sábado, 31 de octubre de 2026

Crítica: EL ENGRANAJE

 


¿Cuánto de nuestra vida nos pertenece?

Hay sistemas que no necesitan encerrarnos para determinar nuestro destino; basta con enseñarnos a obedecerlos. Desde muy jóvenes aprendemos a reconocer nuestras capacidades, identificar aquello en lo que destacamos y convertirlo en una promesa de futuro. Nos preguntan qué queremos ser, pero pocas veces nos detenemos a cuestionar quién ha construido las opciones entre las que debemos elegir. Bajo esta premisa, El Engranaje, escrita y dirigida por Emilio Napan Cerro, convierte la búsqueda de la vocación en una interrogante sobre los mecanismos sociales que moldean nuestros deseos y nos preparan para ser piezas funcionales de una maquinaria que no necesariamente hemos elegido.

A cargo de Auredia Colectivo Teatral, la propuesta se construye desde el teatro danza y encuentra en el cuerpo su principal territorio de exploración. La historia de una joven que atraviesa su infancia y adolescencia para enfrentarse a las expectativas familiares, sociales y económicas adquiere una dimensión física que trasciende la palabra. No se trata únicamente de narrar cómo un sistema pretende organizar nuestras vidas según la productividad, sino de hacer visible cómo ese mandato se instala en nuestros cuerpos, condiciona nuestros movimientos y termina por regular nuestra manera de habitar el mundo.

Uno de los mayores aciertos del montaje reside precisamente en su trabajo corporal. Las intérpretes Sol Yucra Sereno, Natalia López, Suleira Antoanee y María Angulo construyen una propuesta visceral desde el movimiento, con una limpieza y una solemnidad que dotan a la escena de una particular contundencia. Hay una precisión interesante en la manera en que sus cuerpos organizan el espacio, sostienen las imágenes y construyen una composición colectiva. La danza no aparece como un recurso ornamental ni como una pausa dentro de la narración: constituye el lenguaje mediante el cual la obra articula sus tensiones. El cuerpo piensa, responde, se somete y, finalmente, se resiste.

Esta dimensión física permite que El Engranaje encuentre una de sus posibilidades más fértiles: la performatividad. Los cuerpos no se limitan a representar una idea abstracta sobre el sistema, sino que producen sentido mediante la repetición, la organización de sus movimientos y la relación que establecen entre sí. La disciplina corporal puede evocar la exigencia de ajustarse a una estructura preestablecida; la sincronía, la necesidad de responder a un orden común; la ruptura de ese orden, la posibilidad de imaginar otra forma de existir. En esa tensión entre la precisión y el quiebre, el movimiento adquiere una dimensión política: aquello que parece una coreografía también puede revelar los mecanismos mediante los cuales aprendemos a comportarnos, producir y encajar.

La solemnidad de las intérpretes contribuye a sostener este universo escénico. Existe una cualidad ritual en la disposición de los cuerpos, una manera de construir imágenes que evita reducir el discurso a una explicación ilustrativa. Sin embargo, el valor de esta decisión no reside únicamente en su belleza formal, sino en la posibilidad de hacer que el espectador experimente físicamente aquello que la obra plantea conceptualmente. El engranaje no es solo una estructura exterior que nos exige funcionar; también es una lógica que terminamos incorporando, incluso cuando creemos estar tomando decisiones por cuenta propia.

A esta exploración se suma la ruptura de la cuarta pared, mediante la cual la protagonista establece un diálogo directo con el público. El recurso resulta pertinente porque desplaza el conflicto de la ficción hacia la experiencia de quienes observan. La pregunta por la vocación deja de pertenecer exclusivamente a una joven que intenta escapar de las expectativas de su entorno y alcanza a una sociedad que, desde edades tempranas, nos exige definir un futuro, desarrollar habilidades rentables y convertir nuestras capacidades en garantías de éxito. La escena interpela al espectador desde un lugar reconocible: todos hemos tenido que responder, de una u otra manera, qué queremos hacer con nuestras vidas, incluso cuando todavía no hemos descubierto qué deseamos realmente.

No obstante, cuestionar este sistema exige ir más allá de la oposición entre los deseos individuales y las imposiciones externas. La vocación no se construye en el vacío, y las decisiones profesionales también están atravesadas por las condiciones económicas, las oportunidades disponibles y las posibilidades materiales de cada persona. Por eso, la pregunta más incómoda no es solamente cuánto de nuestra vida hemos elegido, sino hasta qué punto podemos elegir cuando nuestras alternativas están condicionadas de antemano. Allí se encuentra una de las tensiones más potentes de la premisa: la maquinaria social no funciona únicamente porque nos obliga a obedecer, sino porque consigue presentarnos sus exigencias como decisiones personales.

El Engranaje propone así una reflexión sobre la productividad, la identidad y el impulso creativo que sobrevive bajo las expectativas de rendimiento. Su apuesta por el cuerpo como lenguaje le permite abordar estas inquietudes desde una experiencia escénica que no depende exclusivamente del discurso verbal. En sus momentos más interesantes, la obra encuentra en la composición física de sus intérpretes una forma de cuestionar aquello que la sociedad normaliza: la necesidad de ser útiles, de destacar en algo, de encontrar una función y de justificar nuestra existencia mediante aquello que podemos ofrecer.

Quizá la verdadera resistencia no consista en abandonar por completo el engranaje, sino en reconocer cuándo hemos empezado a confundir nuestra identidad con la función que cumplimos dentro de él. Porque no todo talento tiene que convertirse en una profesión, no todo deseo necesita traducirse en productividad y no toda vida puede medirse por su rendimiento.

El cuerpo, en cambio, todavía puede desobedecer. Puede interrumpir la repetición, quebrar la sincronía y abrir un espacio para aquello que no responde a ninguna exigencia de utilidad. En esa posibilidad reside la fuerza de El Engranaje: recordarnos que antes de ser piezas de una maquinaria somos cuerpos capaces de imaginar otras formas de vivir. La pregunta es si estamos dispuestos a escucharlos antes de que aprendan, también, a funcionar en silencio.

Juan Pablo Rueda

31 de octubre de 2026

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