domingo, 22 de febrero de 2026

Crítica: LA COMUNIDAD DE LAS NARANJAS


El derecho a ser fruta en el mundo correcto

¿Qué sucede cuando, de pronto, la verdad más profunda de nuestro ser resulta ser algo tan absurdo para el resto que raya en la locura? Patricia Romero escribe y dirige La Comunidad de la Naranja, una pieza que, bajo una premisa surrealista, esconde una conmovedora y necesaria reflexión sobre la autenticidad y la libertad personal.

La historia nos presenta a Manolo (Omar García), un hombre de éxito que decide patear el tablero de su vida por una razón que desafía toda lógica: se siente una naranja. Lo que podría quedarse en un chiste superficial, se convierte en un drama conyugal de alta intensidad cuando su esposa Charo (Fiorella Díaz) intenta, desde la desesperación y el amor, entender lo incomprensible.

La puesta en escena en la Sala Tovar aprovecha un formato 360° que elimina cualquier distancia de seguridad entre el público y el conflicto. Estamos ahí, en medio de la habitación de esta pareja, siendo testigos de una confrontación que se siente tan íntima como invasiva. Esta atmósfera se ve potenciada por la presencia de Adelaida Mañuico, quien no solo ejecuta el violín de forma magistral, sino que habita el espacio como una suerte de “musa de las naranjas”. Su música no es un fondo, sino un personaje más que dicta el ritmo emocional y añade esa capa de irrealidad poética que la obra requiere.

En el apartado actoral, el duelo es brillante. García realiza un trabajo extraordinario al dotar a Manolo de una urgencia y una desesperación genuinas. Es difícil hacer que el público crea en alguien que se siente un cítrico, pero García lo logra gracias a una convicción absoluta en la defensa de su identidad. Por otro lado, Díaz brilla al encarnar la confusión humana. Su Charo transita con una naturalidad asombrosa entre la empatía, el resentimiento y el esfuerzo sobrehumano por no dejar caer el mundo que por tantos años construyó junto a su esposo.

La obra es, en el fondo, una crítica mordaz a una sociedad que nos exige ser moldes perfectos. Hubo un detalle final de repartir naranjas entre los asistentes como un regalo juguetón, que funcionó bastante bien y dejó a la audiencia con una sensación de conexión profunda con el elenco. Fue un guiño que rompió la tensión del drama y nos invita a llevarnos un pedazo de ese absurdo a casa. Es el cierre de una experiencia sensorial que nos deja con una pregunta latente, ¿qué parte de nosotros mismos estamos sacrificando para seguir encajando?

La Comunidad de la Naranja es teatro que se siente, se escucha y se huele. Una propuesta valiente que nos recuerda que, a veces, hay que abrazar lo absurdo para poder ser, finalmente, nosotros mismos. Altamente recomendable. Espero, sinceramente, que se pueda lograr una pronta reposición.

Daniela Ortega

22 de febrero de 2026

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