lunes, 2 de febrero de 2026

Crítica: VOLVER A MIRAR


Archivo en movimiento

Cuando hablamos de reposición, entendemos que volveremos a presenciar algo ya visto. Cuando hablamos de repaso, pensamos en una revisión de lo esencial. Volver a mirar no es exactamente ninguna de las dos cosas. No busca repetir lo que funcionó ni reinstalar imágenes conocidas. Mirella Carbone, en cambio, nos invita a acompañarla, a darle una ojeada honesta a su propia obra y embarcarnos, junto a ella, en la tarea de repensar su significado. Incluso, y sobre todo, para quienes no hemos disfrutado antes de esas imágenes.

La danza-teatro tiene la deliciosa particularidad de no explicarnos el contexto. Hay que jugar un poco a adivinar, dejarse llevar por los sentidos, por lo que generan la música y el movimiento. En esta obra, Carbone propone un juego aún más complejo: el de intentar comprender, o aceptar no comprender del todo, la mezcla de personajes y mensajes que atraviesan la escena. Figuras que aparecen y reaparecen: un hombre de hojalata, una monja, un amor, una sombra. O lo que puedan llegar a significar.

Carbone también nos hace parte de su intimidad. Nos comparte la mirada sobre su cuerpo y, por extensión, nos invita a mirar el nuestro. Nos enfrenta con la dureza del tiempo y, al mismo tiempo, nos deja una advertencia: el tiempo avanza y cumplir los sueños es un deber. Pero también nos pide permiso para detener el tiempo. Y en ese gesto, nos regala la posibilidad de pausar el nuestro, de olvidar por un momento las edades y todo lo visible. Entonces volvemos a mirarnos, sí, pero no desde el mismo lugar, sino ahora con otros ojos.

Volver a mirar no exige comprensión. No se impone ni busca respuestas claras, pero sí cuestionamientos. Nos exige permanecer atentos a lo que el cuerpo recuerda, incluso cuando no somos conscientes de ello. Propone un estado en el que mirar implica dejarse afectar y aceptar que no todo lo vivido necesita ser ordenado para tener sentido.

Hay algo profundamente honesto en esta propuesta, porque Carbone no intenta fijar su trayectoria como un archivo final. Se expone desde el presente, con un cuerpo que ya no es el mismo y que, justamente por eso, carga nuevas preguntas y también respuestas. Aquí, el pasado no pesa: se reconoce, se honra y se suelta, sin victimismos ni conformidades, sino como un punto y aparte para seguir siendo arte.

Tal vez por eso la obra resuena de manera particular en quienes atravesamos también ese tránsito silencioso de envejecer sin querer reducirnos a un número. Volver a mirar recuerda que honrar el cuerpo no implica aferrarse a lo que fue, sino escucharlo en lo que es hoy.

La danza-teatro es ambigua, como esta pieza. Compartimos imágenes y experiencia, pero salimos de la sala sin certezas. Tal vez no se trate de entender, sino de aceptar la incomodidad de volver a mirarnos sin respuestas. Solo con la sensación de que algo se movió: en el cuerpo, en la mirada, en el tiempo.

Cristina Soto Arce

2 de febrero de 2026

No hay comentarios: