Devoción en tierra devastada
La figura de Cyrano de Bergerac pertenece a un imaginario teatral muy particular: el del romanticismo heroico, donde la elocuencia, el honor y la devoción amorosa se expresan a través de la palabra. Adaptar hoy esta obra clásica implica enfrentarse a ese código moral y estético que ya no nos pertenece del todo, pero que todavía puede interpelarnos desde otros lugares. La puesta dirigida por Jean Pierre Gamarra parece asumir ese desafío desde un universo visual que dialoga con la decadencia, el desgaste y la violencia que rodean al personaje.
Desde el inicio se instala una atmósfera que se aleja de la ligereza romántica con la que tradicionalmente se asocia la obra. La escenografía de Lorenzo Albani propone un mundo corroído: amplios espacios casi vacíos, superficies oxidadas y una paleta dominada por naranjas sucios, grises profundos y azules agrisados que sugieren un paisaje de posguerra. Este entorno visual, amplio y cuidadosamente compuesto, contrasta con el texto en verso que estructura la historia, generando un desplazamiento interesante entre la poesía del lenguaje y la crudeza del espacio escénico.
La obra abre con Cyrano interpelando al público en silencio: su figura aparece en escena declamando versos que no escuchamos, apenas percibidos a través del gesto y la mímica. El recurso introduce de inmediato la idea de un personaje atrapado entre su propia grandeza y la percepción que tiene de sí mismo. El dispositivo escénico insiste en mostrar esa magnitud: luces y sombras amplifican su presencia, subrayando su condición de poeta y soldado, de hombre brillante que, sin embargo, parece incapaz de reconocer su propio valor. Este Cyrano se presenta menos como un héroe seguro de sí mismo y más como una figura atravesada por la guerra, el desgaste emocional y una profunda desconfianza hacia su propia imagen.
En términos interpretativos, el elenco reúne actores con una presencia escénica sólida y un trabajo técnico evidente. Alonso Cano construye un Cyrano intenso, contenido por momentos y vehemente en otros, sosteniendo el peso del verso y del conflicto interno del personaje. Sin embargo, el ritmo general de la puesta parece apostar por una lentitud constante que termina afectando la progresión dramática.
A lo largo de la obra muchas de las acciones y desplazamientos parecen desarrollarse en un tempo deliberadamente pausado. Si bien esta decisión podría responder al deseo de enfatizar la dimensión poética del texto, en varios momentos la tensión escénica se diluye y la verdad interpretativa pierde impulso. La repetición de este ritmo uniforme reduce el contraste entre los momentos cómicos, románticos y trágicos que el texto propone.
En particular, la relación entre Cyrano y Roxana, interpretada por María Grazia Gamarra, atraviesa esta dificultad. La actriz compone una Roxana liviana y estilizada, aunque la propuesta interpretativa parece buscar todavía una mayor organicidad emocional. En contraste, los momentos en los que Cyrano expresa su amor a través de la palabra logran acercarse con mayor claridad a la intensidad romántica que atraviesa la obra.
Uno de los pasajes más potentes ocurre cuando Cyrano revela finalmente que fue él quien escribió las cartas que conquistaron a Roxana. En esa confesión tardía se condensa la dimensión más humana del personaje: un amor sostenido durante años desde la distancia, una devoción silenciosa que no exige reciprocidad y que se manifiesta más como cuidado que como posesión. Allí el texto encuentra su mayor resonancia y permite entrever el alcance emocional que la obra podría haber desarrollado con mayor continuidad.
En contraste, el desenlace aparece resuelto con una rapidez que reduce el peso dramático del reconocimiento final. Después de años de silencio, la revelación y la aceptación de ese amor suceden en apenas unos instantes, dejando una sensación de cierre abrupto frente al largo recorrido emocional que el montaje ha construido.
Más allá de estas irregularidades, la puesta recuerda la vigencia de una figura como Cyrano: un personaje que encarna valores como la lealtad, la constancia y la sensibilidad en un mundo marcado por la violencia. En tiempos donde el amor suele representarse desde la posesión o la urgencia, su devoción paciente y silenciosa se percibe casi como una ficción improbable.
Quizá por ello Cyrano continúa siendo una figura que interpela. No tanto como héroe romántico idealizado, sino como recordatorio de una forma de mirar al otro con respeto, incluso cuando ese amor no encuentra correspondencia.
Naomi Noblecilla
14 de marzo de 2026

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