miércoles, 27 de agosto de 2025

Crítica: DOS SIGLOS DE SOBREMESA


Nuestra crisis como menú inacabable

Entramos a la sala de una vieja mansión. Nos recibe una mesa larga y desnuda al centro, iluminada por la luz que atraviesa un gran rosetón sobre ella. La mesa familiar es siempre el escenario de celebraciones, acuerdos y disputas familiares. Alrededor de ella, esta obra nos enfrenta a la historia del Perú, en dos momentos cruciales.

La figurita del viejo álbum nos vende la imagen de todos los peruanos unidos celebrando la independencia. La proclamación de 1821 fue un grito victorioso con el apoyo de civiles insatisfechos y esclavos ilusionados con su libertad. Los criollos se sentían más españoles que peruanos y su aspiración era vivir bajo la protección del rey. Ni la instalación del Congreso, en septiembre de 1822, aseguraba la independencia. Se tuvo que negociar en Ayacucho, en 1824, para terminar la guerra con los españoles y empezar nuestros propios conflictos.

En ese contexto, una familia criolla negocia con un español el matrimonio de su hija. La conveniencia es el único motivo, pero el futuro inmediato es inseguro, por la pugna entre seguidores de San Martín y Bolívar. La negociación se ve saboteada por la novia - hija del hacendado anfitrión - que es el objeto de la negociación. Pero una revuelta campesina pone en peligro la estabilidad de los presentes.

Dos siglos después, en el 2024, esa misma mesa reúne a una familia que negocia la venta de la casa y nuevamente la hija se opone. Es la generación joven que se enfrenta a la que decae. Pero otra vez una revuelta popular frustra las negociaciones, trasladando el foco de atención, de la familia a la sociedad.

Con mínimos elementos - la mesa, sillas y los trajes de época - las escenas intercalan las dos épocas, para que quede claro el mensaje: han pasado 200 años y mientras la familia discute sus conveniencias, siguen sin resolver los problemas de los pueblos que no son invitados a esa mesa.

El traslado de época se realiza ágilmente, con un breve y parcial apagón, con evidencia de que son los mismos, pero con distinto ropaje. El espejo del tiempo sirve para mostrar quiénes somos. El personal de servicio - esclava del siglo XIX o repartidora de delivery - no es ajeno al conflicto, pero siguen siendo personas de segunda categoría. 

Una obra en tiempos paralelos con un discurso político común, según la época, es una osadía que solo alguien que maneja los guiones como prestidigitador puede hacer con éxito. Eso hace Adrianzén con los diálogos de los personajes que pueden hablar de política, sin caer en el panfleto y puede contar la historia sin aburrir con la exposición de hechos, porque la obra nos ubica perfectamente.

El ambiente creado por el movimiento y el espacio brindado a cada personaje para que desarrolle su acción demuestra un buen trabajo de dirección a cargo de Gustavo López Infantas. Los personajes, interpretados por Gonzalo Molina, Urpi Gibbons, Paulina Bazán, Guadalupe Farfán, Gianni Chichizola, Alain Salinas y Sol Nacarino, aciertan en su ubicación histórica. El apoyo en planos superiores y las siluetas que insinúan se utilizan adecuadamente para mantener la atmósfera de conflicto en la gran sala en ambas épocas.

Dos siglos de sobremesa sigue en el ICPNA de Lima, hasta el 7 de setiembre.

David Cárdenas (Pepedavid)

27 de agosto de 2025

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