Quince cuerpos, un solo juego: la celebración del artificio teatral en Cuatro corazones con freno y marcha atrás
El Auditorio de Miraflores apuesta por una comedia sobre la atemporalidad: Cuatro corazones con freno y marcha atrás de Enrique Jardiel Poncela, bajo la dirección y adaptación de Cecilia Paitamala. Con un elenco generoso, conformado por quince actores egresados de la Escuela de Teatro Proscenio, la puesta en escena devuelve vida a los entrañables personajes de esta obra. Joanny Cieza, Isa Madrid, Pablo Silva, José Miguel Prieto, David Curi, Génesis Venturi, Gloria Melgar, Silvia García, Priscila Linares, Karen Sánchez, Fernando Tito, Mercedes León, Matías Salgado, Ronald Alarcón y Héctor Sotelo conforman un conjunto que sostiene con energía y precisión el universo propuesto.
La dirección de Paitamala va más allá de un simple armado escénico. Junto al grupo de actores construye escenas caricaturescas donde la exageración, el juego y la fisicalidad conviven para recuperar el espíritu de la comedia clásica. Por momentos, al observar la puesta en escena, aparece la sensación de estar frente a ese teatro de grupo, ese teatro de compañía que parece haber perdido presencia dentro de la cartelera industrial peruana: un espacio donde el trabajo colectivo, la complicidad escénica y el encuentro entre actores son el verdadero motor de la representación.
En ese sentido, el elenco acompaña y sostiene el texto desde una ejecución oportuna, donde el timing cómico resulta fundamental para formular y construir la comedia. Desde el inicio de la historia aparecen personajes grotescos, excesivos y pintorescos, herederos de una tradición clásica, pero atravesados por una mirada contemporánea. El cuerpo, la voz y el ritmo se convierten en herramientas esenciales para potenciar lo lúdico, permitiendo que cada personaje habite el exceso sin perder precisión.
Más allá de la anécdota fantástica sobre la búsqueda de la eterna juventud, Cuatro corazones con freno y marcha atrás encuentra en la dirección de Paitamala una nueva posibilidad de lectura: la comedia como un espacio donde el absurdo revela las contradicciones humanas. La obra no busca esconder su artificio; por el contrario, lo abraza. Sus personajes existen dentro de un universo donde la exageración no funciona como una limitación, sino como el lenguaje necesario para hablar de los deseos, obsesiones y frustraciones que atraviesan al ser humano.
En tiempos donde muchas propuestas escénicas parecen perseguir la naturalidad como única forma de conexión con el espectador, esta puesta reivindica el placer de lo teatral. Aquí los cuerpos no buscan desaparecer detrás del personaje, sino convertirse en una extensión del juego escénico. La interpretación se permite ser grande, colorida y desbordada, recordándonos que la comedia, lejos de ser un género menor, exige una rigurosidad absoluta en el manejo del ritmo, la escucha y la construcción colectiva.
De igual manera, la producción de Proscenio destaca por su precisión y cuidado. Los cambios escénicos entre cada escena se realizan con limpieza y fluidez, construyendo un montaje donde lo espectacular no está determinado por la acumulación de elementos, sino por la capacidad de generar sorpresa desde la resolución creativa. La propuesta escénica encuentra su potencia en la brillantez de sus decisiones y en la mirada de Paitamala, quien comprende que el universo de Jardiel Poncela no necesita ser transformado desde la ruptura, sino celebrado desde sus propias posibilidades teatrales.
La propuesta estética no busca reinventar la comedia, sino recordarnos por qué ciertas formas teatrales siguen siendo necesarias. En una escena donde la rapidez y la inmediatez muchas veces condicionan la creación, la propuesta de Cecilia Paitamala se detiene en algo esencial: el actor como centro del acontecimiento teatral y el escenario como territorio de juego.
Hay algo profundamente valioso en ver a quince intérpretes sostener una maquinaria escénica desde la complicidad, el ritmo, la grandilocuencia y la imaginación. Paitamala entiende que la comedia no vive únicamente en el remate del chiste, sino en la construcción de un universo donde el espectador acepta entrar al artificio y dejarse sorprender. Porque quizá el verdadero freno y la verdadera marcha atrás de esta obra no están en sus personajes, sino en nuestra propia relación con el teatro: una invitación a volver a mirar aquello que parecía perdido, donde ese teatro de compañía muerde con la escucha.
Juan Pablo Rueda
29 de julio de 2026

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