Reír para no llorar
Pensar en nuestra situación política es suficiente motivo para deprimirse o montarse en cólera. La sátira política nos permite asumirla de otro modo: reír para no llorar. Dejar de ser víctimas para convertirnos en acusadores y señalar con el dedo burlón a quienes contradicen los conceptos de integridad y capacidad en la función pública.
Esa fue la idea que inspiró al dramaturgo y novelista ruso de origen ucraniano Nikolái Gógol para escribir El Inspector General en 1836, en la que satiriza la corrupción política, mezclada con torpeza, de las autoridades rusas en época de los zares, con una célebre comedia de equivocaciones que giran en torno al personaje principal, a quien confunden con un importante funcionario.
Martín Velásquez Marvelat recogió esta vieja idea el año 2018, en medio de la crisis política desatada en el Perú luego del cierre del Congreso, la vacancia de un presidente y la renuncia de otro, y la repuso, con más elementos de actualidad, el 2021. Estamos en el año 2026 y la crisis que inspiró la obra no ha concluido. En todo caso, enfrentamos un proceso electoral especialmente confuso y poco esperanzador.
Todo esto sirve para enriquecer la obra, a partir de la historia central: las torpes y corruptas autoridades del país confunden a un don nadie con un inspector secreto de la Corte Internacional Anticorrupción que hace peligrar sus intereses y, en medio del pánico por su presencia, cometen uno y otro error. Quienes no se equivocan son las actrices y actores, con su buen desempeño, gracias a la acertada dirección de Marvelat.
El Inspector de Marvelat, traducida a la contemporaneidad como La coima, constituye una sátira política directa y sin tapujos. Como en la versión original los personajes más ridiculizados resultan encantadores, aún con su torpe perversidad. A la comicidad de los textos dramáticos, el director le ha añadido música peruana, de modo que se convierte en una comedia musical, con letras hilarantes y sabor nacional. Aunque solo los principales personajes superan la valla de una regular interpretación musical, a los demás se les perdona todo, porque se trata de una farsa y cualquier desafino parece ser deliberado, aunque no lo sea, y no le resta comicidad.
La abundancia de referencias a conocidos personajes de la política nacional, pero de distintos momentos, podría confundirnos, pero esa amalgama se traduce en un mensaje brutal: cambian los nombres y las anécdotas, pero en el fondo son lo mismo; es decir, una clase política de ineptos y corruptos. Su repetición en el tiempo nos advierte que no se trata de una anécdota, sino de un problema estructural. La suma de nuevas referencias políticas incrementa el texto y duración de la obra, en perjuicio de su carácter. Tendrá que cuidar eso en la cuarta versión que obliga el impredecible mundo político peruano.
David Cárdenas (Pepedavid)
18 de abril de 2026
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