A veces, el daño más profundo no es el que recibimos de los demás, sino el que nos autoinfligimos al comparar nuestra intimidad más cruda con la fachada resplandeciente de un desconocido.
Daño, propuesta dirigida por Mikhail Page y protagonizada por Karina Jordán, se presenta como un extenso y laberíntico relato de una agente inmobiliaria de 39 años que ha quedado atrapada en la órbita de Alicia, una carismática influencer que parece tenerlo todo. Lo interesante y remarcable de la propuesta es que Alicia nunca aparece. Es un fantasma digital, una construcción narrativa que cobra vida únicamente a través de las palabras, los gestos y la creciente obsesión de la protagonista. Esta ausencia física de la antagonista refuerza la sensación de aislamiento y paranoia, pues estamos ante el testimonio de alguien que ha dejado de vivir su realidad para habitar la de otra a través de una pantalla.
La escenografía de la habitación, con una cama central y un par de mesitas de noche, se aleja de cualquier artificio tecnológico. No hay pantallas gigantes ni juegos de luces futuristas. Es un espacio cotidiano, casi austero, que acentúa el contraste entre la vida gris de la agente y el mundo perfecto que ella relata. Este entorno analógico vuelve la historia mucho más asfixiante, pues nos recuerda que la alienación digital ocurre, precisamente, en la soledad de nuestros espacios más básicos.
El trabajo de Jordán es, sin duda, el motor que sostiene la propuesta. Interpretar un relato tan largo y cargado de humor ácido requiere una precisión técnica que Jordán domina, transitando de la apatía cotidiana a estallidos de locura cómica que sacuden al espectador. Son esos momentos de quiebre, donde el absurdo se apodera del cuerpo de la actriz, los que mejor retratan el desequilibrio de una mujer que ha perdido el norte.
Si bien el ritmo de la obra puede sentirse por momentos esquivo, como si el espectador fuera un intruso en una confesión que no termina de aterrizar, es precisamente esa estructura fragmentada y un tanto errática la que refleja el estado mental de la protagonista. No es una historia fácil de atrapar porque el personaje mismo está desenfocado, perdido en una espiral de comedia negra y resentimiento.
Daño es una pieza que nos obliga a mirar hacia adentro. A través de la risa incómoda y el absurdo, Page y Jordán nos entregan una radiografía punzante sobre cómo el deseo de ser alguien más termina por erosionar lo poco que nos queda de nosotros mismos. Una apuesta arriesgada que se sostiene en la potencia de su actriz y en la honestidad de su planteamiento sobre el aislamiento moderno.
Daniela Ortega
22 de febrero de 2026

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