Entre formatos, códigos y tonos
Cuando el río calla es el nombre del thriller escrito por Aníbal Samos y dirigido por Gerardo Fernández, que este mes de agosto tiene una breve temporada en el Teatro Barranco. La obra, producida también por Samos con el apoyo de Telón Mestizo y de la CIFA (Centro Integral de Formación Actoral), apuesta por un género no comúnmente visto en las tablas para narrar la historia de cómo un aparentemente inocente viaje entre amigos termina convirtiéndose en un evento sangriento del cual sus protagonistas intentan infructuosamente escapar. El elenco lo componen Diego Cruchaga, Jash Sánchez, Gerardo Fernández, Matt Durán, Sandra Epequin y Paola Carbo, muchos de ellos en doble papel. ¿Logra este montaje transportar con éxito un género tan particular como el thriller psicológico a un escenario, o es que esta historia termina ahogada en un río en el que no tendría por qué estar nadando?
La puesta arranca con fuerza. Durante sus primeros minutos vemos escenas con duplas actorales interesantes (Carbo-Epequin y Cruchaga-Sánchez), además de escenas individuales actoralmente logradas de Fernández y Durán. Es incierta la relación que tienen los personajes, pero el texto es lo suficientemente interesante como para mantener nuestra atención. De hecho, es hasta refrescante que el montaje nos mantenga en ascuas, sobre todo considerando que muchas obras contemporáneas caen rápidamente en la predictibilidad. Eventualmente, sin embargo, cuando la ruta que esta toma se hace evidente, todos los cimientos construidos al inicio se desploman, al no poder sostener una historia que habitaría con mucha más comodidad en el celuloide o en las páginas de alguna novela policial.
Es realmente interesante cómo el formato en el que uno cuenta una historia es tan importante; cómo lo que funciona en el cine o en una novela literaria no siempre funciona en el teatro y viceversa. Porque no es que Samos escriba malas escenas. De hecho, es inmediatamente notoria su habilidad con la palabra, no solo para los monólogos sino para construir diálogos dinámicos y efectivos. El problema aquí es que la puesta no funciona por estar en el formato incorrecto. En el teatro, todos los personajes (y por consiguiente todas las escenas) deben tener un objetivo claro; deben estar todos alineados a la misma acción dramática y cumplir una función específica a nivel narrativo. Cuando el río calla está lamentablemente llena de escenas (y en cierta medida hasta de personajes) de carácter más expositivo y circunstancial que tranquilamente podrían quitarse sin afectar el desarrollo de la obra, y sin embargo están ahí, entorpeciendo lo que podría ser una pieza muy original. El texto de Samos también tambalea al momento de definir cuál es su columna vertebral; es decir, más allá de contar un hecho, por qué se está contando. ¿Qué es lo que la obra finalmente nos quiere decir? ¿Cuál es la tesis, la frase que podría dar resumen a todo lo visto? Por ratos hay indicios de lo que podría ser el núcleo o centro de la obra (la percibida invisibilidad que sufre uno de los personajes), pero este es abordado de forma tan superficial que el mensaje no llega a calar realmente. Finalmente, el autor parece tener problemas para unificar su historia bajo un mismo tono, transitando entre el drama, la intriga policial y la comedia de forma un tanto errática, lo cual desafortunadamente termina por trivializar casi por completo el crimen que da origen a la trama.
La dirección de Fernández inevitablemente sufre al estar supeditada a un texto que es mucho más cinematográfico que teatral. El reconocido director, actor y gestor cultural hace lo que puede, por momentos aportando a las escenas un acertado y dinámico ritmo, manteniendo un código actoral uniforme entre todos los personajes, intuyendo los in crescendos del texto de forma correcta, y moviendo a sus actores a través del espacio de manera orgánica e interesante. Pero desde que ocurre el primer punto álgido de la obra (un asesinato), el director empieza a tomar decisiones un tanto extrañas y bastante cuestionables. Hay un bizarro y repentino uso de máscaras, por ejemplo, que es inmediatamente chocante por ser tan opuesto al enfoque naturalista mostrado hasta ese momento. Hay convenciones y movimientos en el escenario que coquetean más con el teatro del absurdo o con el teatro coral que con el realismo que la historia pide, y, sobre todo, hay una irredimible falta de atención ante algunos momentos narrativos clave que hace que estos no tengan peso alguno; por el contrario, muchos momentos que deberían ser dramáticos se sienten apresurados y “débiles” justamente por no haberse afinado más la dirección de actores; aunque claro, como mencioné anteriormente, las falencias a nivel de dirección parten del problema principal que constituye el texto en sí, el cual se sabotea a sí mismo desde el inicio.
A nivel actoral, el elenco da todo lo que puede dar en función del material y la dirección que ha recibido. Hay construcciones de personaje interesantes, logradas y sutilmente matizadas en Durán y Fernández, el primero incluso en un efectivo doble papel, y gran manejo de texto en ambos, sobre todo en sus monólogos; de igual manera, hay mucha convicción, presencia y compromiso en Carbo, Cruchaga y Sánchez, todos cumpliendo con delinear exitosamente personalidades distintas, y reaccionando de verdad ante los estímulos que los rodean. Epequin es un tanto menos contundente en su primer papel, viéndose un tanto artificial y no tan presente, pero compensa con su segundo, el cual aborda con mucho más aplomo y seguridad.
Los detalles más técnicos (luces, sonido) funcionan bastante bien, pero no es suficiente para redimir a la propuesta de sus errores. De hecho, apropiadamente, lo mejor que puedo decir de esta obra es que me recordó a una gran película: Weapons (La hora de la desaparición), la cual toma distintos personajes y desde cada uno de sus puntos de vista va construyendo -o deconstruyendo- un crimen. Tengo el presentimiento de que si Samos convirtiese esta obra en un guión cinematográfico este resultaría en algo similar a esa brillante película. Espero sinceramente ver más de su trabajo, en cualquier formato, porque potencial tiene de sobra. Finalizo diciendo que he sido deliberadamente escueto en cuanto a los detalles de la trama para no espoilearles nada por si desean ir a verla. De hecho, les recomiendo que lo hagan. Siempre es mejor forjar una opinión propia. Les quedan dos funciones, este 8 y 9 de agosto. ¡Nos vemos en el teatro!
Sergio Lescano
3 de agosto de 2026
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