viernes, 20 de marzo de 2026

Crítica: DOS SIGLOS DE SOBREMESA


Dos siglos después, la misma conversación

El mundo ha cambiado: los países, los gobiernos, la moda, las tendencias, la tecnología. Todo cambia y sigue cambiando con el tiempo. Incluso algunas formas y reglas dentro de la sociedad. Hay quienes apuestan por la evolución, quienes creen que hoy todo es mejor que antes. Otros, con nostalgia de un pasado más lento, sostienen que ahora todo es más ruidoso. Lo doloroso de ver Dos siglos de sobremesa es entender que, en nuestro país, en nuestras cabezas y en nuestro discurso, realmente poco o nada ha cambiado.

Una familia que pone en vitrina la juventud de su hija como una especie de dote, para que sea “alguien” según lo que la familia necesita. Una familia que olvida que detrás de una edad o un género hay emociones y decisiones propias. Un patrón, un esclavo, personas que deben gritar para pedir lo que es suyo por derecho y quienes lo ven como violencia. Ahí la obra nos deja su peso: la imposibilidad de distinguir de qué siglo hablamos cuando usamos palabras que creíamos erradicadas de nuestro vocabulario o de nuestra historia.

Los personajes nos enfrentan a una verdad incómoda: como peruanos, seguimos repitiendo errores. Pero más que eso, nos ponen frente a lo que somos. Sin filtro. En cada etapa de nuestra vida, en cada rol dentro de la familia y la sociedad. Es una denuncia a nosotros mismos. Y, si realmente queremos mirar hacia adentro, nos obliga a reconocer que muchas veces lo que creemos acierto es, en realidad, el error que nos condena una y otra vez.

La conversación alrededor de una mesa, con un plato de comida como excusa, nos lleva a lo cotidiano de nuestra cultura. Nos hace sentir parte de ese espacio familiar. Pero también nos recuerda que en esas mesas se han roto lazos, se han dicho verdades y se han construido silencios. Incluso hoy, en muchas familias, hay temas permitidos y otros de los que no se habla, porque nadie quiere enfrentar lo que podría desatar el caos. Un caos que, quizás, sería el inicio del cambio. Y no todos están listos para cambiar.

La pluma de Eduardo Adrianzén, con su ironía y picardía, está claramente presente en el libreto. El juego de palabras y de tiempos es preciso y doloroso: escuchar lo mal que está el Perú en una escena de 1984 y volver a oírlo en 2024 golpea. La dirección de Gustavo López construye un ritmo que crece en intensidad, con pausas que sostienen la tensión. El vestuario, que por momentos une los siglos, refuerza ese tránsito. Y la experiencia en la casona potencia todo: los portazos, los silencios cercanos, la prisa, la rabia y la esperanza de que algo, por pequeño que sea, puede mejorar.

Urpi Gibbons, Gonzalo Molina, Alain Salinas, Guadalupe Farfán, Paulina Bazán, Gianni Chichizola y Sol Nacarino —los del aquí y el ahora— suman talento y responsabilidad para obligarnos a mirar, a preguntarnos qué personaje nos refleja y cuál no queremos ser.

Porque, al final, pueden pasar dos siglos más, y podemos seguir sentados en la misma mesa, teniendo exactamente la misma conversación pendiente.

Cristina Soto Arce

20 de marzo de 2026

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