domingo, 26 de abril de 2026

Crítica: CANTA Y NO LLORES


Karaoke, amistad y despecho: una fiesta escénica con momentos de goce

En Canta y no llores, dirigida por Marco Palomino, la propuesta se instala en un espacio poco convencional: una discoteca amplia que busca convertirse en el escenario de una noche entre amigas. La premisa es clara y atractiva: celebrar un cumpleaños atravesado por una ruptura amorosa, donde el karaoke y la complicidad femenina deberían sostener tanto el relato como la experiencia del público.

Sin embargo, uno de los principales desafíos del montaje aparece desde lo más básico: la escucha. Las condiciones acústicas del espacio, sumadas al uso de micrófonos, la reverberación del lugar y una vocalización poco precisa dificultan considerablemente la comprensión de los diálogos. Esto no es un detalle menor. La obra propone una dramaturgia basada en la palabra y la anécdota, pero esa misma palabra se diluye, dejando al espectador más cerca del concierto que de la escena.

En ese vacío, la música emerge como el elemento más sólido. Las interpretaciones vocales evidencian preparación, disfrute y capacidad técnica por parte de las actrices. Hay momentos donde la armonización y la elección de canciones logran sostener la atención, generando una conexión más directa con el público. Aun así, esta fortaleza también deja en evidencia un desbalance: lo musical funciona mejor que lo dramático.

La estructura de la obra se apoya en una dinámica repetitiva que alterna recuerdo, anécdota y canción. Si bien este recurso puede ser efectivo en ciertos momentos, su uso constante termina por aplanar el desarrollo. No hay una progresión clara hacia un punto de quiebre o transformación, lo que genera la sensación de estar frente a una sucesión de momentos más que a una construcción dramática sostenida.

En cuanto a los vínculos, la relación entre las tres amigas plantea una intención de apoyo y contención, pero no siempre logra materializarse con organicidad. Los intercambios tienden por momentos a una energía desbalanceada, donde una presencia escénica sobresale mientras las otras quedan más contenidas. Esto no construye contraste de personajes, sino cierta desconexión en el ritmo grupal. A ello se suma una forma de interacción que, en lugar de sostener desde la escucha, se acerca más al reclamo reiterado, lo que debilita la empatía hacia el conflicto central.

El uso del espacio y la relación con el público también presenta tensiones. La circulación entre espectadores y la intención de generar una atmósfera de fiesta no terminan de sentirse necesarias ni orgánicas. Más que integrar, estas acciones aparecen como intervenciones externas al flujo de la obra. La altura del escenario, sumada a ciertos desplazamientos como el uso de escaleras, refuerza una distancia que contradice la cercanía que la propuesta busca construir.

A nivel de recursos, algunos elementos escénicos se introducen sin un desarrollo claro, como objetos que aparecen y desaparecen sin consolidar un código o una función dentro del relato. Esto contribuye a una sensación general de fragmentación, donde varias ideas coexisten sin terminar de articularse.

La premisa, sin embargo, tiene potencial. La idea de convertir el despecho en un espacio compartido entre amigas, atravesado por la música y la catarsis colectiva, conecta con una experiencia reconocible y vigente. En ese sentido, la obra encuentra momentos de disfrute, especialmente cuando el público se permite habitarla desde el código del karaoke más que desde la narrativa teatral.

Canta y no llores plantea una experiencia que oscila entre el show musical y la escena dramática. En ese tránsito, lo que aparece con mayor claridad es la necesidad de afinar su eje: decidir desde dónde quiere ser leída. Cuando la fiesta logra sostenerse, el público responde. Cuando la historia intenta aparecer, la falta de claridad la debilita.

La propuesta deja entrever un camino posible: uno donde la cercanía, la escucha y la construcción del vínculo puedan sostener tanto la celebración como el conflicto. Porque en una noche de amigas, no solo se canta. También se escucha, se contiene y se comparte lo que duele.

Naomi Noblecilla

26 de abril de 2026

No hay comentarios: