sábado, 28 de febrero de 2026

Crítica: UNA OBRA PARA QUIENES VIVEN EN TIEMPOS DE EXTINCIÓN


Antes que nos extingamos

Una obra para quienes viven en tiempos de extinción es una pieza teatral que sorprende, en primer lugar, por el alocado discurso del personaje que se presenta como dramaturga, pero se desempeña como una entretenida y locuaz expositora que realiza una minuciosa explicación (aunque en realidad es un apretado resumen) sobre las cinco extinciones masivas que ha sufrido este planeta y sobre la que vivimos actualmente (¿por nuestra culpa?) como habitantes del mundo.

El incidente que motiva el monólogo (ante la inasistencia de las dos actrices, la dramaturga tiene que hacerse cargo de la función) es solo un pretexto - que rápidamente olvidamos - para introducirnos en una propuesta escénica que combina el relato con la performance, en la que la “maestra-dramaturga” hace intervenir activamente al público, como cuando asistimos a una fiesta infantil y la animadora introduce a los asistentes a algún concurso que parece inventar en ese mismo momento. La potencia de este recurso se manifiesta en la manera sutil en que estas traviesas intervenciones se convierten en reflexiones conforme nos acercamos al presente y mencionamos por su nombre algunos efectos de la nueva extinción, que solo conocíamos como “cambio climático” y parecía lejano y así nos hacemos responsables de los resultados.

Para lograr ese eficaz ejercicio reflexivo hace falta un personaje muy humano y vital, como es la “dramaturga/maestra” que interpreta Fiorella Pennano, en una de sus más radiantes trabajos actorales y, por supuesto, la dirección de Norma Martínez, que se la juega entera por poner en escena obras que reflejen su mirada del mundo actual. En este caso, la obra es una adaptación del texto de la dramaturga estadounidense Miranda Rose Hall. Esta dramaturga presentó el año 2025 Una obra para los vivos en tiempos de extinción, que trata de un dramaturgo improvisado que intenta contar una historia sobre la vida en la Tierra en una era de extinción provocada por el hombre. En la versión adaptada por Norma Martínez, el personaje toma un texto como fuente principal para su exposición: La sexta extinción, de Elizabeth Kolbert - periodista y escritora estadounidense especializada en temas científicos que recibió el Premio Pulitzer el 2015 por este libro - quien advierte que los humanos somos testigos de un acontecimiento dramático: la extinción en masa de un gran número de especies.  Se conocen cinco extinciones masivas anteriores, que el personaje explica con micrófono, pizarra y utilería didáctica, en una muy dinámica clase sobre la materia. Así, la puesta en escena combina reflexión y humor, conducidos por Pennano, quien no pone el dedo acusador sobre nuestra frente, sino que “como jugando” nos invita a pensar en el lugar que ocupamos como humanidad en una crisis ecológica global.

Con esta obra, el Teatro La Plaza cierra el ciclo Presencias que transforman (la última función es el domingo 1 de marzo).

David Cárdenas (Pepedavid)

28 de febrero de 2026

jueves, 26 de febrero de 2026

Crítica: TRAS CUERNOS… POSTRES


Una comedia de enredos que puede causar más risas

Los viernes y sábados a las 8:00 p. m. se presenta en el Centro Cultural Jesús María la obra Tras cuernos… Postres, bajo la dirección de Fernando Romero. La puesta cuenta con las actuaciones de Beto Sánchez, Jeffrie Fuster, Paul Ramírez, Adriana Polack, Patricia Moncada, André Mesta y Sergio Morán.

Esta obra aborda el tema de las infidelidades a través de personajes atrapados en sus propios enredos y, dado que se trata de una comedia, uno imaginaría que la puesta provocaría risas de principio a fin; sin embargo, esto solo ocurre en algunas ocasiones.

Al tratarse de una comedia de enredos, es necesario resaltar que el ritmo de la obra es, probablemente, su mayor acierto. Se nota que el elenco ha trabajado de buena manera para lograr un timing preciso; además, utilizaron el lenguaje corporal muy a su favor, haciendo que muchas de las situaciones resulten divertidas. Sin embargo, algunas de las bromas resultan predecibles y varios de los personajes no destacan tanto como el protagonista, lo cual impide una mayor conexión con el público.

En cuanto a la dirección, se percibe un trabajo funcional que logra sostener el ritmo de la comedia, especialmente en lo referido al timing y al uso del lenguaje corporal previamente mencionados. El director consigue que el elenco se mantenga en una dinámica constante, aunque sin arriesgar demasiado en la propuesta escénica. Por su parte, la escenografía apuesta por la sencillez: es básica, incluso predecible, pero cumple con su objetivo práctico al facilitar el desplazamiento de los actores y no entorpecer la acción.

En resumen, no estamos ante una comedia particularmente memorable ni innovadora; sin embargo, la puesta asume con claridad su propósito: ofrecer entretenimiento ligero sin mayores pretensiones. Difícilmente dejará una huella más allá de la experiencia inmediata, pero funciona para quienes quieran desconectarse un rato y pasar un momento agradable.

Javier Bendezú

26 de febrero de 2026

Crítica: ME ENCANTAN LOS CUENTOS


Volver a escuchar

El Teatro Municipal de Surco se apaga. En un instante, la atmósfera es mágica; el público acompaña. Se escucha un instrumento desde lo más lejano, lleno de memorias. Me EnCantan los Cuentos es un espectáculo escénico del narrador François Vallaeys, con la música rock/electrónica de Edu Arana.

Me EnCantan los cuentos es un regalo hacia el corazón para todas las edades y para el niño interior que cada espectador lleva dentro de sí. Vallaeys utiliza su magistral carrera de narrador escénico para, sobre las tablas, convertirse en un artista voraz, genuino y valiente. Me parece necesario mencionar que, para estar al frente sosteniendo a un público, es indispensable poseer una gran sensibilidad artística, y eso es lo que posee este cuentacuentos.

En la actualidad, en nuestra cotidianidad, vivimos en un mundo donde crecer es casi invisible; avanzar, cumplir años, es un acto que pasa desapercibido. Al alcanzar la mayoría de edad, pareciera que ya no merecemos que nos cuenten un cuento. Y eso es lo que Vallaeys se esfuerza por transformar: qué importante es entonces dejarnos envolver por las narraciones populares y tradicionales, por esas historias que, más que respuestas, proponen preguntas.

El espectáculo propone escuchar diversas cápsulas sonoras desde el inicio hasta el final. Arana no es solo un acompañante dentro de la performance que realiza Vallaeys; propone atmosferizar las distintas narraciones que se escuchan en la obra. A través de la guitarra y múltiples instrumentos, estas historias logran un impacto mágico en el espectador.

En ese sentido, el trabajo performativo que realiza el narrador no se limita a utilizar la voz como principal componente escénico. Mientras emplea su cuerpo como archivo vivo de cada historia, encontramos un cuerpo lúdico y onírico que confronta cada narración desde una mirada poética. 

Al finalizar me preguntaba: ¿y cómo sé que estoy conectando con mi niño interior? ¿El quedarme en la butaca permite eso? ¿Acaso el estar observando detenidamente significa que estoy conectando con mi niño interior? Y descubrí que el teatro, en un instante, se vuelve mágico. No yendo muy lejos, cada espectador, al ir a una obra, tiene la suerte de escuchar y observar. Y eso es, es así como Me EnCantan los cuentos se vuelve: emotiva, valiente y simbólica, porque para sentir un cuento no solo está el acto de nuestra presencia, sino que, como infantes, está nuestro flujo de escucha, observación y corazonada.

Juan Pablo Rueda

26 de febrero de 2026

miércoles, 25 de febrero de 2026

Crítica: UBÚ MI REY


El retrato de un país en decadencia

La Real Compañía Estólida, conformada por Dánitza Montero, Gabriela Gutiérrez, José Miguel Herrera, Paulina Bazán y Ricardo Bromley nos trae una comedia escrita y dirigida por Alfonso Santistevan, y basada en Ubú rey de Alfred Jarry. En esta adaptación, vemos y experimentamos cómo un espacio tan pequeño y a primera vista no muy cómodo como lo es Paya Casa se transforma en un lugar donde las coincidencias no existen, como bien lo anticipa el afiche de la obra; un lugar donde la realidad y la ficción se entremezclan de tal manera que  hasta lo más imposible resulta ser lo verdadero.

La primera impresión es de un escenario modesto, solo con un mueble, un pequeño comedor y una pared de fondo que podría describirse como un personaje más o el elemento más poderoso que complementa la obra, pues a medida que pasan los acontecimientos y el tiempo, vemos cómo van cambiando los cuadros, cómo funciona para situarnos en distintas regiones del país sin necesidad de utilizar grandes escenografías, lo cual habla muy bien de la capacidad actoral de los artistas, pues con esos pocos elementos logran transportar a toda la audiencia a los distintos lugares.

Además del buen uso del espacio, se destacan otros elementos que posiblemente pasarán a ser característicos de la obra, como son las máscaras de animales hechas especialmente para la ocasión y de manera artesanal por La Contra Máscara. Estas máscaras y demás elementos hechos como manualidades suman bastante a la obra y su carácter minimalista. No se descuidó ningún aspecto, cada detalle se notó sumamente planificado y hecho con mucha dedicación.

Respecto a la narrativa que maneja, es bastante crítica con la situación actual nacional. Sin llegar a ser explícitos ni mencionar nombres en concreto, todos en el público pueden identificar las personalidades y patrones de comportamiento que se repiten. Es un espacio de catarsis mutua, pues en un contexto  en el cual uno no puede más que sentirse impotente ante la cantidad de malas noticias que se ven a diarIo y la nulidad de acción por parte de las autoridades, así como la corrupción que sigue siendo la plaga que cada vez nos va consumiendo como país, tener una obra como esta, una sátira que puede hacernos reír y reflexionar al mismo tiempo sobre eso que dolió y sigue doliendo, convierte una localidad cualquiera en un espacio donde tanto artistas como espectadores pueden reírse de su propia decadencia. En esa carcajada común hay algo que une a todo un auditorio cansado y agobiado pero que aún resiste desde sus propias trincheras.

Tanto la puesta en escena como la compañía de teatro se destacan por poner sobre la mesa nuevos temas y tener un elenco lleno de frescura, con actores dispuestos a transmitir nuevas historias que se acercan más al ciudadano de a pie que simplemente repetir los mismos cuentos de siempre.

Barbara Rios

25 de febrero de 2026

domingo, 22 de febrero de 2026

Crítica: MICRO BUTACA - FEBRERO


Sobra potencial, falta claridad

Tres salas. Tres obras cortas ocurriendo al mismo tiempo. Tres elencos que hacen tres funciones por noche. Esa es la propuesta de Micro Butaca. Con intervalos de aproximadamente diez minutos, en los que el público puede disfrutar de alguna bebida o de algún snack, el acogedor espacio barranquino, sede también de Butaca Film, productora teatral y audiovisual, se convierte en el escenario de tres microobras, todas de dramaturgos y dramaturgas peruanas, que se suceden una a la otra. La experiencia tiene potencial, ya que el tener que migrar de sala en sala con la promesa de una nueva y cautivante historia esperándonos del otro lado de la puerta es atractiva. Pero más allá de la novedosa propuesta, ¿qué tiene por ofrecer esta temporada teatral? 

El teatro de formato breve, como ya he mencionado anteriormente, es complejo. El tiempo limitado presenta el reto dramatúrgico inmediato de tener que comprimir en solo quince minutos un arco dramático verosímil. Por otro lado, las dimensiones de las salas de Butaca Film, al no ser tan amplias, también ofrecen un limitante considerable, ya que de no ser correcto el uso del espacio, este puede jugar en contra del montaje. Finalmente, los actores y actrices deben adecuarse a un ritmo exigente y trepidante, ya que hacen tres funciones al hilo, con escasos minutos entre una u otra. Lamentablemente, creo que todos estos factores terminan afectando, en mayor o menor medida, a todos los montajes. 

¡Ah, qué terapia!, escrita por Mario Soldevilla y dirigida por Diana Veliz, no logra utilizar el espacio de forma adecuada, rellenándolo de elementos que finalmente terminan estorbando y entorpeciendo el trabajo actoral. Más preocupante aún es la ausencia de claridad en cuanto a la resolución de la historia. La propuesta de dirección no deja que el texto, que a pesar de recurrir a clichés tiene el potencial de ser ameno, termine de entenderse, y la transición entre distintos códigos (clown, naturalismo, farsa) hace que la historia de un paciente enamorado de su psicóloga se vea y se sienta desordenada y confusa. Los actores hacen lo que pueden, pero bajo una visión un tanto difusa, sus esfuerzos no los llevan a buen puerto. 

Locos de remate, escrita por Jorge Bardales y dirigida por Diego La Hoz, es más clara en su concepción y ejecución. El espacio está mejor utilizado, así como las dinámicas de movimiento entre los actores. El texto tiene chispa, y el intercambio de palabra entre los actores funciona. Podría haberse cuidado más el enfoque cómico, ya que, al tratarse de una farsa, esta da licencia para ser llevada al extremo, cosa que el montaje no hace. Del mismo modo, la comedia, presente en la dramaturgia, necesita de un ritmo, una cadencia, y una precisión específica, que el montaje solo algunas veces logra, dejando que varios chistes no lleguen a “aterrizar” del todo. El giro argumental final funciona, sin embargo, y eleva la propuesta, dándole un cierre lógico y divertido a la escena.

Nuestro último vals es la única de las tres microobras que apuesta por el drama, mostrándonos la despedida de dos mejores amigos, uno de los cuales está en la víspera de un viaje en el que abandonará su país y también al posible amor de su vida. Al ser de corte naturalista, el montaje requiere de un trabajo de dirección actoral adecuado, que dé espacio a los silencios, que juegue con las miradas y la complicidad de los actores, que permita que ellos y ellas vivan la circunstancia que nos muestran en vez de simplemente decir textos uno después del otro. Desafortunadamente, en este caso esto no se cumple del todo, y el texto, que tiene potencial, termina pasando muy por agua tibia. De la misma manera, las actuaciones se sienten externas e impuestas, en lugar de orgánicas y vividas. 

Cabe destacar que considero que los tres actores y actrices que protagonizan estas tres obras tienen mucho potencial. De hecho, la sensación que me llevo de ellos es que merecen más y mejores cosas. Propuestas escénicas más claras, dirección más minuciosa, textos más desafiantes. Creo que solo de esta forma es que podremos ver su verdadero rango actoral. 

Siempre es mejor formar una opinión propia, así que te invito a ver su trabajo por ti mismo. Tienen sus últimas funciones este sábado 28 de febrero a las 8 p. m. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

22 de febrero de 2026

Crítica: LA COMUNIDAD DE LAS NARANJAS


El derecho a ser fruta en el mundo correcto

¿Qué sucede cuando, de pronto, la verdad más profunda de nuestro ser resulta ser algo tan absurdo para el resto que raya en la locura? Patricia Romero escribe y dirige La Comunidad de la Naranja, una pieza que, bajo una premisa surrealista, esconde una conmovedora y necesaria reflexión sobre la autenticidad y la libertad personal.

La historia nos presenta a Manolo (Omar García), un hombre de éxito que decide patear el tablero de su vida por una razón que desafía toda lógica: se siente una naranja. Lo que podría quedarse en un chiste superficial, se convierte en un drama conyugal de alta intensidad cuando su esposa Charo (Fiorella Díaz) intenta, desde la desesperación y el amor, entender lo incomprensible.

La puesta en escena en la Sala Tovar aprovecha un formato 360° que elimina cualquier distancia de seguridad entre el público y el conflicto. Estamos ahí, en medio de la habitación de esta pareja, siendo testigos de una confrontación que se siente tan íntima como invasiva. Esta atmósfera se ve potenciada por la presencia de Adelaida Mañuico, quien no solo ejecuta el violín de forma magistral, sino que habita el espacio como una suerte de “musa de las naranjas”. Su música no es un fondo, sino un personaje más que dicta el ritmo emocional y añade esa capa de irrealidad poética que la obra requiere.

En el apartado actoral, el duelo es brillante. García realiza un trabajo extraordinario al dotar a Manolo de una urgencia y una desesperación genuinas. Es difícil hacer que el público crea en alguien que se siente un cítrico, pero García lo logra gracias a una convicción absoluta en la defensa de su identidad. Por otro lado, Díaz brilla al encarnar la confusión humana. Su Charo transita con una naturalidad asombrosa entre la empatía, el resentimiento y el esfuerzo sobrehumano por no dejar caer el mundo que por tantos años construyó junto a su esposo.

La obra es, en el fondo, una crítica mordaz a una sociedad que nos exige ser moldes perfectos. Hubo un detalle final de repartir naranjas entre los asistentes como un regalo juguetón, que funcionó bastante bien y dejó a la audiencia con una sensación de conexión profunda con el elenco. Fue un guiño que rompió la tensión del drama y nos invita a llevarnos un pedazo de ese absurdo a casa. Es el cierre de una experiencia sensorial que nos deja con una pregunta latente, ¿qué parte de nosotros mismos estamos sacrificando para seguir encajando?

La Comunidad de la Naranja es teatro que se siente, se escucha y se huele. Una propuesta valiente que nos recuerda que, a veces, hay que abrazar lo absurdo para poder ser, finalmente, nosotros mismos. Altamente recomendable. Espero, sinceramente, que se pueda lograr una pronta reposición.

Daniela Ortega

22 de febrero de 2026

Crítica: ¿REALMENTE ES FICCIÓN?


Denuncia y reflexión

La obra ¿Realmente es ficción?, escrita por Ricardo Robles, se presenta en el Centro Cultural CAFAE de San Isidro como una propuesta que conmueve y confronta al espectador. Producida por Muralla Films, la puesta en escena aborda una problemática sensible del ámbito artístico y la expone con claridad y firmeza, articulando denuncia y reflexión desde el lenguaje teatral.

La historia sigue a Cristina, una actriz que ensaya una obra mientras enfrenta una experiencia personal devastadora. La tensión entre ficción y realidad se convierte en el eje dramático del montaje: las escenas de ensayo se entrelazan con recuerdos que la atormentan, generando un progresivo deterioro emocional. Esta estructura fragmentada permite revelar su mundo interior y construir un relato que oscila entre lo íntimo y lo público, esto nos da una pista de lo que verá el público en escena. 

La escenografía es funcional y precisa. Los elementos elegidos para ser utilizados en el espacio delimitan con claridad los distintos planos y momentos de la acción, facilitando la comprensión de los lugares donde transcurre la historia. El planteamiento espacial contribuye a un ritmo ágil y dinámico, estableciendo desde el inicio una convención clara que el montaje respeta. En este sentido, la iluminación cumple un papel determinante: diferencia los momentos en que ingresamos a la mente de la protagonista de aquellos que se sitúan en la realidad. Además, potencia las escenas de mayor violencia y tensión, otorgando fuerza a la acción y subrayando los clímax emocionales. 

La propuesta musical acompaña con coherencia cada transición y se integra de manera armónica al diseño sonoro general. El vestuario, por su parte, mantiene una textura y formas coherentes a sus personajes y tiene una paleta cromática acorde con la escenografía. También distingue a los personajes mediante detalles plásticos bien definidos. Un recurso interesante es el ingreso de un personaje en específico desde la parte posterior de la sala, atravesando el espacio del público, demostrando que el público está dentro de la cabeza de la protagonista y ese peligro también es cercano al público. Esta decisión escénica rompe la frontalidad e involucra al espectador con los eventos de la historia, generando impacto y cercanía. 

En cuanto a las interpretaciones, el elenco sostiene un ritmo adecuado y una conexión evidente en los momentos de mayor intensidad. Sin embargo, conforme avanza la obra, se perciben pasajes de literalidad en la proyección del texto y cierta pérdida del subtexto, lo que reduce la propuesta dramática. Asimismo, en escenas donde algunos personajes no tienen parlamento, se advierte una leve desconexión corporal que debilita la atención. No obstante, en los puntos de mayor tensión, los actores recuperan cohesión y construyen con sensibilidad los contrastes entre crisis y respiro, avanzando en conjunto para recuperar el ritmo y tempo de la acción dramática.

La dirección revela un concepto claro y una intención coherente con la estructura que presenta el texto. Aunque en ciertos tramos el ritmo pierde armonía, la articulación entre plástica escénica, actuación y discurso logra un impacto efectivo en el público.

En síntesis, ¿Realmente es ficción? ofrece una mirada profunda sobre una problemática vigente en el ámbito artístico. A través de una propuesta cuidadosamente estructurada, la obra invita a reflexionar y deja abierta una pregunta incómoda que trasciende la sala, confirmando la potencia del teatro como espacio de diálogo y conciencia crítica.

Rubén Aquije

22 de febrero de 2026

Crítica: DAÑO


El eco digital de la envidia

A veces, el daño más profundo no es el que recibimos de los demás, sino el que nos autoinfligimos al comparar nuestra intimidad más cruda con la fachada resplandeciente de un desconocido. 

Daño, propuesta dirigida por Mikhail Page y protagonizada por Karina Jordán, se presenta como un extenso y laberíntico relato de una agente inmobiliaria de 39 años que ha quedado atrapada en la órbita de Alicia, una carismática influencer que parece tenerlo todo. Lo interesante y remarcable de la propuesta es que Alicia nunca aparece. Es un fantasma digital, una construcción narrativa que cobra vida únicamente a través de las palabras, los gestos y la creciente obsesión de la protagonista. Esta ausencia física de la antagonista refuerza la sensación de aislamiento y paranoia, pues estamos ante el testimonio de alguien que ha dejado de vivir su realidad para habitar la de otra a través de una pantalla.

La escenografía de la habitación, con una cama central y un par de mesitas de noche, se aleja de cualquier artificio tecnológico. No hay pantallas gigantes ni juegos de luces futuristas. Es un espacio cotidiano, casi austero, que acentúa el contraste entre la vida gris de la agente y el mundo perfecto que ella relata. Este entorno analógico vuelve la historia mucho más asfixiante, pues nos recuerda que la alienación digital ocurre, precisamente, en la soledad de nuestros espacios más básicos.

El trabajo de Jordán es, sin duda, el motor que sostiene la propuesta. Interpretar un relato tan largo y cargado de humor ácido requiere una precisión técnica que Jordán domina, transitando de la apatía cotidiana a estallidos de locura cómica que sacuden al espectador. Son esos momentos de quiebre, donde el absurdo se apodera del cuerpo de la actriz, los que mejor retratan el desequilibrio de una mujer que ha perdido el norte.

Si bien el ritmo de la obra puede sentirse por momentos esquivo, como si el espectador fuera un intruso en una confesión que no termina de aterrizar, es precisamente esa estructura fragmentada y un tanto errática la que refleja el estado mental de la protagonista. No es una historia fácil de atrapar porque el personaje mismo está desenfocado, perdido en una espiral de comedia negra y resentimiento.

Daño es una pieza que nos obliga a mirar hacia adentro. A través de la risa incómoda y el absurdo, Page y Jordán nos entregan una radiografía punzante sobre cómo el deseo de ser alguien más termina por erosionar lo poco que nos queda de nosotros mismos. Una apuesta arriesgada que se sostiene en la potencia de su actriz y en la honestidad de su planteamiento sobre el aislamiento moderno.

Daniela Ortega

22 de febrero de 2026

Crítica: SI ME AMAS, ¿POR QUÉ NO TE MATAS?


Comedia con dimensión fantasmagórica

El equipo de Oficio Crítico asistió al Teatro Julieta para presenciar Si me amas, ¿por qué no te matas?, escrita por Fitho Cantú y dirigida por Germán Díaz. La obra se presenta como una tragicomedia íntima que explora el duelo, el deseo y una dimensión fantasmagórica que irrumpe en la cotidianidad de sus personajes. Desde su concepción, la propuesta apuesta por un diálogo entre el humor, romance y reflexión. 

La pieza gráfica promocional ya anticipa ese tono: sugiere una comedia romántica que, sin embargo, promete profundizar en los temas relacionados a la pérdida, el amor y las relaciones humanas. Al ingresar a la sala, el espectador se encuentra con un espacio escénico poco delimitado, donde distintos ambientes conviven en un mismo plano. Esta decisión, de carácter disruptivo, aporta dinamismo y acompaña el ritmo ágil de la obra. La iluminación cumple un rol clave al diferenciar los espacios y dirigir la mirada del público, especialmente en una puesta que superpone acciones en diferentes espacios, pero dentro de un mismo plano. Uno de los recursos más efectivos es la ruptura de la cuarta pared. Los actores interactúan con el público, generando cercanía y complicidad. Las risas y reacciones en la sala confirman la eficacia de este vínculo directo. Además, las referencias explícitas a lugares del Perú anclan la ficción en un contexto reconocible, fortaleciendo la identificación del espectador. 

En el plano actoral, el elenco demuestra soltura y una clara comprensión del código tragicómico. Se percibe libertad en el juego escénico y una conexión fluida entre intérpretes, lo que sostiene el ritmo incluso cuando el texto pierde densidad y el subtexto se diluye. No obstante, en algunos momentos de la obra emerge cierta rigidez corporal y vocal en los actores, lo que evidencia tensión y resta naturalidad. También aparecen momentos de literalidad y clichés que debilitan la construcción de personajes; sin embargo, esto no es en todo momento de la obra. Por otro lado, se percibe que hay recursos que dialogan con referentes audiovisuales cercanos a la sitcom, perceptible en el ritmo y la ejecución.

La obra construye un progresivo aumento de tensión que mantiene la atención del público. El momento de anagnórisis (reencuentro de personajes a los que el tiempo y las circunstancias han separado), tanto para el mismo personaje como para los espectadores, genera murmullos de sorpresa y confirma la efectividad del giro dramático. Este plot twist se convierte en uno de los puntos más sólidos del montaje. Sin embargo, la delimitación espacial presenta inconsistencias. La coexistencia de personajes vivos y una figura fantasmagórica que transita entre planos no siempre queda clara en la ejecución física, lo que genera confusión en algunos desplazamientos. Asimismo, la intervención de un momento de canto para la transición de tiempo y espacio no termina de integrarse orgánicamente al conjunto. En la parte final, la escena marcada por la tensión previa al disparo, es un momento donde la obra sintetiza el viaje emocional del protagonista y logra un cierre impactante.

En conjunto, Si me amas, ¿por qué no te matas? ofrece una propuesta entretenida y reflexiva sobre el amor, la pérdida y la transformación de los personajes a lo largo de la historia, apoyada en la comedia y la interacción directa con el público, que responde con entusiasmo a la experiencia escénica.

Rubén Aquije

22 de febrero de 2026

Crítica: EN ALTAMAR


La democracia del hambre

¿Qué sucede cuando la civilización se reduce a un trozo de madera flotando en el vacío? ¿Qué tan rápido se desmoronan los discursos éticos cuando el estómago empieza a rugir? Sławomir Mrożek, maestro del teatro del absurdo, escribió En Altamar como una metáfora mordaz sobre el poder, y la versión dirigida por Rodrigo Vargas rescata esa esencia para lanzárnosla al rostro con una energía frenética y una estética que no tiene miedo de incomodar visualmente.

La propuesta arranca con una declaración de intenciones. La penumbra se llena de frases conocidas de nuestra fauna política, recordándonos que, aunque estemos ante una ficción surrealista, el puerto de origen es nuestra propia realidad nacional. Tres náufragos, interpretados por Dan Fernández, Alexander Ugalde y Rafael Ruiz, se ven enfrentados al dilema definitivo: tienen hambre y la única solución es que uno de ellos sea el banquete de los otros dos. Lo que sigue es una parodia brillante y cruel sobre los mecanismos de elección y la justicia.

La dirección de Vargas apuesta por un escenario 360° que no solo integra al público, sino que acentúa la sensación de encierro. No existe una cuarta pared que nos proteja de la locura que sucede en el centro. Los actores están expuestos en todo momento, y esa exposición se traduce en un despliegue físico notable. El uso de la corporalidad y las voces modificadas eleva la obra hacia lo grotesco, alejándola del realismo convencional para convertir a los personajes en caricaturas trágicas de la ambición y la sumisión.

El trío actoral mantiene una energía alta de principio a fin. Es fascinante (y aterrador) observar cómo utilizan la retórica para justificar lo injustificable. Por ejemplo, la dinámica de las “votaciones” para elegir a un nuevo presidente, que convenientemente será también la cena, es una burla directa a cómo el poder manipula el lenguaje para que la víctima acepte su destino con una sonrisa. Se destaca el trabajo de Fernández (quien aparece semidesnudo, reforzando esa vulnerabilidad animal), junto a la complicidad escénica de Ugalde y Ruiz, quienes logran coreografías físicas que son tan divertidas como inquietantes.

El juego de luces y la falta de elementos escenográficos pesados permiten que el foco esté donde debe estar: en el cuerpo y en la palabra degradada. Esta versión de En Altamar se autodenomina surrealista, pero en el fondo es un espejo muy nítido de cómo los políticos se burlan de nosotros, convenciéndonos de que el sacrificio de unos pocos es necesario para el bien común de quienes tienen el sartén por el mango.

En conclusión, la puesta de Vargas es una farsa oscura y necesaria. Logra que el espectador ría ante lo absurdo del montaje, solo para estremecerse segundos después al notar que esa balsa a la deriva se parece demasiado al país en el que vivimos. Una pieza de teatro físico y político que demuestra que el hambre de poder es, a menudo, más voraz que el hambre misma.

Daniela Ortega

22 de febrero de 2026

Crítica: WAÑUY NISQA: MUERTE DE OVARIOS / MUERTE DE ORIGEN / MUERTE DE VIENTRE


Grito de protesta

En el Centro Cultural Juan Parra del Riego se presentó Wañuy Nisqa: Muerte de Ovarios / Muerte de Origen / Muerte de Vientre, un montaje concebido desde la dramaturgia, la estética y la dirección general por Bruno Ortiz. La propuesta cuenta con la actuación de Flor Castillo y la presencia de la Asociación para la Investigación Actoral CUATROTABLAS Perú. El equipo creativo lo completan Luz Marina Rojas en la dirección audiovisual, Mary Soto en la investigación y Américo Peñafiel en la composición musical.

La obra se erige como un grito de protesta frente a los casos de genocidio y crímenes de lesa humanidad, en un contexto social que aún niega responsabilidades. El montaje alude, además, a la indiferencia institucional: un juez que cierra un caso alegando no comprender quechua, aimara ni lenguas amazónicas. Desde esa premisa, la escena se convierte en espacio de memoria, denuncia y ritual. El dispositivo escénico se despliega en un amplio espacio de madera delimitado por piedras que marcan la frontera simbólica entre público y espacio escénico. La disposición no es decorativa: establece un territorio ceremonial. A un costado, el músico rodeado de instrumentos anticipa un diálogo constante entre acción y sonido. La música no ilustra, sino que construye atmósferas y tensiona el relato, mediante su propia dramaturgia y partitura, como, por ejemplo, a través de cuerdas que expanden la vibración emocional de cada pasaje. 

El componente audiovisual cumple un rol decisivo. La edición alterna imágenes realistas —vinculadas a la historia de la protagonista— con secuencias de carácter metafórico y conceptual. Esta oposición, lejos de fragmentar, genera una “contradicción coherente” que potencia la experiencia: lo racional y lo simbólico operan simultáneamente, invitando a una lectura intelectual y, al mismo tiempo, a un impacto emocional profundo. La entrada de  Castillo marca el tono performativo del montaje. La intérprete empuja un carrito lleno de objetos que condensan los signos esenciales de la propuesta. En un espacio casi vacío, ese elemento transforma el escenario según la interacción y el significado que la actriz le otorga. Su voz —que transita entre narración, canto y sonido— nos conduce por episodios de violencia, resistencia y memoria. La interpretación combina fuerza, sutileza y una presencia que interpela sin caer en el subrayado. Hay identificación con el dolor, pero también distancia crítica que permite reflexionar sobre la crudeza de nuestra realidad. La iluminación refuerza esta dimensión conceptual: captura la esencia del dolor y la lucha mediante variaciones constantes que dialogan con el ritmo escénico y las proyecciones. A ello se suma un sistema de significación potente: el olfativo. En un momento ritual, el aroma activa otra capa sensorial que sumerge al espectador en una experiencia integral y coherente con la propuesta.

En síntesis, Wañuy Nisqa... articula con solidez texto, actuación y plástica escénica. La dirección logra una unidad estética que conjuga lo teatral y lo audiovisual, lo racional y lo sensorial. El resultado es un montaje de potente carga política y emocional, que interpela al presente y confirma al teatro como espacio de memoria activa y reflexión urgente.

Rubén Aquije

22 de febrero de 2026

Crítica: MAYBE BABY


El mercado de los afectos

Podría decirse que, actualmente, vivimos en una era donde la tecnología y el capital nos han hecho creer que todo puede ser tercerizado, incluso… los procesos más íntimos de la biología humana. Pareciera que, si se tiene el dinero suficiente, pudiera comprarse el tiempo, evitar el dolor, y delegar la espera. Sin embargo, ¿qué sucede con ese residuo emocional que no figura en ningún contrato? Esta es la punzante interrogante que plantea Maybe Baby, obra escrita por Cinthia Delgado Ramos y dirigida por Norma Martínez, que se presenta como una de las propuestas más necesarias y reflexivas de la cartelera actual.

La historia nos presenta a Elisa (Fiorella Pennano) y Alonso (Jordi Sousa), una pareja radicada en Madrid cuya estabilidad se ve sacudida por un embarazo inesperado. Mientras Alonso se ve movido por una urgencia biológica de ser padre lo antes posible, Elisa se resiste a que su cuerpo sea el territorio de ese proceso. Dentro de ese conflicto, entra en escena Clara (Claudia Pascal), quien, impulsada por la necesidad económica, acepta convertirse en el “recipiente” de un embrión ajeno. Lo que inicia como una transacción racional y aséptica, pronto se desborda hacia un terreno ético y emocional de donde nadie saldrá ileso.

La dirección de Norma Martínez es un ejercicio de sobriedad y agudeza. La decisión de prescindir de escenografía y apostar por un minimalismo absoluto es un acierto rotundo. Al utilizar la totalidad del espacio vacío, Martínez expone a los personajes (y a los actores) a una vulnerabilidad constante. En ese escenario desnudo, no hay donde esconderse; los cuerpos están en vitrina, subrayando la atmósfera de tensión y el control obsesivo que los protagonistas intentan ejercer sobre la vida de Clara.

En el plano actoral, Pennano logra transmitir con sutileza la fractura interna de una mujer que busca defender su autonomía, apoyada por breves y poéticas secuencias físicas que nos permiten asomarnos a su desasosiego sin necesidad de palabras. Pascal sostiene el peso de la obra con una interpretación orgánica y conmovedora; su Clara no es una víctima pasiva, sino un ser humano lidiando con el cansancio y la invasión de su propio cuerpo.

Por su parte, Sousa construye un Alonso humano y complejo. No es un villano, sino un hombre desesperado cuya ceguera ética lo lleva a ignorar las consecuencias de sus actos. Brian Cano aporta una nota de tensión necesaria como Héctor, cuyo enojo —más egoísta que solidario— añade una capa de realismo sobre cómo el entorno también intenta sacar provecho de la situación. Finalmente, la gran Montserrat Brugué refresca la puesta con su ingreso, aunque su personaje de madre llega para recordarnos que el juicio social y familiar sigue siendo una sombra pesada sobre las decisiones reproductivas.

Maybe Baby, obra ganadora de Iberescena y de los Estímulos del Ministerio de Cultura, es una pieza que incomoda porque nos confronta con la mercantilización de la vida. Es teatro que no busca dar respuestas masticadas, sino que utiliza el vacío escénico para llenarlo con preguntas urgentes sobre la maternidad, el privilegio y la fuerza indomable de la naturaleza frente al dinero. Una experiencia imprescindible que se sostiene en la verdad de sus interpretaciones y en la inteligencia de su puesta. Altamente recomendable.

Daniela Ortega

22 de febrero de 2026

Crítica: DELIVERY y SOLA


Locura y soledad

A estas alturas, resultaría ya necio seguir negando la relevancia del teatro de formato breve en nuestra capital. Si bien es cierto que quien escribe fue quizás uno de los primeros detractores de esta modalidad de exploración escénica hace ya más de una década, es pertinente mencionar también que la pandemia (al menos, para este servidor) cambió para siempre las reglas del juego, fortaleciendo las virtudes y conveniencias innegables de proponer al público un simpático divertimento de 15 a 20 minutos, con historias y personajes sencillos (difíciles de profundizar en tan corto tiempo), pero que con creatividad y buen oficio bien podrían, incluso, llevar a la necesaria reflexión al espectador. Mea culpa. 

Salvando las distancias, a un nivel literario, sería absurdo reconocerle todos los méritos a los grandes novelistas de todos los tiempos, menospreciando a los brillantes cuentistas universales que han enriquecido nuestra imaginación desde siempre, con historias de pocas páginas pero que encierran enormes conceptos en entrañables tramas de corta duración.

Por supuesto que aquel refrán que reza "De todo tiene la viña del Señor" es (muy) aplicable a este formato de teatro breve, como a cualquier otro de corte artístico, y claramente evidenciado en los últimos años. Menospreciar al teatro de formato breve, justo en estos tiempos en los que más de la mitad de nuestra comunidad teatral limeña se encuentra abocada a estos proyectos, constituye un craso error, sin duda. No es de extrañar que el premio Luces lo haya obviado en sus nominaciones de este año, pero sí sorprende su exclusión, por ejemplo, en los recientes premios Teatro en el Perú.

Si bien perdimos el muy agradable espacio de Piso 1 hace un tiempo, podemos encontrar ahora teatro breve en Teatro Barranco, Butaca Film, Escena Dragón, Casa Kona, Juanita Tarnawiecki y algunos lugares más. Pues bien, el colectivo Las Creadoras viene ofreciendo todos los miércoles de febrero un interesante ciclo de puestas en escena de corta duración en Casa Bulbo de Barranco, acogedor punto de reunión social en el que el público puede acceder además, a diversos aperitivos y una buena charla.

En el caso de Delivery, la obra sorprende por los giros que engrana su ingeniosa trama, escrita por Laura Delgado y dirigida con buen pulso por Lia Camilo. Un ascensor malogrado, en el que permanece atrapado un repartidor de pizza (Roy Zevallos), es la excusa perfecta y “planeada” para un inicial juego de seducción por parte de la dueña del departamento (Isabel Chapell). La conexión entre ambos personajes va desarrollándose, mientras los oscuros descubrimientos en las motivaciones de la mujer aparecen dosificados hábilmente. Bien resuelto el aprovechamiento del espacio y muy bien las actuaciones de ambos intérpretes, especialmente Chapell, totalmente consumida por un personaje desconcertante y enigmático. El final, acaso “demasiado” conveniente y apresurado, no empaña las virtudes de la propuesta.

Por otro lado, Sola, puesta de autoría de Greymar Hernández y dirigida por Igor Olsen, parte con cierta desventaja, específicamente, por la sala en la que se escenifica, cerca al punto de encuentro social de los asistentes al espacio. Sin embargo, la temática de la pieza y el feliz debut de Adri Vainilla compensa esa mínima distracción. La vida del artista siempre será motivo de múltiples exploraciones escénicas, como por ejemplo, el hecho de que los trabajos que deben aceptar para poder sobrevivir no siempre son los más motivadores. Vainilla interpreta a una teleoperadora que sueña con ser actriz (o a una actriz forzada a trabajar en teleoperaciones) y debe, previsiblemente, enviar castings virtuales en medio de su agobiante trabajo. Olsen conduce con eficiencia a la actriz, en este corto lapso en el que debe alternar ambas acciones laborales, ella sola, con el descalabro emocional que ello conlleva, y ejecutado con convicción por la intérprete. Recomendable.

Felicitaciones a Noche de Creadoras por apostar en convertirse en una alternativa cultural para este formato teatral, que todavía tiene por ofrecer múltiples posibilidades para explorar en escena y regalar un tiempo de entretenimiento y reflexión al público.

Sergio Velarde

22 de febrero de 2026

miércoles, 18 de febrero de 2026

Crítica: MIGAJEROS


Cuando aceptar poco se vuelve costumbre

En el Club de Teatro de Lima se presentó la obra Migajeros, muestra final del programa de formación actoral dirigida por Paco Caparó y Josefo Palomino, en la que actúan Alondra Hinostroza, Maggie Junco, Miguel Peña, Adriana Ortiz, Diego López, Mayerika Pérez, Alexandra Rey de Castro y Matías Ramírez, quienes forman parte de la promoción 2025 de la mencionada escuela.

Partiendo de la comedia y desde una propuesta irreverente y absurda, Migajeros presenta a diversos personajes acostumbrados a vivir con “migajas” de amor, reconocimiento o dignidad dentro de relaciones atravesadas por el poder. A través de situaciones exageradas, la obra expone cómo la autoestima se negocia constantemente en contextos de carencia afectiva y presión social.

Sabiendo que se trata de una creación colectiva —en la que el libreto, la propuesta actoral y la construcción escénica fueron desarrollados por todo el equipo—, resulta destacable que se aborden temas situados en un contexto contemporáneo, trabajados además desde un humor bastante ácido. La historia se desarrolla dentro de un esquema narrativo ordenado, lo que permite que la obra sea comprensible de principio a fin. Asimismo, el uso de los recursos escenográficos juega a su favor, y la música contribuye a dotar de mayor dinamismo al desarrollo de la historia.

En conclusión, considero que ha sido una buena experiencia tratándose de la muestra final del último año de estudios del Club de Teatro de Lima. Los nóveles actores siempre tendrán aspectos por mejorar o pulir; sin embargo, estos se fortalecerán con la experiencia, en caso continúen en el mundo de la actuación. Además, han sido bien dirigidos por los responsables de la obra, quienes supieron guiarlos de manera adecuada.

Javier Bendezú

18 de febrero de 2026

martes, 17 de febrero de 2026

Crítica: 3 HISTORIAS BIEN PERUCHAS


Humor frontal en tiempos de elecciones

En el Teatro Municipal de Surco, 3 historias bien peruchas, escrita, protagonizada y dirigida por Javier Valdez y Martín Martínez, lleva al escenario el universo que ya conocemos de Emoliente TV. Lo que nació como sketch digital da el salto al teatro, y ese cambio de formato implica un reto: sostener en vivo lo que en pantalla funciona con cortes rápidos y remates inmediatos.

La propuesta mantiene su sello: personajes reconocibles, situaciones cotidianas y conflictos que giran en torno a tensiones sociales y muy actuales. El público se ríe, porque se ve reflejado. Hay códigos claros, referencias directas y una apuesta por un humor que no busca sutilezas.

La obra opta por la frontalidad. Cuando un personaje se coloca la banda presidencial, no hay duda alguna sobre de quién nos están hablando. La crítica es directa, sin metáforas ni rodeos. Esto puede parecer simple desde cierta mirada más exigente, pero también es una decisión clara: el mensaje debe llegar sin adornos. El humor es accesible y busca que todos entiendan la referencia de inmediato.

Esa elección tiene ventajas, pero también riesgos. Cuando el chiste es muy evidente, puede perder fuerza si se extiende más de lo necesario. En algunos momentos, ciertas escenas podrían ser más precisas o mejor estructuradas para evitar repeticiones. El paso del sketch breve al formato teatral todavía tiene aspectos por afinar, sobre todo en el ritmo y las transiciones.

También hay instantes donde la denuncia no termina de definirse con claridad. Por momentos, la crítica parece apuntar a una especie de “discriminación inversa”, idea que resulta discutible si consideramos que las relaciones de poder no funcionan de la misma manera para todos. Sin embargo, podemos poner el foco en el peligro de los estereotipos, de las etiquetas y de la mirada violenta entre todos los ciudadanos de un país que no aguanta más divisiones. 

Aun así, la obra logra algo importante: poner sobre la mesa un tema que hoy atraviesa a todos los peruanos. En un contexto de elecciones presidenciales y tensión política, el escenario se convierte en un espacio para canalizar esa inquietud colectiva. Nos reímos, sí, pero también recordamos lo que está en juego.

En todo caso, 3 historias bien peruchas cumple con su objetivo: decir lo que quiere decir y hablar del momento que vivimos. El humor funciona como desahogo, pero también como advertencia. Nos permite reírnos de aquello que nos incomoda, mientras señala las consecuencias de decidir desde el privilegio o desde la comodidad de no pensar más allá del gesto inmediato. Entre la risa y la sátira, la obra nos deja una pregunta necesaria: ¿cuestionamos el poder o simplemente lo reducimos a un chiste pasajero? Allí está su mayor fuerza y, al mismo tiempo, su mayor reto.

Cristina Soto Arce

17 de febrero de 2026

Crítica: DELIVERY


Entrega especial de pizza y recuerdos

Delivery es una de las microobras que se presentan en el ciclo Noche de Creadoras en Casa Bulbo. En particular, esta es una comedia negra que sigue lo que en principio parece una interacción cotidiana, pero que pronto se convierte en una situación desconcertante. Nuestros personajes, un repartidor de pizza y una chica muy atractiva, se ven envueltos en un juego oscuro donde ella toma el control: la tensión va escalando, a la par que vuelven recuerdos del colegio de ambos, mientras tenemos un enloquecido presente. La divertida dramaturgia llega de mano de Laura Delgado, con la buena dirección de Lía Camilo e interpretaciones cómplices de Isabel Chapell y Roy Zevallos. 

Queremos resaltar especialmente la dinámica entre ambos actores, quienes en corto tiempo logran sorprender y entretenernos. Además, destacamos el mobiliario y la puesta en escena, con sus elementos minimalistas (la reja de un ascensor y un sillón, además de pequeñas decoraciones) permiten contar una historia con giros y muchos recuerdos. Al mismo tiempo, el formato breve y fresco nos permite introducirnos al resto de actividades de la noche, que en ocasiones se trata de recitales de poesía, a veces bailes, malabares y muchas otras muestras artísticas. 

En definitiva, se trata de una propuesta a la que vale la pena asistir por la variedad de opciones a disfrutar. Para el mes de febrero están retomando esta y otras puestas en escena, que recomendamos ampliamente a los lectores. Delivery termina su breve temporada mañana, miércoles 18 de febrero en Casa Bulbo.

Jimena Muñoz

17 de febrero de 2026

sábado, 14 de febrero de 2026

Crítica: KORTAS - MARTES DE FEBRERO


Comedia, thriller y fantasía

El Teatro Barranco arrancó el 2026 con sus KORTAS de los martes y miércoles. El martes vimos cuatro obras de microteatro, que paso a comentar con igual brevedad:

En Adopción, Sandro, tras su divorcio, llega a un albergue de mascotas donde la excéntrica directora del lugar le propone algo impensado: adoptar a un ser humano. La buena dirección y el carisma de los actores permiten que un texto que parece simple y que abunda en lugares comunes resulte muy entretenido. El viejo recurso de hacer que el público sea el tercer personaje se usa acertadamente y logra el resultado: los espectadores nos enganchamos con la historia porque somos nosotros los que estamos en exhibición, para que Sandro (Alberto Vidarte Márquez) escoja su nueva "mascota humana" que le permita superar su crisis existencial, gracias a la detallada y delirante información que le proporciona la directora del albergue de mascotas (Nataly Rojas), quien nos ha introducido a ese espacio fantástico con el mínimo apoyo de elementos, como el mandil con diseño de mascotas. La buena dirección de Paco Chuquiure hace que esta obra, con la que se inicia la noche de teatro, sea propicia para animarnos para lo que viene.

En En la oscuridad, encontramos en escena a Alma que acaba de mudarse a su nuevo departamento. Ella se comunica con su pareja y empiezan algunas fallas de luz y conexión de la línea que la asustan. Su pareja aparece inesperadamente y le explica que solo quería sorprenderla. De pronto, más temores surgen de la oscuridad por las referencias fantasmales que les ha hecho la vendedora y así los factores de suspenso se van sumando. A pesar de la gracia de Andrea d’Auriol y los esfuerzos de Marcelo Vargas, esta obra es la más baja de las cuatro. Proponer un thriller en microteatro es un reto difícil, por el poco tiempo disponible para crear la atmósfera propicia y estar en medio de comedias. En este caso, los giros predecibles de la historia, la débil emoción de ambos y especialmente, la monotonía de las secuencias hacen fallido el intento de crear suspenso y misterio, que son las claves de un thriller. En consecuencia, la puesta no logra ser lo que pretende. 

Un grupo de deportistas (varios trail runners de verdad) se enfrentan al supuesto accidente de un novato corredor, lo que provoca situaciones absurdas que desatan la hilaridad desde el primer instante. La dramaturgia y genial dirección de Alejandro Alva han logrado tejer con una habilidad extraordinaria, en Un novio a cuestas, varios cuadros (siete), muchos de ellos jugando con los tiempos, para dedicar el espacio suficiente a cada relación, en ese "todos contra todos" que mantiene un ritmo vertiginoso, que nos hace sentir como que todos estuviéramos corriendo con ellos y compartimos las sorpresas que brinda cada declaración o confesión de sus personajes, que sacan a relucir celos, frustraciones, ambiciones, perversidades y venganzas en un juego de incesantes descubrimientos. El excelente ritmo de la obra permite que sean menores las diferencias en nivel actoral, donde destacan la chispeante Alexa Montoya, en el papel de Ana y Luigi Monteghirfo, como el novato creído, machista y sinvergüenza, que provoca la disputa entre las chicas.  Nos hizo sudar de la risa.

La última obra, Un gran día para enamorarse, cierra la noche con fantasía total. En medio de la ansiedad y los recuerdos de su ex, Fran (Claudia Trucíos) recibe la visita inesperada de Cupido (Daniel Menacho), quien trata inútilmente de cumplir su romántica misión, pero ella no cede. Ni siquiera el apoyo del Fauno (Luca Reátegui) la convence. Menacho hace gala de toda su genialidad para construir un cupido disparatado (con alitas y pañales desechables, además) que aprovecha bien el escenario para jugar con sus propias frustraciones de dios romano al que su mamá no entiende. Trucíos está en lo suyo y de yapa nos ofrece una canción (no es un musical, pero su voz se luce con un tema muy propicio). Aplausos a la dramaturgia y dirección de Reátegui por el texto puntual, ritmo ligerísimo y apropiado uso de recursos escenográficos. Esta última obra cierra la noche con fantasía total y salimos satisfechos.

David Cárdenas (Pepedavid)

14 de febrero de 2026

jueves, 12 de febrero de 2026

Crítica: LA REUNIFICACIÓN DE LAS DOS COREAS


Apología al amor en todas sus formas

Ana Julia Marko es la encargada de dirigir a los alumnos del octavo ciclo de la Especialidad de Teatro de la Facultad de Artes Escénicas de la Universidad Católica del Perú en La reunificación de las dos Coreas, adaptación libre de la obra original del francés Joël Pommerat, que fue montada por primera vez en París en el año 2013. Siete actrices y cinco actores son los encargados de interpretar diversas escenas de amor y desamor (independientes una de la otra) en un montaje que desafía la estructura narrativa clásica y que busca, a lo largo de ochenta minutos, convencernos de que el amor es nuestro motor de vida intrínseco, funcionando como fuerza transformadora frente a las violencias contemporáneas. Pero, ¿logra realmente sustentar esta tesis, o termina siendo un experimento fallido?

Marko es doctora por la Universidad de São Paulo en Pedagogía de las Artes Escénicas, y es grato confirmar que, contrario a muchos casos, esta vez el resultado que logra hace honor a dicho título. Ana Julia dirige con aplomo, dinamismo y mucha pasión a los doce intérpretes, quienes en su mayoría tienen más de un personaje, y consigue evocar emoción verdadera en el público. En Nine, película musical de Rob Marshall, el personaje de Judi Dench dice juguetonamente que dirigir películas es un trabajo muy sobrevalorado ya que el director básicamente solo se encarga de decir sí o no. A pesar de que esta sea una generalización deliberadamente sensacionalista, es innegable que existe cierta verdad en ella. Dirigir, ya sea películas u obras de teatro, implica tomar decisiones. Y en el caso de La reunificación…, la gran mayoría de las tomadas por la directora no solo son correctas, sino efectivas.

Es acertada, por ejemplo, la utilización de la música y el canto en vivo para hilar historias que a pesar de compartir el mismo eje temático -el amor- no se relacionan para nada entre sí. Es logrado, también, el trabajo de dirección coreográfica, el cual hace que los números musicales brillen con secuencias que, aunque relativamente sencillas, son ejecutadas con destacable precisión y entrega. La unificación de un elenco tan grande bajo un mismo código actoral -una suerte de hiperrealismo que se apoya en la exacerbación sin caer, sorprendentemente, en la superficialidad es igual de destacable. Finalmente, la identidad visual evidenciada en los vestuarios inspirados en la moda de los años cuarenta, ofrece un verdadero festín a los ojos, similar al que ofrece la exuberante, al menos visualmente, película del 2003 Abajo el amor (con Ewan McGregor y Renée Zellweger).

¿Hay detalles que podrían afinarse? Sí. Casi siempre los hay. Pero considero que estos caen en la categoría de gusto personal más que en la de “error”. Me pareció innecesario, por ejemplo, que aparezcan las letras de las canciones proyectadas en una pantalla detrás de los actores. Asimismo, creo que los momentos en los que los actores “esperan” su turno sentados podrían trabajarse mejor (ya sea homogeneizándose o llevándolos a la hipérbole). Y finalmente, aunque coralmente el elenco hace un buen trabajo, existen aquellos que se destacan considerablemente más que otros. Ninguno precisamente entorpece el trabajo colectivo, pero sí hay la sensación de que algunos están más “avanzados” en su técnica actoral mientras que en otros dicha técnica está un tanto más incipiente. En líneas generales, sin embargo, La reunificación... es sin duda un triunfo. Y quizá lo más aplaudible de todo es que logra hablar por casi hora y media del amor sin nunca caer en la cursilería. El amor está en el aire, canta famosamente John Paul Young. Bueno, después de ver esta obra, confirmo que el amor también está en el teatro. ¿No me creen? Compruébenlo ustedes mismos. Hoy jueves tienen doble función, a las 7 y a las 9 p. m., en el Teatro Ricardo Blume de Jesús María.

Sergio Lescano

12 de febrero de 2026

miércoles, 11 de febrero de 2026

Crítica: EL TIEMPO TODO LOCURA


¿Qué cambiarías si tienes la posibilidad de volver al pasado?

Escrita por el dramaturgo español Félix Estaire y dirigida por Renato Piaggio, El tiempo todo locura cuenta con las actuaciones de Diana Quijano, Lia Camilo y Luciana Giraldo. La obra se presenta en el Teatro de Lucía de jueves a sábado a las 8:00 p. m. y los domingos a las 7:00 p. m.

La premisa plantea una pregunta atractiva: ¿qué pasaría si pudiéramos volver al pasado y cambiarlo todo? A partir de esa idea, tres hermanas tienen la posibilidad de viajar en el tiempo para modificar ciertos acontecimientos y asegurar un mejor futuro, sin medir del todo las consecuencias.

Las actrices construyen personajes creíbles y contenidos, evitando excesos innecesarios. La química entre ellas sostiene el conflicto dramático y, dentro del elenco, Quijano destaca por una presencia escénica que termina imponiéndose con naturalidad.

La dirección evidencia una visión clara del relato y mantiene un ritmo constante a lo largo de la función. En un espacio reducido, la puesta en escena aprovecha cada elemento: la iluminación está bien resuelta y los efectos acompañan la atmósfera sin distraer del eje central.

Si bien la obra se presenta como comedia, el humor no siempre alcanza la intensidad que promete; se extrañan momentos que provoquen una risa más sostenida. También queda la sensación de que las actrices pudieron arriesgar un poco más en el juego escénico, explorando mayores matices.

El texto desarrolla la historia con claridad y deja explícito su mensaje hacia el final, aunque por momentos se percibe más correcto que sorprendente. En conjunto, es una propuesta entretenida, ideal para quienes buscan una comedia ligera que, en poco más de una hora y media, invita a reflexionar —sin demasiada gravedad— sobre las decisiones y sus consecuencias.

Javier Bendezú

11 de febrero de 2026

martes, 10 de febrero de 2026

Crítica: ASSAMBLAGE Y EL ÚLTIMO OBJETO


Cuerpos, objetos y fantasía en escena

ASSAMBLAGE y el último objeto es una experiencia escénica donde el cuerpo y el objeto se convierten en el centro del relato. Lejos de una narración lineal, la obra apuesta por la comedia física y el lenguaje del circo contemporáneo para construir un universo que se despliega a partir del movimiento, el juego y la imaginación compartida.

Acrobacias, malabares y dinámicas de interacción con el público se entrelazan en una puesta que recupera la ingenuidad y la fantasía propias de la infancia. Esta evocación no aparece como nostalgia, sino como un impulso creativo: una invitación a imaginar con las manos, con el cuerpo y con la materia misma del escenario. Pelotas, clavas y aros dejan de ser simples objetos para adquirir vida propia, generando imágenes memorables como lluvias de pelotas o criaturas fantásticas creadas por el cuerpo colectivo de los intérpretes.

El texto verbal es mínimo y cede protagonismo al gesto, al ritmo y a la energía física, permitiendo que cada secuencia coreográfica explore el peso, el equilibrio y la confianza mutua. En este juego constante, la obra rinde un sutil homenaje al arte callejero de los malabares, trasladándolo al espacio teatral con una elaboración estética precisa y lúdica.

La música electrónica acompaña de manera permanente la acción, convirtiéndose en un personaje más de la escena, mientras la estética futurista, con cascos y referencias visuales que remiten a lo intergaláctico, refuerza la sensación de estar frente a un cómic vivo. En ese universo, cuatro amigos se lanzan a una gran aventura al abrir ASSAMBLAGE, un portal que los transporta a un mundo donde todo es posible.

Con un equilibrio entre humor, batallas coloridas y acrobacias sorprendentes, la obra invita a públicos de todas las edades a sumergirse en una travesía sensorial que celebra la amistad, el trabajo en equipo y el asombro compartido. Bajo la dirección de Eduardo Cardozo, y con las interpretaciones de Adrián Carbajal, Frank García, Raquel Iraola y Karina Toscano, ASSAMBLAGE y el último objeto se afirma como un espectáculo que recuerda que jugar, en escena y en la vida, sigue siendo un acto profundamente creativo.

Edu Gutiérrez

10 de febrero de 2026

Crítica: HEREDEROS: NUESTRA SANGRE, NUESTRA HISTORIA


El origen de una identidad en conflicto

Herederos propone una mirada intensa y contemporánea sobre uno de los momentos fundacionales más complejos de nuestra historia: el nacimiento del mestizaje en tiempos de la Conquista. A través del trabajo de seis jóvenes intérpretes, la obra reconstruye un período marcado por el poder, la violencia, las ambiciones desmedidas y los vínculos familiares atravesados por el choque cultural.

La puesta en escena transita entre múltiples personajes y tiempos, rompiendo constantemente la cuarta pared para interpelar al espectador y recordarle que aquello que ocurre en escena no pertenece solo al pasado. Las figuras históricas de Francisco Pizarro, Diego de Almagro e Inés Muñoz dialogan con las de sus descendientes mestizos —Francisca Pizarro, Diego de Almagro el Mozo e Isabel—, revelando las tensiones íntimas y políticas que dieron origen a una nueva identidad, forjada en medio de la conquista, las epidemias y la pérdida de un mundo.

Uno de los ejes más potentes del montaje es la perspectiva femenina. La obra pone en primer plano a las mujeres indígenas y mestizas, tradicionalmente silenciadas, quienes encarnan el mestizaje desde el cuerpo y la memoria, sin haber tenido voz ni decisión sobre su destino. Desde allí, el relato expone no solo el conflicto entre culturas, sino también las heridas heredadas que continúan definiendo nuestra manera de ver y sentir el presente.

Con un ritmo ágil y una narrativa que recuerda a una serie histórica o a una epopeya cinematográfica, Herederos logra ser tan reflexiva como entretenida. Escrita por Eduardo Adrianzén y estrenada por Dilectos Teatro, la obra invita a revisar el pasado no como un hecho cerrado, sino como una herencia viva que aún nos habita.

El elenco, integrado por Astrid Villavicencio, Valeria Conroy, Rodrigo Chávez Terrones, Joel Calderón, Jano Baca y Yaremís Rebaza, sostiene con solvencia este relato coral que cruza historia, memoria y emoción, recordándonos que nuestra identidad nació del conflicto y que comprender ese origen es una forma de comprendernos hoy.

Edu Gutiérrez

10 de febrero de 2026

Reseña: ROMEO Y JULI - PRIMERA LECTURA


La tragedia de tener que elegir

En Romeo y Juli, el autor Gary Owen se aleja del amor trágico. Nada tienen que ver las rivalidades familiares ni los romances condenados a la fatalidad. La obra invita, más bien, a repensar qué significa vincularse cuando hay responsabilidades reales en juego. Qué ocurre cuando el deseo choca con el futuro del otro, y cómo aquello que se elige puede fortalecer o quebrar un vínculo. Desde allí, entendemos que esta obra va de elecciones que no prometen solo consecuencias.

La obra se apoya en acciones mínimas, cotidianas. La ausencia de épica no debilita el conflicto: lo vuelve más inquietante, porque las consecuencias nacen de elecciones que cualquiera podría tomar: quedarse, no ayudar, educar desde la dureza, proteger un sueño, puede alterar por completo el rumbo de una vida. Como público, cada elección sorprende, incomoda y duele, pero resulta imposible clasificarla como correcta o equivocada. No hay bueno ni malo, solo personas actuando desde lo que saben, desde lo que pueden, desde lo que aprendieron a llamar cuidado. 

El autor también nos recuerda la herencia social y emocional. Con aquello que se transmite incluso sin intención. Las convicciones personales se vuelven reglas para otros. El miedo, la dureza, el conformismo o la esperanza se filtran en gestos cotidianos. Hasta dónde puedes programar tu futuro, dependiendo de tu esfuerzo, o de las posibilidades que tienes a la mano. 

La maternidad y la paternidad aparecen casi como protagonistas, pero sin ningún tipo de etiqueta o idealización. Es un rol más en el mundo y frente a él. Criar, sostener, acompañar o retirarse son actos conscientes atravesados por aprendizajes previos. La obra expone cómo ayudar también puede transformarse en una forma de control, y cómo la ausencia, en ciertos casos, se disfraza de enseñanza. Ningún personaje está a salvo del daño que produce elegir. Como un efecto mariposa haciendo lo suyo ante nuestros ojos. Nunca sabremos qué habría ocurrido de haber tomado otro camino. 

Pero, nuevamente, Romeo y Juli no es una tragedia clásica. La verdadera tragedia sería no poder elegir, y aquí, por dolorosas que sean las decisiones, esa posibilidad nunca desaparece. 

Tal vez por todo esto, a pesar de contar con un elenco reconocido por sus trabajos sólidos, sigue sorprendiendo ver cómo los intérpretes se conmueven con la historia que han construido. Miguel Iza deja ver el peso de la decepción desde la figura paterna; Denise Arregui sostiene una indignación contenida en un diálogo clave; Érika Villalobos aporta la frescura de decisiones que solo pueden comprenderse desde su mirada, sin juzgarla. Merly Morello y Diego Pérez, sin exageraciones, anclan el texto en la verdad de sus cuerpos y edades, permitiendo que cada frase, cada silencio y cada quiebre respire total honestidad. Bajo la dirección de Mikhail Page, el conjunto convierte a Romeo y Juli en una experiencia que trasciende el escenario del Teatro Británico.

Cristina Soto Arce

10 de febrero de 2026

Crítica: DOS SIGLOS DE SOBREMESA


La historia que se repite en sobremesa

Dos siglos de sobremesa propone un diálogo escénico entre dos momentos clave de la historia peruana: 1824 y 2024. A través de una estructura temporal alternada, la obra revela cómo problemáticas como el racismo, el machismo y las desigualdades sociales persisten desde la independencia hasta la actualidad, evidenciando una continuidad histórica que interpela al espectador.

La puesta en escena se apoya en recursos audiovisuales que proyectan imágenes y sonidos de marchas y protestas, conectando ambos tiempos y reforzando la idea de que los conflictos del pasado siguen resonando en el presente. En 1824, el conflicto se articula en torno al matrimonio arreglado de Constanza con Fernando, un español, mientras que en 2024 el drama surge cuando la pareja conformada por Rodrigo y Mariana intenta vender su antigua casona a Fernando y a la arquitecta Teresa. A esta negociación se suma Miguel, un migrante y emprendedor emergente que encarna las tensiones contemporáneas en torno al racismo y la exclusión social.

La obra establece paralelismos potentes: la rebelión de los indígenas en la hacienda en 1824 dialoga con una marcha social en 2024, subrayando la repetición de las luchas y demandas colectivas a lo largo del tiempo. Bajo la sólida dirección de Gustavo López Infantas y con un texto de Eduardo Adrianzén, la puesta logra articular lo íntimo y lo político desde una mirada crítica y reflexiva.

El elenco, integrado por Gonzalo Molina, Urpi Gibbons, Paulina Bazán, Guadalupe Farfán, Gianni Chichizola, Alaín Salinas y Sol Nacarino, ofrece interpretaciones consistentes que sostienen el ritmo y la profundidad del relato.

Dos siglos de sobremesa invita a reflexionar, como sociedad peruana, sobre los problemas que arrastramos desde la independencia, recordándonos que muchas de estas tensiones nacen, y se reproducen, en el espacio más cercano: la conversación familiar, ese lugar donde la historia, la memoria y el conflicto se sientan a la mesa.

Edu Gutiérrez

10 de febrero de 2026

domingo, 8 de febrero de 2026

Crítica: ENSAYO SOBRE LA CEGUERA


Viviendo diferente

La puesta en escena presenta un universo distópico atravesado por una pandemia que provoca ceguera en quienes la contraen. A partir de este detonante, los personajes son aislados y confinados, abandonados a su suerte por un sistema que opta por el control antes que por el cuidado. Este contexto funciona como una metáfora de las crisis contemporáneas y plantea una pregunta central: ¿la pérdida de la visión física conduce necesariamente a una transformación ética, o la violencia y la maldad persisten aun cuando el cuerpo se ve limitado?

Durante la puesta en escena, el director intenta retratar el mundo actual que comienza a desmoronarse frente a una crisis global. Esta intención se percibe claramente en la construcción del espacio escénico y en las relaciones que se establecen entre los personajes, quienes deben reorganizar su convivencia en un entorno de incertidumbre. La cuarentena no solo actúa como un marco narrativo, sino también como un dispositivo dramático que expone las tensiones sociales, la fragilidad de la confianza y la lucha por el poder.

En términos escénicos, la obra mantiene una energía intensa que se sostiene durante gran parte del desarrollo. Desde el inicio, se establecen acciones claras que permiten al espectador comprender el conflicto y seguir el hilo narrativo. No obstante, esta misma intensidad se convierte en algunos momentos en un elemento problemático: el exceso de energía y reiteración de ciertas acciones provoca caídas en el ritmo, generando escenas densas que diluyen el impacto dramático. Estos altibajos afectan la progresión de la obra y evidencian la necesidad de un mayor trabajo de síntesis y dosificación expresiva.

El trabajo actoral destaca por su compromiso físico y emocional, acorde a las exigencias de un mundo privado de la vista. Sin embargo, en algunos pasajes, las acciones tienden a enfatizar más la forma que la profundidad del conflicto interno de los personajes, lo que limita la complejidad psicológica de las relaciones escénicas.

En el plano técnico, el diseño de iluminación y sonido acompaña eficazmente la propuesta. La iluminación cumple un rol fundamental en la construcción del universo de la obra. El sonido, por su parte, refuerza la atmósfera de encierro y tensión, aportando capas sensoriales que enriquecen la recepción del espectáculo.

En conclusión, la obra presenta una propuesta sólida, con un discurso claro y una temática de gran relevancia contemporánea. Si bien la puesta en escena logra transmitir su mensaje y construir un universo reconocible, aún requiere un trabajo más profundo en el manejo del ritmo, la energía y el desarrollo de los conflictos para alcanzar una mayor potencia dramatúrgica. Sin duda, con un proceso de revisión, esta propuesta tiene el potencial de consolidarse como una puesta en escena de gran fuerza conceptual y escénica.

Javier Gutiérrez

8 de febrero de 2026