domingo, 5 de abril de 2026

Crítica: LA TELARAÑA


Aquel cuadro en la pared

Muchas veces me pregunto por qué un simple detalle, que podría parecer acaso imperceptible o irrelevante, puede cobrar tanta importancia cuando me enfrento a redactar una crítica de teatro. Y es que ese detalle en escena nos acompaña mientras el público entra a sala y esperamos pacientemente la tercera llamada para dar inicio a la función. Me refiero específicamente al cuadro en la pared de la Sala Ana Loli del Teatro Esencia de Barranco, que acogió la puesta en escena de la simpática comedia de misterio La telaraña, creada originalmente por la Reina del Crimen, la británica Agatha Christie.

¿Qué tiene de especial el cuadro? Pues lo que alcanzamos a ver en él: la mirada hipnótica de un lobo, en la parte superior; a un lado, una persona con las alas de una mariposa a la altura de sus ojos, sobre una especie de duende mágico; en el otro lado, medio rostro de la bellísima Angelina Jolie interpretando a Maléfica; y al centro, la imagen de una mujer con los pechos semidescubiertos, abriendo con sus pies descalzos un libro. En otras palabras, una pieza de arte ciertamente curiosa y atractiva, pero que delata su anacronismo minutos antes de apreciar, supuestamente, una pieza de época, como lo es el texto escrito por Christie en 1954. Y esa sensación, como espectador, de no tener claro el contexto espacio-temporal es con la que se inicia el drama.

Siguiendo la estela dejada por la irregular La ratonera (2025), el experimentado Gerardo Fernández adapta y dirige la puesta en escena, luego de pasearla por los auditorios del Británico, y que involucra también a un grupo cerrado de personajes y un cadáver dentro de una vivienda. A su favor, el montaje de GCR Producciones cuenta con un elenco más que solvente, con la siempre agradable presencia de la actriz y productora Gessy Cochachi; los jóvenes talentos de Camila Battistolo y Lucciano Murúa; los muy creíbles Eduardo Paredes y Arom Cortez, cada uno en doble papel; y el mismo Fernández. Sin embargo, es en el intermedio, cuando se nos pide elucubrar quién es el asesino (igual que en La ratonera), que nos percatamos de que acaso debió haber un mayor desarrollo de los personajes al inicio, algunos apenas bosquejados, y que el ritmo que marca la comedia bien puede confundirse, a veces, con el apuro.

De todas formas, el buen oficio de Fernández se nota, especialmente en el segundo acto, con las sucesivas revelaciones siempre salpicadas por lo cómico de la situación, y también al arreglárselas para aprovechar al máximo el espacio que dispone, para crear así la convención de estar en una sala de época de familia acomodada, con puertas ocultas y cajones secretos. Y ese bendito cuadro dominándolo todo.

Esta versión de La telaraña, con los ajustes necesarios en la composición de los personajes secundarios y una revisión pendiente en el apartado estético, entretuvo en términos generales y el público disfrutó con esta historia que parodia deliberadamente al thriller policíaco, alternando suspense y humor. Con todo y aquel cuadro en la pared.

Sergio Velarde

5 de abril de 2026

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