lunes, 26 de enero de 2026

Crítica: TSURUKAME


Un desequilibrado festín para los sentidos

En el marco del 25° Festival Saliendo de la Caja, el teatro de la Alianza Francesa le abre sus puertas a Tsurukame, propuesta teatral dirigida por Majo Vargas Hoshi. El peculiar montaje cuenta con la participación de Paul Lazo y de la misma Majo, quienes durante sesenta minutos se encargan de crear todo un mundo de emociones y sensaciones valiéndose únicamente de sus cuerpos. 

Tsurukame no tiene historia. Al menos no una como típicamente la entendemos. No hay diálogo. No hay mayor orden. No hay lógica. Los cuerpos de Majo y Paul yacen de espaldas al público uno al lado del otro, inertes e inanimados. No es sino después del inexplicable e innecesario ingreso de una mujer a escena, quien manipula sus cuerpos como si se trataran de dos maniquíes, que estos personajes (“seres” quizá sería una mejor palabra) cobran vida y empiezan a moverse. Este es, innegablemente, el principal acierto y atractivo de este montaje.

El movimiento de Paul y Majo es sencillamente hipnotizante. A través de secuencias coreográficas enraizadas en la danza contemporánea, ambos artistas nos sumergen en un estado casi onírico, habitando por completo el espacio con su danza, derrochando destreza y pasión con cada movimiento. Ayuda mucho también el empleo económico y preciso de la música, la cual complementa la coreografía y aporta al disfrute de ella. A propósito de las coreografías, es muy interesante cómo estas dan la impresión de haber sido creadas no tanto a partir de la música (como suele ser el caso en el baile coreográfico), sino de forma orgánica, improvisada, frenética e intuitiva. La música no calza perfectamente con los pasos, solo les pone un telón de fondo, añadiendo así una capa sumamente interesante al movimiento. El uso de los pocos elementos en escena también es destacable, ya que ayudan a crear imágenes altamente estéticas. 

Habiendo dicho esto, el montaje pierde un poco su rumbo cuando empieza a incorporar frases en voz en off (las que también son proyectadas sobre el telón de fondo), de carácter aleatorio y existencial, dando la impresión de ser los pensamientos intrusivos de una o más personas que se cuestionan acerca de los más variados aspectos de la vida. No es que estas frases estén mal escritas, o que no sean interesantes individualmente, sino que, al no existir mayor ilación entre ellas, ni tampoco mayor relevancia en relación a lo que está sucediendo en escena, terminan haciendo un poco de ruido. En su afán de querer decirlo todo, terminan hablando de nada. 

De ahí el desequilibrio de Tsurukame. Por un lado, un verdadero placer para los sentidos, pero por otro, un montaje algo cojo, sin una tesis clara ni un mensaje lo suficientemente contundente. Es evidente que el mundo interno de Majo Vargas Hoshi es fascinante, y es precisamente por eso que como espectador no pude evitar sentirme un tanto frustrado, como alguien a quien dejan varado en una ciudad desconocida sin un mapa. 

Sergio Lescano Vásquez

26 de enero de 2026

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