domingo, 30 de agosto de 2026

Crítica: II FESTIVAL CORAZÓN ABIERTO


Donde los cuerpos disidentes se vuelven protagonistas

Hay algo profundamente político en abrir una sala y permitir que ciertos cuerpos, ciertas voces y ciertas historias dejen de pedir permiso para existir. Sala Quilla se convierte, durante el II Festival Corazón Abierto, en un territorio de pertenencia, resistencia y disidencia, un espacio que no solamente recibe tres obras, sino que hace lugar a una comunidad históricamente desplazada hacia los márgenes de la representación. El teatro, tantas veces ocupado por miradas ajenas sobre lo queer, aquí decide devolverle el centro a quienes han sido narrados desde afuera.

Gestado por Juan Velasco y Andrew Taype, Corazón Abierto nace de una necesidad que todavía resulta urgente: reclamar espacios de representación para la comunidad TLGBIQ+, cuyas existencias han sido reducidas con demasiada frecuencia al estereotipo, a la tragedia, al personaje secundario o a la condición de objeto de deseo. Frente a ello, el festival propone algo elemental y, precisamente por eso, radical: que sean los propios creadores de la comunidad quienes escriban, dirigan y encarnen sus historias. Tres obras, tres aproximaciones distintas a lo disidente y una misma pulsión por hacer del escenario un lugar donde estas vidas puedan mirarse sin traducirse para nadie.

La primera pieza, ¿Te volveré a ver?, escrita por Luciano Perochena y dirigida por Germán Díaz, se instala en el territorio de la tragicomedia realista para observar una relación queer atravesada por el desgaste, la pérdida y ese último intento casi desesperado de salvar un vínculo que ya parece roto. Renito Morales Bermúdez y Samir Sayac, sostienen una dinámica escénica que se construye desde la intimidad, pero que encuentra en la dirección de Díaz una dimensión mucho más amplia.

Resulta particularmente estimulante la apuesta de Díaz por una narrativa de resonancias audiovisuales, donde la música, la iluminación y la composición de los cuerpos construyen una gramática que excede la palabra. La obra parece dialogar con una sensibilidad heredera de Love - La obra, no tanto por reproducir una estética determinada, sino por la manera en que convierte la banda sonora en una extensión emocional de aquello que los personajes no consiguen verbalizar. La luz deja de ser un elemento meramente funcional y empieza a esculpir los cuerpos queer, a hacerlos visibles, deseables, vulnerables. Hay una voluntad de mirar aquello que todavía incomoda cuando aparece sin pedir disculpas. Y quizá allí radique uno de los gestos más interesantes del montaje: no esconder lo queer dentro del escenario, sino permitir que ocupe toda su superficie.

Luego aparece Amores (Ale)torios, escrita por Chiara Rodríguez Marquina y dirigida por Estrella Páucar, una comedia de enredos protagonizada por Sol Gonzales y Gada Perales que se introduce en uno de los grandes dispositivos afectivos de nuestra contemporaneidad: las aplicaciones de citas. Tinder, los algoritmos, el deseo convertido en interfaz y la promesa absurda de que un movimiento de dedo puede acercarnos al amor.

La pieza consigue llevar este universo tecnológico hacia una experiencia reconocible y cotidiana, pero lo verdaderamente significativo radica en quiénes ocupan ese territorio afectivo. Durante demasiado tiempo, las narrativas lésbicas y sáficas han permanecido relegadas incluso dentro de las propias representaciones de la diversidad sexual. Por eso resulta necesario y todavía subversivo encontrar personajes femeninos queer que no estén construidos únicamente desde el sufrimiento, la marginalidad o la tragedia. Aquí hay mujeres que desean, que se equivocan, que buscan, que coquetean y que también pueden ser ridículas en nombre del amor.

En un contexto teatral peruano donde la representación de las experiencias lésbicas continúa siendo escasa, Amores (Ale)atorios abre una grieta importante: la posibilidad de pensar lo femenino queer desde otros lugares, particularmente desde el humor. Porque también hay algo profundamente político en permitir que una mujer que siente atracción por otra mujer pueda ser simplemente humana sobre un escenario: imperfecta, divertida, contradictoria, enamorada. No todo cuerpo disidente tiene que sufrir para justificar su presencia.

Finalmente aparece ContrActual, escrita por Marden y dirigida por José Carlos Goytizolo. Una pieza que se vale del humor, la fantasía y la metateatralidad para enfrentarse al determinismo afectivo: dos letras destinadas a amarse que, desde esa premisa aparentemente ingenua, terminan construyendo una alegoría sobre la identidad, la aceptación y el amor propio. Eduardo Pinillos y Numa Quintana encarnan este universo con una energía que encuentra su mayor potencia en la aparente sencillez de la propuesta.

ContrActual es idílica y grandiosa. No porque necesite levantar un universo espectacular para sostenerse, sino porque consigue algo mucho más complejo: cautivar desde la inocencia. La fantasía funciona como una puerta de entrada hacia discursos que podrían resultar solemnes si fueran abordados desde una lógica exclusivamente reivindicativa. Aquí, en cambio, la disidencia juega, imagina y se permite ser luminosa.

Hay, además, una particular complejidad en el trabajo de Pinillos y Quintana. Ambos construyen una relación que no se queda en la superficie de la alegoría, sino que encuentra momentos de verdadera organicidad y verdad escénica. Sus cuerpos, sus pausas, sus miradas y, sobre todo, el manejo del timing producen una dinámica que sostiene el juego metateatral sin dejar que la ficción se desarme. El humor aparece entonces no como un simple recurso para provocar la risa, sino como una herramienta para desmontar aquello que parecía inevitable: quién debe amar a quién, cómo debe hacerlo y bajo qué reglas.

Las tres obras de Corazón Abierto no son homogéneas y qué bueno que no lo sean. Una mira hacia el desgaste amoroso, otra hacia el deseo atravesado por la tecnología y otra hacia la fantasía como posibilidad de emancipación. Sus lenguajes también difieren: realismo, comedia de enredos, metateatro. Sin embargo, las atraviesa una misma necesidad: hacer del escenario un lugar donde la experiencia queer no tenga que justificarse para ser representada.

Y quizá allí reside la verdadera potencia del festival. No en presentar obras sobre la comunidad TLGBIQ+, sino en permitir que la comunidad produzca sus propias imágenes, construya sus propios relatos y decida cómo quiere ser mirada. Porque ocupar un escenario también es disputar el derecho a imaginarse.

Corazón Abierto abre, entonces, algo más que las puertas de una sala. Abre un territorio. Uno donde los cuerpos disidentes no aparecen como excepción, como tragedia o como nota al pie, sino como protagonistas de sus propias ficciones. Y en un teatro que todavía necesita ampliar desesperadamente aquello que considera digno de ser contado, abrir ese espacio no es un gesto menor: es una forma de resistencia.

Juan Pablo Rueda

30 de agosto de 2026

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