Charly García contra el vacío
Existe algo valioso y lleno de virtud cuando se llega a montar una obra de teatro desde el acto de concebir y resolver una pregunta personal hasta revelarla hacia el otro en un acto de desnudo. Eso es Cómo salir de la depresión escuchando a Charly García. Dirigida por Carla Valdivia e interpretada por Gabriel Iglesias, en el Teatro Barranco.
Desde un primer momento, la obra se adhiere al espectador de una manera generosa y genuina. Hay, frente a nosotros, un hombre intentando salir de su zona de confort para confrontarse consigo mismo a través de un setlist inteligentemente seleccionado. Me parece valioso resaltar que la obra no apuesta por ser agradable ni por construir una experiencia de carácter comercial. Y quizá ahí reside una de sus mayores virtudes: en apostar por un teatro al que no le importa resolver los conflictos, sino permitir que estos permanezcan abiertos frente a nosotros. Volver, de alguna manera, a lo más primitivo del teatro: un público y una persona al frente.
La propuesta se apoya en recursos audiovisuales con el fin de inmiscuir al otro dentro de la experiencia que atraviesa el personaje. La mirada de Valdivia resulta pertinente, puesto que consigue otorgarle cierta contemporaneidad a la propuesta de Iglesias sin despojarla de su intimidad. En ese punto, vale mencionar el afecto que posee la puesta en escena. La obra habita un lugar liminal donde el actor deja de ser únicamente un elemento escénico y pasa a convertirse en una presencia performática que vive dentro de la escena. La voz se convierte entonces en una de las principales fuentes de expresión: una voz que cuenta, recuerda, se expone y, sobre todo, se desnuda frente al espectador.
En ese sentido, el uso de las canciones de Charly García construye una interpretación que va mucho más allá del fanatismo. El setlist está dispuesto en función de la narrativa dramatúrgica de la historia; cada canción parece encontrar un lugar específico dentro de aquello que Iglesias necesita contar. Junto a su voz, la experiencia se vuelve grata y totalmente deleitable, mientras hace un repaso por años de su vida y convierte el escenario en una conversación introspectiva sobre aquello que permanece en lo más íntimo.
El encuentro y el silencio son, además, un hilo fundamental dentro de la acción dramática. Ambos tienen la capacidad de detenerla y, al mismo tiempo, alejarnos de esa expectativa de observar un teatro permanentemente lleno de movimiento. El acto de fragmentar la acción permite que cada recurso estético aparezca de manera oportuna y alimente el unipersonal sin saturarlo. Aquí, el silencio no representa una ausencia: busca ser una acción detenida.
A lo largo de la obra, Iglesias comparte episodios de su vida vinculados a canciones específicas con el objetivo de activar una pregunta en el público: ¿qué música te acompaña cuando estabas mal? Y es precisamente ahí donde la experiencia deja de pertenecer únicamente al actor. Lo que comenzó como una pregunta personal empieza a trasladarse hacia nosotros, hacia nuestra propia memoria.
Hay algo mágico que habita en este tipo de lecturas, y es que la propuesta convive en todo momento con una dramaturgia sonora sostenida en vivo y en directo por Iglesias. La música deja de ser únicamente un acompañamiento para convertirse en una estructura de memoria. Es a través de ella que podemos comprender cómo, en la actualidad, somos atravesados constantemente por crisis ansiosas, momentos de vulnerabilidad y preguntas que muchas veces no sabemos cómo responder. Pero existe alguien, o quizá un ente, como la música, capaz de convertirse en un refugio de escape.
Quizá ahí radica la potencia de esta propuesta: en comprender que la memoria también puede hacer teatro y que una canción puede convertirse en archivo, refugio y testimonio. Una obra que revitaliza las contemporaneidades escénicas desde el archivo y el registro de la memoria, pero que, sobre todo, encuentra en la exposición de lo personal una posibilidad de encuentro con el otro. Generosa, honesta, necesaria y emotiva.
Juan Pablo Rueda
9 de agosto de 2026

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