viernes, 22 de mayo de 2026

Crítica: EL ALCALDE DE ZALAMEA


¡Voto a Dios!

La acogedora Sala Alzedo, ubicada en pleno corazón del Centro de Lima, es sede de El Alcalde de Zalamea, obra icónica del dramaturgo, poeta y sacerdote español Pedro Calderón de la Barca, que regresa a la cartelera local después de más de cuarenta años bajo la dirección de José A. Rodríguez Garrido. Un numeroso elenco compuesto por nada menos que catorce actores y actrices, y un ensamble musical conformado por cuatro músicos, unen sus fuerzas para traer de vuelta a las tablas los versos del renombrado autor y darles nueva vida; tarea monumental si consideramos que han pasado ya varios siglos desde la primera representación que tuvo esta obra allá por los años mil seiscientos. Se aplaude el esfuerzo y el trabajo que la producción de un montaje como este implica, pero ¿vale realmente la pena desempolvar y montar una obra de tal antigüedad, o es que la poesía del madrileño encontraría mayor valor como objeto de estudio académico y registro histórico?

No sé si se me olvidó tomar mis pastillas para la inteligencia esa mañana, o si mi cerebro estaba demasiado agotado al término de una semana intensa como para descifrar el lenguaje poético de la obra (el cual fue deliberadamente mantenido de forma íntegra por el director), o si la propuesta tan purista del montaje impidió que el texto realmente llegue a mí de forma comprensible, o si mi falta de conocimiento sobre el contexto durante el cual se desarrollaron la obra y su autor influyeron en mi visionado, (probablemente haya sido una combinación de todas estas cosas), pero la verdad del asunto es que no entendí prácticamente nada de lo que vi las dos horas que estuve sentado en la primera fila del teatro. Y lo que es aún más desalentador, no sentí mayor cosa aparte de tedio durante la duración de esta puesta. 

Todo empezó así: un enorme retablo ayacuchano yace cerrado en el escenario. Dos soldados ingresan desde lados opuestos y lo abren, revelando al interior sus dos pisos y sus seis viñetas (tres por piso) dentro de las cuales están posicionados todos los personajes de la obra en poses estoicas y dramáticas. Visualmente impactante y muy prometedor inicio, sobre todo porque la música en vivo que acompaña este momento -y todo el montaje- es sublime. El problema inició cuando los personajes empezaron a hablar. Es hasta chistoso cuando lo recuerdo, porque tal como le dije a mis acompañantes después de función -quienes eran nada menos que una bibliotecóloga y un historiador de arte-, tenía la sensación de que ni siquiera era castellano lo que estaba escuchando, sino sánscrito. El texto de Calderón de La Barca, además de antiguo, es también poético (en el sentido estricto de la palabra), lo cual añade a la dificultad de su comprensión. Los versos empezaron a retumbar en mi cabeza, pero no de forma paródica o satírica, como muchas veces se abordan los textos clásicos, sino de forma solemne, realista, fiel al estilo de comunicación -y de teatro- de aquella época. Hice un intento valiente por conectarme con lo que los actores decían y hacían. Esperé pacientemente el momento en el que me acostumbraría al lenguaje empleado y todo cobraría sentido. Quise encontrar alguna especie de divertimento dentro de lo que mis ojos veían. Lamentablemente, nada de esto pasó.

Lo que sí pasó fue la amena cháchara posterior a la función en la que mi amiga la bibliotecóloga, su amigo el historiador de arte y yo, conversamos abiertamente y sin tapujos (como debe ser) acerca de lo que habíamos visto. Grata fue mi sorpresa cuando al contarles de mi experiencia viendo la obra, esta fue recibida de forma amable, y hasta empática. Interesante fue también para mí descubrir que la experiencia de ellos fue totalmente distinta. En su caso, sí hubo una conexión, una comprensión y un disfrute de la obra, lo cual me lleva a dos conclusiones importantísimas. Primero, que al momento de enfrentarse a una obra, sobre todo a una obra clásica, uno lleva consigo todo su bagaje y conocimiento cultural. En otras palabras, es mucho más probable que una persona versada en el contexto histórico, artístico y sociopolítico de una obra la disfrute más que alguien que llega sin mayor conocimiento previo sobre la misma. Asimismo, todas las obras ya vistas aportan muchísimo a la percepción de la obra que está viéndose por primera vez. Mejor dicho, todo lo anterior suma a nuestra comprensión y por ende al goce de lo actual. Habiendo dicho esto, sin embargo, mi segunda conclusión es sencilla, pero totalmente clave: el arte es, y siempre va a ser, subjetivo. Sí, siempre pueden aislarse aspectos específicos y técnicos de una producción y evaluarse de forma objetiva. Pero al final de cuentas, cada persona, dentro de su cosmovisión y experiencia única en y con el mundo, será quien finalmente determine si algo es de su gusto o no, independientemente de la excelencia técnica que pueda tener un producto artístico. 

Hablando de excelencia técnica, a nivel de producción, El Alcalde de Zalamea cumple con creces lo que promete. De hecho, ver esta obra fue casi como ingresar en un túnel del tiempo; no solo porque los vestuarios y caracterización de los personajes han sido minuciosamente construidos y son, según entiendo, históricamente correctos, sino porque como ya mencioné, el texto original (lleno de vocablos hoy en día obsoletos), fue intencionalmente mantenido de forma íntegra. Musicalmente, las piezas que acompañan las distintas escenas fluyen de manera orgánica dentro de la atmósfera creada por el director, y ciertamente aportan al drama del montaje. A nivel de utilería, esta aporta al realismo buscado ayudando a representar las escenas de forma fidedigna. Hay un importante logro también en lo que respecta al manejo de la lucha escénica y la dirección de actores en general, que hace que al menos visualmente la obra siempre sea dinámica. Actoralmente, el trabajo coral es en líneas generales competente, comprometiéndose el elenco con sus personajes y explotando sus rasgos arquetípicos, manejando sus textos de forma convincente, y aportándole peso a sus palabras, acciones y objetivos. Aunque claro, al tratarse de un lenguaje y un estilo de diálogo así de arcaico, el reto es tan grande que, por momentos, los textos suenan más declamados que sentidos, más actuados que vividos, más superficiales que internalizados, pero esto lejos de hablar de la capacidad actoral de los artistas en escena, puede sin duda atribuírsele enteramente a la complejidad del texto de Calderón de La Barca.

¿Recomendaría entonces El Alcalde de Zalamea? Depende de a quién. Si tienes un perfil académico, artístico y literario, gustas de textos históricos y con lenguaje poético antiguo, y disfrutas de relatos melodramáticos de honor, poder y justicia, diría que esta obra es para ti. Si no es así, es probable que tengas una reacción bastante similar a la mía y te sientas más perdido que… ya ustedes me entienden. Respondiendo a la pregunta que yo mismo formulé al término del primer párrafo de esta crítica, considero que sí tiene valor montar obras como esta, solo que dicho valor será distinto para cada persona. Para mí, por ejemplo, fue valioso encontrarme con el teatro del pasado, que inevitablemente ha influido en el teatro contemporáneo. Por otro lado, y no menos importante, siempre es bonito recordar que hay muchas más cosas por conocer, aprender y descubrir acerca de la industria de la que formas parte. ¿Qué esperas entonces para descubrir si tu voto por este alcalde es a favor o en contra? Tienen dos últimas funciones este 23 y 24 de mayo. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

22 de mayo de 2026 

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