domingo, 22 de marzo de 2026

Crítica: TICK, TICK… BOOM!


Ansiedad, arte y una carrera contra el reloj

Tick, Tick… Boom!, el musical de rock autobiográfico de Jonathan Larson, se presentó en una breve temporada en la Sala Quilla. Bajo la dirección escénica de Sarah Crane, la puesta apostó por la cercanía y la energía actoral como principales motores narrativos.

En escena, Ana Paula Delgado y Benjamín Iglesias encarnan a Susan y Michael, respectivamente. El rol de Jonathan, eje emocional de la obra, fue alternado entre Sebastián Abad y Zach Spound: en la función presenciada, Spound asumió el desafío de dar vida a este personaje central.

Esta puesta, interpretada íntegramente en inglés y con subtítulos en español, presenta a Jonathan: un compositor al borde de los 30, atravesado por el miedo al fracaso y la presión del tiempo. Es él quien sostiene la obra sobre sus hombros, conduciendo al espectador a través de su propia verdad y dotando al montaje de sus momentos más efectivos.

En esta ocasión, es necesario destacar el trabajo de la directora Crane, quien logra convertir la puesta en una experiencia sólida y coherente. No solo por su labor guiando a los actores y articulando al equipo creativo, sino también por una decisión clave: la elección de la Sala Quilla como espacio escénico.

La apuesta por un formato minimalista potencia uno de los mayores aciertos del montaje: la cercanía con el público. Lejos de necesitar artificios, la obra encuentra en esa intimidad su mejor aliado, permitiendo que el conflicto emocional llegue de forma más directa y sin filtros.

En los musicales, el peso suele recaer inevitablemente en el protagonista, y en este caso se hace evidente que Spound asume el reto desde el primer minuto, comprometido con narrar la historia con entrega y presencia escénica. A su lado, Delgado e Iglesias complementan el relato con solidez, aportando matices distintos que enriquecen los vínculos del protagonista. Se percibe un alto nivel de compromiso y, sobre todo, una complicidad escénica que sostiene buena parte del montaje.

Sin embargo, no todo alcanza el mismo nivel de precisión: por momentos, las interpretaciones caen en una intensidad forzada, especialmente en aquellos pasajes que buscan subrayar los picos emocionales de la obra. Esa necesidad de remarcar lo evidente terminó jugando en contra, perdiendo conexión con la audiencia y restándole naturalidad a escenas que habrían ganado más con una ejecución contenida.

¿Qué se puede decir en torno a la música? Las canciones son el centro de la obra y cada una de ellas está completamente alineada al mensaje principal que se quiere transmitir y a las emociones de los personajes. La banda brilló muchísimo e hicieron un muy buen trabajo.

En ese sentido, el éxito de esta versión de Tick, Tick… Boom! no radica únicamente en transmitir su mensaje, e inspirar a seguir intentándolo incluso cuando el tiempo parece jugar en contra, sino también en la solidez de sus interpretaciones. El elenco sostiene el montaje con una entrega constante, consolidándose como uno de sus principales logros.

Javier Bendezú

22 de marzo de 2026

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