miércoles, 28 de enero de 2026

Crítica: ÑA CATITA


El pasado es presente

La obra maneja un ritmo muy entretenido; los personajes se saben conectar, de tal manera que lo que pareciera largo termina convirtiéndose en un instante impactante, sólido y bien trabajado. La distribución del espacio es sencilla y las luces mantienen un ambiente adecuado para el desarrollo de los personajes.

El texto está particularizado de forma elocuente: la construcción de personajes es concreta y mantiene chispazos de farsa. La forma en que interactúan va generando un aire de sonrisas. La situación es muy conocida por todos: Ña Catita (Lourdes Aquije) hace su aparición y conversa con Rufina (Gloria Melgar), ambas actrices consiguen un nivel de espontaneidad admirable; cabe mencionar que Aquije se traslada en el espacio con gran naturalidad pese a la discapacidad visual que presenta, pareciera al contrario que ve más que todos, que sus ojos alcanzan un horizonte distinto. El poder del teatro es evidente: la magia que envuelve a los artistas permite que nadie sospeche de la situación de la actriz, si es que no se mencionaba yo nunca me hubiera dado cuenta, digno de aplaudir y de admirar, una demostración potente de la trascendencia del arte. 

La interacción entre Juliana (Isabel Pinto) y su amiga (Gabriela del Pilar) también es bastante organizada, es elocuente y en el caso de la amiga esta se presenta acompañada de una construcción corporal que emite un cierto poder energético. La forma del cuerpo cambia la atmósfera, las contracciones de la cadera son como chispas en el espacio, la expresión de las piernas ondula en los ojos de los espectadores. Me río, me entretengo, me olvido del mundo, la capacidad de abstracción del arte, es una condición necesaria, desde mi perspectiva, para descubrir cuando hay amor y dedicación en un trabajo. Día a día nos aburrimos del mundo, de la rutina, entonces aparece el arte y nos hace una pausa, un silencio para ingresar a un universo paralelo, que no conocemos, pero sospechamos. Desde esta mirada, Ña Catita me sedujo por instantes, me paralizó la mente en el presente y me permitió el descanso del pensamiento para aperturarme a la contemplación.

El mayordomo (Jeffrie Fuster) es otro de los artistas que me llamó la atención de forma natural, la manera de emitir la voz y su presencia escénica, eran casuales, no forzadas y la realidad con que se sometía a la ficción permitía una conexión directa con la puesta. Desplazamientos muy inteligentes y sonrisa bien presente, el mayordomo cuenta con el encanto nato del artista, la atención se dirige hacia él y se deja embriagar por las flexiones del cuerpo y el sonido de la voz; muy particular la forma de aproximarse al realismo y a las necesidades de la escena.

Don Jesús (Beto Sánchez) también entra con gran prontitud, su construcción manifiesta experiencia y solvencia en el espacio, la forma de conversación hacia sus compañeros concreta el colectivo, lo afianza, es un buen peso dentro del hilo conductor de la historia. Alejo (Jesús Aranda) posee el picante que necesita la construcción, su presencia es la ruptura de la armonía, la contradicción del amor y de los personajes; buen manejo corporal, secuencias bien logradas y armonía sonora, momentos cumbres en el desarrollo del montaje, la interacción de todo el grupo y la bulla de la multitud eran momentos de profunda contemplación, la energía del público se desplazaba hacia el escenario para proyectar su fantasía en ellos, en los maniquíes del drama, en los espíritus del arte y de la dramaturgia. Manuel (André Mesta) complementaba toda la estructura que ya se había creado; ubicado en su espacio, en su puesto, desarrollaba muy bien su rol, permitiendo que las energías y presencias sean distribuidas armónicamente, todo en su lugar, todo en su punto, ninguna exageración, la sensación de vivir la obra, de creer en la ficción se expresa.

Buen trabajo, el tiempo viaja en sí mismo, el pasado es presente y la conducta del hombre es trasmitida, todo pareciera que se puede manifestar sin tiempo ni espacio, la conducta es atemporal; pero el artista es dueño del tiempo y tiene la capacidad de abrir el mundo y sofocarnos uno nuevo, donde si quieres reflexionas, si no solo contemplas, es importante contemplar, no buscar la perfección, pero si lo genuino de cada uno de los intérpretes. La crítica enfrasca la realidad, la contemplación permite la aprehensión sensorial y cognitiva de la originalidad de cada uno. El arte es un ente de comunicación, no para romperte la cabeza en mil pedazos de racionalidad disruptiva, pero sí para recordar la condición gregaria del ser humano, su condición de grupo y de necesidad de afecto, un afecto que no es una caricia, pero sí puede ser un gesto, un desfase hacia lo extracotidiano o tal vez, hacia la condición primigenia del ser humano, a ese núcleo de expresión que nace como un cauce cristalino.

Moises Aurazo

28 de enero de 2026

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