sábado, 31 de octubre de 2026

Crítica: LOS CACHORROS


¿Qué nos dice hoy la herida de Cuéllar?

Hay textos que sobreviven al tiempo porque sus conflictos siguen respirando en el presente. Otros necesitan una revisión que los arranque de su época para revelar aquello que todavía tienen por decirnos. Los cachorros, de Mario Vargas Llosa, pertenece a esa segunda categoría. En pleno 2026, volver a la historia de Cuéllar implica enfrentarse a una pregunta inevitable: ¿qué sentido tiene llevar nuevamente este texto a escena si no existe una voluntad de interrogarlo desde las sensibilidades, las violencias y las masculinidades que atraviesan a los nuevos públicos?

Bajo la dirección y adaptación de Miguel Pastor Young, el montaje de la Asociación Cultural El Juglar apuesta por una propuesta minimalista que coloca el trabajo actoral en el centro. Sin embargo, la fidelidad a un texto no debería confundirse con la necesidad de prolongarlo. La historia de Cuéllar, marcada por una castración que altera radicalmente su relación con el mundo, sus amigos y consigo mismo, contiene un conflicto de una potencia devastadora. Precisamente por eso, sorprende que la puesta necesite noventa minutos para recorrer un universo dramático cuya herida podría adquirir una contundencia mucho mayor en una versión más concentrada. El problema no es la duración en sí misma, sino la incapacidad de convertirla en una experiencia que haga avanzar la mirada del espectador. Cuando la escena insiste en lo que ya ha establecido, la tragedia corre el riesgo de volverse reiterativa y de perder parte de su fuerza.

¿Para qué montar Los cachorros hoy? No basta con reconocer su importancia literaria ni con reproducir la violencia de un mundo que Vargas Llosa retrató con precisión. La vigencia de un clásico no se garantiza por su permanencia en el repertorio, sino por la capacidad de sus nuevas lecturas para ponerlo en crisis. En una sociedad donde las conversaciones sobre género, identidad y diversidad han transformado la manera de comprender los cuerpos y sus relaciones, Cuéllar no puede quedarse únicamente en la figura del muchacho al que una tragedia le arrebata la posibilidad de encajar. Su historia también exige examinar el sistema que convierte esa diferencia en una condena.

Porque el verdadero horror de Cuéllar no reside exclusivamente en lo que le sucede, sino en todo aquello que ocurre después. El grupo de amigos, las expectativas amorosas, la competencia masculina y la presión por demostrar una virilidad socialmente aceptada construyen una jaula que no necesita barrotes. Cuéllar continúa viviendo entre los suyos, pero cada vez parece más distante de ese mundo al que intenta pertenecer. Su cuerpo se convierte en una marca que los demás leen, comentan y juzgan; su masculinidad, en una deuda que nunca termina de saldar.

En ese sentido, la obra ofrece una oportunidad especialmente fértil para revisar la construcción de lo masculino. ¿Qué ocurre cuando un hombre no puede responder al modelo que su entorno considera legítimo? ¿Cuánto de la identidad masculina depende de la mirada de otros hombres? ¿Qué violencias se esconden detrás de la camaradería, las bromas y las demostraciones de hombría? Son preguntas que el texto permite formular, pero que una adaptación contemporánea debería asumir como materia de exploración escénica, no limitarse a dejar suspendidas en el relato. La tragedia de Cuéllar no tendría que leerse únicamente como la historia de un individuo condenado por su diferencia, sino también como el retrato de una comunidad incapaz de imaginar otras maneras de ser hombre.

En el terreno actoral, el montaje encuentra uno de sus principales aciertos. Josué Mera, Angélica Viera, Sebastián Huaranca Lezcano, Pierina Céspedes, Kairot Carrión, Ariana Ruiz, Samir Sayác, Yanina Mejía, Joan Segura y Grecia Morales conforman un elenco que acompaña adecuadamente el desarrollo de la escena y construye el entorno social que rodea al protagonista. Sin embargo, es el trabajo de Mera, quien interpreta a Cuéllar, el que concentra buena parte de la fuerza dramática de la propuesta. Su interpretación consigue sostener el recorrido emocional del personaje, defender sus contradicciones y conducirnos por esa progresiva fractura entre el deseo de pertenecer y la imposibilidad de responder a las expectativas de su entorno. Hay en su trabajo una entrega conmovedora que permite reconocer, detrás de sus reacciones, la desesperación de un hombre que intenta encontrar su lugar en un mundo que insiste en recordarle que es diferente.

El conjunto actoral, por su parte, contribuye a configurar ese universo de complicidades, rivalidades y mandatos sociales que determina la experiencia de Cuéllar. Las relaciones grupales permiten reconocer que la exclusión no siempre se manifiesta mediante un rechazo explícito: también se instala en la normalidad de los vínculos, en las bromas, en los códigos compartidos y en aquello que nadie se atreve a cuestionar. Pese a ello, el buen desempeño del elenco no consigue compensar por completo una puesta en escena cuya extensión termina debilitando la contundencia de su conflicto.

La escenografía minimalista, resuelta mediante cinco cubos y algunos accesorios, deposita en los intérpretes la responsabilidad de construir los espacios y sostener la progresión dramática. Es una decisión funcional para una obra cuyo peso descansa en las relaciones y en el tránsito del protagonista por distintos momentos de su vida. No obstante, la economía de recursos materiales no debería confundirse con una economía de pensamiento escénico. Un espacio despojado puede abrir múltiples posibilidades, pero necesita que las decisiones actorales, visuales y rítmicas transformen esa sencillez en un lenguaje capaz de producir nuevos sentidos.

Al final, la pregunta no es si Los cachorros merece seguir representándose. Su conflicto continúa ofreciendo material para pensar la violencia social, el aislamiento y los mandatos de género. La pregunta es qué hacemos con ese material cuando lo llevamos al escenario. En esta versión, el trabajo del protagonista y la entrega del elenco permiten conectar con el drama de Cuéllar, pero la extensión del montaje y la falta de una revisión más incisiva terminan debilitando la potencia de una historia que no necesita ser contada durante más tiempo, sino interrogada con mayor profundidad.

En 2026, la herida de Cuéllar todavía puede doler. Pero el teatro tiene la responsabilidad de preguntarse quién la provoca, quién la perpetúa y por qué seguimos aceptando que un hombre deba demostrar su masculinidad para merecer un lugar entre los demás. Un clásico no vuelve a escena para recordarnos únicamente lo que ya sabemos. Vuelve para incomodarnos con aquello que todavía no hemos sido capaces de cambiar.

Juan Pablo Rueda

31 de octubre de 2026

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