Llegar cuando toca
Adiós Ayacucho sigue a Alfonso Cánepa, un campesino ayacuchano asesinado durante el conflicto armado interno, que emprende un viaje hacia Lima para recuperar las partes de su cuerpo que le faltan. La premisa es tan absurda como dolorosamente concreta: un muerto tiene que llegar a la capital para exigir sus derechos. Para que se reconozca su existencia.
Ese viaje convierte al cuerpo en uno de los grandes territorios de la obra. El cuerpo desaparecido, incompleto, se vuelve también la imagen de una memoria que ha sido violentada. Cánepa no puede descansar, porque todavía tiene algo que reclamar. Y el teatro le devuelve aquello que la violencia le quitó: un cuerpo, una voz y la posibilidad de contar su propia historia.
Yuyachkani construye este universo sin abandonar el humor, el juego ni la belleza. La música ocupa un lugar fundamental. Hay una nostalgia dulce que atraviesa la puesta y que convive, de manera casi contradictoria, con la violencia de la historia. Los sonidos e instrumentos vinculados a lo andino no funcionan como simple acompañamiento. Construyen identidad. Cada instrumento parece encontrar su momento exacto, y la música que nos regala Ana Correa termina siendo otra forma de narrar.
La experiencia en las butacas es también maravillosa. Habría que preguntarse si el público escoge a Yuyachkani, o si estos, con los años, han aprendido a construirlo, deleitarlo, incluso filtrarlo hasta convertirlo en espectadores presentes en alma. Hay una escucha atenta, una disposición a transitar entre la risa y el silencio, entre lo festivo y lo doloroso. La obra y Yuyachkani confían, en esa inteligencia del espectador y no necesita explicarlo todo.
Entonces, entre esa risa incómoda y los sollozos del público hay una verdad horrorosa: sigue siendo tan vigente.
Una obra estrenada hace más de treinta años, atravesada por desapariciones, violencia, desigualdad y por la necesidad de llegar hasta Lima para ser escuchado, todavía encuentra un lugar demasiado cómodo en el presente. Uno quisiera que Adiós Ayacucho fuera un viaje hacia el pasado, pero sigue siendo un viaje que conocemos.
Esta es mi primera vez viendo una obra de Yuyachkani y llega el reproche por haberlo hecho antes. Hay algo de extraño en llegar tan tarde a un trabajo que lleva décadas sintiendo, desde el teatro, algunas de las heridas más profundas del país. Pienso entonces, que las obras, así como llegan a los actores en su debido momento, llegan a su público cuando tienen que llegar. Quizás Adiós Ayacucho aparece ahora, porque también se puede mirar desde otro lugar.
Y quizá ahí reside también la fuerza de Yuyachkani: en hacer del teatro un lugar donde los muertos puedan volver, hablar y reclamar aquello que todavía no hemos sabido reparar como país y que necesita justamente eso, seguir llegando a todos los que tenga que llegar.
Cristina Soto Arce
6 de setiembre de 2026

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