tantas veces ocupado por miradas ajenas sobre lo queer, aquí decide devolverle el centro a quienes han sido narrados desde afuera.

Gestado por Juan Velasco y Andrew Taype, Corazón Abierto nace de una necesidad que todavía resulta urgente: reclamar espacios de representación para la comunidad TLGBIQ+, cuyas existencias han sido reducidas con demasiada frecuencia al estereotipo, a la tragedia, al personaje secundario o a la condición de objeto de deseo. Frente a ello, el festival propone algo elemental y, precisamente por eso, radical: que sean los propios creadores de la comunidad quienes escriban, dirigan y encarnen sus historias. Tres obras, tres aproximaciones distintas a lo disidente y una misma pulsión por hacer del escenario un lugar donde estas vidas puedan mirarse sin traducirse para nadie.

La primera pieza, ¿Te volveré a ver?, escrita por Luciano Perochena y dirigida por Germán Díaz, se instala en el territorio de la tragicomedia realista para observar una relación queer atravesada por el desgaste, la pérdida y ese último intento casi desesperado de salvar un vínculo que ya parece roto. Renito Morales Bermúdez y Samir Sayac, sostienen una dinámica escénica que se construye desde la intimidad, pero que encuentra en la dirección de Díaz una dimensión mucho más amplia.

Resulta particularmente estimulante la apuesta de Díaz por una narrativa de resonancias audiovisuales, donde la música, la iluminación y la composición de los cuerpos construyen una gramática que excede la palabra. La obra parece dialogar con una sensibilidad heredera de Love - La obra, no tanto por reproducir una estética determinada, sino por la manera en que convierte la banda sonora en una extensión emocional de aquello que los personajes no consiguen verbalizar. La luz deja de ser un elemento meramente funcional y empieza a esculpir los cuerpos queer, a hacerlos visibles, deseables, vulnerables. Hay una voluntad de mirar aquello que todavía incomoda cuando aparece sin pedir disculpas. Y quizá allí radique uno de los gestos más interesantes del montaje: no esconder lo queer dentro del escenario, sino permitir que ocupe toda su superficie.

Luego aparece Amores (Ale)torios, escrita por Chiara Rodríguez Marquina y dirigida por Estrella Páucar, una comedia de enredos protagonizada por Sol Gonzales y Gada Perales que se introduce en uno de los grandes dispositivos afectivos de nuestra contemporaneidad: las aplicaciones de citas. Tinder, los algoritmos, el deseo convertido en interfaz y la promesa absurda de que un movimiento de dedo puede acercarnos al amor.

La pieza consigue llevar este universo tecnológico hacia una experiencia reconocible y cotidiana, pero lo verdaderamente significativo radica en quiénes ocupan ese territorio afectivo. Durante demasiado tiempo, las narrativas lésbicas y sáficas han permanecido relegadas incluso dentro de las propias representaciones de la diversidad sexual. Por eso resulta necesario y todavía subversivo encontrar personajes femeninos queer que no estén construidos únicamente desde el sufrimiento, la marginalidad o la tragedia. Aquí hay mujeres que desean, que se equivocan, que buscan, que coquetean y que también pueden ser ridículas en nombre del amor.

En un contexto teatral peruano donde la representación de las experiencias lésbicas continúa siendo escasa, Amores (Ale)atorios abre una grieta importante: la posibilidad de pensar lo femenino queer desde otros lugares, particularmente desde el humor. Porque también hay algo profundamente político en permitir que una mujer que siente atracción por otra mujer pueda ser simplemente humana sobre un escenario: imperfecta, divertida, contradictoria, enamorada. No todo cuerpo disidente tiene que sufrir para justificar su presencia.

Finalmente aparece ContrActual, escrita por Marden y dirigida por José Carlos Goytizolo. Una pieza que se vale del humor, la fantasía y la metateatralidad para enfrentarse al determinismo afectivo: dos letras destinadas a amarse que, desde esa premisa aparentemente ingenua, terminan construyendo una alegoría sobre la identidad, la aceptación y el amor propio. Eduardo Pinillos y Numa Quintana encarnan este universo con una energía que encuentra su mayor potencia en la aparente sencillez de la propuesta.

ContrActual es idílica y grandiosa. No porque necesite levantar un universo espectacular para sostenerse, sino porque consigue algo mucho más complejo: cautivar desde la inocencia. La fantasía funciona como una puerta de entrada hacia discursos que podrían resultar solemnes si fueran abordados desde una lógica exclusivamente reivindicativa. Aquí, en cambio, la disidencia juega, imagina y se permite ser luminosa.

Hay, además, una particular complejidad en el trabajo de Pinillos y Quintana. Ambos construyen una relación que no se queda en la superficie de la alegoría, sino que encuentra momentos de verdadera organicidad y verdad escénica. Sus cuerpos, sus pausas, sus miradas y, sobre todo, el manejo del timing producen una dinámica que sostiene el juego metateatral sin dejar que la ficción se desarme. El humor aparece entonces no como un simple recurso para provocar la risa, sino como una herramienta para desmontar aquello que parecía inevitable: quién debe amar a quién, cómo debe hacerlo y bajo qué reglas.

Las tres obras de Corazón Abierto no son homogéneas y qué bueno que no lo sean. Una mira hacia el desgaste amoroso, otra hacia el deseo atravesado por la tecnología y otra hacia la fantasía como posibilidad de emancipación. Sus lenguajes también difieren: realismo, comedia de enredos, metateatro. Sin embargo, las atraviesa una misma necesidad: hacer del escenario un lugar donde la experiencia queer no tenga que justificarse para ser representada.

Y quizá allí reside la verdadera potencia del festival. No en presentar obras sobre la comunidad TLGBIQ+, sino en permitir que la comunidad produzca sus propias imágenes, construya sus propios relatos y decida cómo quiere ser mirada. Porque ocupar un escenario también es disputar el derecho a imaginarse.

Corazón Abierto abre, entonces, algo más que las puertas de una sala. Abre un territorio. Uno donde los cuerpos disidentes no aparecen como excepción, como tragedia o como nota al pie, sino como protagonistas de sus propias ficciones. Y en un teatro que todavía necesita ampliar desesperadamente aquello que considera digno de ser contado, abrir ese espacio no es un gesto menor: es una forma de resistencia.

Juan Pablo Rueda

30 de agosto de 2026

jueves, 27 de agosto de 2026

Crítica: AHÍ


El juego de la espontaneidad y la complicidad en escena

Ahí – lectura performática para 6 actores es una experiencia interesante de observar. Parte con la premisa de ser un juego teatral que pueda ser realizado por absolutamente cualquier persona. Diseñada por Bel Eiff en Buenos Aires y traída al medio local bajo la dirección de Isabel Chappell y Laura Delgado, la pieza parte de la premisa de ser un juego teatral diseñado para ser activado por cualquier persona, donde ni el elenco ni el espectador conocen de antemano el rumbo que tomará la noche.

A lo largo de veinticinco minutos, seis performers ocupan una mesa larga provistos únicamente de hojas de papel y retos secretos. Lo que se despliega ante los ojos del espectador es un ejercicio de instinto puro y respuesta inmediata. La disposición del espacio y la cercanía espacial convierten al público en una especie de observador participante, generando la sensación de ser testigos de una reunión social a través de una lupa, reconociendo un espacio de indagación sobre las dinámicas de la convivencia humana, la camaradería y la complicidad.

Ahí radica, justamente, el atractivo de la propuesta. En su rechazo a las estructuras dramáticas tradicionales para dar paso a la espontaneidad pura en tiempo real. Más que una obra convencional, la puesta funciona como un dispositivo performativo sobre el valor del presente y el juego colectivo. ahí ofrece una experiencia ligera, curiosa y profundamente honesta que apela a la frescura de lo imprevisto, recordando que a veces el teatro también puede ser el reflejo sin filtros de una reunión de amigos elevada a la categoría de evento escénico.

Daniela Ortega

27 de agosto de 2026

lunes, 24 de agosto de 2026

Crítica: YO ME QUERÍA MORIR ANTES QUE TÚ


Importante en su fondo, tibio en su forma

Fui a Campo Abierto para ver Yo me quería morir antes que tú, obra escrita por Magalí Meliá, dirigida por Nazira Atala Kahatt, interpretada por Jennifer Gorriti, Luisa María Tafur y Luis Jesús, y producida por Sie7e Preguntas.

Yo me quería morir antes que tú aborda la violencia de género, el duelo y los mandatos patriarcales desde una premisa sensible y cruda. Sin embargo, tropieza en su estrategia narrativa: al recurrir al dato explicativo y a la exposición didáctica de las red flags, el diálogo abandona la poesía de lo no dicho, reduciendo la tragedia humana a un simple estudio de caso.

Atala Kahatt es una buena directora; sin embargo, en este caso no logró una progresión que asfixiara gradualmente la sala. Las interpretaciones se estancaron en una meseta donde las escenas se sucedían sin contraste ni peligro. Faltó una mano firme que dosificara las pausas, potenciara los silencios y convirtiera la proximidad del espacio en una tensión implosiva; sin una atmósfera bien construida, la tragedia pierde inminencia y se vuelve predecible.

Aunque Gorriti y Tafur logran momentos de entrañable complicidad que sostienen la ternura del vínculo fraternal, su aproximación al sufrimiento decae en el exceso. La representación del dolor habría ganado en impacto si se hubiese trabajado desde la contención y la fractura interna, en lugar de recurrir a una saturación expresiva que desborda la escena sin profundizar en la herida.

Por su parte, el trabajo de Jesús trastabilla al intentar representar la violencia, reduciéndola a un mero boceto. Al no profundizar en los matices de la manipulación ni en la perversidad de lo cotidiano, la figura del opresor pierde densidad psicológica; sin una amenaza tangible y creíble en escena, la dinámica de sometimiento se diluye y la sensación de peligro real desaparece.

Si hablamos de la producción, las interpretaciones musicales a cargo de Pamela Llosa resaltaron notablemente en la obra, sobre todo al enmarcar la atmósfera de extrañamiento y nostalgia, funcionando como un ancla emocional cuando la escena amenaza con estancarse.

El diseño de iluminación fue bastante austero, al igual que la propuesta escenográfica. Si bien el espacio de Campo Abierto ofrece una cercanía física privilegiada que debió propiciar la inmersión del público, la puesta desaprovechó esta intimidad. Al no existir un trabajo de luces que moldeara las atmósferas ni acentuara las tensiones, la proximidad se diluyó y el relato terminó sintiéndose distante.

Finalmente, surge la pregunta de rigor: ¿vale la pena ver esta obra? Respondería que sí, sobre todo para quienes buscan una propuesta que aborde la memoria y la denuncia social, especialmente sostenido por la fuerza inevitable de su temática.

Javier Bendezú

24 de agosto de 2026

sábado, 22 de agosto de 2026

Crítica: PRIMA FACIE


La violencia de tener que demostrar la verdad

La gran Prima Facie de Suzie Miller llega a Lima en Teatro La Plaza, bajo la dirección de Juan Carlos Fisher y con Wendy Vásquez Larraín como protagonista, en una puesta que convierte el escenario en un campo de combate verbal. Aquí no hay una conferencia complaciente ni una exposición jurídica sobre la violencia: hay una mujer intentando sostener su propia verdad mientras el mismo sistema que alguna vez dominó comienza a devorarla. La obra se instala desde una dramaturgia de denuncia que encuentra en la palabra su principal arma y, también, su espacio de destrucción.

Tessa se presenta desde un aire performático como abogada que conoce las reglas del juego. Las domina, las utiliza y ha construido su éxito dentro de ellas. Por eso resulta tan potente observar cómo aquella mujer audaz, voraz y aparentemente invencible comienza a ser despojada progresivamente de las certezas que la sostenían. Prima Facie no plantea únicamente la violencia ejercida sobre una mujer, sino la violencia de obligarla a demostrar aquello que ha vivido. El tono de denuncia se convierte entonces en otro juicio: esta vez contra ella misma.

Vásquez Larraín asume el texto desde una vehemencia escénica que no permite que el discurso permanezca estático, logrando brindar una conferencia performática voraz de inicio a fin. Su interpretación posee una fuerza progresiva: comienza desde el dominio, desde la seguridad de quien conoce perfectamente el terreno que pisa, y poco a poco ese territorio comienza a fracturarse. El combate verbal se transforma en combate corporal, psicológico y emocional. La palabra deja de ser una herramienta de poder para convertirse en aquello que la confronta.

Y es precisamente ahí donde la puesta encuentra una de sus mayores potencias: la destrucción del textocentrismo. Aunque la palabra ocupa un lugar central, Fisher no permite que el espectáculo dependa únicamente de ella. El cuerpo, las pausas, la iluminación y la espacialidad construyen una narración paralela. El diseño de luces realizado por Marvin Calle no solamente acompaña la escena, sino que produce una textura de violencia que atraviesa estéticamente el cuerpo de la protagonista. La iluminación parece observarla, perseguirla y, en determinados momentos, exponerla. Aquí el diseño se convierte en un lenguaje contemporáneo que devora y se vuelve una experiencia narrativa dentro del Teatro La Plaza.

La dramaturgia de Miller trabaja desde una especie de antiacción: aparentemente no ocurre demasiado fuera del discurso, pero dentro de él ocurre todo. La progresión no depende de grandes acontecimientos, sino de la transformación de una mujer frente a aquello que comienza a desestabilizarla. El escenario se convierte entonces en una especie de confesionario, tribunal y campo de batalla al mismo tiempo. Tessa habla, recuerda, reconstruye y, sobre todo, intenta comprender cómo la realidad que conocía puede volverse contra ella.

Hay algo profundamente incómodo en observar cómo la duda comienza a instalarse en su propia percepción. Aquella mujer que durante años fue capaz de interrogar, argumentar y desmontar los relatos de otros termina enfrentándose a la posibilidad de que su propia historia sea puesta en duda. Y allí aparece una de las preguntas más violentas de la obra: ¿qué ocurre cuando una mujer deja de confiar incluso en la versión de sí misma que ha construido?

Prima Facie también permite observar cómo el patriarcado no necesita presentarse siempre como una figura masculina evidente. Puede aparecer en los mecanismos, en las instituciones, en el lenguaje y, sobre todo, en la manera en que las propias mujeres pueden terminar reproduciendo estructuras que cuestionan a otras mujeres. La feminidad aparece aquí atravesada por una civilización que históricamente ha construido formas específicas de mirar, juzgar y destruir a las mujeres.

La referencia a Shakespeare resulta particularmente sugerente, porque la obra parece recuperar aquella tradición de mujeres llevadas al límite por estructuras de poder para trasladarla a una contemporaneidad donde el escenario ya no necesita una tragedia clásica para producir violencia. El esperpento aparece desde otra dimensión: en la deformación de una realidad que, cuanto más intenta ser racional, más absurda y brutal termina resultando.

Y quizá esa sea la mayor fuerza de Prima Facie: no mostrarnos una víctima, sino introducirnos en su fractura. Una dirección que devora y confronta una Lima teatral atravesada por el patriarcado. Eso es Prima Facie: voracidad absoluta. Y en las manos de Vásquez Larraín, esa voracidad se vuelve cuerpo, voz y combate.

Juan Pablo Rueda

22 de agosto de 2026


Crítica: ALGO DE RUIDO HACE


El estatismo de un ruido latente

Pareciera que Algo de ruido hace de Romina Paula es uno de los textos más provocadores y liberadores dentro de la dramaturgia latinoamericana. A pesar de haberse estrenado y de llevar en el panorama teatral más de una década, la obra continúa siendo vigente para el teatro contemporáneo actual y llega a Lima bajo la dirección de Manuel Alegría en el Teatro Lucía, con un elenco particular que sostiene el texto desde un hacer orgánico, conformado por Luis Baca, Daniel Cano y Valquiria Huerta.

El texto se posiciona desde una dramaturgia estática donde prima la imaginación sobre el ruido. Los personajes habitan dentro de una casa hostil, donde un hecho ha marcado el silencio de quienes viven en ella, y resulta interesante cómo, al llegar una visita, existe una contraposición con la realidad que habita dentro de este hogar. Es decir, la textura del personaje que ingresa a la casa delimita el conflicto inicial de la propuesta textual. La llegada de un cuerpo externo altera aquello que parecía permanecer suspendido y permite que emerjan, poco a poco, las tensiones que ya estaban instaladas dentro del espacio.

La mirada de Alegría resulta pertinente en todos los sentidos, debido a que nos remueve y logra mantener este estatismo que viven los personajes, como si por un momento estuviéramos observando aquellos textos del absurdo donde el diálogo limita la progresión de la acción y donde prima la absurdidad de los personajes, casi como en Esperando a Godot de Samuel Beckett. Al introducir el tiempo, la casa como referencia metafórica y la pausa como una herramienta estática, se observa un estatismo que no necesariamente significa inmovilidad, sino una forma distinta de hacer avanzar la escena. Aquí el conflicto no necesita explotar para existir: permanece contenido, respirando debajo de cada silencio.

De igual manera, existe una lucha de poderes permanente donde se visualizan características muy particulares del teatro latinoamericano de la dramaturga Griselda Gambaro, donde los códigos teatrales funcionan desde el rol de la víctima y el victimario. La fuerza que tienen los personajes para contradecir y oponerse al otro es realmente potente. El elenco seleccionado encuentra habitar el texto de Paula desde una actuación realista pertinente, donde prima lo genuino y lo orgánico: Huerta destaca desde una presencia escénica que libera el espacio, Baca sostiene un perfil verosímil que habita la cotidianidad del conflicto y Cano desarrolla un personaje contenido, cuya vehemencia se desprende de una tensión interna que se manifiesta en cada una de sus intervenciones. No pareciera existir una necesidad de demostrar el conflicto, sino de permitir que este se filtre en los cuerpos, en las miradas, en las pausas y en aquello que los personajes deciden no decir.

Resulta interesante observar cómo, mediante la escenografía y la iluminación, la obra cobra mayor sentido desde el diseño de arte, puesto que este es introducido como un lenguaje escénico más de la obra. La casa deja de ser únicamente un espacio físico para convertirse en una extensión de los personajes: un lugar que contiene, encierra y, al mismo tiempo, expone aquello que ellos intentan ocultar. La iluminación acompaña esta dimensión y permite construir una atmósfera donde la cotidianidad adquiere una textura extraña, casi incómoda. No estamos frente a un espacio que simplemente contextualiza la acción, sino frente a uno que participa de ella.

Y quizá ahí radica una de las mayores potencias de la propuesta: en comprender que el ruido no necesariamente tiene que ser estruendoso. A veces el ruido aparece justamente cuando nada sucede. En el silencio prolongado, en una mirada que se sostiene demasiado, en una pausa que incomoda o en un personaje que permanece dentro de una habitación cuando sabemos que debería salir. Algo de ruido hace parece construir su universo desde esa contradicción: hacer ruido desde aquello que permanece callado.

La vigencia del texto de Romina Paula también parece encontrarse allí. En una época donde muchas veces el teatro busca producir constantemente acontecimientos, imágenes o estímulos, la obra permite detenerse y observar qué ocurre cuando la acción se dilata, cuando los personajes no resuelven y cuando el conflicto permanece suspendido. Alegría no intenta acelerar esa experiencia, sino abrazar su incomodidad y permitir que el espectador permanezca dentro de ella.

Algo de ruido hace no busca entregarnos respuestas inmediatas, sino obligarnos a mirar aquello que permanece debajo de la superficie. Quizás por eso su ruido resulta tan potente: porque cuando finalmente aparece, entendemos que siempre estuvo ahí. Necesaria, incómoda y profundamente silenciosa, una obra que no grita para ser escuchada: hace ruido desde aquello que oculta.

Juan Pablo Rueda

22 de agosto de 2026

lunes, 17 de agosto de 2026

Crítica: NOCHES DE ARABIA


La magia de la lámpara

Una película rueda ante mis ojos, pero es a tiempo real, en vivo. La sensación de estar en el cine es algo particular al observar las acciones de Noches de Arabia. Los visuales apoyan en este sentido, generando una escenografía cambiante, con colores dinámicos y vívidos, permitiendo al cerebro diseñar escenas cinematográficas.

Aladín y la lámpara maravillosa es un clásico del arte; llevarlo a escena siempre va a significar un reto. Por un lado, la musicalidad estuvo adecuada, pero algunos arreglos de volúmenes estarían mejor para entender lo que los personajes dicen con más facilidad mientras cantan, algunos dispares en volumen debido al uso de micros en algunos casos y voz a capella en otros, desafinaba por momentos.

En cuanto a la actuación considero que todavía se tiene que explorar un poco más las relaciones de los personajes y la acción teatral, la interacción aún está muy puesta, no quiere decir que sea un mal trabajo, al contrario, hay muchas posibilidades de mejorar y de llegar a un gran espectáculo, es importante siempre tener al cielo como límite, para que nuestras aspiraciones sean grandes.

Trabajos a nombrar en actuación serían las del niño y el genio; por un lado, un niño con una plasticidad muy causal, aun permaneciendo en el estado del juego que necesita el teatro, pero parecía por momentos ir a otro ritmo, no terminaba de encajar con los otros personajes. Sin embargo, su soltura y el trabajo de la voz estuvieron muy correctos, aparte de generar una sensación de ternura, esa sensación que te hace perderte entre la realidad y la ficción, cuando descubres que no estás pensando en nada más que en el acontecimiento artístico. Por otro lado, el genio manejaba un buen tiempo de improvisación, con diálogos fluidos y salidas muy ingeniosas, a parte el ritmo de sus textos generaba expectativa y una sensación de interés.

Las bailarinas aportaban belleza y presencia, pero la voz aún faltaba un poco de trabajo, era extraño escuchar a la princesa con micro y a sus doncellas sin micro, se generaba un desbalance en el oído, que desconectaba un poco del tiempo de la obra. No obstante, manejaron bien sus desplazamientos y sus transformaciones, como el caso particular de la alfombra, que adquiría mucha más presencia al convertirse en un ser mágico, buen cambio de energía y docilidad del carácter.

La música me gustó, me traslado a un espacio de ficción, las canciones provocaban algo en cada uno de nosotros, recordábamos, añorábamos un momento, el teatro te hace viajar en el tiempo, te otorga sensaciones, esta obra me causo mucho, alegría, sorpresa, curiosidad, lejanía, sueños, ilusión…

Moises Aurazo

17 de agosto de 2026

Crítica: RAFA EL PREDICADOR


La sombra y la luz

Un hombre condenado por su fe, cómo podría ser, o un hombre con un poderoso reto. El arte sirve para que cada uno encuentre una forma de ver la vida, las cualidades de los artistas son diversas, las propuestas también. Rafa brilla, desde sus ojos, el personaje está colocado justo donde debe de estar, la sensibilidad con que maneja la energía nos mete a la vibración de la obra, cuando miramos a Rafa comprendemos su estado, sabemos que le está pasando. El actor se desenvuelve muy bien, con el giro dramático que le corresponde, un crecimiento y desarrollo del personaje limpio, potente.

El elenco que lo acompaña es preciso, en el momento que lo tiene que ser, los que funcionan como coro, como cuerpo de movimiento, transitan de un estado a otro, con una pizca de picardía, sus cambios son adecuados, funcionan para el objetivo de la obra, aportan diversidad porque cada uno tiene una forma distinta de transformarse, de acercarse al humor y al drama, los diferentes personajes que van apareciendo construyen el mundo de Rafa, lo ayudan a caminar hacia su destino, como guías o como verdugos; los actores demuestran gran dinamismo en la improvisación y la frescura escénica, jugando de un lado a otro, de un personaje a otro. La esposa respondía constantemente, nos sumergía en la realidad de Rafa, su contexto y sus situaciones, fresca y directa, muy expresiva desde el cuerpo. La esposa acompañaba a Rafa hacia su muerte, hacia su redención.

La madre y otros personajes como la monja, aportaban un peso distinto, sus transiciones y cambios eran el punto perfecto para el equilibrio, el manejo de la energía en cada personaje fue resaltante, eran momentos tensos, cargados de drama, la amargura de la madre, con la postura corporal provocando una descarga energética diferente al de la monja eran muestras de la alquimia del actor, la transición de estados, un atleta de las emociones como dicen y también de vidas. La obra tenía la dosis exacta en cada personaje y en cada artista, mantenía un buen ritmo y cada vez entrábamos con más fuerza hacia el mundo de Rafa, sus versos desarmados y su fe, errática, delirante quizás o incluso profética.

El escenario es simple, pero aporta un componente creativo, ilustrativo en el sentido del universo del personaje, las frases cayendo en papeles pueden ser muchas cosas para cada uno, pero provocan una interpretación o sensación y eso es importante. El juego que se hace con las luces pinta todo el dibujo escénico, le da color, en el sentido literal de la palabra, su presencia es un personaje más, es como la sombra y la luz de Rafa, sus distintos matices, su tristeza y su final.

Moises Aurazo

17 de agosto de 2026

Crítica: BECOMING TERESA


Naturaleza perversa

Una historia triste, muy profunda, muestra los cambios que pueden ser manifestados en grupos de personas, o en todo caso el desenmascaramiento y cómo destruye los vínculos entre los que rodean la acción. La estética de la obra ya es lúgubre, con colores opacos en el vestuario, las presencias tienen algo terrorífico que se mezcla con lo tierno, se combina en buenos movimientos, buen despliegue corporal e interpretativo.

El juego de la presencia ausente (el apuntador como abusador de los niños) y la intervención directa en el comportamiento de los personajes en escena, los dos amigos, Teresa y el chico pequeño. Este jugaba un rol importante, como un eje conductor que finalmente recaía en Teresa, la esperanza de todos, la luz, lo que añoraban hasta el ocaso, la única ilusión poder mirar a Teresa y saber que aún hay razones por las que existir.

Cómo esa cercanía de inspiración, terminaría transformando o desenmascarando una crueldad, capaz de desbordar todo sentido, para manipular y anular a los demás; Teresa se vuelve el dogma del sistema, la opresión, la tiranía. Los actos que se van desencadenando desde la guía de Teresa son abominables, el personaje trasciende una construcción particular, se vuelve única porque es un reflejo obvio del sistema de opresión en el que vivimos. Teresa los confunde, Teresa los aplasta, los lleva a donde ella quiere, muy buena interpretación de la actriz y el desarrollo de personaje que tuvo desde el cabello, el antes y el después marcado desde una estética física. En general, todos los artistas tuvieron buenas interpretaciones, tanto en desarrollo de personaje, como en voz y drama.

La obra maneja muy bien la sorpresa, a través de juegos de luces y poética visual, hay una experiencia de instalación de la existencia, el mundo de Teresa es atrapante, las actuaciones son buenas, se comunican bien y generan un universo único que invita a habitarlo. Los momentos de crueldad son cúspides emotivas, las acciones han ido de sorpresa en sorpresa de tal manera que el conflicto siempre está vigente, hay una bomba de tiempo explotando, algo malo se cocina dentro del colegio, esas aulas son nuestra vida, nuestra existencia.

Al final, cuando muere uno de los personajes principales y Teresa asume el control de la justicia, dirigiendo las acciones del grupo, se manifiesta la necesidad de crueldad, de terror, para vivir los procesos sociales, la condena a muerte de un inocente es el reflejo de un mundo que se asfixia esperando que algo cambie; pero no se puede descubrir dentro de una naturaleza perversa, que camina naturalmente sin la posibilidad siquiera de un mundo mejor.

Moisés Aurazo

17 de agosto de 2026

Crítica: PRIMA FACIE


Cuando la justicia es la verduga: el colapso del sistema en Prima Facie

Hace unos días estuve en el teatro La Plaza para ver Prima Facie, obra escrita por Suzie Miller, dirigida por Juan Carlos Fisher e interpretada por Wendy Vásquez.

Aquí conocemos a Tessa, una exitosa defensora de las reglas, a quien acompañamos en un recorrido que la lleva desde la euforia y el triunfo profesional hasta el colapso absoluto cuando el sistema que tanto adoraba le da la espalda. Respecto a este punto, cabe mencionar que el texto de Miller es brillante y, si bien se respetó el peso de cada palabra en la traducción, por momentos el lenguaje jurídico puede abrumar a quienes no lo dominan, lo que resta cierta fluidez.

En cuanto a la dirección, Fisher ofrece una propuesta ágil que aprovecha la cercanía con el público. Sin embargo, aunque la obra plantea momentos de gran tensión al inicio, hacia la mitad se abusa de la prisa sin darle el respiro necesario a la escena. Es necesario mencionar que sostener un monólogo de hora y media exige una actriz con solidez técnica, inteligencia escénica y un aguante emocional de primer nivel. Vásquez estuvo a la altura del reto con un despliegue de gran valentía, aunque con ligeros altibajos en el manejo de los picos de tensión.

Respecto a la producción, destaca el diseño de iluminación, que funciona a la perfección y se convierte en un acompañante silencioso a lo largo de la obra. Por su parte, la escenografía apuesta por una propuesta sobria, donde el mobiliario se desplaza ágilmente ante la mirada del espectador, lo que evita distracciones y mantiene el foco en el personaje.

Finalmente, esta obra es imperdible no solo por el virtuosismo de su ejercicio actoral unipersonal y por demostrar cómo abordar textos complejos con impecable factura técnica. Lo es, sobre todo, porque funciona como un potente detonante de conversación al salir de la sala, abriendo el debate sobre esa brecha abismal entre conocer el funcionamiento de la ley en la teoría y sentir la frialdad de su rigor burocrático en la propia piel.

Javier Bendezú

17 de agosto de 2026

Crítica: ¿Y CÓMO VA TU RELACIÓN?


Crónica de una muerte anunciada

AKA producciones, con el auspicio de Cientos Volando Producciones y Forja Perú, trae a las tablas ¿Y cómo va tu relación?, obra contemporánea de corte naturalista escrita por Jamal Romero, Ruth Ramírez y Diego Zavala-Molina, y dirigida por el mismo Zavala-Molina y Alejandra Villavicencio. El elenco lo componen Jairo Díaz Sansur, Moises Vera, Camila Guimet, Camila Málaga y Daniela Ríos Arenas, quienes interpretan a un grupo de amigos que se juntan para festejar el cumpleaños de uno de ellos. Lo que debería ser una velada amena termina siendo memorable por todas las razones equivocadas cuando un alcoholizado juego de verdad o reto revela secretos que una vez descubiertos dan un giro rotundo a la trama. ¿Logra ser esta una fiesta para el recuerdo, o es que el montaje cae aplastado bajo el peso de su trillada premisa?

Existe un problema central en ¿Y cómo va tu relación? evidente desde los primeros diálogos que lamentablemente atraviesa casi toda la obra. Digo “casi” ya que la escena final (de lejos lo mejor de todo el montaje) logra romper con el patrón y nos da la primera dosis de adrenalina y tensión verdadera. Desafortunadamente, para cuando esta ocurre ya es demasiado tarde; y por más interesante que sea esta porción del texto, no logra redimir la propuesta de la que forma parte. 

¿Qué ocurre en la escena final que no ocurre durante todas las anteriores? La respuesta es muy sencilla: hay personajes con objetivos claros que usan una variedad distinta de estrategias para conseguirlos, una acción dramática definida, un sentido de urgencia latente, y obstáculos que generan conflictos específicos. En una sola palabra, en esta última escena hay una abundancia inequívoca de drama. Y esto es lo que debería ocurrir siempre en el teatro, ya que, sin esto, las escenas se vuelven circunstanciales, vacías, carentes de propósito y, por lo tanto, innecesarias. Piensen en una reunión con amigos de varias horas de duración. Si uno tomara los diálogos que ocurrieron en dicha reunión y los reprodujera en su totalidad sobre un escenario estos no solo sonarían bastante aburridos, sino que al no tener una línea narrativa que los una, se caerían inmediatamente. Esto es exactamente lo que pasa durante los dos primeros tercios de esta obra. Y la razón por la que la escena final resulta es precisamente porque a la inversa de todo lo anterior, esta sí representa un punto álgido de la noche, que por su naturaleza conflictiva (en el mejor sentido de la palabra) funciona muy bien en el teatro. Es más, estoy convencido de que si se mantuviera solo esta escena final (llevada más al extremo y reescrita para ajustarse al nuevo formato), los dramaturgos tendrían en sus manos una microobra muy interesante. Al no ser ese el caso, sin embargo, la obra avanza coja desde el inicio y para cuando llega el momento climático final, este no hace más que enfatizar las deficiencias de todo lo que vino antes.

Actoralmente no hay mucho que se pueda decir, ya que el elenco lucha en contra de un texto lleno de diálogos vápidos y en muchos casos descartables, no necesariamente por que estén “mal escritos” sino porque al no estar alineados a una acción dramática y a objetivos por personaje claros, resultan totalmente prescindibles. A pesar de eso, resalto a Moises Vera y a Jairo Díaz Sansur, que logran por lo menos sostener sus escenas a punta de carisma, compromiso con sus acciones físicas, buen timing cómico y una energía alta. Por el lado de la dirección, una vez más, el texto presenta el principal problema ya que, al supeditar a sus personajes a compartir un solo espacio durante un tiempo largo e ininterrumpido, hacer que los desplazamientos y transiciones sean limpias y justificadas se hace cada vez más difícil; por otro lado, creo que la dirección de actores pudo cuidar mucho más el ritmo, el manejo de la comedia de estilo naturalista y exigir mayor especificidad por parte de su elenco, quienes en su mayor parte terminan siendo personajes desdibujados, imprecisos y clichés, lo cual hace que sea bastante difícil empatizar con ellos.

En suma, creo que ¿Y cómo va tu relación? representa una oportunidad única de ver qué funciona en el teatro y qué no, ya que increíblemente el montaje tiene de las dos cosas. La lección está ahí para aprenderla, y es una que, especialmente si te dedicas al teatro, conviene nunca perder de vista. La obra tiene dos funciones más, este 22 y 23 de agosto en el Club de Teatro de Lima. Recomiendo como siempre ir a verla para poder forjar una opinión propia. ¡Nos vemos en el teatro! 

Sergio Lescano

17 de agosto de 2026

jueves, 13 de agosto de 2026

Crítica: IPACANKURE


A veces el hogar también tiene nombre

Hay obras que intentan resolver su misterio antes de que termine la función y otras que, en cambio, nos invitan a dejar de buscar respuestas para simplemente acompañar el viaje. IPACANKURE, escrita por César Vega Herrera, dirigida por Alberto Isola e interpretada por Alaín Salinas y Herbert Corimanya, pertenece a las segundas. Su punto de partida es enigmático, atravesado por un mantra que instala desde el comienzo una sensación de misterio y extrañeza. Sin embargo, mientras avanza la historia, queda claro que aquello que parece querer ser descubierto importa menos que aquello que comienza a construirse entre sus personajes.

La obra nos presenta a Raúl y a su compañero de habitación, dos hombres adultos que, bajo circunstancias económicas adversas, terminan compartiendo un espacio que incluso llega a exigirles compartir una cama. La situación podría plantearse únicamente desde la incomodidad de las condiciones materiales, pero IPACANKURE encuentra en esa precariedad una posibilidad inesperada: la de construir un vínculo. Lo que comienza como una convivencia forzada se convierte progresivamente en una amistad que encuentra ternura, cuidado y compañía en medio de unas condiciones que difícilmente podrían considerarse ideales.

Y quizá allí está una de las mayores virtudes de la obra. No necesita convertir a sus personajes en grandes soñadores ni dotarlos de aspiraciones extraordinarias. Son hombres con limitaciones, diferencias y dificultades para avanzar. Saben que vivir cuesta y que no siempre es posible elegir las condiciones en las que uno se encuentra. Pero dentro de ese espacio reducido encuentran una forma de acompañarse. Se cuidan desde aquello que pueden observar del otro, se llaman la atención con delicadeza y terminan convirtiéndose en refugio cuando afuera hace frío.

Resulta especialmente interesante que una obra escrita en 1968 pueda generar hoy una reflexión tan vigente sobre los vínculos masculinos. En un momento en el que todavía parece necesario recordar que los hombres también pueden expresar afecto sin que este tenga que convertirse inmediatamente en una relación romántica, ver a dos personajes masculinos construyendo una amistad tierna y profundamente afectiva resulta refrescante. No hay necesidad de justificar ese cariño ni de transformarlo en otra cosa. Quieren al otro y eso basta.

La propuesta adquiere todavía más fuerza cuando se observa el vestuario. Una pijama compartida por ambos personajes (a veces utilizada completa por uno, otras veces dividida entre los dos) se convierte en un detalle sencillo, pero cargado de significado. El vestuario deja de ser únicamente una característica visual para convertirse en una representación del vínculo: aquello que inicialmente pertenece a uno puede ser compartido por ambos, igual que ocurre con el espacio, el tiempo y, finalmente, con una parte de sus vidas.

La escenografía acompaña esta intimidad desde una disposición particularmente interesante. El espacio puede girar en 360 grados y presenta un lado diferente del cuarto para cada escena. Esta decisión permite observar la relación desde distintas posiciones y convierte al público en una especie de observador permanente de aquello que sucede dentro de ese espacio privado. No estamos completamente dentro de la habitación, pero tampoco somos espectadores distantes. La presencia del narrador, Raúl, termina de establecer esa relación con nosotros.

La iluminación, por su parte, mantiene una propuesta sencilla. El interior del cuarto permanece prácticamente vacío y la luz proveniente del exterior ayuda a construir la sensación de un espacio aislado, suspendido del resto del mundo. Más que buscar espectacularidad, la iluminación cumple una función atmosférica y permite que la atención permanezca sobre los personajes y aquello que se construye entre ellos.

Es precisamente la actuación uno de los elementos que sostiene esta decisión de confiar en la intimidad. Alaín Salinas y Herbert Corimanya encuentran particularidades físicas y corporales que permiten distinguir a sus personajes sin convertirlos en figuras excesivamente construidas. Incluso sus diferencias de peso y tamaño terminan aportando a la credibilidad de la relación. Lo importante, sin embargo, está en la conexión que construyen progresivamente. Existe una naturalidad en sus intercambios que hace que la amistad no parezca impuesta por el texto, sino descubierta por los propios personajes.

La dirección de Alberto Isola parece comprender que no necesita exagerar el conflicto para hacerlo significativo. Hay una medida precisa en la forma de conducir la historia: no intenta convertir cada momento en una gran escena dramática y permite que la relación avance a partir de pequeños gestos. Esa contención termina siendo fundamental para que el vínculo resulte genuino.

El texto, sin embargo, es también el lugar donde encuentro el principal punto a revisar. La narración de Raúl, que interactúa con el otro personaje mientras se dirige al público, forma parte de la propuesta y aporta una dimensión particular al relato. No obstante, por momentos la obra parece contar aquello que no se nos presentará con acción. El relato termina extendiéndose más de lo necesario y puede producir cierta sensación de reiteración o ralentización. La historia posee suficiente riqueza como para sostenerse con menos palabras. Un recorte de tiempo podría favorecer el ritmo sin sacrificar la comprensión ni el desarrollo del vínculo.

Y es una pena, porque el recorrido al que finalmente nos conduce merece llegar con toda su fuerza.

El misterio que atraviesa la obra termina encontrando su resolución en un lugar mucho más humano de lo que inicialmente parece. El compañero de Raúl recuerda finalmente que es Ipacankure y, con ello, la historia comienza a hablar también de identidad y pertenencia. Ambos personajes parecían no pertenecer del todo al espacio que alquilaban, pero durante el tiempo que compartieron ese lugar lograron pertenecerse mutuamente. Cuando regresan a sus tierras, la idea de pertenencia se amplía: también podemos reconocer quiénes somos al volver al lugar del que venimos, pero podemos descubrir, al mismo tiempo, que el hogar no siempre es únicamente un territorio.

A veces también puede ser alguien.

Por eso el final resulta particularmente emotivo. No se siente como una resolución forzada ni como una recompensa narrativa que la obra haya colocado únicamente para cerrar el misterio. El acercamiento entre ambos conserva la ambigüedad suficiente para no necesitar una definición y, precisamente por eso, resulta genuino. Hay cariño, reconocimiento y una decisión de permanecer vinculados que trasciende el lugar físico que alguna vez compartieron.

IPACANKURE me dejó con una sensación de melancolía y ternura, pero sobre todo con una extraña tranquilidad. La obra comienza invitándonos a descubrir qué hay detrás de su misterio y termina recordándonos algo mucho más sencillo: sobrevivir no siempre significa hacerlo solo. En condiciones difíciles, dos personas pueden encontrar una forma de acompañarse, reconocerse y hacer más habitable un lugar que inicialmente no sentían propio.

Quizá por eso la obra logra permanecer después de la función. Porque en medio de tantas historias que necesitan grandes romances, grandes conflictos o grandes finales para demostrar que un vínculo importa, IPACANKURE se permite defender algo mucho más pequeño y, por eso mismo, mucho más valioso: que querer a otro hombre con ternura también puede ser profundamente masculino; que una amistad puede convertirse en refugio; y que, aunque a veces no pertenezcamos al lugar en el que estamos, podemos encontrar pertenencia al lado de alguien que decide quedarse.

Naomi Noblecilla

13 de agosto de 2026

Crítica: ÍNTIMO


La intimidad como territorio de juego

Dentro de Casa Bulbo, un grupo de mujeres de la Red de Improvisadoras se reúne para poner en circulación experiencias personales desde el juego, la ocurrencia y la complicidad. Íntimo, un formato original de la Liga Puertorriqueña de Improvisación Teatral (LIPIT) dirigido por Genoveva Huerta, reúne en escena a Natalia Córdova, Ale Nadal, Isa Falcón y la propia Huerta, junto a las invitadas Karla Guzmán y Araceli Campos, para construir un dispositivo escénico donde lo personal deja de ser únicamente relato y se convierte en materia de creación.

La mirada de Íntimo sobre la improvisación no está puesta únicamente en la espontaneidad, sino en la posibilidad de transformar la experiencia en lenguaje contemporáneo. Lo íntimo no aparece como confesión desnuda ni como exhibición de una vida privada, sino como un territorio susceptible de ser intervenido, deformado y vuelto a imaginar. Las intérpretes toman aquello que conocen sus recuerdos, sus afectos, sus experiencias y lo arrojan al juego escénico. Allí donde podría existir una anécdota reconocible, aparece una ficción; donde podría haber solemnidad, emerge el absurdo; donde podría instalarse el relato personal, la convención teatral lo desplaza hacia otra dimensión.

Una nota irrumpe en escena. Se lee. Y algo se activa. A partir de esa pequeña detonación, las improvisadoras entran en un estado de alerta creativa: toman una palabra, una imagen o una anécdota y la lanzan al espacio para convertirla en situación, personaje, conflicto, asociación. Nada permanece demasiado tiempo en un solo lugar. Una experiencia puede mutar en ficción; un recuerdo puede desplazarse hacia otro cuerpo; una frase puede abrir una convención completamente distinta. La creación sucede frente a nuestros ojos y conserva, precisamente por eso, la potencia de aquello que todavía no sabe en qué va a convertirse.

Es en esa convención donde la propuesta encuentra uno de sus mayores motores. Íntimo entiende que improvisar no significa simplemente inventar sobre la marcha, sino establecer acuerdos efímeros entre quienes están en escena. Cada propuesta modifica las reglas del juego y obliga a las demás a responder. Una intérprete propone, otra recoge, otra contradice, otra expande. La escena piensa mientras sucede, y en ese pensamiento inmediato encuentra también su mayor peligro: no saber nunca exactamente hacia dónde va a caer. No hay una dramaturgia cerrada que proteger, sino una estructura permeable al accidente, al error y a la aparición.

La relación con el error resulta, por eso, particularmente fértil. Íntimo no intenta esconder las fisuras propias del acontecimiento en vivo; las convierte en parte de su lenguaje. Una equivocación, una respuesta que llega tarde, una idea que se desvía o una situación que amenaza con desmoronarse pueden adquirir una potencia inesperada. La torpeza deja de ser un defecto y se vuelve material escénico. El accidente deja de interrumpir la ficción y empieza a producirla. Desde esa perspectiva, la improvisación recupera algo esencial del teatro: su condición de riesgo, esa posibilidad permanente de que aquello que funciona pueda, en cualquier instante, dejar de funcionar.

La dirección de Genoveva Huerta permite que el protagonismo circule y que la mirada sobre la escena permanezca abierta. Nadie posee completamente una situación porque cualquier propuesta puede ser tomada por otra, transformada y llevada hacia un lugar que ninguna parecía haber previsto. Se produce así una dinámica de contagio creativo: una intérprete lanza, otra recoge, otra modifica y otra lleva la situación hasta sus últimas consecuencias. El cuerpo, la palabra y la escucha funcionan como herramientas de composición en tiempo real.

Hay, en esta forma de construir escena, una sensibilidad profundamente contemporánea: la autoría deja de ser una propiedad y se convierte en tránsito. La creación no pertenece a una sola intérprete, porque nace justamente de aquello que ocurre entre ellas. Íntimo no presenta la improvisación como una demostración de virtuosismo, sino como una práctica radical de escucha. La escena se sostiene porque existe una disposición permanente a recibir lo que la otra propone y devolverlo transformado. En ese intercambio aparece una comunidad escénica que no necesita borrar las diferencias para construir un mismo acontecimiento.

Y quizá allí se encuentra la verdadera fuerza de Íntimo: en comprender que lo personal no tiene por qué permanecer encerrado en quien lo vivió. Puede ser tomado, desplazado, exagerado, contradicho, convertido en ficción y devuelto al espacio común. La experiencia deja de ser propiedad privada para convertirse en materia compartida. Y es ahí, entre lo que una recuerda, lo que otra transforma y lo que todas se atreven a poner en juego, donde aparece la verdadera intimidad: dentro de Casa Bulbo.

Juan Pablo Rueda

13 de agosto de 2026

domingo, 9 de agosto de 2026

Crítica: CÁSCARAS


El cuerpo como vehículo de la memoria

Hace poco estuve en el auditorio del Teatro Británico para ver Cáscaras, la obra escrita por Eduardo Adrianzén, dirigida y coprotagonizada por Giovanni Arce junto a Rodrigo Chávez, y producida por el colectivo Dilectos Teatreros.

Cáscaras se presenta como un tríptico de ciencia ficción, drama psicológico y memoria histórica. La obra se compone de tres piezas independientes de aproximadamente 30 minutos cada una (Capón, Tres dedos y Cleopatra y Chechezade) en las que, si bien se abordan diversos temas, la noción del tiempo y la del cuerpo humano son transversales.

En cuanto a la dramaturgia, sabemos que la pluma de  Adrianzén destaca por su agudeza para formular preguntas e invitarnos a reflexionar sobre diversos temas. Cáscaras cumple con esta premisa al presentar tres historias distintas, cada una más interesante que la anterior, entre las cuales la tercera es la más lograda en términos dramáticos, pues el texto adquiere un peso emocional orgánico y desgarrador.

Si bien se presentan tres historias diversas, la propuesta enfrenta el reto de la disparidad. La premisa del cuerpo como “cáscara” se siente por momentos forzada, lo que hace que la primera historia funcione como un ejercicio conceptual distante en comparación con el impacto cercano y emotivo de la última.

Al hablar de dirección sabemos que Arce, como director y actor de esta obra, evidencia un gran reto asumido. Él logra que cada una de las tres piezas mantenga un ritmo único y una atmósfera bastante particular, marcando una clara distancia entre ellas.

Sin embargo, es sabido que dirigir y actuar en un mismo montaje entraña sus riesgos. Si bien la puesta en escena se sostiene gracias a un fluir constante, en algunas transiciones se echa de menos una dirección más firme que ajuste el ritmo y dinamice los pasajes donde el texto pesa más que la acción.

Sobre el trabajo de los actores, el peso recae sobre el dúo conformado por Arce y Chávez, quienes deben transformarse radicalmente tres veces consecutivas. Lo mejor de su trabajo fue la entrega física y emocional, el cambio de piel que exigen los personajes a través del tiempo y las épocas es notable. Si bien Chávez ha demostrado una gran flexibilidad interpretativa, destacando en el choque psicológico de Tres dedos, Arce brilla especialmente en la pieza final donde la complicidad entre ambos actores alcanza su punto más alto, construyendo una interacción honesta y desprovista de artificios.

A pesar de esto, el punto débil ha sido la primera pieza, ya que la caracterización inicial bordea por momentos cierto tono mecánico o formal que resta naturalidad a las interacciones, un detalle que se va puliendo a medida que avanza la función y los actores entran en terrenos de mayor vulnerabilidad.

Es necesario mencionar que el trabajo realizado por Dilectos Teatreros en cuanto a la producción ha sido bastante bueno. El diseño de iluminación puede ser considerado como un protagonista adicional, considerándose como un punto positivo; algunos elementos de la utilería se perciben excesivamente funcionales, perdiendo la oportunidad de profundizar estéticamente en el universo futurista de la primera historia, que requería una atmósfera visual más inmersiva para terminar de convencer.

Entonces, después de haber realizado estos comentarios, puedo decir que Cáscaras es una propuesta sincera y valiente que llama a la reflexión. Si bien la estructura fragmentada hace que cada una de las historias no brillen con la misma intensidad emocional, la historia final fue mi favorita.

Espero que puedan verla y así poder leer sus comentarios. La recomiendo muchísimo.

Javier Bendezú

9 de agosto de 2026

Crítica: CÓMO SALIR DE LA DEPRESIÓN ESCUCHANDO A CHARLY GARCÍA


Charly García contra el vacío

Existe algo valioso y lleno de virtud cuando se llega a montar una obra de teatro desde el acto de concebir y resolver una pregunta personal hasta revelarla hacia el otro en un acto de desnudo. Eso es Cómo salir de la depresión escuchando a Charly García. Dirigida por Carla Valdivia e interpretada por Gabriel Iglesias, en el Teatro Barranco.

Desde un primer momento, la obra se adhiere al espectador de una manera generosa y genuina. Hay, frente a nosotros, un hombre intentando salir de su zona de confort para confrontarse consigo mismo a través de un setlist inteligentemente seleccionado. Me parece valioso resaltar que la obra no apuesta por ser agradable ni por construir una experiencia de carácter comercial. Y quizá ahí reside una de sus mayores virtudes: en apostar por un teatro al que no le importa resolver los conflictos, sino permitir que estos permanezcan abiertos frente a nosotros. Volver, de alguna manera, a lo más primitivo del teatro: un público y una persona al frente.

La propuesta se apoya en recursos audiovisuales con el fin de inmiscuir al otro dentro de la experiencia que atraviesa el personaje. La mirada de Valdivia resulta pertinente, puesto que consigue otorgarle cierta contemporaneidad a la propuesta de Iglesias sin despojarla de su intimidad. En ese punto, vale mencionar el afecto que posee la puesta en escena. La obra habita un lugar liminal donde el actor deja de ser únicamente un elemento escénico y pasa a convertirse en una presencia performática que vive dentro de la escena. La voz se convierte entonces en una de las principales fuentes de expresión: una voz que cuenta, recuerda, se expone y, sobre todo, se desnuda frente al espectador.

En ese sentido, el uso de las canciones de Charly García construye una interpretación que va mucho más allá del fanatismo. El setlist está dispuesto en función de la narrativa dramatúrgica de la historia; cada canción parece encontrar un lugar específico dentro de aquello que Iglesias necesita contar. Junto a su voz, la experiencia se vuelve grata y totalmente deleitable, mientras hace un repaso por años de su vida y convierte el escenario en una conversación introspectiva sobre aquello que permanece en lo más íntimo.

El encuentro y el silencio son, además, un hilo fundamental dentro de la acción dramática. Ambos tienen la capacidad de detenerla y, al mismo tiempo, alejarnos de esa expectativa de observar un teatro permanentemente lleno de movimiento. El acto de fragmentar la acción permite que cada recurso estético aparezca de manera oportuna y alimente el unipersonal sin saturarlo. Aquí, el silencio no representa una ausencia: busca ser una acción detenida.

A lo largo de la obra, Iglesias comparte episodios de su vida vinculados a canciones específicas con el objetivo de activar una pregunta en el público: ¿qué música te acompaña cuando estabas mal? Y es precisamente ahí donde la experiencia deja de pertenecer únicamente al actor. Lo que comenzó como una pregunta personal empieza a trasladarse hacia nosotros, hacia nuestra propia memoria.

Hay algo mágico que habita en este tipo de lecturas, y es que la propuesta convive en todo momento con una dramaturgia sonora sostenida en vivo y en directo por Iglesias. La música deja de ser únicamente un acompañamiento para convertirse en una estructura de memoria. Es a través de ella que podemos comprender cómo, en la actualidad, somos atravesados constantemente por crisis ansiosas, momentos de vulnerabilidad y preguntas que muchas veces no sabemos cómo responder. Pero existe alguien, o quizá un ente, como la música, capaz de convertirse en un refugio de escape.

Quizá ahí radica la potencia de esta propuesta: en comprender que la memoria también puede hacer teatro y que una canción puede convertirse en archivo, refugio y testimonio. Una obra que revitaliza las contemporaneidades escénicas desde el archivo y el registro de la memoria, pero que, sobre todo, encuentra en la exposición de lo personal una posibilidad de encuentro con el otro. Generosa, honesta, necesaria y emotiva.

Juan Pablo Rueda

9 de agosto de 2026

miércoles, 5 de agosto de 2026

Crítica: PAPELITO AVENTURERO


Sobre la identidad y el destino para los más pequeños

Resulta sumamente paradójico que el teatro para niños sea (aún) subestimado por una considerable cantidad de público e incluso, por los mismos teatristas; quizás por una combinación de prejuicios culturales, factores económicos y un profundo desconocimiento de sus exigencias artísticas. Y sí que es una paradoja, puesto que no cabe duda de que es uno de los géneros más difíciles de realizar adecuadamente y con calidad. Se cree además, que el teatro infantil debe funcionar como una herramienta pedagógica para enseñar valores o contenidos escolares; y claro que puede cumplir esa función, pero antes que nada es una manifestación artística. Y la última temporada de la compañía La Mayu Teatro para Niñas y Niños presentada en el Centro Cultural de la Universidad del Pacífico, titulada Papelito Aventurero, definitivamente es una magnífica creación artística, en la que texto, dirección, actuación y producción se amalgaman para darle brillo a un género, el de teatro para niños, que tiene definitivamente mucho por ofrecer.

Escrita por el destacado dramaturgo César de María y dirigida con eficacia y creatividad por Henry Sotomayor, la obra nos presenta a Papelito (Ethel Requejo), una ingenua servilleta, que emprende un viaje simbólico en búsqueda de su propósito en la vida y de su propia identidad. No es novedad que De María logre extraer de una anécdota tan sencilla una historia con tantos niveles y lecturas, representados por los personajes que se cruzan con Papelito en su periplo, como el Aire, la Nube, el Libro, la Espuma, entre otros, cada uno aportando una nueva enseñanza. La puesta en escena, que combina música y canto en vivo, brilla en el diseño escenográfico y en los elementos de vestuario, a cargo de Luisa Caldas, quien asume también un papel fundamental en la trama; sin descuidar, por supuesto, la activa participación del público de todas las edades. Por otro lado, parte fundamental del éxito de una puesta para niños radica en el elenco; Papelito Aventurero, en ese sentido, cuenta con un elenco sólido y parejo: además de Caldas y Requejo, se desempeñan de manera sobresaliente Aries Córdova y Mehida Monzón, muy bien acompañados por los músicos Paulo Ramírez y Juan Francisco.

Las mejores producciones actuales para niños no se dedican solo a "simplificar" la realidad, sino que deberían abordar temas complejos, como la identidad personal, la amistad verdadera o el propósito de nuestra existencia, mediante recursos poéticos, musicales y visuales adaptados a la experiencia infantil. De ahí que el teatro para niños no debería ser subestimado; no porque sea menos complejo, sino porque todavía persisten los prejuicios que lo asocian con un entretenimiento superficial. En realidad, cuando está bien realizado, constituye una de las formas más sofisticadas del arte escénico, capaz de formar espectadores críticos y sensibles desde los primeros años de vida. Papelito Aventuro cumple sobradamente la mencionada afirmación.

Sergio Velarde

5 de agosto de 2026