Grito de protesta
En el Centro Cultural Juan Parra del Riego se presentó Wañuy Nisqa: Muerte de Ovarios / Muerte de Origen / Muerte de Vientre, un montaje concebido desde la dramaturgia, la estética y la dirección general por Bruno Ortiz. La propuesta cuenta con la actuación de Flor Castillo y la presencia de la Asociación para la Investigación Actoral CUATROTABLAS Perú. El equipo creativo lo completan Luz Marina Rojas en la dirección audiovisual, Mary Soto en la investigación y Américo Peñafiel en la composición musical.
La obra se erige como un grito de protesta frente a los casos de genocidio y crímenes de lesa humanidad, en un contexto social que aún niega responsabilidades. El montaje alude, además, a la indiferencia institucional: un juez que cierra un caso alegando no comprender quechua, aimara ni lenguas amazónicas. Desde esa premisa, la escena se convierte en espacio de memoria, denuncia y ritual. El dispositivo escénico se despliega en un amplio espacio de madera delimitado por piedras que marcan la frontera simbólica entre público y espacio escénico. La disposición no es decorativa: establece un territorio ceremonial. A un costado, el músico rodeado de instrumentos anticipa un diálogo constante entre acción y sonido. La música no ilustra, sino que construye atmósferas y tensiona el relato, mediante su propia dramaturgia y partitura, como, por ejemplo, a través de cuerdas que expanden la vibración emocional de cada pasaje.
El componente audiovisual cumple un rol decisivo. La edición alterna imágenes realistas —vinculadas a la historia de la protagonista— con secuencias de carácter metafórico y conceptual. Esta oposición, lejos de fragmentar, genera una “contradicción coherente” que potencia la experiencia: lo racional y lo simbólico operan simultáneamente, invitando a una lectura intelectual y, al mismo tiempo, a un impacto emocional profundo. La entrada de Castillo marca el tono performativo del montaje. La intérprete empuja un carrito lleno de objetos que condensan los signos esenciales de la propuesta. En un espacio casi vacío, ese elemento transforma el escenario según la interacción y el significado que la actriz le otorga. Su voz —que transita entre narración, canto y sonido— nos conduce por episodios de violencia, resistencia y memoria. La interpretación combina fuerza, sutileza y una presencia que interpela sin caer en el subrayado. Hay identificación con el dolor, pero también distancia crítica que permite reflexionar sobre la crudeza de nuestra realidad. La iluminación refuerza esta dimensión conceptual: captura la esencia del dolor y la lucha mediante variaciones constantes que dialogan con el ritmo escénico y las proyecciones. A ello se suma un sistema de significación potente: el olfativo. En un momento ritual, el aroma activa otra capa sensorial que sumerge al espectador en una experiencia integral y coherente con la propuesta.
En síntesis, Wañuy Nisqa... articula con solidez texto, actuación y plástica escénica. La dirección logra una unidad estética que conjuga lo teatral y lo audiovisual, lo racional y lo sensorial. El resultado es un montaje de potente carga política y emocional, que interpela al presente y confirma al teatro como espacio de memoria activa y reflexión urgente.
Rubén Aquije
22 de febrero de 2026

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