domingo, 11 de octubre de 2026

Crítica: LA BODAS DE FÍGARO


Una obra clásica o el recordatorio de que las cosas no han cambiado mucho desde entonces

Éxodo nos trajo la segunda parte de la trilogía de Beaumarchais y, al igual que El barbero de Sevilla, no nos decepcionó; sino al contrario, nos dejó a la expectativa de lo que está por venir, de qué manera cerrará este paso por un clásico del teatro francés que, pese a ser escrita en 1784, los problemas que represente se sienten muy actuales.

Siempre que un clásico vuelve a la escena contemporánea, es bueno preguntarse el porqué. ¿Por qué volver a los clásicos?, ¿por qué precisamente este? Y creo que la respuesta, en este caso, radica en parte en el gran sentido del humor que maneja el texto y cómo el director Jean Pierre Gamarra logra captar esa esencia y traerla al presente, logrando que temas como los abusos de poder de cierto sector social, como la aristocracia de esa época, sean palpables ahora. Problemas que, al verlos representados en escena, ambientados en otra época y de una manera tan absurda, nos acercan más a la autorreflexión, incluso sin darnos cuenta.

Con un elenco conformado por Maria Grazia Gamarra (Susana), Oscar Yepez (Conde Almaviva), Amaranta Kun (condesa Almaviva), Alonso Cano (Don Bartolo), Denise Arregui (Marcelina), Alejandro Tagle (Querubín) y Martín Aliaga (Don Basilio), la historia continúa con los acontecimientos ocurridos después de que el conde y la condesa terminan juntos. Entre líos amorosos que comprometen fidelidades y lealtades, tenemos sobre el escenario a siete personajes, cada uno con sus peculiaridades, que dentro de todo son muy humanos por todos los defectos que tienen, pero no por ello son menos queridos o aplaudidos por el público. Más de uno desató carcajadas y momentos de complicidad al romper la cuarta pared.

No está de más recordar y destacar el tacto de Gamarra para revivir clásicos y hacerlos sentir como nuevos, les añade una frescura con pequeños detalles como las canciones contemporáneas: esta trilogía ya queda impregnada con las canciones de la banda Estopa, que le dan ritmo a las escenas y definen la línea de ciertos personajes, como el de Querubín, que no duda en dedicarle parte de la canción Como camarón al personaje de la Condesa, o cuando todo el elenco se pone a cantar con el público La raja de tu falda.

Adicionalmente a esto, la escenografía de Lorenzo Albani es el otro gran personaje de la obra. Siguiendo con la escenografía ya utilizada en el Barbero de Sevilla, lo cual ayuda a darle una continuidad a la historia pese a los meses transcurridos entre ambas puestas, nos vemos rodeados por un ambiente casi onírico, colores ocre, puertas mal encajadas, pisos en desnivel, todo muy bien complementado con el también ya característico vestuario hecho de retazos de telas y maquillaje que parece sacado de películas de Tim Burton. Ir a ver una obra de Éxodo es saber que estás yendo a deslumbrarte con un escenario fuera de serie, a sorprenderte por la buena memoria de los actores y su capacidad interpretativa y, finalmente, a reirte de ti mismo y la realidad por lo absurda que puede llegar a ser.

Bárbara Ríos

11 de octubre de 2026

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