lunes, 2 de febrero de 2026

Crítica: ELLO


Un trastorno mental en escena

Ello es un drama psicológico; esto es, se centra en lo que ocurre en la mente del personaje más que en el argumento, que resulta un pretexto para exponer su trastorno psicológico. De este modo, esta obra se suma a esta temática que ha ingresado con fuerza al teatro nacional. Últimamente lo vimos en Hielo en la sangre o Mi madre se comió mi corazón: no es simplemente la mayor relevancia de los conflictos psicológicos que tiene todo personaje, sino que la condición, trastorno o enfermedad mental se transforma en el tema y objeto de la obra.

Asumir un personaje con una condición, trastorno o enfermedad mental determinada es un gran reto, tanto para el dramaturgo como para el actor. En Ello, ambos roles los asume Eduardo Andía, que nos sorprende con un texto bien desarrollado, con el cual nos presenta al personaje afectado (Cristian) y una interpretación que revela una dedicada y cuidadosa construcción.

La voz que recibe al público en el Teatro Auditorio de Miraflores advierte que la representación de un personaje con Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) no debe considerarse una generalización. Los profesionales en salud mental podrán debatir si las conductas en escena corresponden a un caso típico de TLP; pero es una obra teatral y no una conferencia sobre psiquiatría. Lo importante es que Cristian ha sido construido con la coherencia suficiente para transmitir su crisis emocional, su desamparo y constituye así un motivo de interés dramático. 

El ello -en la teoría del psicoanálisis con la que Freud explica el funcionamiento psíquico humano- es esa parte o instancia de la estructura cuyo contenido es inconsciente y se expresa en pulsiones y deseos. La obra de Andía se desarrolla precisamente por impulsos y reacciones que van incrementando la tensión conforme Cristian se relaciona con las personas más importantes de su mundo y nos transmite su inestabilidad emocional, el temor intenso a ser abandonado, su comportamiento impulsivo. El encierro (no sabemos por qué, pero es evidente que el personaje no puede salir de su espacio) contribuye a la tensión.

Por ello, todo el texto y carga dramática recaen en Cristian, quien recibe el inútil apoyo de su novia, su mejor amiga y su madre. Tres mujeres que le brindan afecto de distinto modo, sin conseguir el equilibrio o una reacción positiva del joven. María, la novia (Julimar Nolasco), sin brillar en su personificación, deja claro su objetivo haciendo uso de más recursos histriónicos que las otras actrices. Leonora (Ariana Aguilar), cumple el rol de la mejor amiga, pero debe trabajar el tono de voz y el manejo de sus emociones. Isabela (Medalit Acosta), la madre de Cristian, a pesar de lo fundamental que debería ser en un caso real, tiene muy poca participación, lo que no es un defecto de la dramaturgia sino, por el contrario, la ausencia necesaria para revelar la falta de apoyo familiar, reducida al envío de dinero e ignorancia de la condición de su propio hijo, al que reclama decisiones más “normales”. Acosta comunica verbal y gestualmente esa absurda e inútil exigencia maternal, aunque la rigidez del cuerpo no corresponda a sus intenciones y atenúa el conflicto en lugar de llevarlo al extremo.

EStos son detalles que revelan cierto desnivel actoral, pero no desmerecen el resultado de la dirección general, a cargo de Carlos Daniel Licapa, quien conduce acertadamente la obra, pues durante hora y media la angustia de Cristian irá creciendo y no sabemos cuál puede ser el límite de su conducta... Aplausos.

David Cárdenas (Pepedavid)

2 de febrero de 2026

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