sábado, 7 de marzo de 2026

Crítica: NOCHE DE CREADORAS


Distintas disciplinas artísticas convergen en un solo lugar

Todos los miércoles, Casa Bulbo, ubicada en pleno corazón de Barranco, es sede de la Noche de creadoras, plataforma artística multidisciplinaria iniciada por Jennifer Aguirre Woytkowski, gestora cultural formada en Buenos Aires, quien apuesta por juntar distintos espectáculos artísticos, todos en formato breve, en un recorrido ágil y dinámico que mezcla música en vivo, teatro, performance, poesía, etc., todo en un ambiente de fiesta bohemio típicamente barranquino. El lugar y la atmósfera prometen mucho, y de arranque se percibe la buena vibra desde que uno entra al espacio. Pero, ¿son las microobras de este mes opciones realmente recomendables, o actúan más que nada como telón de fondo de una experiencia más de vida nocturna en Barranco? 

Es muy grato constatar cómo, en las manos de artistas consolidados, el material teatral de formato breve puede alcanzar estándares de calidad tan altos. Mi madre y el mar, escrita y dirigida por la misma Aguirre, es un unipersonal en el que una mujer, interpretada por Mar Balarezo, nos lleva a través de una especie de crónica interpretativa en la que nos cuenta la historia del origen de su madre. En un lenguaje cotidiano, pero profundo a la vez, la mujer nos brinda detalles sobre la vida de su madre, de su abuela, y de ella misma. El texto es muy confesional, sumamente íntimo, y siempre interesante. Pero no basta un texto bien escrito para hacer que un espectáculo sea memorable. Afortunadamente, en Mar, el texto encuentra una actriz en completo control de su técnica. Fue fascinante ver el aplomo y sobre todo la sensibilidad con la que la intérprete llevó a cabo toda la obra. Aquí el texto estaba plenamente interiorizado, y más allá de eso, la actriz aprovechó cada palabra del mismo para transmitir algo distinto. Y cuando no había texto, usaba el silencio para seguir contándonos la historia de una mujer que estuvo siempre en búsqueda de su libertad. Una mujer que, como el mar, es inestable e impredecible, y cuya influencia en su hija es inmensurable. No sé si la autora ha leído o visto Tres historias del mar, obra de la reconocida dramaturga peruana Mariana de Althaus, pero sea cual sea el caso, es cautivante ver cómo ambos textos se reflejan y se conectan muchísimo entre sí, evidenciando que los artistas estamos siendo constantemente influenciados los unos por los otros, ya sea directa o indirectamente. 

La pared, escrita y dirigida por Daniel Riglos, tiene un tono totalmente distinto al de Mi madre y el mar. Mientras que esta última puesta en mención es una contemplación romántica de la vida e influencia de una madre sobre una hija, La pared apuesta por un texto mucho más cómico, absurdo, y autorreferencial. Esta vez tenemos a dos personajes (dos amigas de antaño) interpretados por Lía Camilo y Anaí Padilla, quienes se encuentran ante una obra de arte muy polarizante que las obliga a enfrentar sus visiones del mundo. Lejos de ser un texto aleccionador y elitista que busca realzar el valor del arte conceptual, Riglos logra encontrar el humor precisamente en lo controversial de este tipo de obras (piénsese en el plátano colgado con cinta adhesiva del artista italiano Maurizio Cattelan que terminó siendo vendido por nada menos que $ 120.000 USD). Pero no contento con esto, Riglos va más allá y propone una convención en la que uno de los personajes se da cuenta de que está en una obra de teatro. Es justamente aquí donde el montaje encuentra su mayor virtud: la autorreferencialidad. Las amigas hablan de conflictos teatrales irresolutos, hacen mención del espacio y quehacer teatral, se burlan de las características propias del microteatro, todo en un tono sardónico hilarante e inteligente. La obra encuentra en Anaí y Lía, dos pilares muy sólidos en los que los textos brillan, los chistes aterrizan, y las reflexiones calan. Esta microobra comprueba que el llamado “humor meta” no es exclusivo del cine y que puede funcionar tranquilamente también en las tablas. 

Finalmente, Escuchamos, pero no juzgamos, escrita y dirigida por Alberick García, es probablemente el momento más denso de la noche, sin que esto signifique algo negativo. Más bien, todo lo contrario. El reconocido artista nos propone una situación a límite en la que cuatro amigos se disponen a jugar a contarse lo peor que han hecho en la vida, bajo la prerrogativa de que se escucharán mas no se juzgarán. El concepto es simple, pero prueba ser más turbio de lo que nadie espera cuando las confesiones saltan de lo bizarro a lo letal. ¿De qué somos capaces los seres humanos? ¿Qué es aquello que hemos hecho que no podríamos contar a nadie? ¿Nuestros amigos seguirían siendo nuestros amigos si se enteraran de lo que fueron nuestros peores momentos? El montaje transita a través de estas preguntas, y conforme las situaciones contadas por los protagonistas van escalando en intensidad y dramatismo, el desenlace nos cae como un baldazo de agua fría, duro y chocante. Además de la dramaturgia, que está llena de tensión, es también notable aquí el trabajo de dirección de actores. No solo a nivel de movimiento (es la única de las obras que apuesta por el formato 360°), sino a nivel de manejo de texto. Hay plena interiorización de las circunstancias dadas, mucha convicción en todos los actores, particularmente en Ray Apaza, quien tiene un monólogo visceral logradísimo, y, sobre todo, existe verosimilitud, que es clave para que el teatro contemporáneo funcione. 

Salí sumamente contento de la Noche de creadoras. El ambiente es un gran plus, pero fue la calidad de los productos artísticos que tiene su cartelera lo que realmente terminó por hacerme la noche. Tres microobras abismalmente distintas entre sí. Tres textos contemporáneos impactantes y que invitan a la reflexión. Siete actores cuya técnica nos recuerda el verdadero poder que tiene la actuación cuando realizada de forma correcta y profesional. Un bar con carta variada, buena música, y un ambiente en el que se respira arte. Más no se le puede pedir a una noche barranquina. Altamente recomendado. Vayan. No se arrepentirán.

Sergio Lescano

7 de marzo de 2026

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