Entre muertos que no perdonan, payasos que hacen patria y artistas que sobreviven como pueden.
Durante octubre, KORTAS reúne propuestas que transitan por el terror, el humor y sus posibles cruces. Llegué principalmente por Carencia Payasa, pero antes tuve que pasar por un cementerio, asomarme a un abismo y conocer el corazón de Ramón. Cuatro propuestas distintas que permiten observar algo fundamental en el teatro breve: quince minutos pueden bastar para abrir un universo, pero también para evidenciar aquello que todavía necesita trabajarse.
Reencuentro en el Cementerio parte de una premisa que tiene bastante más gracia de la que alcanza a desarrollar. Un hombre que, incluso después de muerto, intenta engañar a su esposa con un falso amor para quedarse con su herencia, mientras ella finge inocencia para llevárselo consigo al más allá, contiene una deliciosa rendición de cuentas. La historia tiene malicia e ironía, y podría alcanzar un humor mucho más interesante si explotara las posibilidades de su propia situación.
Entre sus fortalezas está la dinámica de los intérpretes. Existe química, se escuchan y parecen comprenderse dentro del juego escénico. La escenografía también resulta suficiente: no se extraña una construcción más aparatosa ni se siente que falte algún elemento indispensable. Sin embargo, algunos desplazamientos y reacciones necesitan mayor precisión. La comedia física depende del ritmo, de la pausa y de la exactitud con la que un movimiento responde a otro. No se trata de alcanzar una ejecución perfecta, sino de conseguir que cada acción tenga el tiempo necesario para producir su efecto. Cuando esto no sucede, el humor corre el riesgo de quedarse en lo aparentemente torpe, en lugar de encontrar la inteligencia que existe detrás de una torpeza bien ejecutada.
Algo parecido ocurre con ciertos chistes que parecen llegar a escena con la intención de ser graciosos antes de convertirse en una interacción genuina. El público percibe cuándo una frase está esperando su risa. El reto está en conseguir que esta parezca inevitable, nacida de los personajes y no de la voluntad de quien escribió el remate. Hay una buena historia y un elenco con herramientas para desarrollarla; por eso mismo, merece mayor precisión.
El Abismo se adentra en un terreno más inquietante. Es una propuesta arriesgada y con potencial para convertirse en una obra de mayor duración. Su problema no parece ser la falta de material, sino la cantidad de explicaciones que intenta alojar en un formato tan breve. En el terror, la información no siempre necesita completarse: a veces, lo que ignoramos resulta mucho más perturbador que aquello que alguien se apresura a explicarnos. Quince minutos podrían aprovecharse para sostener el suspenso, dejar preguntas abiertas y permitir que lo desconocido haga su trabajo.
La música propone una atmósfera sugerente, aunque por momentos parece imponer el efecto que la escena todavía no consigue construir por sí misma. Algunas interacciones y desplazamientos también restan naturalidad a situaciones que deberían sentirse tensas, especialmente cuando los personajes se enfrentan al peligro. Aun así, existe compromiso actoral y una química que mantiene el interés en lo que ocurre entre ellos. La historia conserva suficientes elementos para despertar curiosidad; el siguiente paso sería confiar más en la imagen, el silencio y la tensión, y menos en la necesidad de explicarlo todo.
Pero entonces aparece Carencia Payasa y el aire cambia.
No funciona como un simple descanso entre historias de miedo, sino como una experiencia que rompe con el registro de las demás propuestas. Su protagonista encuentra, desde el primer momento, una relación orgánica con el público. Hay espontaneidad y, sobre todo, una disposición genuina al juego: una capacidad para escuchar, responder, invitar y transformar lo que sucede alrededor en parte de la experiencia. Cuando incorpora a los espectadores e incluso los lleva al espacio escénico, no parece cumplir una fórmula de participación; parece continuar una relación que ya existe.
En esa conexión reconocemos la tradición del payaso popular, ese artista que no necesita levantar una cuarta pared para demostrar que pertenece al mismo mundo que quienes lo miran. Su relato nos conduce por experiencias que no son necesariamente alegres. Aparecen el esfuerzo, la perseverancia y las carencias de barrios que quizá están mucho más cerca de lo que creemos. La ausencia paterna encuentra en Chacalón una figura sustituta; el lugar del que viene no se presenta como una vergüenza que deba esconderse, sino como una pertenencia que puede nombrarse con orgullo. Y la cultura chicha deja de ser únicamente una referencia musical o estética para convertirse en una forma de habitar la vida: bailar, compartir, resistir y encontrar motivos para disfrutar incluso cuando las circunstancias no lo ponen fácil.
Hay algo profundamente conmovedor en esa mezcla. La obra no necesita convertir la precariedad en una tragedia solemne para hacernos reconocerla, ni embellecerla hasta volverla irreconocible. Su protagonista puede hablar de sus dificultades, reírse, bailar e invitarnos a jugar sin que una cosa anule la otra. La ternura no borra la dureza de la experiencia; la vuelve más cercana.
Además, Carencia Payasa evidencia con claridad algo que las otras propuestas podrían seguir explorando: la corporalidad como fundamento de la comedia. No hace falta ser un atleta ni realizar proezas físicas para sostener una escena. Hace falta conocer el ritmo, habitar el personaje y entender cómo una mirada, una pausa o un desplazamiento pueden producir sentido. También hace falta perder el miedo a exagerar cuando el lenguaje escénico lo necesita. En esta propuesta se percibe el disfrute y una habilidad de desenvolvimiento que mantiene vivo el intercambio con el público. Si existen nervios, no impiden que la intérprete los atraviese con energía y compromiso. La presencia termina por imponerse.
Finalmente, El corazón de Ramón ofrece una combinación atractiva de comedia, clown, máscaras, estética gótica, terror y humor adulto. Sus chistes no dependen únicamente de la referencia sexual explícita: encuentran otras formas de provocar, jugar y sorprender. El ritmo y la corporalidad sostienen una propuesta dinámica, mientras que el uso de las máscaras amplía las posibilidades expresivas y vuelve interesante observar cómo los intérpretes transforman sus presencias.
Detrás de este universo aparece otra realidad: la del artista que necesita apoyos para continuar creando. La obra se entrega ampliamente a la presencia de su auspiciador, pero intenta conservar una identidad propia dentro de esa relación. En esa tensión hay una reflexión que trasciende el espectáculo: ¿hasta cuándo la creación artística tendrá que depender de voluntades externas para mantenerse viva? La pregunta no invalida la necesidad de buscar alianzas; señala el desgaste de sostener una práctica que requiere negociar constantemente sus condiciones de existencia. Que la propuesta consiga conservar parte de su esencia en medio de esas exigencias es uno de sus méritos.
Las cuatro obras dejan experiencias distintas y desiguales en su ejecución, pero permiten reconocer cuánto depende el teatro breve de la precisión. Una idea necesita encontrar su cuerpo; un chiste, su ritmo; el terror, su misterio. En ese sentido, Carencia Payasa destaca porque sus recursos no parecen separados de aquello que quiere comunicar. El juego, la historia personal, la cultura popular y la relación con los espectadores forman parte de un mismo lenguaje.
Quizá por eso, entre cementerios, abismos y corazones góticos, fue el payaso quien terminó dejándome la impresión más profunda. No porque su historia carezca de dolor, sino porque sabe hacerle espacio a la alegría sin negar de dónde viene. A veces, para hablar de nuestras carencias, no hace falta oscurecer el escenario: basta con que alguien se atreva a habitarlo con verdad, nos mire a los ojos y nos invite a jugar.
Naomi Noblecilla
31 de octubre de 2026

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