Un cuerpo que recuerda: delicadeza y herencia en escena
En la intimidad de la Sala Quilla, El día en que cargué a mi madre, dirigida y escrita por Paloma Carpio, se instala como una experiencia escénica sensible que encuentra en el cuerpo su principal territorio de significado. Interpretada por Bernadette Brouyaux y Soledad Ortiz de Zevallos, la obra propone un recorrido íntimo donde el vínculo madre-hija se despliega con honestidad y sutileza.
Desde el inicio, la puesta construye un universo compartido: una escenografía con niveles, un árbol que parece sostener la propia historia, elementos cotidianos y un trapecio que introduce una dimensión de riesgo y poesía. Todo convive en equilibrio, generando imágenes que sugieren más de lo que explican. Hay una atmósfera cálida reforzada por una luz mayormente ámbar y la presencia del color blanco en escena, que envuelve al espectador en una sensación de cercanía.
Uno de los grandes aciertos de la obra es su lenguaje híbrido. La palabra, la voz en off, la música, la composición de la luz y el movimiento se entrelazan con precisión, permitiendo que la historia se construya tanto desde lo narrativo como desde lo visual y lo corporal. La presencia de la danza y el circo adquiere un lugar central en la obra, aportando capas de sentido y sosteniendo la atención con momentos de riesgo y belleza. El cuerpo no solo se despliega: se arriesga, se eleva, se sostiene y se transforma. El uso del trapecio introduce una poética del vértigo donde se parece dialogar con la fragilidad y la fortaleza de los vínculos. La fisicalidad de las intérpretes, entre lo coreográfico y lo acrobático, construye imágenes de gran potencia visual, donde el equilibrio y la caída no son solo acciones, sino estados emocionales. Así el lenguaje circense no busca sólo virtuosismo, sino que se integra orgánicamente a la narrativa, amplificando la experiencia sensorial del espectador.
Sin necesidad de subrayar, la obra deja ver temas como el paso del tiempo, la memoria y las transformaciones del vínculo familiar, especialmente el de madre-hija. Aquí, el cuerpo se convierte en archivo: guarda, carga y también libera. Hay frases que emergen con fuerza por su carga emotiva, pero es sobre todo en la fisicalidad donde la propuesta encuentra su mayor potencia.
La presencia de distintas generaciones se sugiere con delicadeza, abriendo preguntas sobre lo que se hereda, lo que se repite y lo que se resignifica. En ese tránsito, la obra dialoga con la identidad, la pertenencia y las ausencias, sin caer en lo evidente. Incluso los elementos interculturales, como las canciones en francés, se integran de manera orgánica, ampliando el universo sin romper su coherencia.
El día en que cargué a mi madre es una pieza que apuesta por las imágenes, la emoción contenida y la construcción simbólica. Una obra que no necesita explicarlo todo para tocar fibras profundas y dejar una resonancia y reflexión profunda que permanece más allá de la función.
Últimas funciones: viernes 8, sábado 9 y domingo 10 de mayo. Entradas disponibles en Joinnus.
Tammy Alfaro
5 de mayo de 2026

No hay comentarios:
Publicar un comentario