Sobre la naturaleza y la tristeza
La obra La melancolía de las plantas de Gabriela Paredes es mucho más que una puesta en escena sobre naturaleza, o tristeza. Es una reflexión profundamente humana sobre la vida, la fragilidad emocional y nuestra relación con otros seres vivos. A través de un relato íntimo y sensible, Gabriela muestra cómo las plantas se convierten en refugio, compañía y hasta salvación para una persona que atraviesa un momento límite, marcado por el dolor, por las ganas de no estar, pero aferrarse al tiempo.
Nos muestra también una realidad. Un tema del que se habla bajito porque no se entiende, como si el resto de los mortales necesitáramos las pautas exactas de la decisión del otro, para no juzgarlo. Un tema que es urgente poner sobre la mesa, los escenarios, y las plataformas políticas: salud mental, y todo lo que eso arrastra.
Uno de los aspectos más valiosos de la obra, además, es la manera en que demuestra lo poderoso que puede ser hablar de aquello que nos apasiona. Y ojo, de lo importante que es saber de lo que hablamos. Cuando la protagonista habla de plantas, no lo hace solo desde el conocimiento, sino desde el amor y la necesidad de encontrar sentido. Esa pasión vuelve el discurso cercano, honesto y profundamente conmovedor. La obra transmite que los intereses personales también pueden ser una forma de resistir, sanar y reconectarse con el mundo.
Además, la obra no se queda únicamente en lo individual o emocional. Gabriela logra ampliar la mirada e incorporar temas sociales y políticos que atraviesan nuestra realidad actual, como los incendios forestales, la destrucción de los ecosistemas y la muerte progresiva de la naturaleza. Esto enriquece la propuesta, la convierte en una experiencia personal y en una reflexión colectiva sobre cómo tratamos al planeta y cómo el deterioro ambiental también refleja ciertas crisis humanas. La imagen de la bandera peruana entre el verde de las plantas, el olor a tierra que emana desde el escenario es poderosa y dolorosa. Porque, así como nosotras andamos sobreviviendo, aferrándonos al tiempo, nuestro país sufre del mismo mal.
Las plantas aparecen entonces como seres vivos con memoria, sensibilidad y presencia, no como simples adornos. La obra invita a pensar en la conexión entre el ser humano y la naturaleza, y en cómo muchas veces olvidamos que dependemos emocional y físicamente de ella. La melancolía de las plantas deja una sensación de sensibilidad y conciencia, recordándonos que incluso en los momentos más oscuros puede existir algo vivo capaz de sostenernos.
Cristina Soto Arce
22 de mayo de 2026

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