La democracia del hambre
¿Qué sucede cuando la civilización se reduce a un trozo de madera flotando en el vacío? ¿Qué tan rápido se desmoronan los discursos éticos cuando el estómago empieza a rugir? Sławomir Mrożek, maestro del teatro del absurdo, escribió En Altamar como una metáfora mordaz sobre el poder, y la versión dirigida por Rodrigo Vargas rescata esa esencia para lanzárnosla al rostro con una energía frenética y una estética que no tiene miedo de incomodar visualmente.
La propuesta arranca con una declaración de intenciones. La penumbra se llena de frases conocidas de nuestra fauna política, recordándonos que, aunque estemos ante una ficción surrealista, el puerto de origen es nuestra propia realidad nacional. Tres náufragos, interpretados por Dan Fernández, Alexander Ugalde y Rafael Ruiz, se ven enfrentados al dilema definitivo: tienen hambre y la única solución es que uno de ellos sea el banquete de los otros dos. Lo que sigue es una parodia brillante y cruel sobre los mecanismos de elección y la justicia.
La dirección de Vargas apuesta por un escenario 360° que no solo integra al público, sino que acentúa la sensación de encierro. No existe una cuarta pared que nos proteja de la locura que sucede en el centro. Los actores están expuestos en todo momento, y esa exposición se traduce en un despliegue físico notable. El uso de la corporalidad y las voces modificadas eleva la obra hacia lo grotesco, alejándola del realismo convencional para convertir a los personajes en caricaturas trágicas de la ambición y la sumisión.
El trío actoral mantiene una energía alta de principio a fin. Es fascinante (y aterrador) observar cómo utilizan la retórica para justificar lo injustificable. Por ejemplo, la dinámica de las “votaciones” para elegir a un nuevo presidente, que convenientemente será también la cena, es una burla directa a cómo el poder manipula el lenguaje para que la víctima acepte su destino con una sonrisa. Se destaca el trabajo de Fernández (quien aparece semidesnudo, reforzando esa vulnerabilidad animal), junto a la complicidad escénica de Ugalde y Ruiz, quienes logran coreografías físicas que son tan divertidas como inquietantes.
El juego de luces y la falta de elementos escenográficos pesados permiten que el foco esté donde debe estar: en el cuerpo y en la palabra degradada. Esta versión de En Altamar se autodenomina surrealista, pero en el fondo es un espejo muy nítido de cómo los políticos se burlan de nosotros, convenciéndonos de que el sacrificio de unos pocos es necesario para el bien común de quienes tienen el sartén por el mango.
En conclusión, la puesta de Vargas es una farsa oscura y necesaria. Logra que el espectador ría ante lo absurdo del montaje, solo para estremecerse segundos después al notar que esa balsa a la deriva se parece demasiado al país en el que vivimos. Una pieza de teatro físico y político que demuestra que el hambre de poder es, a menudo, más voraz que el hambre misma.
Daniela Ortega
22 de febrero de 2026

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