jueves, 9 de noviembre de 2023

Crítica: EL GOCE SHAKESPERIANO


Un goce envolvente

De los montajes más interesantes que he visto hasta el momento, donde destaca lo colectivo, la propuesta estética y la mezcla de distintas técnicas. El goce shakesperiano es una obra que sabe aprovechar la riqueza de los textos clásicos de Shakespeare, además de actores que saben interpretarlos con soltura y gran entendimiento.

En primer lugar, observando el montaje desde su apuesta visual, nos topamos con un trabajo cuidado, desde lo luminotécnico y el vestuario. Las luces entran en juego con la música utilizada para el montaje; estamos frente a un rave envolvente e inquietante para el espectador, generador de estados físicos y gestuales para los intérpretes. El vestuario se muestra como una contraposición a este rave, y que nos recuerda de dónde vienen los textos, una tradición clásica que se dispone a interpelarnos en el presente. Sin duda, todos los elementos se complementan, no sobran detalles, captan nuestra atención.

Se ve, por otro lado, una propuesta de dirección audaz. Con momentos corales limpios, y monólogos interpretados por distintos actores, que le otorgan dinamismo y distintos niveles de complejidad al montaje. Se logra que estos mantengan el sentido de la historia, que no se pierda de intérprete a intérprete. Se refuerza el carácter envolvente de la obra con coreografías y gestualidades del cuerpo que inundan al espectador y lo atraen a esa danza.

El profesionalismo y entrega de los jóvenes actores es precioso de ver. En esa línea, el trabajo interpretativo es muy destacable en cuanto a su disposición para los planteamientos estéticos que se muestran, y de una pasión que desde su juventud es clave para evocar la misma pasión que exigen los textos dramáticos de Shakespeare. Pero así como resalta esa pasión, y además, siendo un montaje que parece priorizar lo colectivo, es fácil identificar cuando, por momentos, algunos no terminan de entender la propuesta, o no encuentran un sentido a lo que hacen en escena. Esto, por supuesto, son detalles, escapes intermitentes de la mente del actor. De lo contrario, no hubiera sido posible momentos tan precisos y llenos de personalidad. Hay mucho talento en todos y, en su mayoría, una entrega inmediata al juego, al texto y un atrevimiento maleable. Más temprano que tarde, sabrán encontrar, si es que no es esta, su manera de hacer teatro.

¿Se goza, finalmente, la obra? Un sí rotundo. Desde el tratamiento del texto hasta la capacidad interpretativa; desde la danza hasta el drama vivo que atraviesan los personajes. El goce shakesperiano es una apuesta compleja, llena de música, danza, juego, que atraviesa los sentidos y da un nuevo aire a lo dramático. No se trata de tomar a Shakespeare desde su solemnidad, se trata de atreverse a buscar nuevos caminos y equilibrar la balanza de lo clásico y lo contemporáneo. En ese sentido, la obra, en efecto, es un goce, pero también un regalo.

Omar Peralta

9 de noviembre de 2023

Crítica: LAS MALAS INFLUENCIAS


La sociedad del espectáculo

La société du spectacle fue una teoría social proclamada por el filósofo Guy Debord y afirmaba que la vida social se puede entender como la declinación de ser en tener, y de tener en simplemente parecer. Según él, esto pasa en el momento histórico en el cual la mercancía completa su colonización de la vida social. Mario Vargas Llosa retomó esta idea es su reciente libro La civilización del espectáculo. Personalmente, siempre me ha interesado cómo las redes sociales generan realidades y narrativas paralelas. Existe abundante literatura científica de cómo estas generan casos de ansiedad y depresión en los jóvenes y todo esto, bajo una lógica muchas veces controversial del algoritmo que nos dice a qué influencer seguir.

La dramaturgia de la puesta fue ligera y con pocos conflictos, lo cual hacía que sea pedagógico para públicos más jóvenes. Me pareció muy inteligente la dirección de Alejandra Núñez, pues la manera cómo distribuía los elementos en el espacio era óptima y se economizaba en utilería. Yo creo que menos es más, cuando hablamos de escenografía. Me dejó una buena impresión el trabajo de las actrices. La historia fue fácil de entender, y valoro que hayan peruanizado los diálogos. La música fue muy contemporánea y me gustó que representaran géneros tan antagónicos estéticamente, así como fueron las personalidades de los personajes.

Las actuaciones fueron claras y con voces equilibradas. Resalto el trabajo de Rosilú Osorio como Camila, pero creo que le faltó ponerle más intenciones de cinismo y maldad a su personaje; en las primeras escenas era claro que buscaba manipular a su amiga. Por otro lado, Rocío Montesinos hizo creíble su papel de Laura, una académica frustrada con un trabajo superfluo para poder comer. A pesar de que el autor le daba un contexto adverso, su personaje nunca se quebró en sus convicciones y la actriz hizo que esto sea claro para el público. El final de la historia (que no contaré para no hacer spoiler) fue inesperado y en eso radica precisamente la magia del teatro. El epílogo generó muchas reflexiones sobre hasta qué punto las redes sociales tienen un límite y este depende enteramente de nosotros. ¿Por qué tenemos que ser siempre las víctimas del sistema? Al fin al cabo, nadie nos obligó a estar en una red social.

Felicitaciones al naciente grupo Impulso Colectivo por este interesante montaje de Las malas influencias. Muchos éxitos en sus trabajos.

Enrique Pacheco

9 de noviembre de 2023

Crítica: 2007


Lo inevitable de la historia (o una historia inevitable)

El  Club de Teatro de Lima dio lugar a la obra 2007, una producción de “La Magnolia Teatro”, bajo la dramaturgia y dirección de Abel Enríquez. El montaje nos remonta al año enmarcado en su nombre, en el cual se dio un terremoto que afectó la vida de muchos. Esta vez, nos encontramos con la historia de Brayan Bermeo, un adolescente de trece años, quien se encontraba jugando en un campeonato de su escuela. El terremoto se da mientras el estudiante estaba en el baño, cuyo techo se desplomó encima de él. Esta muerte súbita provoca en Carla, su mejor amiga, el impulso de reencontrarse con él, por lo que decide recurrir a un vidente mediático, Rishi Santos. La representación juega con momentos de fantasía que envuelven al espectador en un relato con toques de humor, historia y referentes cercanos a nuestra época.

La obra comienza con una escena peculiar: un programa de televisión aparente, que llama a una participante del público para interactuar. Fue bastante dinámica esta decisión, pues le dio un inicio enérgico a la representación. Este suceso es materia de conversación más adelante, por lo que narrativamente fue una escena importante y adecuadamente desarrollada. Aquí es donde vemos a la mamá de Brayan y al vidente, quienes serán personajes pilares de la historia. Una vez que sucede el fallecimiento del estudiante, todos los personajes empiezan a conectarse de manera natural, por lo que para este momento el espectador tiene la información suficiente y ordenada para seguir el desenlace de Claudia y su viaje en el tiempo gracias al Vidente. Lejos de querer contar la historia de la obra, menciono estos detalles porque argumentativamente logró colocar todos los referentes en orden de acuerdo a importancia, de manera que permitía al espectador entender una gran cantidad de información de manera sencilla. Esto definitivamente es logro del elenco, especialmente desde la dramaturgia y dirección de Enríquez.

La construcción de personajes estuvo llena de detalles, y caracterizados de manera adecuada para representar sus edades y circunstancias. Sin embargo, en algunos momentos los personajes imponían el humor en las escenas, de modo que actuaban la emoción, en lugar de que sea una consecuencia de la interpretación. Esto puede ser resultado de la desconcentración del actor/actriz, por lo que son detalles que cuidar en próximas funciones. No obstante, el producto final logró una representación con un objetivo claro: el cuestionar si realmente estamos listos para enfrentar ciertos sucesos y cambios inevitables que forman parte de nuestra historia.

Stefany Olivos

9 de noviembre de 2023 

miércoles, 8 de noviembre de 2023

Crítica: LIBERTADORXS


Lo que la Historia no nos logró contar hasta ahora

El Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social (LUM) e IDEA Internacional, con el apoyo de la Embajada de Argentina, se unieron para poner en temporada el montaje teatral Libertadorxs, del dramaturgo Alan Riding, bajo la dirección y adaptación de Paola Vicente. La historia nos ubica en Guayaquil, el 26 de julio de 1822, fecha en la que el general y protector del Perú, José de San Martín, se reunió a solas con Simón Bolivar, el Libertador del Norte. En dicha conversación se pretendería determinar quién iba a completar finalmente la liberación del Perú y, acto seguido, de toda América del Sur. El dramaturgo juega con este suceso real para indagar en lo que hubiesen podido conversar dos personajes de tal importancia en la historia de nuestra independencia. Los personajes de la obra son interpretados por un elenco de mujeres conformado por Lía Camilo (general Simón Bolívar), Vera Castaño (general José de San Martín), Katiuska Valencia (coronel Tomás Guido), Angelita Velásquez (coronel José Gabriel Pérez) y Wenddy Nishimazuruga (mayor Roberto Canela).

Esta producción parece resolver una especulación de casi dos siglos de antigüedad: los puntos hablados por San Martín y Bolívar en aquella reunión privada. Las dos personalidades lograron estar presentes en escena de manera tan icónica y solemne como la historia los ha descrito siempre: Camilo y Castaño interpretaron íconos traídos a tierra, con sentimientos y contradicciones, de manera que podían resultar muy cercanos al espectador. Una característica de este elenco es que la construcción de los personajes fue detallada, teniendo todas las actrices en común esa energía y presencia imponente que un militar de aquella época debía proyectar. Por otro lado, las actantes encontraron contradicciones y características a sus personajes que permitieron empatizar con ellos durante toda la obra. La caracterización de las actrices fue funcional, necesaria y precisa: una base de vestuario negra, botines, peinados con el cabello muy ordenado e indumentos militares propios de la época.

Ha sido interesante cómo esta obra cobra relevancia en ser una forma de transmitir cómo era la realidad por aquel año, 1822, a través de las conversaciones de todos los personajes y sus vivencias personajes en medio de tantos acontecimientos históricos que protagonizaron. Muchos de los hombres y mujeres involucrados en aquellos capítulos cercanos a la independencia se comprometieron completamente con la causa. Es conmovedor ver cómo los militares de este montaje logran proyectar sus vínculos con sus familias, a las cuales dejaban de ver por mucho tiempo. En definitiva, la historia convencional no muestra el lado vulnerable de nuestros héroes y heroínas. Agradecemos que el teatro, en especial esta obra, nos abre paso a una perspectiva distinta de nuestra historia.

Stefany Olivos

8 de noviembre de 2023 

Crítica: TORMENTA: HISTORIAS DE APROPIACIÓN


Una tormenta unificadora

El grupo Hamuy Teatro puso en escena el espectáculo Tormenta: Historias de apropiación, esta vez en el teatro de La Vaca Multicolor, bajo la dirección de Cynthia Dávila Velarde. Se nos cuenta tres historias, ubicadas en tres épocas distintas. La propuesta invita a ver y escuchar a los personajes de dichos relatos, los cuales aparentemente no tienen una voz o posición fuerte que manifestar. Esta es una versión colectiva que toma como punto de partida tres textos clásicos: La tempestad de William Shakespeare, Antígona de Sófocles y Los tres chanchitos de Joseph Jacobs.

La representación propone a los actores accionando en escena desde que el público va ingresando al el espacio, lo cual va dando indicios de una atmósfera cuestionadora propia de la obra. Cada historia inicia con el sonido de una tormenta, concepto que conduce el desarrollo de las tres adaptaciones. La primera historia es basada en La tempestad. Los personajes que vemos en escena son Próspero, duque de Milán; su hija Miranda; y Ariel, un espíritu del aire. Ubicados en una isla desierta, Miranda parece cuestionar con ímpetu las decisiones restrictivas de su padre en cuanto al aprendizaje de magia. Se puede evidenciar cómo el duque hace lo posible por controlar tanto a Ariel como a Miranda bajo su poder. Son interesantes las escenas en las que cada personaje muestra su punto de vista y las contradicciones propias de los personajes. Definitivamente, el ponerla como primera historia fue una buena decisión; sin embargo, la caracterización sí pudo ser mejor: el personaje de Miranda, a pesar de ser la hija de un duque, no utilizó un vestuario o peinado que aportara a redondear el personaje visualmente. El cabello estaba particularmente descuidado, lo cual hacía que el aspecto de Miranda no encajara con lo que ella transmitía según la historia.

La segunda representación fue la adaptación de Antígona, una visión interesante del personaje del mismo nombre y su intento por darle sepultura a su hermano Creonte. La propuesta evidenció una conexión entre ambos personajes desde la dualidad, proponiendo un trabajo corporal y de caracterización bastante adecuados y claros. La tercena y última historia está basada en Los tres chanchitos, donde se ve al lobo representado como un estafador, quien planea deliberadamente estafar a los tres hermanos. Esta historia en particular tuvo mayores intentos de contextualizarla en la actualidad. Sin embargo, dentro de esta búsqueda cayeron en imponer la comicidad, lo cual provocaba que la escena perdiera peso. Sobreactuar la emoción puede provocar caer en intentos fallidos de capturar la atención del público. Lamentablemente en esta historia no se logró la apropiación de los textos propuestos por la dirección.

Es interesante ver cómo textos clásicos han dado y seguirán dando pie a exploraciones artísticas desde distintas disciplinas. El repensar nuestro presente desde los clásicos es una forma de validar que las emociones humanas son atemporales. Investigaciones como estas comprueban que textos de autores como Shakespeare o Sófocles (por mencionar solo un par de una larga lista) pueden seguir generando preguntas en nosotros, en pleno 2023.

Stefany Olivos

8 de noviembre de 2023

Crítica: EL CUERPO DE GIULIA-NO


El teatro y la plástica artística: el caso de El cuerpo de Giulia-no

El Centro Cultural de la Universidad de Lima, en coproducción con Teatro Pendiente, dio lugar a la obra El cuerpo de Giulia-no, adaptación de la novela homónima de Jorge Eduardo Eielson, dirigida por Sammy Zamalloa. Eduardo encuentra el cuerpo de su amante Giulia en la morgue de Venecia. En búsqueda de saber la causa de su muerte, el espectador presenciará un viaje de exploración del personaje, con el fin de descifrar la historia por completo, entre sus recuerdos, personas significativas y vivencias pasadas. El elenco está conformado por Gisela Ponce de León, Emanuel Soriano, Miguel Dávalos y Alberick García.

La representación logra captar la esencia de la novela de veintidós capítulos, los cuales resultan en escenas ordenadas de tal manera que responden a las emociones y recuerdos de Eduardo. No hay una cronología clara, sino una serie de experiencias de adolescencia y juventud que transcurren en Milán, Roma, Venecia y la selva peruana. Lo único que unirá dichos escenarios es la relación del personaje con Giulia y Giuliano. El encontrar muerta a Giulia es un disparador de recuerdos, cuya melancolía no fue literal, sino resultado de un trabajo de la plástica en escena. La decisión fue jugar con una serie de elementos en escena movibles y con estructuras variantes, las cuales iban posicionándose en distintos ángulos y niveles en escenas sin textos. Daba la impresión de ser una exposición de un performance donde los actores, la escenografía y las proyecciones se orquestaban para introducir al espectador en el mundo interno y caótico de Eduardo.

Es interesante cómo Zamalloa logra montar de manera específica el carácter de la obra y evidenciar el mundo interno de Eduardo en su vaivén por recuerdos desordenados, llegando a representarse con una precisión impecable escenas simultáneas, con personajes que no coexistieron en la realidad sino en la imaginación del personaje. El juego de los nombres de Giulia, su amante, y Giuliano, un amigo que fue cercano en algún momento, da pie a escenas donde estos personajes convivían, o tal vez no.

La construcción de los personajes estuvo llena de detalles y con características muy específicas y claras para el espectador. Las indicaciones de uso del espacio, el uso del vestuario y el abordaje del texto concluyeron en la creación de escenas impecables, que evidenciaban ser parte de la búsqueda interna de Eduardo por encontrar la verdad, por encontrarse. Es importante mencionar que tanto el personaje de Giulia como el de la madre de Eduardo son representados por Ponce de León. Rescato la decisión tan efectiva sobre el vestuario de la actriz, el cual era un vestido contemporáneo que se convertía fácilmente en uno más reservado al momento de caracterizar a la madre. Esto permitió que el ritmo de la obra, entre tantos cambios de personaje necesarios, no cayera.

Es enriquecedor ver adaptaciones de libros peruanos en el teatro. Considero que la historia que narra Eielson tiene muchos factores de juego plástico y performático, los cuales fueron hábilmente captados por la dirección y el equipo. El resultado fue un producto artístico que permitía al espectador ser parte de una experiencia holística, no solo desde la empatía sino también desde la sensorialidad y sensibilidad con los elementos de la representación.

Stefany Olivos

8 de noviembre de 2023 

martes, 7 de noviembre de 2023

Crítica: AMAIA / LA BÓVEDA


Trucos para contar

Amaia y La bóveda son dos puestas en escena de corta duración que han sabido aprovechar el espacio escénico: el Teatro Esencia. Una caja negra pequeña que, con manejo de iluminación, sonido y diferenciación clara de espacialidad bastante minimalista, consigue entretener con dos historias de adversidad y esperanza para el público.

Gracias a los actores y actrices que entran al juego, conocemos así el drama de Amaia y Rafael, una pareja de jóvenes envueltos en un conflicto armado; y en La bóveda, otra pareja de jóvenes atrapados en un mundo distópico bajo la custodia de un doctor/verdugo.

En la primera puesta, destaca el manejo de la iluminación, pues esta crea atmósferas situando al público en momentos específicos del drama; además, transporta a cierto tipo de espacio y tiempo, inevitablemente teniendo en cuenta el contexto social en el que nos encontramos. En medio de una guerra entre Israel y Hamas, donde no podemos dejar de sentirnos afectados, puesto que los dos pequeños monólogos iniciales nos reciben y orientan al público como intermediario a desconectarnos de nuestro pequeño y personal mundo exterior al teatro para adentrarnos en las próximas historias de estos personajes a representar, y que de alguna forma en particular ha de tener conexión con cada uno de nosotros.

Así pues, se genera un vínculo público/personajes, al conocer algo de la “biografía” de estos, que los hace humanos, como lo somos el público. Nos permite, de esta manera, entrar a la ficción. La utilería y escenografía cumpliría la misma función, acercarnos a esa realidad en específico, generando una convención la cual tendría que volverse más compleja con la intervención de los actores para no quedar como mero adorno estético. No obstante, cuando avanza la acción, esta relación personaje/espacio se pierde. La línea dramática no se mantiene en la acción física de los actores; no es sino hasta que el sonido o la iluminación retoma la convención de ocurrir atentados fuera del espacio que los cuerpos actuantes reaccionan al estímulo, dejando en evidencia la carencia de línea de acción dramática.

Por otro lado, en la segunda puesta, al mantener a dos de sus personajes en escena en la totalidad del drama, se logra apreciar un ligero cambio e in crescendo del conflicto como tal. Sin embargo, al finalizar la historia, esta cae en lo discursivo desde cada personaje y la acción física sencilla, pero a la vez grotesca que habían conseguido: Oz y Raquel quedan sin acción y, por ende, sin un conflicto verosímil.

Conny Betzabé

7 de noviembre de 2023 

Crítica: LA BANDA DE LOS REVOLTOSOS


Aprendizajes significativos

Para los (buenos) maestros, el englobar las dimensiones emocional, motivacional y cognitiva de cualquier estudiante deriva en un real aprendizaje significativo; es decir, en el caso de los más jóvenes, que los nuevos conocimientos serán adquiridos cuando se conecten con sus propias experiencias vividas. Este concepto, tan necesario en educación (y no siempre ejecutado), es explorado con eficacia por una puesta en escena dirigida a los más pequeños, titulada La Banda de los Revoltosos, escrita por Alfredo Motta.

Tres simpáticos animalitos, que responden a los nombres de Puercoespinoso, Tortugina y Buhoncio, no solo son grandes amigos en el colegio, sino que además comparten el sueño de formar una banda de rock. Pero el estricto y tradicional profesor Jirafino, responsable del curso de Matemáticas, no se muestra muy entusiasta al respecto; al contrario, piensa que la música es un serio distractor para su materia, especialmente en Puercoespinoso. La directora Vero del Topo aprovecha al máximo el espacio del Teatro Esencia de Barranco para escenificar la historia y presenta la moraleja con claridad y gracia, especialmente cuando los amigos aprenden (significativamente) las tablas de multiplicar al compás de la música.

Producida por Andrea Cabrera, la puesta exhibe una colorida y funcional escenografía, así como un sobrio maquillaje y vestuario, que le suma al trabajo en conjunto del elenco, compuesto por los carismáticos Paul Guerra, Fiorella Loayza, Erk Hur y el mismo Motta, quienes interpretan sus personajes con convicción y soltura. La Banda de los Revoltosos es un sólido y entretenido montaje familiar, que refuerza en grandes chicos la idea de una sana evolución educativa, que motive adecuadamente a los estudiantes librándolos de cualquier nocivo tradicionalismo.

Sergio Velarde

7 de noviembre de 2023 

lunes, 6 de noviembre de 2023

Crítica: 7 AÑOS


El precio de la lealtad

El Centro Cultural de la Universidad del Pacífico y Empresa en Escena Producciones de Jorge Céspedes y Ernesto Gonzáles Quattrini estrenaron la temporada de 7 años, un impactante thriller basado en el guion de la primera película de Netflix, España (2016), escrito por Julia Fontana y José Cabeza, bajo la dirección de Roberto Ángeles.

La acción trascurre en Lima, una madrugada de domingo, en donde cuatro socios y amigos o viceversa, están reunidos en una oficina de la exitosa empresa de tecnología informática que han forjado, y no precisamente para trabajar, sino para tomar una decisión que pondrá en jaque los cimientos de su amistad; así como la libertad de uno de ellos. Pues la Superintendencia Nacional de Administración Tributaria (SUNAT) ha detectado una fuerte evasión tributaria que los involucra a todos por igual; sin embargo, han decidido que solo uno tomará la responsabilidad, librando a los otros de la culpa, requiriendo la intervención de un mediador profesional, que los llevará a decidir quién de los cuatro va a la cárcel.

Los personajes están perfectamente delimitados, acorde al imponente factor psicológico de la narrativa, que pulsa cada movimiento, cada palabra y argumento, defendido por un excelente reparto encabezado por el primer actor Roberto Moll (Mediador), quien cargado de templanza y rigor, va escudriñando en las fibras más sensibles de los socios encarnados por Oscar López Arias (Gerente de ventas), Jackie Vásquez (Gerente de finanzas), Jorge Céspedes (Gerente de tecnología), y Ernesto Gonzáles Quattrini (Gerente General). Cada uno con mucho que perder, pasan de la preocupación a la desesperación, entonces el cómodo espacio bien ambientado con los artículos de una oficina, los acorrala, siendo mudo testigo el óleo “Yo nunca te prometí un paraíso”, del artista José Miguel Tola, representando a su vez un símbolo del infierno que se desata en la deliberación. El espacio de la amistad se estrecha a punta de insultos, de peleas y golpes bajos; se desnudan las verdaderas personalidades, y la tensión llega a su máximo nivel cuando las cuestiones más íntimas quedan al descubierto. Todo se vale en esta suerte de partida de ajedrez escénica, con tal de esquivar la cárcel. Cabe resaltar la notable interpretación de López Arias, que tiene a su cargo un personaje lleno de matices, el cual se opone al de Jorge Céspedes, con quien logra una intensa confrontación. Importante también la breve intervención de Jimena Lindo, como la abogada de la empresa, cuyo mensaje es el tiro de gracia a la agonizante hermandad de los personajes.

7 años es una cuidada pieza teatral, que nos acerca al universo empresarial de una manera ruda y honesta, además de reflexionar acerca de los valores y convicciones del ser humano. Prevaleciendo las buenas interpretaciones de los actores, quienes como contradicción de la trama, han gestado este proyecto luego de veintitrés años de amistad, forjada siendo alumnos del Taller de Formación Actoral de Ángeles, quien ha sabido sacar provecho de ese vínculo para lograr una puesta estéticamente impecable, con sólidas intervenciones que nos dejan varios cuestionamientos sobre la mesa: ¿Hasta dónde somos capaces de llegar para salvarnos?; ¿a quién le damos realmente nuestra lealtad?; ¿cuál es el precio de la amistad?; ¿qué vida vale más en libertad?...

Maria Cristina Mory Cárdenas

6 de noviembre de 2023

Crítica: EL AVARO


El mundo de Harpagón y una propuesta de deconstrucción

La Alianza Francesa de Lima y Éxodo Teatro presentaron El avaro de Molière, bajo la dirección de Jean Pierre Gamarra. Esta obra maestra del dramaturgo francés cuenta la historia de Harpagón, comerciante adinerado pero avaro por completo, viudo y padre de Elisa y Cleantes. El director ha propuesto ambientar la historia en nuestros días, ubicando a los personajes dentro de una familia disfuncional, donde se ve al jefe de familia querer tomar decisiones desde su evidente apego al dinero. La codicia lleva a Harpagón a situaciones que captan al espectador entre risas y sorpresas de principio a fin.

La propuesta escénica daba a entender que la historia de El avaro se daba en nuestro mismo contexto, y se basó en elementos diversos para darlo a notar. El espectador apenas entra a la sala puede ver la escenografía grandilocuente que dará lugar a la representación: una especie de terraza encementada, un jardín lleno de solamente arena y unas plantas secas, unos cercos con letreros con frases de “se alquila cochera”, dando a entender que es el último piso de un edificio sin acabados. Vemos, además, a Harpagón (Alfonso Santiesteban), recibiendo cuidados estéticos por parte de sus hijos. Todos estos elementos mencionados cumplían una estética clara; sin embargo, considero que no fue funcional para el desarrollo de la representación. Todos los actores que se desplazaban por la arena se notaban incómodos, pues su vestuario, además de ensuciarse, no era adecuado para caminar en esa superficie. Hubo una escena en especial en la que el personaje principal se echa en la arena, algo que particularmente lo vi poco funcional para fines de la obra. Se notó más a un actor ensuciándose incómodo, no se notó el valor agregado de esta indicación de movimiento. Los letreros y demás elementos no fueron tampoco funcionales, más allá de denotar que el director quiso señalar que la obra se ambientaba en algún distrito populoso de la ciudad.

La caracterización de los personajes fue variopinta, y parecía que cada uno tenía un código único y distinto entre sí: mientras que Elisa utilizaba ropa más conservadora, Frosina utilizaba prendas tan excéntricas como su forma de desarrollarse en escena. Estas diferencias fueron claras, y a propósito muy distintas de lo que el espectador podría haber esperado desde que entró al teatro. Cada actante parecía esconder referentes en su construcción. El que más se dio a notar fue el personaje de Cleantes (Fernando Luque), quien utilizaba el cabello largo y ropa que resaltaba rasgos femeninos principalmente. Cada personaje brilló de manera individual, pues demostraron crear un mundo de personaje claro y justificado. Si bien entiendo que esta propuesta pretende usar referentes con el mundo actual, la propuesta finalizó desordenada entre tantos elementos simbólicos agregados desde la dirección.

Es interesante tomar al dramaturgo francés en estas épocas y deconstruirlo totalmente. Este ejercicio comprueba que este clásico de Moliere resiste el pasar del tiempo, y es material de experimentación que puede brindar elementos para la imaginación infinita. El espectador que vio esta versión de El avaro ha podido encontrar identificación con algún personaje, alguna situación, o incluso con el ambiente socioeconómico propuesto. Definitivamente Harpagón, en 2023, nos sigue dejando risas y preguntas a partir de su historia universalmente conocida.

Stefany Olivos

6 de noviembre de 2023