domingo, 25 de octubre de 2026

Crítica: QUERÍAMOS CAMBIARLO TODO


Veinte años, siete mujeres y un país que no madura

Hay reuniones que sirven para celebrar lo conseguido y otras que, además, nos obligan a preguntarnos qué hicimos con todo aquello que alguna vez soñamos. Queríamos cambiarlo todo, creación del colectivo teatral Tránsito bajo la dirección de Paloma Carpio, comienza precisamente desde ese lugar: una fiesta, una reunión entre mujeres que llevan veinte años compartiendo un camino artístico y que, mientras terminan de preparar el encuentro, también nos preparan para mirar hacia atrás. No estamos en una celebración cualquiera. Las anfitrionas organizan, sirven, ofrecen y establecen las condiciones para que podamos participar de este espacio teatral. La convención se hace visible desde el inicio, sin necesidad de disfrazar la representación de una realidad absoluta. Así, incluso quien no está familiarizado con el teatro contemporáneo puede reconocer sus reglas y entrar en el juego propuesto.

El aniversario de Tránsito no se queda en la celebración de una trayectoria. Los veinte años que el colectivo toma como referencia, se convierten también en una forma de recorrer la historia reciente del Perú. La experiencia de estas artistas se encuentra con un país atravesado por crisis políticas, dictaduras, fracturas y condiciones precarias para sostener la creación. Hacer teatro durante dos décadas no significa únicamente acumular funciones, personajes o proyectos: significa insistir en un oficio cuya continuidad depende, tantas veces, de la voluntad de quienes lo ejercen. La obra entiende que la historia de un colectivo artístico no puede separarse del territorio donde intenta existir. La vida privada y la vida pública se mezclan porque nunca han estado realmente separadas.

Uno de los hallazgos más sugerentes aparece cuando las intérpretes hablan de sus cuerpos y de la perimenopausia. Sofocaciones, sudoración, alteraciones de la memoria y sangrados irregulares dejan de ser experiencias exclusivamente individuales para convertirse en una pregunta sobre el estado del país. ¿Está el Perú atravesando su propia perimenopausia? La comparación podría parecer insólita, pero encuentra su fuerza precisamente en esa extrañeza. Un país que se sofoca, que parece perder la memoria, que sangra y atraviesa cambios que no consigue controlar: la metáfora convierte el malestar político en una experiencia corporal, cercana y reconocible.

No se trata de afirmar que una nación tenga un organismo como el nuestro, sino de buscar una forma sensible de nombrar aquello que, desde el análisis político, a veces parece demasiado abstracto. La pregunta incomoda porque no ofrece un diagnóstico tranquilizador. ¿Cuánto puede desestabilizarse una sociedad antes de reconocer que algo necesita cambiar? ¿Cuánto dolor puede normalizarse antes de dejar de parecernos extraordinario? Desde una mirada femenina, el cuerpo se convierte en una herramienta para pensar lo colectivo, sin que la experiencia de las mujeres tenga que justificarse mediante una explicación ajena a ella.

La adolescencia aparece como otra posible imagen del Perú. A partir de la experiencia de una de las integrantes con su hijo, desde la infancia hasta esa etapa en la que todo parece sentirse con una intensidad difícil de regular, la obra vuelve a preguntarse por la madurez de un país que parece no saber detenerse, medir sus reacciones ni hacerse responsable de sus propias decisiones. Entre la perimenopausia y la adolescencia se dibuja una sociedad que oscila entre el agotamiento y la impulsividad, entre la experiencia acumulada y la incapacidad de aprender de ella. Dos momentos vitales distintos que, puestos en diálogo, abren una reflexión sobre la memoria, el cambio y la responsabilidad.

Pero Queríamos cambiarlo todo no se limita a hablar del Perú. También vuelve sobre las vidas de las mujeres que lo habitan y que, en medio de su recorrido artístico, han atravesado pérdidas, rupturas amorosas, maternidades, proyectos concretados y otros que quedaron atrás. Al recordar a las jóvenes que fueron, aquellas que imaginaban que el arte podía transformar el rumbo de las personas y contribuir a construir un país distinto, aparece una tristeza inevitable: no todo ocurrió como esperaban. Hay una distancia entre el sueño de cambiarlo todo y la realidad de haber conseguido cambiar algunas cosas, quizá menos de las que deseaban.

Sin embargo, la obra no convierte esa distancia en una derrota definitiva. Tampoco utiliza las dificultades como una invitación a sentir lástima por ellas. Lo que aparece es una celebración más compleja: la de reconocer el camino recorrido sin fingir que fue fácil, la de mirar con cariño a las mujeres que fueron sin despreciar a las que son ahora. En esa revisión encontré también una pregunta propia. Desde una edad en la que todavía queda tanto por delante, mirar a quienes alguna vez estuvieron donde una está hoy permite imaginar el futuro sin necesidad de idealizarlo. Habrá aciertos, pérdidas, cambios y sueños que deberán transformarse. No sabemos qué quedará de lo que hoy deseamos, pero sí podemos decidir qué hacemos mientras avanzamos.

La composición colectiva refuerza esta idea mediante recursos como el collage y las imágenes corporales. Las intérpretes no se presentan únicamente como individuos que cuentan sus experiencias, sino como cuerpos capaces de construir una imagen compartida. La forma escénica acompaña el sentido de la obra: aquello que una recuerda encuentra resonancia en otra, y lo que podría permanecer como una vivencia privada se convierte en una memoria común. Hay una potencia particular en ver a mujeres adultas apropiarse de sus experiencias sin reducirlas a una estética comercial de la feminidad ni a una representación edulcorada de la sororidad. Aquí, la unión no es una consigna bonita; es una forma de permanencia.

Por eso, la intervención ocasional de un hombre situado al fondo del espacio me resultó prescindible. Sus comentarios, escasos y breves, no parecían aportar una dimensión que la escena necesitara y terminaban desviando momentáneamente la atención de un tejido colectivo mucho más interesante. No es que una obra de mirada femenina deba excluir otras presencias, sino que cada intervención tendría que encontrar una razón escénica para existir. En este caso, el foco de la propuesta ya estaba construido con suficiente fuerza por las mujeres que sostenían la reunión.

Al final, lo que permanece no es la imagen de un colectivo que ha superado todas las dificultades, sino la de uno que ha seguido creando a pesar de ellas. Y esa diferencia importa. Queríamos cambiarlo todo nos recuerda que la resistencia artística no siempre se mide por la magnitud de las transformaciones conseguidas, sino también por la capacidad de permanecer, encontrarse y seguir produciendo sentido en medio de un contexto adverso.

Necesitamos más obras que se atrevan a mirar la experiencia femenina desde la complejidad de vivirla, sin convertirla en una tendencia, un adorno o una historia de superación prefabricada. Porque envejecer, crear, criar, perder, volver a empezar y persistir también son formas de hacer memoria y de hacer país. Quizá no cambiemos todo. Quizá ni siquiera alcancemos a reconocer cuánto cambió. Pero mientras existan espacios donde podamos contarnos, escucharnos y construir juntas, todavía habrá algo que valga la pena celebrar.

Naomi Noblecilla

25 de octubre de 2026

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