miércoles, 8 de abril de 2026

Crítica: MICRO BUTACA ABRIL


Pasos en la dirección correcta

La última vez que asistí a Micro Butaca, formato de microteatro creado por la productora de teatro y audiovisual Butaca Film, salí ligeramente decepcionado. A pesar de que la dinámica que ofrecen me pareció muy novedosa y entretenida, las microobras que vi ese día no lograron capturar del todo mi atención por motivos que expliqué en detalle en la crítica que les hice en aquel momento. Esta vez, sin embargo, mi experiencia fue considerablemente diferente. 

Nadie se queda atrás, dirigida por Karla Reluz, fue la primera obra de la noche. Estrictamente hablando no es una obra en sí, sino una propuesta performática que involucra directamente al público, haciéndolo partícipe de su desarrollo, que aborda temas con los que todo peruano puede identificarse: la falta de empatía en el transporte público, la indiferencia e ineficacia que muchas veces son perennes en nuestro sistema de salud, el descaro y la impunidad que corrompen nuestro sistema gubernamental, etc. Son temas fuertes y amplios que funcionan dentro del montaje porque están hilados de manera inteligente, sensible y dinámica. Victoria Lara es la actriz encargada de guiarnos a través de esta experiencia, y lo hace con la convicción, compromiso y seriedad que los temas demandan, logrando hacernos reflexionar acerca de nuestra realidad y hacer eso a lo que parecemos tenerle tanto miedo: evaluarnos realmente como sociedad y analizar cuál es la verdadera causa de que el país esté como está.

Después de clases, escrita por Omar Leonardo y dirigida por Ramón García, aporta la nota más cómica de la noche al yuxtaponer a dos personajes con visiones totalmente contrarias sobre la educación. El primero, interpretado por Luis Jiménez, es un profesor con más de treinta años en las aulas, aprista enclosetado, y la segunda, interpretada por Celeste Rondón, es una profesora recién egresada de la universidad y por lo tanto aún libre de los prejuicios y el desgaste emocional que implica trabajar en el sistema educativo público peruano. Esta microobra, en apariencia simple, funciona bastante bien, quizá incluso mejor de lo que debería. A nivel de texto, la dramaturgia logra construir un arco dramático verosímil, haciendo que sus personajes, particularmente el de Celeste, atraviesen una transformación lógica (y divertida) en escena, incluso soltando un efectivo giro argumental casi al final de la obra que nos dejó a todos verdaderamente atónitos. A nivel de dirección, el pequeño espacio disponible es aprovechado al máximo, el ritmo cómico está logrado y equilibrado, y el código actoral empleado es el correcto. Finalmente, a nivel actoral, tanto Luis como Celeste tienen un muy buen desempeño. Mucha escucha, mucha conexión, adecuada interiorización de los textos, gran manejo de los matices cómicos y, sobre todo, juego. Luis tiene el reto de interpretar un personaje mucho mayor de lo que es en la vida real, imponiendo una voz y una corporalidad específicas que, aunque disonantes con su apariencia física, terminan por funcionar gracias a su carisma y compromiso con la propuesta. Celeste, por su lado, aterriza y ancla muy bien el montaje, cargando a su personaje del optimismo clásico de aquellos docentes que recién están dando sus primeros pasos y afirman que el cambio que queremos en el mundo empieza en las aulas. Su personaje podría tranquilamente haber sido opacado por el más estrafalario de Jiménez, pero sucede lo contrario. A lo largo de la obra este va cobrando una tridimensionalidad muy interesante e igual de destacable.

Quizá el momento más desnivelado de la noche llega con La última oportunidad, escrita por Yamil Sacin y dirigida por Daniel Goya. Esta microobra apuesta por el drama, en este caso el de una pareja de esposos que hacen un último viaje juntos con la esperanza de que este los ayude a reparar las brechas que se han ido forjando en su matrimonio a lo largo de los años. La situación cobra dimensiones apocalípticas, literalmente, cuando se revela que un asteroide del tamaño de San Juan de Lurigancho está próximo a estrellarse contra la Tierra. Es así que la pareja descubre que esta es efectivamente su última oportunidad de arreglar sus diferencias y redescubrir el amor que los juntó en un inicio antes de que sea demasiado tarde. Creo que el problema central de este montaje parte a raíz de la magnitud tan grande de los eventos que propone la dramaturgia. El texto en sí no carece totalmente de mérito. A pesar de muchas veces caer en lugares comunes, en este caso, sobre problemas matrimoniales clásicos, este fluye y contiene los ingredientes esenciales para que el teatro funcione (conflicto, objetivos, urgencia, etc.). La dirección tampoco es mala. La primera parte de la obra, de hecho, es prometedora, lográndose imponer una atmósfera y un ritmo específico y cadencioso gracias al correcto uso de las luces, a la distribución eficiente de elementos en el espacio, y a la adecuada dirección de actores. El tema es que una vez que el inminente fin del mundo se anuncia, este desbarata toda la verosimilitud que se había construido, ya que los actores no llegan realmente a interiorizar la dimensión que tendría un evento como este, resultando en que gran parte de la obra se sienta falsa, y carente de auténtico riesgo. Aun así, destaco el trabajo de Rosilu Osorio, quien se compromete con el papel a pesar de las dificultades que presenta el texto. Irónicamente, Yamil Sacin trastabilla un poco, a pesar de ser una obra de su propia autoría, apresurando textos y diciéndolos sin que estos logren tener el impacto que podrían. No dudo de las capacidades de ambos actores, pero creo que en esta microobra los dos están encarcelados en un formato que simplemente no les ayuda. En el 2011, Lars Von Trier dirigió una película llamada Melancolía que trata justamente sobre la posible colisión de un planeta errante con la Tierra. Esta película retrata el lento acercamiento de dicho planeta al nuestro a lo largo de más de dos horas de metraje. Lo menciono porque intuyo que este texto podría crecer y evolucionar mucho si se le da el espacio de hacerlo. Después de todo, contraponer el ocaso de un matrimonio con la potencial destrucción del mundo es una idea innegablemente interesante, que creo merece más que solo quince minutos.

En líneas generales, la pasé bastante bien en esta segunda visita a Micro Butaca. Recomiendo que vayan a alguna de sus funciones restantes (les quedan tres). Garantizo que ninguna de las obras presentadas esta temporada los dejará indiferentes. Y eso de por sí, ya es un logro considerable. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

8 de abril de 2026

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