Cuatro historias distintas, pero que interpelan profundamenteHoyo, con dramaturgia y dirección de Fátima Matheus, se presenta como un viaje íntimo y profundamente humano sobre el ciclo de una relación de pareja. A través de una estructura que utiliza el tiempo como una máquina de recuerdos, la propuesta desglosa el trayecto entre Jimena y Fano, llevándonos como espectadores desde la ilusión de los primeros encuentros hasta la grieta que producen el desgaste y las exigencias de la vida cotidiana.
Más que detenerse en dar una biografía detallada de sus protagonistas, la dramaturgia opta por enfocarse en la relación misma como el verdadero centro de la historia. Esto permite que los personajes interpretados por Christine Lemus y Jesús Núñez funcionen como arquetipos, espejos en los que la audiencia puede reconocer fácilmente sus propios aciertos y miedos. El ritmo acelerado con el que transitan las etapas acentúa esa sensación de estar presenciando un ejercicio de catarsis compartida, un resumen directo sobre el amor.
En la interpretación, la vulnerabilidad de Lemus se integra de manera muy orgánica al estado emocional de Jimena; esa tensión inicial resulta coherente con la crisis que atraviesa su personaje en escena. A su lado, Núñez acompaña el recorrido completando el retrato vivo de una pareja.
Hoyo termina siendo una propuesta transparente que apela directo a la memoria emotiva de quien la mira. Es un recordatorio de que, aunque las historias individuales cambien, los procesos de amar, intentar sostener y soltar son experiencias que nos atraviesan a todos por igual.
Con dramaturgia y dirección de Alexa Centurión, La ropa que tenía el día que murió se consolida como una de aquellas piezas breves pero fulminantes que escalan en intensidad a cada minuto. Ambientada en una discoteca, la obra arranca con un detonante crudo al mostrarnos a Mili entrar al almacén con las manos ensangrentadas tras defenderse de un intento de agresión sexual en el baño, seguida por Carito, su mejor amiga. Lo que empieza como una situación límite se transforma en un manifiesto de hermandad que confronta al espectador con preguntas incómodas sobre hasta dónde puede llegar la legítima defensa y los límites del instinto de supervivencia.
El trabajo actoral de Yaremis Rebaza (Mili) y Lucía Mayorga (Carito) es el gran motor de la puesta. Rebaza demuestra un timing cómico impecable dentro de una situación que, en contenido, es trágica. Logra equilibrar la angustia del momento con destellos de un humor orgánico y certero que alivia la tensión sin restarle gravedad al conflicto. Por su parte, Mayorga sostiene la aparente calma y actitud lógica de Carito, funcionando como el ancla racional que intenta procesar la crisis mientras la lealtad hacia su amiga se pone a prueba.
En apenas veinte minutos, la propuesta logra construir un dilema ético cercano, donde el humor y la urgencia conviven. La ropa que tenía el día que murió se muestra como un grito de justicia visceral y sumamente necesario, respaldado por dos actuaciones conmovedoras que dejan una huella rotunda en la sala.
Con dramaturgia de Federico Abrill y dirección de Lía Camilo, Otra especie nos propone un choque de visiones sobre la adaptación y la naturaleza humana. La historia sigue a Paco (Roy Zevallos), atrapado entre la teoría evolutiva de Darwin y la rigidez de las expectativas familiares (y de su propio pensamiento), mientras Analú (Verónica Infantes) acecha la oportunidad perfecta para integrarlo a su propia “manada”.
El motor de la puesta en escena radica en una notable dirección por parte de Camilo. Su mano se puede apreciar en la construcción de los ritmos, la coreografía de los enfrentamientos y la precisión en el trabajo de relación entre los personajes, que logran sostener la propuesta y desatan la risa entre los espectadores.
En el plano actoral, Infantes brilla con un timing cómico extraordinario, destacando su agilidad en los tiempos de reacción que tiene durante la obra. A su lado, Zevallos realiza un excelente trabajo al vender la vulnerabilidad inicial de Paco; esa aparente “mansedumbre” que prepara el terreno para que el clímax resulte aún más absurdo, retratando con ironía la ridiculez de la fragilidad masculina y los vicios del discurso incel.
Otra especie es un buen ejemplo de cómo la agilidad en la dirección y el talento actoral pueden tomar una premisa sencilla y convertirla en un ejercicio escénico fresco, dinámico y profundamente entretenido.
Bajo la dirección de Celia Ponce, Ahora te la canto convierte el desahogo del público en un espectáculo de improvisación musical brillante y extremadamente divertido. La propuesta parte de tomar aquellas frases e historias que la audiencia no se atrevió a decir en su momento y transformarlas, en tiempo real, en canciones inéditas. En esta mecánica, Ponce realiza una conducción que mantiene al público despierto y pegado a todo lo que sucede en escena, marcando el ritmo de la función y conectándonos con la dinámica antes de cada número.
En el escenario, Marne Cortijo, Tita Zerillo y Selene Risco despliegan una ejecución vocal increíble y un dominio absoluto de sus instrumentos. Es remarcable, dentro de la propuesta, la precisión con la que el trío construye piezas completas a partir de premisas mínimas y, hasta cierta parte ambiguas (lo que desata por completo la creatividad extrema de las intérpretes), respetando la arquitectura musical tradicional. En ese sentido, Cortijo destaca como una improvisadora excepcional, luciendo un ingenio afilado para los remates y una expresividad gestual hilarante.
El piano en vivo es la cereza del pastel, acompañando la atmósfera de cada tema. Diría que lograr que una estructura técnica tan compleja parezca un juego sencillo es de los mayores méritos del elenco. Ahora te la canto es una experiencia fresca que deja con las ganas inmediatas de volverla a ver en un formato de mayor duración.
Daniela Ortega
5 de setiembre de 2026