Vanessa Vizcarra escribe y dirige Migrantes, obra de teatro familiar basada en el premiado cuento ilustrado del mismo nombre de la autora peruana Issa Watanabe. Tornillo Teatro y el Centro Cultural de la Universidad del Pacífico producen la obra que, además, fue beneficiaria de los Estímulos Económicos para la Cultura 2025 del Ministerio de Cultura del Perú. Apostando por una experiencia escénica completa que combina teatro físico, música en vivo, máscaras, títeres y hasta proyecciones, la dramaturga y directora asume la difícil tarea de traer a la vida las ilustraciones de Watanabe en una historia original que busca cautivar tanto a chicos como a grandes. La pregunta es, ¿lo logra?
Debo admitir que no he visto mucho teatro familiar u orientado para niños. Tampoco conocía el trabajo de Watanabe, pero por fortuna esta vez llegué temprano al teatro y pude recorrer con calma la exhibición dedicada a Migrantes, su celebrado libro de ilustraciones, en el primer piso del moderno e imponente Centro Cultural de la Universidad del Pacífico. Las imágenes de Watanabe me sobrecogieron de inmediato. Muy detalladas, surreales en naturaleza (mostrando animales con cuerpos de humanos), pero con trazos realistas cargados de una inesperada melancolía. La impresión visual de ver un grupo grande de animales humanoides avanzando en la misma dirección, con bolsos, maletas y demás, es bastante impactante, y no hizo más que elevar mis expectativas (algo muy peligroso) y causarme mucha curiosidad sobre cómo iba a ser la versión escénica de estas bellas piezas gráficas. Afortunadamente, Vizcarra no decepciona en su adaptación, y más bien aporta lo que me parece un complemento fenomenal al de por sí logrado libro de ilustraciones.
La obra arranca con buen pie. En lugar de aparecer en el escenario, Eduardo Cardozo, Deysi Forcades, Muriel García, Sol Nacarino y Luigi Valdizán aparecen bajando por las escaleras, por donde ingresó el público, como si el teatro fuese una parada más de su viaje. Cantando llegan por fin al escenario y con un divertido número musical (uno de varios) se presentan al público, haciendo evidente así la dinámica que la directora-dramaturga ha elegido para contar esta historia: la de usar diversos narradores. La decisión es a mi parecer acertada: primero, porque es una gran forma de mantener la atención de los niños; segundo, porque al cambiar constantemente de narrador, los demás artistas escénicos quedan libres para mostrar lo que se cuenta oralmente; y finalmente, porque enfatiza y refuerza el hecho de que esta no es una historia individual, sino colectiva. Esta no es más que una de decenas de decisiones acertadas que tomó Vizcarra. La implementación de música en vivo (con composiciones originales de José San Miguel Dammert), el uso dinámico del espacio, la variedad de estímulos presentados (en un momento hay incluso danza aérea en telas), la utilización de biombos y el juego que logra con sus sombras, y el minimalismo del escenario son algunos otros de sus aciertos. A nivel de dramaturgia, debo resaltar que a pesar de que la obra sea obviamente orientada a un público infantil, el texto logra poner sobre la mesa temas profundos que seguramente no habrán calado tanto en las mentes infantiles, pero definitivamente lo hicieron en las adultas. De hecho, considero que este es el acierto principal de este texto: el conseguir hablar sobre la inevitabilidad de la muerte, la resiliencia que conlleva una migración, el sentido que esta tiene y su naturaleza de búsqueda permanente, entre otras cosas, todo dentro de un código claramente infantil y adecuadamente mágico.
A nivel de producción, no tengo nada que criticar. Más bien, debo elogiar a la producción por ser tan cuidadosa con cada detalle mostrado en el escenario, desde el vestuario de los migrantes hasta la manera en la que confeccionaron y presentaron a cada animal en escena. Tanto el diseño de arte como el de luces y sonoro, todo el rubro de diseño en realidad, destila una sensibilidad muy elevada, un respeto y admiración por el material gráfico, y una voluntad por crear un espectáculo visual realmente memorable para grandes y especialmente para chicos.
A nivel actoral, el equipo conformado por Cardozo, Forcades, García, Nacarina y Valdizán demuestra amplia destreza musical, vocal y física, y un alto compromiso con sus papeles. Por un momento me pregunté qué hubiera pasado si a estos personajes se les hubiese dotado de una personalidad más definida, pero después de pensarlo, restringirlos a su código de narradores/intérpretes permitía que la historia que nos contaban tome primer plano, y que la belleza visual y poética de los animales migrantes no sea opacada. De la misma manera, hay una autorreferencialidad interesante y muy unificadora que se logra al revelarse que ellos son un grupo de migrantes tal como los animales de la historia que nos contaban. Es un detalle pequeño pero potente que demuestra que por más que cada grupo de migrantes es distinto, todos comparten ciertas cosas en común, siendo quizá la principal de ellas la búsqueda de un cambio, que no es otra cosa que la búsqueda de la felicidad.
Qué bien me la pasé con Migrantes. Y si yo la pasé bien, no puedo ni imaginar cuánto lo disfrutó un niño. Y ese es un detalle interesante. Ir a Disney de niño es muy diferente que ir de adulto. Pero ambas experiencias son igual de válidas, poderosas, y a mi parecer, necesarias. Que sigan las propuestas de este tipo, que generen eso que tanto anhelamos todos los artistas escénicos: cultura de teatro. Porque, ¿adivinen qué? Si queremos que la asistencia al teatro se incremente, debemos pensar también (¡quizá primero!) en los más pequeños. Si yo voy al cine regularmente es porque me inculcaron el hábito desde chiquito y vaya que caló. Lo mismo puede pasar con el teatro, así que ya saben, lleven a sus hijos, sobrinos, ahijados, nietos. Y si no tienen, tranquilos, pueden llevar a su niño interior. Ese que aún cree en la magia. Migrantes está todos los sábados y domingos hasta el 29 de noviembre. Vayan. No tiene pierde. ¡Nos vemos en el teatro!
Sergio Lescano
21 de octubre de 2026

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