El poder de lo femenino
Resulta importante, en estos tiempos, crear personajes femeninos que representen la figura de la mujer peruana, atravesada por la contradicción, la esperanza y un profundo empoderamiento. Bajo esta premisa se presenta Victoria, un nuevo musical, protagonizado por Cynthia Bravo, con dramaturgia de Malu Gil y Ángela Mesa, música y letras de Sebastián Abad y la dirección escénica de Gil. Un unipersonal que coloca en el centro el éxito, el poder, la identidad y las heridas que permanecen cuando todo parece estar conquistado.
Gil asume la dirección con una mirada atrevida y contemporánea. Su decisión de incorporar una banda de mujeres dentro del escenario es uno de los aciertos más significativos de la puesta: no se limita a acompañar musicalmente a la protagonista, sino que hace visible a otras mujeres produciendo, sosteniendo y habitando el acontecimiento escénico. Lo femenino no está únicamente en el discurso de la obra; está en la materialidad de la escena. El escenario se convierte así en un espacio donde las mujeres no solo son representadas, sino que hacen que el espectáculo suceda.
Bravo posee una vehemencia escénica oportuna. Su presencia sabe imponerse sin convertir cada instante en exceso. Hay algo felino en su manera de habitar el espacio: observa, mide, acecha y avanza. Su cuerpo sostiene permanentemente la tensión entre la seguridad de Victoria y aquello que amenaza con quebrarla. Bravo comprende que el poder no necesariamente se interpreta desde la dureza; también puede aparecer en la contención, en una mirada o en la manera de ocupar el espacio. El canto, además, se integra orgánicamente a su actuación y permite que la música sea parte del conflicto y no un simple intervalo narrativo.
El desarrollo de la trama es impecable. La dramaturgia administra la información con precisión y permite que cada revelación transforme nuestra percepción del personaje. No se trata únicamente de contar la historia de Victoria, sino de dosificar aquello que sabemos de ella para que el personaje se vaya complejizando ante nuestros ojos. La estructura encuentra su eficacia justamente en esa capacidad de conducir al espectador sin perder el pulso emocional.
Las letras de Abad aportan una mirada sensible al universo de Victoria. Las canciones amplían aquello que la dramaturgia propone y permiten que el personaje se exponga desde otro lugar. La palabra cantada no funciona como ornamento: abre una dimensión emocional que profundiza sus contradicciones, sus deseos y sus heridas. Abad consigue que la música dialogue con la construcción dramática y que cada canción tenga un peso dentro del recorrido del personaje.
Pero la obra no está exenta de una tensión. La mujer exitosa que ha construido una imagen de poder y que finalmente debe enfrentarse con las heridas de su pasado pertenece a un imaginario que el teatro y el audiovisual han transitado numerosas veces. El riesgo aparece cuando el empoderamiento se convierte en fórmula: triunfar, resistir y sanar. La propuesta es más potente cuando se permite escapar de esa ruta y mostrar a Victoria no como una mujer invulnerable, sino como una mujer contradictoria, capaz de sostener su poder sin negar aquello que la quiebra.
Juan Pablo Rueda
8 de octubre de 2026

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