sábado, 22 de agosto de 2026

Crítica: ALGO DE RUIDO HACE


El estatismo de un ruido latente

Pareciera que Algo de ruido hace de Romina Paula es uno de los textos más provocadores y liberadores dentro de la dramaturgia latinoamericana. A pesar de haberse estrenado y de llevar en el panorama teatral más de una década, la obra continúa siendo vigente para el teatro contemporáneo actual y llega a Lima bajo la dirección de Manuel Alegría en el Teatro Lucía, con un elenco particular que sostiene el texto desde un hacer orgánico, conformado por Luis Baca, Daniel Cano y Valquiria Huerta.

El texto se posiciona desde una dramaturgia estática donde prima la imaginación sobre el ruido. Los personajes habitan dentro de una casa hostil, donde un hecho ha marcado el silencio de quienes viven en ella, y resulta interesante cómo, al llegar una visita, existe una contraposición con la realidad que habita dentro de este hogar. Es decir, la textura del personaje que ingresa a la casa delimita el conflicto inicial de la propuesta textual. La llegada de un cuerpo externo altera aquello que parecía permanecer suspendido y permite que emerjan, poco a poco, las tensiones que ya estaban instaladas dentro del espacio.

La mirada de Alegría resulta pertinente en todos los sentidos, debido a que nos remueve y logra mantener este estatismo que viven los personajes, como si por un momento estuviéramos observando aquellos textos del absurdo donde el diálogo limita la progresión de la acción y donde prima la absurdidad de los personajes, casi como en Esperando a Godot de Samuel Beckett. Al introducir el tiempo, la casa como referencia metafórica y la pausa como una herramienta estática, se observa un estatismo que no necesariamente significa inmovilidad, sino una forma distinta de hacer avanzar la escena. Aquí el conflicto no necesita explotar para existir: permanece contenido, respirando debajo de cada silencio.

De igual manera, existe una lucha de poderes permanente donde se visualizan características muy particulares del teatro latinoamericano de la dramaturga Griselda Gambaro, donde los códigos teatrales funcionan desde el rol de la víctima y el victimario. La fuerza que tienen los personajes para contradecir y oponerse al otro es realmente potente. El elenco seleccionado encuentra habitar el texto de Paula desde una actuación realista pertinente, donde prima lo genuino y lo orgánico: Huerta destaca desde una presencia escénica que libera el espacio, Baca sostiene un perfil verosímil que habita la cotidianidad del conflicto y Cano desarrolla un personaje contenido, cuya vehemencia se desprende de una tensión interna que se manifiesta en cada una de sus intervenciones. No pareciera existir una necesidad de demostrar el conflicto, sino de permitir que este se filtre en los cuerpos, en las miradas, en las pausas y en aquello que los personajes deciden no decir.

Resulta interesante observar cómo, mediante la escenografía y la iluminación, la obra cobra mayor sentido desde el diseño de arte, puesto que este es introducido como un lenguaje escénico más de la obra. La casa deja de ser únicamente un espacio físico para convertirse en una extensión de los personajes: un lugar que contiene, encierra y, al mismo tiempo, expone aquello que ellos intentan ocultar. La iluminación acompaña esta dimensión y permite construir una atmósfera donde la cotidianidad adquiere una textura extraña, casi incómoda. No estamos frente a un espacio que simplemente contextualiza la acción, sino frente a uno que participa de ella.

Y quizá ahí radica una de las mayores potencias de la propuesta: en comprender que el ruido no necesariamente tiene que ser estruendoso. A veces el ruido aparece justamente cuando nada sucede. En el silencio prolongado, en una mirada que se sostiene demasiado, en una pausa que incomoda o en un personaje que permanece dentro de una habitación cuando sabemos que debería salir. Algo de ruido hace parece construir su universo desde esa contradicción: hacer ruido desde aquello que permanece callado.

La vigencia del texto de Romina Paula también parece encontrarse allí. En una época donde muchas veces el teatro busca producir constantemente acontecimientos, imágenes o estímulos, la obra permite detenerse y observar qué ocurre cuando la acción se dilata, cuando los personajes no resuelven y cuando el conflicto permanece suspendido. Alegría no intenta acelerar esa experiencia, sino abrazar su incomodidad y permitir que el espectador permanezca dentro de ella.

Algo de ruido hace no busca entregarnos respuestas inmediatas, sino obligarnos a mirar aquello que permanece debajo de la superficie. Quizás por eso su ruido resulta tan potente: porque cuando finalmente aparece, entendemos que siempre estuvo ahí. Necesaria, incómoda y profundamente silenciosa, una obra que no grita para ser escuchada: hace ruido desde aquello que oculta.

Juan Pablo Rueda

22 de agosto de 2026

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